He leído en alguna parte —pero no recuerdo en dónde ni cuándo— que Rockefeller pagaba para recibir, todas las mañanas, una edición especial del periódico: una edición que sólo contenía buenas noticias, o de la cual se eliminaban las noticias tristes, para que al millonario no se le amargara el día. Era una mentira, una leyenda urbana, pero corrió y se acabó haciendo popular porque la verdad no era completamente distinta. Rockefeller, tras notar con agudeza que la realidad importa menos que la percepción, contrató a uno de los primeros equipos de relaciones públicas del siglo XX para tratar de neutralizar, o por lo menos de atenuar, las críticas que ya comenzaban a condenar la actividad de sus empresas petrolíferas. Parece que solía pedir cuadernos de recortes para enterarse de lo que salía en la prensa; parece que su equipo de relaciones públicas, para evitarle preocupaciones mayores a un hombre de salud frágil, omitía en el cuaderno las noticias más negativas. Y así pudo nacer la leyenda aquella del periódico hecho a medida.
Pues bien: he estado pensando que en eso nos hemos transformado en los últimos diez o 12 años, desde que los cacareados algoritmos comenzaron a decidir qué versión de la realidad nos dejan ver. No recuerdo cuándo fue la primera vez que escribí acerca de la principal consecuencia, y la más nefasta, de la vida vivida en las redes sociales: la ruptura de la realidad común. Pero el asunto cobró una materialidad preocupante hacia 2015, cuando me di cuenta de la facilidad —y la impunidad— con la cual decían mentiras los que en Colombia se oponían a las negociaciones de paz que por entonces adelantaba el Gobierno con la guerrilla de las FARC. Eran mentiras tan absurdas —los acuerdos buscaban eliminar la propiedad privada, los acuerdos volverían a nuestros hijos homosexuales— que los defensores de la negociación no sabían (no sabíamos) cómo responder a ellas, y en eso se veía que nos enfrentábamos a algo nuevo. No era la misma mentira política de siempre, aunque se le parecía. Era más bien el hecho de que la gente ya no la podía comparar con la verdad, pues la verdad era invisible. En otras palabras: había desaparecido ese mundo en que todos veíamos la misma realidad y la interpretábamos de manera distinta según nuestras convicciones políticas o nuestro credo religioso, o nuestras heridas privadas o nuestros resentimientos secretos.
(Sí, también las emociones más recónditas juegan un rol decisivo en nuestras actitudes ciudadanas: no hay que saberse de memoria a Shakespeare para reconocer que las decisiones políticas son también una manera de sublimar las carencias o los traumas).
Lo cierto es que a partir de cierto momento, después de horas y horas de conversaciones con gentes de distintas procedencias, me di cuenta de que no estábamos viendo la misma realidad. Yo recibía mi versión del mundo de siete u ocho periódicos distintos, de líneas editoriales razonablemente diversas y hechos por periodistas profesionales de diversas tendencias; la inmensa mayoría de mis interlocutores, en cambio, no leía periódicos, sino que se informaba a través de Facebook, de Twitter, de cadenas de WhatsApp y de videos de YouTube que a veces vampirizaban el periodismo de verdad, pero reduciéndolo a una sola línea ideológica, y a veces eran el producto de desinformadores que habían descubierto la fórmula mágica: el engaño y la polarización dan más visitas y generan más tráfico que la verdad y la moderación. Y el diálogo dejó de ser posible entre nosotros, porque para ellos, que sólo veían una realidad diseñada para confirmar sus sesgos y alimentar sus prejuicios, la versión que yo proponía no era simplemente otra opinión, sino que debía ser una mentira malintencionada.
Sí, lo creo de verdad: los mecanismos de las nuevas tecnologías han convertido a muchos ciudadanos en narcisistas sin remedio que, como un millonario de salud frágil, no ven la realidad, sino los cuadernos de recortes bien escogidos que su equipo de relaciones públicas les pone en la mesa del desayuno. Igual que Rockefeller recibía recortes escogidos por su equipo, cualquier ciudadano recibe hoy la información que otro escoge. El problema es quién; el otro problema es con qué intenciones. Sólo los más ingenuos o desinformados creen todavía en la famosa neutralidad de internet, y basta haber estado un poco atento a los libros recientes (Sarah Wynn-Williams, por ejemplo) o a las denuncias y condenas (contra Meta, por ejemplo) para entender que asistimos a la más grande empresa de manipulación de los ciudadanos que ha existido jamás, y que sus intenciones, que al principio buscaban tan sólo el enriquecimiento sin límites, ahora persiguen también el poder político.
Y así se da un matrimonio perfecto: los Trump de este mundo necesitan mentir impunemente, confundir al ciudadano, polarizar a las sociedades y destruir el buen periodismo, porque sólo si la realidad común ha desaparecido se puede decir que el 6 de enero fue una manifestación pacífica o que Biden se robó las elecciones o que Renée Good estaba embistiendo con su coche a los agentes del ICE; por su parte, los Musk de este mundo —o los Altman o los Thiel— necesitan que desaparezcan los límites y las regulaciones, porque sólo en un mundo digital que se parezca al salvaje oeste pueden seguir capturando el tiempo y los recursos de los ciudadanos mediante falsedades y teorías de la conspiración, o mediante la indignación fabricada, la normalización del odio y la mercantilización del miedo. Y su modelo de negocio depende exactamente de eso.
Por eso reaccionaron como lo hicieron los hipócritas Estados Unidos cuando, hace apenas unos días, el Reino Unido consideró la idea de obligar a YouTube y otras plataformas digitales a modificar sus algoritmos para que la información periodística tradicional —la BBC, por ejemplo— tenga más visibilidad. Es decir, para que compita en igualdad de condiciones con la desinformación grotesca, irresponsable y peligrosa de los inescrupulosos que, como Musk, llaman a la guerra civil o acusan sin pruebas a un inmigrante de crímenes graves. Esa regulación podría “facilitar la censura” y hacer daño a “periodistas independientes”, dijo la embajada del Gobierno occidental que más ha buscado la censura de los periodistas incómodos (Ann Telnaes en The Washington Post y Stephen Colbert en CBS) y perseguido a los periodistas críticos: The Guardian, The New Yorker y Le Monde han publicado los casos de periodistas que sufren el acoso de las autoridades de inmigración en los aeropuertos de Estados Unidos, y la Associated Press no puede volver a las ruedas de prensa de esta ridícula Casa Blanca desde que se negó a aceptar que el Golfo de México ahora se llamaba Golfo de América. Y podría llenar esta página con ejemplos similares, y aun con algunos más graves que estos. Porque los Estados Unidos de Trump son el peor enemigo de la libertad de expresión y la libertad de prensa que hay ahora mismo en Occidente.
Pero lo más preocupante es la pasividad de los ciudadanos. Leerán esto y leerán los libros que he mencionado —si quieren un buen panfleto, lean La izquierda ante el tecnofascismo, de Jordi Gracia— y se preocuparán buenamente, pero poco harán al respecto. En otra leyenda urbana, el presidente argentino Hipólito Yrigoyen recibía también una edición adulterada del periódico, preparada por su círculo más cercano, y vivió engañado, sin enterarse del descontento social ni sospechar la conspiración que acabó por deponerlo. A veces se me ocurre que somos eso: una sociedad engañada, ignorante de la conspiración que la va a deponer. Juan Gabriel Vásquez es escritor. El País, 13 de septiembre de 2026.


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