lunes, 28 de octubre de 2024

De la política eficiente

 






“Si algo no tenemos los enfermos de ELA es tiempo que perder”. Con esta claridad inapelable, el exfutbolista Juan Carlos Unzué conminaba a los diputados y diputadas del Congreso a tramitar la ley para la atención integral de personas con esclerosis lateral amiotrófica. Lo cuenta en El País [Política sin ruido, 24/10/2024] la politóloga Pilar Mira. Fue en febrero de 2024, dice, cuando el exportero y exentrenador reprochó entonces a sus señorías su incapacidad para ponerse de acuerdo. La primera propuesta de esta norma la había presentado Ciudadanos en 2021. Tres años después no solo no se había aprobado, sino que se tramitaban de manera paralela tres proyectos de ley diferentes. Unzué les pidió voluntad y empatía. Que rescatasen la iniciativa, se pusiesen de acuerdo y la aprobasen. O lo que es lo mismo: que las ayudas llegasen cuanto antes a las personas que padecen una enfermedad neurodegenerativa como esta y a las personas que las cuidan. Porque las buenas intenciones y las palabras bonitas están muy bien, pero lo que cuentan son las acciones, dijo.

Después de meses de trabajo de los grupos parlamentarios, el PSOE, el PP, Sumar y Junts alcanzaron un acuerdo en septiembre. Las tres propuestas dieron paso a una nueva ley, consensuada por progresistas y conservadores. Por los partidos del Gobierno y el grupo que lidera la oposición. Por los nacionalistas de Puigdemont, los integrantes del Ejecutivo que depende de sus votos y los populares que sobreactúan criticando esa dependencia. La nueva versión acaba de ser aprobada en el Congreso por unanimidad.

En tiempos donde los juzgados son una extensión de la escena política, las intervenciones parlamentarias aspiran a encajar en el minuto de oro del informativo y los portavoces repiten sin parpadear la frase sonora con rima escrita por equipos de comunicación que se toman demasiado en serio el trabajo de redactar chascarrillos, no debería pasar desapercibido que una ley se apruebe por unanimidad. En especial una ley como esta. Esta votación ilumina de manera fugaz ese trabajo parlamentario que no queda tan bien en cámara, pero que es el importante: el de la hormiguita negociadora que aborda los problemas y construye. Y nos recuerda que la política real no es la efectista, sino la del BOE. Debajo de la sobreactuación y el ruido, hay espacio para resolver los problemas sociales.

Esa constatación resulta a la vez esperanzadora y amarga. Esperanzadora porque señala el camino y recuerda que es posible recorrerlo. ¿Por qué no encarar del mismo modo el problema de la vivienda? ¿Por qué no abordar la inmigración desde un pacto de Estado que rechace la deshumanización y proteja a las personas? Esa visión pragmática y constructiva debe ser la actitud ante los principales retos de nuestro presente.

Amarga porque, aunque sea posible actuar de ese modo, parece que ha de hacerse a hurtadillas. Resulta cansino que la apuesta que se subraya sea el ruido, la palabra gruesa, la enésima sobreactuación, la indignación y el efectismo sin medir la desafección que genera este comportamiento. A estas alturas deberíamos tener muy claro que mover el marco hacia el ramalazo populista calienta el terreno para quien tiene menos escrúpulos. Sobran ejemplos en la historia y en el pasado reciente. Que nuestras instituciones y nuestra democracia sean sólidas no son argumentos para erosionarlas a cambio de un beneficio partidista a corto plazo.

No dar respuesta a los retos de nuestro tiempo no es una alternativa, pues no van a desaparecer sin más. Abordar los problemas desde su complejidad exige el diseño de políticas también complejas, que combinen los niveles de actuación. Y para ello es necesario huir del ruido y tejer acuerdos. Gobernar con responsabilidad, pero también ejercer una oposición responsable. Porque lo que cuenta son las acciones, si no las cuidamos seremos coleccionistas de tiempos perdidos. Pilar Mera es politóloga y profesora en la UNED.












[ARCHIVO DEL BLOG] Habitaciones vacías. Publicado el 12/08/2017










Un prototipo del hombre ilustrado, cultivado, refinado, puede ser, por ejemplo, George Steiner (1929) dice el escritor y periodista Ignacio Vidal-Folch en un reciente artículo. Una eminencia en la crítica de la literatura. Que padece la tendencia, muy común entre los hombres provectos (y que a los jóvenes suele parecerles bastante irritante), a considerar que todo lo que vale la pena en el mundo ya ha desaparecido o está en trance de desaparecer...Además de su viva inteligencia y sus conocimientos enciclopédicos, otro aspecto que hace fascinante el trato con Steiner es su sostenida costumbre del autoanálisis y la tendencia a decir lo que piensa aunque no siempre le haga quedar bien. 
Profesor, crítico y teórico de la literatura y de la cultura, escritor políglota, trilingüe perfecto en alemán, francés e inglés, profesor emérito del Churchill College de la Universidad de Cambridge y del St Anne's College de la Universidad de Oxford, y autor de un hermosísimo libro que les recomiendo encarecidamente: Errata. Examen de una vida (Siruela, Madrid, 2009), se define como una persona extraterritorial. Su ámbito de interés principal es la literatura comparada. Su obra como crítico tiende a la exploración, con reconocida brillantez, de temas culturales y filosóficos de interés permanente, contrastando con las corrientes más actuales por las que ha transitado buena parte de la crítica literaria contemporánea. Su obra ensayística​ ha ejercido una importante influencia en el discurso intelectual público de los últimos cincuenta años.
En Un largo sábado, continúa diciendo Vidal-Folch, libro de entrevistas que se publicó el año pasado y al que me referí en esta revista en julio de 2016, dice algunas verdades inesperadas sobre el efecto de las humanidades (o sea, el conjunto de disciplinas relacionadas con la cultura humana) en el comportamiento práctico: «¿Es posible -y formulo esta pregunta después de 60 años de magisterio y de amor por las letras- que tal vez las humanidades puedan volverle a uno inhumano? ¿Que lejos de hacernos mejores, lejos de aguzar nuestra sensibilidad moral, la atenúen? Nos alejan de la vida, nos dan tal intensidad con la ficción que a su lado la realidad pierde color». Bien, es una sospecha terrible: te conmueve la lenta muerte de madame Bovary mientras va padeciendo los dolores del envenenamiento por arsénico, a lo largo de páginas y páginas de melodiosas frases de Flaubert; pero los naufragios diarios -¡tan prosaicos!- de las pateras en el Mediterráneo te dejan frío; piensas un momento «qué putada» y cambias de canal.
He citado una frase de Un largo sábado pero ahora al leer otra larga entrevista que le han hecho a Steiner en Expresso, que es la revista de información general más leída e influyente de Portugal, constato que al cabo de un año el viejo profesor sigue dándole vueltas a este interrogante moral: la posibilidad de que la cultura, que nos permite ponernos en la piel del otro -y concretamente ése es el supuesto efecto de la literatura, a la que él ha dedicado su vida: sacar al lector de su aislamiento e ignorancia del otro, sacarle de su innato narcisismo, proyectar su imaginación hacia los personajes de manera que comprenda mejor sus motivos y los reconozca como a hermanos- en realidad tenga el efecto contrario y nos insensibilice.
Ahí Steiner, de 88 años, comenta su costumbre de dedicar dos horas cada mañana a leer en las diferentes lenguas que domina, para que no se le oxiden, para no olvidarlas. Y a renglón seguido, se refiere a la llegada a Europa de cientos de miles de refugiados, a los que en los próximos años es inevitable que seguirán millones; y define ese proceso como una «invasión»; y esa invasión incruenta, que llevará consigo sus valores, creencias, costumbres y religiones, inevitablemente desfigurará el rostro de Europa... Luego habla de Shakespeare y de Dante... y luego vuelve a tocar el tema de este artículo: la incapacidad del hombre medianamente culto -y si usted está leyendo este artículo, sin duda lo es- para llevar al terreno de la práctica los buenos sentimientos solidarios que su educación humanista le ha inoculado: «Vivo solo con mi mujer en esa casa, que es bastante grande», dice Steiner. «Pienso que podríamos alojar a algún refugiado, cederle algunas habitaciones, hay espacio de sobra. Pero... no lo hacemos». Sí, por más que te sepas de memoria a Cervantes y a Shakespeare, ceder esas habitaciones... es harina de otro costal. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












El poema de cada día. Hoy, Planeta animal, de Ana Blandiana (1942)

 





PLANETA ANIMAL


Menos culpable, aunque no inocente,
En este universo donde
Las leyes de la naturaleza deciden
Quién debe matar a quién
Y el que más mata es el rey
¡Con qué admiración se filma
Al león plácido y feroz que despedaza al cervatillo!
Y yo, al cerrar los ojos o al apagar el televisor,
Siento que participo menos en el crimen,
Aunque en la llama de la vida
Hay que verter siempre sangre,
La sangre de otro.

Con menos culpa, aunque no inocente,
Compartí mesa y mantel con los cazadores,
Sin embargo, me gustaba acariciar las orejas largas
Y sedosas de las liebres,
Arrojadas en un túmulo
Sobre el mantel bordado.
Culpable, aunque yo no fuera quien
Apretara el gatillo,
Y me tapara los oídos,
Horrorizada por el ruido de la muerte
Y por el olor a sudor desvergonzado de los que dispararon.
Menos culpable, aunque no inocente,
Aun así, más inocente que tú,
Autor de esta perfección sin piedad,
Que has decidido todo
Y luego me has enseñado a poner la otra mejilla.


Ana Blandiana (1942)

Poetisa rumana. Premio Princesa de Asturias 2024








De las viñetas de humor de hoy lunes, 28 de octubre de 2024

 


























domingo, 27 de octubre de 2024

De las entradas del blog de hoy domingo, 27 de octubre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 27 de octubre de 2024. En última instancia, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, el miedo es otra forma de subordinación, pues solo reclama soberanía personal quien ha vencido la tentación de vivir aterrado, abierta o secretamente. En la segunda del día, un archivo del blog de noviembre de 2019, se comentaba que en otros tiempos la vida era más bella y el sol más ardiente que hoy, pero los recuerdos y los lamentos, como las hojas muertas, se recogen con una pala y el viento del norte se los lleva a la fría noche del olvido. En la tercera, que hoy no es un poema pero sí un hermoso texto de la escritora iraní Marjane Satrapi, Premio Princesa de Asturias 2024, su autora nos habla del sentimiento de extrañamiento en su propio país, casi de extranjeros, como si todo se viviera como marcianos que hubieran mudado de cerebro y las calles, aun siendo las mismas, fueran distintas; como si vuestros padres y amigos fueran completos desconocidos. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt








Del miedo

 







En última instancia, el consejo del miedo es una u otra forma de subordinación, pues solo reclama soberanía personal quien ha vencido la tentación de vivir aterrado, abierta o secretamente, se comenta en la revista Ethic [La niebla del miedo, 22/10/2024] citando el libro ‘Frente al miedo’ (Página Indómita, 2024), del filósofo Antonio Escohotado. De ahí que no sea realista esperar ni de la propaganda ni de los gobernantes recetas eficaces contra la hipocondría y el recelo. Mientras pagamos a tanto traficante de seguridad, como rebaños de ovejas custodiados por lobos, podríamos atender un momento a lo substancial del asunto. Jünger nos lo explica: «Librar del miedo al ser humano es mucho más importante que proporcionarle armas o proveerle de medicamentos. El poder y la salud están en quien no siente miedo».

Al sobreentender nosotros que las amenazas preceden siempre a los temores, dejamos que el miedo campe consentidamente por sus respetos, multiplicando vigilantes a un ritmo que carece de proporción alguna con el crecimiento demográfico. Por mucha riqueza que haya, no se divisa un término a la insolidaridad promotora del crimen, ni mejor seguro que seguir fortaleciendo mecanismos de control y punición. Según parece, el evidente progreso en muchos órdenes no compensa desfases en socialización, crisis económicas, incultura popular, espantosas megápolis y causas análogas.

Sin perjuicio de todo esto, Jünger trata de ir más al fondo, proponiendo que ningún rearme podrá mitigar las causas del miedo. El temor inconcreto y omnipresente «solo podrá disminuir cuando el individuo encuentre un nuevo acceso a la libertad». Nos quedamos algo perplejos, pensando qué implicará ese nuevo acceso a la libertad, expuesto por un hombre vigoroso y creativo a un lustro escaso de su centenario. Pero lo cierto es que Jünger ha sido muy explícito en cuanto a las condiciones de tal acceso. A caballo entre la metáfora y una crónica textual de su propia vida, ofrece a nuestra consideración la figura del Emboscado.

Si preguntamos quién es tal sujeto, la respuesta dice: alguien que siente y actúa como persona singular soberana. Suena extraño a primera vista, no menos quizá que vago y hasta arriesgado. Para ser exactos, suena a muy probablemente delictivo, considerando que nadie llega al Bosque sin «reservarse la decisión» en ciertos campos, campos donde la propaganda urge con gran vehemencia a delegar dicha decisión. Concretamente, uno no será un emboscado mientras decidan por él en medicina, ética y acatamiento a las leyes; tampoco lo será mientras no plantee como cuestión exclusivamente suya su propiedad y el modo de afirmarla. De los protectores y vigilantes institucionales el Emboscado exige algo sencillo en extremo: recurrir a su ayuda cuando lo crea conveniente él, no cuando lo crean ellos conveniente. […]

El Emboscado decide no solo en medicina, sino en ética y acatamiento a las leyes. Cabría pensar que esto olvida a «los demás» y la «totalidad», si no fuera porque supone justamente lo contrario. Reservarse la decisión es exigir que esta les sea reservada a los demás y a la totalidad, sin otros posibles perjudicados que el armador Leviatán y su crucero de lujo, el segurísimo Titánic, que imponen condiciones discutibles al paisaje. El Emboscado no quiere salir de la coacción como quien se opone a una en nombre de otra, como quien huye hacia algún desierto o como quien anda poseído de misantropía. El Bosque no es un lugar geográfico determinado, ni nada finalmente distinto del punto donde pernocta un corazón reñido con cualquier forma de crueldad. También puede decirse que el Emboscado jura odio eterno a la crueldad en general, fuere cual fuere su objeto.

Ahora bien, ¿qué se ve desde la emboscadura? Junto con la necesidad de desoír toda norma impuesta por violencia, la de aprender a hacerlo evitando una fulminación definitiva. Este texto es un fragmento de ‘Frente al miedo’ (Página Indómita, 2024), del filósofo Antonio Escohotado. 












[ARCHIVO DEL BLOG] Los muertos. Publicado el 04/11/2019









No creo que haya canción más otoñal que Las hojas muertas, de Jacques Prévert, -comienza diciendo el escritor Félix de Azúa-. La versión de Yves Montand ha marcado a tres generaciones. Tiene el inconveniente de que no es fácil de traducir. Les recuerdo el tema: Les feuilles mortes se ramassent à la pelle, les souvenirs et les regrets aussi. El cantante piensa en los años juveniles cuando anduvieron juntos él y su amiga. En aquel tiempo, dice, la vida era más bella y el sol más ardiente que hoy. Pero (y aquí entran las palabras terribles) los recuerdos y los lamentos, como las hojas muertas, se recogen con una pala y el viento del norte se los lleva a la fría noche del olvido. Y ese es el problema, “con una pala” rompe por completo la musicalidad del francés. En español son cinco sílabas; en francés son tres.
La belleza del otoño pide exactitud. En el poema no se esclarece cuál era la relación de quien canta y su amiga. ¿Eran amantes? ¿Amigos de infancia? ¿Sería un amigo? Tantas posibilidades abren un abanico grande que toca el corazón de cualquiera que haya amado alguna vez y sepa que los recuerdos y los lamentos se los lleva el frío viento del olvido. Por eso Prévert comienza la canción con una entrada emocionante. Lo primero que dice el cantante es: “¡Cuánto me gustaría que recordaras aquellos días felices, cuando éramos amigos!”. Forzar el recuerdo no es otra cosa que exigir el regreso de aquel amor desaparecido. Traerlo de nuevo a la presencia atemporal de quien conserva la memoria. No sabemos si han pasado tres, diez o cincuenta años. Ni siquiera sabemos si la amiga ha muerto. Solo sabemos que fueron tiempos dichosos y queremos que regresen, aunque solo sea en forma de canción. Porque para eso tenemos la música, para rescatar del infernal olvido a Eurídice, como hizo Orfeo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












El poema de cada. Hoy, Persépolis, de Marjane Satrapi (1969)





 



No sé cuántos de vosotros os habéis sentido extraños en vuestro país después de volver de un viaje muy largo. Y cuando digo extraños quiero decir casi extranjeros, como si todo lo vivierais como marcianos, como si hubierais mudado de cerebro y las calles, aun siendo las mismas, fueran distintas. Como si vuestros padres y amigos fueran completos desconocidos.

A mí me pasó. Y me pasó de una forma violenta porque mis padres me enviaron a Austria y después a Francia con 15 años, cuando en Teherán las cosas empezaron a ponerse cada vez más difíciles. —Te queremos tanto que queremos que te marches a Austria —me dijeron— y cogí un puñado de tierra del jardín de Irán para llevarme en la maleta.

"Me rapé el pelo y me agujereé las orejas, hice todo lo que en Irán estaba prohibido hacer. Pero poco a poco descubrí que mis amigos no eran como los revolucionarios de Irán, eran revolucionarios de libro, marxistas de sofá."

En Austria y en Francia no tenía que ponerme el velo que en Teherán empezó a ser obligatorio en 1980, a raíz del triunfo de la Revolución islámica de 1979. En Francia los jóvenes podían tener un póster de Iron Maiden, un pin de Michael Jackson y unas Nike sin que las guardianas de la revolución los pararan por la calle para llevarlos al comité. Aunque, y esto es un megasecreto, yo también tenía un póster de Iron Maiden que trajo mi padre de Turquía cosido al interior del abrigo,  ¡parecía un monstruo amorfo pasando los controles del aeropuerto de Teherán con esa espalda tan ancha!

Al llegar a Francia me hice amiga de un grupo de punkis y revolucionarios franceses. Pensaba que estar con ellos era como luchar por mi país fuera de él. Me rapé el pelo y me agujereé las orejas, hice todo lo que en Irán estaba prohibido hacer. Pero poco a poco descubrí que mis amigos no eran como los revolucionarios de Irán, eran revolucionarios de libro, marxistas de sofá. No eran como mi tío, que estaba preso por expresar sus ideas, ni como el padre de mi mejor amiga que había desaparecido, ni como mi amiga Neda a la que habían asesinado con 16 años. ¿Contra qué tenían que rebelarse en Francia mis amigos y los otros jóvenes si todos podían caminar por la calle sin ser inspeccionados y podían leer y escuchar la música que les gustaba e ir al cine?, ¿contra qué o quién tenían que pelear los padres si sus hijos estaban a salvo?

Durante aquella época no había nadie de Irán en Francia con quien poder hablar de mi país. Cada vez que hablaba con mis padres por teléfono sentía que los traicionaba; ellos allí, metidos de lleno en esa guerra y yo lejos de casa, fumando y saliendo sin parar. Rebelde sin causa. Pero también sentía que eran ellos los que me habían abandonado. No quería saber nada de ellos ni ver las noticias. Sentía vergüenza de ser iraní; me dolía la televisión, me dolía Teherán, me dolía la guerra. Me dolía no formar parte de ella y verla desde lejos. Me dolía ver a mis amigos franceses marchar el fin de semana a casa con sus padres. Pero lo que más me dolía era estar sola en un país extranjero, haber sido obligada a marchar, porque el silencio que acompaña a la soledad del que huye de la guerra es el más ensordecedor de los bombardeos. Es un silencio que grita, que araña, que te llena de culpa como se llena la boca al meter en ella un polvorón.

Así que, a pesar de que en Francia podía llevar pantalones rotos y el pelo verde, podía fumar canutos y podía besar a mi novio en la calle, echaba de menos el mar Caspio, las historias revolucionarias de mi tío y el olor a jazmín del sujetador de mi abuela. Echaba de menos mi habitación y mi escondite de chapas y discos. Decidí entonces, después de romper con mi segundo novio francés, que quería volver a casa tras cuatro años. Quería comerme el mundo como cuando era pequeña, y estaba dispuesta a cubrir mi cabeza con un velo y a renunciar a ciertas comodidades con tal de estar junto a los míos, junto a la tierra del jardín de casa que aún me acompañaba.

Al volver a casa me pasó lo que os contaba al principio. Me sentía una extranjera en Irán al igual que me había sentido una iraní en Francia. Había estado lejos de la guerra pero había librado otra guerra yo sola, de los 14 a los 18 años que es cuando los padres y los médicos dicen que empezamos a madurar y a formarnos, ¿a qué mundo pertenecía entonces?, ¿por qué mis amigas habían cambiado tanto?, ¿por qué las cosas eran tan distintas en Francia y en Teherán?, ¿por qué estaba tan triste si estaba en ca sa?

En Francia casi todo el mundo hacía lo mismo dentro y fuera de casa, salvo ir en pelotas, pero no en Irán. Una de las diferencias más significativas era precisamente esa, la existencia de dos mundos en Teherán, el del interior de las casas y el del exterior. El mundo contenido y negro de las calles y el mundo ruidoso y colorido del interior de las casas. El mundo de las restricciones y el de fiestas y la melena al viento. De hecho, el maquillaje que llevaban mis amigas no era tanto para resaltar sus ojos y sus labios como para dar una patada al orden. Era un maquillaje de guerra, un acto revolucionario, un arma en forma de barra de labios.

Es probable que vosotros no hayáis vivido una guerra, que la hayáis visto en la tele y leído en los libros o que os la hayan contado vuestros abuelos y bisabuelos. Es probable que no tengáis que convivir con dos mundos tan distintos fuera y dentro de vuestra casa. Pero tenéis algo en común conmigo, como mis amigos los seudorevolucionarios franceses, porque siempre hay una revolución que librar. Puede ser una revolución pequeñita, como decirle a alguien que te molesta que no vuelva a llamarte, como meter un voto en una urna, como saludar a alguien que finge no haberte visto, como pintarte los labios de negro. Una revolución a pequeña escala. La mía ha sido escribir este libro y ponerlo en tus manos, para que recorras conmigo la historia de mi país. Marjane Satrapi (1969). Escritora y dibujante iraní. Premio Princesa de Asturias 2024.














De las viñetas de humor de hoy domingo, 27 de octubre de 2024