viernes, 31 de octubre de 2025

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TRAZABILIDAD, DE MIGUEL D'ORS

 








TRAZABILIDAD




Cada uno de estos versos se comenzó en Santiago

una tarde lluviosa de domingo de mil

novecientos cincuenta y tantos. Hay un niño

que ve pasar la vida,

ajena y gris, detrás de los cristales

empañados y siente

que está también lloviendo por dentro de él.


Y luego


los veranos luminosos de Cotobade,

con mañanas de caza por A Agüenxa

al lado del abuelo y el “León”

y aquellas aventuras inagotables, fueron

aportando detalles.


Poco después llegaron


los compañeros de la Facultad

–Carmenchu Saralegui, Javier Medrano, Pepe

Molíns, María José Alfaro, Maite Arana

y otros que no menciono únicamente

por razones de Métrica–, y los hayedos rojos

de Zuriza y Tacheras en octubre. Además,

cada uno de estos versos ha pasado

por la Llana del Bozo, el Petrechema, el Monte

Perdido, el Balaitous y el Bisaurín.


Mi mujer y mis hijos

están también en todos mis poemas

(algunos, en justicia,

debieran ir firmados en colaboración).

Otras cosas proceden

de los atardeceres de la vega

de Granada, de las nieves incandescentes

del Mulhacén, el Chullo y el Cerro de los Machos,

de mis alumnos de “Literatura

Española del Siglo XVIII”

y del inmenso azul de Carboneras.


Y


después de todo eso está el poeta

ya viejo –yo– que esta mañana, en Poyo,

recuerda y va esbozando, tachando, corrigiendo,

mintiendo un poco a veces

para que cada verso suyo diga

algo más verdadero que la simple verdad.




MIGUEL D’ORS (1946)

poeta español














DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 31 DE OCTUBRE DE 2025

 




























jueves, 30 de octubre de 2025

¿LE HA DOLIDO SEÑOR PRESIDENTE? ESPECIAL ÚNICO DE HOY JUEVES, 30 DE OCTUBRE DE 2025

 






Miranda de Larra tenía delante a Sánchez, le hizo algunas preguntas durísimas y pertinentes, pero en cuanto Sánchez empezaba a hablar, le interrumpía a gritos. Porque lo odia. Y a quien odias, no le ganas nunca, comenta en El País de hoy (30/10/2025), el escritor Manuel Jabois. El momento más representativo del interrogatorio a Pedro Sánchez en la comisión de investigación del caso Koldo en el Senado, comienza diciendo, ocurrió cuando Carla Antonelli, de Más Madrid, dijo que esperaba un Gobierno progresista “para rato”. El papel de los partidos amigos del interrogado también es una cosa para verla. Antonelli al menos fue de cara. Pero luego hay quien finge querer saber, que trata de mantener las formas y endurece el tono. “¿Estaba usted al tanto o no, y por favor no se vaya por las ramas, responda sí o no, de que esas gafas le quedan como Dios?” y otro ya desquiciado, haciéndose un lío: “¿Duerme con la conciencia tranquila con el país yendo tan bien?”. Carla Antonelli, sin embargo, le dijo directamente que lo quería en el poder “para rato”.

–Para rato… –respondió Sánchez–. Me va a disculpar, pero, prefiero decir “para largo”.

Se produjo en silencio. “Para rato”, repitió Sánchez, disgustado con los suyos, que no lo pillaban. Entonces sí se produjo alguna risita: ah, será por Rodrigo Rato. Pero el chiste era una excusa: Sánchez de lo que quería hablar era de Aznar, del “milagro económico” de Rato y su posterior condena de cárcel. Si hizo esto con una senadora de un partido socio del suyo, ¿qué no haría cuando preguntase directamente el PP?

Entonces apareció en escena Alejo Miranda de Larra, del PP. La estrella política del día. Si don Quijote enloqueció leyendo novelas de caballerías, Miranda de Larra lleva tres semanas viendo películas de juicios con sobredosis incluida de Algunos hombres buenos. Si solo hubiese visto eso, aún vale. Pero la mezcla de Saul Goodman, el abogado de La que se avecina y el bueno de Tom Cruise terminó haciendo estragos. Se preguntó y se contestó a sí mismo media docena de veces. A veces contestaba primero la pregunta que luego hacía. Estaba documentado, fue rápido en las réplicas, tenía claro lo que debía preguntar al presidente (se lo puso muy fácil la senadora de UPN y el senador de Vox, que fueron a la comisión como van a la tele los hermanos de los concursantes de Supervivientes, a ver si pillan cacho y los llaman a ellos). Pero Alejo Miranda de Larra tiene un problema que es el problema de la mitad de España con Pedro Sánchez: su odio le afecta a la inteligencia, se la erosiona, pierden los estribos, acaban todos como esas gitanas a las que no les compras el romero y te echan siete maldiciones por la calle.

Miranda de Larra tenía delante a Pedro Sánchez, le hizo algunas preguntas durísimas y pertinentes, pero en cuanto Sánchez empezaba a hablar, le interrumpía a gritos. Porque lo odia. Y a quien odias, no le ganas nunca. Sánchez es demasiado listo: sabe que el antisanchismo es una enfermedad que está destruyendo a las mejores mentes de la derecha, aquellas que saben detectar los puntos débiles del Gobierno y son incapaces de atacarlos bien porque exigen bisturí, y ellos, tan finos, ya sólo quieren operar con hacha. Pasa algo parecido con el Real Madrid: el antimadridismo es una bendición. Prefieren que pierda el Madrid a que gane su equipo del mismo modo que en la derecha cultivada y elegante del PP, la que queda, a estas horas prefieren que pierda Sánchez aunque gane Abascal.

En cuanto Miranda de Larra le interrumpía, Sánchez llegaba a suspirar, porque muchas veces no tenía ni idea de lo que iba a responder. Pero Miranda de Larra ya sólo embestía gigantes. A su lado, mirándolo fijamente a él, la senadora Rocío Dívar asentía. En más de una ocasión lo miraba fijamente mientras Miranda de Larra preguntaba inquisitivamente a Sánchez, y cuando terminaba de preguntar, Dívar volvía la mirada a Sánchez, en plan “ahí te va la onda vital”. Sánchez empezaba a titubear. Pero Miranda de Larra se ponía a hablar otra vez y Dívar volvía alucinada la mirada hacia él, “esto no está pasando”.

Fue todo un espectáculo. Aquella reacción del senador de Vox Gordillo –cuando Sánchez dijo que era una “comisión de difamación”–, pidiendo respeto levantando el hombro izquierdo, que parecía que estaba poniendo a bailar un loro. O la diputada de UPN, María Caballero, que en medio del delirio formuló una pregunta, pero para que no le contestase Sánchez, que ya no había tiempo. Si fue descriptivo Sánchez con Rato, no lo fueron menos los senadores Julien Sorel, el arribista de Stendhal, que encontraron en Caballero su mejor representante: yo vengo aquí a preguntar, no a que usted responda.

Miranda de Larra, sin embargo, quería que Sánchez respondiese “sí o no”, pero en este país parlanchín, cada vez más ladino, más juguetón con el lenguaje, más precavido a la hora de pillarse los dedos, no se responde sólo “sí” ni en una boda. Sánchez usó la fórmula habitual: “Que yo recuerde, no”, y de este modo recordó poca cosa. De Rodrigo Rato recordaba hasta qué número calza. Sánchez quería dar “contexto” todo el rato. El contexto lo es todo, entre otras razones, porque te pones a dar contexto, que suele ser Rajoy, la Gürtel o Villarejo, y a Miranda de Larra le empieza a dar un parraque y termina a gritos sin dejar que Sánchez termine. Y Sánchez gana. Bien es cierto que a veces le preguntan por la corrupción del PSOE, se pone a hablar de la corrupción del PP, le interrumpen y levanta los brazos mirando al árbitro: “No me deja contestar”. Nos ha jodido, Pedro. El árbitro era del PP, por cierto: literalmente. Como es mayoría, la comisión la preside el PP.

En las televisiones, en las radios y en los diarios hay coincidencia en lo bochornoso de la comisión, cada medio con su sesgo, pero lo bochornoso no es intrínsicamente malo. Este país ha crecido siempre en medio de grandes oleadas de bochorno y dignidad, a veces incluso bochornosa dignidad, dependiendo del calor. “Tal y como ha ido, yo estoy encantado de venir”, dijo Sánchez al salir. Ya no llevaba las gafas. Para él la comisión de investigación fue la pasarela en la que estrenar gafas. Unas gafas enormes, preciosas, un poco de ministro franquista cool. Se han vuelto a llevar esas gafas, al parecer. Sánchez las usaba supuestamente para leer de cerca, pero es probable que no llevase cristales. Los guapos a veces hacen esas cosas. Cristiano Ronaldo apareció con unas de esas gafas en una renovación del Madrid. Estábamos todos en la sala de prensa flipando, porque además Cristiano nunca tiene nada delante a menos de cinco metros. Luego supimos que no llevaba cristales. Tenía que haber hecho eso el senador Miranda de Larra: acercarse a él para darle con el índice al cristal, como se hacía en su ojo Daniel Day Lewis en Gangs of New York, y zas.

–¿Le ha dolido, señor presidente?

–¿Dolido? Dolido es un participio, como Casado. Le voy a hablar de Isabel Díaz Ayuso y Alberto Quirón —con un hilito de sangre en el ojo. Manuel Jabois es escritor.






















DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 30 DE OCTUBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 30 de octubre de 2025. La prudencia y la conciliación —tibieza, diríamos en este caso— pueden ser aliadas de las peores prácticas, puede leerse en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2016, se comentaba que la brecha abierta en el pacto social había marcado la política española de la última década; evidentemente vamos a peor. El poema del día, en la tercera, es de una joven poetisa española y comienza con estos versos:  Quemé los frágiles puentes/y no preservé nada,/porque todo lo que tenía/estaba mordido/por la herrumbre. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt












MESURA FRENTE A POLARIZACIÓN. ENTREVISTANDO A UN FILÓSOFO

 






El profesor Diego S. Garrocho (Madrid, 1985) es un filósofo seducido por el periodismo y la actualidad política, cuyos vaivenes analiza desde las páginas del diario El País y desde las antenas de la Cadena Cope. Su último ensayo es ‘Moderaditos‘ (Debate), una vibrante defensa de la mesura aristotélica como acto de valentía y resistencia frente a unas dinámicas de polarización cada vez más fuertes. A continuación, la entrevista mantenida por Pablo Blázquez, de la revista Ethic, y Diego S. Garrocho, publicada en dicha revista el 20/10/2025.

Una de las primeras ideas que expones en tu libro es que la prudencia y la conciliación —tibieza, diríamos en este caso— pueden ser aliadas de las peores prácticas.

La moderación que defiendo no se parece a la tibieza. Hay momentos donde ser tibio es ser cobarde. Las líneas rojas son evidentes: no caben posiciones tibias en la defensa de los derechos humanos o del Estado de derecho. Defiendo una moderación radical que tiene que ver con las formas y con el ejercicio de un escepticismo prudente, pero que en determinados momentos fija posición con mucha vehemencia y de forma bastante explícita. Siempre defenderé la moderación como protocolo civil, pero nunca es una forma de tibieza ni de equidistancia.

¿Qué ejemplos se te ocurren en los que la moderación haya descendido a cobardía o tibieza? 

Voy a pronunciarme en cuestiones que para mí son rotundas y visibles: el caso de la amnistía, por ejemplo. Me parece decepcionante la gente que equilibra los argumentos a favor o en contra de la constitucionalidad de la amnistía, cuando es algo que once ministros y el propio presidente del Gobierno habían prometido que no harían por inconstitucional. Hay debates incómodos, como el caso de Israel y Palestina; no cabe tibieza respecto al abuso del derecho de legítima defensa de Israel. Cuando vemos a gente que no habla de ciertos temas porque son incómodos, manchan o pueden acabar generando un coste, [se trata de] una moderación mediocre.

¿Y por qué defiendes que la moderación es un acto de valentía política? 

En el mundo contemporáneo se han inaugurado unas nuevas condiciones de deliberación pública, donde la moderación ya no se parece tanto a una posición tibia; no se quiere escandalizar o molestar a todo el mundo y ocurre lo contrario. La moderación hoy es casi una afirmación donde puedes escandalizar a todos. En un marco de polarización donde se construyen grupos identitarios muy cerrados, paquetes ideológicos graníticos, hay una manera de ejercer la moderación que pasa por impugnar esos bloques, incluso por reivindicar la singularidad del pensamiento. Eso lleva a renunciar a la identidad de rebaño y obliga a generar un marco propio de opinión. Y eso, lejos de satisfacer a todos o de no molestar a nadie, te convierte en un infiel.

¿El poder nos quiere polarizados?

Sí, porque es profundamente rentable. La polarización hoy es una tentación electoral y un gran negocio. La intervención de la tecnología sobre el modo en que opinamos públicamente ha hecho que esas posiciones extremas sean rentables y que además se vayan revolucionando entre ellas cada vez más. Si el poder económico y político te quieren polarizado, me parece un ejercicio de resistencia civil el impugnar esa polarización. Esa escisión de la amistad civil se ha convertido en un atajo para generar atractores políticos.

Aquí los medios juegan un papel clave. 

Sin duda. Quienes hemos tenido acceso a métricas de medios de comunicación detectamos que la columna más inflamable o que puede incorporar nombres propios en el titular normalmente es más eficaz en el mercado de la atención que una que introduce perplejidad, complejidad o dudas. Estamos tan ávidos, tenemos tantísimo miedo y buscamos certezas con tanta rotundidad que en el fondo nos decepciona cuando una columna de opinión se atreve a dudar, a sembrar escepticismo o a confesarse equivocada.

De hecho, señalas que uno de los objetivos más ambiciosos para una cabecera periodística es convertirse en un verdadero terreno de debate. 

Tradicionalmente, hemos considerado que el periodismo autónomo tenía dos enemigos principales: el poder político y el poder económico. Hoy eso no se cumple porque [ambos] son una y la misma cosa; es decir, la intervención política sobre los medios de comunicación tiene que ver mucho con la intervención económica. En muchas ocasiones, el móvil que mueve a un periodista a generar una conducta servil ni siquiera es ideológico, sino que tiene que ver con la necesidad de pagar una hipoteca. Esa tentación reúne a sus dos enemigos —poder político y económico—, que tienden a hibridarse [y frente a los cuales] irrumpe otro gran tirano: el poder de las audiencias. Ahora somos capaces de atomizar el cálculo de una audiencia al nivel de un titular o un artículo. Ese ejercicio de contención, donde un periódico asume que tiene que estar dispuesto a perder dinero para convertirse en un espacio más plural, es casi un gesto heroico.

En el caso de España, de las instituciones que sirven como contrapesos del poder y para salvaguardar la democracia, ¿cuáles son las que más te preocupan y por qué? 

De una manera muy obvia, estamos viendo la porosidad de los poderes del Estado. La separación de poderes tiene que ser una cuestión eminentemente clara y cada vez más protegida. Me preocupa mucho cómo el poder legislativo reivindica para sí una condición privilegiada; [recordemos] las declaraciones de Íñigo Errejón o Carmen Calvo cuando decían que el Congreso de los Diputados es el depositario de la soberanía popular, algo que en nuestra Constitución no existe, que habla de soberanía nacional. Se nos olvida que en muchas ocasiones hay que proteger al poder político de sus propios excesos. Esa es la marca distintiva de la democracia liberal frente a otras fórmulas. Tengo una intención principal de someter siempre el poder político al imperio de la ley y para eso necesitamos que la Constitución opere como un dique de contención. En España, el último intérprete de la Constitución es un tribunal donde no hay simplemente magistrados con ideología, sino con servidumbres partidistas.

Defiendes esa idea del republicanismo clásico de que los ciudadanos deben participar activamente en la vida pública para mantener la virtud cívica. ¿No es una formulación demasiado idealista? 

Creo que las realidades se construyen a partir de ideas que probablemente no se pueden cumplir, pero que pueden servir como criterios regulativos de esa transformación de la realidad. Las democracias desarrolladas cuentan con una masa civil muy culta. Por más que nos llevemos las manos a la cabeza y nos parezca que no estamos preparados o que la clase media vive engañada y desinformada, la cultura media de cualquier ciudadano es abismal. Creo que podemos exigirnos un poco más. Esa participación activa y cultivo de la virtud son imprescindibles, además de uno de los deberes principales de los teóricos liberales. Nos hemos concentrado demasiado en la construcción de una arquitectura institucional y legal más o menos perfecta, pero hemos olvidado el factor humano en la política. Tenemos que volver a exigirnos el construir criterios de selección y promoción de élites políticas y civiles distintas. Nos está gobernando gente que empieza a quedar por debajo del nivel medio. Las élites han abandonado España. Nuestra clase política, empresarial, periodística, académica no ha estado a la altura.

Esa virtud civil nos permitiría funcionar bajo un disenso ordenado, que es una de las claves de una democracia sana y sólida. Pero, ¿no te parece complicadísimo —por no decir imposible— permanecer ajenos a los procesos de polarización? 

Me parecería bastante sencillo y creo que forma parte de una de una instrucción moral mínima que tendría que empezar en la escuela: aprender, entender que una conversación entre diferentes es un privilegio no solo político, sino intelectual. No me parece un proyecto demasiado ambicioso. En contacto con personas que piensan de manera diferente, nuestras propias ideas se pueden perfeccionar.

Pero la realidad va por otro lado. La gente cada vez tiene posiciones más enfrentadas.

Ahí la soledad juega un papel; cada vez estamos más solos. Hay un malestar creciente en la sociedad por un descuido de la experiencia espiritual —en el sentido más amplio— que tiene que ver con el cultivo de la propia vida interior. En ese momento de soledad y precariedad anímica, el malestar te permite confiar de manera súbita en cualquier persona que te brinde una identidad, un grupo de protección, un rebaño que te cuide y defienda. Lo que habría que impugnar o defender es esa experiencia íntima donde podamos construirnos como personas. Esta es una de las obsesiones de los pensadores griegos del siglo IV a. C.: la personalidad o el carácter no es fruto del azar ni de una herencia biológica, sino que se cultiva con una ritualidad muy semejante a la que cultivamos el cuerpo en el gimnasio.

Llama la atención que no impugnas el eje izquierda-derecha, como hacía Ortega, para quien ser de izquierdas o derechas era una forma de hemiplejía moral. 

Me parece útil para resumir algunos debates. Sé que está muy de moda impugnarlo, pero creo que todos sabemos reconocer a qué nos referimos cuando hablamos de izquierdas y de derechas. No es un absoluto. Hay debates contemporáneos, como la abolición de la prostitución, que no se pueden resolver en términos de izquierda o derecha, sino en una condición más liberal o con una intervención más explícita del Estado. No renuncio a ella mientras no sea un fin; si es un medio y sirve para explicar cosas, creo que podemos seguirla empleando.

El filósofo Antonio Escohotado sustituía ese binomio por el de liberalismo-autoritarismo. 

Es útil, porque todos podemos imaginar autoritarismos de izquierdas y de derechas. Sigue ayudándonos a resumir algunas posiciones y, sobre todo, es un lugar desde el cual se pueden orientar algunas categorías políticas. El liberalismo contemporáneo está demostrando muy poca creatividad y estamos tropezando en nuestra capacidad de análisis de la realidad cada vez que intentamos explicar lo que nos pasa con categorías que se acuñaron a finales del siglo XVIII. Alexis de Tocqueville comenzaba su célebre ensayo La democracia en América señalando que un mundo nuevo requiere una Ciencia Política nueva.

Pero sí crees que las ideologías han asumido elementos identitarios con una carga de dogmatismo o fanatismo que antes de la secularización eran propios de las religiones. 

Antes, la religión procuraba una identidad comunitaria que le permitía a todo el mundo tener un manual desde el cual construir su vida. Eso se rompe y, por un instante, alguien ha creído que era posible vivir sin referentes trascendentes. Los propios revolucionarios en Francia vieron muy claro que no se podía vivir sin Dios —vivías con Dios o contra Dios—. Esa dimensión de trascendencia aglutinadora de formas de identidad la ha brindado la identidad ideológica. La gente confiesa que su ideología es un elemento vertebral de su propia condición identitaria, [algo que] genera determinados riesgos. Si concurrimos a la conversación pública asumiendo que nuestra ideología ocupa el 90% de lo que somos, cuando discutamos en términos políticos vamos a sentir que quien está criticando nuestra ideología nos está criticando de manera existencial. Sin renunciar a los principios, propongo mantener una relación de cierto escepticismo, cierta distancia con nuestras propias ideas y construir nuestra identidad desde experiencias más humanas, más flexibles y de mayor proximidad (la familia o los amigos). Es decir, construir la identidad en elementos que sean mucho más reales que las ideologías.

Claro, es ese dogmatismo político que ha sustituido al religioso al haberse politizado todos los aspectos de nuestra vida.

Y creo que va construyendo conductas neuróticas. Hemos llegado a experiencias casi necrotizantes donde es política la dieta, el ocio o hasta los aspectos más íntimos de nuestra vida. Depende de qué entendamos por político, eso puede acabar también destruyéndonos, porque nos genera estructuras absolutamente obsesivas. Uno tiene que descansar y convivir incluso con la propia contradicción, que es un alivio en términos biográficos: uno no puede vivir en una absoluta coherencia, sobre todo cuando te la brindan elementos tan espurios y sometidos a intereses no visibles como la política partidista.

Me encanta esa frase de Chapu Apoalaza que dice que «hay dos Españas porque con tres la gente se hace un lío». ¿Crees que detrás del mito de la tercera España hay fundamentos históricos, sociales y políticos? 

Hay dos maneras de entenderla: una, como un elemento constructivo, que se vincula con la experiencia liberal que ha sido expulsada de la España más conservadora y de la más ortodoxamente socialista; otra, como una posición antitética ante la decepción de dos polos ideológicos que se han ido haciendo hegemónicos. Me gustaría pensar que no solo hay tres Españas. No renuncio a inaugurar a cada paso marcos novedosos que puedan ser más justos. Hay que perder el miedo. No le tengo miedo a poder encontrar una raíz de verdad a diagnósticos que pueden estar en la extrema izquierda o a que personas que son militantemente conservadoras tengan un fondo de verdad. Más que una equidistancia entre los dos polos lo que me interesa es la capacidad, la creatividad y la libertad para generar síntesis nuevas.

A lo mejor ese sea precisamente uno de los problemas al que nos enfrentamos, que al ser todo una cuestión dogmática y empezar a ver al rival político como un enemigo, no podemos concebir que ese otro tenga razón o incluso que escucharle nos haga cuestionar ciertos planteamientos ideológicos.

Hay otro defecto: creer que quienes piensan de manera distinta lo hacen por maldad, que quien abraza el liberalismo o el socialismo lo hace por motivos espurios. En España nos está quebrando algo que tiene que ver con lo partidista más que con lo estrictamente ideológico. Es decir, quienes hoy defienden a determinados políticos no lo hacen porque encarnen de una manera extrema su propia utopía, sino porque son los suyos. Son apuestas de servidumbres puramente identitarias que te hacen defender a los tuyos, aun cuando impugnen y dinamiten los propios fundamentos ideológicos que en principio te habían hecho reconocerlos como tuyos.

Adviertes que estamos ante el fin de una era y que la democracia liberal no sabe cómo defenderse del tsunami populista. ¿Por dónde empezar la reformulación o el reseteo de nuestras democracias? 

Urge que la democracia liberal haga autocrítica y reconozca los elementos donde ha fallado. En las democracias de nuestro entorno, los jóvenes tienen un grado de descontento evidente que es legítimo, real y bien fundado: no solo no han cumplido sus promesas, sino que no han sido pródigas reformulando nuevas promesas ilusionantes. Creo que la democracia liberal impugnando su propio credo dialoga muy mal con sus antagonistas. Los intelectuales que defienden la democracia liberal no reconocen un principio de seducción en los que la impugnan. Tenemos también que mirar de frente a intelectuales como Patrick Deneen, por ejemplo, uno de los tipos que en el ámbito norteamericano está cultivando una alternativa crítica con la democracia liberal; me parece un estímulo importante y no tengo claro que lo hayamos digerido o elaborado una respuesta eficaz. A la democracia liberal le falta autocrítica y le sobra mucha pereza. Además, no puede renunciar a un paquete de virtudes civiles mínimas —veracidad, honestidad…— sin las cuales no funciona el propio sistema liberal. Introducir ese factor humano, asumir o retomar ese eco remoto del republicanismo clásico que estaba en el origen de la tradición liberal es algo que podría nutrir y brindarle una nueva energía a este régimen que está en crisis.













DEL ARCHIVO DEL BLOG. NOSTALGIA DE LA AUTENTICIDAD. PUBL,ICADO EL 21/10/2016

 







La brecha abierta en el pacto social ha marcado la política española de la última década, escribe en El País (21/10/2016) el filósofo José Luis Pardo. Aunque la historia mundial haya perdido en grandeza lo que ha ganado en audiencia, comienza diciendo, y aunque ahora llamemos “global” a lo que antes era mundial (weltliche), el caso es que al reiniciar la historia se activó de nuevo la leva forzosa, y las naciones fueron llamadas a la guerra, incluso aquellas que, pequeñitas y disimuladas como la nuestra, pudiera parecer que “no tenían nada que ver” con ella (pero, ya se sabe, en un mundo global —que es otro pleonasmo, como decir “un mundo mundial”— todo el mundo tiene algo que ver con todo el mundo, todo está conectado con todo y nadie es inocente). Quien en aquella fecha presidía el Gobierno de España, que se había dado a sí mismo un máximo de ocho años para inscribir su nombre en la historia mundial, tras ser llamado a ella se apuntó a la guerra, al menos aparentemente, con bastante entusiasmo, y colaboró con el Ejército de Estados Unidos en la llamada II Guerra del Golfo contra el Irak de Sadam Husein. Tal y como él interpretó el “mapa inteligente” de la situación internacional, aquella era nuestra guerra, y en ella teníamos que combatir por la humanidad y contra la barbarie. El entonces líder de la oposición se puso a la cabeza de los manifestantes que inundaron las calles gritando “¡no a la guerra!”, y el 12 de octubre de 2003 se negó a saludar a la bandera estadounidense en el tradicional desfile de las Fuerzas Armadas. Así se abrió en la forma que en ese momento revestía el pacto social (y el pacto político que había superado la Guerra Civil), que era lo que tanto hemos llamado “consenso”, si no la primera brecha, sí la más palmaria, sin que tenga el menor interés para el que esto escribe “echar las cuentas” de cuál de los dos que forcejeaban (uno hacia el derechismo y otro hacia el izquierdismo) tuvo más “culpa” en ello.

Probablemente algunos de los que gritaban “¡no a la guerra!” creían que eran John y Yoko, pero había también otros que nada tenían de pacifistas, sino que se oponían precisamente a esa guerra porque, como diría Julien Salingue, no era su guerra. Desde luego, nadie en aquellas manifestaciones —que fueron el primer germen del (así llamado) 15-M— era partidario de los métodos o de los objetivos de Al Qaeda, pero muchos pensaban que el terrorismo ­yihadista era la expresión (errónea y sanguinaria) de un “problema real” (los desequilibrios económicos entre el Norte y el Sur) al que la política exterior occidental no era capaz de dar más respuesta que los bombardeos. Un discurso que volvió a escucharse con ocasión de los atentados de París y de Bruselas en 2015 y 2016.

Unos meses antes del 11 de septiembre de 2001, Salomé Zourabichvili lo había advertido en Toledo: “Cuanto más fácil sea para un contendiente intervenir militarmente sin que él o su población corran riesgo alguno, y causando al mismo tiempo un gran daño al enemigo, éste, sintiéndose totalmente inerme, tenderá a recurrir a todos los medios a su alcance (…); es la respuesta del débil, que busca los medios más sucios para, a pesar de todo, poder hacer daño de algún modo. Así que esta relación entre guerra limpia y terrorismo sucio es una reflexión que Europa no puede permitirse no hacer”. Los auténticos lo interpretaron en el mismo sentido en el que los comunistas del siglo XIX y del XX habían interpretado los atentados revolucionarios, y en el mismo quedaba a la voluntad islámica de sacrificio, es decir, en el de que el terrorismo es la forma que adopta la guerra justa (“la única guerra justa de toda la historia de la humanidad”) en condiciones de inferioridad militar.

Este diferendo con respecto al terrorismo yihadista se puso de manifiesto una vez más en los atentados contra los trenes de Atocha cometidos por Al Qaeda en Madrid en marzo de 2004. Estos atentados fueron los primeros en los cuales, desde la muerte del dictador, el centro-izquierda y el centro-derecha no pudieron, no supieron o no quisieron “cerrar filas” frente a las amenazas extrademocráticas contra el “bienestar”, escenificando de este modo no la “unidad” de la sociedad española en torno a las bases morales de la democracia, sino justamente su división. Es decir, que por primera vez se hizo patente con toda claridad la existencia de aquella brecha entre ambos por cuya abertura se pudo escuchar ese malestar “residual” de quienes habían quedado voluntariamente fuera del consenso en 1978, ese malestar que llevaba muchos años silenciado o confinado en guetos socialmente opacos. La manifestación “espontánea” (pero convocada por SMS) que se reunió el 13 de marzo frente a la sede del PP en la calle de Génova de Madrid, en plena “jornada de reflexión” de unas elecciones generales —y en la que la extrema izquierda política coincidió con la artístico-cultural y con la universitaria—, fue el segundo precedente de lo que luego sería el 15-M. Si entonces no estalló aún aquel movimiento fue porque en la manifestación también estaba (aunque no oficialmente) la socialdemocracia, que todavía era vista por parte de aquella multitud como una alternativa, y que después de ganar las elecciones gobernó siempre —hasta mayo de 2010— sin perder de vista a esa muchedumbre. La vieja “minoría residual”, a medida que el consenso constitucional se iba debilitando, se había vuelto electoralmente relevante. Y esto fue así porque se dio allí la convergencia entre dos clases de malestar: el de los “auténticos”, que se adaptan mal a los tiempos de paz y peor aún al Estado de bienestar jurídico, para quienes la abertura de grietas en ese Estado y en los consensos que lo sustentaban es la ocasión para recuperar el tiempo perdido y volver a la carga; y el malestar de quienes, partidarios honestos del Estado de bienestar, veían su estructura jurídica peligrar por la aparición de una gran franja mundial físico-virtual de alegalidad (y en la que precisamente por eso surgen muchos candidatos a llamarse “Estado”, aunque sólo retóricamente puedan usar esta denominación) por la que corren descontroladamente las bombas, los ejércitos irregulares, las masas de refugiados, el petróleo (y otras materias primas), el capital financiero, las armas, el dinero, las drogas y la propaganda, y que, aunque sólo en ocasiones impacta directamente sobre las democracias occidentales, es capaz, desde la distancia, de minar sus instituciones, vampirizar sus cuentas públicas, erosionar su legalidad y degradar su tejido civil.

Todas las “novedades” que se han producido en la política española en la última década se relacionan con esa “brecha” abierta en el consenso constitucional, ese consenso que representaba el pacto social y el acuerdo político de base y que permitía que los diversos intereses en juego circulasen (según metáfora de Max Weber) sobre los raíles de un mismo relato de país que la inmensa mayoría de los ciudadanos compartían. El 15-M y el independentismo catalán, nacidos al calor de la crisis económica, fueron intentos de aumentar el tamaño de la brecha hasta partir en dos el tejido civil y organizar el panorama político en términos de un antagonismo irreconciliable entre las dos orillas que, en el caso del independentismo, les permitió a sus propagandistas “aliñarse un enemigo con todo el sabor y autoridad de 300 años de cocción” y, en el del indignacionismo, capacitó a sus dirigentes para resucitar la estantigua del “capitalismo” como el enemigo que no solamente hacía necesaria la reanudación de la lucha de clases, sino también de la búsqueda de la autenticidad política que la democracia burguesa y “representativa” había pervertido. Extracto de Estudios del malestar. Políticas de la autenticidad en las sociedades contemporáneas, del filósofo José Luis Pardo, Premio Anagrama de Ensayo.























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TERRITORIO DE CENIZA, DE INÉS MONTES

 







TERRITORIO DE CENIZA



 Quemé los frágiles puentes
y no preservé nada,
porque todo lo que tenía
estaba mordido
por la herrumbre.
Más tarde llegó
el insomnio de las lluvias,
y el rumor
de sus aguas sonoras
sepultando el umbral
de aquellos días,
que fueron espejos
sin límites.
Aposté mi destino
por la debilidad
y por la fuerza
de todos a los que amé
y me amaron.
Aposté contra la mentira,
que es la música
que brota de la cuerda,
pero no hubo señal
ni gracia que marcara
un camino.
Atravesé desastres
y refugios prometidos.
Mis pies cayeron más abajo
de lo que puede caer la lluvia,
y mis ojos descubrieron
un lugar sin retorno.
Con una herida fiel
ardiendo frente al mar,
llegué a ese territorio de ceniza
que hoy me besa el corazón.





INÉS MONTES 
poetisa española