miércoles, 9 de julio de 2025

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 10 DE JULIO DE 2025

 

































DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 9 DE JULIO DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 9 de julio de 2025. Como le gusta afirmar a Alberto Núñez Feijóo, las formas lo son todo; y en el congreso del PP, al modo democristiano, participa todo el mundo, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Ignacio Peyró. En la segunda, un archivo del blog de noviembre de 2022, el filósofo Nuccio Ordine hablaba de la gran repercusión que todos los años, con gran repercusión en los medios de comunicación y en internet, leíamos los resultados de los rankings internacionales de universidades, que al igual que sucede con las mercancías y las empresas que cotizan en Bolsa, suben y bajan posiciones. El poema del día, en la tercera, se titula España, es del poeta Ángel Crespo, y comienza con estos versos: Escribían su nombre en las paredes./Con un carbón, con una tiza, con un lápiz mordido,/con un pedazo de yeso arrancando de una esquina,/con un clavo negro sacado de una tabla. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DEL CONGRESO DEL PP

 







Como le gusta afirmar a Alberto Núñez Feijóo, las formas lo son todo; y en el congreso del PP, al modo democristiano, participa todo el mundo, comenta en El País [Una boda y un funeral, 06/07/2025] el escritor Ignacio Peyró. Todos los congresos se parecen, comienza diciendo Peyró. Tras hora y media en la silla, incluso el más zelote de los compromisarios escucha los lugares comunes con los que el Partido Popular se describe a sí mismo con el espesor de un ruido de fondo: la frase “ofrecemos un proyecto ilusionante para España y los españoles” podría intercambiarse por “el Estado Libre de Kampuchea envía un mensaje de solidaridad a los pueblos del mundo”. Nadie se daría cuenta. De hecho, buena parte de las formalidades congresuales hoy podrían tramitarse con el envío de un par de adjuntos para aceptación y firma: la rendición de cuentas de la gerente, de la secretaria general, e incluso —en el raro mediodía de unanimidad que acaba de vivir el PP— también la ponencia política y la estatutaria. Sin embargo, como le gusta afirmar a Alberto Núñez Feijóo, las formas lo son todo. Y del mismo modo que uno no vive las procesiones de Sevilla sin esperas, apretujones y dolor plantar, para experimentar el cónclave del PP en su plenitud también hay que entregarse a la extenuación y resistir no solo lo que tiene de congreso de partido comunista bielorruso sino lo que tiene de Festival de San Remo. Porque aquí, al modo democristiano, participa todo el mundo: Cuca Gamarra haciendo el elogio fúnebre de sí misma al despedirse, Xavier García Albiol —se ha querido contar con los poetas— dando y quitando los turnos de palabra, y hasta Monago, ¡Monago!, en un papel protocolario, pero también con acceso a la gloria del micro. Como decía Zaplana, un partido es también una familia. Y ha de haber lugar para todos. Para la mordiente intelectual de Cayetana Álvarez de Toledo y para los carraspeos de Beatriz Fanjul. Para la ira de aleación purísima de Aznar y la inteligencia oblicua de Rajoy. Para los tatus de Noelia Núñez y la guayabera con la que Íñigo Méndez de Vigo se ha paseado por IFEMA como un general centroamericano en el exilio. “Se puede ser lo que uno quiera y del PP”, ha dicho esta arde Feijóo al presentar a su equipo: el Jaime de los Santos que escribía artículos sensibles sobre arte o un Miguel Tellado que no ha llegado a la secretaría general para citar a filósofos.

En un partido cuya ponencia política reivindica la paella mixta de liberalismo y conservadurismo, la mayor preocupación es asegurar la convivencia de pasado y futuro. Por eso siguen teniendo su presencia Javier Arenas y —pasados los noventa— el mentor de Feijóo, José Manuel Romay. Por eso se cita, con un aplauso reverente, a Miguel Ángel Blanco. Por eso el actual presidente ha querido rodearse de la legitimidad que le aportan los presidentes antiguos: José María Aznar y Mariano Rajoy. Sobre el escenario, ambos transmiten el odio frío que se tenían Simon y Garfunkel, y oír a Aznar para luego oír a Rajoy es como dejar un partido de rugby por un concierto de Chopin. Pero ni Aznar, que ha tenido berrinches en otros congresos, ni —importante— Ayuso, que se ha mantenido en una paciencia silenciosa, han rizado la superficie de las aguas: este fin de semana ha sido el rompimiento de gloria de Feijóo. En un partido de la disciplina del PP, se le ha dado la plenipotencia para concurrir a las elecciones como él —y con quien él— quiere.

Y es ahí donde a la continuidad de le añade la novedad. Desde el primer momento ha habido una Schadenfreude vivida con desparpajo —Koldo, Cerdán, Ábalos— ante los infortunios del PSOE: los populares estaban de boda mientras a los socialistas les tocaba el funeral, y Núñez Feijóo solo tendrá una noche más alegre que la de IFEMA si en la próxima noche electoral se asoma vencedor al balcón de Génova. Es más, la algidez de la euforia ha borrado incluso esa presencia a la vez incómoda e imprescindible de Vox, apenas intuida en el fervorín de Aznar. Pero en estos dos días, la autoafirmación satisfecha del PP ya ha ido conociendo, como decíamos, el sabor desacostumbrado de lo nuevo. Se ha podido ver en la elección de Ester Muñoz: leal, joven, muy consistente. Y se ha podido oír en el discurso de Alma Ezcurra, que ha pasado el paño al ideario clásico liberal-conservador. “¿Vosotros tenéis claro cuál es el propósito del Partido Popular?”, se preguntaba la nueva número tres. A horas de investir de nuevo a Feijóo, la intención es que no sea solo —como abomina Alejandro Fernández— ese partido preocupado por el IVA de las legumbres. Ignacio Peyró es escritor.




















[ARCHIVO DEL BLOG] LA FUNCIÓN DE LA UNIVERSIDAD. PUBLICADO EL 09/11/2022











Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy [El País, El caballo de Troya en la Universidad, 03/11/2022] va de la función de la Universidad en la sociedad de hoy, porque como dice en ella el filósofo y profesor universitario, Nuccio Ordine, convertir las universidades —obsesionadas con los ‘rankings’— en empresas y a los estudiantes en clientes ha sido una pésima idea, y Europa debería proponer sistemas más cercanos a nuestra tradición cultural. 
Todos los años, con gran repercusión en los medios de comunicación y en internet, comienza diciendo Ordine, leemos los resultados de los rankings internacionales de universidades. Al igual que sucede con las mercancías y las empresas que cotizan en Bolsa, los centros universitarios suben y bajan posiciones. Entre las distintas clasificaciones, tres son las más famosas: ARWU-Shanghai (Academic Ranking of World Universities), THE-WUR (Times Higher Education) y QS-WUR (Quacquarelli Symonds). Sus criterios se basan principalmente en la producción científica, en el prestigio y (de alguna manera) también en la docencia. Algunas de las limitaciones de estos modelos son bien conocidas: la desatención a las ciencias humanas y sociales, o los cortes temporales demasiado breves para los sectores de producción más lenta, que no forman parte de las ciencias duras.
El “índice h” en sí mismo, por ejemplo, es poco digno de confianza: no distingue entre citas y autocitas, entre esayos de un único autor o en coautoría, entre citas positivas y negativas; y no mide la autoridad misma de la referencia. Todo esto produce cómicas paradojas: las críticas demoledoras contribuyen, insospechadamente, a aumentar el impacto de una publicación, mientras que la comparación entre los “índices h” de diferentes áreas de investigación ofrece resultados aberrantes. Son clasificaciones que, cada vez más, se consideran carentes de toda base científica. El caso de la Universidad de Alejandría en Egipto, contado en el New York Times del 14 de noviembre de 2010, ofrece un ejemplo clamoroso: esta institución obtuvo el puesto 147 en el ranking THE del 2010 (fue incluso cuarta en número de citas, apenas por detrás de Princeton y por delante de Stanford y Harvard) gracias a la labor de un solo autor, Mohamed el Naschie, que había publicado 400 artículos, de contenido cuando menos dudoso, en una revista editada por él mismo.
Dos noticias recientes confirman el efecto devastador del business sobre la educación. La Universidad de Columbia ha caído del segundo puesto al decimoctavo en el ranking de U.S. News por haber proporcionado datos estadísticos “inexactos, discutibles y engañosos” (NYT, 13 de septiembre). Hace pocos días, la New York University ha despedido a Maitland Jones (un importante profesor de Química Orgánica) a petición de 82 estudiantes, que se quejaban de que los exámenes eran demasiado selectivos. Estos dos episodios, que no parecen guardar relación entre sí, responden, sin embargo, a la misma lógica: el ascenso “fraudulento” de Columbia responde al caudal de ingresos que el ranking le garantiza (pues atrae a más alumnos y una financiación más sustanciosa), mientras que el despido del profesor de la NYU responde (como ha confesado Marc Walters, responsable de las matriculaciones) a la necesidad de tender “una mano amable a los estudiantes y a quienes pagan las tasas universitarias”. El cliente siempre tiene razón, dicta una de las reglas más importantes del comercio.
Así pues, para ascender en las clasificaciones, muchos investigadores deciden abordar temas de moda, sobre los que trabajan muchos estudiosos, con el fin de obtener un mayor número de citas. Concentrarse, en cambio, en proyectos de investigación originales, y, por tanto, desconocidos, entraña el riesgo de ser ignorado por la comunidad científica y de producir resultados que serán apreciados, en el mejor de los casos, cuando sus autores hayan concluido su carrera científica.
Tampoco la evaluación de la enseñanza escapa, por desgracia, a los parámetros cuantitativos: lo que se calcula es la relación entre el número de estudiantes y el personal, en beneficio de las ricas universidades privadas, sin tener en cuenta la calidad de los profesores.
Los rankings no se limitan a evaluar, sino que orientan científicamente a las universidades. Y lamentablemente, en sintonía con las leyes del mercado, alimentan también un lucrativo comercio al servicio de la competencia: pensemos en los clubes de “intercambio”, que promueven el tráfico de citas, o en el conflicto de intereses de las agencias privadas que procuran los datos para la clasificación a la vez que gestionan las revistas. No es casualidad que el 19 de julio de 2018 Le Monde lanzara, en portada, un potente grito de alarma (”Alarma sobre la falsa ciencia, un negocio floreciente”) para denunciar la difusión de revistas sin valor científico, creadas para inflar los CV y para satisfacer los criterios de evaluación: si en 2004, según el diario francés, los artículos “dudosos” eran solo 1.894, en 2015 se registraron nada menos que 59.433.
A todo esto hay que añadir otra consecuencia nefasta: la enorme pérdida de tiempo de los estudiosos, que han de hacer frente a ingentes trámites administrativos y a la elaboración de informes totalmente desligados de las necesidades reales de la vida científica. Con la mejor intención de evaluar la investigación para potenciarla, la tecnocracia está logrando comprometer su existencia misma. Científicos y humanistas —como demuestra el llamamiento lanzado en Le Monde el 10 de enero de este año— insisten en el despilfarro de energía e inteligencia: en lugar de consagrar sus esfuerzos a la actividad científica, se ven obligados a dedicarse a procesos de gestión tan inútiles como fatigosos. Estudiar y ocuparse de los alumnos (que son los dos pilares sobre los que se ha sustentado, durante siglos, la tarea del docente) se consideran ahora lujos que la empresa universitaria no puede mantener en el centro de su misión.
De hecho, hace ya años que las universidades trabajan principalmente para los rankings. Los recursos económicos e intelectuales están únicamente al servicio de esas clasificaciones. En Europa, muchas universidades han traicionado su identidad con el objetivo ilusorio de figurar entre las cien mejores universidades del mundo. Se han llegado incluso a consorciar centros de investigación muy diferentes entre sí, sacrificando la gloriosa singularidad de cada institución en el altar de los parámetros anglosajones, con el fin de alcanzar una “masa crítica” más competitiva.
Pero si Harvard siempre está en cabeza, hay una buena razón para ello: con menos de 20.000 estudiantes, dispone, de forma virtuosa, de un presupuesto que es casi el 50% del de todas las universidades italianas, que tienen un millón de matriculados (y, con ligeras variaciones, el razonamiento no cambia en otros países europeos). Ahí está la raíz de la brecha. La competición está decidida antes de empezar, sobre la base de la inversión económica. Y esto penaliza a los centros que obtienen grandes resultados con pocos recursos, como las universidades del Mediterráneo. ¿Tendremos mejores universidades en Europa dedicándonos al marketing? Estamos más bien destruyendo lo mejor que la cultura europea había creado a lo largo de un milenio, las universidades públicas, que tienen la doble tarea de formar ciudadanos-profesionales cultivados y científicos excelentes, que han contribuido —y contribuyen aún— al éxito de las universidades americanas.
Ahora bien, más allá de la falacia de los rankings, entran aquí en conflicto dos visiones totalmente diferentes de la educación y la investigación: la anglosajona (basada en las carísimas universidades privadas y de élite al servicio de los más ricos y de una pequeña minoría de jóvenes con talento que provienen de clases desfavorecidas) y el europeo (basado en universidades públicas que permiten a millones de ciudadanos, independientemente de sus ingresos, dar el salto social y cultural que hace que una sociedad sea más justa e igualitaria).
En Calabria, muchos jóvenes de mi generación no habrían podido ir a la universidad si no se hubiera fundado en los años setenta la Universidad de Calabria. Lo mismo ocurre con muchos estudiantes europeos o latinoamericanos. ¿Merece la pena destruir este importante patrimonio para dedicarse a operaciones de marketing? ¿Podemos aceptar pasivamente las tonterías del Gobierno británico cuando cierra las puertas a los graduados europeos, independientemente de su preparación personal, solo porque provienen de universidades no bendecidas por los rankings?
Convertir las universidades en empresas y a los estudiantes en clientes ha sido una pésima idea: un caballo de Troya que ha propiciado que el lucro y el negocio contaminen las aulas y laboratorios, que deberían ser baluartes de reflexión crítica contra el pensamiento único y contra los falsos valores que el llamado mercado pretende que abracemos. Hoy se nos pide que convirtamos nuestras universidades en fábricas de emprendedores y de soldaditos al servicio del egoísmo y del éxito. Nos piden que eliminemos las disciplinas humanísticas no competitivas, destrozando la necesaria unidad de todos los saberes. Y a quienes protestan se les acalla con la consigna lanzada por Margaret Thatcher en los años ochenta, que ha condicionado todos los aspectos de la vida económica y social: “There is no alternative” (No hay alternativa).
Por el contrario, las alternativas nunca faltan: se hallan si se buscan. Eso sí, un cambio de rumbo no puede provenir de una sola universidad o de un solo ministro. Pero si varios países —pienso en España, Francia, Alemania, Italia— tuvieran el coraje de decir «no» a esta locura y proponen a Europa sistemas de evaluación más cercanos y acordes con nuestra tradición cultural y social, entonces sí cabría albergar la esperanza de un futuro mejor. Estamos cometiendo una grave equivocación, que ya Juvenal expresó en un paradigmático hexámetro: con la intención de salvar la vida de la universidad estamos, de hecho, corrompiendo su esencia: “et propter vitam vivendi perdere causas”, (“y para salvar la vida perder la razón de vivir”). Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.



















DEL POEMA DE CADA DIA. HOY, ESPAÑA, DE ÁNGEL CRESPO

 





ESPAÑA





Escribían su nombre en las paredes.

Con un carbón, con una tiza, con un lápiz mordido, con
un pedazo de yeso arrancando de una esquina, con
un clavo negro sacado de una tabla, escribían su
nombre en las paredes.

Les ponían sobre los pies un pie de plomo y otro de
acero, para que no anduviesen, para que no
llegasen, para que no escribiesen su nombre, pero
ellos escribían su nombre en las paredes.

Escribían su nombre en las paredes de las casas vecinales,
lo escribían con letras grandes, como una exclamación
que quisiera despertar a los vecinos, y los
vecinos seguían durmiendo.

Les ataban ambas manos con alambres y con esposas y
con clavos y con cordeles, y con harapos, y les
empujaban para que cayesen.

Pero ellos escribían su nombre en las paredes de los
colegios para que los niños fuesen hombres, y las
niñas también fuesen hombres y hasta los mariquitas
fuesen hombres.

Decidieron borrar aquellas letras y montaban andamios y
escaleras; fueron con helicópteros y con camiones
y con cestos de gomas de borrar y con enormes
botes de pintura y con máquinas pulidoras,pero
aquellas letras no se borraban.

Como ya la creían muerta, nadie más escribió su nombre 
en las paredes.

Para borrarlo, decidieron derribar la ciudad y hacer otra
ciudad con edificios nuevos y decidieron que los
poetas no pudieran andar sus calles deteriorando
las paredes. Grandes caravanas trasladaban máquinas, 
artesas, niños, camas, mujeres, hombres, 
palos, vajillas y cenizas a la nueva ciudad.

Tras el primer crepúsculo, a la primera hora de la noche,
se confundieron todas las bombillas de todos los
anuncios luminosos, se confunfieron todas las
letras de los rótulos de todas las fachadas y escribieron
el mismo nombre, allá en el cielo, donde
no se borra.




ÁNGEL  CRESPO (1926-1995)
poeta español






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MIÉRCOLES, 9 DE JULIO DE 2025

 





































martes, 8 de julio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 8 DE JULIO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 8 de julio de 2025. Durante una pausa de un encuentro de escritores organizado en Roma por la Universidad de Georgetown, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Javier Cercas, le pregunté a Pankaj Mishra por qué vive desde hace años en España. “Porque es el mejor país del mundo”, me contesta. “Eso lo dices porque nos conoces poco”, replico. Mishra se ríe; ha nacido en la India, escribe en inglés, acaba de publicar El mundo después de Gaza y es uno de los creadores del evento. “Hablo en serio”, insiste. “Por ejemplo: España es el único país que conozco donde los escritores publicáis habitualmente en la prensa”. En la segunda, un archivo del blog de abril de 2020, el escritor Manuel Jabois se preguntaba: ¿Hemos sacado alguna lección del virus?: ninguna, responde. El poema del día, en la tercera, es del poeta Jorge Guillén, se titula 12 de octubre, y comienza así:  Esa España que quiso demasiado/Con grandeza afanosa y tuvo y supo/Perderlo todo ¿se salvó a sí misma? Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DEL PARA QUÉ ESCRIBIMOS EN LOS PERIÓDICOS

 









En mis novelas, no puedo decir ni Sí ni No (las novelas lo tienen prohibido); en este artículo, en cambio, sí puedo decirlo, comenta en El País Para qué escribimos en los periódicos, 05/07/2025] [el escritor Javier Cercas. Durante una pausa de un encuentro de escritores organizado en Roma por Georgetown University, comienza diciendo Cercas, le pregunto a Pankaj Mishra por qué vive desde hace años en España. “Porque es el mejor país del mundo”, me contesta. “Eso lo dices porque nos conoces poco”, replico. Mishra se ríe; ha nacido en la India, escribe en inglés, acaba de publicar El mundo después de Gaza y es uno de los creadores del evento. “Hablo en serio”, insiste. “Por ejemplo: España es el único país que conozco donde los escritores publicáis habitualmente en la prensa”. “Eso a algunos no les gusta”, le informo. “Sobre todo, a los politólogos”. “Claro”, dice. “Porque creen que les estáis quitando el trabajo; y porque piensan que la política es una ciencia. Pero no lo es”. “No”, admito, recordando a Javier Pradera. “La ciencia política es a la ciencia lo que la música militar a la música”. Mishra vuelve a reírse; concluye: “Por eso es bueno que escribamos en la prensa”.

Mishra lleva razón, pero solo en parte: no creo que España sea el mejor país del mundo; lo que pasa es que somos mucho más críticos con nuestros propios países que con los ajenos, cuyos defectos detectamos con menos facilidad, y nos irritan menos. Pero, aunque suene a apologia pro domo sua, no me parece malo que los escritores escribamos en los periódicos. Insisto en lo elemental: la palabra “política” viene de “polis”, que en griego significa más o menos “ciudad”, y la ciudad es de todos, incluidos los escritores; la palabra “democracia” significa en griego “poder del pueblo”, y el pueblo somos todos, incluidos los escritores. Por eso está bien que participemos en el debate público: porque, además de escritores, somos ciudadanos, y porque es bueno que los ciudadanos intervengamos en el debate público; mejor dicho: no existe democracia digna de tal nombre sin que lo hagamos. De la manera que sea: escribiendo artículos, discrepando o mostrándonos de acuerdo con esos artículos, opinando en las redes sociales, manifestándonos por la calle. En el encuentro de Roma, que estuvo casi monopolizado por escritores anglófonos, la atmósfera era de un pesimismo espoleado por la presidencia de Donald Trump y los crímenes de Gaza. En determinado momento la novelista británica Zadie Smith dijo que nuestras democracias han fracasado, que la gente está decepcionada de ellas; es verdad (y por eso triunfa por todas partes el populismo); pero, de nuevo, solo es verdad en parte: quienes nacimos en una dictadura sabemos que hay diferencia entre una dictadura y una democracia, y que la peor democracia es mil veces mejor que cualquier dictadura, entre otras razones porque una democracia, por pobre y defectuosa que sea, es perfectible, infinitamente perfectible, y perfeccionarla depende de nosotros, lo cual significa que las democracias no han fracasado, o que todavía podemos impedir que fracasen. En otro momento, la novelista turca Ece Temelkuran argumentó que, para los amos del mundo actual —los Trump, Musk, Zucker­berg, Bezos—, nosotros, los ciudadanos de a pie, no existimos; mucho me temo que esto es verdad sin más. Pero el caso es que sí existimos: la prueba es que aquí está usted, leyendo este artículo, y aquí estoy yo, escribiéndolo. Y es cierto que yo, en mis novelas, no puedo decir ni Sí ni No (las novelas lo tienen prohibido: las novelas dicen Sí y No al mismo tiempo, dicen que don Quijote está loco, pero no está loco, que es ridículo, pero también heroico); en este artículo, en cambio, sí puedo decirlo: hay que parar a los amos del mundo, hay que parar el genocidio en Gaza, hay que parar la agresión imperial en Ucrania. No sirve de nada, por supuesto, salvo para que usted esté de acuerdo o en desacuerdo; pero incluso su desacuerdo es una forma de acuerdo, de solidaridad entre nosotros. Y esa solidaridad, por poco que sea, es mucho.

Para eso escribimos en los periódicos: para no sentirnos solos, para dejar constancia de que continuamos existiendo, de que esto es cosa de todos. Para eso escribimos y para eso leemos; por lo mismo que nos reunimos un puñado de escritores en Roma: para no andar por el mundo sintiéndonos sometidos. Para oponer resistencia. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española.