sábado, 7 de diciembre de 2024

Del poema de cada día. Hoy, Estamos tan intoxicados el uno del otro, de Anna Ajmátova (1889-1966)

 






ESTAMOS TAN INTOXICADOS EL UNO DEL OTRO


Estamos tan intoxicados uno del otro

Que de improviso podríamos naufragar,

Este paraíso incomparable

Podría convertirse en terrible afección.

Todo se ha aproximado al crimen

Dios nos ha de perdonar

A pesar de la paciencia infinita

Los caminos prohibidos se han cruzado.

Llevamos el paraíso como una cadena bendita

Miramos en él, como en un aljibe insondable,

Más profundo que los libros admirables

Que surgen de pronto y lo contienen todo.



Anna Ajmátova (1889-1966)

poetisa rusa










De las viñetas de humor de hoy sábado, 7 de diciembre de 2024

 
































viernes, 6 de diciembre de 2024

De la Constitución y los jueces. Especial 1 de hoy viernes, 6 de diciembre de2024, 46º aniversario de la Constitución española

 






La necesidad lo determina todo. ¿Quién no lo sabe? Y nos obliga a organizarnos y a fabricar el derecho: un conjunto de palabras, de enunciados y reglas que inventamos para poder defendernos y con-vivir. Así que no hay una sociedad sin derecho, aunque solo el Estado de derecho, la democracia, viene regulada y sometida a él.

¿Qué es, pues, la Constitución?, se pregunta en El País [¿Qué es una Constitución?, 06/12/2024] el catedrático de Derecho Constitucional, Antonio Rovira. Desde luego, no es un fin, como sostienen aquellos que no quieren tocarla, los que pretenden hacer presente el pasado, aquellos que ponen los ojos en blanco cuando hablan del “concepto” de “ley” o de “principios” y dicen no estar dispuestos a dejarse contaminar con historias, casos o subjetividades cuando irremediablemente lo están y lo saben.

La Constitución, ¿hay que recordarlo?, es un producto muy nuestro, incluso demasiado nuestro: imperfecto, caprichoso, interesado, que envejece como cualquier otra materia. Es como el agua o el oxígeno: una necesidad, una herramienta, un mecanismo esencial para organizar un Estado democrático. Pero no es un fin.

Para la Constitución, sin duda alguna, el único fin es la persona, cada persona. Todo lo demás son medios e instrumentos. En democracia, la persona es la medida de todas las cosas. Ni el Estado, ni el mercado: la persona y sus derechos, por encima de todo.

Dicho sin más rodeos, la Constitución es un contrato social, con un montón de palabras que nos dicen cómo se hacen las leyes, quién puede ejercer el poder político, en qué condiciones y cuáles son los límites, y todo con la finalidad de garantizar nuestros derechos. Y nos guste o no, como contrato, siempre se aplica de acuerdo con intereses y circunstancias. En una Constitución nada puede darse por sentado; sus palabras también son apariencia, aproximación, juego, y nunca son inofensivas.

No tenemos otra forma de hacer las cosas. Los enunciados de la Constitución no son nada hasta que se leen y aplican, porque, por muy enciclopédica que sea, la Constitución es muda y necesita que alguien hable por ella. Y ahí está el problema porque, cuando hablamos, cuando leemos, cuando la interpretamos y aplicamos, lo hacemos con nuestro cerebro y, por tanto, a partir de prejuicios, ideologías e intereses que fácilmente pueden hacer decir a la Constitución lo contrario de lo que esperamos que diga.

Lo estamos viendo. ¿Cómo íbamos a imaginar que las palabras fundamentales correrían tanto peligro? Solo hay que ver cómo se está vaciando la palabra “libertad” hasta convertirla en un engaño, en un fraude.

Para entendernos: el derecho a la libertad no cae del cielo; no es una ideología, ni una promesa eternamente diferida. Cuando la Constitución dice “libertad”, no se está refiriendo a la libertad formal sin efectos ni consecuencias, a la libertad de los sueños, ni a la libertad solo para aquellos que puedan comprarla, sino a la capacidad individual y real necesaria para poder elegir y equivocarse; a la autonomía personal necesaria para poder decir no, porque disponemos de los derechos humanos para disfrutarlos, pero también para defendernos y resistir. Ser libre es poder elegir. Mi libertad soy “yo”, y la democracia es mi castillo.

Y qué me decís del derecho a la “seguridad”, bajo el que se han logrado los mayores avances en libertades y que ahora se pretende utilizar para justificar un determinado orden público obsesionado con aplicar caprichosas restricciones a los derechos y a sus mecanismos de garantía, como las leyes ómnibus de la Comunidad de Madrid.

La seguridad del artículo 17 no se logra automáticamente cuando se aprueba una Constitución y se establece un determinado orden público con sus instituciones y procedimientos. ¡Qué fácil sería! Las dictaduras proporcionan siempre orden, pero también temor y mucha inseguridad. ¿Cómo podemos olvidarlo?

La Constitución solamente proporciona seguridad, en su sentido democrático, cuando logra la realización de las exigencias humanas de libertad, justicia y solidaridad. Hay seguridad cuando vivimos con el convencimiento de que nuestros derechos están protegidos y son efectivos frente a los demás, y sobre todo, frente a los más fuertes.

Y, claro, ahora que regresa el runrún autoritario y espiritual, ahora que estamos a punto de tirar la toalla y regresar al tiempo de las banderas y los magos, si no fabricamos resistencias y desvelamos intenciones, estamos perdidos, y ya vamos un poco contracorriente.

Entonces, ¿quién manda? Sin duda, aquellos que dan voz a las palabras de la Constitución, aquellos que disponen de los medios para dominarlas. Eso es todo, porque una misma palabra cambia de sentido de acuerdo con la fuerza que se apodera de ella. Por eso los problemas constitucionales, en buena medida, son problemas de poder.

Pues bien, en democracia, los encargados de esta tarea son los jueces y magistrados y la lección es clara: la mente lo determina todo. Las sentencias también están hechas con el cuerpo y la memoria. ¿Cómo podrían hacerse, si no?

Claro que los jueces no pueden ser esclavos de sus sentimientos, opiniones y preferencias, pero, precisamente por eso, deben tenerlas muy en cuenta. Claro que están sometidos, por fuerza, al imperio de la ley; que no pueden inventar o imaginar el derecho. Pero, desde luego, no tienen más remedio que decirlo, que elegir entre alguna de las posibilidades que les ofrecen las palabras jurídicas: unas palabras oscuras, sin dueño y cargadas de intenciones.

Así que, ¿hemos hecho bien dejando tanto poder en manos de los jueces y magistrados? En una democracia como es debido no hay otra opción, porque el trabajo de los jueces cobra un nuevo sentido y alcance cuando la Constitución los convierte en la garantía última para la efectividad de nuestros derechos más fundamentales.

Cada juez posee así la independencia y la capacidad para medir y orientar sus actuaciones, y a esta capacidad se le llama poder, con sus efectos y consecuencias. Pero un poder cuya contrapartida es la responsabilidad del juez, ante él y ante todos, responsabilidad que es la capacidad democrática por excelencia.

Y ¡ojo!, porque en esta cuestión algo cojea. Sin duda, es necesario corregir, con todas las garantías —eso sí—, esta imagen popular, y no por ello totalmente falsa, de lo extremadamente difícil que resulta exigir responsabilidades a los jueces autores de errores judiciales, sentencias deliberadamente injustas, actuaciones arbitrarias, o incluso dejadez o falta de preparación.

Lo que quiero decir es que los jueces son independientes frente a todos, pero también deben esforzarse por serlo frente a sí mismos, porque la máscara de juez imprime un plus de fuerza que fácilmente puede convertirse en una sensación de ebriedad y arrogancia que lo aísla y confunde, incluso hasta perder el reloj.

¿Qué podemos hacer? La discusión no debe centrarse entonces en limitar el poder del juez o, lo que es peor, negarlo, sino en mejorar, por ejemplo, los arcaicos sistemas de selección y formación, porque la imparcialidad y la neutralidad también se aprenden.

Así que estamos en apuros. El marco jurídico está crujiendo y la sensación de desamparo reaparece. Necesitamos urgentemente recuperar la auctoritas, la confianza social en el trabajo de los jueces y magistrados. Porque nuestra querida Constitución, según quien se apodere de sus palabras, puede ponerse al servicio de un régimen autoritario, o de un mandarinato y nuestros derechos transformarse en humo.

¿Quién nos lo iba a decir? El fin de nuestra era está a la vista, y el sistema democrático en aprietos (Trump, Netanyahu…). Mirad cómo las piedras de sus pilares empiezan a caer a nuestros pies. Y mucho cuidado con la que puede aplastar nuestras cabezas.










De las entradas del blog de hoy viernes, 6 de diciembre de 2024, y 46º aniversario de la Constitución

 







Hola, buenos días a todos y feliz viernes, 6 de diciembre de 2024, y 46º aniversario de la Constitución española. Recordaba el otro día, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, una película que no me gusta especialmente y que creo que, en parte, junto con otras parecidas, ha favorecido la actual inconsciencia ciudadana por los derechos fundamentales y el gusto por los gobiernos autoritarios, particularmente en EE UU, pero no solamente allí. En la segunda, un archivo del blog de marzo de 2016, su autor hablaba sobre que desde el comienzo de la andadura del blog, iba ya para diez años, había tenido claro lo que pretendía con él: trasladar a los lectores del mismo el pensamiento y la palabra escrita de otros, de los que tienen algo que decir y que enseñarnos, y que mi aportación a lo sumo iba a ser la de glosar, reseñar, comentar o criticar, con mayor o peor fortuna, lo dicho por ellos. La tercera es hoy un poema de Dámaso Alonso que comienza con estos versos: Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres/(según las últimas estadísticas)./A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este/nicho en el que hace 45 años que me pudro. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt


















De las ovejas negras del sistema

 







Recordaba el otro día una película que no me gusta especialmente y que creo que, en parte, junto con otras parecidas, ha favorecido la actual inconsciencia ciudadana por los derechos fundamentales y el gusto por los gobiernos autoritarios, particularmente en EE UU, pero no solamente, escribe en  El País [Oveja negra con ínfulas, 29/11/2024], el jurista Jordi Nieva-Fenoll. Se trata de Magnum Force, de 1973, conocida como Harry el fuerte en España, en una de esas traducciones disparatadas que se hicieron varias veces. La película relata cómo un teniente ha llegado a la conclusión de que el sistema no sirve, pues deja libres a demasiados delincuentes, lo que hace que decida crear una especie de grupo de matones de élite con policías de su confianza, que van ejecutando a quien consideran “malo”. El subordinado del teniente, el inspector Harry Callahan —Clint Eastwood— no es mejor que ellos, pues mata a cualquiera a quien ve cometiendo un delito flagrante y le apunta con un arma, Son estos los dos únicos requisitos para la ejecución. Pese a ello, Callahan ve negativo el grupo del teniente, lo que lleva a este último a intentar eliminarlo, primero físicamente; al no conseguirlo, utiliza el sistema, manipulando las pruebas para que lo echen del cuerpo policial y lo metan en la cárcel. Al final, dice el teniente, todos creerán antes su palabra que la de Callahan.

No resultan tan infrecuentes las persecuciones de este estilo. Se busca como víctima a alguien a quien se considera molesto por cualquier razón, y se aprovecha cualquier fallo que pueda cometer en su trabajo para sobredimensionar ese error, a fin de aparentar que existe un delito. El objetivo final, obviamente, es que pierda su trabajo. No es tan difícil, ya que todos cometemos errores, y basta que el caso caiga en las manos de un mal policía, de un mal fiscal, de un mal juez, o de todos a la vez, para que le hagan a la víctima un “traje a medida”. Esa es la forma de convertir un error burocrático en la justificación de un gasto, por pequeño que resulte, en un delito de apropiación indebida, malversación de caudales públicos, o lo que sea. Es la manera de que una simple disputa verbal algo subida de tono pueda pasar a ser una inexistente agresión física de la que la presunta víctima —falsa por supuesto— pudo escapar milagrosamente. Es el modo en que un encuentro íntimo, incluso superficial y completamente consentido, se transforme en una agresión sexual que nunca existió. Y así hasta el infinito. Basta con que alguno de los citados —policía, fiscal o juez— decida creer —o aparentar creer— al falso denunciante y manipule los indicios para conseguir el resultado final. En realidad, ni siquiera es difícil.

¿Cómo es posible que eso suceda? Porque, aunque lo que voy a decir no se tenga casi nunca en cuenta, el proceso judicial, en cuanto a la valoración de las pruebas, está sometido a una tremenda incertidumbre que hace depender esa valoración, al final, de la intuición de cada juez. Se le puede llamar a esa intuición “experiencia” si se quiere, pero lo mismo es: una orientación personal basada en las vivencias de cada uno y que ni siquiera resulta fácil explicar cómo funciona. Esa orientación basta con que sea motivada en la sentencia de una manera aparentemente racional, lo que tampoco es complicado. Al final, lo que jamás existió, existirá, y el falso acusado acabará condenado. Ha pasado muchísimas veces en la historia. Piensen en Dreyfus y Émile Zola, o en los muchos que tras la guerra civil española fueron acusados de rebelión militar por los auténticos rebeldes. Piensen en Dolores Vázquez. Y, sobre todo, no crean jamás que algo así no puede estar ocurriendo ahora mismo, o que no les puede suceder a ustedes.

Por si fuera poco, el sistema no posee demasiadas garantías para combatir lo anterior. Una de las principales es la que impide que una investigación iniciada como es debido, sólo por un delito concreto, pueda utilizarse dolosamente para hacer una investigación prospectiva de otros delitos supuestos que se desconocen en el momento de iniciarse las investigaciones. Es decir, no hay realmente nada contra una persona, pero algún policía, fiscal o juez, de mala fe, puede aprovechar un mínimo error —o algo que lo pueda parecer— que haya cometido esa persona para abrir una investigación abusiva contra él, a ver qué encuentra. Y seguro que algo sale. Siempre se podrá decir a posteriori que ha sido un “hallazgo casual” que permite legalmente seguir adelante con la investigación. Desde luego, nada de casual tiene el hallazgo, que hasta puede que haya sido manipulado y sea, por tanto, falso, aunque si la manipulación está bien hecha quizá no se descubra jamás. Por supuesto, algo así supone hacer de jueces, fiscales y policías puros inquisidores de la peor época, lo que transforma la democracia en dictadura. Es una lástima que haya tan pocos ciudadanos conscientes de eso. Deberían salir a manifestarse en masa cuando ocurre o ha ocurrido algo así, sea cual fuere el caso. Es de una gravedad inmensa que personas con esas malas artes trabajen nada menos que en el servicio de justicia, que es el único poder del Estado expresamente construido para poseer una independencia y neutralidad intachables.

Y es que al final, no lo duden, la única garantía real del sistema —no se sorprendan— es confiar en la honradez de policías, jueces y fiscales. Como consecuencia del blindaje legal —o sólo fáctico— que poseen para garantizar precisamente que puedan ejercer la neutralidad en su trabajo, los mecanismos para someterles a imputación por corrupción son complicadísimos y llegan pocas veces, o no llegan jamás. Por eso, al descubrirse uno de esos casos y no haber dudas sobre el hecho delictivo, es preciso que la ciudadanía lo perciba, de una vez, como algo de la máxima importancia. Mucho más que otras causas tal vez más vistosas que, con cierta ingenuidad, llevan a las gentes a las calles, habitualmente para nada.

En otros países, los jueces son responsables, no ante los mismos jueces, sino ante el Parlamento, que históricamente hizo de tribunal en varias ocasiones. No digo que haya que llegar tan lejos, pero cuando un oficio sólo es responsable ante los de su mismo gremio, o incluso ante sus compañeros más próximos, puede favorecerse no sólo un corporativismo impropio, sino también una persecución dolosa a cargo de los colegas más cercanos que le tuvieran ganas. Además, existe el riesgo de que aparezca en algunos de ellos una indebida sensación de impunidad que, si bien por fortuna, en la enorme mayoría de los casos no lleva a cometer delitos, puede favorecer que surja alguna oveja negra, es decir, algún listillo con ínfulas que se divierta riéndose del sistema. Y esa oveja negra, por más simpática o popular que pueda ser o parecer, le hace un daño a la democracia que pocos son capaces de imaginar.










[ARCHIVO DEL BLOG] Glosa, comentario, reseña, crítica. ¿Términos sinónimos? Publicado el 14/03/2016











Desde que comenzó la andadura de este blog, va ya para diez años, he tenido claro lo que pretendía con él: trasladar al posible lector del mismo el pensamiento y la palabra escrita de otros, de los que tienen algo que decir y que enseñarnos, y que mi aportación a lo sumo iba a ser la de glosar, reseñar, comentar o criticar, con mayor o peor fortuna, lo dicho por ellos. 
En realidad nunca he tenido muy claro cual era la diferencia real de matices, (aunque reconozco que son los matices quienes marcan las diferencias), entre unos términos y otros. Hasta ahora... Porque gracias a un hermoso artículo en Revista de Libros de José Antonio de Ory, escritor, diplomático de carrera y profesor, he percibido por fin, o al menos eso creo yo, la diferencia conceptual entre ellos. 
Dice de Ory en el artículo citado, "¿Crítica? ¿Qué crítica?", que le gustan las polémicas culturales, las literarias sobre todo, porque suelen venir mejor escritas de casa que las otras, y porque no son frecuentes en España. Y todo ello, a cuenta de una crítica realizada por un conocido crítico literario a un libro de poemas, que provocó una abrumadora avalancha de comentarios online a favor y en contra del crítico. La pueden leer en este internet si lo desean, pero no insisto en ella porque no es sino la excusa que me ha dado pie para este entrada: la diferencia entre comentario, reseña y crítica, y por supuesto, el significado de lo que es y representa la crítica literaria y de la función que cumple.
José Antonio de Ory deja explícita la falta de tradición española de verdadera crítica literaria, aquélla donde el crítico entra en profundidad en lo que reseña, dice lo que le gusta o no le gusta y explica por qué. En nuestra tradición, dice, confundimos crítica con reseña o recensión. Puede contener muchos aspectos una reseña, enfocarse desde muchos puntos de vista: resumir lo leído, relacionar la obra con la trayectoria de su autor, situarla en la historia de la literatura y buscar intertextualidades, poner su contenido en contexto histórico, analizar el estilo (hay reseñistas a los que les gusta revelar erratas y faltas de sintaxis u ortografía, quizá para demostrar –supuestamente– que han leído el libro). Lo que no es poco, desde luego, y es aportación fundamental para que se mueva la maquinaria literaria: cómo saber si no qué se publica, cómo estar enterado de las novedades. Hay muy buenos críticos en nuestros suplementos culturales que hacen muy bien todo eso, añade, pero hay dos elementos fundamentales en el salto de la reseña a la verdadera crítica. Por una parte, la profundidad del análisis y la voluntad del autor de emitir un juicio de valor sobre esa combinación de contenido y factura que componen la novela, el poemario, el ensayo: la obra de creación, en definitiva, de que se ocupa. Voluntad que supone, desde luego, la disposición a decir lo que no ha gustado, señalar lo negativo, denostar si hace falta, y hasta "cargarse" o "destrozar" un libro.
Es esa la crítica que no ha florecido de manera suficiente en nuestros suplementos culturales, sigue diciendo, y en los diarios, ni hablemos. Pero con esto no basta, añade. La crítica verdadera no lo es sólo por su contenido, la capacidad de análisis, el buen criterio (el juicio crítico) y la disposición a verter comentarios negativos si hace falta, sino también por quién la hace. Tan importante es el quién como el qué. Ese juicio de valor es personal, implica por completo al crítico, que basa el peso y la relevancia de su opinión en su prestigio y construye éste, a su vez, sobre su honestidad y coherencia de criterio. La reseña crítica, para ser válida, ética y útil debe tener como elementos clave la coherencia, la continuidad y la independencia del crítico.
Recensiones y reseñas pueden encargarse, continúa diciendo. No digo que al primero que pase por ahí, pero casi. Revistas y suplementos hechos a partir de reseñas hay muchos; mejores y peores, pero muchos. No es difícil hacerlas, y ya digo que hay muchas maneras de enfocarlas y de salir, por tanto, airoso. Ahora bien, añade, si la publicación puede encargar la lectura y reseña de un libro (una exposición, una obra dramática, un concierto...) a un crítico o a otro, o aceptar la que venga de un espontáneo mejor o peor intencionado, la parcialidad se vuelve cuestionable, podrá cuestionarse si la elección se ha hecho bien o no se habrá encargado a alguien demasiado cercano al autor, o, por el contrario, con particular animadversión, a alguien que le debe algo o que se la tiene jurada, a un poeta cómplice o de la corriente opuesta. 
La crítica, por benévola o dura que sea, es éticamente válida y defendible cuando el crítico es alguien con prestigio reconocido en su materia y suficiente conocimiento de lo que habla; mantiene una permanencia constante en su puesto, o al menos en su línea de trabajo; es él mismo quien escoge qué reseña y con qué criterio enfoca su análisis; y tiene voluntad canónica, es decir, de cubrir la mayor parte posible de lo que sucede en su "circunscripción". 
Mario Vargas Llosa o Antonio Muñoz Molina, dice, publican con frecuencia excelentes artículos sobre libros que han leído. Son buenos lectores, sobra decirlo, y con gran criterio, por lo que sus artículos son notables, y sus recomendaciones, útiles y acertadas. Pero no es crítica lo que hacen, ni mucho menos, porque no hay esa continuidad y esa voluntad de abarcar.
La coherencia y continuidad de una línea crítica y la independencia en la selección actúan como un cuchillo de dos filos: por una parte, imponen respeto hacia lo escrito y evitan suspicacias. La crítica comparte la naturaleza del ensayo, añade. El ensayo no dice "Esto es así"; dice "Yo esto lo veo así". Puede estarse por ello en desacuerdo, pero no cabe, en puridad, hablar de equivocación. Lo mismo pasa con la crítica. El crítico dice "Esto es lo que a mí me ha parecido", y su opinión importa en tanto que es la suya. Por eso la lectura de una crítica nos dice a menudo tanto del crítico como del reseñado. 
Independencia de juicio, permanencia, seriedad y coherencia de criterio, capacidad de elegir y voluntad canónica hacen, en definitiva, la verdadera crítica, concluye diciendo. 
En todo caso, y volviendo al comienzo de la entrada, reiterarles mi convencimiento de que lo verdaderamente interesante de este blog no es lo que en él escribe su autor sino lo que escriben aquellos a los que él remite. Espero que la hayan disfrutado. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













Del poema de cada día. Hoy, Insomnio, de Dámaso Alonso (1898-1990)

 








INSOMNIO



Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres

(según las últimas estadísticas).


A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este

nicho en el que hace 45 años que me pudro,

y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los

perros, o fluir blandamente la luz de la luna.


Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como

un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre

caliente de una gran vaca amarilla.


Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por

qué se pudre lentamente mi alma,

por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta

ciudad de Madrid,

por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.


Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,

las tristes azucenas letales de tus noches?



Dámaso Alonso (1898/1990)

Poeta español










De las viñetas de humor de hoy jueves, 6 de diciembre de 2024

 


























jueves, 5 de diciembre de 2024

De las entradas del blog de hoy jueves, 5 de diciembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 5 de diciembre de 2024. Es una forma de ser, esa que consiste en alabarse a uno mismo mientras desprecias a los demás, se dice en la primera de las entradas de hoy, y el magistrado supo combinar ambas facultades con destreza, porque al cabo, él ya no podrá aprender nada de nadie y eso es hasta un mérito. La segunda es un archivo del blog de julio de 2015 en la que se comentaba que no hacia falta haber leído a Heráclito (535-484 a.C.) para darse cuenta de que todo fluye, que nunca podemos bañarnos dos veces en el mismo río, y que todo lo existente está en un proceso de cambio incesante de nacimiento y destrucción al que nada escapa, incluso las constituciones. La tercera de hoy es un poema de Pablo Neruda que comienzas con estos versos: Rodando a goterones solos,/a gotas como dientes,/a espesos goterones de mermelada y sangre,/rodando a goterones,/cae el agua. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt









De la dignidad de las personas

 







Leo aún el periódico en papel. Quizá por costumbre. Quizá porque así se puede tocar con los dedos el vértice de un mundo que se desvanece y al que le hacían falta rotativas y páginas para que lo entendiéramos mejor, o lo entendiéramos algo. Lo mío no es nostalgia: supongo que es resistencia, afirma en El País [La dignidad en una caja de supermercado, 27/11/2024] el escritor José Luis Sastre..

La lectura la empiezo por las Cartas a la Directora, porque conectan con una vida que va más allá de las noticias. Ayer, por ejemplo, Carmen María Carreras escribió en este periódico una carta sobre las urgencias y ansiedades que conlleva vivir en esta época. Que si la agenda social y el gimnasio y lo de pagar una casa y las salidas culturales y las clases de yoga y los viajes y tener pareja y, “arriba de la pirámide, la obligación de ser felices ante tanta desigualdad”. El estrés, en fin. Carmen María tituló su carta “A esto lo llaman vivir”.

Luego de unas páginas, el periódico informaba de que un juez de la Audiencia Nacional, Eloy Velasco, se había sincerado en una de esas conferencias en las que los ponentes se sueltan si sospechan que aquello que digan no va a salir de allí. El juez venía a reprochar a Irene Montero que, cuando fue ministra, incidiera tanto en el consentimiento.

Velasco dijo: “De repente, se creyeron que estaban enseñándonos el mundo. Nos intentaron explicar qué es consentir... A un jurista, que llevamos desde el derecho romano sabiendo qué es el consentimiento (...) Y mil cosas más que nunca aprenderá Irene Montero desde su cajero de Mercadona ni nos podrá dar clases a los demás”. Es una forma de ser, esa que consiste en alabarse a uno mismo mientras desprecias a los demás, y el magistrado supo combinar ambas facultades con destreza. Al cabo, él ya no podrá aprender nada de nadie y eso es hasta un mérito, porque ni todos los profesores y jueces y cajeros del mundo juntos hubieran enseñado a Eloy Velasco a hacer unas declaraciones más clasistas que esas.

Al pasar la página, en ese mismo periódico aparecía la fotografía que Jaime Villanueva fue a tomar en un garaje de Paiporta, en la que dos voluntarios vestidos de blanco, con sus frontales y sus escobas, sacaban el barro con sus manos. No se sabe cuáles son sus oficios, ni falta que hace: puede incluso que sean magistrados de la Audiencia Nacional, pero, en ese trance, la lección de dignidad la estaban dando desde el lodo. Lo mismo que la darán todos esos oficios que sólo se ensalzan en las catástrofes y en las pandemias: los camioneros, los reponedores, los fontaneros o electricistas por cuyas manos pasa nuestra normalidad. Eso que llaman vivir.

Hay más lecciones en aquellos que no pretenden darlas que en aquellos que las desprecian. Se llama clasismo, y les impide percatarse desde las tribunas de la dignidad qué hay en la caja de un supermercado.