viernes, 11 de abril de 2025

De la ciencia económica y Thomas Sowell

 






En el mundo de la economía académica Thomas Sowell ocupa un lugar especial, que lo diferencia de sus colegas más relevantes de las últimas décadas, escribe en Revista de Libros [Thomas Sowell: más allá de la economía, 26/03/2025] el catedrático Emérito de Economía de la Universidad Complutense Francisco Cabrillo. Su carrera universitaria, comienza diciendo Cabrillo, siguió, al principio, la trayectoria habitual que recorren los catedráticos de primer nivel en los Estados Unidos. Estudió en Harvard y en Chicago. Y, ya doctor, fue contratado por un departamento prestigioso como era entonces el de la Universidad de California (Los Ángeles). Estamos en la primera mitad de la década de 1970. Pero, para entender la vida y la obra de nuestro personaje, es preciso hacer una breve referencia a su biografía y preguntarse, en concreto, cómo un chico de color cuya familia tenía unos medios económicos muy modestos pudo llegar a alcanzar esta posición social. Thomas Sowell nació en 1930, en Carolina del Norte, pero creció en el barrio neoyorquino de Harlem. Abandonó temporalmente sus estudios para alistarse en el cuerpo de marines del ejército norteamericano; y, de hecho, no consiguió su grado universitario hasta los 28 años; y su doctorado hasta los 39. Eso sí, lo hizo de forma muy brillante, con una graduación magna cum laude en Harvard en 1958. Y un doctorado en Chicago en 1969.

Dado que yo fui estudiante de postgrado en Los Ángeles entre 1974 y 1976, fue allí donde oí, por primera vez, el nombre de Thomas Sowell. Y fue en relación con uno de sus primeros trabajos, hoy bastante olvidado, dedicado a la Ley de Say1. Sowell, al comienzo de su carrera estaba muy interesado en la historia del pensamiento económico; y en aquellos años, en California, la ley de Say era algo más que un capítulo relevante de la historia del análisis económico, ya que Robert W. Clower y Axel Leijonhufvud habían hecho uso de esta teoría en sus trabajos dedicados a reinterpretar el pensamiento de Keynes y a analizar los fundamentos microeconómicos de la macroeconomía. Y recuerdo a Clower criticando en clase ese libro por no estar de acuerdo con la interpretación que su autor hacía del tema.

Pero Sowell orientaría pronto sus trabajos de investigación y su amplísima obra hacia el estudio de cuestiones que iban más allá de lo que tradicionalmente se había considerado el núcleo del análisis económico y pasaría a abordar temas como la raza, la cultura, el conocimiento o la educación. Otro campo al que prestaría especial atención sería el papel que desempeña el sector público en la economía, desarrollando las ideas de dos grandes maestros del siglo XX: George Stigler, de quien tuvo la fortuna de ser alumno en Chicago, y Friedrich Hayek, cuyas ideas sobre la información y el conocimiento influyeron de forma significativa en el desarrollo de su visión del mundo económico.

Autor de numerosos libros, Sowell ha desempeñado también un papel muy relevante en el mundo de la prensa y de los medios de comunicación, como un pensador siempre al día de lo que ocurría en el país, defendiendo posiciones a menudo contrarias a determinadas políticas consideradas «progresistas»; lo que podía resultar sorprendente en el caso de una persona de raza negra, de quien muchos esperaban una posición política de izquierdas o, al menos, una defensa firme de las políticas del estado del bienestar. Recuerdo, por ejemplo, las críticas que le dirigieron cuando en 1987 apoyó el nombramiento de Robert Bork como juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. La candidatura de Bork ―propuesta por Ronald Reagan― fue rechazada en el Senado porque, en opinión de senadores demócratas como Ted Kennedy, su nombramiento habría supuesto que se prohibiera el aborto, que los negros fueran de nuevo segregados, que la policía pudiera violar los derechos de la gente de la calle y que se limitara el acceso a los tribunales de millones de ciudadanos norteamericanos. Pero Sowell, a pesar de formar parte de uno de los grupos étnicos a los que, aparentemente, Bork habría podido ocasionar todo tipo de perjuicios, defendió su nombramiento por considerarlo el jurista más cualificado para el cargo y porque ―en su opinión― la jurisprudencia de los tribunales Warren y Burger, a la que Bork se oponía en determinados casos, no había favorecido realmente a las minorías a las que se supone estaba ayudando.

Es fácil entender que la raza haya sido un tema de preocupación en la obra de un hombre de color nacido en un estado del Sur y criado en un barrio como Harlem. Casi veinte años después de la aparición de la obra fundamental de Gary Becker sobre la economía de la discriminación 2, Sowell publicó en 1975 su libro Race and Economics, al que seguiría, ocho años más tarde The Economics and Polítics of Race: An International Perspective. En estas obras, llamó la atención sobre los numerosos lugares comunes, a menudo con muy escaso sentido y fundamento empírico, que son generalmente aceptados cuando se debaten cuestiones tan delicadas como la discriminación racial. En estos y en otros trabajos dedicados a temas distintos insistió en los fallos que, a menudo, se cometen al analizar los datos estadísticos, lo que lleva a errores en el diagnóstico de los problemas y al diseño de políticas equivocadas para solucionarlos.

Su visión del problema de las minorías étnicas no se limita, ciertamente, al caso de los negros norteamericanos. Insiste en que en su país han sido muchos los grupos nacionales y étnicos que debieron enfrentarse al principio con discriminaciones de todo tipo, pero que, sin embargo, al cabo de unas pocas generaciones, se encontraban muy por encima de la media nacional en ingresos per capita. Los casos de los judíos y los chinos son ejemplos claros de esto.

Un tema que, en los Estados Unidos, ha estado tradicionalmente ligado a la cuestión racial es la educación. Un punto básico de este problema es el siguiente: si hay segregación, en el sentido de que los niños negros asisten a escuelas de nivel inferior a aquellas en las que estudian los niños blancos, el sistema estará perpetuando la discriminación y la posición inferior de la minoría de color frente a los norteamericanos de raza blanca. Por su edad, Sowell vivió aun durante bastantes años bajo las numerosas normas que establecían la segregación por motivos de raza en la prestación de servicios ―públicos y privados― muy diversos, como el trasporte, la hostelería, la educación o la sanidad. Eran las denominadas leyes «Jim Crow», vigentes en algunos estados hasta mediados de la década de 1960, cuya constitucionalidad había sido confirmada por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos con la condición de que su aplicación no significara que los servicios destinados a los negros fueran de inferior calidad que los destinados a los blancos. Era el principio «Separados pero iguales», que trataba, de alguna forma, de resolver los viejos debates que habían empezado ya en el diseño de la propia Constitución de los Estados Unidos, pero que, de facto, implicaban la separación de las dos principales comunidades étnicas del país, en una buena parte de la nación.

En los años 60 del siglo pasado, la lucha por los derechos civiles de las minorías, en especial de las personas de raza negra, experimentó un gran desarrollo en Norteamérica. Y se avanzó en este campo de forma sustancial, gracias tanto a diversas reformas legales como a una nueva jurisprudencia del Tribunal Supremo que empezó con el caso Brown v. Board of Education (1954). Suprimidas las restricciones legales, cabía esperar una mejora significativa en los servicios ofrecidos a la gente de color; y en concreto en el campo de la educación. Y este es un tema que Sowell analizó con detenimiento, llegando a conclusiones poco optimistas. Su tesis fue que las escuelas a las que acudía la población de color en los años anteriores al final de la segregación eran significativamente mejores que las de las décadas posteriores. «Nunca vi, hasta muchos años más tarde ―afirmaba― que fuera necesario poner vigilantes armados en las puertas de las escuelas». Y, además consideraba que el deterioro de la calidad de la enseñanza era sido evidente. ¿Qué sucedió para que se llegara a resultados tan diferentes de los previstos?

La tesis de Sowell es que no basta con garantizar la igualdad legal, ni con crear enormes programas de fondos públicos para ayudar a los grupos de renta más baja, si se abandonan los principios de la disciplina y el esfuerzo personal en la educación. Para apoyar su argumento, llamaba la atención sobre el éxito que han tenido las denominadas Charter Schools (escuelas que permiten a los padres elegir ―sin costes― el centro escolar que mejor convenga al niño) que, al menos en Nueva York, han conseguido eliminar la posición de inferioridad en rendimiento escolar de los niños de color3.

Es nuestro economista muy crítico de la política denominada affirmative action o discriminación positiva, argumentando que no es cierto que la mejor manera de corregir los efectos negativos de la segregación del pasado sea discriminar hoy positivamente a la gente de color, matriculando, por ejemplo, en determinadas instituciones de enseñanza, a chicos con una capacidad inferior a la media de los restantes admitidos, por el simple hecho de ser negros, ya que esto puede condenarlos a ser los últimos de la clase, o incluso a dejar los estudios, lo que no habría ocurrido si hubieran estudiado en otros centros

Y es muy escéptico, en general, con respecto a los numerosos programas de gasto público diseñados para mejorar la situación de la población de color norteamericana. Por una parte, insiste en varios de sus libros en el uso equivocado ―y a menudo interesado― de las estadísticas para justificar determinados programas de gasto público; programas que ha llegado a denominar «mitos e ilusiones». Un ejemplo: señala que en la década de 1990, los políticos y los medios de comunicación llamaron la atención sobre el hecho de que las mujeres de color recibían en el país menor atención prenatal que las mujeres blancas; y que las tasas de mortalidad infantil eran mayores entre los negros que entre los blancos. Conclusión: para reducir la mortalidad infantil en la población de color habría que incrementar de forma sustancial el gasto público en asistencia prenatal. Pero un análisis más completo de los datos planteaba serias dudas sobre esta conclusión. En concreto, las mujeres de origen mexicano recibían menor atención prenatal que las blancas, y también menos que las mujeres negras. Y la tasa de mortalidad infantil entre los mexicanos era inferior no sólo a la de los negros, sino también a la de la población blanca. En resumen: la atención prenatal no era la causa principal de la mayor mortalidad infantil entre los negros. Pero se puso en marcha un programa que incidía en este punto dejando a un lado otras causas que explicarían mejor los datos. En términos generales, Sowell siempre ha defendido la idea de que, con frecuencia, las estadísticas convencionales no miden las cuestiones que son realmente importantes a la hora de diseñar la política social, y que no es difícil encontrar en el mundo real casos como el que acabo de mencionar.

No está solo Sowell, ciertamente, en la población de color norteamericana a la hora de criticar los programas de gasto público dirigidos a mejorar la situación de su grupo étnico. Clarence Thomas, el veterano juez del Tribunal Supremo, también de raza negra, ha señalado en repetidas ocasiones que la pobreza relativa de la población de color en los Estados Unidos tiene causas complejas y ha insistido en la importancia que debería tener en cualquier programa de reforma el reforzamiento de los valores básicos de la interacción social y el fomento de la responsabilidad de cada persona, de modo que sea consciente de que su éxito o fracaso en la vida se debe, en gran medida, a sus propias decisiones. Un buen resumen de esta visión del problema lo ofrece el propio Sowell cuando escribe sobre sus experiencias en la infancia: «En el Harlem de la década de 1940 nadie nos preguntaba si nuestros hogares estaban rotos. No nos sentábamos en círculo para aliviar nuestras psiques… y a ninguno de nosotros se la habría ocurrido siquiera llamar a su profesor por su nombre de pila. Nadie me preguntó nunca cuáles eran mis preferencias sexuales… pero tuve la suerte de asistir a la escuela en aquellos años y no en estos momentos (1990)… y de ello me he beneficiado toda mi vida… Si hubiera vivido en un hogar con el doble de dinero, pero en el que se me hubiera prestado la mitad de la atención que recibí, no cabe duda de que las cosas me habrían ido mucho peor».

Además de su constante preocupación por estos temas, la obra de Sowell tiene otros aspectos muy relevantes. Si me preguntaran cuál es el libro más importante de nuestro economista, me inclinaría por Knowledge and Decissions (1980), seguramente su mayor aportación a la economía académica. Y creo que muchos colegas estarían de acuerdo con tal valoración. Este ensayo se centra en las diferencias que existen en los procesos de toma de decisiones en el mercado y en el sector público, un tema fundamental para la política económica. El punto de partida de Sowell es un famoso artículo de Friedrich Hayek «The Use of Knowledge in Society», en el que el pensador austriaco desarrolla su teoría sobre la forma en la que la sociedad, mediante los mecanismos del mercado, genera, coordina y transmite la información necesaria para la realización de las actividades económicas. El principal problema del sector público es ―en su opinión― su incapacidad para obtener y asimilar una gran cantidad de información, a menudo de carácter informal, pero muy necesaria para cualquier gestor de políticas públicas; y esto plantea serios problemas a la hora de diseñar una política económica eficiente.

Sowell analiza con detalle no sólo el comportamiento de los gobiernos y de las agencias regulatorias, sino también el papel de los parlamentos y los tribunales de justicia, utilizando para ello numerosos ejemplos, que van desde los controles de precios y la determinación de los salarios mínimos a los subsidios agrarios o la política de defensa de la competencia. Y tiene sentido referirse a un número tan elevado de temas, ya que el problema de la información inadecuada que sufre permanentemente el sector público se plantea en prácticamente todos los campos de la política económica. Critica con acierto la posición supuestamente científica de los reguladores, que desprecian las opiniones tanto de la gente de la calle como las de las empresas afectadas por las leyes y reglamentos que ellos redactan y aplican. Las primeras porque, para muchos gobernantes, la gente carece de los conocimientos necesarios para entender bien las políticas públicas. Y en lo que respecta a las empresas, el problema no es la falta de conocimientos, sino la presunción de que sólo buscan maximizar su beneficio particular. Y se da por supuesto, en cambio, que los gestores públicos dedican todos sus esfuerzos a la búsqueda del bien común.

Estas ideas son las que han servido de soporte a los principales modelos con los que se ha intentado justificar la necesidad de una regulación sustancial de las actividades del sector privado por parte del Estado. Tal enfoque fue utilizado, entre otros por Arthur Pigou y por John M. Keynes, los dos economistas que más hicieron en el siglo XX por extender las competencias de los gobiernos en la gestión de la economía. Ambos desconfiaban de los políticos, por tratarse, por lo general, de personas poco fiables a la hora de dirigir la economía de un país y perseguir, básicamente, sus intereses particulares en el corto plazo. Pero tenían una sorprendente fe en los técnicos ―las agencias reguladoras de Sowell― que estarían dotados tanto de los conocimientos necesarios como de la imparcialidad precisa para elevar el nivel de bienestar de la gran mayoría de la población. A juicio de nuestro autor, multitud de problemas que pueden surgir en cualquier nación, incluso emergencias y catástrofes, pueden ser utilizadas por los gobernantes y sus burocracias para extender su poder sobre la sociedad civil. No le resultará difícil al lector encontrar ejemplos de ello.

James Buchanan, el gran economista norteamericano creador de la teoría de la elección pública y premio Nobel de Economía afirmó, cuando se publicó esta obra, que Knowledge and Decissions era el mejor libro de economía que había leído, solo superado por La riqueza de las naciones de Adam Smith. Parece que cuatro décadas después de su publicación, su autor sigue pensando ―con razón― que se trata de la obra de la que puede sentirse más orgulloso. Si bien recomienda a los interesados en conocer sus opiniones sobre estos temas empezar por la lectura de un libro suyo algo posterior titulado A Conflict of Visions (1987), mucho más breve, en el que se presentan de forma más accesible sus principales ideas. 

Thomas Sowell es, sin duda, uno de los pensadores más relevantes de los Estados Unidos. Durante muchos años ha sido un intelectual profundo y un columnista brillante, defendiendo ideas con frecuencia «políticamente incorrectas» en un país en el que la corrección política se ha convertido en un dogma. Y no cabe duda de que tal posición ha impedido que sus escritos y sus ideas sean más conocidos, dentro y fuera de su país. Aunque, lógicamente, dada su edad, su actividad hoy tiene ya poco que ver con sus numerosos trabajos y publicaciones del pasado, hay que recordar que publicó su último libro a los noventa años y que sigue desempeñando el puesto de Milton and Rose Friedman Fellow on Public Policy en la Hoover Institution, organización liberal con la que ha colaborado a lo largo de más de cuatro décadas. Y, lo más importante, es todavía una voz autorizada a la que se debería escuchar con atención en los debates sobre muchas de las cuestiones fundamentales de la política económica y social de nuestro tiempo. Francisco Cabrillo es catedrático Emérito de Economía de la Universidad Complutense y director del CASME de la Fundación Civismo.

















[ARCHIVO DEL BLOG] ¡Democracia real, ya! Complicado pero no imposible. Publicado el 19/05/2011

 





Que una manifestación pacífica de jóvenes españoles en la Puerta del Sol de Madrid sea foto de portada en el "The Washington Post· no es cosa baladí. Algo se está comenzando a mover en la política española: por encima, por debajo y al margen de la oxidada partitocracia nacional. Y ese es un hecho esperanzador, por incierto que sea su futuro y poliédrico su presente, pues como decía Hannah Arendt, todo nacimiento implica un futuro y una esperanza de cambio en el mundo.
¡Y nosotros que pensábamos que la juventud española estaba despolitizada, abúlica, inane, desintegrada y únicamente interesada en el macrobotellón del sábado noche!... Y ahora resulta que la "spanish revolution" es ejemplo a seguir y comienza a extenderse como la pólvora por toda Europa... ¡Qué cosas veredes, Sancho!...
La verdad es que nuestros políticos, todos los políticos, se lo han ganado a pulso. No se han enterado de nada. Y tengo la impresión de que el "tsunami" que se ha iniciado en la Puerta del Sol madrileña se va a llevar bastante podredumbre por delante.
Hace unas semanas, Stéphane Hessel, con su "Indignaos", a mi modesto juicio un fenómeno editorial bastante insustancial en el fondo, sonó como un aldabonazo en las adormecidas conciencias de los franceses (y por extensión, europeos), pero la verdad es que detrás del justificado llamamiento al cabreo de Hessel no hay más que nostalgia de un tiempo pasado que no va a volver.
Mucho mejor construido resulta el último libro del recientemente fallecido historiador británico Tony Judt titulado "Algo va mal" (Taurus,Madrid, 2010), otro fenómeno editorial, éste bastante más justificado, que se extiende por la izquierda democrática  europea y mundial con poco ruido mediático (no interesa a los poderes fácticos) y bastante mar de fondo.
Que la política no puede estar al servicio de los mercados; que la economía no es una entidad autónoma al margen de la sociedad. Son verdades evidentes que parece que habíamos olvidado.
No creo en la "democracia popular", como no creí nunca en el "socialismo real". La democracia es representativa o no es democracia. Pero la democracia necesita una puesta a punto ideológica, material y formal, inexcusable a estas alturas de la partida.
Otra verdad evidente es que la democracia no puede funcionar sin partidos, pero también que todos los partidos, sin excepción, son estructuras oligárquicas que funcionan al margen de aquellos a los que dicen representar.
Quizá una posibilidad de cambio pudiera ser la de abrir los partidos políticos, por imperativo legal, a toda la ciudadanía. No solo a sus afiliados, sino a sus simpatizantes, votantes y potenciales electores. ¿Cómo?  Con elecciones primarias para todos sus procesos electorales internos abiertas a todo el que desee participar, como elegible o como elector.
Y por supuesto, cambiar radicalmente el actual sistema representativo y electoral de manera que la elección y la responsabilidad del elegido ante sus electores sea personal y directa, sin el colchón protector del partido político que le hubiera promocionado.
Son cosas bastante elementales y sencillas por las que empezar. ¿Las acometerán ellos mismos, partidos y clase política, o habrá que esperar a que la "spanish revolution" se  convierta en revolución española a secas y se lleve todo el sistema por delante? Estas cosas se sabe como comienzan pero es difícil predecir como terminan.
Dos magníficos artículos, uno de Josep Ramoneda: "El testamento político de Tony Judt" en la revista Babelia del 23-10-2010, y otro más reciente de José Álvarez Junco, catedrático de Historia de las Ideas y de los Movimientos Sociales en la UCM: "Elegía por la socialdemocracia" en Revista de Libros nº 171, de marzo de este año, analizan pormenorizadamente las propuestas formuladas por Judt en su "Algo va mal". Propuestas que quizá, solo quizá, podrían servir de punto de referencia para todos aquellos que andamos ahora, con sinceridad, con el faro ideológico bastante descompuesto. Les dejo con su lectura. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt
















Del poema de cada día. Hoy, Mañana, al alba, de Víctor Hugo

 








MAÑANA, AL ALBA



Mañana, al alba, cuando blanquea el campo,

Yo partiré. Mira, sé que me esperas.

Iré por el bosque, iré por la montaña.

No puedo permanecer lejos de ti más tiempo.


Caminaré, los ojos fijos en mis pensamientos,

Sin ver nada alrededor, sin escuchar ningún ruido,

Solo, desconocido, la espalda encorvada, las manos cruzadas,

Triste, y el día para mí será como la noche.


No miraré ni el oro de la tarde que cae,

Ni las velas lejanas descendiendo hacia Harfleur,

Y al llegar, pondré sobre tu tumba,

Un ramo de acebo verde y de brezo en flor.



VÍCTOR HUGO (1802-1885)

poeta francés












De las viñetas del blog de hoy viernes, 11 de abril de 2025

 












































jueves, 10 de abril de 2025

De las entradas del blog de hoy jueves, 10 de abril de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 10 de abril de 2025. Hace tiempo que algunos venimos denunciando el literalismo como rasgo dominante y reflejo de una moral maniquea que no tolera lo gris o indefinido, y mucho menos la contradicción y la paradoja, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Sergio del Molino. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2016, el jurista Roberto Luis Blanco Valdés hablaba de federalismo, algo, dice, de lo que están hablando mucho en estos últimos tiempos nuestros políticos, sin mucho rigor, por insuficiencias teóricas y por mero oportunismo. La tercera, con el poema del día, del inglés William  Wordsworth, se titula Oda a la inmortalidad, está considerado el más hermoso poema en lengua inglesa, y comienza con estos versos: Aunque el resplandor que/en otro tiempo fue tan brillante/hoy esté por siempre oculto a mis miradas. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt

















Del literalismo

 







Hace tiempo que algunos venimos denunciando el literalismo como rasgo dominante y reflejo de una moral maniquea que no tolera lo gris o indefinido, y mucho menos la contradicción y la paradoja, comenta en la revista Ethic [El nuevo literalismo, 04/04/2025] el escritor Sergio del Molino. Me gusta la etiqueta nuevo literalismo, que se ha empezado a divulgar en algunas discusiones culturetas, comienza diciendo Del Molino, porque califica y desconcierta a la vez: ¿cuál fue el viejo literalismo y en qué se le opone el nuevo? Tal vez haya que hablar de literalismo a secas, pero lo de nuevo le da un toque de misterio y ambigüedad que casa muy bien con la militancia de lo complejo que inspira el concepto.

Fue Namwali Serpell quien lo acuñó hace unas semanas en un artículo de The New Yorker dedicado al cine más reciente y más premiado en los Óscar. Serpell es una escritora zambiana y profesora en Berkeley, por lo que la imagino acostumbrada a dar muchas explicaciones sobre su identidad mestiza y cansada de sobreponerse a los clichés que le echan encima. No creo que sea casualidad que su campo de estudio como crítica literaria sea la incertidumbre. Es natural, por tanto, que le moleste más que a otros esta tendencia del cine actual a explicarlo todo, y haya emprendido una cruzada a favor de la sombra y el equívoco.

Analiza Serpell en ese ensayo los últimos éxitos del cine, tanto comercial como de ambiciones artísticas, y concluye, desolada, que están afectados de una epidemia de literalidad. En todas partes encuentra subrayados, diálogos innecesarios, personajes que señalan lo que todos han visto, metáforas reiterativas que recalcan el sentido simbólico de lo que se cuenta, etcétera. El cine actual está tan obsesionado por ser comprendido de la A a la Z que se vuelve insoportablemente obvio: «Cuando hablo de literalismo —escribe Serpell—, no me refiero al realismo ni a la mera literalidad. Me refiero a algo literalista, como cuando decimos que algo es obvio o forzado, que nos machaca o insiste en algo que ya está dicho. Reiterar lo obvio es una forma de violencia contra el arte».

Es un mal que rebasa al cine y afecta a toda la cultura popular y la comunicación de masas, empapando también el resto de manifestaciones artísticas, por minoritarias que sean. Hace tiempo que algunos venimos denunciando ese literalismo como rasgo dominante y reflejo de una moral maniquea que tampoco tolera lo gris o indefinido, y mucho menos la contradicción y la paradoja. De la ironía, ni hablamos.

El miedo a ser malinterpretado produce tanta claridad que ahoga la idea misma de creación, necesitada siempre de la colaboración del espectador/lector para completarse. Si la narración no deja un resquicio para la duda, para los significados alternativos, para los finales abiertos o para el simple misterio, el acto de leer o de ver cine se convierte en una experiencia puramente pasiva que no inquieta ni transforma. Lo que debería ser un simulacro de conversación entre el emisor y el receptor deviene una deglución acrítica no muy distinta de la más banal de las funciones fisiológicas.

No entender las cosas a la primera, entenderlas a medias, malentenderlas o sentirse perdido y confuso no son solo premisas para gozar del placer adquirido de las narraciones, sino condiciones necesarias para el aprendizaje. La curiosidad incita a recorrer caminos frondosos y oscuros con la esperanza de desbrozarlos un poco, y si los textos (fílmicos o lingüísticos) no nos desafían siquiera un poco, la única fuerza que nos hará avanzar por ellos será la inercia y, al final, el tedio.

El nuevo literalismo afecta también a los editores literarios, cuyas sugerencias cada vez van más encaminadas a aplanar los manuscritos y hacerlos más claros. Adelanta esto, explica esto otro mejor, que el lector sepa quién le habla y por qué, etcétera, son notas habituales que recibimos los escritores. Al principio de mi carrera —no hace tanto, apenas ayer—, las notas iban más en sentido contrario: no expliques tanto, esto ya lo has contado, no repitas, oscurece un poco esto, no des tanta información, este diálogo es redundante… No es casual que los libros sean cada vez más gordos: antes los editores te pedían recortes; hoy, te piden ampliaciones.

Recuerdo el consejo que me dio hace años un colega escritor que me animaba a escribir novelas juveniles: es fácil —me decía—, solo has de tener en cuenta que las cosas son lo que son. Si se quema una casa, es una casa que arde, no la metáfora de la rabia juvenil ni la extinción de la familia burguesa ni nada de eso, tan solo una casa en llamas. Punto.

Quizá por eso, de todos los monstruos del bestiario del terror siguen triunfando los vampiros y los zombis, los más obvios, los más parecidos a las realidades que metaforizan.

Cuando doy charlas en institutos y los profesores de literatura me hablan de la epidemia del literalismo intento centrar el debate en lo incomprensible. Cuento a los estudiantes que yo empecé leyendo libros que no entendía, inapropiados para mi edad, inmorales, ilegibles, desconcertantes. Y les subrayo que fue eso lo que me hizo lector y luego escritor. Les digo que hay algo de salmodia mistérica en la iniciación lectora, que se parece más a experimentar con las drogas que a aprender una lección y sacar un diez en un examen. Leer un libro o ver una película sin tener claro hacia dónde se dirige, alterando el estado de tu conciencia por músicas, ritmos, eufonías, fraseos, palabras nuevas y personajes que no puedes juzgar de un solo golpe es una de las cosas más hermosas de esta vida ya de por sí incomprensible.

Porque la vida —sigo narrándoles— no se presenta clara y coherente. Las personas no se nos revelan nítidas, los amigos son misteriosos y hacen y dicen cosas que no nos explicamos. A veces intuimos que les duele algo pero no sabemos qué. Ni siquiera nos entendemos bien por dentro, somos un enigma para nosotros mismos, y a menudo no sabemos nombrar nuestras propias emociones. Nos cuesta leer a los demás, caminamos a ciegas la mayor parte del tiempo y fingimos que comprendemos cómo funciona el mundo cuando en realidad estamos perdidos y semiahogados en un mar de incertidumbres. La vida se parece más a una película de David Lynch que a una comedia romántica con sus clichés clarísimos y reiterados.

Pero David Lynch está muerto, y sus discípulos, si quieren hacer películas, están obligados a explicar muy bien qué carajos pasa en Twin Peaks y de dónde salen esos enanos que tienen rigurosamente prohibido hablar al revés. Pronto, las cosas estarán tan claras que no hará falta ni narrarlas. Sergio del Molino es escritor.










[ARCHIVO DEL BLOG] Reflexiones sobre el federalismo. Publicado el 21/08/2016












Una digresión previa... Sé que abuso de los puntos suspensivos, pero no es tanto un recurso estilístico -que sí lo es también- como algo que aflora desde mi subconsciente por culpa de esa duda de la que hablaba Dante que figura el pie de algunas de las entradas del blog. La Ortografía de la RAE le dedica a ellos, a los puntos suspensivos, y a su correcto uso, nada menos que siete páginas: "Cuando su uso responde a necesidades expresivas de carácter subjetivo, -dice- funcionan como indicadores de modalidad, pues aportan información sobre la actitud o intención del hablante en relación con el contenido del mensaje [...] Pausa transitoria en el discurso que expresa duda, temor o vacilación".  ¿Queda claro el por qué del abuso?... ¿No?... ¡Vaya por Dios!, pues lo siento...
¿Y qué decir sobre ese "pues tanto como saber me agrada dudar" dantesco?... Mi siempre admirada Hannah Arendt, para la que "saber" y "comprender" son los dos ejes sobre los que pivotan todas sus obras, atribuyó a la teoría política la tarea de indicarnos cómo comprender y apreciar la libertad en el mundo y no la de enseñarnos como cambiarlo: "Cambiarlo -dice- es cosa de aquellos [¿los políticos?] que aman actuar concertadamente y no del solitario trabajo de los teóricos".
El origen de esta entrada está en una interesante conversación mantenida hace unos días, vía mensaje privado a través del Facebook, con el cabeza de lista de una de las candidaturas españolas al Parlamento europeo. Ni que decir tiene que no coincidimos en casi nada, pero que agradezco muy sinceramente la deferencia que tuvo conmigo al permitirme esa conversación fluida y amistosa durante unos minutos que me supieron a poco. Entre los asuntos comentados, saltó el de la opción federal...
De federalismo están hablando mucho en estos últimos tiempos nuestros políticos. Sin mucho rigor, la verdad sea dicha. ¿Por insuficiencias teóricas o por mero oportunismo? Probablemente por las dos cosas. Y es que como dice Roberto Luis Blanco Valdés, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Santiago de Compostela en su libro Los rostros del federalismo (Alianza, Madrid, 2012) "no hay federalismo, sino federalismos", tantos como Estados federales (o teóricamente federales) existen.
La experiencia federal carece de ensayos prácticos en nuestro país. El proyecto de Constitución federal de 1873, aun aprobado por las Cortes republicanas, no llegó a promulgarse, y sin embargo dio lugar y ocasión a lo que se ha denominado la "revolución cantonal" de la que tanto fruto literario sacaron Benito Pérez Galdós en La Primera República (1911), o Ramón J. Sénder en Mr. Witt en el Cantón (1935). Como planteamiento teórico el federalismo español tiene su mayor y mejor ponente en la figura de Francesc Pi i Margall, expresidente de la República, pero también merecen atención al respecto los planteamientos que expusiera José Ortega y Gasset en La redención de las provincias (1931).
Escuchar hoy a algunos políticos españoles hablar de federalismo es como hacer un brindis al sol. Ninguno pasa del enfático: "¡Hay que federalizar España!", pero no añaden nada más... Ni la menor puntualización; si acaso, una mención de pasada a la necesidad de convertir el Senado en la Cámara territorial que la Constitución parecía prever... 
De federalismo he escrito en numerosas otras ocasiones. Soy un federalista convicto y confeso. Incluso en la página cabecera que sirve de presentación a "Desde el trópico de Cáncer" lo enunció explícitamente cuando lo considero "el marco idóneo en el que desenvolver el autogobierno de los pueblos y los Estados". Por esa firme convicción traigo a la entrada dos artículos  que reflejan con bastante exactitud lo que sus autores, y yo mismo, meramente secundándolos, entendemos por federalismo: El horizonte federal de España (2011), de Javier Tajadura, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad del País Vasco, y el titulado Déjense fotografiar con la bandera española (2014), del diplomático Juan Claudio de Ramón. 
Les invito a compartir el artículo de El País, Federalismo y soberanía, del profesor Francesc Trillas Jané de hace unos días que pone los puntos sobre las íes del estado de la cuestión. Más que interesante.
Pero si de verdad quieren ustedes saber en qué consiste el federalismo no tienen más remedio que recurrir a la lectura de El Federalista, un fascinante libro escrito por los "ilustrados" norteamericanos James Madison, Alexander Hamilton y John Jay a finales del siglo XVIII, que recopila todos los artículos de prensa publicados por los mismos bajo el seudónimo de "Publius" entre 1787 y 1789 en defensa del proyecto de Constitución federal de los Estados Unidos de América. Todo un clásico, quizá el mejor libro de ciencia política de la Historia, cuya lectura, estudio y comprensión, para muchos tratadistas, equivale -con suficiencia- a una maestría de postgrado en dicha materia. Pueden descargarlo, íntegro, en el enlace anterior. Espero que disfruten de su lectura, así como de los otros enlaces de la entrada. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
















El poema de cada día. Hoy, Oda a la inmortalidad, de William Wordsworth

 









ODA A LA INMORTALIDAD 



Aunque el resplandor que

en otro tiempo fue tan brillante

hoy esté por siempre oculto a mis miradas.


Aunque mis ojos ya no

puedan ver ese puro destello

que en mi juventud me deslumbraba.


Aunque nada pueda hacer

volver la hora del esplendor en la hierba,

de la gloria en las flores,

no debemos afligirnos,

porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.


En aquella primera

simpatía que habiendo

sido una vez,

habrá de ser por siempre;

en los consoladores pensamientos

que brotaron del humano sufrimiento,

y en la fe que mira a través de la muerte.


Gracias al corazón humano

por el cual vivimos;

gracias a sus ternuras, a sus

alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer

puede inspirarme ideas que, a menudo,

se muestran demasiado profundas

para las lágrimas.



WILLIAM WORDSWORTH (1770-1850)

poeta inglés