jueves, 20 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] La Shoa y el regreso de los ídolos. [Publicada el 05/08/2019]










El antisemitismo, señala Rafael Narbona, escritor y crítico literario, está en la raíz de la cultura occidental, pues según el relato del evangelio de Mateo, cuando Poncio Pilatos defendió la inocencia de Jesús, el pueblo judío gritó: «¡Que su sangre caiga sobre nuestras cabezas y la de nuestros hijos!» (27, 25). Los historiadores estiman que el relato bíblico exculpa a Pilatos por razones políticas, no por fidelidad a los hechos. Es improbable que el prefecto romano experimentara problemas de conciencia por la suerte de un rabino judío. Simplemente, la comunidad que escribió el evangelio de Mateo evitó la confrontación con el imperio, preparando el terreno para introducir el cristianismo en la civilización romana. Raul Hilberg, el autor del estudio más concienzudo sobre la Shoah (La destrucción de los judíos europeos, 1961), sostiene que el antisemitismo se divide en tres etapas: la conversión forzosa, el confinamiento en guetos y la liquidación física. El nazismo eludió el primer paso y consideró insuficiente el segundo. El Reichsführer Heinrich Himmler ordenó «acabar hasta con la última abuela judía y pisotear a los niños de cuna como sapos venenosos».
Apoyados por las milicias fascistas locales, las fuerzas del Tercer Reich superaron la crueldad de los pogromos que hasta entonces habían enturbiado la historia de Europa. En Amos de la muerte. Los SS Einsatzgruppen y el origen del Holocausto (2003), el historiador Richard Rhodes explica que los alemanes obligaban a los adultos a amontonarse unos sobre otros en las fosas para recibir un tiro en la nuca. Este método implicaba que –salvo los que morían en primer lugar– las víctimas se tumbaban sobre un cadáver o un cuerpo agonizante antes de ser asesinadas a sangre fría. Los SS llamaban a este procedimiento Sardinenpackung. Después de emplear reiteradamente el Sardinenpackung, los nazis advirtieron que los niños más pequeños sobrevivían, pues el cuerpo de sus madres actuaba como parapeto. Por eso, en el hospital de maternidad de Vinnitsa, metieron a los recién nacidos en sacos y los arrojaron a la calle desde las ventanas. A veces, golpeaban violentamente el saco contra una pared antes de lanzarlo al vacío. ¿Cómo es posible llegar hasta grado de sadismo, suprimiendo cualquier forma de compasión? Richard Rhodes emplea los argumentos de la antropóloga francesa Noëlie Vialles para explicar cómo los ejecutores de la Shoah pudieron inmunizarse al dolor de sus víctimas. En su ensayo Animal to Edible (1994), Vialles afirma que los mataderos industriales y los campos de exterminio nazis funcionan de manera similar, dividiendo el trabajo para diluir la responsabilidad y disipar cualquier objeción moral.
El primer matadero industrial se inauguró en Chicago y los nazis lo visitaron para copiar sus innovaciones. El 15 de agosto de 1941, el Reichsführer Himmler contempló por primera vez en Minks (Bielorrusia) el fusilamiento de un centenar de partisanos y judíos. Según los testimonios de Erich von dem Bach-Zelewski, un alto mando de las SS, la experiencia resultó traumática. Primero, detuvo la ejecución para comprobar si un joven alto, rubio y de ojos azules era realmente judío. Cuando el infortunado le confirmó que era judío, al igual que sus padres y abuelos, Himmler dio una patada en el suelo y exclamó que en ese caso ni siquiera él podía evitar su muerte. El pelotón, compuesto por doce hombres, disparó a continuación, pero dos mujeres no murieron en el acto. Malheridas, gimoteaban en la fosa. Descompuesto, Himmler se dirigió al jefe del pelotón y gritó: «¡No torturéis a esas mujeres! ¡Disparad! ¡Daos prisa y matadlas!» Otto Bradfisch, jefe del Einsatzkommando 8 de los Einsatzgruppen B, contó durante su juicio por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad que Himmler reunió a los oficiales después de la matanza y les dijo que su trabajo era ciertamente repugnante, pero que se limitaban a limpiar el mundo de seres indeseables e inútiles.
Las cámaras de gas comenzaron a utilizarse en la primavera de 1941 para liberar a los ejecutores de la Shoah de la ingrata experiencia de abatir a balazos a mujeres, niños y ancianos. En Chelmno, Sobibor y Treblinka se empleó monóxido de carbono y sólo en Auschwitz se recurrió al Zyklon B, ácido cianhídrico que al contacto con el agua produce cianuro de hidrógeno gaseoso. Fabricado como insecticida por IG Farben (un complejo de empresas farmacéuticas que incluye a la famosa Bayer), se consideró idóneo para el exterminio de seres humanos por su poder altamente tóxico. Una tonelada del producto puede matar a veinticinco mil personas. El 17 y 18 de julio de 1942, Himmler visitó Auschwitz. Durante la mañana del primer día, observó por la mirilla de una cámara de gas el asesinato de varios centenares de deportados, sin mostrar ninguna clase de repugnancia o espanto moral. Esa misma tarde, se marchó a una taberna con Rudolf Höss, comandante del campo y el Gauleiter local, acompañados de sus respectivas esposas. Bebieron vino y celebraron los éxitos de Alemania en su guerra contra los judíos y los bolcheviques.
Las cámaras de gas fueron la «solución humanitaria» al exterminio mediante pelotones de fusilamiento. «Nunca seremos duros o despiadados cuando no sea necesario», afirmó Himmler el 4 de octubre de 1943 en la conferencia anual de altos mandos de las SS: «Muchos de vosotros sabéis qué significa contemplar montañas de cadáveres y no perder la decencia. Es una página gloriosa de nuestra historia, nunca escrita, y que no debe escribirse [...]. Hemos cumplido esta pesada tarea por amor a nuestro pueblo. Y no hemos dañado nuestro ser interior, nuestra alma, ni, en consecuencia, nuestro carácter». Las palabras altisonantes de Himmler mencionando la decencia resultan particularmente grotescas, pues todas las fuentes históricas señalan que las matanzas estuvieron acompañadas de corrupción a todos los niveles. Incluido el propio Himmler, todos los miembros de las SS robaron sistemáticamente los bienes de las familias judías asesinadas: oro, joyas, obras de arte. La mentalidad perversa de Himmler se refleja en su colección privada de muebles realizados con restos humanos. De hecho, poseía varios ejemplares del Mein Kampf con cubiertas de piel procedentes de la espalda de judíos asesinados en Dachau. Al final de la guerra, Himmler pensó que los aliados aprovecharían su experiencia policial y le encargarían velar por la seguridad en la Alemania de la posguerra. Una de sus preocupaciones era averiguar si sería más oportuno saludar al general Eisenhower con un apretón de manos o con el brazo en alto. Hitler lo destituyó de todos sus cargos cuando descubrió que negociaba su salvación personal con las fuerzas aliadas. Aunque se afeitó el bigote y se colocó un parche sobre el ojo izquierdo, fue reconocido en un control británico entre Hamburgo y Bremen. Mientras un médico lo examinaba, se suicidó, mordiendo la capsula de cianuro que había escondido en sus dientes. Sus restos fueron enterrados en una tumba anónima.
Hannah Arendt escogió a Adolf Eichmann para ilustrar la banalidad del mal. Himmler tenía muchas cosas en común con Eichmann. Hijo de un maestro, se educó en un ambiente estricto, donde se aplicaba el castigo físico para corregir cualquier gesto de rebeldía o indisciplina. Durante sus años de universidad, Himmler se apuntó a una asociación estudiantil y participó en un par de duelos con sable, que le ocasionaron heridas en la cabeza. Su trayectoria no es insólita, sino previsible en un alemán de su tiempo y su clase social. No era un hombre especialmente violento, pero sí un cobarde que se adaptó perfectamente a la rutina del «asesino de despacho». Richard Rhodes menciona que recriminaba a sus compañeros de partido su afición por la caza, afirmando que matar a un ciervo era «un simple asesinato». No debe confundirse esa observación con hipocresía o con una sensibilidad deformada, sino con el horror de la clase media hacia las formas más cruentas e inmediatas de violencia. En 1835, las leyes inglesas establecían nuevas formas de sacrificio de los animales para disminuir su sufrimiento y evitar la degradación moral de los matarifes, que hasta entonces trabajaban en el centro de los pueblos, ofreciendo un espectáculo que recordaba las ejecuciones medievales ante una chusma eufórica. Hitler intentó aplicar el mismo criterio en el exterminio de los presuntos enemigos del Reich. Noëlie Vialles describe el proceso psicológico que permite el funcionamiento de los mataderos industriales: «Los trabajadores afirman a menudo que “cuando te acostumbras, lo haces como harías cualquier otra cosa”. Ese vacío en el pensamiento y esa falta de identificación con la tarea que uno realiza, que en cualquier sitio se consideran características negativas del trabajo de la producción en cadena, constituyen aquí, por el contrario, un prerrequisito para “acostumbrarte a ello”».
La Shoah es la hora más negra de la historia de Europa. Constituye el apogeo de un irracionalismo que se rebela contra la herencia ilustrada y liberal. ¿Podría repetirse? Primo Levi sostenía que sí, que el horror acontecido había producido un largo eco, capaz de propiciar aberraciones similares. El bien es frágil e inestable. En los sótanos de la condición humana, siguen agitándose los espectros más dañinos: la voluntad de poder, el odio al diferente, el egoísmo primario, el espíritu gregario, la nostalgia de un padre omnipotente. De esos impulsos brotan las doctrinas más destructivas: nacionalismo, religión, racismo, totalitarismo. Asistimos a un renacimiento de esos fenómenos. Sólo la razón puede contener unas creencias que han desencadenado las peores tragedias. La sensación de vacío que ha producido la feliz caída de las ideologías no es una invitación a dar un paso atrás, sino un estímulo para culminar el proyecto de una Europa de ciudadanos, donde el miedo a la libertad deje paso a la responsabilidad y la solidaridad. «No debemos ponernos al lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen», escribió Albert Camus. No se trata de una simple frase, sino del horizonte ético que apunta hacia un porvenir en el que Auschwitz ya no será posible. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













miércoles, 19 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] La educación popular. [Publicada el 23/01/2020]









Sólo cuando se sabe, se acepta o elige; y el que no sabe, ni se acepta ni elige, afirma en el A vuelapluma de hoy el escritor Manuel Jabois. "Un día, principios de los años 30, -comienza diciendo Jabois- el pintor Urbano Lugrís participó en un espectáculo de las Misiones Pedagógicas en Valencia de Alcántara (Cáceres). Lugrís era un tipo grandullón que se expresaba de una forma un tanto peculiar, y eso acabó provocando la burla de una parte del público. Aquello lo consideró intolerable el escritor Rafael Dieste, que se subió al escenario para interceder por su amigo y poner al público en su sitio con un discurso que hizo que todo el mundo callase. En primera fila estaba una profesora que daba clases en el pueblo, Carmen Muñoz. En 1980, el escritor Luis Rei la entrevistó para una biografía sobre Dieste (A travesía dun século, Ediciós do Castro, 1987). Rei le preguntó cuándo fue la primera vez que vio a Rafael Dieste, y ella le contó esa historia ocurrida medio siglo antes en las Misiones Pedagógicas. Terminó de hablar dirigiéndose a Dieste, su marido, que estaba a su lado escuchándola. “Ese día, Rafael, me quedé con la boca abierta. Y no se me ha vuelto a cerrar”.
Las Misiones Pedagógicas se pusieron en marcha en 1931 con el auspicio del Gobierno de la República y la Institución Libre de Enseñanza. Se trataba de llevar el conocimiento y la cultura a pueblos y aldeas de toda España. Entre los misioneros -unos 600 durante cinco años- estaban Lugrís y Dieste (encargado de un teatro de guiñol), pero también María Zambrano, Ramón Gaya, María Moliner, Luis Cernuda, Alejandro Casona o Maruja Mallo. Se cuenta al detalle en el libro de Alejandro Tiana Las Misiones Pedagógicas. Educación Popular en la Segunda República (Catarata, 2016), donde se replica el famoso discurso de Manuel Bartolomé Cossío, alma mater de las Misiones: "Somos una escuela ambulante que quiere ir de pueblo en pueblo. Pero una escuela donde no hay libros de matrícula, donde no hay que aprender con lágrimas, donde no se pondrá a nadie de rodillas como en otro tiempo. Porque el Gobierno de la República que nos envía, nos ha dicho que vengamos, ante todo, a las aldeas, a las más pobres, a las más escondidas y abandonadas, y que vengamos a enseñaros algo, algo que no sabéis por estar siempre tan solos y tan lejos de donde otros lo aprenden, y porque nadie hasta ahora ha venido a enseñároslo; pero que vengamos también, y lo primero, a divertiros".
Se crearon más de 5.500 bibliotecas, hubo cientos de representaciones teatrales e instalación de museos itinerante. Ni eso pudo con la oposición de la España que finalmente acabó destruyendo las Misiones y que, desde el Parlamento, vía CEDA, trataba de dinamitar las partidas destinadas. Bartolomé Cossío advirtió, frente a los ataques, que la única salvación que tenía España le vendría por la educación. Murió un año antes de escuchar la respuesta de sus adversarios, que llegó el 18 de julio de 1936.
Él entendía que al lujo de que alguien te enseñe algo que no sabes, se responde con gratitud, pues cuando eso ocurre uno dispone de la información para tener un criterio propio y poder ser quien es. Que sólo cuando se sabe, se acepta o elige; y el que no sabe, ni se acepta ni elige. Cossío también dijo: "El mundo entero debe ser, desde el primer instante, objeto de atención y materia de aprendizaje para el niño, como lo sigue siendo más tarde para el hombre. Enseñarle a pensar en todo lo que le rodea y a hacer activas las facultades racionales es mostrarle el camino por donde se va al verdadero conocimiento, que sirve después para la vida. Educar antes que instruir; hacer del niño, en vez de un almacén, un campo cultivable". Lo dijo en un país que, como Rafael Dieste pero en sentido contrario, es capaz de dejarte con la boca abierta, y hasta hoy". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












De la desconfianza y la desilusión

 





Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la economista Cecilia Castaño, va de la desconfianza y la desilusión. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.












La tentación de la inocencia
CECILIA CASTAÑO
13 JUL 2023 - El País
harendt.blogspot.com

En Grecia, la derecha ganó las elecciones, mientras nadie se preocupaba del trágico naufragio con 650 migrantes muertos. Más allá de las circunstancias específicas, se trata de una muestra más de un tsunami conservador y deshumanizante que recorre hoy las democracias occidentales, de carácter incremental y causas múltiples, nada fáciles de comprender y abordar para quienes intentan remar en dirección contraria de la ola gigante que se viene encima.
Hace casi 30 años se publicó el libro La tentación de la inocencia de Pascal Bruckner, en el que se definía la inocencia como el intento de escapar a las consecuencias de los propios actos, de eludir las abrumadoras responsabilidades inherentes al ejercicio de la libertad y de asumir para ello el papel de víctimas, usurpando en consecuencia el espacio de las verdaderas víctimas del mundo, condenadas no solo a las carencias básicas y a la discriminación sino, también, a su creciente y absoluta relegación e invisibilidad en la agenda social. En las últimas tres décadas, esta tentación o enfermedad del individualismo ha crecido exponencialmente, jaleada por aparatos de propaganda cada vez más eficaces que responden a poderosos intereses económicos y políticos, incitadores del consumo desmedido, la infantilización del comportamiento y un egocentrismo que se extiende a todos los estratos de la sociedad como una mancha de aceite. Acompañado por un entorno mucho más incierto, complejo y difícil para la mayoría de la gente, pero que hace mella emocional más acusada en las capas sociales que tradicionalmente se han considerado clases medias, buena parte de ellas cercanas políticamente al centro, centro izquierda o centro derecha.
En este contexto, resulta evidente que quienes han dado la mayoría absoluta a la derecha en Grecia, a la ultraderechista Afd en Turingia, pero también los finlandeses, los británicos brexiteros, y —claro está— esa variopinta multitud de españoles que hoy se suman a la derecha de toda la vida, no van a reparar en los millares de seres humanos que pierden o pelean la vida frente a sus costas, vallas o fronteras (ojo, y eso no se reduce en absoluto a los sectores de derecha, también sucede, y más de lo que nos creemos, en la izquierda). Porque, en su marco mental, ellas y ellos son los náufragos que necesitan ser rescatados.
Rescatados preferentemente por un barco a cargo de una comandancia que parezca saber dónde va, que hable con una voz única o coordinada, que combine autoridad y empatía. Esa perspectiva se aleja de la representada por una embarcación cuyos tripulantes se pelean a menudo y no transmiten estabilidad, aún estando cargados de víveres (medidas de política pública adoptadas o por adoptar) que, a lo mejor, hasta ni caben en la bodega y pueden incluso hundirla. Algo así ha estado sucediendo con la campaña electoral española a las autonómicas y municipales: una izquierda dividida, pero con un impresionante bagaje que mostrar pese a todas las dificultades experimentadas, centrada en los qués (lo que hemos hecho), frente a una derecha empoderada que elude hábilmente los qués y orienta todo su discurso a los quién (con quiénes lo hacen). Tratemos de comprender a fondo el contexto en que vive la gente que vota, sobre todo la que ha votado izquierda o centroizquierda y ahora se abstiene o traslada su voto a la derecha.
La mayoría de la gente está muy cansada tras la pandemia y el volcán, crisis por fortuna (relativamente) superadas y que el Gobierno ha gestionado bien. Pero está frustrada, asustada y abrumada por un entorno amenazante que combina —en una tormenta perfecta— sequías e inundaciones, cambio climático, la atroz guerra de Ucrania y sus giros de guión, la inteligencia artificial que nos va a quitar los empleos, etc. No se trata de realidades lejanas sino que se nos recuerdan diariamente en titulares de prensa, telediarios y mensajes virales en redes sociales (incrementados con pinceladas apocalípticas) que, en cierto modo, nos roban toda expectativa de futuro.
Con todo, a nivel cotidiano lo que más influye es la inflación que, pese a su reciente moderación, ha dejado el poder adquisitivo de muchas familias al borde de la pobreza, ahogadas por la subida de los alimentos, los alquileres o las hipotecas. En este contexto puede más el miedo a la guerra en Europa que el miedo a Vox. En situaciones amenazantes y tan disruptivas como la actual, ser conservador es un valor. Y, en las decisiones sociales y personales, cuenta tanto el presente (empleos, salarios, precios) como el futuro (qué va pasar, a dónde vamos, cómo se pagará la deuda, qué será de nuestros hijos), expresándose esa dualidad de manera contradictoria la mayoría de las veces: depresión colectiva y restricción del consumo en algunas áreas frente a restaurantes, vuelos y costas llenos hasta la bandera como si no hubiera un mañana.
Por eso, el debate político hoy no gira sobre economía o inmigración. Por todas partes aflora un contexto de inquietud, miedo difuso, ira, emociones explosivas y contradicciones.
Frente a ello, no basta con exhibir buenos resultados de gestión; para mucha gente la situación es extrema, y para otros el miedo es tan grande que no se fían de nada.
El PP ha entendido mejor, hasta ahora, el contexto social y emocional en que vive la gente que vota, y por eso en las elecciones municipales y autonómicas se ha apoderado de todo el voto de Ciudadanos y ha quitado voto al PSOE, pero no a Vox.
Se ha centrado en el quién y ofrece dos mensajes complementarios casi imbatibles si no se desentrañan y desmontan desde otro marco: 1. Quiero que el barco esté en manos fiables, seguras, previsibles. Gente que no se pelee todo el rato y que las buenas iniciativas legislativas no salgan de chiripa (ése es el rol de Feijóo). 2. Carpe Diem, vivir el hoy. Es el papel de Ayuso, la encargada de ofrecer vidilla a la gente. Déjame tomar una caña y relajarme aunque todo esté muy mal.
Estos dos mensajes del PP, aparentemente contradictorios, en realidad son complementarios para el electorado: dame alegría y dame previsibilidad, y funcionan muy bien juntos, porque es lo que la gente, en un contexto de frustración y amenazas, de tentación de la inocencia y sensaciones de naufragio, quiere. Eso no significa que haya que caer en ese marco sin más; desde la empatía, hay que saber reconocer que la situación global es muy compleja, que hay razones para la inquietud, pero —precisamente por ello— nuestro barco está demostrando firmeza, la tripulación al mando es experimentada y tiene una carta de navegación con probada vigencia para alcanzar puertos seguros, no solo para una minoría sino para la mayoría social (incluyendo expresamente a las clases medias).
Es necesario generar confianza e ilusión y recuperar a la ciudadanía que construye junta los lazos que propician la verdadera seguridad, la participación social responsable o la igualdad de género. Desde lenguajes menos técnicos y, a la vez, menos ideologizados, como algo más cercano por lo que vale la pena luchar, porque tiene que ver con nuestra vida. En un barco cuya fortaleza consiste en que navegamos juntas y juntos. ¿Naif? Tal vez, pero se trata de mensajes que expresan una profunda convicción y autenticidad que, de alguna forma, hemos ido perdiendo en el camino. Hay que recuperar la pasión del argumento y el argumento de la pasión.

































martes, 18 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] La sombra de Caín. [Publicada el 20/07/2019]











Antonio Machado advertía al viajero por tierras de España que vería "llanuras bélicas y páramos de asceta -no fue por esos campos el bíblico jardín-: son tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín", escribe Plácido Fernández-Viagas, doctor en Ciencias Políticas, magistrado y letrado del Parlamento de Andalucía. 
Es una conclusión desde la melancolía y la tristeza, pero nada exagerada si se tiene en cuenta que en los años de la Guerra Civil nuestros abuelos se dedicaron, con crueldad inconcebible en país moderno, a matarse los unos a los otros sin ningún tipo de piedad. Y el odio subsiste. Basta contemplar la facilidad con que se trazan líneas rojas que sirven de mezquina exclusión de los demás para constatar que seguimos viviendo en un polvorín. ¿Qué nos pasa?
Decía Ortega y Gasset en 1921: "Peor que tener una enfermedad es ser una enfermedad. Que una sociedad sea inmoral, tenga o contenga inmoralidad, es grave; pero que una sociedad no sea una sociedad, es mucho más grave". Éste es nuestro caso, pues España tendría "infeccionada la raíz misma de la actividad socializadora". Seríamos incapaces de vivir en común. La ausencia de una clase dirigente brillante puede haber influido de manera decisiva en la incapacidad para crear un proyecto que vertebre y de sentido a la Nación. Así, el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 nos alejó durante 40 años de la modernidad; el miedo y la represión sofocaron cualquier impulso de vitalidad. Pero fue nuestra entera sociedad política la responsable. "Venceréis pero no convenceréis", soltó Unamuno a un enajenado Millán Astray en la Universidad de Salamanca. La reacción militarista y clerical se había sublevado, es cierto. Antes, las provocaciones de los extremistas habían hecho fracasar a la República, y el 18 de julio fue su consecuencia.
En esencia, la II República supuso el enésimo intento de consolidar en España la revolución burguesa que los países más avanzados de la Europa occidental habían realizado en el curso del siglo XIX. Desgraciadamente, nuestra burguesía era muy débil. Como diría Henry Buckley, en su Vida y muerte de la República española: "El problema de la clase media española era que no tenía la fuerza suficiente como para gobernar el país en solitario. En aquellos momentos [en los inicios del régimen] Azaña y Alcalá Zamora podían representar el poder político, pero las riendas del auténtico poder estaban en manos de los grandes terratenientes, de la Iglesia católica y del Ejército. Mandaba la clase media pero dependía de una oligarquía sin la cual era imposible gobernar". Buckley consideraba que había una solución: la alianza entre los republicanos y la izquierda moderada. Y eso es lo que intentaron los escasos estadistas del régimen: el real proyecto modernizador republicano.
De hecho, el brillante Manuel Azaña utilizaba en sus discursos los planteamientos de los dirigentes socialistas afines. Y, así, tomando como referencia a Julián Besteiro, que reconocía la imposibilidad estructural de la toma del poder por la clase obrera, señalaba: "La República le es tan necesaria al proletariado como a la burguesía liberal, pero nosotros no tenemos el pensamiento ni los socialistas tienen ahora la ambición de que nuestra fuerza común concluya en una república socialista. Pensamos en una república burguesa y parlamentaria, tan radical como los republicanos más radicales consigamos que sea, si tenemos opinión y votos para ello".
Toda la política de Azaña iba dirigida a la confluencia de intereses con los partidos obreros. Es verdad que realizaba una arriesgada apuesta, la de una evolución reformista de las organizaciones de trabajadores. Pero, a la altura del tiempo transcurrido, puede considerarse que era la única posible en la situación de nuestro país. Desgraciadamente, la división del PSOE, la inmadurez de los republicanos, y el carácter profundamente reaccionario de una buena parte de la derecha, impidieron el triunfo de un objetivo tan atractivo.
Su fracaso fue originado, es indudable, por un golpe de Estado de carácter militar, pero no es posible desdeñar la inseguridad y el miedo que generaron en la derecha el desorden en la calle, las huelgas salvajes y el pistolerismo. Además, no es posible eludir el hecho de que personalidades relevantes del sistema, y organizaciones políticas fundadoras de la República, participaron en una revolución, la de Asturias, por el simple hecho de entrar en el Gobierno miembros de un partido político, la CEDA, que había ganado las elecciones. Lo que, con su conocida franqueza y honestidad, llevó a Indalecio Prieto a declarar años después lo siguiente: "Me declaro culpable, ante mi conciencia, ante el partido socialista y ante España entera, de mi participación en el movimiento revolucionario de 1934. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria. Estoy exento de responsabilidades en la génesis de aquel movimiento, pero la tengo plena en su preparación y desarrollo".
Si a eso añadimos que, pocos días antes del Alzamiento, fue asesinado por militantes de izquierda uno de los jefes más destacados de la oposición parlamentaria, José Calvo Sotelo. Y que alguno de ellos era miembro de las fuerzas de orden público, ¿qué es posible decir?
A veces da la impresión de que en el fondo todos querían ir a la guerra. El bondadoso cardenal Vicente Enrique y Tarancón recordaría en una ocasión: "Creo que llegamos todos a convencernos de que el problema no tenía solución sin un enfrentamiento en la calle. Durante meses creo que toda España estaba a la espera de lo que iba a ocurrir. Media España estaba contra la otra media, sin posibilidad de diálogo. Habían de ser las armas las que dijesen la última palabra. Lo cierto es -hay que confesarlo con honradez- que todos confiábamos entonces en la violencia y juzgábamos que ésta era indispensable, echando, claro está, la culpa a los otros".
Siguiendo a Preston, podría aceptarse que hubo una tercera España, en la que estarían figuras de la calidad de Felipe Sánchez Román, Salvador de Madariaga, Ortega y Gasset o Marañón, pero el problema radica en determinar si podían haber influido sobre los acontecimientos en forma real. ¿Hubieran sido capaces de defender el sistema exclusivamente con palabras e inteligencia? Evidentemente no, el odio y la ignorancia generalizada lo hicieron imposible.
El comportamiento de unos y otros durante la misma guerra no puede producir más que horror. Los golpistas fueron crueles y las consecuencias de su triunfo son conocidas por todos, nada humanitarias. En España hubo condenas a muerte por motivos políticos hasta el mismo 1975, año del fallecimiento de Franco. Se persiguió cruelmente a estudiantes idealistas que luchaban por un mundo mejor, y una vez eliminados se les quiso injuriar hasta los extremos más denigrantes, caso del recordado Enrique Ruano. En el mundo obrero, personalidades de la talla de Marcelino Camacho padecieron interminables años de cárcel. Pero canallas hubo en todos lados, también en el republicano. No es posible olvidar las sacas de Madrid, Barcelona... Basta con leer Los cipreses creen en Dios de Gironella para recordarlo, y demás lugares donde triunfó la legalidad. La represión, sádica y enferma, que sufrió la Iglesia fue impropia de un país civilizado, realmente es que no lo fuimos.
Es preciso sentir vergüenza. Es nuestra historia y todos fueron responsables, desde luego unos en mayor medida que otros. Ya va siendo hora de terminar. ¿Por qué no nos dedicamos a construir un futuro desde la generosidad, es decir, desde la defensa del régimen constitucional y de la soberanía de todos y cada uno de los españoles? Resulta asombroso que a estas alturas sigamos arrojándonos muertos a la cara, y se considere progresista buscar la forma adecuada para exhumar a un dictador. La memoria sin generosidad y sin amor no es más que rencor. Julián Zugazagoitia, basta con leer su Guerra y vicisitudes de los españoles, no hubiera comprendido la mezquindad y falta de visión de nuestros actuales dirigentes. Parece un problema de torpeza.
Utilizando palabras del gran dramaturgo Priestley, podríamos decir que nuestro país se encuentra ante una nueva "esquina peligrosa", la de Cataluña. ¿Seremos capaces de actuar con un mínimo de categoría? Es difícil con políticos tan narcisistas y niños como los actuales. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt









De la dignidad de las víctimas

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Sergio del Molino, va de la dignidad de las víctimas. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Las víctimas son sagradas hasta que las bajan del altar
SERGIO DEL MOLINO
12 JUL 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Puede dar la impresión de que las víctimas son hoy una forma de aristocracia. Nuestra época las venera con tal devoción que muchos han hecho del victimismo una identidad. Ser víctima hoy sale casi tan barato como ser héroe, y tal vez esta banalización sea el precio por colocar a los deudos, los dolientes, los heridos y los desamparados en el lugar de honor que merecen. A mí no me parece mal que unos cuantos caraduras abusen del prestigio de las víctimas auténticas si a cambio estas se sienten arropadas. Sucede, sin embargo, que no es así.
Para algunos defensores del victimismo, las víctimas no son sagradas en sí, sino por sus méritos. Una buena víctima tiene que comportarse como las señoritas de provincias de las novelas antiguas: ha de ser recatada, asistir a los oficios y salir en procesión cuando los fieles lo requieran. Si se rebela contra la liturgia, se ríe demasiado, tiene ideas propias o se ofende porque su nombre sea vindicado por bocas zafias, la víctima pierde su sacralidad.
Le ha pasado a Consuelo Ordóñez, hermana de Gregorio, que ha afeado a varios jefes del Partido Popular que entonen el lema repugnante “que te vote Txapote”. Tan solo ha conseguido que estos digan con la boca pequeña que lamentan que le duela, pero no lo suficiente para dejar de berrear el pareado. Borja Sémper, en cuya boca es inimaginable una frase parecida, ha constatado que le “incomoda”, como si fuese algo inevitable, cosas que pasan: ¿quién no tiene en su familia a un primo bocazas? Esa es la postura oficial del partido, muy leninista: serán cabestros, pero son nuestros cabestros y no andamos sobrados de votos.
Uno de los libros que más me ha impresionado este año es Salir de la noche, del periodista italiano Mario Calabresi, hijo del comisario Luigi Calabresi, asesinado a tiros por las Brigadas Rojas en Milán en 1972. Está por escribir una obra parecida en España. Sin rencores, con una elegancia templada que hace la lectura mucho más emocionante, Calabresi habla allí del silencio de las víctimas, de lo incómodas que son sus voces las pocas veces que suenan de verdad, lejos de la retórica oficialista y del pésame de protocolo. Ninguna víctima pierde su dignidad por faltar a las buenas costumbres o no ajustarse a lo que se espera de ella, pero el político que no es capaz de afearle a los suyos esos rebuznos está mucho más cerca de la turba beoda que del ágora democrática.