viernes, 21 de febrero de 2025

De las viñetas de humor de hoy viernes, 21 de febrero de 2025

 
































miércoles, 19 de febrero de 2025

De las entradas del blog de hoy miércoles, 19 de febrero

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 19 de febrero de 2025. La maniobra de apaciguamiento que ha llevado a cabo Donald Trump con Vladímir Putin, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, ha hecho que, a su lado, Neville Chamberlain parezca un personaje realista, valiente y lleno de principios. La segunda del día es un archivo del blog de febrero de 2019 en la que decía que los consejos propuestos por Rosa Luxemburgo deberían poder actuar hoy como una red complementaria de la democracia delegada que ayudarían a los partidos políticos a corregir su alejamiento de la sociedad y podrían convertirse en una "tercera dimensión" de la democracia. La tercera de hoy es un hermoso poema que comienza con estos versos: "Ofelia, me conoces tanto como yo a ti./Floto muerto en la misma agua que tú flotas./Junto a nosotros, las sombras de la noche/se mueven veloces como la paleta de un/sepulturero". La cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt










El Munich de Trump

 






La maniobra de apaciguamiento que ha llevado a cabo Donald Trump con Vladímir Putin ha hecho que, a su lado, Neville Chamberlain parezca un personaje realista, valiente y lleno de principios. Por lo menos, Chamberlain estaba intentando evitar una gran guerra europea, mientras que Trump está interviniendo en medio de una guerra que ya es realidad. El Múnich de Trump (es decir, el equivalente al acuerdo de 1938 con el que el Reino Unido y Francia traicionaron a Checoslovaquia) se produce en vísperas de la gran Conferencia de Seguridad en la capital de Baviera, en la que sus emisarios van a reunirse con los aliados occidentales. Esta Conferencia de Seguridad de Múnich debe marcar el comienzo de una decidida respuesta europea que tenga en cuenta las lecciones de nuestra trágica historia para no [. Lo dice en El País [La respuesta de Europa al ‘Múnich’ de Trump, 14/02/2024] el historiador Timothy Garton Ash.

El próximo paso que propone Trump es, en la práctica, un nuevo Yalta (la cumbre celebrada entre Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido en febrero de 1945 en la ciudad de Yalta, en Crimea, en la que las superpotencias decidieron el destino de los países europeos sin contar con ellos). En este caso, su propuesta es que Estados Unidos y Rusia decidan el destino de Ucrania con una participación mínima o inexistente de Ucrania y otros países europeos. Salvo que, esta vez, los ocupantes de la Casa Blanca y el Kremlin se reunirán primero en Arabia Saudí y después en sus respectivas capitales, mientras que Yalta quedará en manos de Rusia. Porque, en el mundo feliz de Trump y Putin, el poder tiene siempre la razón, y la expansión territorial es un comportamiento natural de las grandes potencias, ya sean Rusia en el caso de Ucrania, Estados Unidos con Canadá y Groenlandia, o China con Taiwán.

Todas las analogías históricas tienen sus límites y de las de Múnich y Yalta se ha abusado mucho. Pero aquí, por una vez, parecen verdaderamente apropiadas si somos capaces de destacar, junto a las semejanzas, las diferencias que hay entre ellas.

Después de la elección de Trump, pasaron unas cuantas semanas en las que tuvimos una tenue esperanza de que, en relación con Ucrania, su Gobierno fuera fiel al lema que tanto había cacareado de “la paz mediante la fuerza”, en el sentido de que la fuerza es el único lenguaje que entiende Putin. Ahora vemos que Trump solo se comporta como un matón con los amigos de su país y, en cambio, se muestra servil ante sus enemigos.

El supuesto hombre fuerte es débil a la hora de la verdad, cuando tiene que enfrentarse a los autócratas hostiles de todo el mundo. En un solo día, hizo cuatro concesiones inmensas, innecesarias y nocivas. En primer lugar, no solo entabló unas conversaciones exploratorias con Putin a través de un intermediario, lo que podría resultar comprensible, sino que hizo públicamente unos elogios absurdos y desmesurados del dictador ruso, a quien calificó de líder mundial. “Los dos reflexionamos sobre la Gran Historia de nuestras respectivas Naciones”, dijo, en una publicación que hizo en las redes sociales, a propósito de su larga charla telefónica. Ambos hablaron sobre “los grandes beneficios que obtendremos algún día si trabajamos juntos. Pero antes, hemos coincidido, queremos acabar con los millones de muertes que está provocando la guerra entre Rusia y Ucrania”. Imaginemos que, en 1941, en vez de entrar en guerra contra la Alemania nazi en el bando del Reino Unido y otros países europeos aliados, el presidente de Estados Unidos hubiera llamado a Hitler, hubiera reflexionado sobre “la Gran Historia de nuestras Naciones” y los dos hubieran decidido acabar entre ellos con “la guerra entre Alemania y el Reino Unido”.

En segundo lugar, Trump ofreció al líder ruso una negociación bilateral entre Estados Unidos y Rusia sin contar con los ucranios, justo una conferencia al estilo de Yalta como la que siempre ha querido Putin. Y, por si fuera poco, en tercer y cuarto lugar, declaró que Ucrania debe renunciar a parte de su territorio y que Estados Unidos no apoyará su ingreso en la OTAN. Ya hace tiempo que se han dicho estas dos cosas en privado, en Washington y otras capitales occidentales, pero proclamarlas en público y antes de empezar supone una lección magistral de cómo no practicar el “arte de la negociación”. Ya hizo algo parecido en las negociaciones con los talibanes sobre el futuro de Afganistán, cuando desde el principio fijó un calendario para la retirada de Estados Unidos, en lugar de dejarlo para el final. Los historiadores actuales disponen de las notas y los recuerdos de los colaboradores más cercanos de Hitler, que ponen de manifiesto hasta qué punto le encantó el pacto que arrancó a Chamberlain. Quizá algún día tengamos pruebas similares del regocijo que habrá sentido Putin por las concesiones que ha hecho Trump.

Eso no quiere decir que vaya a haber nada que merezca ni remotamente el nombre de paz a corto plazo. La primera interpretación pública que ha hecho el Kremlin de la llamada entre Trump y Putin es extraordinariamente prudente, con la advertencia de que resulta “esencial resolver las razones del conflicto”. Con toda probabilidad, lo que Putin preferiría es seguir hablando de paz con Trump en una serie de reuniones sin prisas en Arabia Saudí, Estados Unidos y Rusia, para que, mientras tanto, Rusia siga avanzando en el campo de batalla, demoliendo las infraestructuras energéticas de Ucrania y destrozando la economía, la sociedad y la unidad política del país de todas las maneras posibles. (Cuando se le preguntó a Trump sobre la participación de Ucrania en las conversaciones, respondió que antes debe celebrar elecciones presidenciales, en consonancia con la línea de ataque rusa sobre la legitimidad del presidente Volodímir Zelenski).

Hay una enorme diferencia entre la Europa de la época en la que se firmaron los acuerdos de Múnich y Yalta y la Europa actual. La Europa de hoy es rica, libre y democrática y constituye una comunidad estrechamente integrada de socios y aliados. Es cierto que, como han vuelto a demostrar las últimas encuestas del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, también está dividida y confundida sobre cuál es el mejor camino para Ucrania. Ahora bien, con una coalición suficientemente decidida de países dispuestos y capaces de actuar, entre los que, desde luego, se encuentra el Reino Unido, Europa todavía puede hacer posible que Ucrania estabilice la línea del frente, resista económicamente y consiga llegar a una negociación en una posición de fuerza, no de debilidad. Por eso, la Conferencia de Seguridad de Múnich de este fin de semana debe ser el comienzo de una respuesta europea al Múnich de Trump. Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos de la Universidad de Oxford e investigador sénior de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Europa. Una historia personal (Taurus).








[ARCHIVO DEL BLOG] La tercera dimensión de la democracia. Publicado el 01/02/2019












Los consejos propuestos por Rosa Luxemburgo deberían poder actuar hoy como una red complementaria de la democracia delegada. Ayudarían a los partidos políticos a corregir su alejamiento de la sociedad y podrían convertirse en una "tercera dimensión" de la democracia, comenta la periodista y escritora italiana Luciana Castellina.
Aunque nunca falta quien diga: “Otro más, esto no hay quien lo aguante”, celebrar los aniversarios como se hace cada vez más a menudo no es mala cosa, comienza diciendo Castellina. Permite avivar recuerdos que, de lo contrario, corren el riesgo de perderse por falta de atención. Especialmente interesantes han sido los de estos últimos tres años, 1967, 1968 y 1969, que han propiciado sugestivas intersecciones: entre la Revolución rusa y la cubana, entre el nacimiento de Marx y el asesinato de Rosa Luxemburgo. Todo ello, de una manera u otra, entrelazado con el fantástico 68 estudiantil (cuyos 50 años acabamos de celebrar), una insurrección impulsada por la búsqueda de una manera diferente de pensar acerca de cómo construir “otro mundo posible”. Y que consiguió romper los estrechos confines de las ortodoxias imperantes entonces.
En particular, Rosa Luxemburgo, ampliamente recordada por EL PAÍS, tuvo una estrecha relación con el 68 italiano, pues, para un gran parte de este movimiento, la herética heroína espartaquista se convirtió en un valioso punto de referencia. Por muchas razones, pero sobre todo por una esencial: con sus precoces críticas al grupo bolchevique por haber reprimido de forma demasiado expeditiva la libertad de opinión con la idea de que lo que no estaba de acuerdo con las decisiones del partido era solo una expresión del enemigo de clase, no relanzaba de manera plana la alternativa del parlamentarismo liberal, sino que señalaba una hipótesis nueva y sugestiva: la de los consejos. Es decir, dar vida a una tercera dimensión dentro de la cual cobrara cuerpo la dialéctica Estado-partido-sociedad: los consejos, no como sóviets insurreccionales, ni como titulares de un exclusivo poder deliberativo, sino como formas permanentes de democracia directa, ejercicio desde abajo de un poder capaz de dar expresión a la sociedad civil, en explícita y abierta dialéctica con las demás instituciones.
¿Puede resultar útil hoy esta tesis de Rosa Luxemburgo, no solo para quienes siguen considerándose comunistas, sino para todos aquellos que, en número cada vez mayor, asisten alarmados al creciente deterioro, por todas partes, pero en Italia en particular, del modelo de democracia representativa del que hemos disfrutado durante muchas décadas? Yo creo que sí. Ese modelo basó su fuerza, de hecho, en los grandes partidos de masas que caracterizaron la vida política de posguerra. Porque esas organizaciones han sido el indispensable canal de comunicación entre ciudadanos e instituciones, han permitido una participación política incisiva (si bien a través de la representación parlamentaria), han sido núcleos de crecimiento cultural, de experiencia cívica, fuente de conciencia y de un hábito de razonar en clave de “nosotros” y no con el mezquino “yo” umbilical.
Esos partidos ya no existen, o están en declive, y, en cualquier caso, se han vuelto terriblemente impopulares, porque por todas partes han consumado su divorcio de la sociedad, sin capacidad ya de relacionarse con sus respectivos territorios. Como alternativa, se nos presenta hoy, a cargo de nuestros 5 Estrellas,la multiplicación de referendos, ya no solo abrogativos como hasta ahora en Italia, sino también propositivos; la democracia digital, es decir, el recurso al sí o al no del ordenador, a los automatismos de los algoritmos de las plataformas. Todas ellas formas con las que se corre el riesgo de asesinar a la democracia por “exceso de democracia”, como he visto que dicen en Francia aquellos que se oponen a los chalecos amarillos, quienes invocan también, al igual que en Italia los seguidores de Beppe Grillo, la democracia directa. Todos, en efecto, exaltan el ombligo hasta alturas estelares, porque esa opinión que llega con un clic, o mediante un plebiscito referendario, carece de una confrontación colectiva, de una asunción común de responsabilidad hacia la propia comunidad, a la que la confusión de los medios sociales no aporta, desde luego, correctivos; todo lo contrario.
Otra cosa son los “consejos” sugeridos por Rosa Luxemburgo, una hipótesis que por lo demás recuperó y en la que profundizó nuestro Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel. Y que hoy podría representar una valiosa sugerencia para responder de manera razonable a una exigencia de participación que no encuentra ya canales de expresión en nuestro reseco ordenamiento político.
A pesar de la crisis de los partidos y de la desconfianza en las instituciones, sigue habiendo en Italia (y no solo allí) movimientos de notable vivacidad que luchan por temas específicos, pero importantes, y tal vez cabría intentar proporcionarles un cauce a través de formas consolidadas, articulaciones de la democracia al nivel de la sociedad, capaces de asumir la responsabilidad de la gestión de ciertos segmentos de la vida colectiva. De consejos, en definitiva, como una red complementaria de la democracia delegada.
En Italia, los Consejos de Fábrica y más tarde de Zona, nacidos de los movimientos de lucha pos-68, representaron una experiencia muy positiva. Podrían haber sido una importante herramienta para reducir el autorreferencialismo de los partidos y ayudarlos a corregir, antes de que fuera demasiado tarde, su involución burocrática y su alejamiento de la sociedad. Desafortunadamente, a los partidos de la izquierda les despertaban temor y los movimientos eran demasiado débiles para apoyarlos. Hoy tal vez fuera posible, y no solo en Italia, relanzar esa hipótesis, para garantizar esa famosa “tercera dimensión” a la que aludía Rosa Luxemburgo, útil para revivir a los partidos, que incluso ella consideraba instrumentos indispensables para la unificación y construcción de una visión del mundo.
También la atención prestada por mucha gente en el ámbito municipal de la democracia, hoy muy fuerte en Italia (las “redes de alcaldes” se extienden por doquier), pero, también en este caso, no solo en nuestro país, tiene aspectos positivos y peligrosos a la vez. Es cierto que las ciudades se han convertido en la única ágora que aún sobrevive entre el desinterés generalizado por la política, pero sería útil recordar a quienes tanto entusiasmo muestran por este modelo, que, así como los “soberanismos” desean regresar a los Estados nacionales deshaciéndose de entidades institucionales superiores, el municipalismo se arriesga aún más a reforzar la ilusión de poder volver al modelo de ciudad Estado de los siglos XV y XVI. A diferencia de entonces, nos guste o no, incluso las decisiones tomadas a escala municipal están condicionadas en gran medida por las que se toman en el ámbito mundial, y renunciar a construir instrumentos democráticos en ese terreno para poder controlarlos supondría el suicidio de la democracia.
Sea cual sea la opinión que nos despierte cuanto Rosa Luxemburgo nos ha legado, creo que a quienes vivimos 100 años después de su muerte nos toca comprender que la crisis de nuestro modelo tradicional de democracia es grave. Y que se necesitan nuevas soluciones, y urgentes, para que no prevalezca un peligroso plebiscitarismo, o la muerte de toda participación democrática, reemplazada por un Ejecutivo fuerte que no responda ante nadie. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












El poema de cada día. Hoy, Hablando con Ofelia, de Diego Doncel

 






HABLANDO CON OFELIA



Ofelia, me conoces tanto como yo a ti.


Floto muerto en la misma agua que tú flotas.


Junto a nosotros, las sombras de la noche

se mueven veloces como la paleta de un

sepulturero.


También yo fui devorado por la espera de un amor

imposible.


También yo tuve que aprender a vivir con promesas

vacías que ni siquiera el tiempo mitigó.


En la orilla, cerca de edificios tapiados del color de la

metadona,

la hierba está podrida por el influjo de la muerte.

Los pájaros ensucian los parques

con la música de los móviles del más allá.

Desde lo profundo de los extrarradios,

muy drogada, la niebla viene

de ver cómo se cuelgan los suicidas.


Finalmente supiste que el mundo era un lugar extraño

para las almas dóciles, oíste la furia de la melancolía

crecer dentro de ti, abrasándote la carne como la bala

de un asesinato, haciéndote explotar las venas,

violenta y roja, como un acto terrorista.


Somos pasto de leyes equívocas.


Somos lo que han creado nuestras heridas y nuestra

tragedia.


Corriente abajo, donde se refleja

el óxido del alumbrado público

y las sombras de las estaciones abandonadas, no van

nuestros cuerpos

sino nuestros sueños perdidos.


El viento mueve ya las lápidas en las que estarán grabados

nuestros nombres que después el invierno sepultará.


Amamos y fuimos traicionados por el amor.


Buscamos y estamos solos con los restos de nosotros

mismos.


Intentamos interpretar y acabamos poseídos por la

locura.


Las cosas tienen la dimensión de la ausencia,

la fatalidad del engaño.


Nunca tuvimos consuelo.


Somos aquello que no pudo vivir, que nunca pudo amar,

que se derrumbó por dentro y nadie lo pudo sostener.


Somos frágiles: nuestros sueños se perdieron

como se pierden las grandes pasiones, calladamente.


Ahora ya sabemos que el amor es un sentimiento

peligroso.


Sin embargo, te cojo la mano fría, te susurro al oído

las palabras que él no te dijo, los pequeños secretos,

las pasiones más íntimas.

Te acaricio la cara antes de que te vayas para siempre,

dejo en el agua el rastro de ceniza de mis dedos para que

puedas volver.




Diego Doncel (1964)

poeta español




















De las viñetas de humor de hoy miércoles, 19 de febrero de 2025

 








































martes, 18 de febrero de 2025

De las entradas del blog de hoy martes, 18 de febrero de 2025

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 18 de febrero de 2025. Emmanuel Todd, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, historiador y antropólogo, adquirió relevancia internacional al haber vaticinado en 1976 la desaparición de la URSS; tras décadas trabajando entre estadísticas y datos, Emmanuel Todd vaticina ahora la derrota de Occidente. La segunda de las entradas del día es un archivo del blog fechado en febrero de 2018, en el que, por el contrario, se alegaban motivos sobrados para reconocer el constante avance humano, ofreciendo sorprendentes indicadores que medían el imparable progreso de la humanidad. En la tercera entrada del día, un texto titulado Carta abierta por un mundo mejor, su autor dice: "No sé qué dirás tú —o qué pensarás, mejor dicho, lo que decimos suele diferir bastante de lo que creemos o pensamos—, pero este mundo nuestro no me convence para nada". La cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt