miércoles, 25 de diciembre de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Cosas que uno siente por Navidad. Publicado el 25/12/2015











Si hay algo que me pone de los nervios es la ignorancia pedante trufada de fanatismo. Reconozco que hay mucho gilipollas suelto (lo digo sin ánimo injurioso alguno, sino en el coloquial sentido que da al adjetivo la Real Academia Española) que piensa que los no creyentes en dioses trinos y unos somos seres arreligiosos, carentes de espiritualidad y personas de moral relajada, por no decir amorales absolutos... La verdad es que me da igual lo que piensen los susodichos, pero se equivocan.
Por citar un ejemplo de espiritualidad profunda entre los no creyentes, mencionaría a Simone Weil, la joven filósofa francesa, muerta en 1943 a los 34 años de edad. Quizá la pensadora europea que mejor ha sabido entender la esencia del cristianismo en el siglo XX; un cristianismo que no necesita la existencia de un Dios para convertirse en el centro de la existencia humana, y cuyas raíces se hunden en los mitos más antiguos de la humanidad y del pensamiento filosófico y teológico de la antigua Grecia. O si prefieren otro, quizá más accesible, el del también francés Albert Camus y su humanismo cristiano sin Dios.
A mi el mito cristiano de la Navidad me parece bellísimo, y lo sigo celebrando cada año con mi familia, con mis hijas y mis nietos, y perdónenme la irreverencia si alguien se siente ofendido, con mis gatos, que también son animalitos de Dios. Y todo ello, con independencia de que el mito no se sostenga en realidad alguna, y que tenga precedentes claros en otros mitos mucho más antiguos como los de Isis, en el antiguo Egipto, o el del dios Mitra (también nacido en una cueva, de madre virgen, un 25 de diciembre, y adorado por magos y pastores que le traen regalos un 6 de enero). Líquido, blanco y en botella... Vale: pues sí, leche.
Los mitos son una forma de pensar el mundo. Lo dijo el antropólogo francés, (¡vaya por Dios, hoy va todo de franceses!) Claude Lévi-Strauss en un erudito y bellísimo libro del que ya he hablado en ocasiones anteriores en el blog: Mitológicas. Lo crudo y lo cocido, mitos que construyen una explicación total del mundo en toda su riqueza, y en los que toda realidad -física, biológica y espiritual- está determinada por ellos y en ellos.
El escritor castellano-leonés Gustavo Martín Garzo publicaba hace unos años en El País por estas mismas fechas un entrañable artículo titulado El buey y los ángeles, rememorando las navidades de su infancia. Como a él, a mí también me resulta imposible desprenderme de esas figuras maltrechas por los años, los hijos, los nietos y los gatos, que configuran nuestro Belén en el mejor rincón de nuestro hogar; celebración anual de la Navidad, tan Navidad como la de los creyentes, y con la misma fe y esperanza en un mundo, aquí, ahora y en el futuro, mucho mejor que el que nosotros heredamos de nuestros padres. Y todo sin dejar de reconocer que no es más que un mito, pero un mito central, junto a la herencia cultural greco-latina, para poder comprender lo que es y significa Occidente y su forma de pensar. 
Y no sé si fiel a una tradición que desconozco o simple fruto del azar, me encuentro de nuevo hace unos días, en el mismo periódico, otro hermoso artículo de Gustavo Martín Garzo titulado El papagayo verde, que habla de compasión, silencios, bondad con los desconocidos, y el peso del mundo y la realidad, quizá influido una vez más por los sentimientos a que nos hace proclives la Navidad. Lo hace tomando como excusa el proceso de redacción de la novela Un corazón simple, de Gustave Flaubert. Una novela corta, nos cuenta Martín Garzo, para escribir la cual Flaubert necesitó cinco meses intensivos de trabajo. "¿No le parece que nuestros amigos se preocupan poco de la Belleza. Y sin embargo es en el mundo lo único importante?", le cuenta Flaubert por carta a su amigo Turguéniev sobre sus dificultades para terminarla. Y es que, como bien dice Martín Garzo en su artículo citado "el arte no habla de lo que tenemos sino de lo que nos falta, ofreciéndonos una segunda vida". 
Un corazón simple, nos cuenta Martín Garzo, habla de ese mundo de la pequeña burguesía rural que Flaubert conocía como la palma de su mano y que ya había retratado magistralmente en Madame Bovary. Su protagonista, sigue contándonos, es Félicité, una abnegada mujer que vive a la sombra de su señora, cuidando a sus hijos y ocupándose de las tareas de la casa. Flaubert se detiene con puntilloso realismo en los pormenores de esa vida insignificante y nos habla de sus pesares y pequeñas alegrías, y de los seres que van pasando por su vida: un novio poco delicado, los hijos de su ama, un sobrino, un anciano al que cuida en su enfermedad. Unos mueren, otros se van de su lado o sencillamente la olvidan, y Félicité se queda sola. Casi es una anciana cuando una familia de indianos se muda a la casa vecina. Ella vive pendiente de sus conversaciones animadas, de su afición a la música, de sus vestidos alegres. Tienen un loro, que se llama Loulou. Lo han traído de sus lejanas tierras y a Félicité le fascinan sus colores tan vivos, su voracidad, sus gritos desdeñosos, su mirada desafiante. Pero los indianos no se adaptan bien ni a los inviernos ni al rigor de las costumbres de la comarca, y deciden regresar a sus tierras. Y como el loro es un estorbo para ese viaje se lo regalan a Félicité. Su vida cambia desde entonces, ya que el loro se transforma en su única compañía. A tal punto se obsesiona con él que, cuando muere, Félicité manda disecarle y le construye en su propio cuarto un pequeño altar que se convierte en el centro más secreto de sus fantasías.
Y para colmar el vaso de las cosas que uno siente por Navidad, hoy mismo, una buena amiga a la que no veo hace muchos años pero con la que guardo una entrañable complicidad epistolar, me pregunta con íntimo desasosiego como es posible celebrar en paz con uno mismo estas fiestas entrañables cuando miles de seres humanos, refugiados de las crisis humanitarias que asolan Oriente Medio y África del Norte, caminan sin rumbo ni futuro por estas cristianas tierras de Europa, que les rechaza y les teme a la vez. "Es necesario algo más que buenos pensamientos por esta gente...", me dice al final de su carta. Y no sé qué contestarle, porque no tengo respuesta alguna. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. Y ¡Feliz Año Nuevo! HArendt











Del poema de cada día. Hoy, Nochebuena, de Amado Nervo

 






NOCHEBUENA



Pastores y pastoras,

abierto está el edén.

¿No oís voces sonoras?

Jesús nació en Belén.


La luz del cielo baja,

el Cristo nació ya,

y en un nido de paja

cual pajarillo está.


El niño está friolento.

¡Oh noble buey,

arropa con tu aliento

al Niño Rey!


Los cantos y los vuelos

invaden la extensión,

y están de fiesta cielos

y tierra… y corazón.


Resuenan voces puras

que cantan en tropel:

Hosanna en las alturas

al Justo de Israel!


¡Pastores, en bandada

venid, venid,

a ver la anunciada

Flor de David!…



Amado Nervo (1870-1919)

poeta mexicano











De las viñetas de humor de hoy miércoles, 25 de diciembre de 2024.

 


























martes, 24 de diciembre de 2024

¡Feliz Navidad! ¡Feliz Año Nuevo!

 








Mi familia y yo les deseamos una feliz Navidad y que el próximo año nuevo les venga repleto de venturas, paz y felicidad.














De las entradas del blog de hoy martes, 24 de diciembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 24 de diciembre de 2024. Los globos sonda de anticipar elecciones autonómicas en Baleares o Castilla y León son incomprensibles, porque desnudan al PP estratégicamente, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, en un artículo escrito por el analista político Iván Redondo: No hay números para ninguna mayoría absoluta sin Vox; no tendrá lugar la gran transferencia PSOE-PP; Vox no se vendrá abajo, y romper el silencio electoral tendría un alto precio; sería algo así como lo de Monterroso: cuando despertó, el dinosaurio continuaba allí, pero lo que no sabremos es quién será el dinosaurio. La segunda entrada del día es un archivo del blog de junio de 2020, sobre el libro El año del pensamiento mágico (Literatura Random House), que Joan Didion escribió tras la muerte inesperada de su marido y la crítica enfermedad de su hija en una dramática coincidencia en el tiempo; lo hace Didion sin soltar jamás las riendas, ni literarias ni sentimentales, en una austeridad de estilo que contagia positivamente el ánimo. El poema de hoy, en la tercera, de nuestro inmortal Antonio Machado, comienza con estos conocidísimos versos: Al olmo viejo, hendido por el rayo/y en su mitad podrido,/con las lluvias de abril y el sol de mayo/algunas hojas verdes le han salido. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt













De la abstención como opción electoral

 







“Desafección” tendría que haber sido la palabra de Fundéu para el año 2013, aunque lo fuera “escrache”. La desafección eran ciudadanos en la abstención, fundamentalmente de la generación de la democracia, que el bipartidismo dejó de representar por diferentes epifanías, entre ellas, los decretos de mayo del 2010 de nuestro Jimmy Carter particular, José Luis Rodríguez Zapatero, o la subida de impuestos de julio del 2012 del samurái que meditaba en Sanxenxo, Mariano Rajoy. Desafectos al bipartidismo engrosando la abstención, en un país sin un proyecto de convivencia definido y sólido entonces. La abstención, como ahora, comenzaba a ser la principal opción en lo electoral, a la espera de que alguien representara a la nueva mayoría asegurándoles “un lugar en el mundo”. Lo escribe en La Vanguardia [Abstención, plataforma de malestar, 16/12/2024] el consultor político Iván Redondo.

Aquello no debería haber pillado por sorpresa a nadie, ya estaba en los datos. Pero la industria política de la actualidad se confundió por el silencio electoral. Tanto es así que no se vio que el apoyo popular que recibían, por ejemplo, el PP y el PSOE en términos absolutos en aquel año era realmente ridículo, con tasas de fidelidad del 40%, lo que proyectaba, por ejemplo, que IU, por posiciones relativas, obtuviera en el CIS del 2013 más diputados, 33, que Sumar, 31, el pasado 23-J con 700.000 votos menos. La abstención lo distorsionó todo y despistó a muchos.

En este nuevo silencio electoral estamos en las mismas. Hoy por hoy, si nos fijamos en la Comunitat Valenciana, en shock político, electoral, económico y social tras la dana, observamos que la tasa de participación que estima la diversa matemática política publicada baja considerablemente, cerca de 10 puntos, con respecto a las autonómicas del 28-M. Nos indica también que son muchos los ciudadanos que no se sienten representados con respecto a hace solo un año, así como un reparto de culpas claro por la desastrosa gestión de las riadas a PP y PSOE, por este orden. Pero hay más: suben con claridad Compromís y Vox, dejando claro que el bipartidismo seguirá siendo una cosa del pasado. Hoy el viejo bipartidismo allí solo organizaría a la mitad de los votantes más mayores, mientras que, dentro de cada bloque, Vox y Compromís, estarían a menos de tres puntos de socialistas y populares. Una abstención alta como plataforma de malestar.

Ese crecimiento de los partidos alternativos de cada bloque nos sitúa asimismo en un escenario similar al de las autonómicas del 2015, pero muy diferente con 222 muertos. Si hablamos de malestar, la derecha autoritaria lo capitaliza mejor que nadie, porque lava más blanco. De la misma manera que a Compromís están regresando los electores que ya estuvieron hace casi 10 años con Mónica Oltra y que hoy se sienten decepcionados por la respuesta del Gobierno central. Los plurinacionales están regresando a casa, por tanto, mientras que los conservadores auto­ri­ta­rios quieren votar a los genuinos autoritarios.

En València han cambiado muchas cosas. No se trata de un calentón ciudadano. Más allá de la disputa en los medios y las redes sociales, la abstención y el malestar creciente con la política como principal problema otra vez, nos explica que hay un gran iceberg, algo todavía no medido debajo de la línea del agua, muy poderoso que se desplaza tras la dana hacia toda España. Como dijimos en el Foro Vanguardia en abril del 2023, la Comunitat Valenciana te garantiza pie y medio en la Moncloa. Eso es mucho, si bien no son los dos. Ahí están los cuatro votos que le faltaron a Alberto Núñez Feijóo . Pero a la Comunitat hay que tomársela tan en serio como a Euskadi, Catalunya o Andalucía. Debieran saltar por ello todas las alarmas.

Esto no va ya de Mitterrand o Chirac jugando tácticamente con el Frente Nacional para debilitar a su oponente liberal. La demanda autoritaria ya está formando mayorías en España como en el resto del sistema mundo. En el 2016 fue la nueva derecha radical, el Brexit y la primera victoria de Trump . Entonces lo explicábamos por la injerencia rusa o la desinformación. Hoy lo vemos más claro si aceptamos como palabra del año 2024 “derecha autoritaria”, conscientes de que la del año 2025 podría ser “reemplazo”. Tiene todas las papeletas. Cuando el PSOE deje de referirse técnicamente a Vox como ultraderecha (mensaje interno a la izquierda) y le llame derecha autoritaria (mensaje externo) que ha venido a sustituir al PP, se entenderá todo mejor. A veces la abstención dice cosas.

El PSOE es el mínimo común denominador desde el 2017 de la mayoría periférica, transversal y plurinacional y solo vencerá unas municipales y auto­nó­mi­cas si el PP se descalabra en favor de Vox, y aún así la derecha tendría serias posibilidades. Su única opción de ganar y gobernar es que las mayorías de izquierda y plurinacionales vuelvan a ser operativas, con una gran participación activa suya en lo ideológico, como en el 2019. Pero para ello Pedro Sánchez, como ya es Salvador Illa, debe ser líder plurinacional. No serlo fue el gran error del 28-M.

Los globos sonda de anticipar elecciones autonómicas en Baleares o Castilla y León son incomprensibles, porque desnudan al PP estratégicamente, ya que no hay números para ninguna mayoría absoluta sin Vox. Ni tendrá lugar la gran transferencia PSOE-PP, ni Vox se vendrá abajo. Romper, por tanto, el silencio electoral tendría un alto precio. Sería algo así como lo de Monterroso: cuando despertó, el dinosaurio continuaba allí, pero lo que no sabremos es quién será el dinosaurio. Tanto Mañueco 2022 como Mas 2012 saben mucho de esto.










[ARCHIVO DEL BLOG] Saberes. Publicado el 01/06/2020










Saber consiste en resolver dudas con método, un estadio superior al de los que opinan sin dudas ni método, escribe en el A vuelapluma de hoy [Lecciones del mejor libro de amor. El País, 14/5/2020] la escritora Berna González Harbour. El mejor libro de amor -comienza diciendo González Harbour- que ha caído en mis manos en mucho tiempo no estaría nunca en los estantes de novela romántica, aunque el que profesa pueda pesarse en toneladas. Es El año del pensamiento mágico (Literatura Random House), que Joan Didion escribió tras la muerte inesperada de su marido y la crítica enfermedad de su hija en una dramática coincidencia en el tiempo. Lo hace Didion -ese entretejido de hechos y emociones duras- sin soltar jamás las riendas, ni literarias ni sentimentales, en una austeridad de estilo que contagia positivamente el ánimo. Créanme, no es deprimente. Buena lectura para estos días de pérdidas, cuando el dolor nos fatiga y enseña dimensiones de nosotros mismos para las que no nos sabíamos capacitados.
Tiene momentos chisposos, incluso, cuando por ejemplo describe cómo ella misma se compró y estudió libros sobre cuidados en las UCIS –donde su hija libraba una larguísima batalla parecida a la que tantos enfermos están librando estos días- hasta sugerir sin reparo a los médicos la forma de hidratar y no sobrehidratar, la conveniencia de intubar o extubar y cuestionar los protocolos para despertar del coma. Era tal su inmersión en el campo de batalla que, llegada desde un Nueva York frío a un Los Ángeles cálido para acompañar a su hija, tuvo que comprarse ropa más desabrigada y no se le ocurrió otra mejor que varias batas hospitalarias de algodón azul. “Era tan profundo el aislamiento en que me movía que no se me ocurrió que el hecho de que la madre de una paciente se presentara en el hospital con ropa hospitalaria solo podía ser considerado una sospechosa extralimitación de mis funciones”, escribe.
Juan José Millás suele decir que, cuando sus alumnos o lectores le sueltan la tan habitual proclama de “yo también quisiera ser escritor, si tuviera tiempo escribiría una novela”, se pregunta por qué nadie dice “yo también quiero ser cirujano, si tuviera tiempo haría una operación”.
Estos días, todos queremos desembarcar en el hospital de Los Ángeles y vestir bata hospitalaria como Didion, ser expertos, saber más que los médicos y arrojar discursos sobre mascarillas, seroprevalencia, inmunidad de rebaño, fases, desescaladas y confinamientos.
Pero ser científico consiste en ir resolviendo dudas con método, un estadio superior al de los que opinan (o actúan) sin dudas ni método. No en ponerse la bata. Ser escritor, como demuestra Didion (Sacramento, 1934) en este libro, también consiste en ir resolviendo y digiriendo dudas y nudos vitales con método literario, sostener las riendas de un artefacto para darle vida como tal más allá de lo que narra.
Ser político debería consistir en resolver dudas (problemas, pandemias, despidos, crisis) con método (diálogo, acuerdos, respeto, medidas). Nadie espera que se pongan la bata hospitalaria para opinar de extubaciones, de la desescalada del vecino frente a la propia, del orgullo de cargamento chino propio frente al ajeno y, menos aún, de buscar votos entre las entrañas abiertas de las víctimas. Tengan dudas. Y tengan método".
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














Del poema de cada día. Hoy, A un olmo seco, de Antonio Machado (1875-1939)

 








A UN OLMO SECO



Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.


¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.


No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.


Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.


Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas de alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.



Antonio Machado (1875-1939)

poeta español










De las viñetas de humor de hoy martes, 24 de diciembre de 2024.

 


































lunes, 23 de diciembre de 2024

De las entradas del blog de hoy lunes, 23 de diciembre de 2024

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 23 de diciembre de 2024. Para mí, la Navidad era mi abuela, dice la escritora Marta Peirano en la primera de las entradas del blog de hoy: Todos los años viajábamos desde Madrid hasta su aldea y nos apiñábamos ruidosamente en torno a su cocina económica de hierro fundido; cualquiera de las otras casas de la familia habrían sido más cómodas, pero a nadie se le ocurrió nunca celebrarla en ningún otro lugar. La segunda de las entradas de hoy es un archivo del blog de febrero de 2019 que hablaba de dos españoles de bien, Antonio Machado y Manuel Azaña, que hablaron a todos los españoles intentando que se reconciliaran aunque mantuvieran su diversidad de pensamiento. La tercera es un poema del poeta Manuel Rico (1958) que comienza con estos versos: Un hombre avanza contra el cielo. Observa/la luz que tiñe el horizonte. Tiene/su moribunda claridad el tono/cárdeno o gris de todos los inviernos. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt











De la Navidad en familia

 








Para mí, la Navidad era mi abuela. Todos los años viajábamos desde Madrid hasta su aldea y nos apiñábamos ruidosamente en torno a su cocina económica de hierro fundido, hurgando crustáceos, desmembrando cajas torácicas y amontonando patatas asadas con ramos de grelos, coliflor y repollo cubiertos de una ajada fragante de pimentón dulce, dice en El País [Manual de sincronía navideñas, 16/12/2024] la escritora Marta Peirano. Había que estar en la cocina porque la casa era tan fría que, cuando ibas al baño, el aliento se transformaba en niebla por condensación. Cuando me tocaba bajar por agua a la fuente, se me congelaban los mocos dentro de la nariz. Cualquiera de las otras casas de la familia habrían sido más cómodas. A nadie se le ocurrió nunca celebrarla en ningún otro lugar.

Los platos eran siempre los mismos. La magia de la Navidad está en la repetición. Mi abuela vigilaba el caldo y cortaba a grandes rebanadas el bollo del pan, que era grande y redondo, de miga esponjosa y alveolada. Yo metía la nariz en sus grandes agujeros para aspirar el fuerte olor ácido de su masa madre y peleaba con mi madre por las esquinas con más superficie de corteza crujiente. Mi tío asaba chorizos en la cocina vieja y mi padre, uruguayo irredento, preparaba chimichurri y clericó, mezclando frutas frescas con espumante barato. Mi madre cortaba turrones y repartía falsas almendras hechas de oblea y rellenas de mazapán, comiéndose una de cada tres. Mi tía traía la rosca trenzada del panadero, descendiente probable de la challah de Rosh Hashaná, hecha con huevo y condimentada con fruta escarchada. Su olor a huevo dulce y agua de azahar es mi magdalena de Proust. Soy incapaz de tenerla delante sin comer hasta ponerme enferma.

Cada año se contaban las mismas anécdotas. La misma historia tonta de cuando me escapaba al monte con mi bisabuelo y él se quedaba dormido, dejándome sola entre los árboles, persiguiendo hormigas con un zapato en la mano. O cuando mi tío volvió de hacer la mili en Suiza con unas grandes patillas, pantalones de campana y un paquete de cigarrillos con los que yo, a los cinco años, decidí aprender a fumar. Ese año caí víctima de una obsesión con Pedrito Fernández que me hacía cantar a gritos La de la mochila azul con la voz rota de pena. Hoy me he dado cuenta de que fue la primera y última vez que se cantaron canciones en mi casa. Hace cinco años murió mi abuela, y en mi familia se acabó la Navidad.

Ayer comí en casa de un amigo al que conozco poco pero al que ya quiero mucho. Me contó que su familia es un clan inseparable de cuarenta y cuatro personas cuyo centro es su abuela, pero que el verdadero pegamento es su costumbre de cocinar juntos y de cantar canciones después de comer. Que tiene todo el sentido porque, cuando cantamos, bailamos o rezamos con otros, inhalamos el mismo aire que ellos han respirado, intercambiando microbiota y coordinando nuestra respiración. Nuestro sistema nervioso se expande y se enmadeja con el del resto, sincronizando nuestro ritmo cardíaco. La sincronía es la clave de todos los rituales colectivos. Por eso no es lo mismo hablar por teléfono que dejarse mensajes de audio, y nunca podremos replicar los encuentros familiares, ni por realidad virtual ni por Zoom.

Mi abuela no cantaba en casa pero lo hacía en la iglesia desde pequeña, con una voz de soprano que yo reconocía entre todas las demás. Creo que ella fue la Navidad para mucha más gente. Después de cocinar, comer y cantar con sus amigos, hijas, hermanos y primos en su casa, creo que mi nuevo amigo también.