lunes, 23 de septiembre de 2024

Las viñetas de humor de hoy lunes, 23 de septiembre de 2024

 




















domingo, 22 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy domingo, 22 de septiembre de 2024, equinoccio de otoño

 




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Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo 22 de septiembre, equinoccio de otoño. Aristóteles avisó hace veinticinco siglos que la única verdad es la realidad, se comenta en la primera de las entradas del blog de hoy, pero a menudo los políticos parece que vivan en una realidad paralela, lo que los aleja no solo de la verdad, sino también de los ciudadanos. Los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, se decía en la segunda de las entradas, un archivo del blog, justamente de hace siete años, y lo que está sucediendo entre Cataluña y España es una cuestión de sentimientos, así que tendremos que sentarnos de una vez con respeto, no para hablar de sentimientos sino para negociar de lo que sí se puede: poderes, competencias y recursos. La tercera de las entradas no es hoy, en sentido estricto, un poema, sino una carta, ¿de amor, admiración?, dirigida por una escritora a un filósofo en la primavera de 1980 que se acerca mucho a los sentimientos poéticos. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que sean de su interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt










De la realidad

 







Woody Allen dijo en una ocasión que odiaba la realidad, pero reconocía que era el único sitio donde se puede comer un buen filete, comenta en La Vanguardía [Las goteras de la realidad. 20/09/2024] el escritor y editor de La Vanguardia, Màrius Carol, y Aristóteles avisó hace veinticinco siglos que la única verdad es la realidad, pero a menudo los políticos parece que vivan en una realidad paralela, lo que los aleja no solo de la verdad, sino también de los ciudadanos.

El martes Junts se puso estupendo en el Congreso y votó al lado del PP y Vox en un asunto que resulta material sensible, como son los alquileres. Más allá de que nadie entendió nada, pues los posconvergentes habían avalado la limitación de los alquileres de temporada y en el último momento cambiaron el voto para castigar al presidente Pedro Sánchez. Sin embargo, lejos de gozar a la vuelta los aplausos de los ciudadanos, se encontraron con una manifestación de centenares de personas a las puertas de su sede, convocada por el Sindicat de Llogateres. Se quejaban de que el secretario general, Jordi Turull, se había comprometido a abstenerse para dejar tramitar la norma. En medio de la ruidosa protesta, Carles Puigdemont hizo un tuit desde Waterloo (donde solo se oía el piar de los pájaros), avisando de que el PSOE no puede dar sus votos por descontados y que con Junts no funcionan los chantajes ideológicos.

A veces, los partidos tienen un montón de goteras en su realidad. La vivienda figura, según el CIS, entre los principales problemas de los españoles, así que resulta un tanto temerario hacer juegos de manos con ellos porque fácilmente se les ve el truco. Junts se muestra como un partido permanentemente enfadado, poco previsible, que deberá definirse en el congreso del 27 de octubre. Sería oportuna una definición ideológica más clara. Se entiende que su prioridad es la independencia, como repiten sus dirigentes, pero en el entretanto los ciudadanos tienen problemas que esperan que la política contribuya a resolver. Puigdemont no puede decir como el general Henrik en la novela El último encuentro, de Sándor Márai: “La realidad no es lo mismo que la verdad, la realidad son solo detalles”. Màrius Carol es escritor.










Respeto a los sentimientos, pero a la Constitución también. [Archivo del blog, 26/09/2017]











Los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, y lo que está sucediendo entre Cataluña y España es una cuestión de sentimientos. El día 2 habrá que sentarse con respeto para negociar de lo que sí se puede: poderes, competencias y recursos.
Quien así se expresa, a mi juicio con acierto y prudencia, es José Álvarez Junco (Viella, 1942), escritor e historiador español, catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales en la Universidad Complutense de Madrid. En noviembre pasado publiqué en el blog una entrada sobre su libro Dioses Útiles. Naciones y nacionalismo (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017), en donde condensa sus investigaciones en torno al tema del nacionalismo, intentando racionalizar un problema histórico-político caracterizado por la emocionalidad.
Esta no es una cuestión de nacionalismo, sino de democracia”, me decía el amigo que presentaba un manifiesto instando a Rajoy a defender la “unidad nacional” con mano dura. Lo mismo, exactamente lo mismo, me podría haber dicho mi amigo catalán inclinado últimamente hacia el independentismo.
Porque el concepto de democracia solo es sencillo en apariencia, cuando decimos que nosotros, los ciudadanos, los gobernados, el pueblo, somos quienes decidimos el futuro de nuestra comunidad. En la práctica, se reduce a la elección periódica de nuestros gobernantes. Pero hay otras decisiones, mucho más importantes, en las que no intervenimos ni hemos intervenido nunca: la principal, la definición del demos, de ese pueblo, nación o comunidad en el que nos integramos. Esa definición no es algo evidente y racional, sino, muy al contrario, algo emocional, que se da por supuesto. Algo que, lejos de ser el resultado de un debate, meditación y decisión democráticos, nos ha venido dado, como producto de la historia, de la formación de las unidades políticas, en la que las claves fueron el azar y la violencia guerrera.
Pocas veces se habrá revelado con tanta nitidez esta trampa como en la actual situación catalana. “Democracia” es precisamente la palabra que a un independentista no se le cae de la boca. Según él, lo que pide es obvio, elemental, en democracia: que el pueblo catalán decida su propio futuro. ¿Por qué se opone “Madrid”, no ya a que sean independientes, sino incluso a que se les pregunte si quieren serlo? Porque el sistema político español no es democrático, sigue siendo franquista. “Cualquier país civilizado” —nos refriega, para más INRI— reconoce este derecho (la verdad es que ninguno lo reconoce). Y, frente a eso, se siente autorizado para rebelarse, infringir esa ley española, impuesta por la fuerza, invocando la voluntad del pueblo catalán, fuente de la soberanía legítima.
Alguien que parta de la presunción contraria, es decir, que el demos es la nación española, usará el mismo razonamiento para llegar a la conclusión opuesta: quien decide el futuro de España es el pueblo español. Algo que, por cierto, ya hizo en 1978. Quien no reconozca el sistema legal establecido entonces, quien actúe al margen de la Constitución, es, por tanto, un antidemócrata. ¿Cómo podría ser democrática una decisión catalana de separarse de España sin tener en cuenta la voluntad del resto de los españoles? ¿Sería acaso respetuoso conmigo cortarme un brazo sin consultarme?
Por supuesto, el independentista catalán replicaría: ¿y de dónde te sacas que yo sea un brazo tuyo? Me estás menospreciando y ofendiendo, como siempre. Tú lo que eres es un nacionalista español, que demuestras el poco respeto que me tienes al reducirme a la categoría de miembro o parte de un conjunto cuya existencia tú te has inventado. Lo dicho: no eres demócrata, no aceptas que las decisiones las tomen los ciudadanos. Pregúntanos, por lo menos.
A este se le podría quizás hacer comprender que su posición también tiene un parti pris previo si se le preguntara por un hipotético referéndum en Cataluña con resultado global favorable a la independencia, pero en el que un territorio (Tarragona, digamos) hubiera votado por permanecer en España: ¿tú aceptarías que ese territorio siguiera siendo español, aunque el resto de Cataluña se convirtiera en independiente? Porque lo democrático, según tú planteas ese principio, es que el futuro de Tarragona sea decidido por los tarraconenses.
A lo cual nuestro independentista contestaría: ah, eso no. Tarragona forma parte de la nación catalana y si Cataluña, como conjunto, decide algo, sus partes deben someterse. En democracia, las minorías se someten a la decisión de las mayorías. ¿Cómo podría cortársele un brazo a Cataluña contra su voluntad? Solo el conjunto de los catalanes puede decidir eso.
Calcaría, pues, la respuesta españolista sobre Cataluña. Y podría ofender a los tarraconenses, a quienes niega la posibilidad de declararse nación y deja, por decreto, reducidos a miembros de un conjunto al que no se molesta en preguntarle si quiere pertenecer.
En realidad, en cuanto a la definición del demos básico que debe tomar las decisiones, ninguno de los dos es un demócrata. Son nacionalistas primero —al dar por supuesto que su demos existe— y demócratas después. La existencia de su nación es un prius, un dato prejurídico, anterior al inicio del proceso racional de toma de decisiones colectivas que legitiman el sistema legal.
Sin embargo, ese dato previo es enormemente peligroso y destructivo. La fragmentación a la que puede llevar la aplicación estricta del principio de que cada colectividad decide su futuro es infinita. Pues si Tarragona puede también declararse nación, decidir escindirse de Cataluña y permanecer en España, el municipio tarraconense X o Z, dominado por los independentistas, puede optar por seguir a Cataluña y no a su provincia. ¿Quién podría obligarles, en términos estrictamente democráticos? ¿Quién puede negarles el “derecho a decidir”, el derecho a declararse nación?
Nadie puede establecer un mapa nítido e indiscutible de los pueblos o naciones existentes en el mundo. Las identidades se mezclan en todas partes. Con lo que el principio de las nacionalidades da lugar a conflictos sin fin. Como comprendieron amargamente quienes trazaron las fronteras europeas al final de la Gran Guerra, aplicar el dogma de la autodeterminación de los pueblos era imposible sin dejar por doquier territorios irredentos y minorías discriminadas. Pese a ello, lo hicieron. Y pavimentaron el camino para la Segunda Guerra Mundial.
La combinación entre nación y democracia es, en realidad, explosiva. La democracia es un principio que puede defenderse racionalmente. La nación, no. Es algo afectivo, arraigado en los estratos emocionales más profundos; como el atractivo de aquellos a los que amamos o las gracias de nuestros hijos o nietos, imposibles de discutir ni argumentar. Pese a esta incompatibilidad, toda democracia necesita apoyarse en una identidad colectiva, una nación, un demos. Esa colectividad básica para la democracia ni fue decidida racionalmente en su origen ni es posible hacerlo ahora. Y como su definición se apoya en afectos y emociones, y no en datos ni argumentos objetivos, los conflictos sobre lo que sea o no democrático son de imposible solución.
Esta es, pues, una cuestión de sentimientos. Y los sentimientos solo pueden ser respetados, no discutidos. Es razonable invocar el cumplimiento de la ley y denunciar las incoherencias o imposiciones del otro. Pero no hay que limitarse a eso; y las leyes deben adaptarse a la realidad social. El 2 de octubre deberíamos sentarnos unos frente a otros, respetándonos e intentando entender nuestras respectivas emociones; y negociando sobre lo único negociable: poderes, competencias, recursos. Esperemos que, para entonces, no haya habido que lamentar desgracias irreparables, termina diciendo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt














El poema de cada día. Hoy, Carta de amor a Jean-Paul Sartre, de Francoise Sagan (1935-2004)

 





Querido señor:

Y le llamo «querido señor» pensando en la interpretación infantil que de esta palabra hace el diccionario: «un hombre cualquiera». No voy a llamarle «querido Jean-Paul Sartre» porque resulta demasiado periodístico, ni «querido maestro» porque sé que es algo que usted detesta, ni «querido colega» porque resulta demasiado abrumador. Hace años que deseaba escribirle esta carta, de hecho, casi treinta años ya, desde que empecé a leerle, y especialmente diez o doce años, desde que la admiración, a fuerza de tanto ridiculizarla, se ha convertido en algo tan infrecuente como para que casi nos felicitemos por el ridículo. Quizá haya envejecido o rejuvenecido lo suficiente como para que en este momento no me importe nada ese ridículo al que usted, soberbiamente, jamás ha prestado la menor atención.

Tenía especial interés en hacerle llegar esta carta el 21 de junio, un día afortunado para esta Francia que vio nacer, con varios lustros de intervalo, a usted, a mí y, más recientemente, a Platini, tres personas excelentes que han sido llevadas a hombros o pisoteadas salvajemente -gracias a Dios, en su caso y en el mío, solamente en sentido figurado- por excesos de honor o inexplicables indignidades. Pero los veranos son cortos y agitados y se marchitan. He terminado por renunciar a esta oda de aniversario, y sin embargo sentía la necesidad de decirle lo que voy a decirle y que justifica este título sentimental.

Pues bien, en 1950 empecé a leer de todo, y Dios o la literatura saben a cuántos escritores he admirado y cuántos me han gustado desde entonces, sobre todo escritores vivos, de Francia y de otros países. Después he conocido a algunos, también he seguido la carrera de otros, y si bien todavía quedan muchos a los que admiro, usted es sin duda el único al que sigo admirando como hombre. Todo lo que me prometió a mis quince años, una edad a la vez severa e inteligente, una edad sin ambiciones precisas y por tanto sin concesiones, todas esas promesas las ha cumplido usted. Ha escrito los libros más inteligentes y honrados de su generación, ha escrito incluso el libro más rebosante de talento de la literatura francesa: Las palabras. Al mismo tiempo, siempre ha acudido humildemente al socorro de los débiles y de los humillados, ha creído en la gente, en las causas, en las generalidades, en ocasiones equivocándose como todo el mundo, aunque (y en esto, contrariamente al resto del mundo) habiéndolo reconocido en todo momento. Se ha negado obstinadamente a aceptar los laureles morales y todas las gratificaciones materiales de su gloria, ha rechazado el supuestamente honorable Nobel cuando nada tenía, tres veces fue objeto de atentados con explosivos durante la guerra de Argelia, se vio en la calle sin pestañear, ha impuesto a los directores de teatro las mujeres que le gustaban para papeles que no eran exactamente los que más se adecuaban a ellas, dando así fe con todo fasto de que, para usted, el amor podía ser, al contrario, «el duelo clamoroso de la gloria». En resumen, ha amado, escrito, compartido y entregado todo lo que podía dar y que era en realidad lo importante, al tiempo que rechazaba todo lo que se le ofrecía en nombre de la importancia. Ha sido usted hombre tanto como escritor, jamás ha pretendido que el talento del segundo justificara las debilidades del primero ni que la felicidad de crear autorizara de por sí a despreciar ni descuidar a sus allegados ni a los demás, a todos los demás. Tampoco ha afirmado nunca que equivocarse con talento y de buena fe legitime el error. De hecho, no ha buscado usted refugio tras la famosa fragilidad del escritor, esa arma de doble filo que es su talento, evitando con ello caer en el común de los narcisos, que no es sino uno de los tres roles reservados a los escritores de nuestra época, junto con los de pequeño señor y gran lacayo. Al contrario, lejos de blandir, como tantos otros, entre delicias y clamores, esa supuesta arma de doble filo, ha pretendido que fuera eficaz, ágil y ligera en su mano y se ha servido bien de ella, la ha puesto a disposición de las víctimas, de las auténticas víctimas, de las que no saben escribir, ni explicarse, ni pelear, ni siquiera a veces quejarse.

Al no pedir a gritos justicia porque no era su deseo juzgar, al no hablar del honor porque no deseaba ser objeto de honra, al no evocar siquiera la generosidad porque ignoraba que era usted la generosidad misma, ha sido el único hombre de justicia, de honor y de generosidad de nuestra época, trabajando sin cesar, dándolo todo por los demás, viviendo sin lujos y sin austeridad, sin tabúes y sin celebración alguna, salvo, claro está, el triunfal júbilo de la escritura, haciendo el amor y dándolo después, seduciendo aunque siempre presto a dejarse seducir, desbordando a sus amigos con sus opiniones en todos los frentes, consumiéndoles con su velocidad, su brillo y su inteligencia, aunque volviendo siempre a ellos para ocultárselo. A menudo ha preferido ser utilizado, manejado, a ser indiferente, y también a menudo ha preferido verse decepcionado a negarse a una expectativa. ¡Qué vida tan ejemplar para un hombre que nunca ha deseado ser ejemplo de nada!

Y aquí le tenemos, privado de la vista, según dicen incapaz de escribir, y a buen seguro sintiéndose tan desgraciado como cabe imaginar. Quizá le guste saber que en los últimos veinte años, allí donde he estado -en Japón, en Norteamérica, en Noruega, en provincias y en París- he visto como hombres y mujeres de todas las edades hablaban de usted con la misma admiración, confianza y gratitud que le expreso aquí.

Este siglo ha revelado ser loco, inhumano y podrido. Usted ha demostrado ser un hombre inteligente, tierno e incorruptible. Y sigue siéndolo. No sabe cuánto se lo agradecemos.

Françoise









Las viñetas de humor del blog de hoy domingo, 22 de septiembre de 2024

 




















sábado, 21 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy sábado, 21 de septiembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo y todos y feliz sábado, 21 de septiembre de 2024. De Grecia a Roma, el estoicismo mostró a sus seguidores que la virtud y el desapego material contribuían a la felicidad, pero tiempos de bienestar gusta apelar al epicureísmo y en los de escasez e incertidumbre nos acordamos del estoicismo; de ambos se habla en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2017 se hablaba del juego de la democracia comparándolo con un juego de naipes; ya verán porqué. El poema de la tercera es hoy de la poetisa española Chus Pato (1955). Y la cuarta, como siempre son las viñetas de humor del día. Espero que les resulten de interés, y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt











De la verdad sobre el estoicismo

 







De Grecia a Roma, el estoicismo mostró a sus seguidores que la virtud y el desapego material contribuían a la felicidad. En tiempos de bienestar gusta apelar al epicureísmo. En los de escasez e incertidumbre nos acordamos del estoicismo. Sobre ello escribe en La Vanguardia [Contra el falso estoicismo: lo que Séneca y Marco Aurelio pensaban realmente. 20/09/2024] el filósofo Norbert Bilbeny. Cuidarse y aprender a vivir con lo indispensable. La virtud de Séneca y Marco Aurelio se impone al placer de Epicuro. Pero muchos ignoran qué dicen sus doctrinas, mientras que un falso estoicismo difunde hoy con éxito fáciles recetas para hacer frente en solitario al implacable destino.

El estoicismo se inicia en Atenas a finales del siglo IV a. C. y concluye en Roma al término del siglo II d. C. Fundado por Zenón de Citio (335-261 a. C.), Marco Aurelio (121-180) representa su broche final. En sus diferentes sedes y períodos incluye a una treintena de filósofos que escriben, por lo general, en lengua griega y tienen en Atenas su centro de irradiación. El trasvase de sus teorías del griego al latín se deberá, fundamentalmente, a Cicerón, no perteneciente a esta escuela.

Sin duda, Séneca (4 a. C.-65 d. C.) es el estoico más citado y conocido. Senequismo y estoicismo es casi decir lo mismo. Marco Aurelio es el otro gran referente. Los dos persiguen el “ideal del sabio” frente a los embates del destino y los tres aliados que lo integran: el tiempo, la muerte y la historia. No se conocieron. Las Meditaciones de Marco Aurelio son un siglo posteriores a Séneca. Y hay notorias diferencias entre uno y otro.

Séneca, nacido en Córdoba, no es un romano ni un noble de nacimiento, aunque en la Roma de Nerón ocupa un lugar preeminente como orador, consejero político e incluso en los negocios. Su filosofía parece una forma de escape de lo mundano y las intrigas. Se sospechó de su enriquecimiento y de haber conspirado contra Nerón, condenándole este a quitarse la vida.

Marco Aurelio es romano, emperador, reconocido por su pueblo y de una coherencia entre vida y pensamiento que no se encuentra en Séneca. Si los textos de este, principalmente las Cartas a Lucilio, son brillantes y un tanto retóricos, el libro de Marco Aurelio, escrito en griego, y que es en realidad un diario personal de reflexiones, es de expresión austera y lacónica.

Séneca es un estoico cuyo ideal de la sabiduría se funda en la búsqueda de una felicidad distante con lo material y que relativiza lo adverso. “Debes entender –escribe en Sobre la felicidad– que después de haber desterrado todas aquellas cosas que nos irritan o causan temor, se consigue una tranquilidad perpetua y la libertad”.

Marco Aurelio, en cambio, es un pesimista resignado; siente desesperanza por la política y el destino humano. No cree en la gloria ni en la inmortalidad, pero se consuela con la visión distante de todo, con el cosmos como telón de fondo. Pero ambos pensadores comparten la idea de la sabiduría como el vivir autárquico y con apatía. “La inteligencia libre de pasiones es una ciudadela. Un hombre, en efecto, no tiene nada más sólido donde poder refugiarse y estar seguro para siempre”, afirma el emperador-filósofo.

Con cinco siglos de duración, el estoicismo siguió en sus inicios a Diógenes el Cínico y a Sócrates, muerto casi un siglo antes. Con una sólida base en lógica y física y una marcada vocación moral, sus competidores fueron la Academia de Platón y el epicureísmo, con los que se desarrolló en paralelo. De las tres corrientes, el estoicismo es la que influyó más en la vida pública, sobre todo de Roma, aun sin tener una teoría política. Sus ideas en lo tocante a la ética están presentes en Pablo de Tarso y los orígenes del cristianismo.

El nombre de estoicismo se debe al lugar donde, a partir de 308 a. C., Zenón expuso su doctrina: la Stoa Pecile, o “estoa pintada”: un pórtico cubierto de 48 metros de longitud, sostenido por columnas dóricas y decorado en su interior con pinturas de Polignoto. Situado al norte del ágora ateniense, fue destruido al siglo siguiente, conservándose hoy las ruinas de su escalinata. La escuela obedece, pues, a un topónimo, pero su contenido arraiga en lo más destacado de la filosofía anterior: Sócrates, Platón y Aristóteles.

Hubo tres períodos en el estoicismo. El fundacional (323-202 a. C.), tras la muerte de Alejandro Magno, con los griegos Zenón de Citio, Cleantes y Crisipo, coincidiendo con el helenismo y basado en la física y la lógica. El período helenístico-romano (202-27 a. C.), ya en plena República romana y más orientado a la vida comunitaria, incluye a Diógenes de Babilonia, Panecio –que influye en Cicerón– y Posidonio.

Por último, el período romano imperial (27 a. C.-180 d. C.), en tiempos de los emperadores Augusto, Claudio, Nerón y Adriano, comprende a pensadores como Séneca, Musonio, Epicteto y el mismo emperador Marco Aurelio, más preocupados, en un marco general pesimista –peste, invasiones, guerras–, por la intimidad del individuo y el cuidado de su “ciudadela interior” que por la naturaleza o la política.

Aunque presenta diferentes versiones, el estoicismo tiene un fondo común. Sus fundamentos se deben a Zenón de Citio, al que Diógenes Laercio, en Vidas de los filósofos, dedica claras y jugosas páginas. Una idea preside el estoicismo: el Todo. Es inabarcable, eterno y con un orden que cada una de sus partes refleja. Si para los epicúreos la naturaleza se compone de átomos, para el estoicismo la mantiene el alma universal. El ser humano es un microcosmos que debe asimilarse a ese orden cósmico al que pertenece. Aunque no pueda esperar la vida eterna, la muerte no ha de angustiarle. Pasamos por una estación del universo que hay que aprovechar, conscientes y contentos.

El Todo está ordenado por el Logos, la razón divina y providente, la cual se extiende a la naturaleza humana. El correcto ejercicio de la razón es el fundamento de la sabiduría. Entretanto, la asimilación al orden cósmico se traduce en obrar conforme a la naturaleza. Séneca advierte: “Los hados conducen al que quiere; al que no quiere lo arrastran”.

El universo es como una gran ciudad. El sabio se tiene por ciudadano del mundo, por cosmopolita, y no le importa mucho la política local. El contacto con el universo es directo, sin intermediación de ningún otro poder que la mente. La forma de vivir según el poder propio es la autarquía. “Omnia mea mecum porto” (llevo conmigo todo lo mío), citará Cicerón. Las fórmulas del buen vivir se derivan de lo expuesto.

El ser humano busca la felicidad, la vida que fluye bien. No es un fin, como pensaba Aristóteles, pero sí un objetivo. El fin es la virtud o excelencia personal. Se compara con el buen arquero: su objetivo es dar en el blanco, pero su fin es ser un buen arquero.

La virtud es el valor supremo, siendo necesaria y suficiente para la felicidad, a diferencia del placer u otros bienes. No es pensar la felicidad lo que nos descubre la virtud, sino pensar esta la que abre camino a la felicidad. La actitud es más importante que el resultado de la acción, y solo el virtuoso puede ser feliz. No obstante, ¿cómo es esto posible, si hay que seguir siempre a la naturaleza? Conformarse a ella y aceptar un destino de enfermedad o muerte piden hacerlo desde el libre arbitrio, eligiendo la virtud y vivir con resignación inteligente.

La virtud obedece a la parte rectora de la mente, la que delibera y elige. Lo desarrolla el romano Epicteto en su Enquiridion. Así, se elige vivir conforme a la naturaleza y usar la razón en busca de la suprema virtud de vivir en la honestidad y con una plena autonomía personal. No se consigue esta con la riqueza, el poder o la fama, sino con dos actividades de la mente: la apatía, o ausencia de pasiones, y la ataraxia, o tranquilidad del alma.

La liberación no es evasión, sino descarga voluntariosa e inteligente de las ataduras innecesarias. La persona sabia es impasible e imperturbable, pero a costa de distinguir entre los objetos no dependientes de nosotros e indiferentes para la felicidad (muerte, desgracia, accidentes, fortuna, suerte) y aquellos que sí caen bajo nuestro control y libre deliberación (deseos, juicio, voluntad, moral), en los que se juega la felicidad.

La sabiduría asume el dolor inevitable, pero rehúye el que es evitable, y que solo el miedo o los prejuicios nos hacen ver como necesario. Si no deseamos nada exterior, tampoco nos va a faltar nada exterior. En un tiempo de perturbación como el nuestro, el legado del estoicismo es su enfoque de la vida desde la perspectiva de una conciencia cósmica y su ayuda para el desapego y la serenidad, sobre todo, ante todas las cosas exteriores al individuo (por ejemplo, la propaganda, las falsas verdades, las ofensas, las adversidades). “Las cosas que dependen de nosotros son por naturaleza libres” (Epicteto). Nuestro reto, sin embargo, es no convertirlo en un misticismo, ni tampoco en un egoísmo individualista que se desentienda del mal ajeno, aunque este no dependa directamente de uno. Norbert Bilbeny es filósofo. Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 676 de la revista Historia y Vida. 














La baraja y el juego en democracia. [Archivo del blog. 27/09/17]














En democracia las cartas se barajan y reparten a menudo, pero las reglas no son modificables a gusto de parte, sino de "todos" los participantes, comenta el prestigioso abogado y ensayista José María Ruiz Soroa, uno de mis más citados articulistas en Desde el trópico de Cáncer.
En un reciente trabajo, comienza diciendo en el artículo que hoy reseño, defiende Íñigo Errejón la idea de que en épocas de dislocación y crisis, rectius aquí y ahora, es imprescindible un momento de refundación en el que el we the people comparezca de nuevo y se vuelvan a barajar las cartas. Un excedente popular no satisfecho con la institucionalidad democrática existente reclama —escribe— una nueva definición del interés general y una nueva arquitectura institucional acorde.
Decía Ortega que las metáforas son los andadores del pensamiento y en este caso la metáfora del nuevo reparto de las cartas parece sin duda adecuada para llevar al intelecto a la necesidad de un momento fundacional. Pero también, y esperamos mostrarlo en este breve texto, la propia metáfora elegida muestra las limitaciones y errores de ese discurso.
Porque, contado muy directamente, volver a barajar y a repartir las cartas parece llevar consigo un nuevo comienzo (y así lo cree Íñigo Errejón); pero si se piensa un ratito más es fácil advertir que hay algo que permanece inmutable según ella: el juego mismo. Cuando se reparte de nuevo es porque se va a recomenzar la jugada, pero dentro del juego que se estaba jugando. Otra cosa sería romper la baraja y darle una patada a la mesa y al tapete, pero esa es una metáfora distinta, la metáfora revolucionaria pura. Y nuestro autor elige muy bien las metáforas, es parte de su oficio como intelectual y como político hacerlo bien.
El juego permanece. Y como desarrolló con agudeza Stephen Holmes, sucede que en los juegos las reglas de su práctica son constitutivas del juego mismo. Es decir, que si bien hay muchas actividades humanas en las que las reglas que las regulan son limitaciones y constricciones a la libertad impuestas desde fuera y pueden suprimirse, en el caso del juego (como en el del lenguaje) las reglas son constitutivas de la actividad misma, ésta no puede existir sin aquellas. Las reglas de un juego no son limitativas sino creadoras, son capacitantes porque gracias a ellas podemos jugar.
Pues bien, la democracia puede ser vista como un juego (así la veía otro liberal —¿conservador?— como Norberto Bobbio), un procedimiento que para poder existir requiere unas reglas básicas (él enumeró seis) de las que los derechos humanos son las reglas preliminares. Esas reglas no pueden cambiarse si lo que queremos es jugar a la democracia. Si las cambiamos, jugaremos a una política distinta, no a una política democrática. Es así de sencillo y así de complicado al tiempo. Porque las reglas de la democracia, esto es cierto también, se cumplen muy insuficientemente en nuestros regímenes.
En el juego de la democracia las cartas se barajan y reparten de continuo (por eso está Errejón donde está y no donde estaba), pero las reglas no son modificables: no cabe una cosa tal como “refundar la democracia”, ni “establecer una nueva arquitectura institucional”, ni cabe “un pueblo, gente o país” que como Hércules asuma un buen día el papel de reconstruir el sistema político completo de arriba abajo. Ni caben ahora, ni cupieron en el pasado: los liberales un poco realistas sabemos muy bien que en el origen de nuestras democracias no existió un we the people real. Sabemos que la del contrato social no es una realidad, sino una metáfora, otra más, un como si kantiano. Entonces hubo confusión y un proceso histórico (lento y sangriento) de prueba y error, de élites y masas populares, de ensayos y retrocesos.
La referencia al pueblo en nuestras constituciones no apunta a un sujeto real sino que es una cláusula de cierre del sistema que indica su legitimación por el interés del conjunto, nada más. Eso que llamó Bodino soberanía nunca ha existido ni existirá como poder perpetuo y absoluto (de nuevo metáforas, en este caso teológicas). Ni del pueblo ni de nadie. Sólo a los derechos humanos puede aplicárseles una idea parecida a la de soberanía.
Y este es el problema de creer y postular momentos fundacionales, sujetos trascendentes, o reglas nuevas para un juego hace tiempo inventado. Que contradicen el propio juego, además de constituir ese tipo de política de los chamanes que tanto ha obstaculizado a los reformistas en toda época. Reformistas como Errejón mismo pronto descubrirá que es, concluye diciendo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt














El poema de cada día. Hoy, Rimas, de Chus Pato (1955)

 






RIMAS



Me asistían las rimas de un príncipe encantado

la respiración de sus versos:

llevar el corazón a punto extenuado, casi muerto

y vaciar los pulmones

en la explosión del verso

única definición que yo puedo aceptar como metáfora

el sentido abandonado

apatriado

—quiero ser jinete

la queja de su boca.

Le pedí que me pintara una tempestad

una tormenta en el velador

el bosque

los árboles

desnudos

la luz

la luz de la tormenta

en la vaina del roble

y los pájaros de invierno.



Chus Pato (1955)

Poetisa española