domingo, 19 de abril de 2009

Dos mujeres

He dado a esta entrada el título de "Dos mujeres", el mismo de la hermosísima y dura película de Vittorio De Sica (1961), basada en un relato de Alberto Moravia, e interpretada por una exhuberante Sofía Loren, Emma Baron, Eleanora Brown, Raf Vallone, y un principiante Jean Paul Belmondo. Salvo el título, nada tiene en común la trágica violencia ejercida por esos soldados aliados que avanzan por la península italiana en en las postrimerías de la II Guerra Mundial sobre una joven viuda y su hija, con esa otra historia de dos mujeres, contemporáneas, y aparentemente con muy pocas cosas en común, que hoy comento: Rita Levi-Montalcini (1) y Corín Tellado (2). La primera, italiana y judía, neurocirujana, premio Nobel de Medicina, soltera, que cumple 100 años dentro de unos días; la segunda, española de Asturias, católica, prolífica autora de novelas "rosa", la escritora en español más leída después de Cervantes, separada, fallecida la semana pasada. Y sin embargo, ambas unidas por su condición femenina, por un indomable carácter, una voluntad férrea y una increíble capacidad de trabajo. Esta mañana, leyendo por Internet el suplemento "Domingo" de El País de hoy, que les dedica sendos reportajes ("Un cerebro centenario", por Miguel Mora, y "El amor sólo en los libros", por Javier Cuartas) he descubierto el gran paralelismo profundo existente entre dos vidas tan dispares, y que puede resumirse en el insobornable deseo de vivir con dignidad. No se si he acertado en la comparación, pero a mi me ha parecido interesante. Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)


Notas:
(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Rita_Levi-Montalcini
(2) http://es.wikipedia.org/wiki/Cor%C3%ADn_Tellado

Imágenes:
(1) Rita Levi-Montalcini:
http://files.nireblog.com/blogs1/asturieslliberal/files/corin%20tellado.jpg
(2) Corín Tellado:
http://files.nireblog.com/blogs1/asturieslliberal/files/corin%20tellado.jpg




http://emmyfinegold.files.wordpress.com/2008/11/rita-levi-montalcini1.jpg
Rita Levi-Montalcini




"UN CEREBRO CENTENARIO", por Miguel Mora
Domingo/El País, 19/04/09

"Cuando ya no pueda pensar, quiero que me ayuden a morir con dignidad". El 22 de abril cumple 100 años Rita Levi-Montalcini. La científica italiana, premio Nobel de Medicina, soltera y feminista perpetua -"yo soy mi propio marido", dijo siempre- y senadora vitalicia produce todavía más fascinación cuando se la conoce de cerca. Apenas oye y ve con dificultad, pero no para: investiga, da conferencias, ayuda a los menos favorecidos, y conversa y recuerda con lucidez asombrosa.

Sobrada de carácter, deja ver su coquetería en las preciosas joyas que luce, un brazalete que hizo ella misma para su gemela Paola, el anillo de pedida de su madre, un espléndido broche también diseñado por ella. Desde sus ojos verdes vivísimos, Levi-Montalcini escruta a un reducido grupo de periodistas en la sede de su fundación romana, donde cada tarde impulsa programas de educación para las mujeres africanas.

Por las mañanas visita el European Brain Research Institute, el instituto que creó en Roma, y supervisa los experimentos de "un grupo de estupendas científicas jóvenes, todas mujeres", que siguen aprendiendo cosas sobre la molécula proteica llamada Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), que ella descubrió en 1951 y que juega un papel esencial en la multiplicación de las células, y sobre el cerebro, su gran especialidad. "Son todas féminas, sí, y eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental", dice.

Con ella está, desde hace 40 años, su mano derecha, Giuseppina Tripodi, con quien acaba de publicar un libro de memorias, La clepsidra de una vida, síntesis de su apasionante historia: su nacimiento en Turín dentro de una familia de origen sefardí, la decisión precoz de estudiar y no casarse para no repetir el modelo de su madre, sometida al "dominio victoriano" del padre; el fascismo y las leyes raciales de Mussolini que le obligaron a huir a Bélgica y a dejar la universidad; sus años de trabajo como zoóloga en Misuri (Estados Unidos), el premio en Estocolmo -"ese asunto que me hizo feliz pero famosa"-, sus lecturas y sus amigos (Kafka, Calvino, el íntimo Primo Levi), hasta llegar al presente.

Sigue viviendo a fondo, come una sola vez al día y duerme tres horas. Su actitud científica y vital sigue siendo de izquierdas. Pura cuestión de raciocinio, explica, porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. "Es la parte instintiva, la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. La tenemos poco desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente".

Laica y rigurosa, apoya sin rodeos el testamento biológico y la eutanasia. Y no teme a la muerte. "Es lo natural, llegará un día pero no matará lo que hice. Sólo acabará con mi cuerpo". Para su centenario, la profesora no quiere regalos, fiestas ni honores. Ese día dará una conferencia sobre el cerebro.

Pregunta. ¿Cómo es la vida a los cien años?

Respuesta. Estupenda. Sólo oigo con audífono y veo poco, pero el cerebro sigue funcionando. Mejor que nunca. Acumulas experiencias y aprendes a descartar lo que no sirve.

P. ¿Se arrepiente de no haber tenido hijos?

R. No. Era adolescente cuando decidí que nunca me casaría. Nunca habría obedecido a un hombre como mi madre obedecía a mi padre.

P. ¿Recuerda el momento en que decidió estudiar? ¿Qué dijo su padre?

R. Era el periodo victoriano. Mi padre era una persona de gran valor intelectual y moral, pero un victoriano. Desde niña estaba contra eso, porque veía a mi padre dominar todo, y decidí que no quería estar en un segundo plano como mi madre, a la que adoraba. Ella no mandaba. Dije a mi padre que no quería ser ni madre ni esposa, que quería ser científica y dedicarme a los otros, utilizar las poquísimas capacidades que tenía para ayudar a los que necesitaban. Que quería ser médica y ayudar a los que sufrían. Él me dijo: "No lo apruebo pero no puedo impedírtelo".

P. ¿Qué momentos de su vida han sido más emocionantes?

R. El descubrimiento que hice, que hoy es más importante que entonces. Cuando cada experimento confirmaba mi hipótesis, que iba completamente contra los dogmas de ese tiempo, viví momentos emocionantes. Quizás el más emocionante. Por el resto, el reconocimiento de Estocolmo me dio mucho placer, claro, pero fue menos emocionante.

P. Su tesis demostró que, de los dos hemisferios del cerebro, uno está menos desarrollado que el otro.

R. Sí, el cerebro límbico, el hemisferio derecho, no ha tenido un desarrollo somático ni funcional. Y, desgraciadamente, todavía hoy predomina sobre el otro. Todo lo que pasa en las grandes tragedias se debe al hecho de que este cerebro arcaico domina al de la verdadera razón. Por eso debemos estar alerta. Hoy puede ser el fin de la humanidad. En todas las grandes tragedias se camufla la inteligencia y el razonamiento con ese instinto de bajo nivel. Los regímenes totalitarios de Mussolini, Hitler y Stalin convencieron a las poblaciones con ese raciocinio, que es puro instinto y surge en el origen de la vida de los vertebrados, pero que no tiene que ver con el razonamiento. El peligro es que aquello que salvó al australopithecus cuando bajó del árbol siga predominando.

P. En cien años usted ha conocido esos totalitarismos. ¿Cómo se puede evitar que vuelvan?

R. Hay que comenzar en la infancia, con la educación. El comportamiento humano no es genético sino epigenético, el niño de dos o tres años asume el ambiente en el que vive, y también el odio por el diferente y todas esas cosas atroces que han pasado y que pasan todavía.

P. ¿Qué aprendió de sus padres? ¿Qué valores le transmitieron?

R. Lo más importante era comportarse de una manera razonable, saber lo que vale de verdad. Tener un comportamiento riguroso y bueno, pero sin la idea del premio o el castigo. No existía la idea del cielo y el infierno. Éramos religiosos, pero la actitud ante la vida no tenía que ver con la religión. Existía el sentido del deber, pero sin compensación post mortem. Debíamos comportarnos bien, eso era una obligación. Entonces no se hablaba de genética, pero era ese espíritu. Sin premio ni miedo.

P. Su origen es sefardí. ¿Hablaban español en casa?

R. No, nunca tuvimos mucha relación con esa lengua. Sabíamos que veníamos de la parte sefardí y no de la askenazi, pero no se hablaba de ello, no nos importaba mucho ser de una u otra. Spinoza me hacía feliz, era un gran referente cultural, y todo lo que sabíamos procedía de los grandes pensadores hebreos, pero no había un sentido de orgullo, de ser mejores, nunca pensamos así.

P. ¿Basta un siglo para comprender a Italia?

R. Es un país maravilloso, por el clima, por la historia del Renacimiento, y por sus enormes contribuciones, su historia formidable de capacidad y descubrimientos. Me sentí siempre judía e italiana, las dos cosas al 100%. No veía dificultad en eso.

P. ¿Cómo ve a Italia hoy?

R. Tiene un fortísimo capital humano, capacidad innovadora y de convivencia, orgullo del pasado, y no se siente demasiado afectada por las cosas negativas, como la mafia. Siempre sentí que era un país del que era una suerte formar parte y haber nacido. Ser italianos era parte de nosotros, nadie nos preguntaba si éramos italianos o no. También era una suerte ser judía. No conocí la Biblia, no tuve una educación religiosa, y me reflejaba en el capital artístico y moral italiano y judío. No pertenecí a una pequeña minoría perseguida, sabía que eso ocurría, pero no me sentía parte de ello. Desde niña me sentía igual que los demás. Cuando me preguntaban "¿cuál es tu religión?", contestaba: "Yo, librepensadora", y nadie sabía qué era eso. Y tu padre qué es: ingeniero.

P. ¿Cómo vivió el fascismo?

R. No siento rencor personal. Sin las leyes raciales, que determinaron que los judíos éramos una raza inferior, no hubiera tenido que recluirme en mi habitación para trabajar, en Turín y luego en Asti. Pero nunca me sentí inferior.

P. ¿Así que no sintió miedo?

R. Miedo, no; desprecio y odio sí, netamente por Mussolini. A mi profesor Giuseppe Levi lo seguí paso a paso y era feliz por lo que él valientemente osaba hacer y decir. Nunca sentí la persecución porque mis compañeros de universidad católicos me consideraban igual. Y no tuve sensación de peligro. Cuando empezaron las persecuciones, eran tan inmundas las cosas que se decían que no me daba por aludida. Estaba ya licenciada en 1936, había estudiado con Renato Dulbecco, católico, y Salvatore Luria, judío, y no tenía sensación de ser distinta.

P. ¿Cree que hay peligro de que vuelva el fascismo?

R. Sí, en los momentos críticos prevalece más la componente instintiva del cerebro, que se camufla de raciocinio y anima a los jóvenes a razonar como si fueran parte de una raza superior.

P. ¿Ha seguido la polémica sobre el Papa, los preservativos y el sida?

R. No comparto lo que ha dicho.

P. ¿Y qué piensa del poder que tiene la Iglesia? ¿Es demasiado?

R. Sí. Fui la primera mujer admitida en la Academia Pontificia y tuve una buena relación con Pablo VI y con Wojtyla, también con Ratzinger, aunque menos profunda que con Pablo VI, al que estimaba mucho. No la tuve en cambio con aquel considerado el Papa Bueno, Roncalli (Juan XXIII), que para mí no era bueno, porque era muy amigo de Mussolini y cuando comenzaron las leyes antifascistas dijo que había hecho un gran bien a Italia.

P. ¿Ha cambiado mucho su pensamiento a lo largo de la vida?

R. Poco, poco. Siempre pensé que la mujer estaba destruida porque el hombre imponía su poder por la fuerza física y no por la mental. Y con la fuerza física puedes ser maletero, pero no un genio. Lo pienso todavía.

P. ¿Le importó alguna vez la gloria?

R. Para mí, la medicina era la forma de ayudar a los que no tenían la suerte de vivir en una familia de alto nivel cultural como la mía. Esa línea recta no ha cambiado. La actividad científica y la social son la misma cosa. La ayuda a las mujeres africanas y la medicina son lo mismo.

P. ¿El cerebro sigue siendo un misterio?

R. No. Ahora es mucho menos misterioso. El desarrollo de la ciencia es formidable, sabemos cómo funciona desde el lado científico y tecnológico. Su estudio ya no es un privilegio de los expertos en anatomía, fisiología o comportamiento. Los anatomistas no han hecho gran cosa, quitando algunos. Ahora ya no hay barreras. Físicos, matemáticos, informáticos, bioquímicos y biomoleculares, todos aportan cosas nuevas. Y eso abre posibilidades a nuevos descubrimientos cada día. Yo misma, a los 100 años, sigo haciendo descubrimientos que creo importantes sobre el funcionamiento del factor que descubrí hace más de 50 años.

P. ¿Hará fiesta de cumpleaños?

R. No, me gustaría ser olvidada, ésa es mi esperanza. No hay culpa ni mérito en cumplir 100 años. Puedo decir que la vista y el oído han caído, pero el cerebro no. Tengo una capacidad mental quizá superior a la de los 20 años. No ha decaído la capacidad de pensar ni de vivir...

P. Díganos el secreto.

R. La única forma es seguir pensando, desinteresarse de uno mismo y ser indiferente a la muerte, porque la muerte no nos golpea a nosotros sino a nuestro cuerpo, y los mensajes que uno deja persisten. Cuando muera, solo morirá mi pequeñísimo cuerpo.

P. ¿Está preparada?

R. No hace falta. Morir es lógico.

P. ¿Cuánto desearía vivir?

R. El tiempo que funcione el cerebro. Cuando por factores químicos pierda la capacidad de pensar, dejaré dicho en mi testamento biológico que quiero ser ayudada a dejar mi vida con dignidad. Puede pasar mañana o pasado mañana. Eso no es importante. Lo importante es vivir con serenidad, y pensar siempre con el hemisferio izquierdo, no con el derecho. Porque ése lleva a la Shoah, a la tragedia y a la miseria. Y puede suponer la extinción de la especie humana.




http://files.nireblog.com/blogs1/asturieslliberal/files/corin%20tellado.jpg
Corín Tellado




"EL AMOR SÓLO EN LOS LIBROS", por Javier Cuartas
(Domingo (El País), 19/04/09

Corín jamás dijo "te amo". Corín Tellado, la maestra del género rosa en castellano y autora de una gigantesca obra literaria de temática sentimental que sedujo a varias generaciones de mujeres durante más de medio siglo, no logró en sus casi 83 años de vida la dicha amorosa que transmitió en las más de 4.000 novelas que, con una disciplina de trabajo indesmayable y una fantástica capacidad de fabulación, publicó semanalmente durante 53 años hasta su fallecimiento en su domicilio de Gijón (Asturias) el pasado día 11.

Su vida amorosa, truncada a los tres años de matrimonio por una separación que ella impuso, fue la única trama argumental a la que nunca quiso ponerle un final feliz. Ni hubo reconciliación conyugal ni volvió a rehacer su vida sentimental con otro hombre. Las cartas que le escribiera su marido durante años tras la separación quedaron sin abrir y la escritora las quemó, el mismo día que enviudó, sin haberlas leído. Ya octogenaria, confesó: "Me olvidé de vivir".

Corín jamás cayó rendida a las pasiones que promovió. "Nunca estuve locamente enamorada. Quise apaciblemente". Y también: "No he sufrido nunca ese amor ardiente y arrebatado". La autora de la más extensa obra literaria amorosa en castellano, con más de cuatro millones de ejemplares vendidos, no fue el prototipo de mujer sentimental y romántica al uso, sino una persona de carácter recio, muy aguerrida y pragmática, por más que, bajo su apariencia de dureza, latiera la nobleza de un ser sensible: "Soy realista", le confesó a este periodista en julio de 1987. "Me emocionan las cosas reales, las que palpo, las que tienen vida. No me seducen las puestas de sol, ni las estrellas, ni la luna llena. Yo nunca he dicho 'te amo', 'te quiero', 'vida mía'. Sólo lo sugiero en las novelas para que se emocionen otros. A mí me conmueven los animales, los prados, las personas, la roca viva, los acantilados".

María del Socorro Tellado López (Viavélez, Asturias, 1926) ya era Corín Tellado cuando conoció a su futuro marido y padre de sus dos hijos. La afamada escritora descubrió a quien creyó que iba a ser el hombre de su vida en el verano de 1958 en Gijón. Domingo Egusquizaga, delegado comercial de una compañía vasca, había acudido a la Feria Internacional de Muestras de Asturias. La escritora tenía ya 32 años y llevaba 12 publicando una producción novelística de entrega semanal en la que sublimaba (aun con sufrimientos, avatares y desamores) las relaciones de pareja. Domingo era, según Corín, "guapo, bien plantado, limpio, dicharachero... Era el hombre perfecto".

Aunque nacida a orillas del Cantábrico, en una casa blanca que se levanta junto a una palmera de ensoñaciones ultramarinas, la escritora quiso que su boda se celebrara en las montañas de Covadonga. En la gruta, sobre una cascada de agua y al pie de la Santina, Corín y Domingo se dijeron "sí, quiero" en plenos Picos de Europa, en 1959, un año después de su primer encuentro. Pero la relación se demostró fallida de inmediato. Ya durante el viaje de novios intuyó que su matrimonio había sido una equivocación. "Qué gran error. No pegábamos ni con cola. Él hubiera sido feliz con otra mujer, y yo lo hubiera sido con otro hombre, pero juntos éramos un fracaso como pareja. No teníamos nada en común". El matrimonio siguió resquebrajándose con la convivencia diaria. Un año después de la boda nació la hija mayor, Begoña, y un año más tarde, el varón, Chomín. Pero Tellado toma en 1962 una decisión radical para la época: impone la separación y se queda con los niños. A Tellado, que ya publicaba en la revista Vanidades, de Miami, le propusieron mudarse a Florida para que pudiera rehacer su vida, pero la escritora optó por quedarse en Gijón.

Las causas de su fracaso matrimonial fueron varias. "Yo era mucha mujer", comentó en julio de 1987. Años después fue más explícita: "Yo quise mucho a mi marido. Era guapo y buena persona, pero era un fastidio. No era un hombre malo, pero su carácter era fastidioso, reñía, era un cascarrabias".

La separación se produce en un momento cumbre de la escritora. La Unesco acababa de proclamarla como el segundo autor en castellano más leído en el mundo, sólo tras Cervantes. Amén de sus novelas semanales para la editorial Bruguera, seguía publicando una historia quincenal en Vanidades, de difusión en Hispanoamérica. Y a fines de aquel mismo 1962 aparecieron las fotonovelas Corín Ilustrada.

Se levantaba a las cinco de la madrugada y se encerraba con un café y una cajetilla de cigarrillos mentolados Kool en el despacho, donde tecleaba en una Hispano-Olivetti 50 hasta la hora de la comida. A veces corregía por las tardes. Cuando terminaba una novela, en un par de días, ya había concebido la siguiente.

La relación con su marido ya no se recompuso. Hace 22 años le confió a este periodista que durante años siguió recibiendo cartas de su marido, pero que nunca las leyó ni las abrió. Y el mismo día que le notificaron su fallecimiento, las quemó sin leerlas. Tampoco acudió al entierro de su marido en San Sebastián. "Fue mi hija Begoña y vio que tenía la casa llena de recuerdos de su familia, mis novelas y cartas dirigidas a mí que nunca envió. No supo manifestar lo que sentía. Sus cartas las rompí sin leerlas". "Murió como buscó morir: solo. Pero lo respeté siempre. Si nos vemos en el más allá, le daré la mano".

Como un trasunto de sus relatos, donde también aparecen mujeres de carácter, incluso adelantadas a su época, pero constreñidas por el ambiente pacato de la época, ella no fue una excepción. Aunque rompedora con su conducta, se puso el mundo por montera como mujer emancipada, triunfadora en su oficio, separada y que ya en los cincuenta circulaba por Gijón en una Vespa cuando era insólito ver una mujer en moto -"me importaba un rábano lo que dijeran de mí"-, hubo fronteras que nunca se atrevió a cruzar. Quizá sus hijos -lo insinuó en alguna ocasión- pesaron más que su temperamento indómito. El caso es que no se permitió una segunda oportunidad sentimental: "Soy mujer de compañero, pero fallé una vez y eso me marcó".

Sólo al final de su vida comentó que fue víctima de una época sin libertades. "Lamento no haberme casado otra vez. Pero nunca me divorcié. Cuando pude hacerlo, no existía el divorcio en España, y cuando se legalizó, el sol había pasado ya por mi puerta. Yo creo en el matrimonio. Mi madre murió con 78 años, y no paso un solo día sin recordar a mi padre. Eso es acabar bien la vida. Y yo estoy rodeada de los matrimonios de mis hijos. El amor existe". Capaz de combinar la causticidad con la ternura, la nobleza con el coraje y la apariencia de frialdad con el afecto profundo, Tellado era, al igual que su estilo literario, de trato directo y frontal -"no soy mujer a la que le gusten las ceremonias"- y ocultaba su verdadera personalidad bajo la impronta de un genio vigoroso: "Doy la impresión de ser mujer fría y distante, y aparentemente tengo mal carácter, pero sólo aparentemente. La gente que me conoce bien sabe que no es cierto. Lo que sí tengo es temperamento, eso no lo puedo negar, pero eso no es malo. No hubiera llegado aquí sin ese temperamento".

Los más cercanos, y entre ellos sus seis nietos, que la llamaban Tatín, lo avalan. Corín Castro Tellado, de 19 años, escribió el lunes a su abuela: "Fuiste (...) más que una madre. Lo fuiste todo para tus hijos. Y ahora ellos lloran tu ausencia. Todos te echamos de menos". Sólo en muy contadas ocasiones admitió haber sufrido: "La gente piensa que Corín Tellado es un portento y que vive divinamente, pero no, yo he sufrido, he llorado, he sentido como cualquier otro. He puesto en las novelas un sentimiento muy común, muy cercano y por eso nunca me extrañó que las chicas me leyeran con tanto entusiasmo".

En realidad, Tellado fue una mujer que, ya desde muy pequeña, aspiró a ocultar sus debilidades. Sus primos y vecinos la recuerdan de niña en Viavélez, antes de la Guerra Civil, como una muchacha muy tímida que superaba sus complejos adoptando una actitud de rebeldía. Aquella Socorrín -diminutivo familiar del que derivó el sobrenombre de Corín-, y única mujer de cinco hermanos, halló en las travesuras infantiles, que hicieron fama en Viavélez, la vía de superación de la timidez congénita y la forma de dar cauce a la imaginación desbordante que luego reconduciría hacia la escritura. Vivió la Guerra Civil en Viavélez. Conoció el desosiego de la familia "poniendo colchones en las ventanas" para protegerse de la metralla y tuvo el primer contacto con la muerte: "Vi cadáveres en las cunetas". Pero también descubrió la magia de la literatura en los libros que su padre atesoraba en el desván de la vivienda familiar.

Al término de la contienda, el ascenso laboral de su padre a jefe de máquinas supuso la mudanza de la familia: el buque en el que navegaba Guillermo Tellado dejó de hacer escalas en Asturias y la familia decidió su traslado a Cádiz. En la capital gaditana, Corín se recuerda como una muchacha "muy vergonzosa, muy tímida, que ni siquiera jugaba en los recreos", pero una compañera de la época, Ana María Morgado, la recordó como una adolescente "muy lanzada, que montaba en bicicleta cuando estaba mal visto y que fumaba cigarrillos a escondidas".

También mantuvo su afán lector: su debú como escritora, cuando estaba a punto de entrar a trabajar en una zapatería para contribuir a la economía familiar, fue producto del desafío y la emulación. Corín, que empezó a escribir relatos por las noches mientras velaba a su padre en el lecho de muerte, en 1945, escribió su primera obra para demostrarle a uno de sus hermanos que era capaz de escribir mejor que él. El librero gaditano al que compraba libros gestionó la publicación de su primera novela.

Fue en 1946. Tellado tenía 19 años y aquello cambió su vida. La muerte del padre había dejado a la familia en una situación económica maltrecha, y Corín había tenido que renunciar a seguir estudiando. Un contrato con Bruguera sólo un año después, en 1947, es el espaldarazo. La editorial le encarga un título a la semana. "El amor no era nada para mí cuando escribí mi primera novela. Allí le eché imaginación. Yo no sabía nada de hombres ni de amores. Pero desde aquel día nunca me faltó un sueldo".

Con los primeros ingresos económicos, se permite en 1948 una visita a Asturias. Lo que iba a ser una estancia breve se convirtió en definitiva: "Nada más apearme del tren reencontré aquella parte de mí misma que había quedado atrás y supe que éste era mi sitio y mi tierra". Corín mantiene su febril actividad de escritura en Gijón. Luego llegó el noviazgo, la boda, los hijos y la separación. El ritmo incesante de producción literaria se acelera. No terminaba una novela cuando ya estaba pergeñando la siguiente. Nunca se detuvo. Siguió tecleando en la Hispano-Olivetti y tratando de acompasar su novelística a los nuevos tiempos modernizadores y al avance de la sociedad y de las costumbres. "Me he divertido poco. Salía a veces con una amiga, pero no a bailar, sino al teatro, al cine, a escuchar a Antonio Molina... No, no era una vida divertida, pero no echaba nada de menos".

Ya no se la conocen nuevas relaciones afectivas aunque más de una vez declaró: "Hay cosas de mi vida que sólo yo conozco y que nadie sabrá jamás. Mi verdadera vida no se la digo ni se la diré a nadie. A nadie".

Con la llegada de la democracia y la superación del género rosa tradicional por los nuevos vientos de la libertad, Tellado evolucionó sus propias novelas (aparecen divorcios, abortos y desamores) y pulsó otras temáticas. En 1979, bajo el seudónimo de Ada Miller, publicó 26 novelas eróticas de bolsillo, pero no se sintió cómoda en el género. Pero el cambio social en España es arrollador y su novelística, sin llegar a desaparecer, sufre una merma en la atención del público. Ha dejado al menos dos novelas acabadas y el miércoles 8, tres días antes de su muerte, acabó de dictar la última historia para Vanidades.

La escritora, que acumuló un apreciable patrimonio, repartió sus bienes en vida entre sus dos hijos y vivió en los últimos años de una pensión y de los derechos de autor. La última reunión familiar se había producido el Viernes Santo, la víspera de su muerte. Su nieta Corín Castro Tellado aseguró que el mayor empeño de su abuela fue mantener unida a la familia. "Lo ha conseguido", sentenció. Corín afrontó su último trance con afán escudriñador: "Soy católica con reparos. Sólo siento curiosidad por saber lo que hay más allá. Si no hubiera algo, sería decepcionante".




(E-1132) .../...

No hay comentarios: