sábado, 5 de septiembre de 2026

KAIXO BERRIRO, LAGUNAK. GAU ON GUZTIOI. GAUR, LARUNBATA, 2026KO IRAILAREN 5A, EUSKARAZ

 





Kaixo berriro, lagunak. Gau on, atseden zoriontsua eta amets gozoak larunbat gau honetan, 2026ko irailaren 5ean, guztioi. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskerrik asko bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisitaz gozatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunak. Fortuna jainkosa eta Moirai onberak zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. HArendt













ENTRADA NÚM. 11378

DE LA TARDE QUE CAE. LA VIDA INFINITA, POR LEILA GUERRIERO. 5 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Había tantas cosas que hacer. Había que trepar al olivo y cosechar las aceitunas, había que cubrir las plantas para que no las estropearan las heladas, había que quitar de los desagües las hojas de los árboles. Había que colocar naftalina y lavanda en los armarios, había que cortar leña y apilarla junto a la chimenea. Había que buscar las recetas de los guisos, había que hacer tortas y budines, había que quitar la escarcha de los parabrisas. Había que recoger las castañas, había que pelar las nueces. Había que engrasar las cadenas de las bicicletas, había que recoger las frutillas, las uvas y las brevas, había que preparar dulce de higos y yogur casero, había que ir al campo y ver a los caballos, había que revisar el palomar, había que ponerse flores en el pelo y briznas de hierba en la boca, había que andar en patines, había que curarse las rodillas lastimadas, había que aprender cómo se arranca una ortiga, había que tomar leche fría con tres cucharadas de chocolate, había que comer pan con manteca y azúcar, había que jugar con la espuma del lavarropas, había que descubrir figuras en las nubes, había que plantar tomates y pepinos, había que ir a pescar y a andar en bote, había que salir de campamento, había que cortar el pasto, había que hacer un banco de madera, había que afilar los cuchillos contra una piedra mojada, había que hacer silbatos con carozos de damascos, había que chapotear en los charcos, había que aprender a nadar y a cortar maderas con serrucho, había que construir carpas de indios, había que desplumar a las gallinas y eviscerar los peces, había que buscar lombrices, había que mirar diapositivas viejas, había que ir al cine en días de semana, había que trepar los techos de las casas, había que robar plantas de los jardines ajenos, había que leer libros que no se podían leer, había que tener miedo de los monstruos debajo de la cama. En ese país todo era asombro. En ese país el ocio no necesitaba agenda. En ese país la vida era lo que debe ser: infinita. Leila Guerriero es escritora. El País, 25 de julio de 2026.




















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. VÍSPERA DE AGOSTO, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 5 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






En el huerto aprende uno que el límite de sus actos se corresponde con la extensión de su vida. Hay cosas que están en nuestra mano, y otras que no. Podemos poner el máximo esfuerzo y cuidado en sembrar y plantar a tiempo, pero una helada tardía o una tormenta de lo que aquí llaman “la piedra” acabará en un rato con el trabajo de semanas, y con la esperanza de la cosecha. No hablo en un plural filosófico: este nosotros abarca a las dos personas que compartimos las tareas de hortelanos, y si acaso también a los amigos y conocidos que cultivan sus parcelas, y con los que intercambiamos semillas, plantas, frutos, consejos que siempre tienen una inmediatez práctica. Los novatos aprendemos de los veteranos. Un refrán nos pone en nuestro lugar: “A labrador tonto, patatas gordas”. Un amigo de las rondas en el bar nos regala unos sacos de estiércol de caballo; otro, de estiércol de oveja. Las ovejas las cuidan unos pastores marroquíes que ya hacían el oficio en las estribaciones del Atlas. Alguien que tiene calefacción de leña en su casa nos hace entrega de unos sacos de excelente ceniza, que es muy buena para repeler a los caracoles, innumerables porque ya no los diezman estos inviernos que han dejado de ser fríos. La ceniza de la leña de almendro es de un blanco de nieve.

En el huerto no hay nada que sobre. Los restos vegetales no cocinados ni aliñados no van a la basura, sino a la compostadora, donde al cabo de un tiempo se habrán convertido en abono, gracias a la colaboración gratuita de microorganismos, insectos y lombrices. Las hierbas que arrancamos alrededor de las plantas todavía jóvenes, cuando se hayan secado servirán de cobertura alrededor de los tallos, igual que la paja, para preservar la humedad del riego, y captar mejor la del rocío. Hacer algo, cultivar algo, completar algo, es el mejor remedio contra la desolación pública y contra esas negruras íntimas que se nutren parasitariamente de ella. No se puede hacer todo, pero sí algo. Se puede empezar por algo que está al alcance de cualquiera: no hacer daño a conciencia, o por distracción. En otros campos más extensos al lado del nuestro hay plantaciones de maíz. En nuestro huerto, controlar la hierba es un esfuerzo diario. Entre los tallos del maíz no crece ni una brizna. La cantidad de herbicidas químicos que harán falta para que esa tierra se mantenga desnuda no podemos calcularla. Nosotros regamos nuestros surcos administrando con azadas y bolsas de tierra el fluir del agua, para evitar el desperdicio. En cuanto nos sea posible instalaremos un depósito y regaremos por goteo. Las fincas de maíz se inundan de vez en cuando como arrozales, con un despilfarro de agua que no será muy inferior al de los centros de datos. A veces se riegan tantos campos de maíz al mismo tiempo que el agua mengua demasiado en las acequias principales, perjudicando a los huertos en este verano de calor extremo. Un huerto del tamaño de la plantación de maíz de nuestros vecinos daría verdura y fruta suficientes para nutrir de manera saludable a muchas personas. Este maíz lo venderán para biocombustibles o para alimento de ese ganado sometido a condiciones infames a fin de satisfacer una voracidad insalubre de carne, en muchos casos ultraprocesada. En esta vega regada por tres ríos, el verde monótono y subvencionado del maíz borra cada vez más la policromía de las huertas y de las plantaciones de manzanos, que aquí son de variedades autóctonas, adaptadas a la singularidad de la tierra y del clima.

No hay paisaje que no parezca intemporal a quien lo mira por primera vez, o no se fija: pero casi todos son el resultado de la confluencia o el choque entre la actividad humana y las fuerzas de la naturaleza. Entre el campo del que yo me marché hacia finales de los setenta y el que he encontrado al cabo de medio siglo hay una diferencia radical: el de ahora está mucho más deshabitado, no ya de seres humanos, que lo abandonamos en masa, y con gran alivio, sino de especies animales. Es como volver a una ciudad y encontrarla vacía. Hay muchos menos insectos y pájaros. Los reptiles han desaparecido. Ya no se ven lagartos calentándose al sol, ni lagartijas entre las piedras. Antes había que andar con cuidado cualquier verada para no pisar escarabajos. Ahora no se ven casi nunca. Hay pocas avispas junto a los manantiales, y cada año se ven menos abejas. Hace más calor que nunca a mediodía, pero ha desaparecido el clamor cansino de las chicharras, y hasta de noche es raro oír a los grillos, o distinguir por un sendero a oscuras el parpadeo verde del cortejo de las luciérnagas. Hace cincuenta años los hortelanos vivían en una discordia permanente con los pájaros. A los niños nos ponían a patrullar lo sembrado o plantado agitando cencerros para alejar a los pájaros que devoraban cualquier brote tierno. Según un informe del British Trust for Ornithology que publica The Guardian, unos 73 millones de pájaros han desaparecido en el Reino Unido en el último medio siglo, entre ellos el 72% de los gorriones. A la evolución le costó docenas de millones de años tejer y refinar la concordancia milimétrica entre pájaros, insectos y plantas, incluidas las migraciones prodigiosas de las aves y de ciertas mariposas de un extremo a otro de los continentes. Bastan unas décadas de agricultura industrializada, destrucciones de hábitats, abuso de fertilizantes y herbicidas, trastornos climáticos y simple destructividad humana para desbaratarlo todo.

A Josep Pla le gustaban sus paisajes del Empordà porque le parecían hechos a la escala humana, con límites precisos, con acequias, huertos, pequeños olivares, sin la desmesura de la naturaleza salvaje. Puede que esas dimensiones acogedoras influyan algo en el sentido de la mesura y de la forma de las culturas mediterráneas. El huerto tiene sus lindes, pero no barreras, así que por él circulan los mismos vientos de principios de otoño que dan a las manzanas un rojo de mejillas encendidas, y los de invierno que ya no traen nieves y heladas punitivas, y que tenían sin embargo la virtud de diezmar a especies propensas a la superpoblación, como estos caracoles contra los que yo no sé si servirá de algo la ceniza. Por el huerto pasan corzos saltando como si no les afectara del todo la fuerza de la gravedad, y algunas mañanas, en la tierra embarrada, se ven las huellas de las pezuñas y de los revolcones de algún jabalí, que por suerte no ha provocado ningún destrozo. Y, más allá de las laderas en las que la duración de las sequías va volviendo esqueléticas las siluetas de los almendros, están los montes de pinares repoblados en los que sería tan fácil que estallara uno de esos incendios monstruosos “de quinta generación” que no hay manera de extinguir, y que ahora son el fondo atroz de los noticiarios del verano. Ahora también sabemos que no hay límites para los desastres posibles. Estos ríos de caudal manso y alegre delineados por chopos y fresnos en cualquier momento se pueden convertir en fuerzas sobrehumanas de destrucción. Fuera de nuestro huerto, de nuestra vida, nosotros no podemos influir en nada, y menos aún despertar a los responsables políticos de su indiferencia o su parálisis ante la magnitud creciente no de la amenaza, sino de la evidencia de la catástrofe que ya anega al mundo. A Casandra los dioses le dieron el don de adivinar el porvenir, y el maleficio de no ser escuchada. Nosotros, en agosto, cultivaremos el huerto con todo el esmero posible, nos alimentaremos de sus frutos, los regalaremos y los intercambiaremos con nuestra familia y los amigos, y con lo que nos sobre haremos conservas para los meses áridos del invierno. Hay que poner tanto cuidado en una parcela de tierra como en escribir una página. Casi nada más está en nuestra mano. Antonio Muñoz Molina es escritor. El País, 26 de julio de 2026.














DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 5 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. SOBRE LA DEMOCRACIA, POR HARENDT. PUBLICADO EL 24 DE ABRIL DE 2016

 







Que la democracia, o por resultar menos beligerante en la expresión, que las instituciones democráticas no están funcionando correctamente es un hecho incontrovertible. Que deberían hacerlo, el funcionar, también. Ahora bien, ¿cuál y cómo debería ser el funcionamiento correcto de esas instituciones en una democracia moderna? Ahí estoy convencido que caben opiniones varias, todas respetables, aunque unas resulten más respetables que otras. No seré yo quien resuelva la ecuación, entre unas razones porque no tengo la respuesta, y entre otras porque lo que yo piense al respecto no es relevante. En cambio, sí tengo algunas ideas claras sobre la democracia. Así, en plan informal, sin afán de verdad absoluta, que no tengo reparos en compartir con ustedes: 1) La democracia moderna es representativa o no es democracia. 2) La democracia directa no existe; es un mito. 3) No hay democracia posible sin partidos. 4) La soberanía pertenece al pueblo en su conjunto, pero no se ejerce directamente por éste, sino a través de los órganos constitucionalmente previstos, normalmente, el Parlamento.

Corolario de la anteriormente expuesto es: 1) Que los miembros de los parlamentos, sea cual sea su forma de elección y el partido o formación política por la que se presentan, representan a la nación en su conjunto y no sólo a los electores de su circunscripción, sus votantes o su partido. 2) Que no están sujetos a mandato imperativo alguno, ni del pueblo, ni de sus electores ni votantes, y mucho menos de su partido. Y 3) que en el ejercicio de sus funciones parlamentarias no están ligados por ningún tipo de disciplina de voto, sino que cuando las ejercen, lo hacen en conciencia y bajo su exclusiva responsabilidad personal.

Ni siquiera la Confederación Helvética (Suiza), que con tanta asiduidad recurre al referéndum como vía de participación política directa del pueblo en los asuntos de Estado, pone en cuestión la premisa de la democracia representativa. 

Si esto no se acepta, sobran los parlamentos y cualesquiera instituciones representativas de las que se dotan las sociedades democráticas, pues bastaría con elegir al hipotético líder de la nación por el pueblo, sin intermediación de partidos, y delegar en él todo el poder del Estado para funcionar. Ni siquiera los regímenes fascistas y de dictadura proletaria se han atrevido a tanto y han guardado alguna apariencia formal de representación política.

Lo ideal sería establecer procedimientos democráticos por los cuales, en casos tasados, los representantes elegidos pudieran ser apartados de sus cargos antes de la finalización de sus mandatos, bien por aquellos mismos que los han elegido o por los órganos jurisdiccionales correspondientes. Pero en el ínterin, no deberíamos rasgarnos tanto las vestiduras ante casos de transfuguismo de un partido a otro, o de rompimiento de la disciplina de voto, porque no siempre están motivados por razones espurias. O por citar otro ejemplo: ¿no exigimos a jueces y magistrados que voten en conciencia sin sujección a mandato imperativo alguno de aquellos por los que han sido designados? Si es así, ¿por qué nos resulta tan difícil admitir lo mismo de nuestros representantes políticos?

Por supuesto, habría que obligar constitucional y legalmente a los partidos a dotarse de estructuras y procedimientos internos democráticos abiertos a los afiliados, simpatizantes y votantes, y a celebrar congresos donde rendir cuenta periódica y tasada de sus actividades y financiación.

En los estados medievales peninsulares, los procuradores que eran enviados por las ciudades con representación en ellas a las Cortes convocadas por el rey, lo hacían bajo mandato imperativo, y sujetos estrictamente a las órdenes dadas por escrito por sus conciudadanos, y cuando volvían de ellas, si no se habían atenido al mandato recibido, se arriesgaban a ser colgados de las almenas de la ciudad. No creo que ese sea el procedimiento idóneo hoy día de exigir responsabilidades políticas, aunque nunca se sabe… HArendt. 














DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CONTRA LA SEDUCCIÓN, DE BERTOLT BRECHT (1898-1956)

 







CONTRA LA SEDUCCIÓN



No os dejéis seducir:

no hay retorno alguno.

El día está a las puertas,

hay ya viento nocturno:

no vendrá otra mañana.

No os dejéis engañar

con que la vida es poco.

Bebedla a grandes tragos

porque no os bastará

cuando hayáis de perderla.

No os dejéis consolar.

Vuestro tiempo no es mucho.

El lodo, a los podridos.

La vida es lo más grande:

perderla es perder todo.



BERTOLT BRECHT (1898-1956)

poeta alemán





***





Eugen Berthold Friedrich Brecht (Augsburgo, 10 de febrero de 1898-Berlín Este, 14 de agosto de 1956), conocido como Bertolt Brecht, fue un dramaturgo y poeta alemán, uno de los más influyentes del siglo XX, creador del teatro épico, también denominado teatro dialéctico.[1] Creciendo durante la República de Weimar, tuvo sus tres primeros éxitos como dramaturgo en Múnich y se mudó a Berlín en 1924, donde escribió La ópera de los tres centavos con Elisabeth Hauptmann y Kurt Weill y empezó una colaboración vitalicia con el compositor Hanns Eisler. Inmerso en el pensamiento marxista durante este periodo, Brecht escribió lo que llamó «Lehr-stücke» («obras de teatro ejemplares»)—obras claramente didácticas para ser representadas fuera del teatro ortodoxo—con música de Weill, Hindemith y Eisler, y se convirtió en un teórico destacado del teatro épico (al que posteriormente prefería llamar «teatro dialéctico»), y del llamado efecto de distanciamiento.















DEL ASUNTO DEL DÍA. DEDICADO, CON AMOR, A LAS ANÓNIMAS, POR ROSA MONTERO. 5 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Tengo entre mis manos un libro maravilloso. Por su contenido y por quien lo firma. Hablo de una nueva edición de Las mil y una noches, publicada por Austral; en la cubierta azul marino puede leerse claramente el nombre al que se le atribuye la autoría. Y dice: Anónima.

Se trata de un proyecto hecho en colaboración con ONU Mujeres España. Hace ya bastantes décadas que existe la muy afianzada teoría de que, bajo los múltiples textos anónimos de la historia de la literatura, se esconden mujeres que no pudieron reivindicar su obra por el sexismo de la sociedad. Uno de esos textos es sin duda Las mil y una noches, un conjunto de narraciones árabes procedentes de varios países y diversos siglos. El conocido y bellísimo cuento marco de Sherezade es claramente feminista, y hay muchos otros relatos en el libro que también lo son, como las aventuras de la princesa cristiana Ibriza, incluidas en La historia del rey Umar Al-Numán, una novela épica que ocupa la octava parte de las Noches, el fragmento más extenso con diferencia. Pues bien, Ibriza pelea mejor que cualquier varón; vence en combate al príncipe Sarkán (y sus doncellas también vencen a los guerreros árabes), y además es cultísima y una ajedrecista formidable. De hecho, también gana a Sarkán al ajedrez. “En todo resultas vencido”, le dice Ibriza. Y Sarkán contesta, galante: “¡Señora! El ser vencido por ti es un honor”. Cuando leí todo esto, hace muchos años, ya quedé convencida de que tenía que estar escrito por una mujer (dudo que un hombre hubiera llevado las sucesivas derrotas con esa deliciosa ligereza). Pero una cosa es suponer y otra comprobarlo.

Para eso ha creado ONU Mujeres el Proyecto Anónimas. Un grupo de investigadoras especializadas en inteligencia artificial ha estudiado durante cinco meses los textos de Las mil y una noches. Al principio los resultados eran confusos, hasta que se dieron cuenta de que estaban trabajando sobre traducciones hechas por varones. Recurrieron entonces al manuscrito árabe más antiguo que existe y que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia; sobre esos textos trabajó el francés Galland, que contribuyó a la introducción de las Noches en Occidente con sus traducciones al francés, publicadas entre 1707 y 1717. Y al investigar los originales los resultados fueron abrumadores: están escritos por mujeres al 81,7%. De ahí esta nueva edición, que usa la traducción directa del árabe de Dolors Cinca y Margarita Castells y que aparece firmada orgullosamente por Anónima.

Quién sabe cuántos más libros anónimos habrán sido escritos por mujeres. Y cuántas autoras habrán sido despojadas de sus textos, publicados bajo la supuesta autoría de un varón real que se apropió de la obra, como sucedió con María Lejárraga o Colette. Estos casos los conocemos, pero ¿cuántos habrá que no? Por no hablar de las muchas mujeres que, aun teniendo talento, nunca lograron escribir, porque no pudieron estudiar y ni siquiera creyeron en sí mismas, como explicaba Virginia Woolf en su maravilloso ensayo Una habitación propia (1929), en el que inventa a una supuesta hermana de Shakespeare, Judith, tan dotada como él, pero a la que las circunstancias terminan enmudeciendo y destrozando. Por cierto, y ahora que mencionamos al bardo inglés, recordemos que es un escritor muy escurridizo del que se sabe muy poco, hasta el punto de que hay grandes dudas sobre si escribió de verdad sus obras. Se han propuesto diversos nombres de posibles autores o coautores, los más conocidos Marlowe y Bacon, pero en 2019 Elizabeth Winkler publicó en la prestigiosa revista norteamericana The Atlantic un interesante trabajo sosteniendo que la autora oculta de las obras de Shakespeare podría ser Emilia Bassano, la primera mujer que publicó un libro de poemas en inglés (en 1611) y un personaje fascinante. Los expertos shakespearianos reniegan de semejante idea, por supuesto (¿por qué será que no me sorprende?), pero lo cierto es que la obra de Shakespeare es increíblemente feminista en muchos aspectos; resuena en el oído y en el corazón como me resonaba Ibriza, así que, ¿quién sabe? (recomiendo leer el fascinante trabajo de Alejandro Gamero ¿Y si William Shakespeare hubiera sido en realidad una mujer?, en lapiedradesisifo.com). En fin, este artículo es el último hasta septiembre; yo me voy a pasar las vacaciones leyendo libros escritos por mujeres para celebrar que ahora, por fortuna, ya podemos firmar y publicar. Feliz verano. Rosa Montero es escritora. El País, 26 de julio de 2026.




















viernes, 4 de septiembre de 2026

OLA DE NOVO, AMIGOS. BOAS NOITES A TODOS. HOXE, VENRES, 4 DE SETEMBRO DE 2026, EN GALEGO

 






Ola de novo, amigos. Boas noites, feliz descanso e doces soños a todos nesta noite de venres, 4 de setembro de 2026. Espero que pasarades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino estean convosco. Ata mañá. Quérovos. HArendt













ENTRADA NÚM. 11371

DE LA TARDE QUE CAE. DE AMORES Y AFINIDADES ENTRE LOS ESCRITORES Y LOS GATOS, POR IGNACIO PEYRÓ. 4 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Siempre ha habido secretas simpatías entre los gatos, la soledad, los libros y el silencio. Los príncipes de este mundo se han hecho retratar con perros y caballos, mientras que el gato quedó para posar en el regazo bien acolchado de los cardenales. Es animal de interior, y todavía hoy una biblioteca será más biblioteca si un gato se pasea por entre los lomos de los libros con indiferencia de dama de bolero. Según Von Betchen, “el gato se parece a lo que los escritores querrían ser”: es decir, gentes independientes y caracteres sin sobresaltos. Y aún podríamos añadir: tanto a los escritores como a los gatos les gusta el mismo tipo de vida, sofá orejero por el día; escapada y aventura al caer la noche.

Cuando un petimetre de Oxford le pidió consejo para iniciar su carrera literaria, Aldous Huxley no lo dudó: “Si usted quiere escribir, tenga gatos”. En el sur de Europa el gato es animal tiñoso de exteriores, y en España las clases pijas han aborrecido a los gatos, a saber si por preferir los toros. En otros países civilizados y lluviosos el gato era, sin embargo, un animal tan ornamental como su reproducción en porcelana. Gatófilo ejemplar, Paul Léautaud decía ser el escritor más libre de Francia por ser también el más pobre. En su casa llegó a acumular más de 300 gatos, recogidos aquí y allá por los arrabales de París. Los escritores han sido, en todo caso, siempre proyectivos y pretenciosos con los nombres: Colette llamó a una gata Kiki-la-Doucette y tuvo el acierto de llamar a otro Prr. Lilith se llamaba la gata de Mallarmé, lo que sin duda le pega a Mallarmé, y uno no sabe en qué pensaba el viejo Anatole France al imponer a su gato nada menos que el nombre de Amílcar, que es como llamar Gandhi a un rottweiler. Nunca hemos sabido el nombre del gato de Dante, pero del de Petrarca se sabe que el poeta le escribió un epitafio.

Pla dejó escrito cuanto hay de esfíngico en los gatos al afirmar que “todo en el gato es dogma, seriedad y forma eterna”. Como animal escrito, el gato tiene una prosapia de gran tono. Teófilo Gautier, Colette y Kipling le dedicaron novelitas, y Eliot les dedicó un libro de poemas. En todo caso, su vate de más fama será para siempre Baudelaire, que no tuvo el menor problema a la hora de rimar “magiques” con “mystiques” en su alabanza. Neruda lo llamó “mínimo tigre de salón” y ya no sé quién dijo aquello de que Dios había creado al gato para que pudiésemos acariciar a un tigre. Y, de gato escrito a gato pintado, una iconografía para aplaudir: el gato que captura ratones como imagen de Cristo en busca de las almas.

La política nos ha dejado felinos de interés como Larry, el ratonero de Downing Street, que va ya por su sexto primer ministro en Downing Street, con el pienso garantizado por el presupuesto público. Con todo, y sin salir de Londres, el gato más conocido de la historia también ha tenido más que ver con las letras que con las armas. Del gato Hodge sabemos lo que nos cuenta James Boswell: que el doctor Johnson se aliviaba sus melancolías de erudito, tan intensas, jugando con él, y que se ocupaba personalmente de comprarle la comida, no fuera que los sirvientes —decía el prohombre— le cogieran rabia a “la pobre criatura” si tenían que ir de mandados ellos. Viejo y sabio, el doctor Johnson conocía la impiedad de sus hermanos los hombres con lo que es más desnudo e indefenso.

Cuando Hodge ya estaba en la ronda de la muerte, el gran lexicógrafo tuvo que cumplir con un deber de piedad: comprarle la valeriana para aliviar su tránsito. Y cabe imaginar que aquel recado le resultaría penoso, toda vez que Boswell, que abominaba de los gatos, nos relata cómo Johnson dejaba que Hodge se paseara por su pecho, mientras el escritor “sonreía y silbaba entre dientes”, un solaz que no era sino un paréntesis de alegría pura de vivir, de afecto y desenfado para un sabio de carácter en ocasiones funéreo. Y no sé si Johnson era un animalista o si tan sólo sabía que la mirada de los animales nos devuelve nuestra propia humanidad, y que por eso hay que tratarlos con el respeto que merece toda la naturaleza que pena y sufre y muere, más aún cuando “la pobre criatura” le había dado tan gratuitamente ocasión de sonreír. Hoy a Hodge le honran una estatua en Londres, una cita al comienzo del Pálido fuego de Nabokov, y hasta nosotros, querido lector, que hemos engañado nuestras melancolías evocándolo. Ignacio Peyró es escritor. El País, 2 de agosto de 2026.
























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. COMO NUBLARSE EL ENTENDIMIENTO Y ENVENENARSE EL CORAZÓN, POR JAVIER CERCAS. 4 DE SEPTIEMBRE 2026

 







Un día de 1803, Samuel T. Coleridge anotó en su cuaderno el principio central de la crítica, que yo vertería así al castellano: “Nunca hay que perder una oportunidad de razonar contra ese principio que nubla el entendimiento y envenena el corazón, según el cual hay que juzgar una obra por sus defectos y no por sus virtudes. Cualquier obra debe tener los primeros —lo sabemos a priori—, pero no cualquiera tiene las últimas, y, por tanto, aquel que las descubre te dice algo que no podías haber previsto con seguridad, ni siquiera con probabilidad”.

Es un principio que solo podía concebir un poeta mayúsculo. Juzgar una obra por sus carencias y no por sus bondades envenena el corazón y nubla el entendimiento porque coloca al juzgador por encima de lo juzgado, le priva de la máxima virtud, que es la humildad, y le condena al defecto máximo, que es la soberbia, la hybris que en la tragedia griega lleva a los hombres a enfrentarse a los dioses, quienes los castigan por ello. No existe obra sin tacha. La mejor novela conocida no ha dejado de encajar improperios desde su publicación (o desde antes); algunos son estúpidos, desde el envidioso “no hay poeta tan necio que alabe a don Quijote”, de Lope de Vega, hasta las petulantes execraciones de Nabokov, Martin Amis o Paul Groussac, que respectivamente acusaron al libro de ser cruel, de ser largo, de estar escrito en una “prosa de sobremesa”; otros reproches, en cambio, no son tan absurdos. Seamos sinceros: ¿qué pinta en medio de las aventuras de don Quijote la historia de El curioso impertinente? ¿No podía haberla dejado don Miguel para las Novelas ejemplares, a las que tal vez pertenecía? ¿Y qué me dicen del epílogo de Guerra y paz? ¿Cómo demonios se le ocurre a Tolstói largarnos ese sermón de última hora? ¿Quién le manda ponerse a aclarar el sentido de su novela, como si el lector fuera tonto del bote? Se dirá que el Quijote y Guerra y paz están escritas un poco “a lo que salga”, por decirlo como Unamuno, y que no incurren en esos deslices novelas más rigurosas, geométricas o deliberadas. Falso. Podría aducir ejemplos de grandes obras de Kafka, de Joyce, de Faulkner; ninguno como Madame Bovary, una novela aureolada con una leyenda tenaz de perfección. De ahí que los sabios lleven casi dos siglos intentando explicar cómo es posible que un relato escrito en tercera persona empiece en primera (Nous étions à l’étude, quand le Proviseur entra, arranca el relato: “Estábamos en la hora de estudio cuando entró el director”) y, por muchos esfuerzos que han hecho, la única explicación plausible de la incoherencia flagrante de ese nous inicial es que no tiene explicación. Quandoque bonus dormitat Homerus. Y, como hasta el mejor escribano echa un borrón —eso es lo que significa el verso de Horacio—, cebarse con los defectos de una obra solo sirve para envenenarse el corazón y nublarse el entendimiento haciéndose el listo, que es lo que suelen hacer los tontos. Por lo demás, al principio de Coleridge yo solo le agregaría una cláusula. Juzgamos a Shakespeare por El rey Lear, no por Tito Andrónico y su estomagante grandilocuencia gore; juzgamos a Cervantes por el Quijote, no por el Persiles, novela que cabe elogiar con entusiasmo, pero solo a condición de no haberla leído (todo indica que don Miguel buscó hacerse perdonar el éxito del Quijote haciendo en el Persiles casi lo peor que puede hacer un escritor serio: tratar de demostrar que lo es). Pese a ello, más de uno ha condenado a García Márquez para siempre por su última novela, Memoria de mis putas tristes, como si no hubiera escrito Cien años de soledad. He aquí la cláusula que yo añadiría al principio de Coleridge: es injusto juzgar a los antiguos por sus obras mejores y a los contemporáneos por las peores.

Dicho esto, sobra añadir que todo el mundo debería disfrutar con lo que le plazca y que, aunque los dioses continúan castigando nuestra soberbia —nos los cargamos hace tiempo, pero ellos siguen ahí, erre que erre—, si alguien disfruta nublándose el entendimiento y envenenándose el corazón, por mí que no quede. Javier Cercas es escritor. El País, 15 de agosto de 2026.




















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 4 DE SEPTIEMBRE DE 2026