domingo, 6 de octubre de 2024

Cabreados. [Archivo del blog, 15/06/2016]












Dice mi admirado Michel de Montaigne (1533-1592) en su Ensayos (Libro II, capítulo X, págs. 815/817. Edición bilingüe de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2014), que le gustan los historiadores o muy simples o muy eminentes. Los simples, añade, porque no tienen nada suyo que integrar en la obra, aportando a esta únicamente el afán y la diligencia de recoger todo lo que llega a su conocimiento, y de registrar de buena fe todas las cosas sin seleccionarlas ni clasificarlas, dejándonos el juicio intacto para conocer la verdad. De más está decir que me encuadro gustosamente en el equipo de los historiadores simples por las razones que tan elegantemente expresa Montaigne. Aunque selecciono a mis interlocutores, algo que también hace él aunque se le note menos que a mí. Y de ahí, que en ocasiones como esta de hoy resulte un vuelapluma un poco más extenso de lo habitual sobre cabreos ciudadanos, sociedades exasperadas, políticos al uso y gentes del común. Del debate a cuatro del lunes confieso que no lo ví por pereza e higiene mental. Preferí leerme de un tirón el Noches sin dormir (Seix Barral, Barcelona, 2015) de mi querida Elvira Lindo. Y disfrutarlo.
El primero de los artículos que traigo a colación está escrito por Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco, autor del libro La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015) que ya he comentado en el blog, y además, candidato de Geroa Bai al Congreso de los Diputados en las elecciones de dentro de dos semanas. Se titula "Sociedades exasperadas". El segundo artículo lo firman conjuntamente Juan Rodríguez Teruel y Pau Marí-Klose, profesores respectivamente de Ciencia Política en la Universidad de Valencia y de Sociología en la Universidad de Zaragoza, y lleva el título de "¡Arriba la gente, abajo los políticos!". Ambos están publicados en El País, diario del cual sigo pensando, a pesar de las críticas en contrario -que respeto- que es el menos sectario, el más plural y el más progresista de los periódicos españoles. 
Dice el profesor Innerarity al inicio del suyo que ante el ascenso de indignados y populistas de extrema derecha hay que convertir las exasperaciones en transformaciones reales. No creo exagerar, añade, si afirmo que vivimos en sociedades exasperadas. Por motivos más que suficientes en algunos casos y por otros menos razonables, se multiplican los movimientos de rechazo, rabia o miedo. Las sociedades civiles irrumpen en la escena contra lo que perciben como un establishment político estancado, ajeno al interés general e impotente a la hora de enfrentarse a los principales problemas que agobian a la gente.
Probablemente todo esto deba explicarse, sigue diciendo, sobre el trasfondo de los cambios sociales que hemos sufrido y nuestra incapacidad tanto de entenderlos como de gobernarlos. Asistimos impotentes a un conjunto de transformaciones profundas y brutales de nuestras formas de vida. Hay quien culpabiliza de estos cambios a la globalización, otros a los emigrantes, a la técnica o a una crisis de valores. Hay decepcionados por todas partes y por muy diversos motivos, frecuentemente contradictorios, en la derecha y en la izquierda, a los que ha decepcionado el pueblo o las élites, la falta de globalización o su exceso. Este malestar se traduce en fenómenos tan heterogéneos como el movimiento de los indignados o el ascenso de la extrema derecha en tantos países de Europa. Por todas partes crece el partido de los descontentos. En la competición política, tienen las de ganar quienes aciertan a representar mejor la gestión de los malestares. Y no hay nada peor que parecer ante la opinión pública como quien se resigna ante el actual estado de cosas, lo que probablemente explique a qué se deben las dificultades de los partidos clásicos, que son más conscientes de los límites de la política, menos capaces de hacerse cargo de las nuevas agendas y con unas posiciones equilibradas que resultan incomprensibles para quienes están enfurecidos.
La extensión de tal estado emocional, añade, no sería posible sin los medios de comunicación y las redes sociales. En esta sociedad irascible, gran parte del trabajo de los medios consiste precisamente en poner en escena los ataques de ira, mientras que las redes sociales se encienden una y otra vez dando lugar a verdaderas burbujas emocionales. En esta mezcla de información, entretenimiento y espectáculo que caracteriza a nuestro espacio público, se privilegian los temperamentos sobre los discursos. Las virulencias son vistas como ejercicios de sinceridad y los discursos matizados como inauténticos; quienes son más ofensivos ganan la mayor atención en la esfera pública. Gracias a los medios y las redes sociales, hay una plusvalía que se concede a quienes saben asegurar el espectáculo.
Deberíamos comenzar, dice, reconociendo la grandeza de la cólera política, de esa voluntad de rechazar lo inaceptable. La realidad de nuestro mundo es escandalosa, en general y en detalle. Mientras que la apatía pone los acontecimientos bajo el signo de la necesidad y la repetición, la cólera descubre un desor­den tras el orden aparente de las cosas, se niega a considerar el insoportable presente como un destino al que someterse.
El cuadro de las indignaciones estaría incompleto si no tuviéramos en cuenta su ambivalencia y cacofonía, matiza. El disgusto ante la impotencia política ha dado lugar a movimientos de regeneración democrática, pero también está en el origen de la aparición de esa “derecha sin complejos” que avanza en tantos países. Hay víctimas pero también victimismos de muy diverso tipo; además el estatus de indignado, crítico o víctima no le convierte a uno en políticamente infalible.
Para ilustrar en variedad de iras colectivas, continúa, pensemos en cómo la política americana ha visto nacer después de 2008 dos movimientos de auténtica cólera social de signo contrario (el Tea Party y Occupy), así como en el hecho de que los últimos ciclos electorales han estado marcados por la polarización política y el ascenso de los discursos extremos. El éxito de Donald Trump ha sido interpretado como la gran cólera del pueblo conservador. Pero a veces se olvida que lo que impulsó al Tea Party fue el anuncio del Gobierno de Obama de nuevas medidas de rescate financiero a los grandes bancos, exactamente lo mismo que puso en marcha a los movimientos de protesta en la izquierda altermundialista.
A la indignación le suele faltar reflexividad, añade más adelante. Por eso tenemos buenas razones para desconfiar de las cóleras mayoritarias, que frecuentemente terminan designando un enemigo, el extranjero, el islam, la casta o la globalización, con generalizaciones tan injustas que dificultan la imputación equilibrada de responsabilidades. Hay que distinguir en todo momento entre la indignación frente a la injusticia y las cóleras reactivas que se interesan en designar a los culpables mientras que fallan estrepitosamente cuando se trata de construir una responsabilidad colectiva.
Por todas partes crece el partido de los descontentos, sigue diciendo. Tiene las de ganar quien representa mejor los malestares. El hecho de que la indignación esté más interesada en denunciar que en construir es lo que le confiere una gran capacidad de impugnación y lo que explica sus límites a la hora de traducirse en iniciativas políticas. Una sociedad exacerbada puede ser una sociedad en la que nada se modifica, incluido aquello que suscitaba tanta irritación. El principal problema que tenemos es cómo conseguir que la indignación no se reduzca a una agitación improductiva y dé lugar a transformaciones efectivas de nuestras sociedades.
Ante el actual desbordamiento de nuestras capacidades de configuración del futuro, las reacciones van desde la melancolía a la cólera, pero en ambos casos hay una implícita rendición de la pasividad, añade Innerarity. En el fondo estamos convencidos de que ninguna iniciativa propiamente dicha es posible. Los actos de la indignación son actos apolíticos, en cuanto que no están inscritos en construcciones ideológicas completas ni en ninguna estructura duradera de intervención. Lo político comparece hoy generalmente bajo la forma de una movilización que apenas produce experiencias constructivas, se limita a ritualizar ciertas contradicciones contra los que gobiernan, quienes a su vez reaccionan simulando diálogo y no haciendo nada. Tenemos una sociedad irritada y un sistema político agitado, cuya interacción apenas produce nada nuevo, como tendríamos derecho a esperar dada la naturaleza de los problemas con los que tenemos que enfrentarnos.
La política se reduce, continúa diciendo, por un lado, a una práctica de gestión prudente sin entusiasmo y, por otro, a una expresividad brutal de las pasiones sin racionalidad, simplificada en el combate entre los gestores grises de la impotencia y los provocadores, en Hollande y Le Pen, por poner un ejemplo (la Hollandia y la Lepenia, como decía Dick Howard).
La miseria del mundo debe ser gobernada políticamente, concluye su artículo. Se trataría de acabar con las exasperaciones improductivas y reconducir el desorden de las emociones hacia la prueba de los argumentos. Nos lo jugamos todo en nuestra capacidad de traducir el lenguaje de la exasperación en política, es decir, convertir esa amalgama plural de irritaciones en proyectos y transformaciones reales, dar cauce y coherencia a esas expresiones de rabia y configurar un espacio público de calidad donde todo ello se discuta, pondere y sintetice.
Al comienzo del segundo de los artículos citados, dicen los profesores Rodríguez Teruel y Marí-Klose que la disparidad entre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos y lo que realmente éstos pueden ofrecerles provoca frustración y desencanto y que es el momento de exigir que unos y otros estén a la altura en sus respectivos papeles. 
En un reciente spot electoral de Ciudadanos, continúan diciendo, el cliente aparentemente más lúcido y asertivo del bar reclama políticos que estén a la altura de la ciudadanía. Una curiosa forma de resaltar las cualidades del candidato, poniendo, para ello, en el punto de mira a la clase política en general. Quizá sea efectiva, pero no original. Se trata de una lógica discursiva calcada a la que viene desplegando Podemos, contraponiendo ese pueblo llano al conjunto de representantes políticos, que forman la “casta”,dedicada a proteger sus privilegios y los de oscuros intereses empresariales.
En realidad, añaden, denigrar a la clase política o rebajarla moralmente respecto al resto de ciudadanos es un recurso característico de los populismos modernos, y común en un ideario de la antipolítica tejido desde la antigüedad, en el que se idealiza a una ciudadanía esforzada, predispuesta a asumir sacrificios justos y, ante todo, profundamente honesta. Probablemente, Podemos fue quien mejor logró sintetizar ese sentimiento en el lema de otro anuncio electoral del 20-D: “Maldita casta, bendita gente”.
Razones hay para denunciar en los últimos años problemas de representación política, que la clase política no ha sabido atender con la celeridad exigible, continúan diciendo. Pero es dudoso que deba achacarse a su falta de “calidad” una responsabilidad significativa en la generación de esos problemas. Pocos motivos hay para pensar que los políticos españoles no están a la altura de su ciudadanía. Cuando se examina la evidencia internacional, los datos desmienten que nuestros políticos trabajen poco, cobren mucho, estén poco formados o incumplan sus promesas en mayor medida. Resultaría discutible incluso afirmar que sean particularmente corruptos e inmorales. Ningún argumento académico serio justifica ese concepto impresionista de élites extractivas que Acemoglu y Robinson propusieron para otras latitudes que nada tienen que ver con nuestra democracia.
Tampoco parece, siguen escribiendo más adelante, que nos hallemos ante una ciudadanía especialmente virtuosa, informada e intolerante con los pecados de sus políticos. Y esta debilidad de la esfera pública sí que parece ser un verdadero factor diferencial, en negativo, en comparación con democracias de referencia de nuestro entorno. Así lo acreditan datos recientes del Barómetro de la Democracia de la Universidad de Zurich: ciudadanos que participan poco en partidos, sindicatos u otras asociaciones, que utilizan aún menos los instrumentos de democracia participativa o directa disponibles en nuestro marco legal, o que compran poca prensa (donde —por cierto— el debate político suele escribirse con trazo grueso de calidad literaria, pero de dato escaso). Aunque en los últimos años se han incrementado los niveles de interés por la política, éstos siguen siendo relativamente bajos y compatibles con elevadas dosis de desafección, desdén hacia la política y los políticos. Esas actitudes se han combinado, no pocas veces, con dosis elevadas de permisividad con los actos de corrupción cometidos por muchos representantes políticos y personalidades sociales.
Denigrar a la clase política  es un recurso característico de los populismos modernos, afirman. De manera invariable se intuye un problema, de parte del ciudadano, para captar la naturaleza, inherentemente conflictiva y siempre insatisfactoria, de la política democrática, reflejado en tres paradojas sobre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos. De entrada, esperamos representantes con cualidades excepcionales, de formación y comportamiento sobresalientes, que conozcan no solo los problemas sino también sus soluciones. Luego resulta que cosechan las mayores audiencias en programas de televisión banales, donde deben mostrarse campechanos y evitar cualquier sutileza o sofisticación. A sabiendas de su audiencia y proyección, los candidatos acuden raudos a ofrecer entrevistas insustanciales, aportando detalles íntimos sobre cosas que les emocionan, preferencias deportivas o, últimamente, alguno lo hace incluso sobre sus mitos eróticos y hábitos sexuales.
Por otro lado, añaden, esperamos dirigentes que lideren, marquen orientaciones a la ciudadanía, atiendan a consideraciones estratégicas, y piensen en el largo término. Pero a la vez los queremos sensibles a las preocupaciones inmediatas expresadas por los ciudadanos y que respondan a las directrices fluctuantes de nuestra democracia de audiencia. En esta línea, algunos pretenden convertir el sistema democrático en una suerte de asamblea constituyente permanente, donde los políticos se limiten a ejecutar veredictos de la ciudadanía.
Como colofón, puntualizan, esperamos líderes que se mantengan fieles a sus principios ideológicos y programáticos, que hablen claro y resulten insobornables en el cumplimiento de sus promesas. Pero les reclamamos, a la vez, que estén dispuestos a renunciar a esos principios, sean pragmáticos y alcancen acuerdos en las grandes materias con sus oponentes. Se nos dice que la ciudadanía está harta de políticos que no dialogan, pero no parece dispuesta a recompensar a quienes llevan la iniciativa para pactar. Más bien al contrario, los sondeos apuntan a que los partidos que más se esforzaron por evitar la repetición de elecciones no serán premiados por ello. De confirmarse la notable continuidad del voto entre diciembre y junio, podríamos deducir que, en realidad, los partidos —todos ellos— se comportaron tal como esperaban sus votantes.
El problema es, añaden, que estas paradojas inflan, inevitablemente, lo que el politólogo Stephan Medvic denominó una trampa de las expectativas, la enorme disparidad a menudo existente entre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos y lo que realmente éstos pueden ofrecerles. El riesgo proviene de que, en un contexto de escaso margen de maniobra, esa disparidad entre el elevado grado de exigencia y la capacidad real deje a los políticos a la intemperie y alimente la frustración y el desencanto.
Llega el momento, concluyen diciendo, de exigir que ciudadanos y políticos estén a la altura en sus respectivos papeles. Y avanzar en la buena dirección pasa, ahora, por exigir a la ciudadanía algo más. No debe convertir las próximas elecciones en una oportunidad perdida para asignar responsabilidades sobre lo que los partidos políticos hicieron —o dejaron de hacer— en los últimos meses, o para evaluar la credibilidad de los respectivos programas y promesas políticas a la luz del nuevo contexto en el que nos van a gobernar los representantes elegidos finalmente. Por su parte, para estar a la altura, los partidos deben manejar con cautela los discursos de la antipolítica, porque sí algo sabemos a ciencia cierta en el análisis político comparado, es que es un arma que carga el diablo.
Si comenzaba esta prolija entrada de hoy con una cita de Michel de Montaigne, permítanme cerrarla con otra de Zygmund Bauman y Carlo Bordoni en su libro Estado de crisis (Paidós, Barcelona, 2016. Pág. 96) también comentado por mí en el blog con anterioridad. Dice así: "La historia es un cementerio de esperanzas inmaterializadas y expectativas defraudadas". Pues, bien, por difícil que nos parezca no dejemos que la política lo sea también. Al menos, hagamos todo lo que esté en nuestras manos por evitarlo. Y voten el día 26 pensando en lo mejor para ustedes y lo mejor para todos. Seguramente, acertarán. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













El poema de cada día, Hoy, La voz a ti debida, de Pedro Salinas (1891-1951)

 






LA VOZ A TI DEBIDA


Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas.

De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.

Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.

Porque has vuelto los misterios
del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás,
son esas cosas tan claras:
la arena donde te tiendes,
la marcha de tu reloj
y el tierno cuerpo rosado
que te encuentras en tu espejo
cada día al despertar,
y es el tuyo. Los prodigios
que están descifrados ya.

Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.

Pedro Salinas (1891-1951). Poeta español








De las viñetas de humor de hoy domingo, 6 de octubre de 2024

 

















sábado, 5 de octubre de 2024

De las entradas del blog de hoy sábado, 5 de octubre de 2024

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 5 de octubre de 2024. En medio del ruido de las bombas que estos días sacuden Gaza y Beirut, sorprende el silencio de los países árabes; más allá de algunas palabras de condena y manidos llamamientos al diálogo de sus dirigentes, no ha habido medidas de calado frente a los excesos cometidos por Israel en respuesta al infame atentado que sufrió hace un año a manos de Hamás; ¿por qué?, nos pregunta la primera de las entradas del blog de hoy; ni siquiera se han visto manifestaciones en las calles, algo que sí ha ocurrido en numerosos países occidentales. ¿Qué deberíamos leer?, ¿para qué leer?, ¿por qué leer?, se preguntaba también en la segunda entrada, un archivo del blog de septiembre de 2012, en el se decía que escribir es verbo intransitivo y que leer también puede y debe llegar a serlo allí donde la lectura se convierte en actividad gratuita y gozosa en sí misma. La tercera es hoy el hermosísimo poema Oda a un día feliz, de Pablo Neruda. La cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todo ello le resulte interesante. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt








Del trabajo sucio de Israel

 







En medio del ruido de las bombas que estos días sacuden Gaza y Beirut, sorprende el silencio de los países árabes, comenta en El País [¿Dónde están los árabes?, 29/09/2024] la experta en Relaciones Internacionales, Ángeles Espinosa Más allá de algunas palabras de condena y manidos llamamientos al diálogo de sus dirigentes, no ha habido medidas de calado frente a los excesos cometidos por Israel en respuesta al infame atentado que sufrió hace un año a manos de Hamás. Ni siquiera se han visto manifestaciones en las calles, algo que sí ha ocurrido en numerosos países occidentales y en otros de mayoría musulmana.

De los siete países árabes que tienen relaciones diplomáticas con Israel (y descontando Sudán, sumido en una guerra civil), solo Jordania, que las estableció en 1994, ha retirado a su embajador. Egipto, el primero en firmar un tratado de paz con el Estado hebreo en 1979, intenta un difícil equilibrio como mediador entre éste y Hamás. Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos, por su parte, han mantenido los lazos estrenados a raíz de los Acuerdos de Abrahan (2020). Y Arabia Saudí no ha cerrado la puerta a incorporarse a ellos en el futuro.

Esa actitud choca con décadas de utilización de la causa palestina como elemento cohesionador. De ahí que se hagan algunos gestos de apoyo (como sumarse a la causa por genocidio contra Israel emprendida por Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia), a la vez que se toman medidas contra el activismo propalestino (como ha sucedido en Arabia Saudí, Egipto o Jordania).

La realidad es que los líderes árabes no quieren enfrentarse a Israel. En la mayoría de los casos, esto se debe a sus relaciones con Estados Unidos, un país del que dependen para su seguridad (caso de las monarquías del Golfo) o para su supervivencia financiera (Egipto o Jordania). Pero ni siquiera alguien en las antípodas como el presidente sirio, Bachar el Asad, aliado del eje de resistencia que encabeza Irán, ha hecho hasta ahora amago de salir en apoyo de Hezbolá, la milicia libanesa que salvó su régimen del levantamiento popular de 2011, que enseguida se apropiaron los extremistas suníes.

Lo que todos tienen en común es el temor a una movilización de la calle ante su falta de legitimidad democrática. Y la causa palestina ha sido históricamente un catalizador, primero en manos de los izquierdistas y, más recientemente, de los islamistas. Por muchos excesos que cometa Israel, en el fondo les está haciendo el trabajo sucio de poner coto a los islamistas, sean los suníes de Hamás o los chiíes de Hezbolá. Ángeles Espinosa es analista sobre asuntos del mundo árabe e islámico.









¿Qué deberíamos leer? [Archivo del blog, 16/09/2012]











La reaparición de "Revista de Libros", de la que hablaba en mi entrada de ayer, me anima a plantear de nuevo en el blog un asunto que siempre me ha interesado sobremanera: ¿Qué deberíamos leer?, ¿para qué leer?, ¿por qué leer? Lo hago trayendo hasta ustedes un artículo del escritor y profesor de Teoría de la Literatura de la Universidad Complutense de Madrid, Ángel García Galiano, publicado en "Revista de Libros" en abril de 2001, que llevaba el sugestivo título de "Lecturas, lectores y obsesiones", en el que su autor comentaba sendos libros sobre el tema que nos ocupa, ¿qué deberíamos leer?, de autores tan prestigiosos como C.S.Lewis, Ezra Pound, Carmen García Gaite, Alberto Manguel, Anne Fadiman y Harold Bloom.
Aquel artículo me hizo leer con apasionado interés dos de los libros comentados por el profesor García Galiano, concretamente, los de Anne Fadiman, titulado Ex Libris (Alba, Barcelona, 2000) y el de Harold Bloom, titulado Como leer y por qué (Anagrama, Barcelona, 2000). Ambos me cautivaron, especialmente el de Anne Fadiman, y sobre él ya he escrito  anteriormente en el blog.
Dice el profesor Galiano, en su artículo, citando a Ronald Barthes, Jorge Luis Borges y Walter Benjamin, que escribir es verbo intransitivo y que leer también puede y debe llegar a serlo allí donde la lectura se convierte en actividad gratuita y gozosa en sí misma, que los grandes lectores son más escasos aún que los grandes escritores, y que todo buen lector propende a la escritura, aunque leer y escribir, afirma, sean en cualquier caso actividades indisolublemente unidas en cada lado de ese espejo que llamamos el texto. 
Les recomiendo buscar y ver en YouTube un vídeo que versa sobre el tan traído y llevado asunto del "canon literario", es decir de aquellos libros y lecturas que una tradición de siglos ha considerado como imprescindibles en la conformación de una cultura, en nuestro caso, de la occidental. Como casi todo en la vida, el contenido de esos "cánones" es bastante subjetivo, pero no cabe duda de que su existencia ayuda a elegir, y elegir es siempre descartar, lo que nos ahorra bastante tiempo... Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt












Del poema de cada día. Hoy, Oda al día feliz, de Pablo Neruda (1904-1973)

 




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ODA AL DÍA FELIZ


Esta vez dejadme

ser feliz,

nada ha pasado a nadie,

no estoy en parte alguna,

sucede solamente

que soy feliz

por los cuatro costados

del corazón, andando,

durmiendo o escribiendo.

Qué voy a hacerle, soy

feliz.

Soy más innumerable

que el pasto

en las praderas,

siento la piel como un árbol rugoso

y el agua abajo,

los pájaros arriba,

el mar como un anillo

en mi cintura,

hecha de pan y piedra la tierra

el aire canta como una guitarra.


Tú a mi lado en la arena

eres arena,

tú cantas y eres canto,

el mundo

es hoy mi alma,

canto y arena,

el mundo

es hoy tu boca,

dejadme

en tu boca y en la arena

ser feliz,

ser feliz porque si, porque respiro

y porque tú respiras,

ser feliz porque toco

tu rodilla

y es como si tocara

la piel azul del cielo

y su frescura.


Hoy dejadme

a mí solo

ser feliz,

con todos o sin todos,

ser feliz

con el pasto

y la arena,

ser feliz

con el aire y la tierra,

ser feliz,

contigo, con tu boca,

ser feliz.



Pablo Neruda (1904-1973) 

Poeta chileno














De las viñetas de humor de hoy sábado, 5 de octubre de 2024

 























viernes, 4 de octubre de 2024

De las entradas del blog de hoy viernes, 4 de octubre de 2024

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 4 de octubre de 2024. Cada vez con mayor nitidez, y de forma más acelerada, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, los humanos tenemos evidencia de que vivimos en la Historia; pero esta capacidad, que nos puede parecer consustancial a nuestra condición de seres pensantes y sociales es, sin embargo, relativamente reciente en el devenir de la humanidad. En la segunda de ellas, un archivo del blog de octubre de 2016, se decía que una buena democracia no sólo legitima sino que mejora las decisiones, y que buenos expertos no son los que tienen las grandes respuestas, sino los que ayudan a formular las preguntas que la sociedad y sus representantes deberían contestar. La tercera, es un bello y cortísimo poema (ya saben eso de lo bueno y corto, doblemente bueno) del gran Mario Benedetti. La cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todo ello le resulte interesante. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt








De la velocidad de la Historia

 







Uno. Cada vez con mayor nitidez, y de modos también más acelerados, los humanos tenemos las evidencias de que vivimos en la Historia, comenta en El País [La insoportable velocidad del tiempo, 29/09/2024] el escritor Leonardo Padura. Esta capacidad, que nos puede parecer consustancial a nuestra condición de seres pensantes y sociales es, sin embargo, relativamente reciente en el devenir de la humanidad.

No fue hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX que adquirimos esa posibilidad de sabernos y, sobre todo, de sentirnos “históricos”. Ciertas convulsiones sociales, descubrimientos científicos y adelantos tecnológicos que influyeron en la transformación de la economía, generaron una inédita movilidad de la Historia y nos ofrecieron la facultad de percibir su transcurso en un tiempo que adquirió una velocidad nunca antes alcanzada. Un hombre que un siglo antes hubiera nacido y vivido toda su existencia en una misma condición histórica, alterada tal vez por una guerra o una catástrofe natural, pudo en las décadas finales del siglo XVIII atravesar diversos estadios socio-históricos y tener conciencia de ello. Un proceso de esa índole ocurrió entre los habitantes de las colonias que se convirtieron en la república de los Estados Unidos de América (1775-87) o, de manera mucho más turbulenta, en la Francia que entre 1789 y 1830 —apenas los cuarenta años que podía vivir cualquier persona—, fue escenario de la revolución burguesa que derrocó a la monarquía, la Convención, el Directorio, el Consulado, el Imperio, la Restauración y hasta de otra revolución. En estos dos procesos históricos —que tuvieron consecuencias universales—, además de adquirir esa percepción del transcurso “en vivo” de la Historia, el ser humano también alcanzó la noción de su responsabilidad social gracias a acuerdos tan trascendentales como la Declaración de los Derechos del Hombre firmados por los revolucionarios franceses o la Constitución estadounidense. No es casual, por todo ello, que solo gracias a esas veloces revulsiones y la adquisición de una conciencia de nuestro devenir temporal, surja como género la que llamamos novela histórica, marcado por Waverley, or Tis Sixty Years Since, de Walter Scott, aparecida en 1814.

Dos. Hoy la noción de que vivimos en la Historia nos acompaña de un modo tan visceral que sin dudarlo solemos considerar como trascendentes, justamente históricos, muchos de los acontecimientos entre los que vivimos. Ahora mismo —y a nivel universal— todos entendemos, por ejemplo, que en Estados Unidos se desarrolla una campaña electoral que será histórica y en mucho podrá alterar los rumbos del devenir de esa nación, y hasta del planeta, con la victoria de uno u otro candidato. Será una prueba de fuego del concepto de la democracia y la primera vez en el devenir de esa república, por cierto, en que los ciudadanos podrán votar por un expresidente delincuente, condenado por la justicia de su país.

Muy recientemente, en Pekín, se produjo otro acontecimiento de la mayor importancia, que también alterará los rumbos de la Historia que estamos viviendo y viviremos en las próximas décadas. El Foro China-África, presidido por el líder asiático Xi Jinping, reunió a presidentes y representantas de 50 países africanos y se saldó con el acuerdo de que en los próximos tres años China destinaría unos 700 millones de dólares a sus inversiones en África. El destino del dinero será la cooperación en infraestructura (autopistas, ferrocarriles), agricultura, minería, comercio y energía. Con este acuerdo China se reafirmará como el mayor socio comercial de África, donde ya hay varios países largamente endeudados con Pekín, como Nigeria o Kenia. Fácil resulta concluir que estamos ante una nueva colonización de un continente por una potencia económica que juega con la carta económica (que decide en la política) en el reparto geopolítico del mundo de hoy y de mañana, y lo hace con una eficiencia y rapidez vertiginosas.

Pero la velocidad del transcurso del tiempo, el desarrollo trepidante de la Historia que vivimos los moradores de las décadas finales del siglo pasado y las iniciales del presente (unos cuarenta años, como antes ocurrió con el francés nacido en el Antiguo Régimen o ahora con el ruso nacido soviético) abarca todos los aspectos de nuestras existencias, pues hemos sido testigos no solo de la desaparición del comunismo en Europa del Este, del fin de la guerra fría, del auge del terrorismo islámico, sino y sobre todo de un salto de eras históricas: hemos transitado de las sociedades industriales y analógicas a la sociedad global postindustrial y digital.

Es una verdad dicha y repetida que entre la invención de la máquina de vapor a finales del siglo XVII y su uso industrial, a principios del XIX, transcurrieron más de cien años para que semejante adelanto tuviera efectos económicos y sociales. Vale recordar, entonces, que en nuestro tiempo histórico, los avances tecnológicos y digitales provocan resultados casi inmediatos. Los descubrimientos biotecnológicos, como el mapeo del genoma humano terminado en 2003, permitió, por ejemplo, que unos pocos años después se pudieran elaborar las vacunas que contuvieron la pandemia del coronavirus desatada en 2020.

Mientras, en el universo digital, quizás el más global de todos los existentes en la actualidad y en toda la Historia, cada avance provoca una avalancha casi inmediata de consecuencias capaces de alterar muchos paradigmas, de mover a las sociedades y hasta ciertas prácticas ancestrales. Para hacerlo evidente baste recordar (otra vez) que la creación de las redes sociales han transformado de forma trepidante, entre otros elementos, los flujos de información (se ha descentrado la verdad), el consumo y, en especial, las relaciones personales.

Así, si hace quince, o apenas diez años, la Inteligencia Artificial aun parecía una cuestión de novelas de ciencia ficción, hoy su presencia está alterando la Historia y amenaza hacerlo mucho más, y todo ante nuestros ojos humanos. Entre los creadores artísticos la IA ha desatado adhesiones o fobias, pues su habilidad para traducir textos es hoy una práctica recurrida, pero lo preocupante radica en su capacidad también para generar esos textos, o para componer música, o crear imágenes e incluso editarlas en forma de videos, todo lo cual ya está afectando y afectará de modo impredecible el acto creativo que hasta ayer nos parecía estrictamente humano, casi sublime.

Pero esa misma IA está escribiendo también la Historia del presente e incidirá en la del futuro de modos mucho más dramáticos y profundos. La aptitud de semejante instrumento para crear realidades y afectar las percepciones de nuestros entornos es uno de sus posibles y muy temibles capacidades. Más grave aun y en la misma línea de incidencia está su utilización para generar información destinada al control económico y político de unos ciudadanos que, gracias a esa inteligencia, ya vivimos en el más refinado influjo del Gran Hermano, aunque lo verdaderamente inquietante resulta saber que solo estamos leyendo el prólogo de un libro de muchísimas páginas.

Ahora sería importante saber si en la evolución global de la economía, la política, la tecnología, mientras vivimos la condensación de una Historia que ha roto todos los récords de velocidad, los seres humanos tendremos alguna posibilidad de gestionar un control ante el avance de instrumentos como la IA. Lamentablemente debemos reconocer que tras ese vértigo histórico actúan poderes oscuros aunque (bueno, a veces muy visibles) que difícilmente entenderán de leyes y recatos morales, mientras hacen correr a la Historia hacia un futuro que, siendo optimistas, podríamos calificar de incierto. Leonardo Padura es escritor y premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015.















La buena democracia: Einsteins y alquimistas. [Archivo del blog, 10/10/2016]












Una buena democracia no sólo legitima sino que mejora las decisiones: unos buenos expertos no son los que tienen las grandes respuestas, sino los que ayudan a formular las preguntas que la sociedad y sus representantes deberán contestar. Quién así se pronuncia es Víctor Lapuente Giné, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Gotemburgo, Suecia, en un reciente artículo en El País titulado Einstein y los alquimistas
¿Por qué no votamos a los atletas que enviamos a las Olimpiadas?, se pregunta. Pues porque queremos a los mejores, responde. Entonces, ¿por qué votamos a los políticos? Si realmente queremos a los mejores, sigue preguntándose, deberíamos someter a los candidatos a pruebas de inteligencia y capacidad. A oposiciones o competitivos concursos de plazas. Así tendríamos un Gobierno de Einsteins. Es lógico. Pero también tiene sentido pensar que llevamos demasiado tiempo gobernados por demasiados expertos. Y mira qué han conseguido.
Esta es la cuestión de fondo en la actual crisis de la democracia, dice. Nuestras sociedades se están rompiendo entre quienes desean delegar más capacidad de decisión a los Einsteins y quienes quieren dársela a los votantes y a sus representantes. El abismo entre ambos crece. Cada día acumulan más razones para desconfiar los unos de los otros.
Por un lado, añade, las élites (económicas, políticas e intelectuales) temen el juicio de los votantes en cuestiones fundamentales. Hace unos meses fue el Brexit: ¿cómo han podido votar los británicos a favor de la salida de la Unión Europea cuando van a estar peor? Hace unos días, el sorprendente "no" de los colombianos al acuerdo de paz con las FARC. Mañana puede ser un referéndum de autodeterminación o de reforma constitucional. Lo que parece de sentido común para los líderes de opinión y analistas más prestigiosos es sistemáticamente rechazado en las urnas.
El problema de fondo, sigue diciendo, somos nosotros. Los estudios indican que los votantes somos irracionales, ignorantes, cortoplacistas y caprichosos. Irracionales porque castigamos a los Gobiernos por accidentes de los que no son responsables. Así, una pertinaz sequía o incluso los ataques de tiburones en la costa pueden disminuir significativamente el voto por el partido en el Gobierno. Ignorantes porque no sabemos cómo funciona la economía hasta el punto de confundir subidas con bajadas del déficit. Cortoplacistas porque sólo nos fijamos en los logros o desastres económicos que tienen lugar en los meses inmediatamente anteriores a las elecciones. Si llegamos a entender la evolución de las estadísticas, claro. Y caprichosos porque votamos para expresar nuestra adhesión a un grupo o a una ideología en lugar de hacer un cálculo objetivo de costes y beneficios. Esto explica que políticas dañinas con melodías muy pegadizas, como el proteccionismo, sean abrazadas por tantos votantes en países tan distintos.
Que a unos ciudadanos tan imperfectos, continúa diciendo, se nos dé la responsabilidad de decidir el futuro de un país es, en palabras de Bryan Caplan, como si a unos estudiantes que han suspendido anatomía básica se les invita a hacer una operación de neurocirugía. No es por tanto casualidad que la ola de desregulación y privatización de los años ochenta viniera precedida de la publicación de las primeras investigaciones cuestionando la racionalidad de los votantes. La tendencia se puede acentuar ahora. Mejor la mano invisible del mercado que las manos defectuosas de los votantes.
Pero los ciudadanos también han acumulado un fundado resentimiento contra las élites, nos dice. Como han documentado Martin Gilens y Benjamin Page, en la democracia norteamericana gobierna la mayoría sólo si su opinión coincide con la de los más ricos. En caso de desavenencia, es el parecer de las clases altas, no de las medias, el que se impone. Las leyes consagran los agujeros fiscales que permiten a los más privilegiados pagar menos impuestos. Pero también los agujeros penales que perdonan sus vicios, como la normativa que durante tantos años ha castigado cien veces más la posesión de crack (una droga asociada a los marginados) que la de cocaína en polvo (la droga de Wall Street). Así, para que un yuppy fuera sentenciado a los 10 años de cárcel que le caían a un joven pillado con 50 gramos de crack, tenía que llevar todo un maletín de cocaína. Indulgencia para esnifarse el sistema.
En casi todas las democracias occidentales, dice más adelante, se extiende la desazón de la impotencia. El votante de a pie sospecha que la política está crecientemente dominada por grupos de interés. Por consiguiente, muchos reclaman recuperar espacios para la democracia. Quitar capacidad de decisión a los mercados anónimos. Y politizar los organismos autónomos. Los entes que, dirigidos por expertos que no responden a las urnas, han proliferado como setas, de los Ayuntamientos a Bruselas.
Dadas las limitaciones cognitivas que tenemos los votantes, añade, los partidarios de una mayor democratización son como los alquimistas medievales. Utilizando la metáfora de Jon Elster, creen que pueden convertir el plomo (las mediocres opiniones de los votantes) en oro (sabiduría colectiva). Sin embargo, tan insensato es creer en la omnisciencia de la voluntad colectiva como en el desinterés de los expertos. Dicho en otras palabras, existe una manera de reconciliar a estas dos visiones del mundo opuestas si los alquimistas abandonan la fe ciega en el poder de los números y los Einsteins la suya en el poder del conocimiento experto.
Los expertos tienen razón en que, para deliberar, menos es más, añade. Una deliberación óptima sólo se puede hacer en grupos pequeños. Por ejemplo, una comisión para reformar la Constitución formada por pocos miembros puede reflexionar de forma más profunda que una gran asamblea —o una cadena de asambleas desde los barrios hacia arriba—. Cuanto más grande es el foro de discusión, más probable es que la discusión se simplifique con etiquetas y atajos ideológicos. Al aumentar el número de pintores, nos quedaremos con los que usan la brocha más gorda.
Pero los alquimistas tienen razón en que, para juzgar, la pluralidad de opiniones es mejor que el conocimiento ortodoxo, señala más adelante. Es lo que se llama la “diversidad cognitiva”. Cuanto más inclusivo sea un grupo, mejores serán sus decisiones, pues tendrán en cuenta perspectivas más diversas. Un grupo de personas heterogéneas acierta más que un núcleo reducido de personas superinteligentes. La diversidad gana a la habilidad. Ninguna comisión de expertos puede elegir mejor a los responsables de las instituciones públicas de un país que sus millones de votantes.
En definitiva, concluye, una buena democracia no sólo legitima sino que mejora las decisiones. Y unos buenos expertos no son los que tienen las grandes respuestas, sino los que ayudan a formular las grandes preguntas que la sociedad y sus representantes deberán contestar. El buen gobierno necesita Einsteins y alquimistas. Mecanismos que complementen sus virtudes en lugar de enfrentar sus opiniones. Que sí, son distintas. Pero eso nos enriquece. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













El poema de cada día, Hoy, Viceversa, de Mario Benedetti (1920-2009)

 






VICEVERSA

Tengo miedo de verte, necesidad de verte, esperanza de verte, desazones de verte. 

Tengo ganas de hallarte, preocupación de hallarte, certidumbre de hallarte, pobres dudas de hallarte.

Tengo urgencia de oírte, alegría de oírte, buena suerte de oírte y temores de oírte.

O sea resumiendo, estoy jodido y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa.«


Mario Benedetti (1920-2009)

Poeta uruguayo