lunes, 22 de junio de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. LAS POSESIONES DE LOS INDIGENTES, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 22 DE JUNIO DE 2026

 





Desposeído de un espacio propio con muros o cortinas que lo protejan, habitando una perpetua intemperie a la vista de todos, el indigente disfruta de una intimidad paradójica, porque nadie lo mira, y ni siquiera registra su existencia, a no ser los guardias que lo despiertan al amanecer en el banco de un parque, o los bárbaros beodos que amenizan una noche de juerga jugando a prenderle fuego. Que la Policía Municipal vaya al amanecer de banco en banco del Retiro sacudiendo a los mendigos dormidos quizás tenga la finalidad moral de disuadirlos de la pereza, según el precepto de que a quien madruga Dios le ayuda. En mi desnortada juventud, a los mochileros que pernoctábamos malamente en el suelo de las estaciones de ferrocarril italianas los carabinieri nos expulsaban sin miramientos en cuanto amanecía. Gracias a eso, tuve una vez el privilegio imborrable de caminar por una Florencia desierta con las primeras claridades violetas de una mañana de agosto, con el estómago vacío, el pelo sucio y el espíritu exaltado, llegando por puro azar a la plaza de Santa Croce, delante de los mármoles como de fichas de dominó de la iglesia. Providencialmente, estaba levantándose la persiana metálica de un café en el que el amigo que me acompañaba y yo pudimos tomarnos un capuchino que nos confortó el alma y nos saqueó nuestra mísera bolsa compartida. Todo era tan caro y nosotros tan pobres que nos alimentábamos de cartones de leche, mortadela y pan. En las afueras de las ciudades buscábamos los campings para plantar al lado nuestra tienda. Lo más fatigoso era levantarla todas las mañanas, llenar las dos mochilas con nuestro equipaje, ir a dejarlo hasta la noche en la consigna de la estación. No tener casa era llevarla siempre encima.

Yo también aparto la vista cuando paso cerca de las madrigueras de los indigentes, pero los miro de soslayo, y cuando ellos no miran me fijo en las cosas que tienen, en sus tentativas o simulacros de vida doméstica. A veces sigo a alguno cuando emigra de un lado a otro empujando su carro tambaleante de supermercado, colmado hasta arriba de todo tipo de cosas, bolsas de ropa, pares colgantes de zapatos, un colchón mugriento, un saco de dormir. Los indigentes parecen nómadas, pero en realidad tienen el mismo apego al sedentarismo que nosotros, los que vivimos al otro lado de la frontera invisible delante de la cual se extinguen las miradas. Aparecen un día en una esquina, en un cierto banco, arrastrando una maleta demasiado grande, o cargando una escueta mochila, y allí se quedan; rondan por las calles cercanas, y alguno toma tanta confianza que si hace buen tiempo tiende su colchón en medio de la acera, con una bolsa o una almohada sin funda como cabecero, y ahí se tumba con las dos manos en la nuca, en la intimidad de su dormitorio sin paredes, quizás con un brillo de delirio o de alcohol en los ojos entrecerrados.

En mi vecindario de clase media creo que los conozco de vista a todos, y es probable que ellos me conozcan a mí. Llegó uno nuevo hace años, arrastrando una maleta enorme, sin ruedas, y se instaló en un banco, sobre el que tenía siempre una pila de libros muy usados, que se pasaba gran parte del día leyendo. Le di una vez algo de dinero, y me contó su vida. Hablaba español con la solvencia peculiar de los inmigrantes rumanos. Me dijo que era ingeniero, y que una serie de desgracias, entre las que se incluían el matrimonio roto y el alcohol, lo habían expulsado a la calle. A veces me veía y a veces no. Nos cruzábamos y él iba arrastrando su maleta excesiva, con el agobio de quien ha acumulado más cosas de las que en realidad necesita, avaro y codicioso de su misma indigencia. En Nueva York hay homeless que son así, que llenan tanto los carros metálicos que apenas pueden empujarlos, de modo que parece que viven esclavizados por ellos, como los millonarios aplastados por lo descomunal de sus fortunas. Volví a ver al exingeniero rumano en una acera más ancha, en una zona de más pujanza, la calle de Alcalá. Ahora, los libros los tenía desplegados sobre un banco y sobre una parte de la acera, no sé si con el propósito de vender alguno, con una ambición de progreso en su miseria, el pelo y la barba ahora más desordenados, los ojos más huidizos, como en un descenso gradual hacia la locura.

Hay otro vecino a la intemperie en quien he observado un declive semejante. Hace unos años, lo veía sentado tras la repisa de un café que daba a la calle, junto al ventanal, escribiendo siempre en una libreta, muy absorto. Tomaba un café con leche, y tenía junto a él una pequeña maleta y un maletín de ángulos metálicos, como de ejecutivo. Por las noches lo veía, siempre solo, mirando la televisión en un bar de tapas y raciones, siempre con el cuaderno, con una taza al lado, nunca un plato de comida. Ahora la maleta es más grande, y más deteriorada. El maletín ha desaparecido. El hombre tiene mucho peor aspecto, y ya no lo veo entrar a los bares. Una noche lo descubrí tapando con unos cartones el rincón de acceso al semisótano de una tienda de cosméticos. Ahora lo veo allí cada noche, encogido tras la pantalla de cartones, con su maleta, sus cartapacios como de archivadores, las extrañas láminas en las que escribe columnas de números y listas de palabras. Resulta que era eso lo que escribía cuando yo lo imaginaba poseído por una solitaria inspiración.

No tener nada ya no es garantía de que uno no pueda ser aún más despojado. Álvaro Sánchez-Martín ha contado en el periódico la historia de Badr El Merroun, un muchacho marroquí de 19 años que llegó a España en patera cuando tenía 14, y que en el tiempo que lleva en la calle ha aprendido unas cuantas habilidades necesarias para la supervivencia. Sabe que en los barrios de la periferia es más fácil encontrar ropa en los contenedores, pero que la comida es más abundante en los cubos de basura del centro de Madrid, aunque también es mayor la competencia: hay más gente rebuscando, y es probable que otro indigente te robe lo que poseías. Pero el peligro mayor, según la experiencia precoz de El Merroun, son los servicios municipales de limpieza. El Ayuntamiento de Madrid no le ofrece plaza en un albergue, ni acceso a los servicios sociales; la Comunidad ha establecido que los extranjeros no empadronados no tienen derecho a la tarjeta de transporte. Pero, según una nueva directiva municipal, los servicios de limpieza están autorizados a quitarles sus pertenencias a los indigentes, y a tirarlas sin que ellos estén delante. Es una perversidad administrativa parecida a la de poner bancos con extrañas formas oblicuas en las calles, o en forma de sillones, con el fin de que se luzca algún diseñador afecto al municipio y se lucre algún concejal o allegado; y también, sobre todo, para que quienes no tienen casa ni tienen nada tampoco tengan un banco en el que tenderse, igual que se ponen pinchos o excrecencias metálicas en escalones o bordillos en los que pudiera sentarse una persona exhausta que no puede pagarse una silla en un bar.

Dice Badr El Merroun que a él le han quitado y tirado tres veces las cosas que tenía. “Le han tirado su ropa, su saco de dormir, su tienda de campaña, los documentos de un curso de comercio que estaba siguiendo y un collar que le regaló su madre”, escribe Sánchez-Martín. En el Madrid de los especuladores urbanos y los ricachones eximidos de pagar impuestos, donde las aceras de todos desaparecen bajo la invasión de las terrazas, y las calles son pistas de velocidad para coches y motos de lujo, verse forzado a dormir en la calle cuando no se tiene dinero ni para alquilar la más pobre habitación ya no es la última ignominia. Vigilaré esta noche por si a mi vecino sin techo lo han desahuciado de su domicilio de cartones. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 20 de junio de 2026.
























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. MUERTE DE UN SIMPLE GATO, POR JUSTO BARRANCO. 22 DE JUNIO DE 2026

 





Era simplemente un gato. ¡Simplemente! Neruda lo escribió como nadie: “Pequeño emperador sin orbe, conquistador sin patria, mínimo tigre de salón”. Y más: “Arrogante vestigio de la noche, perezoso, gimnástico y ajeno, profundísimo gato, policía secreta de las habitaciones”. Y mucho más. Pero eso ya es su Oda al gato. En este caso el gato se llamaba, sí, claro, por qué no, Félix. Y Félix tenía una casa.

Wislawa Szymborska, la gran Nobel polaca a la que siempre hay que leer como un oráculo, escribió el poema Un gato en un piso vacío. El gato, en realidad ella cuando perdió a su pareja, esperaba a un amo que no llegaba. Pasaban los días y las rutinas cambiaban, otras personas le ponían la comida y él se inquietaba, y tramaba. Los gatos son así, y si se trata de ignorar y mostrarse indiferentes, son los reyes: “Se va a enterar­ de que eso no se le puede hacer a un gato. Irá hacia él como si no quisiera, despacito, con las patas muy ofendidas. Y nada de saltos ni maullidos al principio”, acababan los versos. Félix sabía administrar también los regresos.

¿Qué silla, sillón, reposapiés, banqueta, respaldo, cama o mesa no se habrá convertido en trono temporal del pequeño emperador de la casa?

Pero en realidad, por qué no escribir Un piso vacío sin un gato. ¿Qué silla, sillón, reposapiés, banqueta, respaldo, cama o mesa no se habrá convertido en trono temporal del pequeño emperador de la casa? Más sus mil escondrijos. Desde qué lugar no habrá mirado. Su mirada. La de Félix era vieja, eterna, de haber vivido mucho, desde pequeño. Él, los gatos son así, decidió un día, bastante desnutrido, que la vida del bosque no rendía y que le iban a adoptar. Y tras sentarse decidido unos cuantos días en el porche de la masía de una familia, lo logró. Después de todo, como casi todo, a los gatos, se les debe.

¿Quién camina y se sienta con esa elegancia? Silenciosos, ágiles, elásticos y limpios hasta la extenuación, con su lengua y sus patitas obran prodigios. Lo contaba otra Nobel, Doris Lessing, en el relato La vejez de El Magnífico. Su gatito, tras perder una pata con la que se lavaba la cara, le lamía el dedo a Lessing para que le lavara ella. Félix también era exhaustivo en sus largas toilettes. Y pese a guardar casi siempre las distancias, era fácil amanecer por sorpresa con él hecho una pequeña caracola. También obsequiaba con monerías a quien lo mereciera.

En su pequeño, silencioso e indescifrable misterio, era toda una presencia. Félix tenía una casa. Y toda la casa era Félix. Ahora, simplemente, será otra. Justo Barranco Martín es periodista. La Vanguardia, 18 de junio de 2026.

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY LUNES, 22 DE JUNIO DE 2026

 






















DEL ARCHIVO DEL BLOG. PARA QUÉ SERVÍA EL SOLSTICIO DE VERANO, POR JAVIER SAMPEDRO. PUBLICADO EL 22 DE JUNIO DE 2024

 






Vivimos un tiempo muy especial, conocido y celebrado desde la noche de los tiempos, explicado por los astrónomos y cantado por los poetas, fuente de inspiración y delirio, júbilo y confusión, repetido cada año con tozudez astronómica desde 4.500 millones de años antes de que nuestra especie se asomara al mundo. Y eso es más o menos un tercio de la edad del universo, así que pocas bromas. Es el solsticio de verano, amigo. Ayer viernes fue el día más largo del año en el hemisferio norte, esa pequeña parcela del cosmos desde la que te escribo. ¿Y sabes qué tiene que ver el solsticio de verano con la vida en la Tierra? Llámalo clickbait y sigue leyendo.

Lo que ahora llamamos hogueras de San Juan o nit de foc era una fiesta pagana del solsticio miles de años antes de que San Juan bautizara a Cristo. El cristianismo, como otras religiones y tradiciones, no ha hecho más que inmatricularse las fiestas astronómicas de la prehistoria para apuntarse un punto ventajista. Las navidades y el solsticio de invierno son otro ejemplo clásico. El mérito de estas fechas señaladas corresponde al Sol radiante y a la inclinación de la Tierra respecto a él. En estos días los rayos solares nos pegan directos en el hemisferio norte, sobre todo en el trópico de Cáncer. Algunas de las celebraciones más antiguas provienen de Suecia y Finlandia, lo que es muy comprensible en unas latitudes en que la luz solar es oblicua y endeble casi siempre. Para los antiguos agricultores nórdicos, el solsticio de verano debía ser una auténtica bendición.

Pero la tradición es mucho más amplia que eso. Desde los orígenes del neolítico, hace unos 10.000 años, los humanos construyeron monumentos alineados con el Sol naciente del solsticio en Europa, Oriente Próximo, Asia y América. Hay toda una disciplina llamada arqueoastronomía que se ocupa de estas investigaciones. Stonehenge, la estructura megalítica de Wiltshire, Inglaterra, es un caso muy conocido, construido hace unos 5.000 años y cada vez más venerado por los visitantes.

La celebración del solsticio, según acabamos de saber, es mucho más antigua aún en el mundo vegetal. Millones de hayas en latitudes tan norteñas como las suecas y tan sureñas como las mediterráneas generan estos días todas las semillas que van a producir en el año. Solo en unos pocos días alrededor del solsticio. Otros árboles muestran una sincronización de ese estilo, pero las hayas son espectaculares por su asombrosa coordinación de norte a sur y de este a oeste del subcontinente europeo. Ninguna señal química ni hormona vegetal puede viajar toda esa distancia en solo unos pocos días. ¿Cómo lo hacen entonces?

Usan un “pistoletazo de salida celestial”, como dicen con cierta chunga los ecólogos polacos que han investigado el fenómeno durante 60 años. Las hayas no se comunican entre sí para sincronizarse. Simplemente, se guían por el solsticio de verano, según publican los científicos en Nature Plants. Las pruebas son indirectas, basadas en la observación precisa de muchos árboles un solsticio tras otro. La correlación de la generación de semillas con el día más largo es muy elocuente. Ahora hay que meterse en las tripas moleculares de las hayas —los genes que responden a la longitud del día, los sistemas celulares que construyen— para entender el fenómeno a fondo y regularlo en caso necesario. La conservación de los bosques no siempre consiste en sentarse a observarlos. A veces hay que actuar, como acabamos de ver con el lince ibérico.

La vida ha evolucionado en un planeta sometido a los mismos ritmos de noche y día, de invierno y verano y otros de mayor periodo durante 4.000 millones de años. Esos ritmos están íntimamente integrados en nuestra naturaleza más profunda. Recuérdalo mientras saltas la hoguera de San Juan. Javier Sampedro es genetista y divulgador científico. El País, 22 de junio de 2024.























DEL POEMA DE CADA DÍA. UN GATO EN UN PISO VACÍO, POR WISLAWA SZYMBORSKA. 22 DE JUNIO DE 2026

 







UN GATO EN UN PISO VACÍO


 


Morir, eso no se le hace a un gato.


Porque qué puede hacer un gato


en un piso vacío.


Trepar por las paredes.


Restregarse entre los muebles.


Parece que nada ha cambiado


y, sin embargo, ha cambiado.


Que nada se ha movido,


pero está descolocado.


Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

Se oyen pasos en la escalera,


pero no son ésos.


La mano que pone el pescado en el plato


tampoco es aquella que lo ponía.


 


Hay algo aquí que no empieza


a la hora de siempre.


Hay algo que no ocurre


como debería.


Aquí había alguien que estaba y estaba,


que de repente se fue


e insistentemente no está.


 


Se ha buscado en todos los armarios.


Se ha recorrido la estantería.


Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.


Incluso se ha roto la prohibición


y se han desparramado los papeles.


Qué más se puede hacer.


Dormir y esperar.


 


Ya verá cuando regrese,


ya verá cuando aparezca.


Se va a enterar


de que eso no se le puede hacer a un gato.


Irá hacia él


como si no quisiera,


despacito,


con las patas muy ofendidas.


Y nada de saltos ni maullidos al principio.




WISLAWA SYMBORSKA (1923-2012)

poetisa polaca




***




Maria Wisława Anna Szymborska (Kórnik, 2 de julio de 1923-Cracovia, 1 de febrero de 2012) fue una poeta, ensayista y traductora polaca, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1996.






















EL ASUNTO DEL DÍA. EL BUEN NOMBRE DE ZAPATERO, POR ANA IRIS SIMÓN. 22 DE JUNIO DE 2026

 






Hay algo más valioso que cualquier patrimonio o título: el honor. Por eso Pedro Sánchez encomendó a los suyos defender “el buen nombre de Zapatero” en cuanto supimos que igual no era ese cándido cervatillo que muchos nos habían querido vender durante años.

A José Luis Rodríguez Zapatero le había ocurrido lo que Fidel Castro predecía para sí mismo: la Historia le había absuelto. Había sido un juicio rápido, además. En apenas diez años, el que fuera el impulsor del mayor austericidio ejecutado en la democracia española hasta entonces, el hombre que se pasó meses negando que la crisis económica más terrible que habíamos vivido en décadas fuera una crisis, vio como su imagen pública resurgía cual ave fénix. Incluso algunos de los que participaron en las protestas contra sus recortes, esos que venían para asaltar los cielos y se conformaron con apoltronarse en una nube, olvidaron todo aquello.

Porque Zapatero abrió la senda que recorrería el progresismo en las décadas que siguieron a su Gobierno: centrarse en las cuestiones de representación ante la dificultad (o la incapacidad) para abordar las de redistribución. Aprobar el matrimonio igualitario, la Ley de la Memoria Histórica y la de Igualdad mientras abaratas y facilitas el despido, reduces el salario de los empleados públicos, congelas las pensiones, eliminas ayudas a las familias o recortas los servicios públicos.

Y, al tiempo, recibir detallitos por parte de petromonarquías. Porque según ha difundido el entorno del expresidente en los últimos días, la bisuta de esmeraldas y zafiros que se encontró en la caja fuerte de su despacho dataría del año 2007 y habría sido un regalo de Arabia Saudí. Algo que entonces no era ilegal y que no había que declarar. Algo que, según el exministro Miguel Sebastián, parecía entrar dentro de la normalidad institucional. “¿Hay alguien que se crea que somos los únicos que hemos recibido regalos?”, se preguntaba irónico en La Sexta, repitiendo el argumento estrella de nuestra casta político-mediática estos días: el “y tú también”, que a veces se torna en “y tú más”.

Porque la polarización, sembrada a conciencia por las élites de izquierdas y de derechas, no sólo divide sino que también altera la escala moral con la que juzgamos las realidades. Cuando algo tan serio como la política, actividad presuntamente orientada a la gestión de lo público, se convierte en un partido de fútbol, los hechos importan cada vez menos; lo que cuenta es el color de la camiseta. Ya no hay ciudadanos críticos sino hinchas. Por eso hay a quien no se le hace raro que Zapatero cobrara 500.000 euros por trabajos de asesoramiento que, según sus propias explicaciones, respondían en buena medida a encargos verbales, no formalizados por contrato. O, en el otro lado, a quien no le extraña que el novio de Isabel Díaz Ayuso facturara cuatro millones a Quirón por trabajos de consultoría justo después de iniciar su relación con la presidenta de la Comunidad de Madrid.

Y más allá del Congreso, de los juzgados y de los platós, la vida sigue: las familias hacen por vivir con salarios menguantes y precios crecientes, la idea de acceder a una vivienda digna cada vez se parece más a una utopía y los servicios públicos van de mal en peor. Pero en el próximo CIS nos llevaremos las manos a la cabeza porque los chavales desconfíen cada vez más de los partidos, rechacen cada vez más las instituciones y crean cada vez menos en la democracia. Porque, entre tanto intento por salvar nombres propios, nuestros representantes políticos se olvidan de no hundir los colectivos. Ana Iris Simón es escritora. El País, 20 de junio de 2026.























BONS DIES. SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DILLUNS, 22 DE JUNY DE 2026, EN CATALÀ

 




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Hola, bon dia de nou a tots i feliç dilluns i feliç setmana. Res de nou ni bo per explicar: Espanya, Europa i el món, cada vegada pitjor… Només queda aguantar i fer el que cadascú pugui, sol i recolzat en i amb els altres, per canviar-ho a millor. Anem amb les entrades del bloc d'avui. La primera, amb l?assumpte del dia, la firma l?escriptora Ana Iris Simón, molt crítica amb la gestió política del govern de José Luis Rodríguez Zapatero. La segona, va amb el poema del dia, avui de la poeta Wislawa Szymborska, titula Un gat en un pis buit, que sens dubte emocionarà, qualsevol que hagi tingut la fortuna de conviure amb un gat. L'arxiu del bloc d'avui és del juny del 2024, l'escrivia el divulgador científic Javier Sampedro, i ens parlava de la importància del solstici d'estiu per als antics humans a l'hora d'organitzar el cicle anual de vida. Després, com cada dia, vénen les vinyetes d'humor. El cafè de sobretaula d'avui el firma el periodista Justo Barranco, i també va d'aquells éssers adorables que són els gats. El de la tarda d'avui és de l'escriptor i acadèmic Antonio Muñoz Molina, i va de la indigència en augment de ciutats com Madrid, impulsades pel govern local del PP, atent només al benefici i la prosperitat dels que més en tenen. I l'última, com sempre, és la Bona nit diari de l'autor del bloc als seus lectors, desitjant-los de cor que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Que passin un bon dia. Espero que les entrades del bloc d'avui siguin del vostre interès. I ens veiem demà de nou si la deessa Fortuna ho permet. Petons. Els vull. HArendt























ENTRADA NÚM. 10858

domingo, 21 de junio de 2026

BONA NOX, QUIES FELIX ET DULCIA SOMNIA. HODIE, DIE IOVIS, XVIII IUNII, MMXXVI, LATINE

 







Salvete iterum, amici. Bona nox, quies felix et dulcia somnia omnibus hac nocte dominica, XXI-XXII Iunii, MMXXVI. Spero vos diem bonum cum familiis et amicis vestris egisse. Gratias ex imo corde ago quod blog visitastis. Libenter existimarem vos visitatione vestra fructum esse. Tamaragua, amici mei. Dea Fortuna et Parca benevola vobiscum sint. Ad cras. Amo vos. Oscula. HArendt
















ENTRADA NÚM. 10857