El blog de HArendt (2006-2026) Pensar para comprender, comprender para actuar
domingo, 21 de junio de 2026
SALUTATIONES IN LINGUA COMMUNI DILECTAE NOSTRAE EUROPAE, LATINA, HODIE, DIE DOMINICA, XXI IUNII, ANNO MMXXVI
Salvete, bonum mane omnes, et felicem diem Dominicum. Ecce marathon iocosarum imaginum ex omni die Dominico et Recensio Diurnariorum Dominicalis, quae hodie decem articulos perquam interessantes exhibet, quos spero vos fructuros. De lingua Latina, vos certiores facio eam non esse linguam mortuam, sed potius codicem geneticum Europae. Ita, eam ut linguam francam adoptando, Unio Europaea vocem neutralem, communem et profundam, quae fines transcendit, recuperare posset, hereditatem nostram classicam cum futuro identitatis communis sine hegemonia linguistica coniungens, cum Latina esset symbolum unitatis nostrae. Videbimus vos proxima die Dominico, si Fortuna permittit. Tamaragua, amici mei. Oscula. Amo vos. Et hodie, hora octava et vicesima quarta ante meridiem (hora Insularum Canariarum), aestas rite coepit. Qui possunt, ea fruantur... HArendt
ENTRADA NÚM. 10846
sábado, 20 de junio de 2026
GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, OSTEGUNA, 2026KO EKAINAK 18, EUSKARAZ
Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi larunbat gau honetan, 2026ko ekainaren 20-21ean. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskerrik asko bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisita gustatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Moirai onberak zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. HArendt
DE LA TARDE QUE CAE. LA PAZ CON IRÁN SE JUEGA EN LIBANO, POR SHLOMO BEN AMI. 20 DE JUNIO DE 2026
El alto el fuego anunciado entre Estados Unidos e Irán refleja hasta qué punto Donald Trump está desesperado por escapar del atolladero que él mismo creó. Ya nada queda de la confusa serie de objetivos que proclamó en los primeros días de la guerra. Al parecer, lo único que Estados Unidos ha conseguido en el nuevo acuerdo es la promesa de reabrir el estrecho de Ormuz (que estaba abierto antes de la guerra) y planes para nuevas negociaciones sobre el programa nuclear iraní (que ya estaban en discusión). Pero incluso estos objetivos disminuidos pueden resultar inalcanzables si Israel sigue combatiendo a Hezbolá en el Líbano.
Trump ya está harto del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Fue este quien en 2018 le aconsejó abandonar el acuerdo nuclear que el entonces presidente, Barack Obama, había alcanzado con Irán tres años antes (lo que dejó a Trump en la obligación de obtener un tratado mejor).
Netanyahu también convenció a Trump de iniciar esta guerra, pintándole un panorama excitante en el que las dos fuerzas aéreas más poderosas del mundo podrían destruir en un santiamén las instalaciones militares y nucleares de la República Islámica y derrocar a un régimen que hacía mucho tiempo era un incordio para los dos países. Ahora Netanyahu es el último obstáculo para un acuerdo que permita a Trump dejar atrás la pesadilla resultante.
En realidad, Trump y Netanyahu nunca coincidieron. Aunque a Trump le gustaba la idea de una “rendición incondicional” de Irán, no tenía interés en un conflicto militar prolongado. Puesto en la obligación de escoger, le hubiera bastado un acuerdo nuclear que pudiera presentar como una mejora respecto del de Obama.
Pero para Israel, eliminar la amenaza de los misiles balísticos de Irán y su apoyo a las milicias en Irak, el Líbano, Palestina y Yemen siempre ha sido un objetivo innegociable. El problema es que Irán no está dispuesto a ceder en esos temas. A diferencia de las armas nucleares, para Irán los misiles balísticos y las milicias aliadas son necesidades existenciales.
Una cuestión particularmente espinosa es el Líbano, donde Israel está tratando de diezmar a la milicia de Hezbolá apoyada por Irán. Como el norte de Israel lleva tres años viviendo bajo fuego de Hezbolá, Israel prometió quedarse en el sur del Líbano todo el tiempo que sea necesario para eliminar la amenaza, sin importar lo que diga Estados Unidos. En un abierto desafío a Trump, el domingo Israel lanzó un ataque aéreo contra Beirut, justo cuando Estados Unidos e Irán estaban ultimando el alto el fuego.
Es posible que el ataque haya torpedeado el acuerdo. Como dejó claro el Ministerio de Exteriores iraní, el fin de las hostilidades israelíes en el Líbano es condición para “cualquier alto el fuego y cualquier acuerdo definitivo”. Además, si Israel sigue atacando el Líbano, Irán seguirá tomando represalias. Hace poco, el jefe de la Fuerza Quds (brazo de operaciones en el extranjero e inteligencia militar de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán), declaró: “Apoyar a la resistencia en el Líbano es nuestro deber colectivo, y expulsar a Israel de la región es un objetivo alcanzable para los musulmanes”.
Pero las bravatas de Irán no disuadirán a Netanyahu. Sabe que aunque la victoria estratégica obtenida frente a dos potencias militares mundiales deja al régimen sintiéndose invencible, su capacidad para defender el territorio iraní es limitada. Una nueva ofensiva de la fuerza aérea israelí (tal vez contra infraestructuras civiles) debilitaría la posición de la República Islámica.
Sin embargo, puede haber un problema para Israel: Trump. El atasco en Irán hundió sus índices de popularidad, desvió la atención de sus exhibiciones megalomaníacas (incluida la celebración de su 80º cumpleaños) y le impidió proclamar la “victoria” rápida que ansía en Cuba. Y para salir del atasco, está dispuesto a sacrificar intereses fundamentales de Israel. Como señaló hace poco el vicepresidente J. D. Vance, Estados Unidos e Israel “tienen muchos intereses compartidos”, pero “también hay algunas situaciones en las que nuestros intereses divergen“. Para Vance, el “objetivo principal” es “garantizar que Irán no consiga armas nucleares”.
Según esta lógica, la administración Trump podría afirmar que su negociador en jefe ha vuelto a triunfar, pero sólo en la medida en que Israel coopere. Trump está tan desesperado por librarse de Israel que ha comenzado a insultar a Netanyahu como un desaforado. Se dice que en una llamada reciente le gritó: “Estás totalmente loco. Si no fuera por mí, estarías en la cárcel”. A estas alturas, Trump parece mostrar más respeto por los oficiales de la Guardia Revolucionaria iraní que por Netanyahu.
Quizá no haya mejor señal del deterioro de la alianza entre Estados Unidos e Israel que la insistencia de Trump en que las decisiones las toma él, y que lo único que puede hacer Netanyahu es someterse, aunque eso implique aceptar un acuerdo que no respalde los intereses de seguridad de Israel. Una relación entre dos democracias de pioneros inmigrantes se ha convertido en una conspiración entre líderes deshonestos, donde el “señor” reprende al “vasallo” por no guardar su lugar.
Pase lo que pase ahora, Trump y Netanyahu no se librarán del juicio de la historia. Su guerra de engaños en Irán fue la mayor derrota estratégica que hayan padecido dos superpotencias militares a manos de un régimen agonizante y en bancarrota. Irán sale de la guerra más fuerte que nunca, convertido en amo de la geopolítica de Oriente Próximo. Y el nuevo alto el fuego sólo amplía su inesperada ganancia estratégica: ahora el presidente estadounidense está actuando como protector del Líbano y, por extensión, como representante de Irán en el país. Shlomo Ben-Ami fue ministro israelí de Asuntos Exteriores y es autor de Profetas sin honor: La lucha por la paz en Palestina y el fin de la solución de dos estados (RBA). El País, 18 de junio de 2026.
DEL CAFÉ DE SOBREMESA. DE HIDEPUTAS Y BELLACOS, POR SERGIO RAMÍREZ. 20 DE JUNIO DE 2026
Según resuena aún en los mentideros de la historia, el presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt habría dicho del viejo dictador marrullero de Nicaragua Anastasio Somoza García que bien podría ser cierto que este era “a son of a bitch, but he’s our son of a bitch”.
La frase admite distintas traducciones, la más convencional y comedida de las cuales sería “puede que sea un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”; en cambio, la más exacta, en correspondencia a su significación e intención, sería “es un hijo de la gran puta, pero es nuestro hijo de la gran puta”; o un hideputa bellaco, como diría Sancho en castellano de puros quilates. En el idioma callejero de Nicaragua, tan teñido de términos en inglés heredados de dos ocupaciones militares en el siglo XX, esa traducción, fonética y pendenciera, sería “es un sanamambiche, pero es nuestro sanamambiche”; muy de mi infancia, pero a la vez muy actual ahora que América Latina se puebla de obsequiosos sanamambiches.
Que el viejo Somoza fuera un verdadero sanamambiche nadie lo pone en duda. Lo que sí está en duda es si la famosa frase fue pronunciada de verdad por Roosevelt. El historiador Michael Wood, por ejemplo, concluye: “No sabemos quién la dijo, a quién iba dirigida, o dónde se origina”.
Pero ese tipo de frases, aunque nunca hayan sido dichas, encarnan toda una filosofía geopolítica: mientras sean nuestros, no importa que sean unos hijosdeputa, pues los podemos dejar a cargo de nuestros protectorados, como administradores provisionales de largo plazo para que cuiden del petróleo, del oro, de los minerales raros, y, de paso, mantienen a raya a los emigrantes, criminales por naturaleza. Y en esta visión imperial de la historia, que nunca olvida el traspatio, el pretendido color ideológico del bellaco de marras, pasa a sobrar.
Hay quienes niegan que Roosevelt se refiriera a Somoza con lo de hideputa, aunque es obvio que le guardaba estima, pues lo recibió en Washington en visita de Estado en 1939, con los mismos honores que al mes siguiente dispensó al rey Jorge de Inglaterra y a su consorte, incluida una parada militar por Constitution Avenue y un suntuoso banquete oficial; aunque también se afirma que aquella parafernalia no fue sino un ensayo general para no errar en el protocolo dispensado a sus altezas reales, vaya para lo que sirven los dictadores sumisos.
Hay otros candidatos a destinatarios de la frase, si es que existió, el primero de ellos el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Pero según se lee en el libro Gracias a Dios están de nuestro lado. Estados Unidos y las dictaduras de derecha, del historiador David Schmitz, quien ha expurgado miles de páginas de documentos en los archivos de la Biblioteca Presidencial Franklin D. Roosevelt, la frase sólo aparece en una referencia de pasada sobre Trujillo en la edición del 15 de noviembre de 1948 de la revista Time; y es mencionada posteriormente, el 17 de marzo de 1960, en un programa trasmitido por CBS Reports llamado Trujillo: retrato de un dictador. Nada más.
Tampoco es citada por ninguno de los numerosos biógrafos de Roosevelt. Y más borroso aún el panorama porque hay quienes la atribuyen más bien a su secretario de Estado Cordel Hull, “porque esta es la clase de cosas que él hubiera sido capaz de decir”, pero tampoco hay fuentes que lo testifiquen.
Y cuando las baterías apuntan al viejo Somoza, bellaco entre bellacos, la verdad es que sólo lo hacen de manera fugaz; supuestamente, y tampoco hay evidencia alguna, Roosevelt la habría dicho en 1939, en respuesta a una pregunta de alguien acerca del porqué invitaba a aquel dictadorzuelo tropical a la visita de Estado a Washington, para la cual se vistió de frac y bombín e hizo disparar los consabidos 21 cañonazos.
Un buen ejemplo de la política del buen vecino esa visita, otro de los cuales sería la amistad profunda y sincera desarrollada entre el Pato Donald, Pepe Carioca y Pancho Pistolas en la película de dibujos animados de 1944 de Walt Disney.
Luego la frase ha sido aplicada a otros dictadores y puesta en boca de otros presidentes de Estados Unidos; así, se dice que Eisenhower se refirió de esta manera al generalísimo Francisco Franco, caudillo de todas las Españas, cuando este aceptó establecer las bases militares en territorio nacional conforme los Pactos de Madrid de 1953. Pudo haber sido. Las leyendas toman cuerpo propio y se van encarnando en otros personajes, que hoy, en tiempos restauradores, se vuelven legión.
Pero, lo mejor de todo, es que Andrew Crawley, en su libro Somoza y Roosevelt: la política del buen vecino en Nicaragua, 1933-1945, asegura que Somoza era tan hideputa, que él mismo inventó la frase y se la atribuyó a Roosevelt para demostrar que, fuera lo que fuera, contaba con el respaldo de Estados Unidos. En animada competencia similar nos hallamos ahora. Sergio Ramírez es escritor y académico de la Real Academia Española. El País, 15 de junio de 2026.
DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA VOLUNTAD DEL PUEBLO, POR JOHN CARLIN. PUBLICADO EL 26 DE JUNIO DE 2017
La consigna ganadora en el referéndum sobre el Brexit fue “recuperar el control”. Hoy, recién celebrado el primer aniversario del voto a favor de la salida de la Unión Europea, la gran democracia británica navega sin rumbo y nadie está al control de nada. Situación excelente: de repente, y por primera vez desde la borrachera del 23 de junio de 2016, hay motivos para pensar que se acabará imponiendo la sobriedad, de que Reino Unido recuperará la razón, recapacitará y el divorcio de los otros 27 países de la Unión Europea no se consumará.
Al hacer esta afirmación estoy atento a la posibilidad de haber sucumbido a lo que en inglés llaman el “wishful thinking”, frase hecha que retrata uno de los errores más frecuentes en los que caen los gobernantes, los políticos y la gente en general: convencerse de que el mundo es como uno quiere que sea y que las cosas saldrán como uno desea que salgan. Hecha la advertencia sanitaria, me hago eco de lo que escribió un columnista de The New York Times que comparte mi repudio al Brexit: ya no es wishful thinking proponer que el arrepentimiento general del electorado inglés podría conducir a un segundo referéndum.
¿Qué ha cambiado para permitirme decir algo que no me hubiera atrevido casi a pensar hace apenas dos semanas? Muchas cosas, empezando por el inesperado contratiempo electoral del partido gobernante conservador, pero lo más palpable es el cambio en la atmósfera que rodea al Brexit, tanto dentro como fuera de Reino Unido.
La parte más madura en el pretendido divorcio, la Unión Europea, ha estado ofreciendo a los británicos el laurel de la paz. En lo que uno tiene que suponer que ha sido una táctica concertada, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble; el presidente francés, Emmanuel Macron, y el primer ministro irlandés, Leo Varadkar, todos han dicho lo mismo en los últimos 12 días, utilizando exactamente la misma metáfora: que si Reino Unido cambiase de opinión, “las puertas estarían abiertas”. En plan más poético, Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo, dijo el jueves pasado que aún veía posible que se le dé la vuelta al Brexit. “Podrás decir que soy un soñador”, declaró Tusk, citando a John Lennon, “pero no soy el único”.
Más interesante, y más reveladora que todos estos intentos de seducción, ha sido la respuesta de los seducidos. O, mejor dicho, la no respuesta. Theresa May, la primera ministra, estuvo de pie al lado de Macron y Varadkar cuando le lanzaron sus mensajes de amor y, en vez de reaccionar con sorpresa, quizá con una sonrisa sarcástica, se hizo la tonta: no hizo ningún gesto; no dijo nada. Tampoco dijeron nada los brexiteros más fundamentalistas de su Gobierno ni, más curioso aún, los diarios que habían estado más rabiosamente a favor del Brexit y más en contra de aquellos “quejicas” y “enemigos del pueblo” (como decían el Daily Mail y The Sun) que lamentaban la inminente ruptura con Europa. Hace nada hubieran respondido todos con indignación patriotera a semejantes intentos de parte de los desdeñables líderes europeos de sobornar o poner en duda “la voluntad del pueblo” expresada en las urnas en el referéndum del año pasado.
Cada vez que alguien sugería que los votantes habían marcado el autogol del siglo al votar en contra de permanecer dentro de la UE, tanto May como sus lacayos en el gabinete o en los medios apelaban a esa misma “voluntad del pueblo” representada por el 52% del electorado que se tomó la molestia de votar. Cuestionar este sagrado concepto era una herejía contra la democracia. Prácticamente se lanzaba una fatua, “muerte a los infieles”, a aquellos que se atrevían a proponer la manifiesta verdad de que el resultado del referéndum fue estrecho, ambiguo y basado en enormes mentiras de parte de la campaña brexitera, ninguna más grande que la que propuso que Reino Unido podría dejar la UE sin perder ninguno de los privilegios de permanecer dentro.
¿Por qué Theresa May ha dejado de repente de hablar de la voluntad del pueblo? ¿O de repetir la banalidad de que “Brexit significa Brexit”? ¿Por qué los perros rabiosos de los tabloides británicos se han convertido en corderos, o al menos no gritan tanto como antes y empiezan a dar señales de reconocer que quizá el divorcio duro, tajante y sin concesiones que May proponía antes de las elecciones no sería una idea tan brillante?
La respuesta es que uno puede engañar a parte de la gente parte del tiempo, pero no puede engañar a toda la gente todo el tiempo. Tarde o temprano la lógica se tiene que imponer. Y la lógica que empieza a filtrarse por el sistema cerebral británico es que el famoso control soberano que tanto anhelaba aquel 52% tiene su precio: que la gloriosa independencia y dignidad de Albión se obtendrá solo a coste de ser más pobres. Y esa nunca fue la idea, mucho menos la que vendieron los Boris Johnson y demás farsantes del Brexit.
No habrá un segundo referéndum o un cambio de opinión o de dirección política nacional ni hoy ni mañana. Se llevará a cabo la pantomima de las negociaciones con Bruselas, que empezó la semana pasada, hasta lo que se supone que será su final, en un par de años. Pero cuanto más pase el tiempo, más se irán dando cuenta los británicos de que no se trata de una gloriosa aventura que conducirá a la tierra prometida, sino de un intento cada vez más desesperado de minimizar el terrible daño que significaría el fin del matrimonio con Europa. Hoy algunos que votaron por el Brexit empiezan a susurrar: “¿En qué será mejor eso a lo que teníamos antes?”. Hay razones para creer que a lo largo de los próximos dos años la pregunta se irá convirtiendo en un clamor general.
Macron, Varadkar, Schäuble y Tusk lo tienen claro. Ven a los británicos a punto de tirarse de un edificio de 28 pisos. Dulcemente, como hablando con un adolescente loco, les están diciendo: por favor, no tienen por qué hacer esto, no lo hagan, les queremos mucho. Un año después los británicos dan señales de estar escuchando. John Carlin es escritor. El País, 26 de junio de 2017.


























































































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