domingo, 31 de mayo de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. EL PLAN BOLONIA, LA IA Y LA UNIVERSIDAD, POR JULIO GONZÁLEZ GARCÍA. 31 DE MAYO DE 2026

 







Cuando se habla de la IA en las clases se suele ir al resultado final: se copia mejor. Creo, en cambio, que el problema de fondo es otro. El crédito ECTS mide el tiempo que un estudiante necesita para adquirir las competencias de una asignatura. Veinticinco horas, treinta, lo que sea. Esa es la unidad sobre la que se construyó el Espacio Europeo de Educación Superior. Y esa unidad ha dejado de medir nada, porque hoy lo que antes ocupaba veinticinco horas se produce en quince minutos, sin saber del tema, con una herramienta gratuita (o de pago) y que, si no se le pregunta bien comete errores pero aparenta ser perfecta. La consecuencia es que la arquitectura entera de la enseñanza universitaria diseñada en los últimos veinte años está en crisis, aunque sigamos haciendo como que no.

Conviene situarse. El Plan Bolonia, es decir, el Espacio Europeo de Educación Superior que en España se implantó a partir de 2010, sustituyó la transmisión de contenidos por la adquisición de competencias. Los objetivos eran razonables y todos los conocemos: armonizar titulaciones en Europa, facilitar la movilidad, homologar más fácilmente, dejar atrás el modelo memorístico objeto de tantas críticas. El resultado fue una universidad masificada pero orientada a competencias, empleabilidad y evaluación continua.

El descenso al aula de los principios fue gradual. Directrices generales, planes de estudio, y al final el profesor. Hay que precisar una cosa aquí, porque la queja general contra Bolonia confunde cosas distintas: muchas de las debilidades que hoy denunciamos no vienen del diseño normativo europeo, vienen de cómo se implementó esto en España. La fragmentación de contenidos, la cuantificación obsesiva, la trazabilidad formal, la burocratización de la evaluación, son responsabilidad de la ANECA, de los sistemas internos de garantía de calidad, de la cultura administrativa de nuestras universidades. El profesorado tuvo su gran parte de culpa ya que durante años aceptó rellenar formularios sin discutirlos, no entendió la mecánica del sistema y siguió dando las clases igual y, cuando cambió algo, hizo una aplicación cómoda (para él) del Plan Bolonia.

La idea pedagógica de fondo no era mala. Si se evalúan procesos y no solo exámenes finales, la evaluación gana información y el aprendizaje se distribuye en el tiempo. Pero todo eso descansaba en un presupuesto que entonces no necesitaba enunciarse y hoy se ha esfumado: producir las evidencias escritas de lo que el estudiante había aprendido exigía trabajo intelectual humano, y que ese trabajo era razonablemente verificable. La hiperinflación de tareas era sostenible mientras escribir requiriera pensar. Ya no. Aquí está la fractura que el debate cotidiano sobre IA en las aulas suele perder de vista. Bolonia pertenece al paradigma de la sociedad de la información. Asume que el conocimiento está disponible, que se actualiza rápido, y que el problema educativo es formar a quien sabe acceder a él, seleccionarlo y aplicarlo. La IA generativa pertenece a otro paradigma, el de la automatización cognitiva. Ya no se trata de acceder a información que el estudiante luego procesa, sino de delegar en una máquina las operaciones intelectuales mismas: redactar, analizar, comparar, argumentar. Eso que la universidad evaluaba como prueba de competencia ahora lo ejecuta el sistema directamente. No es un cambio de herramienta, es un cambio de paradigma. Recordando a Gramsci, se puede decir aquellos de que “El viejo mundo muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Ahí estamos.

La irrupción ha sido silenciosa. No ha habido una crisis ruidosa, se han diluido los supuestos sobre los que se sostenía la evaluación. La reacción más visible es la prohibicionista. La Facultad de Derecho de Berkeley acaba de prohibir el uso de IA para conceptualizar, esbozar, redactar, revisar, traducir o editar cualquier trabajo evaluable, e incluso prohíbe subir materiales del curso a sistemas generativos. Tiene la virtud de ser clara … y el defecto de ser inaplicable.

Detectar IA en un trabajo bien hecho es prácticamente imposible. Solo se detecta cuando el estudiante es descuidado: la marca de agua de Copilot, un parámetro utm_source=chatgpt.com colado en una referencia bibliográfica, una expresión inglesa mal traducida. Por ello, lo que hace Berkeley, prohibir sin poder detectar, no es regular, es declarar impotencia.

Y el asunto va más allá de la detección. Toca varias capas del sistema al mismo tiempo.

El ECTS pierde su referente. Si la unidad es el tiempo que tarda un estudiante y ese tiempo se puede colapsar arbitrariamente, la unidad ya no mide lo que decía medir. No es una cuestión técnica de manual: es la moneda con la que se construyen los planes de estudio, se reconocen titulaciones entre países, se asignan cargas docentes y se mide el trabajo del profesor.

El modelo de valoración queda obsoleto. Se puede producir un texto académico excelente sin tener idea del tema. En humanidades y en ciencias sociales, donde lo evaluable es usualmente un texto bien escrito, la prosa correcta deja de ser prueba de nada. Hay que desplazar la verificación a otros sitios: examen oral, defensa presencial, evaluación procesual con trazabilidad real… Todo más caro, todo más lento.

El examen tampoco es refugio seguro. Los nanopinganillos, los dispositivos discretos conectados a modelos de IA, convierten incluso el examen presencial clásico en un espacio de control imperfecto. O subimos las medidas de vigilancia hasta extremos que chocan con la dignidad del estudiante (¿revisamos si lo que lleva en el escote es una cámara o un botón?) y con la cultura académica que decimos defender, o aceptamos que cierto grado de uso indetectable es ya parte del paisaje.

El Trabajo de Fin de Grado es donde se ve mejor el contrasentido actual. Concebido como ejercicio personal de madurez, hoy es el punto más vulnerable del sistema. Es un producto escrito, entregado en PDF, evaluado por un tribunal con unos minutos por trabajo y sin herramientas fiables de detección, ni de la IA ni de los servicios externos que elaboran trabajos por encargo. Quien haya estado en un tribunal de TFG o haya dirigido alguno recientemente sabe perfectamente de qué hablo. O lo mantenemos como está y asumimos que una parte significativa será obra de la IA, o lo reconvertimos en defensa oral con interrogatorio sustantivo. Cualquier cosa entre medias es ficción evaluativa.

Y aparece una nueva forma de incompetencia profesional. Quienes lleguen a profesiones complejas habiendo puenteado con IA el aprendizaje de los fundamentos no es que sean menos competentes en el sentido clásico. Son dependientes funcionales de una herramienta que no controlan. Conviene no confundirse: un abogado que usa IA para redactar un dictamen no es necesariamente menos competente, igual que no lo fue el que pasó del repertorio en papel a las bases de datos jurídicas en los años noventa.

La cuestión relevante es qué juicio sigue siendo irreductiblemente humano.¿Estamos formando ese juicio, o nos hemos limitado a certificar la producción de resultados?

Hay un síntoma que se suele tratar como problema aparte y que es parte del mismo proceso. El absentismo creciente. El estudiante que no va a clase no es necesariamente perezoso ni desinteresado. Está diciendo que percibe la clase como prescindible frente a otras alternativas. Y la verdad incómoda es que tiene parte de razón.

Si la evaluación premia entregables y se pueden producir sin haber asistido a clase, la asistencia no tiene función instrumental, más allá de cumplir con la obligación formal que recogen las normas. Si los apuntes circulan por WhatsApp, los resúmenes en vídeo abundan en internet, hay reels en tiktok y la IA da explicaciones adaptadas a tu nivel, la clase presencial compite en condiciones desfavorables. Exige desplazamiento, horario fijo, atención sostenida. Lo otro es a la carta y nunca se cansa.

Lo grave no es que ese ecosistema paralelo transmita la información peor que la clase, porque a veces la transmite mejor. Lo grave es que no puede sustituir lo que debería ser el núcleo de la docencia universitaria: la formación del juicio, el diálogo intelectual, la corrección de errores de razonamiento sobre la marcha, la pregunta inesperada que obliga a pensar.

Eso pasa en presencia, y solo pasa en presencia si la clase ofrece algo que la IA e internet no ofrecen. Cuando la clase se limita a transmitir contenido (en ocasiones leído), el estudiante hace bien yendo al vídeo a su ritmo o al modelo generativo. El absentismo es el indicador de que también la clase tenemos que repensarla y elevar su nivel para que aporte un valor que fuera no existe. Reconocerlo cuesta, pero es lo que hay.

Hay una pregunta que el debate pedagógico tiende a esquivar y que, desde el Derecho Administrativo, no podemos esquivar: la regulatoria.

El andamiaje normativo del EEES no contempla la IA generativa como riesgo. Las memorias de verificación que aprueba la ANECA describen sistemas de evaluación pensados para un mundo donde escribir era pensar. Los sistemas internos de garantía de calidad auditan procesos formales, no integridad sustantiva. Y la Ley 3/2022, de convivencia universitaria, que derogó el régimen disciplinario preconstitucional de 1954 y estableció un marco nuevo para las relaciones disciplinarias en el ámbito universitario, se aprobó sin contemplar la IA generativa como hipótesis. ChatGPT salió ocho meses después y dejó la ley obsoleta antes de que empezara a aplicarse. Y bajando un escalón, las normas internas de las universidades, las guías docentes departamentales, los programas del profesorado, tampoco abordan nada de lo que se nos está pidiendo.

El problema admite varias respuestas: reforma de las memorias de verificación para incorporar exigencias mínimas de evaluación robusta frente a IA, soft law europeo en el marco del EEES, confianza plena en la autonomía universitaria. Cada vía tiene sus costes. La única que no es viable es la inercia, que es justo lo que estamos haciendo.

La respuesta no puede ser prohibir y ya está. Es poner puertas al campo. Pero tampoco puede ser la aceptación resignada del statu quo, ni la huida hacia más burocracia evaluativa que la IA volverá a vaciar en cuanto se lo plantee.

La universidad tiene que enseñar a manejar la IA porque ya es una fuente básica de conocimiento, cuyo uso es necesario y conveniente en cualquier profesión intelectual. Y para hacerlo bien hay que desplazar el centro de gravedad de la docencia. El profesor deja de ser verificador de producción escrita y pasa a ser formador del juicio en un entorno de hiperabundancia de información. Si seguimos limitándonos a supervisar entregas, administrar plataformas, controlar procesos y evaluar de forma estandarizada, la IA nos pasará por encima. Y será nuestra responsabilidad como docentes, porque habremos demostrado nuestra incapacidad de ponernos al día. Se supone que la élite intelectual está en la universidad.

El reto va más lejos. Hay que reconstruir la enseñanza superior sobre supuestos compatibles con un entorno donde la producción de texto plausible es trivial y donde el valor añadido humano se desplaza hacia la comprensión, la valoración crítica, la decisión sustantiva y la responsabilidad profesional. Eso implica rediseñar evaluaciones, repensar el ECTS, revisar el TFG, y aceptar que el modelo evaluativo de Bolonia, tal como se implementó en España, ha agotado su recorrido.

No es una crisis menor. Como en el cuento del Conde Lucanor que prefigura el del rey desnudo de Andersen, la universidad tiene que reconocer que el contrato implícito con sus estudiantes -vosotros producís evidencias escritas, nosotros certificamos competencias- ha quedado sin objeto.

Todo lo anterior coincide con una de las épocas de mayor escasez económica que recuerda la universidad española. Y aquí está la trampa más dolorosa. Si la IA exige un nuevo entorno docente -tiempo, interacción real con el estudiante, grupos reducidos, seguimiento sustantivo, conversación intelectual-, la masificación y el aumento de ratios de estudiantes por aula apuntan justo en sentido contrario. La escasez ya no es solo un problema presupuestario.

Se ha convertido en un factor estructural que favorece una lógica neoliberal. Empuja a la universidad hacia el modelo barato: aulas llenas, evaluación industrializada, títulos producidos en serie. Y dificulta justo lo que la IA vuelve más necesario, que es la formación lenta del juicio crítico y del pensamiento autónomo. Pedimos a la universidad que se reinvente justo cuando le quitamos los medios para hacerlo. Conviene no olvidar lo que decía Derek Bok: si la educación les parece cara, que prueben con la ignorancia. Y ahora, además, con la ignorancia disfrazada de competencia certificada por IA. Julio González García. Global Politics and Law, 7 de mayo de 2025. 
























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. AYN RAND: EL INDIVIDUO CONTRA TODOS, POR XAVIER PEYTIBI. 31 DE MAYO DE 2026

 





Ayn Rand nació en San Petersburgo en 1905, con el nombre de Alisa Zinóvievna Rosenbaum, en una familia judía de clase media. Cuando era adolescente, en 1917, el nuevo poder bolchevique, nacido de la revolución, confiscó la farmacia de su padre. No fue para ella una idea abstracta sobre la igualdad, la justicia social o la emancipación de los trabajadores. Fue una experiencia familiar directa: el Estado entrando en la vida privada y arrebatando lo que una familia (la suya) había construido.

Años después, ya instalada en Estados Unidos, Rand convertiría esa herida en el centro de toda su obra. Para ella, el gran peligro político no era solo una dictadura concreta, ni solo el comunismo soviético, sino cualquier sistema moral que exigiera al individuo sacrificarse por el colectivo. Allí donde otros veían solidaridad y bien común, ella veía coacción.

Hoy, y estés o no de acuerdo con sus ideas, su historia, y lo que ella escribió, sigue siendo clave para entender una parte del imaginario político contemporáneo. La desconfianza hacia el Estado, la exaltación del emprendedor, la crítica a los impuestos, la sospecha ante la solidaridad obligatoria y la idea de que la sociedad suele castigar a quienes crean, arriesgan o destacan. Todo ello tiene que ver con el mundo moral que ella ayudó a construir.

Después de la revolución rusa, ya en 1926, logró salir de la Unión Soviética y emigró a Estados Unidos. Allí adoptó el nombre de Ayn Rand y empezó una nueva vida. Primero intentó abrirse camino en Hollywood como guionista, y después comenzó a escribir novelas. Su gran éxito llegó con El manantial, publicada en 1943, y más tarde con La rebelión de Atlas, de 1957, su obra más conocida e influyente.

Rand no quería ser solo novelista. Quería fundar una filosofía. La llamó objetivismo, y la construyó alrededor de varias ideas centrales: la razón como única vía de conocimiento, el individualismo como principio moral, el egoísmo racional como virtud y el capitalismo laissez-faire como sistema político ideal.

Para ella, el comunismo era la forma extrema de esa lógica. Pero creía que el mismo principio podía aparecer también en sociedades democráticas cuando el Estado obligaba a unos ciudadanos a financiar los proyectos, necesidades o derechos de otros. Aquí aparece una de sus ideas más provocadoras: el problema no era solo el Estado totalitario, sino la moral del sacrificio. Según Rand, antes de que el Estado confisque nada, la cultura ya ha enseñado que vivir para los demás es una virtud. Antes de que llegue la coerción, ya se ha instalado la culpa. Ya se ha buscado una justificación antes de castigar al individuo productivo.

Mientras otros autores buscaron fórmulas para combinar igualdad, democracia y libertad, Rand fue en dirección contraria: si el colectivismo aplasta al individuo, entonces hay que defender al individuo sin complejos.

Los protagonistas de las novelas de Ayn Rand (ya resumimos El Manantial en esta newsletter) suelen responder al mismo modelo: personas excepcionales, orgullosas, racionales y solitarias. En El manantial, Howard Roark es un arquitecto que se niega a traicionar su visión. Prefiere fracasar antes que construir algo que considera falso. En La rebelión de Atlas, ese conflicto se amplía al conjunto de la sociedad: los grandes empresarios, inventores y productores se retiran del mundo porque están cansados de sostener un sistema que los regula, los culpa y los desprecia.

Uno de sus libros de ensayos más conocidos se titula La virtud del egoísmo. El título parece escrito para escandalizar, y seguramente lo estaba. Pero conviene entender bien qué quería decir. Para Rand, el egoísmo no era actuar por capricho o abusar de los demás. Era vivir para uno mismo, guiado por la razón y por el propio proyecto vital. Rand no rechazaba que una persona ayudara voluntariamente a otra. Lo que rechazaba era que la necesidad ajena se convirtiera en un derecho sobre la vida propia. Ayudar puede ser bueno si nace de una decisión libre. Pero deja de ser virtud cuando se convierte en una obligación impuesta.

A diferencia de otros defensores del libre mercado, Rand no defendía el capitalismo solo porque produjera riqueza o fuera más eficiente. Lo defendía porque lo consideraba moralmente superior. Para ella, el capitalismo era el único sistema basado en el reconocimiento de los derechos individuales. Nadie puede obligar a otro a vivir para él. Nadie puede apropiarse por la fuerza del fruto del trabajo ajeno. Las relaciones humanas deben organizarse mediante intercambio voluntario, propiedad privada y contrato.

Por eso ha sido tan influyente entre libertarios, empresarios y sectores de la derecha estadounidense. Rand ofrece una autoimagen muy poderosa: el emprendedor como Atlas, cargando con el peso del mundo mientras políticos, burócratas y dependientes lo critican desde abajo.

El objetivo del Estado debe ser lograr que ese capitalismo funcione, aunque el Estado no le guste. No porque todo Estado sea necesariamente totalitario, sino porque todos poseen algo que ella consideraba moralmente peligrosísimo: el monopolio de la fuerza. En su modelo ideal, el Estado debería limitarse a proteger derechos individuales: policía, tribunales, defensa nacional y garantía de contratos. Cualquier cosa más allá de eso le parecía una invasión. La educación pública, la sanidad pública, la redistribución, la planificación, las subvenciones, la regulación económica o las políticas sociales eran, desde su punto de vista, formas de interferencia coercitiva, era un Estado saqueador. Para ella, el hecho de que esa decisión se tomara democráticamente no eliminaba, ni de lejos, el problema moral: que una mayoría no tiene derecho a violar la libertad de una minoría productiva.

Aunque hoy se la asocia con la derecha libertaria, Ayn Rand no encaja del todo en el conservadurismo clásico. Era atea, defendía el derecho al aborto, desconfiaba de la religión, despreciaba muchas formas de tradicionalismo y no basaba su pensamiento en la familia, la nación o la comunidad, sino en el individuo racional.

Murió en 1982, pero su imaginario sigue muy vivo. Aparece cada vez que se presenta al emprendedor como héroe solitario. Cada vez que se describe al Estado como una maquinaria parasitaria. Cada vez que se habla de impuestos como expolio, de regulación como castigo o de mérito como única medida de justicia. También aparece en una parte de la cultura tecnológica contemporánea (esto os sonará): la admiración por el fundador visionario, por quien rompe reglas, por quien desafía sectores enteros, por quien se cree capaz de rehacer el mundo sin pedir permiso. Creo que está bien que la recordemos o conozcamos su importancia en la actualidad. Xavier Peytibi es analista político. Substack, 26 de mayo de 2026.



























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. LA EXCURSIÓN DE TRUMP, IMPULSADA POR SU EGO, SE HA ESTRELLADO CONTRA LA REALIDAD, POR PAUL KRUGMAN. 31 DE MAYO DE 2026

 






«Muchas preguntas, pocos detalles en la última propuesta de paz con Irán», rezaba el titular de un artículo del New York Times publicado el domingo. Como explicaba el subtítulo, «Es demasiado pronto para saber con exactitud a qué han llegado Trump e Irán, o si han llegado a algún acuerdo». El artículo, por cierto, fue escrito por David Sanger, a quien Trump tildó de « traidor » por sus informes, claramente precisos, sobre el mal estado de la guerra.

Pero, de hecho, la guerra de Trump contra Irán puede haber terminado, o prácticamente terminado. Estados Unidos perdió.

Irán podría o no aceptar ejercer moderación en su control sobre el estrecho de Ormuz y su programa nuclear. Pero, como bien debería saber Donald Trump, los acuerdos se pueden romper. En esencia, Trump, quien comenzó exigiendo la rendición incondicional e intentando imponer un nuevo régimen sumiso, ahora se retira sigilosamente, dejando a los sectores más intransigentes de Irán fortalecidos y la reputación de Estados Unidos destrozada.

¿Cómo pudo suceder esto? Estados Unidos es una superpotencia, Irán, en el mejor de los casos, una potencia regional de tamaño medio. El gasto no es el único determinante del poderío militar, pero aun así, una comparación de los presupuestos militares de ambos gobiernos es ridículamente parcial.

Sin embargo, el régimen iraní no solo sigue en pie, sino que es más fuerte que antes. Mientras tanto, Trump está huyendo.

El liderazgo desastroso de Trump no es el único factor detrás de este desastre, aunque sí una parte importante de la historia. En mi opinión, hay cuatro razones principales por las que la "incursión" de Trump en Irán está terminando en humillación.

En primer lugar, se trataba de una guerra fundamentalmente imposible de ganar.

Una vez que el ataque inicial contra la cúpula iraní dejó intacto el control del régimen sobre el poder, la Operación Furia Épica se convirtió en un intento de acabar con la amenaza que Irán representaba para el suministro mundial de petróleo, neutralizando sus misiles y drones con poder aéreo. Desafortunadamente, como ha documentado Substack History Does You , este tipo de campañas nunca han tenido éxito. Las fuerzas aéreas aliadas intentaron impedir que la Alemania nazi lanzara misiles V1 y V2 durante la Segunda Guerra Mundial; fracasaron. Durante la primera Guerra del Golfo, las fuerzas aéreas de la Coalición dedicaron enormes recursos a intentar impedir que Irak lanzara misiles Scud; también fracasaron. Perseguir lanzadores móviles, especialmente en una era de drones baratos y abundantes, y en un país tan extenso y montañoso como Irán, es una tarea titánica.

Por supuesto, los líderes que no son irremediablemente arrogantes e ignorantes no inician guerras imposibles de ganar.

En segundo lugar, por doloroso que sea reconocerlo, el ejército estadounidense, tras décadas de dominio indiscutible, parece haber perdido gran parte de su ventaja. Como escribió recientemente Phillips O'Brien La falta de una respuesta bien pensada por parte de Estados Unidos ante los cambios tecnológicos que estamos presenciando [especialmente en la guerra entre Rusia y Ucrania] antes de embarcarse en el bombardeo de Irán demuestra lo engreídos que pueden ser los ejércitos, y cuanto más grandes y poderosos se creen, más tienden a ser.

En Estados Unidos hay un exceso de autocomplacencia respecto a sus fuerzas armadas, una creencia de que son altamente profesionales, proactivas y reflexivas, entre otras cosas. Esta es una visión romántica que los estadounidenses están utilizando ahora para culpar por completo al gobierno de Trump del fracaso en el conflicto con Irán.

Dicho esto, la administración Trump ha empeorado considerablemente el deterioro de las fuerzas armadas.

Pete Hegseth, el autoproclamado Secretario de Guerra, ha llevado a cabo una purga sin precedentes de oficiales militares con reputaciones intachables, siendo la mayoría de los despedidos negros o mujeres . Los ha reemplazado con leales políticos como el almirante Brad Cooper, jefe del Comando Central, quien, en la práctica, ha estado dirigiendo la guerra de Trump.

Los oficiales que sobrevivieron a la purga captaron el mensaje. Bajo el mando de Hegseth, los informes oficiales sobre el progreso de la guerra han sido un torrente de afirmaciones grandilocuentes de victoria y descripciones ridículamente optimistas de la situación en el campo de batalla. Hace menos de dos semanas, Cooper seguía vendiendo fantasías de una victoria fácil al Congreso, afirmando, entre otras cosas, que Estados Unidos podría abrir fácilmente el estrecho de Ormuz por la fuerza.

¿Crees que estas ilusiones son solo para el público, que Hegseth ha estado recibiendo información veraz y actuando en consecuencia? Yo no. Es mucho más probable que Hegseth y Trump también hayan estado recibiendo informes falsos y optimistas, porque nadie en el ejército se atreve a decirles la incómoda verdad.

La adulación y el servilismo que Cooper exhibió en su testimonio sin duda reflejaban el pensamiento grupal que ha llevado a muchas malas decisiones. Por ejemplo, reportajes de CNN , el Washington Post y el Times revelan que las bases e instalaciones estadounidenses han sufrido daños considerables por ataques con drones y misiles iraníes, con bajas y la destrucción de equipos y aeronaves muy costosos. ¿Por qué las fuerzas armadas estadounidenses no estaban preparadas para esta posibilidad?

La falta de preparación reflejaba claramente la idea preconcebida de que Irán quedaría tan devastado por los ataques estadounidenses que sería incapaz de contraatacar. Y es razonable inferir que cualquier oficial que intentara advertir sobre los peligros fue tratado como un derrotista y silenciado.

Finalmente, el éxito en la guerra moderna depende fundamentalmente de ser más astuto que el enemigo. Pero MAGA se dedica a menospreciar el pensamiento crítico y a ensalzar la ignorancia beligerante.

El sábado, Hegseth se dirigió a la promoción de graduados de West Point. En la guerra, declaró, «no se pueden usar pronombres contra el enemigo». Felicitó a los cadetes por estar «en forma, no gordos». A pesar del humillante fracaso, Hegseth aún conserva su puesto y sigue afirmando que eliminar la diversidad, la equidad y la inclusión (DEI) gana guerras y que unos bíceps musculosos pueden vencer a los drones.

¿Puede Estados Unidos aún arrebatar la victoria de las fauces de la derrota, o debería aceptar un acuerdo que nos deja en una situación claramente peor que antes de la guerra? La respuesta es que huir —si eso es lo que Trump está haciendo— es ahora la decisión correcta. Es mejor aceptar un mal acuerdo, uno que deje a Estados Unidos mucho más débil que hace unos meses, que redoblar la apuesta en una guerra fallida. El tiempo apremia: la inminente escasez de armamento esencial, el agotamiento inminente de las reservas mundiales de petróleo y la pérdida del apoyo de nuestros aliados y del público estadounidense implican que esta guerra debe terminar pronto. Paul Krugman es premio Nobel de Economía. Substack, 25 de mayo de 2026.



























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. COMO DERROTAR A VLADIMIR PUTIN, POR TIMOTHY GARTON ASH. 31 DE MAYO DE 2026

 






Ningún dictador dura para siempre . Algún día, Vladimir Putin desaparecerá. Informes recientes sugieren una creciente debilidad de la economía rusa, descontento social y una disminución de la confianza en su régimen; pero sería ingenuo concluir que el fin está cerca. Solo la muerte o Rusia pueden derrocar a Putin, y nadie sabe cuándo ni cómo sucederá. Lo que las democracias de Europa y de otros lugares pueden hacer es perfeccionar una estrategia para frustrar sus ambiciones externas. Aquí presentamos una lista no exhaustiva de ocho elementos de dicha estrategia.

Tener un objetivo claro. Putin pretende subyugar a Ucrania, restaurar en la medida de lo posible el imperio ruso, destruir la credibilidad de la OTAN, debilitar la Unión Europea y restablecer una esfera de influencia rusa sobre Europa del Este. Impedirle alcanzar estos objetivos es derrotarlo.

Mantengamos el rumbo con Ucrania. El 11 de junio, la guerra a gran escala de Rusia contra Ucrania habrá durado más que la Primera Guerra Mundial. El logro de Ucrania al contener a un adversario mucho mayor es asombroso. Dada la zona de combate con drones en la línea del frente, es muy improbable que esta guerra se decida allí, pero ambos bandos se están atacando mutuamente la retaguardia, dañando la infraestructura energética, la economía y la moral. La retirada del apoyo estadounidense por parte del presidente Donald Trump ha dificultado la defensa de Ucrania, pero no la ha paralizado. La caída de Viktor Orbán en Hungría ha desbloqueado 90.000 millones de euros en ayuda económica europea, lo que debería permitir que el presupuesto ucraniano se mantenga hasta finales de 2027. Son posibles muchos escenarios, pero lo más probable es que esta guerra se prolongue durante algún tiempo.

Sin embargo, la guerra no habrá terminado ni siquiera cuando termine. A diferencia del Día de la Victoria en Europa de 1945, no sabremos quién ha ganado en el momento en que cesen los disparos. La llegada de la «paz» —muy probablemente en forma de un alto el fuego que se convierta en una congelación prolongada de las hostilidades a lo largo del frente actual— representará otro momento de peligro para Ucrania. Internamente, todas las diferencias sociales y los traumas acumulados durante años de guerra podrían estallar en una campaña electoral presidencial llena de resentimiento y una política posterior sumamente divisiva. Externamente, la atención de Europa podría desviarse rápidamente hacia otros lugares, como se desvió de Bosnia tras el acuerdo de paz de Dayton de 1995. Existe, lamentablemente, un futuro totalmente posible en el que las cuatro quintas partes de Ucrania que Rusia no ocupa se conviertan en un Estado despoblado, con conflictos internos y disfuncional. Eso sería una victoria para el plan B de Putin, que consiste en arruinar Ucrania si no puede controlarla. Solo cuando Ucrania sea un Estado miembro de la UE razonablemente próspero, seguro, estable y democrático podremos decir que Putin ha sido derrotado allí.

Aumentar la presión económica sobre Rusia. El efecto perverso de la guerra que Trump eligió contra Irán es un aumento en los ingresos rusos por petróleo y gas, y un levantamiento parcial de las sanciones. Para derrotar a Putin, debe ocurrir lo contrario. Además de endurecer las sanciones y apoyar los ataques de largo alcance de Ucrania contra la infraestructura energética rusa, Europa debería intensificar la represión contra la flota clandestina rusa. Casi la mitad de las exportaciones de petróleo de Rusia transitan por el mar Báltico, a menudo en buques cisterna ya sancionados.

Disuadir otro ataque ruso. Se presta, con razón, mucha atención a la organización de una transición de cinco a diez años desde la actual seguridad europea dependiente de Estados Unidos hacia una posición en la que Europa pueda defenderse. Pero el mayor riesgo de un ataque ruso contra territorio de la OTAN y la UE probablemente se presente en los primeros años de esa transición, especialmente en 2027-28. Putin es un anciano con prisa, obsesionado con restaurar la grandeza rusa y, como suele ocurrir con los dictadores que llevan mucho tiempo en el poder, cada vez más alejado de la realidad. Cuenta con un ejército numeroso y curtido en combate y una economía de guerra. Se enfrenta a una Europa que apenas comienza a rearmarse y a un presidente estadounidense que difícilmente cumplirá con el compromiso del artículo 5 de la OTAN de defender a un aliado de Europa del Este bajo ataque. Sin embargo, Putin solo puede contar con que Trump permanezca en la Casa Blanca hasta el 20 de enero de 2029. Así pues, esta es su mejor y quizás última oportunidad para demostrar que la OTAN es un tigre de papel. No haría falta un ataque frontal masivo, bastaría con la toma de unos pocos kilómetros cuadrados en Estonia, Lituania, una isla báltica o algún otro lugar del flanco oriental.

Aunque la probabilidad de un ataque de este tipo sea baja, el riesgo que conlleva es tan alto que resulta vital reforzar la disuasión. Si pudiéramos contar con el apoyo del presidente de Estados Unidos, el despliegue actual de la OTAN, liderada por este país, sería suficiente para tal fin. Dado que no podemos, necesitamos desarrollar con urgencia una estrategia alternativa en la que las fuerzas europeas (incluidas, en particular, las alemanas) que actualmente forman parte de los mandos de la OTAN, junto con las que integran configuraciones regionales como la fuerza expedicionaria conjunta británico-nórdica-báltica-neerlandesa, puedan disuadir eficazmente un ataque de este tipo. Esto supone un gran reto, y ahora es fundamental.

No nos limitemos a la defensa en el frente híbrido. Un excelente informe reciente del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores argumenta que, dada la magnitud de la campaña híbrida de Rusia contra Europa, no solo debemos defendernos, sino también desestabilizarla y, de forma cuidadosamente delimitada, pasar a la ofensiva. ( Léalo para más detalles).

Hablen con todas las Rusias. Se ha hablado de la posibilidad de que un representante europeo de alto nivel tenga la facultad de hablar con Putin. Pero, ¿qué dirían, incluso si él estuviera escuchando? Sí, vale la pena mantener abiertos los canales de comunicación con el Kremlin, incluso los canales extraoficiales. Pero el único lenguaje que Putin realmente entiende es el de la fuerza militar y económica, combinada con voluntad política.

Más importante aún es dialogar con otros tres sectores de la sociedad rusa: las élites empresariales, profesionales e incluso burocráticas que aún residen en el país; la sociedad rusa en general; y la «Otra Rusia», que ahora vive mayoritariamente fuera de Rusia y desea la derrota de Putin con más fervor que nadie. Si bien los mensajes específicos serían diferentes, habría un tema común: «Es posible otra relación con Rusia, si…». Esto tendrá poca repercusión a corto plazo, pero puede dar frutos cuando llegue el momento del cambio.

Ahuyenta a nuestros nacionalistas. Putin no tiene un sustituto inmediato para el húngaro Orbán como figura clave en la toma de decisiones en Bruselas. El eslovaco Robert Fico no se le compara. Pero los partidos antiliberales, populistas y nacionalistas siguen ganando terreno en otros países de Europa. Un presidente francés, Jordan Bardella, en 2027, y mucho menos Alternativa para Alemania (AfD) como principal partido del Bundestag en 2029, le darían a Putin nuevas oportunidades para dividir a Europa.

No te limites a actuar, quédate ahí. Dediqué más años de mi vida de los que quisiera recordar a estudiar las políticas occidentales hacia la Unión Soviética. Una conclusión fue clara: lo más importante que hicimos para ganar la Guerra Fría no fue nada relacionado con nuestra política exterior, sino simplemente lograr que nuestras propias sociedades fueran seguras, fuertes, prósperas y atractivas, y luego «quedarnos ahí». Lo mismo ocurre ahora. Un cambio político significativo en Rusia podría llegar mañana, o dentro de diez años. El desafío más difícil para un conjunto diverso de democracias liberales es también el más importante: la paciencia estratégica. Si la logramos, el tiempo estará de nuestro lado. Timothy Garton Ahs es historiador. The Guardian el 23 de mayo de 2026. .



























DEL MARATÓN DE VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY DOMINGO, 31 DE MAYO DE 2026