viernes, 11 de septiembre de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. EL MUNDO DE AYER, POR MARGARYTA YAKOBENKO. 11 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







Al cruzar la cerca de metal verde, te adentras en un mundo de sombras. Las parras trepadoras que se plantaron un día que ya nadie recuerda han logrado tapar del sol la entrada a ese patio en el que antes cabían hasta dos coches que llegaban repletos de primos, maletas, cajas con tomates y sandías compradas en el arcén, a medio camino. Si sigues caminando, el patio se ensancha. Sus únicas fronteras, que lo separan del huerto, son unos muros encalados de un grosor vetusto que mantiene la casa fresca en verano y templada en invierno, cuando afuera el termómetro baja a menos 20, y la nieve impide abrir la puerta.

En medio del patio hay un pozo con la tapa verde. Sobre el pozo, un nogal gigante arroja una sombra olorosa. Si se levanta un poco de viento, sus hojas se mueven como si en realidad hubiera un vendaval, su tronco cruje. Hay que hacer algo con ese nogal, diría un tío, un abuelo, si en este momento estuviera viéndolo. Hay que pintar el pozo de azul. Volver a encalar los muros. Reparar la ventana de la veranda en la que se cena las noches de agosto en las que empieza a refrescar. Hay que preparar la casa porque luego vendrán los nietos, los hijos, los yernos y las nueras, y el patio se llenará de ruido, de cochecitos de plástico y pelotas, de hamacas colgadas entre el peral y el cerezo. De rodillas bañadas en Betadine porque a alguien se le ocurrió subirse al albaricoque y luego le dio miedo bajar.

Pero este año no vendrá nadie a la casa de muros centenarios. Nadie correrá alrededor del pozo. No habrá coches en el patio debajo de los racimos de uvas que ahora solo se comen las avispas. Este verano, y ya van cinco, la casa seguirá triste y vacía. Y mientras el nogal proyecta una sombra ahora estéril, el sonido del movimiento de sus ramas se ahoga con los proyectiles que impactan sobre la tierra, sobre las casas, sobre centrales eléctricas, sobre la gente. Los campos ya no reciben semillas, ahora solo se preñan de metralla.

El desarraigo es un duelo eterno. Intentamos preservar los recuerdos, la infancia, la casa de los abuelos, en bolas de cristal que envolvemos en mantas esperando protegerlas, sabiendo que un día también ese artefacto frágil se romperá. Hoy se cumplen 1.647 días del comienzo de la guerra en Ucrania y no te acostumbras, solo asumes que lo único seguro en la vida es que no se puede dar nada por sentado. Y, a partir de ahí, intentas vivir. A veces en el día de hoy. La mayor parte del tiempo, en el mundo de ayer. Margaryta Yakovenko es periodista y escritora, antes de llegar a EL PAÍS fue editora en la revista PlayGround y redactora en El Periódico de Cataluña y La Opinión de Murcia. Graduada en Periodismo y máster en Periodismo Político Internacional. Es autora de la novela 'Desencajada' y varios relatos. Su último libro es 'Ocupación' (2026).



















jueves, 10 de septiembre de 2026

GAU ON, ATASEDEN GOZOA ETA AMETS GOZOAK. 2026KO IARAILAREN 10EAN

 





Kaixo berriro ere, lagunok. Gau on, amets gozoak eta atseden zoriontsua guztioi ostegun gau honetan, 2026ko irailaren 10ean. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskerrik asko bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisitaz gozatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Patu onbera zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. HArendt














ENTRADA NÚM. 11409

DE LA TARDE QUE CAE. ARRIBA A LA DERECHA, POR DANIEL INNERARITY. 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Las categorías de la izquierda y la derecha son más rígidas que las realidades que quieren explicar; solo nos servirán para entender la realidad si las manejamos de un modo que permita configuraciones inéditas, coincidencias y desacuerdos nuevos. Uno puede seguir sosteniendo que los pobres votan a la izquierda y las élites a la derecha y, al comprobar que la sociología no le da del todo la razón, indignarse porque unos voten torpemente contra sus intereses y otros manipulen tan astutamente. ¿Qué tal si comenzamos por entender bien la realidad, aunque esto nos genere la incomodidad de tener que modificar el observatorio desde el que la miramos?

Se han reconfigurado las líneas de la disputa política, que ya no se comprende o explica bien con los conceptos habituales, por ejemplo, el conflicto entre una clase trabajadora de izquierdas y una burguesía de derechas, entre trabajo y capital, Estado y mercado. Ahora tenemos, además, unos conflictos que denominamos culturales y que enfrentan a quienes perciben la pérdida de los límites nacionales como una amenaza a sus intereses políticos o a su identidad y a esa élite formada que se beneficia económicamente de una globalización que multiplica sus opciones vitales.

Un tópico para explicar el actual malestar insiste en que se trata de una revuelta de los llamados “perdedores de la globalización”, sin que termine de estar claro de qué tipo de perdedores estaríamos hablando y cómo explicamos su sintonía con cierta parte de las élites. ¿Cómo entender esa curiosa alianza entre una parte de los de arriba y una parte de los de abajo en Estados Unidos, aunque solo sea porque para Donald Trump no hay nada peor que ser un perdedor? Mi interpretación es que los votantes de partidos de extrema derecha no proceden significativamente de medios desfavorecidos. Muchos de ellos no son quienes han perdido económicamente, sino quienes tienen más miedo a perder; están más preocupados por la condición económica general que por su situación personal. El populismo de derechas no es una reacción de las clases populares que se entienden perjudicadas por la liberalización, sino el proyecto de una parte de las clases dominantes. En todo caso serían los perdedores de la “sociedad del conocimiento”: la brecha cultural entre los sectores altamente cualificados, que trabajan en entornos laborales interpersonales (y tienen una visión liberal de la comunidad), y los sectores poco cualificados, que se dedican a tareas orientadas a objetos (y tienen una visión autoritaria de la comunidad).

Tampoco se explica el nuevo populismo por la revuelta de los trabajadores blancos. El hecho de que Trump haya sido votado en una cantidad significativa por asiáticos, hispanos y negros apunta a un “realineamiento étnico”. El Partido Republicano se parece cada vez más a una coalición multiétnica, mientras el Partido Demócrata se reduce progresivamente a ser el partido de los empleados en las grandes ciudades gentrificadas y blancas, una tendencia que tal vez se esté revirtiendo con los nuevos candidatos victoriosos en Nueva York o Michigan.

Las actuales combinaciones políticas se cuecen arriba a la derecha y son apoyadas por sectores de los de abajo que tradicionalmente habían defendido sus intereses de clase votando a la izquierda. Desde el punto ideológico se trata de una síntesis entre libertades económicas y etnocentrismo, mercado abierto y nación cerrada. Se observa con claridad en la actual Administración de Trump cuando combina —no sin contradicciones— un proteccionismo económico (sustentado por los altos aranceles a la importación) con un programa ultraliberal de recortes y disminución del Estado (proyecto DOGE de Elon Musk) y una fiscalidad favorable a las élites con altos ingresos.

En Europa asistimos a unas transformaciones muy similares; son metamorfosis políticas que ya se habían dado en Europa oriental tras 1990 y que se han extendido hacia el oeste: la fórmula política económica de izquierdas y política social de derechas, una combinación que suele llamarse “chauvinismo del Estado de bienestar”. El viejo mundo de los liberales se ha desplazado hacia la ultraderecha. Recordemos que los grandes poderes financieros en Gran Bretaña —anteriormente partidarios de la apertura global— apoyaron el Brexit. Es muy significativo lo que ha pasado en Alemania con los liberales del FDP, cuyos votantes son un nuevo nicho para la ultraderecha. También hay partidos de izquierda que han asumido posiciones de la derecha extrema en materia de migración. Los ejemplos más elocuentes son los del Partido Socialdemócrata danés de Mette Frederiksen (aliada ahora con la italiana Meloni en estas cuestiones) y el partido de Sahra Wagenknecht surgido de Die Linke en Alemania.

La clave para el análisis es preguntarse por el sujeto que protagoniza estos movimientos. Mi hipótesis a este respecto es que se trata de un tipo de trabajadores que no corresponde a la clase trabajadora del mundo industrial y al conflicto social correspondiente. En la antigua división de clases los trabajadores votarían a la izquierda y la clase directiva a la derecha, mientras que ahora tendríamos distintos grupos de trabajadores con lógicas diversas, donde las personas se sitúan en la nueva dimensión cultural, cada vez más relevante. Los aliados de abajo no son las antiguas clases trabajadoras, sino algo más heterogéneo formado, principalmente, por los pequeños propietarios y, por supuesto, ciertos trabajadores y buena parte del mundo rural.

El laboratorio norteamericano proporciona buenas pistas para entender lo que está pasando. El actual ciclo de populismo de derechas no se inscribe en la historia de protestas contra la desindustrialización, sino en el declive del sector de la pequeña empresa. De hecho, fueron los miembros de la clase media no urbana los que impulsaron el Tea Party y luego el movimiento MAGA: empresarios autónomos, comerciantes locales, algo así como la pequeña burguesía del siglo XXI, cuyos intereses materiales no dependen de una mejor protección sindical, sino que confían en la desregulación del mercado y la defensa del patrimonio familiar.

Estos trabajadores son muy críticos con el Estado y la regulación; su ataque libertario al Estado se debe a que es percibido como intrusivo y confiscatorio, una sensación que ha dejado de ser propia de una minoría radicalizada. Se consideran gobernados por burócratas que no tienen ni idea del oficio regulado. Este sentimiento encaja muy bien con el discurso contra las prohibiciones de la ultraderecha y con esa convicción de ciertas élites conservadoras de encontrarse por encima de las reglas comunes.

Además del Estado, el otro objetivo de sus críticas son las grandes empresas de la economía financiarizada. Trump se presentó a sí mismo como amigo de la pequeña empresa, a pesar de haber hecho concesiones muy ventajosas para las grandes. Un icono de ese planteamiento fue su propuesta en 2017 de endurecer los requisitos para los camioneros migrantes y sustituirlos por veteranos del ejército. Desde este punto de vista, la evolución ideológica de los populismos de derecha se presenta menos extraña de lo que podía parecer desde la vieja concepción del conflicto político; para ser bien entendido hace falta únicamente que lo observemos con las categorías adecuadas. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y Senior Fellow del Instituto Europeo de Florencia. Acaba de publicar el libro El futuro de la democracia (Galaxia-Gutenberg). El País, 27 de agosto de 2026.























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. LO QUE ESPAÑA AÚN LE DEBE A CEUTA, POR SERGIO DEL MOLINO. 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026





 


Me enamoré de Ceuta nada más bajar del ferri, la primera vez que viajé a la ciudad. Llevaba en la mochila y en la cabeza un revoltijo de prejuicios y lecturas —militarismos varios, novelas de la guerra de Marruecos, mucha bibliografía sobre el Marruecos colonial…— que se me fueron diluyendo en el agua del Estrecho y ya no existían cuando desembarqué y enfilé mis pasos hacia el Baluarte de los Mallorquines. Descubrí una ciudad bella y compleja, abierta al mar y a toda la rosa de los vientos, que lo mismo se muestra provinciana y tediosa un domingo por la tarde en el Revellín, que cosmopolita y vibrante como el barrio más vanguardista de una metrópoli. Unos cuantos viajes después, ya rendido sin condiciones, Ceuta me inspiró un libro sobre fronteras que cuento entre mis trabajos más queridos.

En El Príncipe he conocido a los españoles más patriotas; jóvenes que mezclan el dariya con el castellano y se ofenden muchísimo —con razón— cuando alguien cuestiona su españolidad. Fueron ellos quienes primero atendieron la crisis y quienes más han acusado la fatiga en este agosto trágico. El Príncipe tiene una red de solidaridad vecinal muy fuerte, y mientras los ultras de Europa bramaban y el Gobierno hacía lo del avestruz, allí dieron de comer al hambriento y de beber al sediento.

Ese es el espíritu caballa, el de una ciudad que nunca ha esperado a que le saquen las castañas de los muchos fuegos que la abrasan. Si hay un lugar de España donde saben de negociación y democracia es Ceuta: en un espacio de un kilómetro de largo, en el centro, tienen una catedral, dos iglesias, dos templos hindúes, una sinagoga y una mezquita. Los ceutíes podrían recorrer el mundo impartiendo seminarios y enseñando que la armonía y la paz son imperativas cuando tantas lenguas, culturas y religiones se mezclan en un espacio mínimo que, para los imperios, es una casilla de Monopoly.

El Estado español —tanto el Gobierno central como los autonómicos que se niegan a recibir a los niños— ha fallado gravemente a una ciudad pequeña que ha soportado un golpe capaz de destruir lugares mucho más poderosos. La retórica ministerial y las declaraciones de españolidad en modo superlativo solo han servido para subrayar la soledad de los ceutíes, que merecen mucho más de lo que hasta ahora han recibido, que ha sido casi nada. Las disculpas de Margarita Robles se comprenden, pero están lejos de ser lo más urgente ahora que el Gobierno se despereza. Ninguna palabra va a desmentir esa sensación cierta de abandono. Los hechos, si son claros y generosos, tal vez la mitiguen un poco. Sergio del Molino es escritor. El País, 27 de agosto de 2026.





















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 




















DEL ARCHIVO DEL BLOG. NOSTALGIA DE UN IMPERIO, POR LLUÍS URÍA. PUBLICADO EL 18 DE NOVIEMBRE DE 2019

 






Nací en 1881 en un imperio grande y poderoso, la monarquía de los Habsburgo –escribió Stefan Zweig en el prefacio de sus memorias, El mundo de ayer –; pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro”. Lo comentaba el escritor Lluís Uría hace unos días en el diario barcelonés La Vanguardia: "Abrumado por la furia suicida de Europa, -comienza diciendo Uría- que por segunda vez en el siglo XX dirigía el continente hacia la destrucción, el escritor austriaco lamentaba la pérdida de un mundo basado en la razón y la tolerancia, y añoraba la Austria culta, cosmopolita, abierta y plural, arruinada por las guerras mundiales y condenada en aquel momento –finales de los años treinta, principios de los cuarenta– a convertirse bajo la bota de Hitler en una provincia alemana: “Sólo las décadas venideras demostrarán el crimen cometido contra Viena con el intento de nacionalizar y provincializar esta ciudad, cuyo sentido y cultura consistían precisamente en el encuentro de elementos de lo más heterogéneo, en su supranacionalidad”. Un siglo después de la caída y desmembramiento del imperio austro-húngaro –el pasado 10 de septiembre se cumplieron cien años de la firma del tratado de Saint-Germain-en-Laye entre Austria y las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, que certificó su fenecimiento–, algunos estudiosos valoran el legado de la monarquía de los Habsburgo, cuya evolución a finales del siglo XIX ven como un ejemplo de Estado multinacional moderno, alejado del mito de la “prisión de naciones” con el que fue calificado al término de la Gran Guerra. Los historiadores Paul Miller-Melamed y Claire Morelon, autores de un artículo reciente publicado en The New York Times con el título Lo que el imperio de los Habsburgo hizo bien , presentan la monarquía multinacional austriaca casi como un antecedente de la Unión Europea: en sus vastos territorios –que incluían Austria, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, buena parte de Polonia y Rumanía, y porciones de Italia y Ucrania–, no había fronteras interiores, funcionaba una moneda única, había 11 lenguas reconocidas oficialmente, se permitía la libertad de expresión y de religión, y todos los ciudadanos eran iguales ante la ley. No se trataba, desde luego, de un Estado democrático, pero sí era más abierto y tolerante que los imperios vecinos, el alemán y el ruso. Para Paul Miller-Melamed y Claire Morelon, la monarquía de los Habsburgo demostró que “un Estado multinacional no está necesariamente condenado al fracaso” y que “el Estado-nación no es la única forma natural de organización política”. ¿Hasta qué punto el modelo de los Habsburgo fue una apuesta política consciente o resultado de las contingencias históricas? El escritor italiano Claudio Magris, nacido en una antigua posesión austro-húngara, Trieste, y autor de un formidable libro histórico y cultural sobre las tierras del viejo imperio – El Danubio –, sostiene que la inclinación de Viena por la construcción de la denominada Mitteleuropa , fue consecuencia de su impotencia a la hora de disputar a Berlín la hegemonía del mundo germánico. “Incapaz de llevar a cabo la unificación alemana, a cuya cabeza se sitúa Prusia, la Austria de los Habsburgo busca una nueva misión y una nueva identidad en el imperio supernacional, crisol de pueblos y de culturas”, escribe Magris. El Danubio se acabaría erigiendo en símbolo de cruce y de mezcla, en contraposición al Rin, “místico guardián de la pureza de la estirpe”. Quien más quien menos reconoce la originalidad del modelo supranacional austriaco, pero no todo el mundo comparte el mismo entusiasmo. En un trabajo realizado en 1997 para el Center for Austrian Studies of Minnesota –y publicado en el 2009 on line por Cambridge University Press–, el desaparecido historiador norteamericano Solomon Wank, uno de los mayores expertos mundiales en el imperio austro-húngaro, constataba ya en aquel momento –dos décadas atrás– la existencia de una cierta “ola de nostalgia” historiográfica hacia lo que representó la monarquía de los Habsburgo, que compartía sólo parcialmente. Wank reconocía de buena gana los avances que el imperio introdujo a nivel económico y social, pero –por más que consideraba también contingente la organización del Estado-nación, modelo que según decía “no durará siempre”– veía serias disfunciones en la estructura austro-húngara. El modelo presentaba claros desequilibrios. Fruto del llamado Compromiso de 1867, por el cual se reconocieron como iguales las entidades nacionales austriaca y húngara, el imperio otorgó un segundo rango al resto de nacionalidades y nunca llegó a adoptar la forma federal e igualitaria que reivindicaba en 1848 el líder nacionalista checo Francis Palacký. A juicio de Solomon Wank, las sucesivas concesiones descentralizadoras realizadas por los Habsburgo –que no dejaban de verse a sí mismos como una dinastía alemana– perseguían solamente salvaguardar la continuidad de su monarquía y no hicieron sino acrecentar las pulsiones nacionalistas en el seno del imperio. “La cuestión de cómo purgar el nacionalismo de Europa central y del este de sus agresivas y destructivas tendencias y crear una estructura política multinacional –razonaba Wonk– sigue abierta. (...) Quizá la solución radica en una Europa comunitaria ampliada”. Eso escribía en 1997. Austria había ingresado en la UE apenas dos años antes, y el resto de países del viejo imperio, aún tardarían bastante: Chequia, Eslovaquia, Eslovenia y Polonia entrarían en el 2004; Rumanía en el 2007; Croacia en el 2013... No deja de ser irónico que el nacionalismo de los antiguos países del viejo imperio, lejos de haberse curado en la Europa unida, no ha hecho más que exacerbarse, hasta el punto de que son precisamente ellos –reunidos en el Grupo de Visegrado– los que amenazan hoy más directa y gravemente los principios y la cohesión de la UE.

















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TIERRA, DE GIUSEPPE UNGARETTI (1888-1970)

 






TIERRA



Podría haber en la guadaña

un rápido reflejo, y el rumor

tornar y perderse por grados

hacia las grutas, y el viento podría

de otra sal enrojecer los ojos…


Podrías, la quilla sumergida,

oírla deslizarse a lo lejos,

o a una gaviota equivocar su pico,

la presa huída, en el espejo…


Del trigo de noches y días

colmadas mostraste las manos,

delfines de los viejos tirrenos

viste pintados en secretos

muros inmateriales y, luego, detrás

de las naves, vivos volar,

y tierra eres aún de cenizas

de inventores sin descanso.


Cauto temblor podría otra vez a adormecedoras

mariposas en los olivos, de un instante a otro,

despertar;

quedarás inspiradas vigilias de extintos,

intervenciones insomnes de ausentes,

la fuerza de cenizas, sombras

en el raudo oscilar de las platas.


Continúas derribando al viento ;

desde abetos a palmeras el estrépito

por siempre desolas; silente

el grito de los muertos es más fuerte.



GIUSEPPE UNGARETTI (1888-1970)

poeta italiano





***





Giuseppe Ungaretti (Alejandría, Egipto, 10 de febrero de 1888-Milán, 1 de junio de 1970) fue un poeta italiano, habitualmente situado en el grupo de los herméticos. El valor esencial de la poesía de Ungaretti no debe buscarse sólo en su desarrollo de una nueva métrica y una sintaxis diferente, sino también en la búsqueda de un nuevo valor para la palabra, reduciéndola a sus elementos esenciales. El poeta destruye el verso, crea nuevos ritmos, buscando la esencia de la palabra aislada. Ungaretti invierte por lo tanto la tendencia de los movimientos poéticos de aquel momento: el lenguaje compuesto de los crepusculares y la abdicación estilística de los futuristas. El poeta tiende a la palabra desnuda, la palabra pegada a la realidad, con un estilo libre de las incrustaciones literarias e irónicas de los crepusculares y de la semántica aproximada de los futuristas. Si bien de los primeros rechaza la ambigüedad de la palabra, le atrae su concepción de la sintaxis. De los futuristas descarta la falta de estilo, pero preserva de ellos la pureza de la palabra y una cierta disposición gráfica de los versos. La novedad de Ungaretti radica fundamentalmente en la recuperación del sentido de la palabra.














DEL ASUNTO DEL DÍA. UNA SELFIE BORRADA, POR LOLA GARCÍA. 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





Imaginemos que una empresa es capaz de enterarse de los momentos de mayor vulnerabilidad de los adolescentes. Por ejemplo, cuando sufren inseguridad respecto a una parte de su cuerpo, si le preocupa a uno el acné o a otra aquella incipiente celulitis… Imaginemos que esa compañía vende esos datos personales a las marcas de cosméticos para hacer llegar a cada chaval el producto que supuestamente les va a resolver el problema. Con esas prácticas, y otras peores, se lucró Facebook (ahora Meta). Estos días se juzga en EE.UU. a la empresa de Mark Zuckerberg por aprovecharse de los menores para su negocio.

Que los directivos de Facebook, y el propio Zuckerberg, conocían la utilización abusiva de datos de los adolescentes era conocido. Hay muchos libros en los que se explican esas y otras tropelías. Sarah Wynn-Williams lo relata muy bien hacia el final de su obra Los irresponsables . Explica cómo se enteró de esas prácticas cuando trabajaba en Facebook a partir de las preguntas de un periodista australiano. Comprobó cómo cuando un adolescente (sobre todo, chicas) colgaba una selfie y acto seguido la borraba, se facilitaba esa información a las marcas de productos de belleza, que a su vez podían bombardear con publicidad a la joven. La autora, que trabajó para Zuckerberg entre 2011 y 2017, relata cómo, al desvelarse este tipo de denuncias, Facebook recurría siempre al mismo comunicado: “Nos tomamos este tema muy en serio y estamos poniendo todo nuestro empeño en remediar la situación”.

TikTok pagará 400 millones de dólares para resolver una demanda que acusaba a la plataforma de infringir las leyes estadounidenses sobre la privacidad online de los niños. La demanda fue presentada por la administración Biden por recopilar y conservar datos de menores sin notificarlo a los padres ni obtener su consentimiento. Para TikTok, 400 millones son un rasguño, pero abre un camino. Lo importante de ese paso y del juicio a Meta es que los intentos de regular estas corporaciones desde Europa o Australia no serán efectivos si EE.UU. no se pone a ello. Los fiscales que ejercen la acusación contra Meta alegan que esas plataformas se diseñaron para ser adictivas y que ello ocasiona daños emocionales en los menores. Lo comparan con el proceso que acabó condenando a las tabacaleras en los noventa. Quizá se quedan cortos. Lola García es Directora adjunta de La Vanguardia, 23 de agosto de 2026.




















miércoles, 9 de septiembre de 2026

BOAS NOITES, DOCE DESCANSO E DOCES SOÑOS. 9 DE SETEMBRE DE 2026

 





Ola de novo, amigos. Boas noites, doces soños e feliz descanso a todos nesta noite de mércores, 9 de setembro de 2026. Espero que tivérades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino estean convosco. Ata mañá. Quérovos. HArendt
















ENTRADA NÚM. 11402

DE LA TARDE QUE CAE. EL FUEGO QUE LLEVAMOS DENTRO, POR SANTIAGO ALBA RICO. 9 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







Hace muchos años, cuando éramos muy jóvenes y vivíamos en El Cairo, mi amigo Mahmud Fathi, un narrador salvaje y un poeta inesperado, me sorprendió un día con este haiku de centelleante profundidad: “¿Por qué los humanos descubrimos el fuego? Porque lo llevábamos dentro”. Entonces la ocurrencia no sólo me pareció bella y verdadera sino animosa; definía a los humanos por un puñado de pasiones (el amor, la juventud, el deseo) que a veces, es cierto, lo chamuscan todo a su alrededor, pero sin las cuales no se puede imaginar una vida digna de ser vivida. Hay fuegos que hay que mantener siempre encendidos y en los que hay que quemarse al menos los dedos. Llevábamos tanta intensidad en nuestro interior que un rayo cayó del cielo para encender la hoguera en la que nos calentamos las manos, cocinamos nuestros alimentos y narramos nuestras historias. Ese era un mundo difícil (siempre lo ha sido) pero todavía manejable.

Me he acordado de esta frase en las últimas semanas y lo he hecho, sin embargo, en un contexto diferente en el que ha adquirido de pronto una dimensión mucho más sombría. Me refiero a la gran conflagración que ha devorado decenas de miles de hectáreas en Madrid y en Ávila, conflagración de la que he sido testigo directo en uno de los pueblos del valle del Tiétar, cuyo bosque ha perdido o perderá ocho de cada diez árboles. Me he acordado de la frase de Mahmud leyendo una extraordinaria entrevista a John Vaillant, periodista canadiense especializado en incendios, quien describe la respiración, el movimiento, la voluntad del fuego en términos zoológicos y enseguida antropomórficos: “Se comporta como un animal hambriento”, dice, “o también como una persona ambiciosa”. Vaillant no ve en los incendios de sexta generación (en esas llamas que calcinan 60 metros de suelo por minuto) el aliento de un amante excitado o de un narrador trepidante; no ve en ese imparable huracán incandescente el anhelo de un artista adolescente o de un místico sediento de absoluto. Lo que ve ahí es la nueva humanidad capitalista, cuya “devoción casi sectaria por la combustión y los combustibles fósiles”, dice, “ha creado las condiciones perfectas para que el fuego acabe imitándonos”.

Siempre tendemos a pensar que la naturaleza se está rebelando. ¿Y si sencillamente está tratando de emularnos? El nuevo fuego, sí, ambicioso e ilimitado, es una bestia que nos imita, a la que hemos asalvajado (en lugar de domesticado) a nuestra imagen y semejanza. Llevamos dentro los incendios de sexta generación como antes llevábamos un auto de fe o una hoguera de San Juan. Hace cien años, Franz Kafka le resumía la cuestión a su joven amigo Gustav Janouch: “El capitalismo es un estado del mundo y un estado del alma”. Así que llevamos también en nuestro interior danas y ciclones y terremotos y tsunamis. Si no la dejamos en paz, la naturaleza responde a nuestros deseos y nos quema los bosques y las casas. El fuego, sí, nos imita. ¿A quién imita? Imita, desde luego, a los más ambiciosos e inescrupulosos, a los que no se imponen límites. Imita, por ejemplo, a Trump, que como Midas quiere convertirlo todo en oro muerto y en oro negro. E imita a Netanyahu, que quiere difundir su fósforo blanco por todo Oriente Próximo. Los incendios de sexta generación que han devastado España son ya nuestra pequeña Gaza.

Ahora bien, si la ambición capitalista, la demanda de un consumo ilimitado y el deseo íntimo de combustión son los que hacen inevitables e inapagables los incendios, ¿quiénes son, en cambio, los que luchan contra el fuego? ¿A quién imitan los bomberos, los miembros de la UME, esos miles de voluntarios que en estos días se han coordinado sin narcisismos para, poniendo en peligro sus vidas, salvar nuestros cuerpos y nuestras casas? Muchos no tienen conciencia de ello e incluso se ofenderían si se les dijera, pero todos esos que han colaborado y colaboran dentro y fuera de las instituciones, todos los que mancomunan sus esfuerzos para acometer el fuego, están estableciendo de hecho, mientras cooperan, frente al de la bestia ambiciosa, un modelo socialista o anticapitalista o, por lo menos, no-capitalista de gestión de la fragilidad. Todos ellos han sido, si se quiere, socialistas provisionales, anticapitalistas ocasionales, no-capitalistas por horas. Es muy triste que sean las catástrofes las que transformen por un momento “el estado del mundo y el estado del alma”, pero conviene no olvidar estas lecciones, pues son al mismo tiempo políticas y antropológicas.

Las políticas: las instituciones que los neoliberales trumpistas quieren adelgazar o destruir, esas de las que tantas veces desconfiamos y que tanto denostamos, constituyen el único dique posible contra la combustión generalizada. Y son en sí mismas, cuando funcionan, socialistas. En 1970, Hannah Arendt recordaba que “sólo las instituciones legales y políticas independientes de las fuerzas económicas pueden controlar y refrenar las monstruosas potencialidades” inherentes al proceso de expropiación general, de manera —añade— que “lo que nos protege en los países llamados ‘capitalistas’ de Occidente no es el capitalismo sino un sistema legal que impide que se hagan realidad los ensueños de la dirección de las grandes empresas”. Ese “ensueño” capitalista es el presente incendio total, esa conflagración universal a la que resisten apenas pequeños y amenazados islotes de paciencia no capitalista.

La otra lección es antropológica. Llevamos dentro ya, es verdad, un incendio de sexta generación que anhela consumir cada brizna de hierba. Pero llevamos dentro también un bombero. Ese bombero sale sólo en situaciones de excepción, pero en realidad define nuestra condición humana más y mejor que el aliento de la combustión. Vale. De nada sirve, se dirá, que ese bombero constituya nuestro verdadero deseo si vamos a sucumbir al falso impulso de destrucción avivado, como las hogueras, por las ambiciones de oro negro de los poderosos. De nada sirve que ese bombero, armado de su pala y su manguera, reivindique las pequeñas escalas si nuestro destino se decide, como recordaba hace poco Daniel Innerarity, en un nivel de complejidad que escapa a nuestro control. El problema de los incendios de sexta generación, en efecto, es que, imitando al ser humano, no se ciñen ya una escala humana; su crecimiento no es mecánico sino biológico; no es lineal sino exponencial. Lo exponencial queda fuera del registro de nuestra mente y nuestra experiencia, que intentan mantener el control mediante palabras antiguas, caricias antiguas y mentiras antiguas. El bombero que llevamos dentro se mueve en los incendios de sexta generación como Fabrizio del Dongo, el héroe de Stendhal, en la batalla de Waterloo: viendo poco y comprendiendo aún menos. Es el bombero que llevamos dentro, en definitiva, el que se deja engañar y engaña sin querer a otros bomberos. Son los bots de los malvados los que incendian las redes con bulos y fakes; son los bomberos buenos los que los repiten y se los creen. Necesitamos una política para bomberos ciegos.

Toda catástrofe es una oportunidad para el bien y para el mal. El problema es que el mal tiene más medios, más dinero, más recursos; es más rápido y se coordina mejor. Ya lo vivimos con la covid, donde un tímido Gobierno socialdemócrata pudo amortiguar los daños, pero no impedir el regreso de la normalidad incandescente. Es muy probable que el incendiario venza de nuevo al bombero, el ambicioso al voluntario, la combustión del consumo a la cerilla de la solidaridad. Pero una semana después del incendio hemos visto surgir en el suelo calcinado del valle del Tiétar, entre las cenizas, dos retoños verdes de roble. Casi lloro de alegría. Quizás bastaría con no hacer nada o hacer muy poco y la naturaleza dejaría de imitar al capitalismo para enseñarnos el otro camino que también llevamos dentro. Santiago Alba Rico es filósofo. El País, 25 de agosto de 2026.