lunes, 8 de septiembre de 2008

Un funeral de todos

Quiero suponer que no hay mala voluntad en ellos, pero la verdad es que ofende a la sensibilidad moral ese deseo por parte de la jerarquía católica española de hacerse intérprete, mediadora y protagonista del dolor ajeno. Y aunque no va a servir de gran cosa, me sumo a la petición concretada en El País de hoy por el teólogo (católico) y director de la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid, Juan José Tamayo, de que se suspenda el Funeral de Estado organizado por el arzobispado de Madrid en memoria de las víctimas del accidente aéreo de Barajas de hace unos días.

No quiero decir con ello que el funeral católico no pueda celebrarse. Puede y debe hacerse, pero sin el rango de Funeral de Estado. Juan José Tamayo, pide -pienso que con toda la razón-, que este acto sea sustituido por una solemne ceremonia civil, en un lugar público, con representación de las más altas autoridades del Estado y de las diferentes confesiones religiosas que profesaban las víctimas. Con todo respeto, pido respeto para las víctimas y su memoria. (HArendt)





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El Rey de España: Símbolo de la unidad y permanencia del Estado (art. 56, C.E.)




"Un funeral civil por las víctimas de Barajas", por Juan José Tamayo

El trágico accidente del aeropuerto de Barajas del pasado 20 de agosto, que costó la vida a 154 personas, ha provocado un dolor inenarrable y un destrozo anímico en numerosas familias y ha conmocionado a la sociedad española en pleno periodo estival. Ha sido una experiencia colectiva traumática en la que la muerte ha mostrado su rostro más severo e inmisericorde. Pocas veces como en esta ocasión se ha hecho realidad la descripción del filósofo alemán Ernst Bloch en el tercer volumen de El principio esperanza: "La muerte es la más fuerte y trágica anti-utopía, la aniquilación de toda dicha y la disolución de toda comunidad; borra la más impresionante experiencia existencial, es decir, la existencia misma. No hay ningún enemigo tan inesquivable, ninguna certeza en esta vida tan incierta que pueda ni siquiera compararse con la certeza de la muerte. Las mandíbulas de la muerte aniquilan todo".

Los familiares de las víctimas de Barajas han vivido esta experiencia con ejemplar entereza y auténtica dignidad. Han sufrido el drama por dentro, pero sin dramatismos.

Tras el accidente se han celebrado numerosos actos en recuerdo de las víctimas y se han producido muestras sinceras de solidaridad con las familias. Se ha anunciado la celebración de un funeral en la Catedral de la Almudena de Madrid por todos los muertos en el accidente de Barajas que va a ser oficiado por el cardenal Rouco Varela, arzobispo de la capital y presidente de la Conferencia Episcopal Española. De nuevo vuelve a repetirse la confesionalización católica de la muerte, como sucediera tras el atentado terrorista del 11-M y, posteriormente, con motivo del fallecimiento del ex presidente del gobierno Leopoldo Calvo Sotelo. De nuevo se incurre en un tremendo error conforme a la actitud tan carpetovetónica de mantenella y no enmendalla.

En las últimas cuatro décadas, la sociedad española ha vivido transformaciones sociorreligiosas muy profundas. Ha pasado de la religión única a un amplio y saludable pluralismo religioso, de un clima nacionalcatólico que impregnaba todas las manifestaciones de la vida política y social a un acelerado proceso de secularización y a unas actitudes de increencia en las modalidades de indiferencia religiosa, ateísmo, agnosticismo, etcétera; de la cultura única a la diversidad cultural. Fenómenos todos ellos enriquecedores, vividos sin traumas en un clima de convivencia, con importantes experiencias de diálogo interreligioso e intercultural y de encuentros entre creyentes y no creyentes desde el compromiso ético por la justicia.

Por los testimonios que hemos escuchado estos días, el mismo pluralismo ha podido apreciarse entre las víctimas del accidente y sus familiares, ciudadanos y ciudadanas de más de diez países, unas creyentes de diferentes tradiciones religiosas, otras no creyentes de distintas ideologías. Este pluralismo debe reflejarse en cuantas celebraciones se lleven a cabo a nivel de Estado, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos en recuerdo de las víctimas, con la incorporación de símbolos, textos, ritos y expresiones musicales de diferentes culturas, religiosas o no, y no sólo de una única tradición religiosa.

El acto que mejor reflejaría, a mi juicio, el pluralismo actual es un Funeral Civil de Estado en un espacio público con participación de las diferentes tradiciones religiosas y culturales. El funeral católico programado demuestra lo lejos que estamos del Estado laico, supone una falta de respeto al pluralismo antes descrito y hiere las convicciones y sentimientos de las personas y las familias que no comparten las creencias católicas.

La Alianza Evangélica Española ha denunciado que "este acto supone sumar, al ya intenso dolor de la tragedia sufrida, otro de menosprecio a los sentimientos de los ya fallecidos y de sus familiares". ¿Por qué se acepta sin dificultad la diversidad cultural y religiosa en la vida cotidiana y, sin embargo, no se practica en momentos como el del trágico accidente con una celebración laica en la que quepan todas las concepciones de la muerte?

La viuda de un pastor evangélico canario muerto en Barajas ha manifestado su oposición a una ceremonia católica para su marido. ¿Por qué no se respetan los legítimos deseos de esta mujer? ¿Cómo se compagina ese funeral con el texto constitucional que dice: "Ninguna religión tiene carácter estatal"? La contradicción es manifiesta.

Estamos en una situación privilegiada para demostrar, a través de un Memorial Civil, el respeto a la diversidad de cosmovisiones, creencias e increencias de la sociedad española y el carácter laico del Estado en su más alta representación, la monarquía y el gobierno de la Nación, y en las Administraciones autonómicas y municipales. Es la mejor manera de honrar cívicamente la memoria de los muertos, de respetar el dolor de las familias y de mostrar la solidaridad con ellas, sin privilegios ni exclusiones por razones religiosas o ideológicas. Ninguna religión ni cultura pueden apropiarse del dolor humano ni del sentido de la muerte, y menos aún imponer sus formas simbólicas de celebrarlo. Y menos aún con el respaldo del Estado. (El País, 08/09/08)





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