lunes, 1 de junio de 2026

DEL ARCHIVO DEL BLOG. AL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL LO RENUEVA LA LEY, NO LAS MATEMÁTICAS, POR JOSÉ ANTONIO MARTÍN PALLÑIN. PUBLICADO EL 20 DE DICIEMBRE DE 2022

 






Hace dos semanas, conocimos la decisión del Gobierno de nombrar a los dos magistrados del Tribunal Constitucional que, según la Constitución y su ley orgánica, le corresponden. A partir de este trámite no puede surgir ningún impedimento para que, una vez publicados sus nombramientos en el BOE, tomen posesión de sus cargos sustituyendo a los dos magistrados nombrados por el anterior Gobierno, Pedro González-Trevijano y Antonio Narváez. Pero lo que es legal, siguiendo una lectura, gramatical, lógica y racional del texto constitucional, su ley orgánica y antecedentes jurisprudenciales no se acepta por un sector del Tribunal Constitucional, que alega que la sustitución ha de hacerse por tercios completos. Esta posición se basa en una simple operación matemática al alcance de cualquier escolar.
El actual presidente del Tribunal, González-Trevijano (nombrado magistrado el 12 de junio de 2013) se resiste a ejar su cargo, esbozando la teoría de que las matemáticas, es decir, un tercio, son la ley y que, por tanto, los cuatro nuevos magistrados (dos del Gobierno y dos del Consejo General del Poder Judicial) deben tomar posesión al mismo tiempo. En ningún lugar de la Constitución ni de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional se dice que los nombramientos deben hacerse conjuntamente como si se tratase de un solo órgano constitucional. Tanto el Gobierno como el Consejo del Poder Judicial son órganos constitucionales autónomos, con sus respectivas responsabilidades.
El artículo 159.1 de la Constitución se limita a decir que el Tribunal Constitucional se compone de 12 miembros: cuatro a propuesta del Congreso, cuatro a propuesta del Senado, dos a propuesta del Gobierno y dos a propuesta del Consejo General del Poder Judicial. La redacción del artículo no deja margen para artificios interpretativos que obliguen al Gobierno y al Consejo a demorar la efectividad de sus nombramientos, a la espera de lo que decida cualquiera de ellos. Lo único que puede sostenerse, con arreglo a la lógica más elemental, es que los órganos constitucionales no pueden nombrar a cinco magistrados.
El Código Civil, en su artículo 3, establece las pautas interpretativas de todas las normas de nuestro ordenamiento jurídico. Se debe atender al sentido propio de sus palabras en relación con el contexto, con sus antecedentes históricos y legislativos y con la realidad social. En este debate no podemos acogernos a los antecedentes históricos y legislativos ni interviene la realidad social; simplemente disponemos de las normas y el sentido literal de sus palabras. Ya he comentado lo que, a mi juicio, da de sí la interpretación literal del artículo 159.1 de la Constitución. Para profundizar con mejor criterio sobre el tema debatido, juega un papel fundamental la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, de 3 de octubre de 1979. Carece de exposición de motivos, por lo que no disponemos como pauta interpretativa del pensamiento del legislador. Por ello tenemos que atenernos exclusivamente al contenido de su articulado.
Según el artículo 2 de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, este órgano solo tiene la competencia para la simple verificación de los nombramientos de los magistrados del Tribunal Constitucional y juzgar “si los mismos reúnen los requisitos requeridos por la Constitución y la presente ley”. En síntesis, comprobar si son juristas de reconocida competencia con más de 15 años de ejercicio profesional. Esta función, según el artículo 10, la debe realizar el Tribunal en pleno.
El artículo 17 de la ley orgánica refuerza la autonomía de cada uno de los órganos constitucionales al establecer que antes de los cuatro meses previos a la fecha de expiración de los nombramientos, el presidente del tribunal solicitará de los presidentes de los órganos que han de hacer las propuestas para la designación de los nuevos magistrados que inicien el procedimiento para ello. Luego, el Gobierno y el Consejo, cada uno por su lado, tienen la obligación constitucional de proceder al nombramiento de los magistrados que les corresponden.
Por si existiesen dudas sobre su alcance, se puede acudir a la sentencia de 15 de noviembre de 2016, del pleno del Tribunal Constitucional, firmada por González-Trevijano, en la que se establece una doctrina que aclara perfectamente la posibilidad de nombramientos independientes, sin necesidad de esperar al otro órgano constitucional. Solventando un conflicto surgido por el nombramiento de los vocales del Consejo General del Poder Judicial, que otorga 10 al Congreso y 10 al Senado, declara que se puede constituir válidamente el Consejo con los 10 vocales nombrados por una de las dos Cámaras y determina los efectos que se derivan de la Cámara que haya incumplido el plazo de designación. Con mayor precisión, advierte de que en la interpretación de las normas no se puede ir más allá de donde la Constitución no lo haga de manera inequívoca. Rechaza la tesis de que todos los nombramientos se tengan que hacer en “unidad de acto” y admite que puede haber “renovaciones parciales”. Se trata con ello de eliminar “situaciones de bloqueo”.
El señor González-Trevijano, que yo recuerde, no ha expresado de forma pública y oficial su intención de denegar el nombramiento de los dos magistrados designados por el Gobierno hasta que no se proceda por el Consejo al nombramiento de los dos que le corresponden, pero ha transmitido a varios medios que esa es la interpretación que él hace del texto constitucional. Esta es la opinión que, al parecer, comparten varios magistrados pertenecientes a la línea más conservadora y que conforman la mayoría.
Si el Gobierno, de forma coherente y en virtud de un acuerdo del Consejo de Ministros, ha designado a un magistrado y a una magistrada, lo debe publicar en el Boletín Oficial del Estado y transmitirlo para que el pleno del Tribunal Constitucional verifique exclusivamente si reúnen los requisitos y condiciones establecidos por la Constitución y la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional. En dicho pleno y por aplicación de las normas supletorias que regulan las abstenciones y recusaciones de los jueces, tanto González-Trevijano como Antonio Narváez deben abstenerse de intervenir, ya que tienen un claro conflicto de intereses. Su voto en el sentido negativo se debe interpretar como una decisión interesada en conservar a
ultranza sus propios cargos, que ya están caducados por el propio texto de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional. La decisión de participar en la votación sería un grave atentado a la independencia, imparcialidad y dignidad que la ley orgánica exige a todos los componentes del Tribunal Constitucional, con un grave deterioro de su prestigio.
Es cierto que las resoluciones del Tribunal Constitucional no pueden ser objeto de revisión por ningún otro poder o institución. Este choque institucional, al margen de la degradación del concepto de justicia que deben defender sus componentes, podría llevarnos a un conflicto institucional, en el que se puede comprometer a la persona del Rey, ya que, según el artículo 56 de la Constitución, se le concede la función de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones del Estado.
Espero que el Gobierno no renuncie a sus competencias, que publique los nombramientos de sus dos magistrados en el BOE y se evite una crisis institucional, que solamente sería atribuible al desprecio de la legalidad constitucional, ni más ni menos que por una mayoría de magistrados del Tribunal Constitucional que, no en vano, es el máximo intérprete de la Constitución. José Antonio Martín Pallín fue Juez del Tribunal Supremo. El País, 16 de diciembre de 2022.

























DEL POEMA DE CADA DÍA. LINDES, POR ALICIA AZA. 1 DE JUNIO DE 2026

 








LINDES




Retirarme de tus lindes


tornadas extensas salinas con el tiempo


y concurridas de anodinos estanques


donde tu mirada reposa turbia y sin descanso.


Escapar a la caligrafía de los  surcos


cavados en su interior por el alba


y dejar que el rastro del deshielo


marque la línea del horizonte,


si es que fuera posible divisarla


entre el liquen crecido en mis pupilas.


 


Fue la niebla en mi cuerpo pantanoso,


lirio en el camino erosionado


y ahora viene el viento a despertar la espiga


en la mujer dormida al calor de la leche amarga.


 


Es el campo cercado el que nos muta


y transforma nuestro instinto callejero


en tierra mojada del verano luminoso.




ALICIA AZA (1966)




***




Alicia Aza (Madrid, 1966), abogada en ejercicio y coach. Ha publicado los poemarios: El libro de los árboles (Ánfora Nova, 2010), con el que fue finalista Premio del Crítica de Andalucía 2011; El viaje del invierno (Ánfora Nova, 2011), que obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Rosalía de Castro”; Las huellas fértiles (Ánfora Nova, 2014), con el que fue finalista del Premio de la Crítica de Andalucía 2015; Arquitectura del silencio (Valparaíso Ediciones, 2017); y Al final del paisaje (Valparaíso Ediciones, 2021). Ha elaborado los textos líricos para la ópera de Mozart THAMOS con la producción de la Fura dels Baus bajo la dirección de Carlos Padrissa y estrenada en Salzburgo en enero 2019. Su obra poética ha sido traducida al italiano, serbio, francés, búlgaro, inglés y árabe.
















DEL ASUNTO DEL DÍA. LA JUBILACIÓN DE LOS BANDIDOS, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 1 DE JUNIO DE 2026

 






La cara no es el espejo del alma. La cara de Daniela Klette es la de una mujer entre progresista y hippy, una melena gris y lisa, suelta o con una simple coleta, los rasgos comunes pero no sin atractivo, una expresión serena, una piel algo ajada pero saludable, no alterada nunca por ningún maquillaje. Daniela Klette vivía en un barrio popular y muy mezclado de Berlín, con artistas en alojamientos baratos e inmigrantes de medio mundo, y como muchas mujeres de la Europa fría y de su aspecto personal, tenía una preferencia por las artesanías, las danzas y las músicas de países abigarrados, tropicales y lejanos, en su caso esa mezcla de danza y lucha brasileña que se llama capoeira. Daniela Klette vivía en un bloque de viviendas sociales, donde tenía un trato afable y algo distante con los vecinos, que la veían ir y venir en su bicicleta. Podía haber sido una profesora, una doctora, una bibliotecaria. Algunos recordaban que una Navidad les regaló sabrosas galletas integrales que horneaba ella misma. Al hijo de una vecina que iba algo retrasado en la escuela se ofreció a darle clases gratuitas de matemáticas y alemán. Los vecinos creían que era italiana y que se llamaba Claudia Ivone. En su apartamento diminuto, de alquiler social, de unos 40 metros cuadrados, Daniela o Ivone guardaba un fusil Kaláshnikov, un lanzagranadas imponente, aunque de imitación, un kilo y cuarto de oro, un cierto número de pistolas con munición abundante, así como 240.000 euros en efectivo. A los 65 años, a la edad en que muchas mujeres de aspecto parecido al suyo se jubilan de profesoras, doctoras, bibliotecarias, Daniela Klette fue detenida por la policía alemana, que llevaba buscándola 30 años por todo el país y había emitido órdenes de búsqueda por media Europa.

En las fotos de su detención se la ve tranquila, con su habitual sonrisa semidesvanecida en los labios, rodeada con truculencia innecesaria por policías con uniformes, botas militares, chalecos antibalas, mascarillas, fusiles automáticos, cascos de combate. Daniela Klette va en vaqueros, con una sudadera, una señora que pudo ser detenida por equivocación, o en el tumulto de una protesta pública. Pero esta mujer ha manejado armas tan pavorosas como las que ahora llevan sus captores; ha asaltado furgonetas blindadas de trasporte de dinero, rompiendo a ráfagas de metralla sus cerrojos; y también ha irrumpido en supermercados junto a otros cómplices tan bien armados como ella, unas veces con el kaláshnikov en las manos, otras esgrimiendo con aterradora convicción ese lanzagranadas tan bien hecho que parece auténtico. A mediados de los años noventa pasó a la clandestinidad, en la época en que el grupo terrorista al que pertenecía, la Rote Armee Fraktion, la Fracción del Ejército Rojo, terminaba su historial a la vez banal y sanguinario y claudicaba ante el Estado. Sus fundadores estaban muertos o cumplían severas condenas en prisiones de máxima seguridad, o habían dejado las armas. Unos cuantos iluminados irredentos, Daniela Klette entre ellos, eligieron continuar las acciones violentas, ahora ya sin la finalidad grandiosa de derrotar al capitalismo y al imperialismo, sino de conseguir fondos que sustentaran sus vidas clandestinas.

A Daniela Klette no habría costado mucho encontrarla. Los capos mafiosos huidos de la justicia se someten a terribles operaciones estéticas, se esconden en búnkeres subterráneos, organizan tan complejas operaciones secretas que la policía los atrapa enseguida. A Daniela Klette no la encontraban porque se escondía a simple vista. Como una prueba más de los efectos dañinos de las redes sociales, parece que la reconocieron por una foto publicada en Facebook de una carroza de carnaval en la que bailaba con un disfraz exótico de capoeira. Almudena de Cabo y Yetlaneci Alcaraz han escrito aquí sobre su detención en 2024, y sobre el juicio en el que fue condenada a 13 años de prisión la semana pasada. Y la historia completa de la RAF, también llamada la banda Baader-Meinhof, de la que algunos de nosotros tanto oímos hablar en nuestra primera juventud, la ha contado con agotadora erudición el historiador Jason Burke en su libro The Revolutionists, que se centra sobre todo en movimientos terroristas alemanes, palestinos y japoneses, aunque solo menciona de paso a las Brigadas Rojas italianas, o a nuestras luctuosas variedades españolas de gangsterismo patriótico-revolucionario, que tuvieron la siniestra singularidad de seguir matando cuando todos sus congéneres de los años setenta ya estaban jubilados.

El terrorismo europeo, dice Burke, nace de un desengaño doble: el de la facilidad con que se desvanecieron las coloridas pompas de jabón de Mayo del 68; y el de la presunta acomodación de la clase obrera al Estado de bienestar y al consumismo de la posguerra. El coche, la televisión, las vacaciones en Mallorca, habían extinguido la lucha de clases. El bloque soviético no podía ilusionar a nadie. La esperanza revolucionaria estaba en el llamado entonces Tercer Mundo, en los países recién liberados del colonialismo, o en los que a través de revoluciones comunistas armadas desafiaban al imperialismo americano: en Cuba, en Vietnam, en África. Hijos de buenas familias y profesores con puesto vitalicio en las universidades teorizaban la necesidad de seguir el dictamen de Ernesto Guevara, quizás olvidando su muy escaso éxito cuando intentó ponerlo en práctica en Bolivia: “Crear dos, tres, muchos Vietnam”. Hubo quien se dejó la vida, quien practicó el próspero turismo revolucionario, quien dibujó carteles con puños alzados que sostenían fusiles. Y hubo también, en sorprendente abundancia, quienes dieron un paso más y pasaron a manejar armas de fuego, y a matar sin remordimiento a presuntos enemigos de clase, o a cualquiera que pasara por allí, o que tuviera la desgracia de encontrarse cerca del lugar donde ellos hacían estallar un coche bomba.

Habían dictaminado que sólo el impacto de la violencia política podría sacar a los obreros europeos de la somnolencia de lo que llamaban los teóricos “la falsa conciencia”. La consigna leninista cobraba el atractivo pintoresco de la guerrilla en lejanos escenarios selváticos. La jactancia masculina adquiría un disfraz de heroísmo revolucionario. Andreas Baader, uno de los fundadores del grupo terrorista alemán, seducía a las camaradas jóvenes con su palabrería, sus chaquetas de corte Mao, sus pantalones muy ceñidos, su predilección por los coches deportivos de alta gama. Aficionado a los puros cubanos, al whisky y a la nouvelle vague, llevaba a veces una gabardina y un sombrero flexible, y afectaba un desdén pendenciero, como Belmondo en À bout de souffle. Fugitivo en Italia después de un atentado, fue acogido por el aristócrata, editor y aspirante a terrorista Giangiacomo Feltrinelli, que tenía decoradas las salas de su palacio de Milán con armas de guerra y explosivos. Igual que Lenin, que provenía de la baja aristocracia rusa, un cierto número de aquellos privilegiados de la revolución escondían una vanidad de intelectuales y profesores con ansia de brillo y una arrogancia de clase que venía envuelta en la mística del pequeño grupo de conjurados y activistas que son la vanguardia de unas “masas” —esa palabra se escuchaba mucho— incapaces de sublevarse por sí mismas, aborregadas por la ignorancia o por la falta de espíritu de rebeldía, por los protocolos y las lentitudes de la democracia burguesa; y, sobre todo, por esas limosnas socialdemócratas, la sanidad pública, la vivienda social, los carriles bici, el derecho a la intimidad y a la presunción de inocencia, todas las que disfrutó durante sus años de clandestinidad Daniela Klette, y volverá disfrutar cuando haya cumplido su condena. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de Real Academia Española. El País, 30 de mayo de 2026.















SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, LUNS, 1 DE XUÑO DE 2026, EN GALEGO

 






Ola, bos días de novo a todos e a todas, e feliz luns, primeiro día da semana e primeiro día de xuño, un mes tan significativo para min por razóns persoais, nas que non entrarei por non ser relevantes. Tamén será un mes histórico para as miñas queridas Illas Canarias, que un Papa da Igrexa Católica, León XIV, visitará por primeira vez en 2000 anos. Mesmo para un ateo confeso como eu, este é un acontecemento significativo, e máis aínda polas razóns que o sustentan, que non son outras que a importancia das Illas Canarias no fenómeno migratorio a España e á Unión Europea. Este é o seu itinerario para a súa visita a España e ás Illas Canarias: En Madrid (6-9 de xuño): Cerimonia de benvida no Palacio Real, vixilia cos mozos, misa multitudinaria de Corpus Christi na Praza de Cibeles, visita ao Congreso dos Deputados e unha multitudinaria concentración no Estadio Santiago Bernabéu. En Barcelona (9-10 de xuño): Oración na Catedral, vixilia no Estadio Olímpico Lluís Companys, visita á prisión de Brians 1, oración en Montserrat e misa na Basílica da Sagrada Familia. Na illa de Gran Canaria (11 de xuño): Visita ao porto de Arguineguín, no sur da illa, lugar de chegada e acollida de migrantes, e misa no Estadio de Gran Canaria en Las Palmas, capital da illa e cocapital do arquipélago. Na illa de Tenerife (12 de xuño): Encontro con migrantes na cidade de La Laguna e misa no porto de Santa Cruz de Tenerife, capital da illa e cocapital do arquipélago, antes de regresar a Roma. Espero que as entradas do blog de hoxe vos sexan interesantes. Que teñades un bo día. Ata mañá, se a sorte quere. Tamaragua, amigos meus. HArendt











domingo, 31 de mayo de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. 31 DE MAYO DE 2026

 







Hola, buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de domingo, del 31 de mayo al 1 de junio. Un poco de historia familiar para terminar el día. Hoy ha hecho 120 años justos del atentado del anarquista Mateo Morral contra los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, en la calle Mayor de Madrid, cuando volvían a Palacio después de su boda en la iglesia de San Jerónimo el Real, junto al museo del Prado. Ese mismo día, ajenos al alboroto en Madrid, se casaban también en la iglesia del pueblo toledano de Villaseca de la Sagra mis abuelos maternos Eulalia y Constantino. Veinticuatro días después nacía su primera hija, mi madre. Mañana lunes, desde las 06:00 (hora de Canarias) tendrán en el blog las nuevas entradas del día. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. Besos. HArendt























ENTRADA NÚM. 10665

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. LA DECENCIA DE CERRAR LAS VENTANAS, POR DANIEL INNERARITY. 31 DE MAYO DE 2026

 






La leyenda de lady Godiva no habla solo de desnudez; habla, sobre todo, de decencia pública. Según la tradición, Godiva pidió a su marido, señor de Coventry, que aliviara la carga fiscal de sus vecinos. Él, intuyendo que la humillación sería más eficaz que la compasión, le impuso una condición cruel: atravesar la ciudad desnuda montada a caballo. Ella aceptó, pero pidió a los vecinos que se metieran en sus casas y cerraran puertas y ventanas.

John Collier la pintó en 1897. Godiva no mira al espectador. Su cabeza está inclinada, el cabello cae como un velo; el cuerpo, desnudo y luminoso, se repliega sobre sí mismo. Es quizá la imagen más reproducida del mito, pero no es una imagen de exhibición: es una imagen de pudor. Incluso en su desnudez más bella, Godiva pide que no la miren.

Lo importante de la leyenda no es el desnudo. Lo importante es que el pueblo no miró. Comprendieron que aquello no era espectáculo, sino sacrificio; que una mujer pagaba con su pudor una mejora para los demás. Tuvieron la decencia de no convertir la vulnerabilidad en entretenimiento. Esa es la clave moral: la dignidad de una sociedad se mide, a menudo, no por lo que puede ver, sino por aquello que decide no mirar.

La leyenda tiene, sin embargo, una cara oscura que la tradición registra con el nombre de Peeping Tom: un sastre que no cerró su ventana y pagó con la ceguera el precio de su curiosidad. Toda sociedad produce sus Peeping Toms: quienes convierten la desgracia ajena en entretenimiento y quienes, más peligrosamente, organizan el espectáculo para que otros miren.

Algo de esto ocurre cuando un procedimiento penal, antes incluso de probar un delito, desnuda la vida privada de una persona ante la opinión pública. La justicia debe investigar hechos penalmente relevantes, conductas antijurídicas y culpables, pero no convertir cada relación, cada mensaje o cada proximidad personal en una pieza de sospecha moral. Cuando esto ocurre, el objetivo no es probar un delito, sino producir una impresión: en muchas ocasiones, se trata de una filtración contra todo derecho que causa un daño, a veces irreparable, al imputado y no nos hace mejores a la ciudadanía, que nos convertimos en unos auténticos cotillas. La pregunta fundamental que ha de hacerse quien tiene en sus manos desvelar algo es para qué sirve: ¿a la causa judicial, para alimentar la curiosidad publica o para favorecer ciertas estrategias políticas? ¿Somos así los ciudadanos personas mejor informadas o mirones que han satisfecho su ración de indignación?

A menudo, la información sobre procesos judiciales en curso está repleta de conexiones hipotéticas y detalles escabrosos que nos distraen de lo esencial y que no tienen significado penal sino reputacional. La fijación en lo anecdótico o escandaloso, ¿mejora nuestra tarea de vigilancia democrática o funciona como una gigantesca distracción colectiva? El público crítico no es el que mira todo lo que le ponen delante, sino el que es capaz de preguntarse por qué le muestran eso y de ese modo.

Así, ni siquiera la función de vigilancia democrática puede ejercerse con plenitud, ya que la espectacularización de la vida política impide percibir todo aquello que no encaja en la categoría de lo sensacional, que resulta poco atractivo para el ciudadano-espectador, aquello que no impresiona ni es personal, cuanto no provoca rabia o envidia o indignación, todo lo que es normal, banal, estructural o complejo.

También los medios tienen que hacerse preguntas incómodas porque no pocas veces contribuyen a esta degradación de nuestra conversación pública. Cuando un medio se plantea si debe o no dar a conocer un comportamiento privado, las preguntas que debería hacerse son: ¿qué efectos tendría esto sobre la calidad de nuestra vida democrática? ¿Se trata de un conocimiento del que deben disponer los ciudadanos para evaluar la acción de sus representantes? Si hay que hacerlo, ¿guarda proporción el grado de publicidad con su pertinencia? ¿A quién beneficia y a quién perjudica (injustamente) determinada revelación o el modo de enfocarla?

La revelación irrelevante es políticamente devastadora porque desplaza el juicio desde la prueba hacia la insinuación. Mientras el derecho penal exige hechos, la opinión pública se conforma con atmósferas; mientras el juez distingue entre culpabilidad e inocencia, el escándalo solo necesita confundirlas durante el tiempo suficiente. El resultado es lo que podríamos llamar la pena de desnudez: una persona puede ser absuelta jurídicamente y quedar condenada socialmente, una vez que su intimidad ha sido expuesta, fragmentada y convertida en munición. Sin contexto, lo que decimos y hacemos, enjuiciados únicamente a partir de lo que dicen otros de nosotros mismos, no somos nada.

Aquí reside la responsabilidad política de quienes impulsan estos procesos. Desnudar a una persona ante la mirada pública no siempre es un daño colateral de la justicia; con frecuencia puede ser su verdadero objetivo. Existe una perversión específica en quienes, sabiendo que la prueba es insuficiente, se afanan en exponer los restos de la intimidad para mantener viva la sospecha. No se desnuda a alguien para servir a la verdad, sino para intimidar o destruir a un adversario, convirtiendo la humillación en arma política. Quien organiza el espectáculo no es un espectador curioso: es un actor que ha elegido su papel. También lo es quien pide más. También quien asiste complacido.

Se dirá que la transparencia exige explicaciones: las conversaciones, los vínculos, las decisiones. Es verdad, pero esa exigencia tiene un límite que conviene no olvidar: afecta a los actos públicos del poder, no a la vida entera de las personas. Confundir ambas cosas no es rigor democrático; es voyerismo institucionalizado.

Nadie resiste una transparencia absoluta. Todos vivimos rodeados de frases incompletas, vínculos equívocos, afectos desordenados, torpezas, fragilidades. Sacados de contexto, muchos gestos humanos parecen feos, pero no todo lo que incomoda a un observador exterior merece convertirse en reproche público. La confianza democrática no nace de verlo todo; nace de aceptar que no podemos, y no debemos, verlo todo, y convivir aun así bajo reglas comunes. Una sociedad construida solo sobre la vigilancia no es más virtuosa: es más desconfiada, más cruel y, al final, más autoritaria.

Por eso la leyenda de Godiva sigue interpelándonos. Ante la maquinaria que coloca a una persona desnuda en la plaza pública, la pregunta no es solo qué hicieron quienes promovieron, alentaron o aprovecharon el espectáculo. La pregunta es qué hacemos nosotros cuando nos invitan a mirar. También los ciudadanos y ciudadanas podemos tomar ciertas decisiones libres y responsables a este respecto. Porque mirar no es inocente ni inocuo: alimenta el poder de quien organizó la humillación, nos aparta de lo que verdaderamente está en juego y, al final, nos ciega. Visto lo cual, propongo que cerremos ciertas ventanas que no dan luz a nuestra existencia, sino que se asoman a un patio donde se desarrolla un espectáculo en el que se nos muestra todo para que no nos enteremos de nada. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la UPV-EHU y titular de la cátedra Inteligencia Artificial y Democracia del Instituto Europeo de Florencia. Su último libro es El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg). El País, 29 de mayo de 2026.
























ENTRADA NÚM. 10664

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. CUANDO LA “GAUCHE” SOLO HABLA A UNOS POCOS, POR CARLA MASCIA. 31 DE MAYO DE 2026

 






A un año de las presidenciales en Francia, hay quien lo tiene ya todo “atado”. Ataviado con su eterna corbata roja, el díscolo de la política francesa, Jean-Luc Mélenchon, oficializaba a principio de mes en el telediario de TF1 su candidatura, sin dudar para ello en recurrir a una expresión —“nous c’est carré” (nosotros lo tenemos todo atado)— más propia del lenguaje de los jóvenes a los que quiere atraer que de un señor de 74 años, aferrado al poder y candidato por cuarta vez en unas presidenciales a las que había prometido no participar para permitir la renovación generacional de la cúpula de su partido. Situado en tercer lugar en las encuestas por detrás del ex primer ministro conservador Edouard Philippe, con un 16% de los votos y serias opciones de llegar a la segunda vuelta contra el gran favorito de los sondeos, el ultraderechista Jordan Bardella, Mélenchon ya se ve en el Elíseo.

El político a quien tanto le gusta repetir que apenas 400.000 votos le separaron de Marine Le Pen en 2022 —y con ellos, del acceso a la segunda vuelta— no está dispuesto a perder el tiempo. Mélenchon dará su primer mítin de campaña el 7 de junio en Saint-Denis, en la periferia de París y en uno de los departamentos más pobres de Francia. Una ciudad cosmopolita en sintonía con el lema de su campaña, “la nueva Francia”, antítesis, según el historiador Pascal Blanchard, del famoso “on est chez nous” (esto es nuestra casa) coreado en los mítines de la extrema derecha de Marine Le Pen. Pero esta “nueva Francia” también revela, según algunos, un enfoque identitario que confirmaría la voluntad de Mélenchon de referirse solo a una parte de las clases populares y no al conjunto de ciudadanos. Como defiende el politólogo Rémi Lefebvre en Le Monde, La Francia Insumisa de Mélenchon “busca construir un relato político global, criollizado" y destinado a “los urbanitas, los jóvenes con estudios superiores y los habitantes de los suburbios dominados por poblaciones de origen inmigrante”.

Nunca avara de cinismo, Marine Le Pen ―cuyo futuro político se decidirá el 7 de julio en los tribunales― no tardó en reaccionar en X al nuevo eslógan de LFI, arguyendo que se trataba de un concepto “claramente fundado sobre el origen extranjero y [que] constituye, por tanto, la quintaesencia del racismo y la negación de [la] Constitución”. Su tuit venía acompañado de un extracto de un mítin de Mélenchon ―manipulado, según el líder de LFI, que ha anunciado que presentará una denuncia― donde se le ve pedir al público que quien tenga un abuelo extranjero levante la mano. Con la sutileza y la integridad intelectual que le caracteriza, el multicondenado por incitación al odio Éric Zémmour, obsesionado con el “gran reemplazo” y los “francocidios”, tuiteó que “la nueva Francia” de LFI era “la reivindicación de una sustitución del pueblo francés de pura cepa por un nuevo pueblo árabo-musulmán”. Una aserción cuando menos grotesca, y que incluso podría prestarse a la risa, si la extrema derecha no estuviera tan cerca de conquistar el poder en un paisaje político más fragmentado que nunca y con una izquierda cuyos diferentes bloques parecen irreconciliables.

La importante impopularidad de Mélenchon ―el 71% de los franceses lo rechazan― no es ajena a esa división. La polarización que genera su figura pone en duda su capacidad de aglutinar tanto el voto de la izquierda como el del centro en el hipotético caso de que lograra acceder a la segunda vuelta. Algo que tiene muy claro el bloque de la izquierda no melenchonista, conformado por el Partido Socialista, Los Ecologistas, y Los Comunistas, el cual aboga por una primarias ―rechazadas por Mélenchon― y la adopción de un discurso más universalista e interclasista que identitario. En cuanto al tercer bloque, de orientación socialdemócrata y liderado por el diputado europeo Raphaël Glucksmann, la posibilidad de una alianza con LFI es sencillamente inconcebible, en parte por las salidas desafortunadas con resabios antisemitas del líder de los Insumisos y su complacencia hacia la política expansionista de Rusia y China. Eso sí, Glucksmann y Mélenchon comparten la voluntad de segmentar el electorado. Una nota interna del equipo de Glucksmann, filtrada por la prensa, aconsejaba al candidato “no dirigirse a los jóvenes de entre 18 y 25 años, a quienes ingresan menos de 1.500 euros al mes, a las familias monoparentales, a las banlieues o a quienes solo tienen el bachillerato”.

Ante este panorama desalentador, una figura cuando menos peculiar ha emergido en los últimos meses como posible salvador de la izquierda en un ecosistema mediático y cultural en el que la influencia del magnate ultraconservador Vincent Bolloré no deja de extenderse. Se trata del banquero Matthieu Pigasse, miembro del consejo de supervisión de Le Monde, del que llegó a ser co-accionista entre 2010 y 2022, dueño de la radio más popular de Francia, Radio Nova, la revista Les Inrokuptibles, o la productora Mediawan, que realiza programas de debate político muy seguidos en la televisión francesa como C´est à vous o C´est dans l´air. El millionario, que reinvidica de plató en plató la necesidad de la izquierda de llevar su propia batalla cultural frente a la extrema derecha, lleva meses dejando planear la duda sobre una eventual candidatura a las presidenciales.

Si bien es cierto que algunos votantes de izquierdas han podido sentirse atraídos por su discurso, una información del Wall Street Journal publicada este martes ha enfriado a los más entusiastas. Pigasse ha sido elegido por el régimen de Delcy Rodríguez para hacerse cargo de la reestructuración de la deuda pública exterior venezolana estimada en 150.000 millones de dólares. Una operación que habría obtenido el beneplácito de Trump, en cuya compañía fue visto Pigasse a finales de enero en la Casa Blanca con motivo de la proyección privada del documental sobre la primera dama de EE UU.

Pocas veces el escenario político de la izquierda francesa ha sido tan confuso. Pero la crisis que parece asolarla no nos habla solo de división, sino también de una renuncia compartida a la interpelación universalista de partidos y movimientos que ya no se dirigen a la nación en su conjunto sino a nichos de mercado. Exactamente lo opuesto a la estrategia del Reagrupamiento Nacional de Le Pen y Bardella. Carla Mascia es analista política. El Pais, 29 de mayo de 2026.



























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. LA MUERTE DE LOS OTROS, POR VÍCTOR GÓMEZ PIN. 31 DE MAYO DE 2026

 






Inevitablemente, a intervalos, retorna el tema de las trabas a las que se enfrentan personas que, con plena lucidez, han decidido poner fin a sus vidas. A menudo ello supone someterse a un proceso literalmente kafkiano, dada la complejidad jurídica (hasta cinco tribunales en el caso punzante de Noelia Castillo) y el sentimiento de impotencia de la persona protagonista, enfrentada a una casuística no siempre comprensible. En un caso más reciente, tras dos años de espera, el Tribunal Supremo sienta jurisprudencia al ratificar una sentencia anterior, según la cual se reconoce el interés legítimo de los familiares a interponerse en la decisión de anticipar la propia muerte.

Sin duda, tanto la eutanasia como el suicidio asistido provocan tensión social. De entrada, en las personas “con un intenso vínculo afectivo” (expresión del Alto Tribunal), privadas de un ser próximo, y confiando quizás en que la persona hoy carente de amor a la vida acabará encontrando razones para estimarla. Esta tensión se extiende a las instancias jurídicas y legislativas, sometidas a razones contrapuestas. Pues aun haciendo abstracción de eventuales sentimientos religiosos (determinantes otrora, pero sin sentido en un estado formalmente aconfesional), el respeto a la voluntad individual choca en este caso con un argumento mayor: el ser humano no solo se relaciona con los demás, sino que es en sí mismo el nudo constituido por estas relaciones. Siendo la colectividad lo que configura la identidad del sujeto, esta tendría derecho a considerar conveniente su persistencia, al igual que considera conveniente su eventual sacrificio en el campo de batalla. De hecho, esto valía en nuestros países cuando era legal la pena de muerte: esta se aplicaba a un reo, pero no se permitía que el reo tomara la decisión por sí mismo.

En suma, es bien comprensible que la sociedad se pregunte hasta qué punto es legítimo que un miembro de la misma deserte, por así decirlo. Preocupación que puede pesar en el ánimo del propio sujeto, aunque esta no sea para él prioritaria dada la inevitable confrontación interna que entraña su decisión, y en relación a la cual habría de medirse el grado de solidaridad de las personas de su entorno.

“Mi principio es el suicidio, jamás consumado, que no consumaré jamás”, escribía Cesare Pavese. Sabido es que, en el caso del poeta italiano, sí se consumó el proyecto, pero podría perfectamente no haberse consumado, pues la desazón respecto a la idea de prescindir de la propia vida no es una contingencia, sino expresión de un desgarro inherente a la idea misma. El sujeto no puede estar seguro de que su decisión refleja una conformidad de todas sus facultades conscientes o inconscientes. La persona mayormente dispuesta a renunciar a su vida de día puede perfectamente percibir lo punzante del proyecto tras el despertar de un sueño inquietante, del que directa o indirectamente la idea de la propia muerte formaba parte.

Y, sin embargo, pese a esa interna confrontación, o quizás en razón de la misma, hay razones para considerar que la idea de la muerte voluntaria es inherente a la singularidad de la condición humana y forma parte de su dignidad. La aparición del ser humano constituyó una radical emergencia en la historia evolutiva, corolario de lo cual es que no siente la muerte como resultado de un proceso meramente biológico. “Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra, es saberse mortal”, escribió Octavio Paz. Sabedor de su propia muerte, es lícito que el ser humano llegue a considerar su derecho a prescindir de su ser biológico. Se tome o no la decisión de llevarla a cabo, la idea de avanzarse a la inevitable muerte natural está en todos los humanos, siendo, por así decirlo, un universal antropológico.

Es posible que la persona tensada por la idea de la muerte voluntaria finalmente decida permanecer en vida, pero en todo caso la variable ha de ser cuál de los polos de la interna polaridad prevalece. Constatamos, por el contrario, que, en ocasiones, el paso al acto depende menos de la convicción del sujeto que de la deliberación de jueces, más o menos atentos al criterio de especialistas clínicos.

Hace años, una película se hizo célebre por su puesta en evidencia de la perturbación que supone en la conciencia ciudadana la sospecha de que funcionarios controlan “la vida de los otros”. Pues bien, quizás no es menos perturbador el saber que hay funcionarios atentos a la conveniencia o inconveniencia de “la muerte de los otros”.

Y un último apunte. Una oda marítima de cuya autoría no hay seguridad evoca la soledad en la que muere el marino (“the sailor rests alone”). Pues bien, se acompaña al que desea morir o eventualmente se acentúa el sufrimiento al impedirle hacerlo, pero, se trate o no de muerte voluntaria, la presencia exterior se esfuma en la muerte misma. Cabe sospechar que en los momentos álgidos de la vida humana la soledad impera, pero desde luego se muere solo. Solidaridad auténtica es el respeto a quien decide avanzar ese momento punzante. Víctor Gómez Pin es catedrático emérito de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona. El País, 29 de mayo de 2026.



























REVISTA DE PRENSA DOMINICA.CUANDO LA JUSTICIA ENTRE EN LA POLÍTICA, POR MARC LÓPEZ PLANA. 31 DE MAYO DE 2026

 







En política no hace falta una sentencia para provocar una crisis. A veces basta una investigación, o que esta sea factible y empiece a circular como posibilidad, para que el sistema político cambie de comportamiento.

Italia lo aprendió de forma brusca a comienzos de los años noventa. La operación Mani Pulite comenzó como una investigación sobre corrupción administrativa en Milán y acabó siendo el punto de ruptura de todo un sistema político. En pocos años desaparecieron los grandes partidos que habían estructurado la Primera República italiana. Aquello no fue una derrota electoral: fue un colapso más desordenado, rápido y difícil de procesar para las instituciones.

Lo que hace singular ese episodio es el desplazamiento de la legitimidad política que produjo. Una parte importante de la opinión pública empezó a ver a la magistratura como el único actor capaz de imponer límites en un sistema que había perdido credibilidad. El problema no estaba en la ampliación del papel judicial sino en la renuncia del sistema político a cumplir el suyo. En ese vacío, la justicia, sin sustituir a la política, ocupa un lugar simbólico y crea un equilibrio difícil de revertir.

"Al debilitarse esa función, el sistema es sujeto de un desplazamiento, un cambio. Parte del conflicto se traslada a los medios, parte a la movilización social y parte al sistema judicial"Por tanto, el inicio de la problemática es previo y se encuentra en la forma en que los partidos han perdido su capacidad de estructurar la sociedad. Durante décadas, eran mecanismos de mediación que lograban organizar los intereses de la ciudadanía al tiempo que absorbían sus conflictos y canalizaban las demandas sociales por la vía política. Al debilitarse esa función, el sistema es sujeto de un desplazamiento, un cambio. Parte del conflicto se traslada a los medios, parte a la movilización social y parte al sistema judicial.

Cuando esto ocurre, puede producirse lo que el profesor de Derecho Sabino Cassese llama desbordamiento. El desbordamiento entra en escena cuando, por una mala interpretación de la autonomía judicial, surgen magistrados militantes. Un magistrado militante está convencido de que tiene una misión que cumplir. ¿Dónde está la línea que distingue a un magistrado convencido de que puede imputar a un expresidente del Gobierno de un magistrado militante? En mi humilde opinión, un magistrado, sabiendo el impacto que su decisión va a tener y siendo consciente de las dinámicas que se han apuntado, debería pensárselo muchas veces antes de imputar a un expresidente del Gobierno. Sería injusto por mi parte afirmar que el juez Calama no lo ha hecho, pero más grave sería que no lo hubiera hecho.

El caso italiano ayuda a entender la persistencia de ese cambio. Silvio Berlusconi es, además del producto político del vacío posterior a Mani Pulite, la figura que convierte la relación entre política y justicia en un conflicto permanente.

A partir de ahí, cada investigación relevante adquiere una traducción política inmediata. Y lo mismo ocurre con las respuestas: la justicia es percibida como fiel cumplidora de su mandato legal o como un actor politizado, según el lugar desde el que se mire. Esa dualidad sigue funcionando hoy en día.

"Una investigación en curso o una imputación preliminar bastan para alterar los comportamientos de los actores políticos, sobre todo en países con mayorías frágiles"En este tipo de sistemas, el punto más delicado es el momento en que los procedimientos judiciales empiezan a producir efectos políticos. Durante mucho tiempo, ese efecto se producía con sentencias o en fases avanzadas del proceso. Hoy el umbral, como digo, se ha desplazado: una investigación en curso o una imputación preliminar bastan para alterar los comportamientos de los actores políticos, sobre todo en países con mayorías frágiles.

Precisamente, España ofrece un ejemplo de esta dinámica. La estabilidad del Gobierno depende de una mayoría parlamentaria fragmentada, donde actores como Junts per Catalunya ocupan posiciones de bisagra con capacidad real de alterar el equilibrio. En este entorno, la política se organiza alrededor de decisiones tácticas constantes sobre costes, apoyos y reputación, dejando los bloques ideológicos en un segundo plano. Cualquier elemento que afecte a la percepción de estabilidad institucional adquiere un peso político inmediato porque modifica los incentivos de los actores.

El caso de la moción de censura de 2018 contra Mariano Rajoy suele citarse como ejemplo de cómo una decisión judicial tiene consecuencias políticas directas. Sin embargo, aquel episodio pertenecía a otra lógica: la sentencia del caso Gürtel ya estaba emitida. En otras palabras, el sistema reaccionó a un hecho consolidado, no a un proceso en desarrollo. Por tanto, lo que podría ocurrir ahora es más temprano y más incierto: la política empieza a reaccionar en fases previas, antes de que el procedimiento cristalice en una resolución definitiva. Dicho desplazamiento del momento de reacción es uno de los cambios más relevantes del sistema político contemporáneo.

Junts y la lógica del cálculo permanente

En sistemas parlamentarios fragmentados, los actores bisagra —en el caso español suelen ser los partidos de ámbito no estatal— adquieren un papel especialmente relevante. Junts opera como actor de equilibrio dentro de una estructura inestable. Su comportamiento combina la negociación con el Gobierno, la competencia con otros actores independentistas y la evaluación constante del coste de cada movimiento en el tablero estatal. Esto genera una política menos lineal y más situacional, donde la posición varía según el contexto inmediato y los efectos del clima institucional se amplifican.

Este fin de semana han sido muchos los que han especulado con la idea de que Junts (no así el PNV, que depende del Partido Socialista en el País Vasco) pudiera apoyar una moción de censura instrumental del Partido Popular, que también podría ser apoyada por Vox.

"¿Nos imaginamos una campaña electoral en pocas semanas con Pedro Sánchez apelando a reunir al progresismo y con el PP y Vox con Puigdemont a la espalda? "Desde mi punto de vista, Junts solo apoyaría una moción en la que consiguiera algo que pudiera contrarrestar lo que dicen las encuestas: casi la mitad de los votantes del partido afirman reiteradamente que prefieren a Pedro Sánchez como jefe del Gobierno en España; prácticamente ninguno dice lo mismo de Feijóo. Esto solo se podría neutralizar si Feijóo se comprometiera a abrir la posibilidad de que Puigdemont pudiera volver a España inmediatamente. Pero, para el PP y Vox —con Vox necesariamente en la ecuación de una moción de censura—, tiendo a pensar que prima el instinto conservador. ¿Nos imaginamos una campaña electoral en pocas semanas con Pedro Sánchez apelando a reunir al progresismo y con el PP y Vox con Puigdemont a la espalda?

En este marco, la justicia entra en los cálculos de la política. No hace falta una sentencia para que exista impacto político; basta con que un procedimiento judicial introduzca incertidumbre en una mayoría frágil. Esto produce una situación difícil de clasificar: un gobierno no queda condicionado directamente por los jueces, aunque la justicia tampoco permanece ajena a la dinámica política. Es una zona intermedia e inestable.

En el debate político actual en España, el llamado caso Zapatero es un ejemplo de cómo un procedimiento judicial se convierte en factor de discusión política mucho antes de su resolución. Podrá (o no) determinar mayorías por sí mismo, pero lo cierto es que entra en un sistema ya condicionado por la fragilidad parlamentaria y la lógica de actores bisagra. Y, a este respecto, el tipo de sistema en el que se inserta es una variable importantísima, porque en este caso hablamos de un sistema en el que la estabilidad depende cada vez más de percepciones de solidez institucional que pueden verse alteradas en fases tempranas del proceso judicial.

Italia nos recuerda que cuando la realidad muestra que la acción judicial se convierte en una pieza clave para determinar resultados políticos, se activan todos los incentivos en la política para intentar influir en la conformación y en las decisiones judiciales. Es la judicialización de la política la que acaba impulsando la politización de la justicia. Marc López Plana es director de Agenda Pública, 27 de mayo de 2026.