martes, 28 de abril de 2026

REVISTA DE PRENSA. ESPECIAL NOCHE UNO. CÓMO SOBREVIVIR OTROS 1000 DÍAS DE TRUMP, POR TIMITHY GARTON AS. 28 DE ABRIL DE 2026

 








Según el calendario constitucional, Donald Trump será presidente de los Estados Unidos durante otros 1000 días. ¿Cómo podremos sobrevivir a este periodo?

«Ignóralo» suena a consejo ridículo, ya que estamos hablando del hombre más poderoso del mundo. Pero tal vez haya algo de cierto en ello.

Para empezar, es sumamente perjudicial para la salud mental prestar atención varias veces al día a las barbaridades, disparates, estupideces y comentarios intimidatorios que salen de su boca como aguas residuales de un desagüe roto.

Lo que el narcisista maligno Trump anhela por encima de todo es atención, así que neguémosla.

«Pero lo que dice importa», responden los medios. Sin embargo, a medida que sus declaraciones se vuelven más erráticas, incoherentes y contradictorias, incluso dentro del mismo párrafo, cabe preguntarse si prestar atención a cada disparate de Trump tiene algún valor empírico.

«Escucha lo que hicieron./ No escuches lo que dijeron». Así lo expresó James Fenton en su poema «Sangre y plomo». Siempre es un buen consejo, pero especialmente en este caso. Imaginemos un medio de comunicación adoptando una nueva directriz editorial: informar únicamente sobre lo que Trump ha hecho realmente. «El presidente Trump dijo muchas cosas hoy, pero la realidad es que el estrecho de Ormuz sigue bloqueado tanto por Irán como por Estados Unidos». Y así sucesivamente. ¿Acaso estaríamos menos informados?

Ignorarlo también puede ser una estrategia. Europa ya está cerca de adoptarla en el caso de Ucrania. Por supuesto, los líderes europeos siguen dialogando con Washington y haciendo declaraciones positivas. Pero, independientemente de lo que los emisarios de Trump digan a sus amigos en Moscú, Europa continúa apoyando a Ucrania económica y militarmente. Recientemente, la caída de Orbán en Hungría (véase mi último artículo sobre la historia del presente) ha desbloqueado la friolera de 90.000 millones de euros, la mayor parte de los cuales se destinará a financiar la producción de armamento por parte de la industria de defensa ucraniana.

Obviamente, es tremendamente difícil. La inteligencia y la información de objetivos que solo Estados Unidos puede proporcionar, los interceptores Patriot de fabricación estadounidense que son los únicos capaces de detener eficazmente los misiles balísticos rusos (y que ahora se están utilizando en el Golfo), son difíciles de reemplazar. Pero si Ucrania pudo contener a Rusia durante cuatro años contra todo pronóstico, nosotros también podemos mantener a Ucrania en la lucha.

¿Qué hay de defender a la UE-OTAN de un ataque ruso si, como reconoció francamente el primer ministro polaco Donald Tusk el otro día, ya no podemos contar con la ayuda de Estados Unidos? Esto es aún más difícil, dada la dependencia total de la OTAN respecto al mando y control estadounidense, sus facilitadores estratégicos, su capacidad de disuasión nuclear extendida, etc. Pero la semana pasada, en Berlín, escuché a altos cargos decir en privado, por primera vez, que eso es precisamente lo que debemos hacer. Por las buenas o por las malas, debemos convencer a Vladimir Putin de que Europa, por sí sola, estaría preparada y capacitada para defender Narva en Estonia, una isla en el Báltico o una zona fronteriza en Bulgaria o Rumanía.

Así que aquí está la tercera y más alta etapa de ignorar : después de 1. no escuchar nada de lo que dice (solo lo que hace), y 2. hacer lo que crees correcto y en tu interés a pesar de él, viene 3. trabajar para ponerte lo más rápido posible en una posición en la que puedas ignorar al hombre más poderoso del mundo en áreas en las que actualmente no puedes.

Lo he analizado desde la perspectiva europea, pero se podría hacer lo mismo en cualquier otro lugar, desde Asia hasta Latinoamérica.

Es cierto que resulta más difícil dentro de Estados Unidos. Pero incluso allí, un estado como California tiene muchas posibilidades de actuar a pesar del presidente, aprovechando las oportunidades que le brinda el sistema federal por ley y, en la práctica, su poder económico y tecnológico. En última instancia, por supuesto, tras las elecciones de mitad de mandato en noviembre, sobre todo si los demócratas controlan tanto la Cámara de Representantes como el Senado, tendrán que limitarlo, resistirse a él e incluso destituirlo. Pero no podemos permitirnos esperar hasta entonces.

Obviamente, esto no es una propuesta política completamente desarrollada, solo una idea para reflexionar este fin de semana, y tal vez les dé esperanzas de sobrevivir los próximos 1000 días… Saludos, TGA. Historia del Presente es una publicación que se mantiene gracias a sus lectores. Para recibir las nuevas publicaciones y apoyar mi trabajo, considere suscribirse gratuitamente o mediante una suscripción de pago. TIMOTHY GARTON ASH es historiador. Publicado en Substack el 25 de abril de 2026.
























DEL SABOR DEL CAFÉ. ESPECIAL TARDE. UN DILEMA DE MORAL PÚBLICA, POR FERNANADO VALLESPÍN. 28 DE ABRIL DE 2026

 









El debate sobre la “prioridad nacional” ha acabado convirtiéndose en el símbolo más visible de las concesiones del PP a Vox para poder gobernar allí donde necesita sus votos. Hoy es en las comunidades autónomas de todos conocidas; pero, por lo ya trascendido, todo indica que seguirá siendo el precio a pagar en el caso de una victoria de los populares en las próximas elecciones generales. La parte buena es que ya estamos avisados; la mala, que todavía no sabemos con precisión en qué se vaya a concretar. Y si lo ignoramos es porque el PP es consciente de que se trata de un asunto sensible, con claras implicaciones morales. Ahí está la reacción de los obispos y de diversas voces asociadas a la derecha. Por eso se aferra a la idea del “arraigo” más que a la de prioridad “nacional” —en sentido estricto— para justificar el acceso a prestaciones sociales. O la necesidad de “ajustarse a la ley” y a la Constitución.

Está por ver, digo, cómo acabará concretándose y habrá que volver sobre el tema cuando exista mayor claridad. Lo único cierto es que el PP, con todas las reticencias que se quieran señalar, le ha comprado el marco a Vox y va a tener difícil escaparse de sus garras. Este último partido ya ha amenazado con votar en contra —en ayuntamientos y Comunidades— de cualquier propuesta que no siga la literalidad de la máxima. En conclusión, o ceden los populares o se multiplicarán las crisis allí donde no haya acuerdos. O todo o nada. El dilema del PP es claro: o ceder o abocarse a nuevas convocatorias electorales. Pero si se pliegan en esto a Vox, corren el peligro de contaminarse con su sesgo xenófobo y tendrían casi imposible poder diferenciarse doctrinalmente de la ultraderecha. Entrarían así en una dinámica ya observable en otros países europeos, donde la derecha tradicional ha acabado debilitándose —casi desapareciendo, incluso, como en Italia o Francia— al intentar hacer frente a la extrema derecha mediante la asunción de sus consignas.

Es importante observar, sin embargo, que no se trata de un dilema circunscrito a un único partido: repercute sobre la misma identidad de nuestras sociedades democráticas en su conjunto. El trasfondo, tan analizado al examinar las causas del auge del populismo, es la crisis de la sociedad del bienestar, cuyo debilitamiento impacta en amplios sectores de las clases medias y de las generaciones más jóvenes. Y cuanto menor sea la capacidad de satisfacer necesidades sociales, tanto mayor será la presión para entrar en la lógica del “nosotros primero”, ese “españoles first” que propugna Vox.

La consecuencia es que las sociedades democráticas se encuentran inmersas en una dialéctica entre universalismo moral y particularismo comunitarista que ya resulta imposible ignorar. El primero pone el acento en los derechos universales y las virtudes de la integración e inclusión de todos; el segundo predica una visión de la moral pública centrada en la satisfacción prioritaria de sus propios ciudadanos, difuminando la distinción entre derechos humanos y derechos de ciudadanía. Siempre ha existido un compromiso inestable entre ambas dimensiones, pero al menos parecían claras las líneas rojas. Ahora, después del desafío de Vox y las ambigüedades en las que ha entrado el PP, si estas son traspasadas solo nos queda ya confiar en la protección constitucional del principio de no discriminación, y que los destinatarios de los beneficios sociales sean quienes más los necesitan. Punto. Doy por supuesto que quienes los soliciten, tengan el origen que sea, no vienen en paracaídas desde otro lugar persiguiendo ese único fin, sino que son vecinos nuestros como otros cualesquiera, con los mismos derechos y obligaciones. FERNANDO VALLESPÍN es politólogo. Publicado en El País el 26 de abril de 2026.






















SALUDOS EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY MARTES, 28 DE ABRIL DE 2026, EN CASTELLANO

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Nuevo atentado fallido contra Trump. Todas las hipótesis quedan abiertas. Hasta la de que sea un montaje… Pero vamos con las entradas del blog de hoy. La primera, escrita por la psicóloga Patricia Fernández, en El tema de cada día, preguntándose porque la gente cada día participa menos en política. La segunda, un archivo del blog de abril de 2019 en la que el politólogo Pablo Simón se preguntaba si los votantes, a la hora de votar, preferían ser comensales o parte del menú. El poema del día, en la tercera, es la Oda a la Francia, de Rubén Darío. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. El saber del café de la tarde es del también politólogo Fernando Vallespín, y va del tan traído y llevado asunto de la prioridad nacional, que tiene al PP cogido por los t… por parte de Vox, que además, no suelta la presa ni por caridad. La primera revista de prensa de la noche la firma el historiador Timothy Garton Ash y va de como sobrevivir a los 1000 días que le quedan de mandato a Trump. La segunda la firma Máriam de Juan, directora del Colegio Libre de Eméritos, y habla de Deconstrucción y constructivismo social. Y la tercera de la noche la firma el politólogo Eduardo Bayón y va del vacío absoluto a la izquierda del PSOE. Espero que las disfruten. Tamaragua, amigos míos. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, se lo ruego: se lo merecen. Besos. Les quiero. HArendt  















ENTRADA NÚM. 10368

DEL TEMA DEL DÍA. ¿POR QUÉ LA GENTE PARTICIPA POCO EN DEMOCRACIA?, POR PATRICIA FERNANDEZ MARTÍN. 28 DE ABRIL DE 2026

 









Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), alrededor del 70% de la población española percibe que tiene poca o ninguna influencia sobre las decisiones del gobierno. A nivel internacional, la OCDE señala que solo alrededor del 30% de la ciudadanía confía en que su gobierno incorpore realmente las aportaciones de procesos participativos o consultas públicas.

¿Está la democracia en crisis? Cada vez la política interesa a menos personas, y se observa una disminución de la participación democrática. Así lo dictaminó Javier Pérez González, director de Political Watch, en su intervención en La Granja 2026 de Foro de Foros. Pérez González afirma que este fenómeno responde a un problema estructural al que denomina la «doble desconfianza» y que aparece en las democracias actuales. Este concepto permite articular una explicación integral que combina factores institucionales y percepciones ciudadanas.

Por un lado, la ciudadanía ha dejado de confiar en que su participación sirva para cambiar algo y tenga un impacto real en las decisiones públicas. Los datos confirman esta idea. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), alrededor del 70% de la población española percibe que tiene poca o ninguna influencia sobre las decisiones del gobierno. Entre la población joven, esta percepción es aún mayor, ya que estudios del Eurobarómetro indican que entre el 70% y el 80% de los jóvenes, cree que los políticos no tienen en cuenta sus opiniones. A nivel internacional, la OCDE señala que solo alrededor del 30% de la ciudadanía confía en que su gobierno incorpore realmente las aportaciones de procesos participativos o consultas públicas. Por otro lado, las propias instituciones muestran en ocasiones reticencias hacia la participación ciudadana, considerándola poco relevante o poco eficiente para la elaboración de políticas públicas. Esta dinámica evidencia una desconexión progresiva entre gobernantes y ciudadanía.

Lo cierto es que los mecanismos institucionales de participación, como las consultas públicas, muestran niveles bajos de implicación. Diversos análisis de gobernanza, incluidos los de organizaciones como Political Watch, señalan que muchas de estas consultas reciben pocas aportaciones, lo que sugiere que funcionan más como meros trámites que como espacios formales de deliberación. En consecuencia, se reduce su capacidad para influir en la toma de decisiones públicas. Esta tensión de doble desconfianza debilita la calidad democrática y limita el efecto transformador de la participación, cuando la evidencia indica que los procesos participativos bien diseñados generan políticas más sólidas, estables y legitimadas socialmente, incluso en relación a temas conflictivos. Pero las responsabilidades están repartidas entre la responsabilidad de las administraciones y la responsabilidad de la ciudadanía, lo que resulta clave para entender la persistencia del problema.

El problema de la baja participación se relaciona también con el diseño institucional. En España, los mecanismos participativos presentan limitaciones importantes. Las iniciativas legislativas populares (ILP), por ejemplo, están recogidas en la Constitución de 1978, pero su impacto ha sido muy reducido. De cerca de 150 iniciativas presentadas, solo unas pocas han sido aprobadas. Esto puede estar debido a las barreras como la exigencia de 500.000 firmas, la exclusión de determinadas materias y la posibilidad de que el Parlamento rechace la iniciativa incluso tras haber cumplido los requisitos formales previos. Estas barreras elevan significativamente el coste de participación para la ciudadanía. Algo parecido ocurre con el derecho de petición, también constitucional. Aunque en otros países puede activar debates parlamentarios o comisiones de investigación, en España su uso es marginal y poco conocido. Esta falta de visibilidad reduce su potencial como herramienta de influencia política. Desde la psicología social, estas experiencias repetidas de ineficacia y la poca claridad y difusión de los procesos refuerzan la percepción de que participar no produce resultados, alimentando el desinterés en la política. Además, existe un asunto clave como es la ausencia de retroalimentación en muchos procesos participativos. En numerosas consultas públicas, la ciudadanía no recibe información clara sobre cómo se han utilizado sus aportaciones. Esta falta de devolución impide que la participación genere aprendizaje o reconocimiento, y desde una perspectiva conductual reduce la probabilidad de repetir el comportamiento participativo en un futuro.

Más allá del diseño institucional, existe otro aspecto relevante que tiene que ver con la dimensión cultural. En España, la participación no está plenamente integrada en la vida cotidiana de una gran parte de la población. Por ejemplo, la implicación de los padres en asociaciones escolares como las AMPAs es baja en muchos lugares, con niveles de no participación que alcanzan el 70–80%. O, por ejemplo, pocas personas votan para la transformación de una plaza del ayuntamiento de tu ciudad. Del mismo modo, la participación electoral en elecciones europeas ha descendido desde niveles cercanos al 70% en 1987 hasta aproximadamente el 45–50% en convocatorias recientes. Esta falta de hábitos participativos en temas cotidianos dificulta la implicación en niveles más complejos o abstractos de la política. A esto se le puede añadir un déficit de conocimiento práctico sobre cómo participar en los mecanismos institucionales disponibles, que tampoco se difunden de manera accesible y correcta para que le llegue a un número amplio de la población. Este déficit informativo limita la capacidad de implicación ciudadana.

A todo esto, se le suma un cambio cultural más internacional vinculado al aumento del individualismo. Diversos análisis de la OCDE apuntan a una menor implicación de las personas en lo colectivo y una mayor prioridad de los intereses individuales, fenómeno que debilita el sentido de pertenencia y las «obligaciones democráticas». Este cambio de valores transforma la relación entre el individuo y lo público. El entorno digital también contribuye a esta dinámica de desconexión. Las redes sociales fragmentan el espacio público y dificultan la construcción de narrativas comunes ante los retos que se tienen como sociedad. La exposición a contenidos polarizados reduce la capacidad de generar consensos.

Desde la psicología social, todo ello refuerza la baja autoeficacia política percibida. Cuando las personas creen que no pueden influir, tienden a no participar, lo que genera un círculo vicioso. La baja participación reduce la experiencia, la falta de experiencia refuerza la desconfianza y esta, a su vez, reduce aún más la participación.

Sin embargo, esto no implica que la democracia esté en crisis como sistema. En la mayoría de democracias, las instituciones continúan funcionando con estabilidad, existe separación de poderes y los mecanismos básicos del Estado operan con normalidad. Cierto es que la corrupción sigue existiendo, pero se le destapa y cuando esto sucede, también es gracias a los medios de comunicación, al sistema judicial y a los órganos de control pertinentes. Además, también hay consensos políticos y un trabajo de llegar a acuerdos y demás en el trabajo de comisiones que son desconocidos para el púbico, ya que parece que hay un esfuerzo deliberado de exhibir solo la polarización y la crispación, lo que contribuye a una percepción pública distorsionada del funcionamiento institucional.

En relación a la tecnología, los resultados son ambivalentes. La inteligencia artificial, aunque útil para analizar datos o detectar irregularidades según la OCDE, no sustituye los procesos deliberativos fundamentales de la democracia. Parece peligroso dejar que la inteligencia artificial sea la que redacte textos legislativos. Pero los estudios sí muestran que puede mejorar la participación, la transparencia y la gestión de la información. Las plataformas digitales pueden integrar propuestas ciudadanas en la toma de decisiones cuando existe una cultura participativa previa. En sociedades con alta participación, las herramientas digitales amplifican la implicación como en Reikiavik con la herramienta del ayuntamiento Better Reikiavik; en contextos con baja participación, su efecto es limitado.

Para revertir la baja participación, es clave reforzar la relevancia, utilidad y reconocimiento del acto ciudadano. Desde la Teoría de la autodeterminación de Deci y Ryan, la motivación política depende de tres necesidades básicas como son la competencia, la autonomía y el impacto. Cuando estas condiciones no se cumplen, la motivación desaparece. A esto se le une que el dilema que se plantee al ciudadano sea relevante para él. La conexión con problemas concretos aumenta la implicación.

Para ello, es necesario ceder espacios reales de influencia a la ciudadanía, reforzar la rendición de cuentas y explicar claramente cómo se han utilizado sus aportaciones. Además, los procesos deliberativos deben acercarse a la vida cotidiana, poniéndolo fácil e integrándose en espacios accesibles como son los centros educativos, comunitarios o espacios públicos, en lugar de depender exclusivamente de plataformas digitales. Algunas experiencias innovadoras en Alemania han llevado con éxito la participación a entornos cotidianos como el transporte público (lugar de tránsito en el que muchas personas pierden el tiempo con el móvil). La participación tiene que ser agradable y convertirse en una experiencia satisfactoria.

Como conclusión, la baja participación democrática es un fenómeno complejo donde confluyen factores psicológicos, culturales, políticos e institucionales. La desconfianza y la baja autoeficacia percibida generan un círculo de desmotivación que reduce la implicación ciudadana. Romper este círculo resulta fundamental para fortalecer la calidad democrática. Sin embargo, existen señales de esperanza. Según una encuesta de 40dB para El País y Cadena SER, alrededor del 40% de la población española estaría dispuesta a realizar sacrificios personales en defensa de la democracia. Este dato sugiere que existe una base dispuesta a volverse a implicar si se dan las condiciones propicias. Para ello, es necesario que la ciudadanía perciba que su participación tiene un impacto real, que su voz es escuchada y que influye en las decisiones públicas. PATRICIA FERNÁNDEZ MARTÍN es psicóloga. Publicado en Ethic el 24 de abril de 2026.
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. ¿PREFIERE SER COMENSAL O PARTE DEL MENÚ?, POR PABLO SIMÓN. PUBLICADO EL 3 DE ABRIL DE 2019

 







Los votos que entran en la urna para generar representación son ciegos a la condición del votante, pero debe tener en cuenta que si decide no acudir a votar y quedarse en su casa, se convertirá en parte del menú y no en comensal de la cita electoral. 

La pelota del 28 de abril está en el aire, escribe el profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid, Pablo Simón. Por muy pocos votos de diferencia, comienza diciendo, la balanza se puede decantar de un lado o del otro, de la continuidad del Gobierno actual o de una coalición a la andaluza. Cosa especialmente cierta, además, en las provincias de menos de nueve diputados, donde los escaños pueden bailar por márgenes pequeños. De ahí el consenso sobre el papel clave que jugará la participación electoral.

¿Por qué votar? Desde una perspectiva egoísta, el acto encierra una paradoja: parece que difícilmente un solo voto será el decisivo en el resultado último. Sin embargo, si seguimos participando masivamente en los comicios es porque para muchos ciudadanos subyace la idea de que hacerlo es un deber cívico. Es verdad que las investigaciones de Carol Galais y André Blais señalan que la Gran Recesión ha debilitado algo ese sentimiento en España, especialmente entre los jóvenes, pero incluso en lo más crudo de la crisis este compromiso ciudadano siguió siendo crucial.

Al fin y al cabo, no debería olvidarse que votar tiene dos propiedades únicas. Por una parte, se trata de un sistema de influencia totalmente igualitario. Mecanismo muy barato de participación (apenas acercarse unos minutos un día al colegio electoral), cuando los votos entran en la misma urna para generar representación son ciegos a la condición del votante. La papeleta de un rico o un pobre, de un sabio o un necio, todas cuentan lo mismo. La idea radicalmente democrática de que cada ciudadano es soberano identificando lo que más le conviene a él y al país.

Por otra parte, el voto que permite a los ciudadanos elegir privadamente y en libertad, sin coacción, aquella opción política que prefieren. Otras formas de participar como una protesta, una manifestación o una queja con frecuencia implican el coste de mostrarse al público. El voto, por el contrario, es un acto anónimo, lo que protege contra la represalia de los poderosos. No es casualidad que la conquista de este derecho y sus propiedades (universal, libre, igual, directo y secreto), estuviera encabezada por el obrerismo, el feminismo o los grupos raciales de muchos países. Los más vulnerables frente al poder.

La participación electoral fue baja en 2016 ya que el agotamiento de la repetición electoral y la baja competitividad desmovilizó a ciertos votantes. Ahora, el escenario está abierto.

Una polarización importante en la campaña debería moverla al alza, pero es cierto que las encuestas no son congruentes y tan lejos de las elecciones cualquier previsión es osada. Eso sí, solo hay una certeza para los ciudadanos que aún dudan si participar: si con su voto no se sientan a la mesa, serán parte del menú. PABLO SIMÓN es politólogo.





























DEL POEMA DE CADA DÍA. ODA A LA FRANCIA, POR RUBÉN DARÍO

 






ODA A LA FRANCIA.




Un viento lleno de sollozos sobre el mar impasible

llega hasta aqui. La Francia escucha grave. Pues

son las voces desoladas, el dolor terrible,

de las Hecubas que lloran, de las Américas de oro.

Allá en el horror y la injuria y el odio

los cazadores de la muerte han tocado el "halalí"

y soplando otra vez su venenoso aliento

se creería ver la boca de Huitzilopoxtlí.

¡Pareciera que todos los demonios del pasado

acabasen de despertar, envenando la tierrra!

Si contra nosotros estandarte sangriento se ha levantado

es el horrible estandarte de este tirano: ¡la guerra!

Gritemos: ¡Paz!, bajo los fuegos de los combatientes en Marcha.




RUBÉN DARÍO (1867-1916)

poeta nicaragüense




***



Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío (Metapa, 18 de enero de 1867-León, 6 de febrero de 1916), fue un poeta, escritor, periodista y diplomático nicaragüense. Fue máximo representante del modernismo literario en lengua española. Es, quizás, el poeta que ha tenido una mayor y más duradera influencia en la poesía del siglo XX en el ámbito hispano, y por ello es llamado «príncipe de las letras castellanas». Debido a los cambios y avances literarios que incorporó Rubén Darío en su momento, este autor fue calificado como el máximo exponente del modernismo en España. No obstante, no es incluido directamente dentro de la Generación del 98 o Generación del 27, si no que se encuentra un paso adelantado, ya que toda su producción literaria sirvió como las bases para que en el futuro se llevasen a cabo estos movimientos o grupos de intelectuales literarios, donde posteriormente, destacarían figuras como Miguel de Unamuno, Azorín, Pío Baroja, Antonio Machado o Valle-Inclán en la Generación del 98 y García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Jorge Guillén o Vicente Aleixandre en la Generación del 27.




















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MARTES, 28 DE ABRIL DE 2026

 


































lunes, 27 de abril de 2026

REVISTA DE PRENSA. ESPECIAL NOCHE TRES. CONSEJOS QUE LOS DEMÓCRATAS NO DEBERÍAN SEGUIR, POR DAMON LINKER. 27 DE ABRIL DE 2026

 






El presidente Donald Trump pasa junto al presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, y los magistrados Elena Kagan, Brett Kavanaugh y Amy Coney Barrett a su llegada para el discurso sobre el Estado de la Unión durante una sesión conjunta del Congreso en el Capitolio de los Estados Unidos el 24 de febrero de 2026, en Washington, D.C. (Foto de Win McNamee/Getty Images).

Por segunda vez en menos de un mes, publico un ensayo dedicado a discrepar con una de las entradas diarias de Jonathan V. Last en The Bulwark, en la sección Triad . No creo que esto indique un cambio en mis convicciones o alianzas ideológicas. Al contrario, lo que Last defendió en su entrada del miércoles pasado es algo que he estado criticando durante años, desde mi época como columnista de opinión, cuando mi colega de izquierda progresista en The Week , David Faris, lo defendía con vehemencia. Eso fue durante la primera administración Trump. Así que, al menos en este tema, he sido coherente durante bastante tiempo. Como Last señala en su entrada, eso no se aplica a él. Antes tenía una opinión diferente a la que defiende ahora.

Eso, en sí mismo, no nos dice nada sobre quién tiene razón. Quizás las circunstancias hayan cambiado de tal manera que la postura que Last defiende actualmente se haya vuelto razonable, mientras que mi coherencia al oponerme a esa postura demuestra mi incapacidad para evolucionar según lo exige nuestro momento político. Como era de esperar, no lo creo.

El tipo adecuado de juego duro político. La postura que Last ahora defiende —y que yo siempre he rechazado— es la ampliación del Tribunal Supremo ("manipulación del tribunal") llevada a cabo por un futuro presidente demócrata y una mayoría demócrata en el Senado. DAMON LINKER es profesor de Ciencias Políticas. Publicado en Substack el 25 de abril de 2026.