sábado, 26 de septiembre de 2026

GAU ON, ONDO PASA ETA AMETS GOZOAK IZAN

 






Kaixo berriro, lagunok. Gabon; amets gozoak eta atseden lasaia izan ditzazuela 2026ko irailaren 26ko gau honetan. Espero dut egun zoragarria igaro izana zuen familia eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskertzen dizuet bloga bisitatzea. Pozten nau bisitaz gozatu zenutela pentsatzeak. Tamaragua, lagunok. Zortearen jainkosa eta Patu ona izan ditzazuela bidelagun. Bihar arte. Maite zaituztet denok. HArendt


















DE LA TARDE QUE CAE: LA PRINCESA LEONOR EN LA UNIVERSIDAD DE SU OCTABUELO, POR LOLA PONS. 25 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





Cuando la princesa Leonor entró esta semana a estudiar en la Universidad Carlos III, sita en Madrid, estaba ingresando en un centro de educación superior fundado en el año 1989 y bautizado en honor de Carlos de Borbón y Farnesio, Carlos III (1716-1788). Calificar el parentesco entre ambos Borbones con el vocabulario que nos ofrece el español actual nos enfrenta a un laberinto terminológico, ya que la lengua española tiene bien establecidos los términos de parentesco hasta el cuarto grado en línea recta, pero, a partir de ahí, funde y confunde términos.

Recuerde el lector su estirpe perdida, avive el seso y despierte: antes que los abuelos van los bisabuelos y antes que ellos están los tatarabuelos; nietos, bisnietos y tataranietos son la versión descendente de estas relaciones. Pero si nos alejamos de ese centro del universo que somos nosotros mismos cuando ordenamos el mundo a través de la lengua, el vocabulario se empieza a complicar. Podemos emplear palabras que el español tuvo en otro tiempo: chozno fue la designación para el hijo de un tataranieto; hoy es una palabra desaparecida del español de España, pero fue común en los siglos XVI a XVIII. De hecho, generó derivados (bichozno era el nieto del tataranieto) y sostuvo chistes en géneros populares (“Miente, tataramiente y choznomiente” puso por escrito un autor ingenioso del siglo XVII, Luis Quiñones de Benavente).

Cierto es que, pasando los abuelos, estos términos de familia podían significar una cosa o la contigua: la palabra trasnieto sirvió para expresar el grado de bisnieto, pero en algunas fuentes se hace equivalente al tataranieto; el propio chozno era el nombre tanto para el hijo del tataranieto como para el tataranieto mismo. El panorama es confuso (un exhaustivo artículo del catedrático Jairo J. García, de la Universidad de Alcalá, analiza estos nombres con detalle) y esto se explica porque en las familias comunes no son necesarias especificaciones de estirpe muy remota; solo los nobles por herencia y los miembros de familias reales no pierden del todo la cuenta de sus antepasados. De hecho, como el árbol familiar ofrece una respuesta exacta a lo que la lengua parece confundir, los genealogistas se esfuerzan en acuñar términos que quieren ser inequívocos para designar los grados de parentesco anteriores a los tatarabuelos, pero no hay palabras asentadas más allá de estos, y encadenar un tatara- para cada grado superior a ellos es divertido, pero poco funcional. Por eso es común tirar de numerales, e igual que hablamos de primos segundos o terceros, podemos aludir al sexto, séptimo, octavo abuelo (u octabuelo) de alguien, o bien calificar el parentesco en términos relativos: Leonor estudia un grado en la universidad que lleva el nombre del tatarabuelo del tatarabuelo de su padre.

La historia acerca a Leonor y Carlos III a través de la Universidad, una institución de educación superior que, tanto a finales del siglo XVIII como ahora, se enfrenta a situaciones que debe superar si quiere seguir siendo clave en el desarrollo de la ciencia y el pensamiento. La universidad en época de Carlos III albergaba en sí la discusión entre antiguos y modernos que recorría la sociedad española y afrontaba un reto humano e institucional complejo: la expulsión de los jesuitas ofrecía la oportunidad de reducir la influencia eclesiástica, pero exigía el desafío de reconfigurar centros de enseñanza que habían quedado huérfanos. En un clima de reformismo optimista, distintos escritos doctrinales calentaron el ambiente a favor del fortalecimiento del gobierno rectoral, pidiendo el aumento de la exigencia científica en la provisión de puestos y la reforma de planes de estudio en favor de nuevos saberes aplicados. Cada uno de esos reformistas del XVIII, tan animados por el espíritu con que gobernaba Carlos III, tenía su propio ideal de rigor universitario, pero lo novedoso de la etapa es que existan esos ideales, es decir, que se plantee la necesidad de servirse de la Universidad como lugar de enseñanza y de investigación, en la creencia de que la conjunción de ambos planos forjaría sociedades más capacitadas y (oh, inocencia de la Ilustración) más felices.

La imagen de la princesa Leonor entrando esta semana en una universidad pública para continuar su formación rebasa, como casi todo cuanto hace públicamente un miembro de la Casa Real, el terreno de lo personal. Es una estampa elocuente que refrenda a la universidad pública española frente a quienes se empeñan en retratar a nuestros centros universitarios como lugares vetustos y poco apropiados para la formación de excelencia. Algunos problemas de la institución universitaria en época de Carlos III siguen vivos; otros son propios de nuestro tiempo: la cicatería con que se le asignan recursos financieros, la proliferación social de discursos interesados en desacreditar el conocimiento científico, la mercantilización de la educación superior. Nuestra Universidad de hoy es también el resultado de su propia genealogía, con reformas, continuidades y conflictos. La continuidad de una Monarquía que pretende proyectarse hacia el futuro pasa por reconocer el valor de las instituciones públicas que durante siglos han construido una parte esencial del país que esa misma Corona representa. Lola Pons Rodríguez es filóloga. Publicado en El País, 12 de septiembre de 2026.





















DEL CAFÉ DE SOBREMESA: DE UN INGLÉS, UN ARGENTINO Y UN ISRAELI…, POR JOHN CARLIN. 26 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





Imagínense un chiste que empieza con “un inglés, un argentino y un israelí se encuentran en un bar”. Al poco rato se ponen a hablar de los malvinenses, los judíos y los palestinos. ¿Cómo termina el chiste? Ni idea. Lo dejo a la imaginación de los lectores.

Lo que sí sé es que la idea comprime tantas contradicciones, confusiones y payasadas que daría para una buena serie de televisión. Basada, claro, en hechos reales. El inglés sería el canciller británico Ed Miliband; el israelí, el primer ministro Beniamin Netanyahu, y el argentino, el presidente Javier Milei.

El arranque de la serie nos lo daría Miliband. En un discurso esta semana acusó a Israel de llevar a cabo una campaña contra los palestinos de “limpieza étnica” en Cisjordania y de “horror” en Gaza. El embajador de EE.UU. en Israel, Mike Huckabee, respondió que Miliband era un “jew hater”, literalmente “odiador de judíos”.

Primera broma: Miliband no solo es judío sino que, como declaró en el mismo discurso, es “orgullosamente judío”. Segunda broma: Miliband anunció sanciones económicas británicas contra los colonos israelíes que sistemáticamente aterrorizan a los palestinos residentes en Cisjordania. Bueno, broma solo en el sentido de que el Reino Unido no pinta casi nada hoy en política internacional. Es un gesto simbólico que tendrá cero impacto en la política interna israelí.

Algo le habrá dolido a Netanyahu, sin embargo, ya que como respuesta se inventó un nuevo apodo para la Pérfida Albión, “la República Islámica de Gran Bretaña”. (Una oportunidad aquí, quizá, para que entren en escena el poco republicano rey Carlos III, “defensor de la fe” cristiana, y el ministro de Defensa británico, que es gay.)

Ahora, el factor que daría a la serie un carácter único sería Milei, sin olvidar a sus perros, los cuatro vivos y el muerto, Conan, con el que el mandatario argentino se comunica a través de una médium. Y sin olvidar tampoco el que sería uno de los ejes del drama, las islas Malvinas, foco del conflicto más absurdo del mundo desde que José María Aznar se lanzó a la guerra contra Marruecos en el 2002 para defender la soberanía española sobre la isla deshabitada de Perejil.

Milei venera a Netanyahu y el amor es mutuo: Israel se ha aliado con Argentina contra el Reino Unido

Como sabrán, Milei acaba de descubrir un nuevo entusiasmo por “recuperar” la soberanía argentina sobre las Malvinas, con una población de 3.500 personas. Parte de la gracia de Milei, aparte de que como personaje ofrece una mezcla entre Cantinflas y Mussolini, es que uno de sus grandes ídolos es Margaret Thatcher, cuya foto tiene –o tenía hasta hace poco– enmarcada en su despacho de la Casa Rosada. Thatcher no solo lideró la victoria británica de 1982 en las Malvinas, sino que ordenó la gran atrocidad de aquella guerra, el hundimiento del navío militar Belgrano, que acabó con las vidas de 323 argentinos.

Dicho esto, Thatcher es una monjita de la caridad al lado de Netanyahu y, más si cabe, de su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, lo que no impide que Milei los venere hoy tanto o más que a la Dama de Hierro en su día. El amor es mutuo y, como consecuencia, Israel se ha aliado con Argentina contra el enemigo común, el Reino Unido (o, como dicen en Argentina, “Inglaterra”).

Milei, que se jacta de ser “el presidente más sionista del mundo”, dijo lo siguiente en abril durante su tercera visita a Israel desde que llegó al poder: “Con determinadas culturas no vamos a poder convivir, porque si nosotros respetamos el derecho a la vida no podemos convivir con quienes nos quieren matar”. Pero Milei sí puede convivir con Ben-Gvir, aquel que dijo el mes pasado: “Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eli­minando a 30 o 40 cada noche. No solo a quienes suponen una amenaza inmedia- ta; hay personas allí que no son dignas de vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas”.

Más que convivencia, hay solidaridad. Ben-Gvir declaró esta semana que ya era hora de que “el Estado de Israel reconozca públicamente que las islas Malvinas son territorio argentino ocupado, que los británicos le roban violentamente al pueblo argentino”. También pidió a Netanyahu que impusiera sanciones a Gran Bretaña “mientras la ocupación continúe”. Parte del atractivo del neonazi israelí –como figura teatral, digo– es que no posee la más mínima capacidad de verse a sí mismo como realmente es. Que acuse a otro país de “ocupación” ilícita sin ironía alguna es prueba de ello.

El problema de Argentina con las Malvinas no son tanto los británicos, en el fondo, como los malvinenses

Material para al menos un episodio de la serie lo aportaría la dimensión económica de la causa de las Malvinas. Milei, en un intento de agregar una pizca de seriedad a la eterna reclamación territorial argentina, se declaró enfurecido hace unos días por la noticia de que los británicos han dado luz verde a la explotación de petróleo en las aguas malvinenses. Pero aquí viene otra broma. Los británicos dieron luz verde a un consorcio liderado, con el 65% de las acciones, por una empresa israelí con sede en Tel Aviv.

¿Cómo haría Milei para cuadrar el círculo? ¿Quizá haciendo la vista gorda a esta pequeña anomalía a cambio de que Israel sume sus tropas a una segunda aventura militar para recuperar las islas?

El problema de Argentina con las Malvinas no es tanto los británicos, en el fondo, como los malvinenses, que en el referéndum más reciente votaron en un 99,8% a favor de seguir siendo leales a la corona británica, con tres votos en contra. Si votasen un día a favor de convertirse en argentinos, los británicos no dudarían ni un segundo en decir adiós y buenas noches, agradecidos de quitarse de encima un vestigio de imperio que les resulta caro e incómodo y no suscita el más mínimo interés en su ciudadanía. Como hay menos posibilidad de que los malvinenses opten por ser argentinos que de que los palestinos opten por renunciar a sus reclamaciones territoriales en Tierra Santa, la única salida para Milei tiene que ser, por lógica, militar.

El riesgo es que con los Ben-Gvir en el equipo el desenlace consista en la solución final del exterminio. En asesinar cada noche a 30 o 40 malvinenses durante unos 74 días, lo que duró la guerra de 1982. Poco probable, se supone, y demasiado macabro, incluso para una serie de humor negro. Pero con tanto loco suelto reírnos es de lo poco que nos queda para no romper a llorar. John Carlin es escritor. La Vanguardia, 12 de septiembre de 2026.





















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 26 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 























DEL ARCHIVO DEL BLOG: DE LA HISTORIA COMO NOTARIA DEL PASADO, POR HARENT. PUBLICADO EL 17 DE ABRIL DE 2016

 









La Historia como notaria del pasado sigue gozando de respetable salud. Y eso que hace ya 2500 años que dos griegos ilustres, mediado el siglo IV a.C., la iniciaron como disciplina científica: Heródoto, con su Historia (Círculo de Lectores, Barcelona, 1996), y Tucídides, con su Historia de la Guerra del Peloponeso (Círculo de Lectores, Barcelona, 1997), hermosas lecturas que les recomiendo con especial énfasis.
De esa misma respetable salud sigue gozando la historia de la Guerra Civil Española (1936-1939), y por extensión, la de la II República española (1931-1939). Uno de los historiadores que más y mejor ha escrito sobre la guerra civil española ha sido el profesor e hispanista estadounidense Gabriel Jackson, y entre los españoles, el economista, diplomático e historiador Ángel Viñas, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.
Al profesor Viñas le conocí, aunque no tuve el placer de tratarle personalmente, durante mi paso por la UNED, cuando cursaba la licenciatura de Geografía e Historia. Fue a mediados de los 80, creo recordar, durante la celebración del Congreso Internacional de Historia sobre "La oposición al régimen de Franco", organizado en Madrid por mi universidad, bajo la dirección de los profesores Tuñón de Lara y Javier Tusell, al que asistí como alumno becario. Le recuerdo con su sempiterna corbata de pajarita, prenda típica y casi de uniformidad oficial del profesorado de la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey, Estados Unidos; la universidad también de Albert Einstein y Hannah Arendt, y perdónenme la petulante digresión, los cinematográficos y televisivos doctores Indiana Jones y House.
De él reseñé en mi entrada del pasado día 2, con motivo del 75º aniversario del inicio de la II Guerra Mundial, un artículo suyo titulado "Un tiempo de sangre y fuego", que dilucidaba algunas de las falsedades creadas por la historia en torno al pacto Stalin-Hitler, que en gran manera favoreció el paso a dicha conflagración. 
En el mes de octubre de 2009 Revista de Libros publicó una extensa y documentada reseña crítica del profesor Jackson, bajo el título de "Una trilogía histórica magistral", de tres de los últimos libros del profesor Viñas: La soledad de la República, El escudo de la República y El honor de la República, todos ellos editados por Crítica, Barcelona.
Decía en su reseña el profesor Jackson que los tres libros comentados constituían sin duda alguna los estudios archivísticos más detallados y más exhaustivamente documentados de las reacciones diplomáticas y militares al estallido de la Guerra Civil española; y también de los esfuerzos de los sucesivos gobiernos republicanos para vencer la hostilidad político-económica de las grandes potencias democráticas –Inglaterra, Francia y Estados Unidos– y contrarrestar la masiva ayuda militar ofrecida desde el principio por Italia, Alemania y Portugal a las fuerzas comandadas por el general Franco.
En pos de su investigación documental, añadía, el autor había viajado a París, Londres, Moscú y a muchos otros lugares específicos en que se encuentran archivos relevantes. Ha proporcionado detalladas notas al pie para todas sus interpretaciones controvertidas. Ha preparado una lista de los acrónimos de docenas de archivos, preparado una bibliografía ingente, ofrecido al lector una extensa lista de "dramatis personae" y aportado copias de documentos importantes. Para conseguir su objetivo crítico e historiográfico ha citado y refutado, seguía diciendo, cientos de contundentes afirmaciones de personas e instituciones que aparecen citadas con sus nombres.
En los párrafos finales de su comentario decía el profesor Jackson que había intentado señalar en su artículo lo que le parecían énfasis ocasionales que distraían de la tarea principal, y que había destinado mucho espacio a ello porque quería que el lector conociera los juicios del autor más que simplemente las valoraciones que el reseñista hacía de esos juicios, pero que ello -añadía- no había de entenderse en absoluto como una evaluación negativa. Nadie, decía, ha rastreado los archivos más exhaustivamente que Viñas; nadie ha estado más dispuesto que él a compartir información; nadie se ha mostrado más deseoso de comparar interpretaciones con colegas.
Como conclusión de la reseña, Gabriel Jackson expresaba su convencimiento de que la trilogía publicada por el profesor Viñas se manifestaría como una combinación excepcionalmente rica de historias basadas en archivos y de debates que cuestionan deliberadamente ideas establecidas en la lucha por alcanzar un entendimiento objetivo de la Guerra Civil española.
A mí me gustaría terminar la entrada de hoy, aparte de animarles a leer el artículo del profesor Jackson, con una reflexión del también historiador y profesor Josep Fontana en su libro La historia después del fin de la historia (Crítica, Barcelona, 1992) en la que apela a la necesidad de recuperar las señas de identidad de una historiografía crítica que proponga aprender a pensar el pasado en términos de encrucijada (y no solo de una vía única), que incite a los historiadores a situar el presente en el centro de sus preocupaciones y que ayude a las nuevas generaciones a mantener viva la capacidad de razonar, preguntar y criticar para cambiar el presente y construir un futuro mejor.  Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ODA A UN RUISEÑOR, POR JOHN KEATS (1795-1821)

 














ODA A UN RUISEÑOR



El corazón me duele, y un letargo

 adormece mi ser, como si hubiera

bebido la cicuta, o escanciado

 algún opioide, hace un momento apenas,

que hundido me dejara en el desmayo

 del Leteo; pero no es que sienta

envidia por tu suerte, sino dicha,

 de que tú, ninfa alígera del árbol,

  en un paraje melodioso       

de hayas verdes y sombras infinitas,

 enaltezcas los himnos del verano

  a plena voz, con sosegado tono.


¡Ay, por tomar un sorbo de aquel vino

 enfriado en las entrañas de la tierra,

con gusto a Flora, a verdes labrantíos,  

 a júbilo tostado y la Provenza!

O una copa del meridión benigno,

 repleta de Hipocrene verdadera,

con bordes de burbujas y abalorios

 y mancillada boca de violeta;

  ay, que pudiera yo beber,

dejar sin haber visto el mundo ignoto,

 y escaparme contigo a la floresta

  y en la penumbra desaparecer.


Desvanecerse uno en lontananza,

 disolverse, y acaso olvidar

lo que nunca supiste entre las ramas:

 la fatiga, la fiebre y la ansiedad—

aquí, donde los hombres se arrellanan

 y escuchan sus lamentos; el lugar

donde estremece la paresia el último

 pelo cano, donde la juventud

  se vuelve pálida, espectral,

y muere; donde es ya un infortunio

 pensar, y la Belleza pierde luz,

 y el anhelo de amor tiene un final.


¡Vamos, que vuelo a ti! Pero no es Baco

 ni su cortejo los que me conducen,

sino el Poema, diáfano y alado,

aun si ofusca el asombro las virtudes.

Tierna es la noche: ¡ven conmigo, vamos!,

 que, envuelta de luceros, ahora sube

la Luna Reina a conquistar su trono.

 Pero no hay luz aquí, salvo la brisa

  que sopla desde el firmamento,

en medio de un follaje verdoroso,

 a través de las sombras serpentinas,

  tapizados de musgo los senderos.


Hay flores a mis pies, y no distingo

 el incienso que cuelga de las ramas,

pero tiene dulzuras el estío

 que intuyo en la negrura embalsamada:

las rosas eglanterias y el espino,

 la hierba, el matorral y la arbolada;

marcesibles violetas ya cubiertas

 de hojas caídas, y el primer rebrote

  de justo el mediodía de mayo;

la rosa del almizcle venidera,

 colmada de rocío y, por las noches,

 el rumor de las moscas del verano.


Se pone el sol y escucho, y llevo un tiempo

 ya medio enamorado de la Muerte,

y muchas veces le he implorado en verso

 que devuelva a la bóveda celeste

mi hálito de vida; hoy tan muerto

 me quisiera, apagarme para siempre

a medianoche, sin dolor alguno,

 al tiempo que prodigas extasiado

  tu alma entera; no dejarías

de cantar, pero yo, en este mundo,

 me habría ya convertido en tierra y pasto

  y dejado tu réquiem en la arcilla.


¡Tú no estás destinado a lo finito,

 Ave inmortal! Eres inmune al paso

hambriento de linajes sucesivos;

 monarcas y bufones escucharon

la voz que escucho yo, el canto mismo

 del crepúsculo breve, en días de antaño.

Quizá es el mismo que encontró a Ruth,

 su corazón dolido de nostalgia,

  a pleno llanto en un maizal

del exilio, o que en una latitud

 de encantamientos, mágica, olvidada,

  abrió claros a bruma y tempestad.


¡Olvido! La palabra misma tañe

 como campana para así traerme

de regreso a mi solo ser. No cabe

 esperar que tu hechizo, artero duende,

ilusione tan bien como se sabe.

 ¡Adiós! Tu himno triste ya se pierde

en la pradera, allende el suave cauce

 del arroyo; remonta la montaña

  y, al fin y al cabo, queda envuelto

de llanuras. ¿Quizá fue sólo un trance,

 un delirio? La música se escapa:

  ¿Estoy dormido acaso? ¿Estoy despierto?



JOHN KEATS (1795-1821)

poeta británico





***

 

 



ODE TO A NIGHTINGALE


My heart aches, and a drowsy numbness pains

My sense, as though of hemlock I had drunk,

Or emptied some dull opiate to the drains

One minute past, and Lethe-wards had sunk:

’Tis not through envy of thy happy lot,

But being too happy in thine happiness,—

 That thou, light-winged Dryad of the trees

  In some melodious plot

Of beechen green, and shadows numberless,

 Singest of summer in full-throated ease.


O, for a draught of vintage! that hath been

Cool’d a long age in the deep-delved earth,

Tasting of Flora and the country green,

Dance, and Provençal song, and sunburnt mirth!

O for a beaker full of the warm South,

Full of the true, the blushful Hippocrene,

 With beaded bubbles winking at the brim,

  And purple-stained mouth;

That I might drink, and leave the world unseen,

 And with thee fade away into the forest dim:


Fade far away, dissolve, and quite forget

What thou among the leaves hast never known,

The weariness, the fever, and the fret

Here, where men sit and hear each other groan;

Where palsy shakes a few, sad, last gray hairs,

Where youth grows pale, and spectre-thin, and dies;

 Where but to think is to be full of sorrow

  And leaden-eyed despairs,

Where Beauty cannot keep her lustrous eyes,

 Or new Love pine at them beyond to-morrow.


Away! away! for I will fly to thee,

Not charioted by Bacchus and his pards,

But on the viewless wings of Poesy,

Though the dull brain perplexes and retards:

Already with thee! tender is the night,

And haply the Queen-Moon is on her throne,

 Cluster’d around by all her starry Fays;

  But here there is no light,

Save what from heaven is with the breezes blown

 Through verdurous glooms and winding mossy ways.


I cannot see what flowers are at my feet,

Nor what soft incense hangs upon the boughs,

But, in embalmed darkness, guess each sweet

Wherewith the seasonable month endows

The grass, the thicket, and the fruit-tree wild;

White hawthorn, and the pastoral eglantine;

 Fast fading violets cover’d up in leaves;

  And mid-May’s eldest child,

The coming musk-rose, full of dewy wine,

 The murmurous haunt of flies on summer eves.


Darkling I listen; and, for many a time

I have been half in love with easeful Death,

Call’d him soft names in many a mused rhyme,

To take into the air my quiet breath;

Now more than ever seems it rich to die,

 To cease upon the midnight with no pain,

 While thou art pouring forth thy soul abroad

  In such an ecstasy!

Still wouldst thou sing, and I have ears in vain—

  To thy high requiem become a sod.


Thou wast not born for death, immortal Bird!

No hungry generations tread thee down;

The voice I hear this passing night was heard

In ancient days by emperor and clown:

Perhaps the self-same song that found a path

Through the sad heart of Ruth, when, sick for home,

 She stood in tears amid the alien corn;

  The same that oft-times hath

 Charm’d magic casements, opening on the foam

 Of perilous seas, in faery lands forlorn.


Forlorn! the very word is like a bell

To toll me back from thee to my sole self!

Adieu! the fancy cannot cheat so well

As she is fam’d to do, deceiving elf.

Adieu! adieu! thy plaintive anthem fades

Past the near meadows, over the still stream,

 Up the hill-side; and now ’tis buried deep

  In the next valley-glades:

 Was it a vision, or a waking dream?

 Fled is that music:—Do I wake or sleep?





***





John Keats (AFI: [ʤɒn ki:ʦ]; Londres, 31 de octubre de 1795-Roma, 23 de febrero de 1821) fue uno de los principales poetas ingleses del Romanticismo. Durante su corta vida su obra fue objeto de constantes ataques y no fue sino hasta mucho después cuando fue completamente reivindicada. La lírica de Keats se caracteriza por un lenguaje exuberante e imaginativo, atemperado por la melancolía. Keats tenía con frecuencia la sensación de trabajar a la sombra de los grandes poetas del pasado y solo hacia el final de su efímera vida, cuando sentía cerca la oscuridad de la muerte, fue capaz de producir sus poemas más auténticos y memorables.