jueves, 10 de septiembre de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. UNA SELFIE BORRADA, POR LOLA GARCÍA. 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





Imaginemos que una empresa es capaz de enterarse de los momentos de mayor vulnerabilidad de los adolescentes. Por ejemplo, cuando sufren inseguridad respecto a una parte de su cuerpo, si le preocupa a uno el acné o a otra aquella incipiente celulitis… Imaginemos que esa compañía vende esos datos personales a las marcas de cosméticos para hacer llegar a cada chaval el producto que supuestamente les va a resolver el problema. Con esas prácticas, y otras peores, se lucró Facebook (ahora Meta). Estos días se juzga en EE.UU. a la empresa de Mark Zuckerberg por aprovecharse de los menores para su negocio.

Que los directivos de Facebook, y el propio Zuckerberg, conocían la utilización abusiva de datos de los adolescentes era conocido. Hay muchos libros en los que se explican esas y otras tropelías. Sarah Wynn-Williams lo relata muy bien hacia el final de su obra Los irresponsables . Explica cómo se enteró de esas prácticas cuando trabajaba en Facebook a partir de las preguntas de un periodista australiano. Comprobó cómo cuando un adolescente (sobre todo, chicas) colgaba una selfie y acto seguido la borraba, se facilitaba esa información a las marcas de productos de belleza, que a su vez podían bombardear con publicidad a la joven. La autora, que trabajó para Zuckerberg entre 2011 y 2017, relata cómo, al desvelarse este tipo de denuncias, Facebook recurría siempre al mismo comunicado: “Nos tomamos este tema muy en serio y estamos poniendo todo nuestro empeño en remediar la situación”.

TikTok pagará 400 millones de dólares para resolver una demanda que acusaba a la plataforma de infringir las leyes estadounidenses sobre la privacidad online de los niños. La demanda fue presentada por la administración Biden por recopilar y conservar datos de menores sin notificarlo a los padres ni obtener su consentimiento. Para TikTok, 400 millones son un rasguño, pero abre un camino. Lo importante de ese paso y del juicio a Meta es que los intentos de regular estas corporaciones desde Europa o Australia no serán efectivos si EE.UU. no se pone a ello. Los fiscales que ejercen la acusación contra Meta alegan que esas plataformas se diseñaron para ser adictivas y que ello ocasiona daños emocionales en los menores. Lo comparan con el proceso que acabó condenando a las tabacaleras en los noventa. Quizá se quedan cortos. Lola García es Directora adjunta de La Vanguardia, 23 de agosto de 2026.




















miércoles, 9 de septiembre de 2026

BOAS NOITES, DOCE DESCANSO E DOCES SOÑOS. 9 DE SETEMBRE DE 2026

 





Ola de novo, amigos. Boas noites, doces soños e feliz descanso a todos nesta noite de mércores, 9 de setembro de 2026. Espero que tivérades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino estean convosco. Ata mañá. Quérovos. HArendt
















ENTRADA NÚM. 11402

DE LA TARDE QUE CAE. EL FUEGO QUE LLEVAMOS DENTRO, POR SANTIAGO ALBA RICO. 9 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







Hace muchos años, cuando éramos muy jóvenes y vivíamos en El Cairo, mi amigo Mahmud Fathi, un narrador salvaje y un poeta inesperado, me sorprendió un día con este haiku de centelleante profundidad: “¿Por qué los humanos descubrimos el fuego? Porque lo llevábamos dentro”. Entonces la ocurrencia no sólo me pareció bella y verdadera sino animosa; definía a los humanos por un puñado de pasiones (el amor, la juventud, el deseo) que a veces, es cierto, lo chamuscan todo a su alrededor, pero sin las cuales no se puede imaginar una vida digna de ser vivida. Hay fuegos que hay que mantener siempre encendidos y en los que hay que quemarse al menos los dedos. Llevábamos tanta intensidad en nuestro interior que un rayo cayó del cielo para encender la hoguera en la que nos calentamos las manos, cocinamos nuestros alimentos y narramos nuestras historias. Ese era un mundo difícil (siempre lo ha sido) pero todavía manejable.

Me he acordado de esta frase en las últimas semanas y lo he hecho, sin embargo, en un contexto diferente en el que ha adquirido de pronto una dimensión mucho más sombría. Me refiero a la gran conflagración que ha devorado decenas de miles de hectáreas en Madrid y en Ávila, conflagración de la que he sido testigo directo en uno de los pueblos del valle del Tiétar, cuyo bosque ha perdido o perderá ocho de cada diez árboles. Me he acordado de la frase de Mahmud leyendo una extraordinaria entrevista a John Vaillant, periodista canadiense especializado en incendios, quien describe la respiración, el movimiento, la voluntad del fuego en términos zoológicos y enseguida antropomórficos: “Se comporta como un animal hambriento”, dice, “o también como una persona ambiciosa”. Vaillant no ve en los incendios de sexta generación (en esas llamas que calcinan 60 metros de suelo por minuto) el aliento de un amante excitado o de un narrador trepidante; no ve en ese imparable huracán incandescente el anhelo de un artista adolescente o de un místico sediento de absoluto. Lo que ve ahí es la nueva humanidad capitalista, cuya “devoción casi sectaria por la combustión y los combustibles fósiles”, dice, “ha creado las condiciones perfectas para que el fuego acabe imitándonos”.

Siempre tendemos a pensar que la naturaleza se está rebelando. ¿Y si sencillamente está tratando de emularnos? El nuevo fuego, sí, ambicioso e ilimitado, es una bestia que nos imita, a la que hemos asalvajado (en lugar de domesticado) a nuestra imagen y semejanza. Llevamos dentro los incendios de sexta generación como antes llevábamos un auto de fe o una hoguera de San Juan. Hace cien años, Franz Kafka le resumía la cuestión a su joven amigo Gustav Janouch: “El capitalismo es un estado del mundo y un estado del alma”. Así que llevamos también en nuestro interior danas y ciclones y terremotos y tsunamis. Si no la dejamos en paz, la naturaleza responde a nuestros deseos y nos quema los bosques y las casas. El fuego, sí, nos imita. ¿A quién imita? Imita, desde luego, a los más ambiciosos e inescrupulosos, a los que no se imponen límites. Imita, por ejemplo, a Trump, que como Midas quiere convertirlo todo en oro muerto y en oro negro. E imita a Netanyahu, que quiere difundir su fósforo blanco por todo Oriente Próximo. Los incendios de sexta generación que han devastado España son ya nuestra pequeña Gaza.

Ahora bien, si la ambición capitalista, la demanda de un consumo ilimitado y el deseo íntimo de combustión son los que hacen inevitables e inapagables los incendios, ¿quiénes son, en cambio, los que luchan contra el fuego? ¿A quién imitan los bomberos, los miembros de la UME, esos miles de voluntarios que en estos días se han coordinado sin narcisismos para, poniendo en peligro sus vidas, salvar nuestros cuerpos y nuestras casas? Muchos no tienen conciencia de ello e incluso se ofenderían si se les dijera, pero todos esos que han colaborado y colaboran dentro y fuera de las instituciones, todos los que mancomunan sus esfuerzos para acometer el fuego, están estableciendo de hecho, mientras cooperan, frente al de la bestia ambiciosa, un modelo socialista o anticapitalista o, por lo menos, no-capitalista de gestión de la fragilidad. Todos ellos han sido, si se quiere, socialistas provisionales, anticapitalistas ocasionales, no-capitalistas por horas. Es muy triste que sean las catástrofes las que transformen por un momento “el estado del mundo y el estado del alma”, pero conviene no olvidar estas lecciones, pues son al mismo tiempo políticas y antropológicas.

Las políticas: las instituciones que los neoliberales trumpistas quieren adelgazar o destruir, esas de las que tantas veces desconfiamos y que tanto denostamos, constituyen el único dique posible contra la combustión generalizada. Y son en sí mismas, cuando funcionan, socialistas. En 1970, Hannah Arendt recordaba que “sólo las instituciones legales y políticas independientes de las fuerzas económicas pueden controlar y refrenar las monstruosas potencialidades” inherentes al proceso de expropiación general, de manera —añade— que “lo que nos protege en los países llamados ‘capitalistas’ de Occidente no es el capitalismo sino un sistema legal que impide que se hagan realidad los ensueños de la dirección de las grandes empresas”. Ese “ensueño” capitalista es el presente incendio total, esa conflagración universal a la que resisten apenas pequeños y amenazados islotes de paciencia no capitalista.

La otra lección es antropológica. Llevamos dentro ya, es verdad, un incendio de sexta generación que anhela consumir cada brizna de hierba. Pero llevamos dentro también un bombero. Ese bombero sale sólo en situaciones de excepción, pero en realidad define nuestra condición humana más y mejor que el aliento de la combustión. Vale. De nada sirve, se dirá, que ese bombero constituya nuestro verdadero deseo si vamos a sucumbir al falso impulso de destrucción avivado, como las hogueras, por las ambiciones de oro negro de los poderosos. De nada sirve que ese bombero, armado de su pala y su manguera, reivindique las pequeñas escalas si nuestro destino se decide, como recordaba hace poco Daniel Innerarity, en un nivel de complejidad que escapa a nuestro control. El problema de los incendios de sexta generación, en efecto, es que, imitando al ser humano, no se ciñen ya una escala humana; su crecimiento no es mecánico sino biológico; no es lineal sino exponencial. Lo exponencial queda fuera del registro de nuestra mente y nuestra experiencia, que intentan mantener el control mediante palabras antiguas, caricias antiguas y mentiras antiguas. El bombero que llevamos dentro se mueve en los incendios de sexta generación como Fabrizio del Dongo, el héroe de Stendhal, en la batalla de Waterloo: viendo poco y comprendiendo aún menos. Es el bombero que llevamos dentro, en definitiva, el que se deja engañar y engaña sin querer a otros bomberos. Son los bots de los malvados los que incendian las redes con bulos y fakes; son los bomberos buenos los que los repiten y se los creen. Necesitamos una política para bomberos ciegos.

Toda catástrofe es una oportunidad para el bien y para el mal. El problema es que el mal tiene más medios, más dinero, más recursos; es más rápido y se coordina mejor. Ya lo vivimos con la covid, donde un tímido Gobierno socialdemócrata pudo amortiguar los daños, pero no impedir el regreso de la normalidad incandescente. Es muy probable que el incendiario venza de nuevo al bombero, el ambicioso al voluntario, la combustión del consumo a la cerilla de la solidaridad. Pero una semana después del incendio hemos visto surgir en el suelo calcinado del valle del Tiétar, entre las cenizas, dos retoños verdes de roble. Casi lloro de alegría. Quizás bastaría con no hacer nada o hacer muy poco y la naturaleza dejaría de imitar al capitalismo para enseñarnos el otro camino que también llevamos dentro. Santiago Alba Rico es filósofo. El País, 25 de agosto de 2026.



















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. FÁBULAS DE VERANO, POR PILAR MERA. 9 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






El verano es un buen momento para contar historias. Tan bueno como el otoño, el invierno o la primavera, pero con una ventaja extra: el tiempo rescatado de las urgencias cotidianas. Noches más largas y mañanas con menos prisas dan aire a mi niña interior, aventurera y fantasiosa, para que se pierda en una marea de historias. Historias para mí, de los libros que esperaban pacientes esta tregua y, cada vez más, historias compartidas. Compartir historias implica menos tiempo sólo mío, pero más universos desbordantes que alimentan mi corazón y mis ideas. Gracias a eso, este verano de Mundial y eclipses, de incendios y temperaturas desbocadas, de crisis humanitarias y discursos más incendiarios que el fuego, de áticos millonarios de ida y vuelta, de periódicos y televisiones repitiendo bulos con afán desestabilizador y cero sonrojos, también es un verano de fábulas y fantasía. De cuentos contados millones de veces y otros inventados sobre la marcha, al calor de la urgencia y de los intereses de quien me mira curiosa y me inspira.

Los cuentos son una herramienta clave para el desarrollo del cerebro infantil. Estimulan la conectividad neuronal, potencian el lenguaje y refuerzan el vínculo afectivo entre niños y adultos. Fomentan la capacidad de concentración, aportan calma y ayudan a gestionar las emociones, identificar sentimientos, abordar miedos, entender valores o explicar el mundo. Lo dicen especialistas, como el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, y lo han sabido las sociedades desde que llegó el lenguaje. Los relatos son pegamento social, ordenan el caos, explican el entorno, transmiten normas, crean identidad y fomentan la cooperación y la confianza entre desconocidos.

Leyendo los últimos datos sobre el brote de ébola de la República Democrática del Congo (más de 2.500 muertos, más de 5.300 contagios) y lo que viene por la falta de fondos de cooperación internacional, pienso qué historias necesitamos para entender que los recortes matan y tienen consecuencias fatales a corto, medio y largo plazo que podríamos evitar. ¿Qué fábulas pueden explicarnos de nuevo, en tiempos de desafección, que la desigualdad no es una elección ni algo inevitable, sino el fruto de las dinámicas del mercado, explicables, casuales o arbitrarias, de inercias y factores que no escogemos, como el momento, el país o la familia donde nacemos? Para que entendamos otra vez la importancia de apostar no ya por el asistencialismo, sino por la justicia social. Para defender con convicción la utilidad de los impuestos y su necesidad para cimentar una sociedad justa y vivible para todos. Pilar Mera es historiadora. El País, 25 de agosto de 2026.

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 9 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. JUANES EN CUBA, POR HARENDT. PUBLICADO EL 22 DE SEPTIEMBRE DE 2009

 







Les confieso mi desazón previa sobre el concierto del mítico músico colombiano, Juanes, en la plaza de la Revolución de La Habana, Cuba, el pasado domingo. No por la prevista y multitudinaria asistencia al mismo, ni por el sectario uso propagandístico que de él pudieran hacer las autoridades cubanas, sino por lo que pudiera suponer de rompimiento de una comunidad sentimental entre los cubanos de dentro de la isla caribeña y los cubanos del exterior.

La lectura, ayer lunes, de "Generación Y", el magnífico Blog que escribe desde su exilio interior en Cuba mi amiga y admirada Yoani Sánchez, me reconforta sobremanera. Sin abdicar lo más mínimo de su radical crítica al régimen, Yoani, con esa mesura tan suya, tan magnífica como humana, deja constancia de su esperanza de que el concierto de Juanes del domingo sea el ensayo general de ese otro concierto en el que "un día puedan participar los excluidos de esta tarde". En esa esperanza participamos también los que desde este otro lado del mismo Atlántico que nos arrulla, creemos en la fuerza de la palabra. Gracias de nuevo, Yoani, por tu ejemplo de valor y fortaleza. Sean felices. Tamaragua, amigos. HArendt
















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, SESTEAR PÁLIDO Y ABSORTO, DE EUGENIO MONTALE (1896-1981)

 







SESTEAR PÁLIDO Y ABSORTO



Sestear pálido y absorto

junto a la ardiente tapia de un huerto.

Escuchar entre endrinos y zarzas

chasquidos de mirlos, rumores de ofidio.


En las grietas del suelo o la algarroba

acechar las hileras de rojas hormigas

que se entrecruzan o quiebran

en la cima de minúsculas gavillas.


Observar entre las frondas del lejano

palpitar de briznas marinas

mientras se elevan trémulos chasquidos

de cigarras desde pelados picos.


Y caminando entre el sol que deslumbra

sentir con triste maravilla

que la vida toda y su fatiga está

en este recorrer un muro

coronado por pinchos filosos de botella.



EUGENIO MONTALE (1896-1981)

poeta italiano





***






Eugenio Montale (Génova, 12 de octubre de 1896 - Milán, 12 de septiembre de 1981) fue un poeta, ensayista y crítico de música italiano que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1975. Definida como «hermética», la poesía de Montale es austera, casi siempre breve, de sintaxis sinuosa, pero de un gran apego a las cosas y hechos concretos. La mención de lugares y descripción de escenas y escenarios parece constituir un neosimbolismo en el que objetos y sucesos son signos y analogías de un paisaje interior. Sus críticos y apologistas han señalado que muchas referencias en sus poemas son claves íntimas que solo podrían ser explicadas por el poeta. Estas crean una sugestión en el lector, que encuentra posibilidades de lectura que exceden el marco biográfico.Al otorgársele el Premio Nobel, se señaló que la obra de Montale refleja la visión de la crisis del hombre contemporáneo, cercado en su soledad y su pesimismo. Podría agregarse que el mundo circundante, tan presente en la obra de Montale, es como el espejo en el que ese ser humano vacío y aislado intenta encontrarse a sí mismo. En una entrevista imaginaria, el autor señaló: «La poesía es una forma de conocimiento de un mundo oscuro que sentimos en torno de nosotros pero que en realidad tiene sus raíces en nosotros mismos».













DEL ASUNTO DEL DÍA. TODO SE TRANSFORMA MENOS LA POLÍTICA, POR FERNANDO VALLESPÍN. 9 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Mientras estamos inmersos en pleno cambio de época, cuando todo se transforma de forma radical y los desafíos nos desbordan, sentimos que nos faltan los medios necesarios para hacerlos frente. Dicho de otro modo, la política, la única instancia capaz de afrontarlos mediante una acción colectiva eficaz, no parece estar a la altura de lo que exigen estas nuevas circunstancias. En parte, porque nos faltan recursos cognitivos y en muchos campos navegamos en la incertidumbre, como cuando suscitamos la cuestión de la IA y su potencial disruptivo, algo sobre lo que ni siquiera tienen respuestas claras sus propios diseñadores —o nos las ocultan—.

Ahora bien, si hay un tema que ya no ofrece ninguna duda es el del cambio climático y cómo Europa será el continente más afectado. Y, dentro de Europa, nuestro propio país. Hemos sido uno de los países que más han avanzado en cuestiones como la transición energética; pero, por mucho que el resto del mundo acompañe las medidas dirigidas a evitar el calentamiento global —ahora mismo solo ejecutadas casi en exclusiva por Europa—, las generaciones hoy vivas solo pueden esperar más de lo mismo. O incluso algo peor. Estamos teniendo un verano de pesadilla y creo que no hace falta recordar por qué. ¿Alguien tiene un plan para evitar que lo ocurrido siga reproduciéndose en el futuro? Me refiero a un verdadero programa de acción política que busque soluciones a los incendios, el aumento de las temperaturas, la sequía, y cómo compensar a quienes más se van a ver afectados.

He leído algunas propuestas de los expertos —sobre incendios, por ejemplo—, que me parecen más que razonables, y seguro que hay otras buenas ideas sobre cómo protegernos de las altas temperaturas, adaptar las ciudades al calor o prever los efectos de las sequías. O, y esto es algo de lo que todavía no se habla alto y claro, sobre cómo esta situación va a afectar a nuestra industria turística. A mi entender, el problema no es ya tanto el de acumular propuestas sensatas sobre el qué hacer, cuanto el de ponerlas en práctica. Y aquí es donde entra la política.

En este asunto, su acción ha sido casi siempre reactiva o se ha limitado al parcheo. En gran medida porque carece de los incentivos necesarios para destinar recursos a inversiones cuyos resultados carecen de auténtica visibilidad electoral, su efecto solo puede percibirse a largo plazo. ¿Alguien vota a algún partido porque haya menos incendios o se combatan mejor las altas temperaturas? Es difícil vender en términos políticos las catástrofes evitadas; solo computan, en negativo, las efectivamente producidas. E incluso en este caso, y esto resulta paradójico, el calentamiento global puede operar como una posible eximente. “Qué le vamos a hacer, es el cambio climático”. A ello se añade la confusión entre las competencias de las diferentes instancias políticas territoriales, que permite difuminar el rendimiento de cuentas. Con todo, lo más grave es que la política, al menos aquella que se transparenta hacia la opinión pública, parece estar en otra parte. Más atenta a señalar lo que hace mal el contrario que a intentar ponerse de acuerdo con él para resolver los problemas comunes, por hacerlo bien entre todos. Porque hay algunos, como el que venimos tratando u otros como la vivienda o la educación, que no encontrarán una solución aceptable si las fuerzas políticas no consiguen alcanzar un consenso mínimo. Lo que se nos viene encima es un cambio radical de nuestra misma vida cotidiana, porque afecta a nuestro propio hábitat, a nuestra forma de estar en el mundo. Si la política sigue mirándose su ombligo partidista, si no consigue estar a la altura del desafío, habremos perdido el futuro. Fernando Vallespín es politologo. El País, 23 de agosto de 2026.






















martes, 8 de septiembre de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. 8 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





Hola de nuevo, amigos. Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de martes, 8 de septiembre de 2026. Especialmente a mis paisano de la isla de Gran Canaria, que hoy han celebrado la festividad de su Santa Patrona, la Virgen del Pino, algo que aunque parezca complejo de entender, no es óbice con mi ateísmo confeso. Espero que hayan pasado un buen día en compañía  de sus familias y amigos. Gracias de todo corazón por haberse dado una vuelta por el blog. Me alegraría creer que han disfrutado de su visita. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. HArendt























ENTRADA NÚM. 11396



DE LA TARDE QUE CAE. PRÍNCIPE DE LA PASIÓN, PRINCESA DE LOS PARALELOGRAMOS, POR IRENE VALLEJO. 8 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







Cabeza fría. Si te emocionas, dirán que te dejas arrastrar por una corriente tumultuosa. Ofuscada. Turbulenta. Allá arriba, el cerebro permanece sereno, como un faro entre tinieblas. El corazón, en cambio, bombea letras de boleros, comedias románticas y otras majaderías. Nos mantiene vivos con su percusión constante, con su brega infatigable, su tenaz cumplimiento, carne trémula y rítmica, bum bum, pero ese es un detalle menor. La seriedad reside en otra parte, en el ático, donde habitan los pensamientos abstractos, limpios y etéreos, donde la sangre no entra ni sale a borbotones volcánicos, ese lugar que imaginamos como un ordenador imparcial al mando de todo. Hemos divorciado lo racional y lo emotivo. “Te gusta el melodrama”, “estás exagerando”, “no te alteres”. Así invalidan los argumentos de quienes muestran sus emociones. Cuando discutimos nos gusta imaginar que somos magníficamente racionales, y los demás no. En realidad, disfrazamos nuestras opiniones de lógica pura para sentirnos infalibles.

Los antiguos egipcios creían que la sede conjunta del entendimiento y la personalidad, con sus saberes y pasiones, residía en el corazón. Al embalsamar a sus muertos, lo dejaban en el interior de la momia; por el contrario, desechaban el cerebro, que creían inútil para la eternidad —tal vez por eso los zombis zampan sesos—. Tras el viaje al más allá, el dios Anubis colocaba el corazón difunto en un platillo de una balanza y, en el otro, una pluma de avestruz. El órgano de la vida debía pesar menos que la pluma. Quien lo tenía lastrado por abusos o codicia sufría aniquilación y olvido, mientras los justos habitaban para siempre en el reino de Osiris, allá donde la Vía Láctea se convertía en el Nilo celestial. Aristóteles también era cardiocéntrico: defendió que la función del cerebro consistía en templar el calor de la sangre, pero el alma y la inteligencia tenían su residencia en el pecho, como amigos que comparten piso. El Sagrado Corazón —y no el divino encéfalo— ha inspirado una gran corriente de devoción católica.

Pese a todo, la idea de que la emoción obstaculiza el pensamiento lógico continúa extendida aún hoy. El neurocientífico Antonio Damasio describió el caso de Elliot, un empresario en la treintena que perdió parte del lóbulo frontal de su cerebro durante una cirugía para extirpar un tumor. Tras la operación, Elliot conservó la memoria, un coeficiente intelectual elevado y las capacidades cognitivas intactas, pero sus amigos más cercanos lo notaban desvinculado del mundo. “En las muchas horas que conversé con él, nunca vi rastros de tristeza, impaciencia o frustración”, escribe Damasio en El error de Descartes. Algo faltaba: el cerebro de Elliot ya no lograba conectar la razón con la emoción. Su vida empezó a desmoronarse. Perdió el sentido de la responsabilidad, lo despidieron de su trabajo, se divorció, dilapidó sus ahorros en inversiones insensatas, volvió a casarse y divorciarse, y acabó a la deriva, sin ingresos. El científico concluyó que Elliot era capaz de pensar con claridad, pero incapaz de conceder valor a las posibilidades que se presentaban en su camino: solo veía un paisaje plano y sin alicientes, una sola nota neutra. Su ímpetu y su eficacia a la hora de elegir habían quedado dañadas. Según Damasio, “los sentimientos son fundamentales para la toma racional de decisiones”.

La lógica y las emociones colaboran; ambas proporcionan información vital. No funcionan aisladas, están en continua interacción. Nuestra emotividad tiene sus razones y el engranaje de la racionalidad la integra porque nos estimula y nos completa. Así conseguimos pensar mejor y un mayor entendimiento del mundo y de nuestra realidad. Es cierto que las pasiones descontroladas pueden perturbar nuestro comportamiento, pero, como escribe Damasio, “la conexión entre ausencia de emoción y comportamiento descarriado puede decirnos algo sobre la maquinaria biológica de la razón”.

En pleno desenfreno romántico, el escritor lord Byron se casó con la heredera Annabella Milbanke. El príncipe de la pasión y “la princesa de los paralelogramos”, como Byron había apodado a su esposa —famosa por su afición a las matemáticas—, descubrieron pronto sus divergencias: el matrimonio duró solo un año y acabó envuelto en tumultuosas acusaciones. Afortunadamente, de aquella orgía poética y geométrica nació Ada Lovelace, una de las mujeres más extraordinarias del siglo XIX. Según su biógrafo, Benjamin Woolley, ella personificó el abismo insalvable entre dos mundos que se alejaban. El romanticismo separó la pasión de la razón, el instinto del intelecto y el arte de la ciencia. Ada luchó por reconciliar esas polaridades, pero acabaron por desgarrarla.

La escarmentada madre de Ada diseñó la educación de la niña para anestesiar sus arrebatos con una estricta dieta de matemáticas —y la prohibición de poesía—. La joven se orientó al mundo ecuánime de las máquinas: quiso crear un aparato para volar y luego quedó fascinada por la “máquina diferencial”, que hoy en día se considera un temprano ordenador. Ada, por sugerencia de su inventor Charles Babbage, redactó un importante artículo donde exploraba los tipos de instrucciones que se podían introducir. Por este logro juvenil se la conoce como la primera programadora informática de la historia. Pronto decidió que su “peculiar misión intelectual y moral” consistía en cultivar la combinación única de cualidades que había heredado para conseguir la reconciliación entre pasión e intelecto, tarea en la que sus padres habían fracasado. Reivindicó la “ciencia poética”, que uniría las matemáticas abstractas con el universo de la imaginación. El plan de extirparle las pasiones a fuerza de neutralidad matemática no resultó: fue poco convencional y a menudo provocadora, para gran consternación de su marido, lord Lovelace, padre de sus tres hijos, un hombre de costumbres estrictas, cuyas ambiciones políticas se veían amenazadas por los desafíos de tan indómita científica. Murió joven, enferma, endeudada e incomprendida.

Pese al entusiasmo conciliador de Ada, hoy seguimos atrapados por la vieja dualidad. Aún defendemos que ser racional depende de mantener la cabeza fría y las pasiones embridadas, no en la colaboración de ambas. Estas ideas avalan a los partidarios de externalizar el pensamiento y delegar cada vez más decisiones en la inteligencia artificial, como si carecer de sensibilidad fuese una ventaja decisiva.

A la vez, solemos criticar la política emocional, olvidando que puede tanto desatar huracanes como sembrar humanidad, expandir odio o fortalecer los sentimientos de pertenencia a una comunidad que se apoya y coopera. Las emociones no son un estorbo ni una interferencia indeseable. Igual que la razón —o, mejor, entretejidas con ella—, son capaces de nublar o iluminar nuestra mirada. Solas son incompletas, igual que el razonamiento insensible y distante. Obnubilarnos no es su único efecto: nos mueven porque nos conmueven. Ayudan a crear conexiones y caminos para que la lógica penetre en el corazón de la gente. Nos enseñan a implicar a otras personas, comunicar mejor y acercar posiciones. En cuanto seres humanos en convivencia, los vínculos entre nosotros son todo lo que tenemos. Si fuéramos ermitaños aislados, la humanidad no habría llegado tan lejos.

Se cuenta que Unamuno comentó sobre un conocido: “Era un hombre que lo sabía todo. Qué imbécil”. Ada tenía razón al cuestionar el mito de las dimensiones adversarias. No debemos elegir entre vivir descorazonados o descerebrados. Al fin y al cabo, somos criaturas racionales separadas por un puñado de emociones compartidas. Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela). El País, 23 de septiembre de 2026.