El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
viernes, 27 de diciembre de 2024
jueves, 26 de diciembre de 2024
De las entradas del blog de hoy jueves, 26 de diciembre de 2024
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 26 de diciembre de 2024. Nunca ha sido fácil explicar para qué sirven los pensadores (ni siquiera en qué se distingue de un filósofo, de un intelectual, de un teórico o de un ideólogo), pero se hace mucho más complicado cuando los expertos hiperespecializados los han sustituido como fuentes de autoridad, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Sergio del Molino. En la segunda de las entradas de hoy, un archivo de blog de agosto de 2015, su autor se preguntaba si la jerarquía de la iglesia católica española era de este mundo, pues en su defensa de la ortodoxia más estricta, tan anclada en su pasado de privilegios, más que de este mundo, parecían extraterrestres. La tercera de hoy en un poema del poeta Ángel González (1925-2008) que comienza con estos versos: Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,/y una voz cariñosa le susurró al oído... Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt
De los pensadores, los expertos en papas fritas y la independencia de criterio
Nunca ha sido fácil explicar para qué sirven los pensadores (ni siquiera sabemos bien qué es un pensador ni en qué se distingue, si es que se distingue, de un filósofo, de un intelectual, de un teórico o de un ideólogo), pero se hace mucho más complicado cuando los expertos hiperespecializados los han sustituido como fuentes de autoridad, comenta en El País [En una sociedad de expertos en patatas fritas, nadie quiere a los pensadores,, 17/12/2024] el escritor Sergio del Molino.
Hace no mucho me topé con este titular que replicaron cientos de medios: “Los expertos aclaran que las patatas fritas de sabor jamón no van a desaparecer”. Había toneladas de contexto implícitas en la frase: se daba por supuesto que el lector creía que las patatas fritas de sabor jamón iban a desaparecer y estaba muy inquieto por ello. El titular no solo calmaba ese comprensible pánico social, sino que presentaba al público a un grupo de expertos en patatas fritas de sabor jamón. La especialización de los saberes había roto una nueva frontera del conocimiento. Leí la noticia completa para enterarme de cómo se llamaban los doctores en esta disciplina (¿patatofritólogos saborjamonólogos?) y qué universidades la impartían (¿la Universidad Matutano o el Pringles College?), pero no lo ponía.
Ortega y Gasset y Adorno alertaron hace un siglo sobre el daño que la expertología haría al pensamiento, generando una sociedad de sabios en aspectos cada vez más pequeños, e ignorantes absolutos en todo lo demás. Unos años antes, Marx enunciaba en su célebre tesis undécima sobre Feuerbach la dicotomía de los filósofos: comprender el mundo o transformarlo. El siglo XX trajo primero la renuncia a la transformación, que se dejó en manos de los expertos, y más tarde, la renuncia a la comprensión mediante el descrédito de los grandes sistemas filosóficos y de las verdades categóricas. Desde Foucault, ningún pensador tiene la ambición de comprender el mundo: los mejores se conforman con dar alguna pista.
Cuando el Gobierno español nombra a 22 asesores científicos y ninguno es humanista y tampoco encaja ni de lejos en la categoría de pensador, está confirmando que pensar el mundo no sirve para nada. Parece que el Gobierno necesita consejos prácticos y precisos sobre asuntos concretos, no discursos generales ni miradas panorámicas. Los filósofos ya no susurran en los oídos del emperador: los Séneca de hoy tienen que buscarse el sustento ante otros públicos. Por desgracia, esos otros públicos prefieren la prosa de los charlatanes de autoayuda. Para mayor desgracia, los que eligen la vida académica a menudo se quedan encerrados en sus claustros, sin que sus palabras lleguen más lejos. No está mejor el panorama entre los intelectuales, categoría a veces análoga a la de pensador, pero más laxa (un intelectual sería algo así como un cruce entre un cura y un filósofo, esto es, serían las mulas del pensamiento, y como sus homólogos equinos, servirían tanto para los trabajos de fuerza como para sufrir los palos de la plebe). Los agitadores soliviantados, los escritores que guiaban al pueblo hacia el palacio de Invierno y los novelistas que gritaban “j’accuse” desde los periódicos también han rebajado su entusiasmo y sus expectativas.
Lo cómodo sería caer en el catastrofismo y parafrasear a Nietzsche: el pensamiento ha muerto. Y, como Nietzsche, nos engañaríamos. No murió Dios, sino la Iglesia. Tampoco ha muerto la funesta manía de pensar, sino la hegemonía de un tipo de pensador. Entre los inmensos pajares de influencers, predicadores, vendedores de crecepelo, youtubers, radicales trumpistas, coroneles putinianos, filósofos voxeros, rebeldes con cualquier causa y charlatanes, aún nos podemos pinchar con agujas de pensamiento serio, genuino, honrado y empeñado en ordenar un poco el caos y elevar la conversación.
No es extraño que muchos sabios humanistas se replieguen ante el ruido de las redes sociales y la política. Hablar hoy en el ágora es sufrir el ridículo, la agresión, el tomatazo y la injuria de las masas enfurecidas. No hay doctorado honoris causa que compense tantas humillaciones. Lo advierte Rubén Amón en su reciente ensayo sobre el arte de la conversación, titulado Tenemos que hablar: no brilla quien más sabe ni quien mejor piensa, sino quien maneja los códigos de la bronca. Descartes no tendría nada que hacer en la tertulia de Iker Jiménez. Galileo sería incapaz de convencer a un tuitero terraplanista de que la Tierra es redonda. Cicerón no aguantaría media sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. Por eso hay que aplaudir a los que se atreven a ser pensadores a pecho descubierto y en territorios casi siempre hostiles.
Hace poco conocí en Chile a Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales y uno de los intelectuales de referencia del país. Peña analiza la compleja realidad chilena sin ánimo de complacer a nadie o de sumarse a corrientes establecidas para significarse como portavoz de unos u otros. Por tanto, enfurece a todos. La independencia de criterio es un requisito elemental del pensamiento, aunque pocos tienen las espaldas tan anchas como el profesor Peña. Pero ni siquiera esa independencia, tan dura de mantener, garantiza la relevancia de un pensador. Hace falta algo más.
Comentando la obra de Simone de Beauvoir y en un arrebato cuasimarxista, Didier Eribon —que no estará entre los pensadores más influyentes del mundo, pero es uno de los filósofos contemporáneos que más hondo me han llegado— sostiene que la tematización, por sí sola, es estéril. Traduzco: el pensamiento no basta. Un pensador (pensadora, en ese caso, pues se refiere a una obra poco conocida de Beauvoir, La vejez) puede identificar un asunto, analizarlo, exprimirlo, iluminarlo y procesarlo, pero si no hay un grupo social implicado en el tema y capaz de organizarse políticamente en torno a él, el pensamiento será —literalmente— una prédica en el desierto. Por eso el pensamiento es indisociable de la política, pero no en el sentido partidista u orgánico, sino social: si los pensadores no se ocupan de los problemas realmente existentes sufridos por colectivos realmente existentes, su obra no será muy distinta a la de los teólogos medievales que especulaban con la parusía o el peso del alma.
Mientras esto sucede florecen los festivales de pensamiento (la Bienal de Pensament de Barcelona, el Festival de las Ideas de Madrid…), despuntan en las listas de best sellers estrellas como Byung-Chul Han y resuenan en las ferias del libro filósofos tan persuasivos y buenrolleros como un ejecutivo de Silicon Valley. La cultura del espectáculo no ha sido ajena nunca al pensamiento, y el público siempre ha escuchado con atención al orador hipnótico que resume el mundo en tres frases. Pero esto son espejismos: que algunos pensadores se asimilen a una forma de entretenimiento más o menos sofisticada y cool no quiere decir que sus ideas se impongan al ruido de las redes sociales o de las consignas populistas. Hoy sigue vigente la frase de Manuel Azaña de que la mejor manera de guardar un secreto es escribirlo en un libro. Que alguien crea que un auditorio lleno para escuchar a dos filósofos indica que la filosofía es popular e influyente es tan falaz como aportar el libro reservas de Mugaritz como prueba de que ya no hay hambre en el mundo. Como en otros tantos ámbitos culturales, nos sirve la moraleja que dejó escrita el pensador involuntario Billy Wilder en Uno, dos tres: “La situación es desesperada, pero no grave”.
[ARCHIVO DEL BLOG] ¿La jerarquía católica española es de este mundo? Publicado el 18/08/2015
Del poema de cada día. Hoy, La verdad de la mentira, de Ángel González
LA VERDAD DE LA MENTIRA
Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
—¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
—Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.
Ángel González (1925-2008)
poeta español
miércoles, 25 de diciembre de 2024
De las entradas del blog de hoy miércoles, 25 de diciembre. ¡Y feliz Navidad a todos los creyentes y todas las personas de buena voluntad!
Dos percepciones de la Navidad
¿Sigue teniendo la Navidad un sentido religioso? La euforia consumista en estas fechas oculta a menudo su dimensión cristiana. Las fiestas se pueden disfrutar como la conmemoración del nacimiento de Jesús o como una celebración colectiva sin significado espiritual; o las dos. A las puertas de la temporada de fiestas navideñas, que en España empieza con el sorteo de la Lotería el 22 de diciembre y termina el día de Reyes, surge la pregunta en torno al sentido de esta celebración, cuya dimensión religiosa parece cada vez más minoritaria para buena parte de la sociedad, en favor del consumo y el disfrute lúdico. ¿Hemos olvidado el sentido espiritual de la Navidad? ¿Es incompatible con la fiesta del consumo? El teólogo Juan José Tamayo defiende que la celebración del nacimiento del hijo de Dios es la memoria “subversiva” de los perdedores de la historia y que merece la pena pensar así la Navidad. Para la escritora Laura Fernández da igual el sentido que le dé cada uno a la fiesta, lo especial de esta época es que la sociedad se pone de acuerdo para fingir, creer en la magia y superar su falta de ilusión del resto del año.
Los “evangelios de la infancia” son un género literario peculiar dentro de los evangelios de Mateo y Lucas, que presentan el nacimiento de Jesús a través de una serie de símbolos, imágenes y figuras, que no son narraciones históricas propiamente dichas, si bien ofrecen algunos datos fiables, escribe en El País [Lo subversivo es celebrar la vida de un niño pobre, 18/12/2024] el teólogo Juan José Tamayo.
En ellos se describe la situación de Palestina sometida al Imperio Romano y gobernada por dictadores a su servicio. Aparecen fenómenos especialmente significativos que rodean el nacimiento de Jesús: una familia “sin abolengo ni pedigrí de clase” (según el biblista Jesús Peláez), que tiene que refugiarse en un establo donde da a luz su madre María, la persecución y el infanticidio de Herodes, la emigración en condiciones de total desprotección, la encarnación de Dios no en una persona perteneciente a la realeza, sino en un niño nacido en una familia empobrecida, el anuncio del mensaje de paz comunicado a los pastores en medio de la violencia impuesta por la pax romana en los territorios ocupados, el revolucionario cántico del Magnificat de María, que invierte los valores: Dios derriba de sus tronos a los poderosos y ensalza los humildes.
La situación tiene similitudes con la actualidad: imperialismos, colonialismos, guerras, violencia contra los niños, las niñas y las mujeres hasta el feminicidio y el infanticidio, brechas de la desigualdad cada vez más profundas, desahucios, personas inmigrantes, refugiadas y desplazadas a quienes se les niegan la ciudadanía y los derechos fundamentales, familias con todos los miembros en paro, genocidio del pueblo de Gaza por el ejército israelí comandado por Netanyahu, nuevo Herodes, con más de 45.000 gazatíes asesinados.
La celebración de la Navidad es hoy ajena a las circunstancias que rodearon el nacimiento de Jesús y mira cínicamente para otro lado. Nada que ver con la situación de pobreza y marginación que rodea al alumbramiento de María. Se fomenta el dispendio, la desmesura, los excesos, el consumismo. No hay conciencia de que las mayorías populares viven una situación de empobrecimiento causado por la injusticia estructural mientras se dispara el gasto. Lejos de dar respuesta solidaria a los verdaderos y más graves problemas que vive la humanidad, los encubre. Lejos de fomentar una conciencia crítica y transformadora en los cristianos y cristianas ante las situaciones de injusticia, tiende a generar una conciencia alienante. Lejos de fomentar la solidaridad y la compasión, adormece las conciencias y es insensible a los sufrimientos de las víctimas.
Diría más, la Navidad se ha convertido en opio del pueblo y comercialización de lo sagrado. En un emblemático artículo de 1921, Walter Benjamin hablaba del cristianismo convertido en capitalismo y de este como religión de culto sin dogmas. Hoy podemos decir que la Navidad ha derivado en mercantilismo y neoliberalismo.
¿Es recuperable el sentido de la primera Navidad cristiana? Creo que sí. Tres son, a mi juicio, los aspectos a recuperar, más allá de su vertiente consumista y asistencial, en la perspectiva de un cristianismo liberador como alternativa. El primero es la humanización de Dios en la persona de Jesús de Nazaret, el “Dios humanísimo” del que habla el teólogo Edward Schillebeeckx, cuyos principales atributos no son la omnipotencia y la trascendencia que no hace pie en la historia, sino la compasión con las víctimas. El segundo es la ubicación de Jesús no en la esfera divina, sino en los márgenes de la sociedad y en el reverso de la historia. Él no posee sangre real, ni tiene madera de héroe, ni pertenece a la casta sacerdotal. Es, como afirma John P. Meier, uno de los principales especialistas en las investigaciones sobre el Jesús histórico, “un judío marginal”: así nació, así vivió y así murió. La celebración de su nacimiento es, por tanto, la memoria “subversiva” de las víctimas y de los perdedores de la historia, no la conmemoración de los éxitos de una megaestrella o de las conquistas de un triunfador. En tercer lugar, en la Navidad hay un despliegue de la fantasía, de la imaginación y del sentido lúdico-festivo, que constituye el contrapunto de un cristianismo que se regodea en la culpa y el dolor al que busca sentido redentor. Conforme a esta lógica, creo que ¡otra Navidad es posible y necesaria!
Dejénme confesarles algo. Me obsesiona, y me fascina, la Navidad, comenta en El País [ Feliz irrealidad: qué más da si no significa nada.18/12/2024] la escritora Laura Fernández. Es la única época del año en la que el mundo —al menos, una parte de él, y una cada vez mayor: la aldea global se abre camino, y la mente única del capitalismo feroz borra todo aquello que no resulte fácilmente mercantilizable, oh, díganme, ¿acaso hay algo que pueda competir con el omnipresente gorro de Papá Noel? ¿O era Santa Claus?— finge creer. ¿En qué? En eso que de forma brutalista, o reduccionista, o, por qué no, simplemente ridícula, llamamos la magia. Pero, ¿qué es la magia? Un relato que cubre a otro —al único otro posible: el de lo real—, y lo suspende, por un momento. Oh, sí, la realidad es una convención, y lo sabemos. Es una convención segura y reconocible, aunque cada vez más intervenida, cada vez más pura interferencia, cada vez más fábrica de mundos burbuja paralelos.
Dejénme confesarles algo más. Ni siquiera hice la comunión, así que jamás supe de dónde venía todo esto. Simplemente, ocurría. Se abría una brecha y un tipo muy concreto de ficción pretendía pasar por realidad. Que mi obsesión, como escritora, sea precisamente esa brecha, es decir, todo aquello que el ser humano, como animal narrativo, como especie escritora, inventa para no tanto dar sentido al sin sentido —¿Por qué tenemos que acabarnos? ¿Qué somos exactamente? ¿Qué hacemos en un planeta en mitad del espacio, dando vueltas a toda velocidad?—, como promoverlo, apuntalarlo, permitirle recordar que, si hemos sido posibles, si lo estamos siendo, todo podría serlo, probablemente tenga que ver con que siempre fui consciente del truco, nunca, en realidad, pude creer, por más que los mismísismos Reyes Magos visitaran una noche mi casa.
Debía de tener cinco años, y era muy consciente —la torpeza de los adultos es enternecedora, descuidadamente cruel— de que los troncos no cagaban regalos —discúlpenme si no están al tanto, pero en Cataluña la ficción navideña retuerce el gesto hasta lo imposible— pese a que quería creer que lo hacían —no pude: los profesores, en el colegio, levantaban la manta que cubría el robusto leño con pipa y barretina con tanto ímpetu, que todo lo que había debajo, quedaba al descubierto—, y de que los Reyes Magos eran gente fatalmente disfrazada. Mis padres, preocupados, contrataron a unos chicos que se dedicaban a ir por el barrio entregando regalos la Noche de Reyes, vestidos de Gaspar, Melchor y Baltasar. No mejoró. Pero fingí que lo hacía. Me pareció divertido. ¿De veras estaba jugando el mundo a ser de mentira? ¿Todo el mundo, a la vez? ¿Por qué?
Intenten pensar por qué estos días les parece que el tiempo pasa de otra forma, que las luces brillan más, o que abandonan a una tristeza más honda, o se pierden en el deseo —también, y sobre todo, material— más desaforado. Hay un barniz. Lo que existe está siendo distorsionado, ritualmente. “It’s that time of year / When the world falls in love”, canta Frank Sinatra en el clásico The Christmas Waltz —”Es esa época del año, en la que el mundo se enamora”—, y ¿no dirían que está en lo cierto? Todo es excesivo —y cada vez más— en Navidad, y lo es porque, de alguna forma, puede serlo. Estamos perdiendo la cabeza porque no podemos no hacerlo. En un mundo tan cada vez más decididamente falto de ilusión —tan precaria, o secamente real—, que esa brecha exista, y siga abriéndose, año tras año, es un milagro.
Sí, la Navidad es cada vez más una versión enloquecida de sí misma. Pero lo es, porque el mundo también. No porque esté mal. Piénsenlo. No se trata de cuánto compramos, o comemos, sino de detenerse, por un momento, a contemplar algo que no existe, pero hemos creado entre todos. No importa cómo de despojado está hoy de significado, de hecho, cuánto más lo esté, mejor, su único sentido debe ser el de la irrealidad, porque de lo que se trata es de creer en cualquier cosa que nos aleje de la realidad durante un tiempo, y fingir que todo está siendo distinto, y tomar, por qué no, conciencia de nuestro poder para alterar el orden, cualquier orden. Dejemos que lo que hemos inventado nos proteja unos días, y no nos preguntemos por qué lo hace. Siempre vamos a necesitar creer que nada tiene por qué acabarse nunca.
[ARCHIVO DEL BLOG] Cosas que uno siente por Navidad. Publicado el 25/12/2015
Si hay algo que me pone de los nervios es la ignorancia pedante trufada de fanatismo. Reconozco que hay mucho gilipollas suelto (lo digo sin ánimo injurioso alguno, sino en el coloquial sentido que da al adjetivo la Real Academia Española) que piensa que los no creyentes en dioses trinos y unos somos seres arreligiosos, carentes de espiritualidad y personas de moral relajada, por no decir amorales absolutos... La verdad es que me da igual lo que piensen los susodichos, pero se equivocan.
Por citar un ejemplo de espiritualidad profunda entre los no creyentes, mencionaría a Simone Weil, la joven filósofa francesa, muerta en 1943 a los 34 años de edad. Quizá la pensadora europea que mejor ha sabido entender la esencia del cristianismo en el siglo XX; un cristianismo que no necesita la existencia de un Dios para convertirse en el centro de la existencia humana, y cuyas raíces se hunden en los mitos más antiguos de la humanidad y del pensamiento filosófico y teológico de la antigua Grecia. O si prefieren otro, quizá más accesible, el del también francés Albert Camus y su humanismo cristiano sin Dios.
A mi el mito cristiano de la Navidad me parece bellísimo, y lo sigo celebrando cada año con mi familia, con mis hijas y mis nietos, y perdónenme la irreverencia si alguien se siente ofendido, con mis gatos, que también son animalitos de Dios. Y todo ello, con independencia de que el mito no se sostenga en realidad alguna, y que tenga precedentes claros en otros mitos mucho más antiguos como los de Isis, en el antiguo Egipto, o el del dios Mitra (también nacido en una cueva, de madre virgen, un 25 de diciembre, y adorado por magos y pastores que le traen regalos un 6 de enero). Líquido, blanco y en botella... Vale: pues sí, leche.
Los mitos son una forma de pensar el mundo. Lo dijo el antropólogo francés, (¡vaya por Dios, hoy va todo de franceses!) Claude Lévi-Strauss en un erudito y bellísimo libro del que ya he hablado en ocasiones anteriores en el blog: Mitológicas. Lo crudo y lo cocido, mitos que construyen una explicación total del mundo en toda su riqueza, y en los que toda realidad -física, biológica y espiritual- está determinada por ellos y en ellos.
El escritor castellano-leonés Gustavo Martín Garzo publicaba hace unos años en El País por estas mismas fechas un entrañable artículo titulado El buey y los ángeles, rememorando las navidades de su infancia. Como a él, a mí también me resulta imposible desprenderme de esas figuras maltrechas por los años, los hijos, los nietos y los gatos, que configuran nuestro Belén en el mejor rincón de nuestro hogar; celebración anual de la Navidad, tan Navidad como la de los creyentes, y con la misma fe y esperanza en un mundo, aquí, ahora y en el futuro, mucho mejor que el que nosotros heredamos de nuestros padres. Y todo sin dejar de reconocer que no es más que un mito, pero un mito central, junto a la herencia cultural greco-latina, para poder comprender lo que es y significa Occidente y su forma de pensar.
Y no sé si fiel a una tradición que desconozco o simple fruto del azar, me encuentro de nuevo hace unos días, en el mismo periódico, otro hermoso artículo de Gustavo Martín Garzo titulado El papagayo verde, que habla de compasión, silencios, bondad con los desconocidos, y el peso del mundo y la realidad, quizá influido una vez más por los sentimientos a que nos hace proclives la Navidad. Lo hace tomando como excusa el proceso de redacción de la novela Un corazón simple, de Gustave Flaubert. Una novela corta, nos cuenta Martín Garzo, para escribir la cual Flaubert necesitó cinco meses intensivos de trabajo. "¿No le parece que nuestros amigos se preocupan poco de la Belleza. Y sin embargo es en el mundo lo único importante?", le cuenta Flaubert por carta a su amigo Turguéniev sobre sus dificultades para terminarla. Y es que, como bien dice Martín Garzo en su artículo citado "el arte no habla de lo que tenemos sino de lo que nos falta, ofreciéndonos una segunda vida".
Un corazón simple, nos cuenta Martín Garzo, habla de ese mundo de la pequeña burguesía rural que Flaubert conocía como la palma de su mano y que ya había retratado magistralmente en Madame Bovary. Su protagonista, sigue contándonos, es Félicité, una abnegada mujer que vive a la sombra de su señora, cuidando a sus hijos y ocupándose de las tareas de la casa. Flaubert se detiene con puntilloso realismo en los pormenores de esa vida insignificante y nos habla de sus pesares y pequeñas alegrías, y de los seres que van pasando por su vida: un novio poco delicado, los hijos de su ama, un sobrino, un anciano al que cuida en su enfermedad. Unos mueren, otros se van de su lado o sencillamente la olvidan, y Félicité se queda sola. Casi es una anciana cuando una familia de indianos se muda a la casa vecina. Ella vive pendiente de sus conversaciones animadas, de su afición a la música, de sus vestidos alegres. Tienen un loro, que se llama Loulou. Lo han traído de sus lejanas tierras y a Félicité le fascinan sus colores tan vivos, su voracidad, sus gritos desdeñosos, su mirada desafiante. Pero los indianos no se adaptan bien ni a los inviernos ni al rigor de las costumbres de la comarca, y deciden regresar a sus tierras. Y como el loro es un estorbo para ese viaje se lo regalan a Félicité. Su vida cambia desde entonces, ya que el loro se transforma en su única compañía. A tal punto se obsesiona con él que, cuando muere, Félicité manda disecarle y le construye en su propio cuarto un pequeño altar que se convierte en el centro más secreto de sus fantasías.
Y para colmar el vaso de las cosas que uno siente por Navidad, hoy mismo, una buena amiga a la que no veo hace muchos años pero con la que guardo una entrañable complicidad epistolar, me pregunta con íntimo desasosiego como es posible celebrar en paz con uno mismo estas fiestas entrañables cuando miles de seres humanos, refugiados de las crisis humanitarias que asolan Oriente Medio y África del Norte, caminan sin rumbo ni futuro por estas cristianas tierras de Europa, que les rechaza y les teme a la vez. "Es necesario algo más que buenos pensamientos por esta gente...", me dice al final de su carta. Y no sé qué contestarle, porque no tengo respuesta alguna. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. Y ¡Feliz Año Nuevo! HArendt
Del poema de cada día. Hoy, Nochebuena, de Amado Nervo
NOCHEBUENA
Pastores y pastoras,
abierto está el edén.
¿No oís voces sonoras?
Jesús nació en Belén.
La luz del cielo baja,
el Cristo nació ya,
y en un nido de paja
cual pajarillo está.
El niño está friolento.
¡Oh noble buey,
arropa con tu aliento
al Niño Rey!
Los cantos y los vuelos
invaden la extensión,
y están de fiesta cielos
y tierra… y corazón.
Resuenan voces puras
que cantan en tropel:
Hosanna en las alturas
al Justo de Israel!
¡Pastores, en bandada
venid, venid,
a ver la anunciada
Flor de David!…
Amado Nervo (1870-1919)
poeta mexicano









































