martes, 29 de agosto de 2023

Del caso Nevenka Fernández

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la politóloga Pilar Mera, va del caso Nevenka. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Gracias, Nevenka
PILAR MERA
25 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

“Porque tengo 26 años y dignidad”. Así anunciaba Nevenka Fernández su dimisión como concejala de Ponferrada. Su denuncia contra el alcalde, Ismael Álvarez, terminó en la primera condena por acoso sexual para un político español. Era marzo de 2001. El Código Penal recogía el acoso como delito desde 1995.
22 años después, su intervención aún impresiona. Su apariencia frágil. La rotundidad de sus declaraciones. Menuda, ojerosa, el pelo recogido, un par de mechones rebeldes. Una chaqueta gris de lana gruesa donde su cuerpo parece perderse. El llanto agazapado, asomándose en algunas palabras vibrantes que amagaban con engancharse en su garganta.
Habían mantenido una breve relación y cuando le puso fin empezó su infierno, afirmó. El juez le dio la razón, pero medio mundo la condenó. “Acosar sexualmente a una mujer con la que se ha cumplido holgadamente el sexo se me antoja una contradicción”, diría un periodista. Muchas personas parecían entender que la aceptación previa impedía cualquier queja posterior. Como si una relación, pasada o incluso viva, diese carta blanca por encima de la voluntad.
“No le perdonaron que fuese guapa y ambiciosa”, afirmó su abogado, Adolfo Barreda. “Me extrañó verla tan dejada”, sostuvo un testigo sobre su aspecto el día que dimitió. “Por muy disgustada que estuviera... no me lo creo”. “Usted no era una empleada de Hipercor que tuviera que dejarse tocar el culo para asegurar el pan de sus hijos. Podría haber dejado su trabajo”, le espetó el fiscal.
Ismael Álvarez dimitió tras su condena. 4.000 personas se manifestaron a su favor. Celia Villalobos calificó la sentencia de “profundamente positiva”, pero no se escucharon más voces favorables en su partido. Nevenka apenas contó con el apoyo de sus padres, su abogado y su futuro marido. También el de Charo Velasco, su rival política, y el de su psiquiatra, quien la animó a denunciar como primer paso para poder seguir adelante. Las asociaciones feministas de la zona organizaron movilizaciones para respaldarla, aunque alcanzaron un tímido resultado. Nevenka no regresó a Ponferrada ni encontró trabajo. Rehízo su vida fuera de España. Ismael Álvarez volvió a la política proclamando su inocencia. Sus apoyos lamentaban “su mala suerte”. Nevenka ganó el juicio penal, pero perdió el popular en una sociedad que aún se ponía de perfil en estos temas.
Desde que este domingo empezó el clamor popular contra el beso por la fuerza de Rubiales a Jenni Hermoso, he pensado mucho en Nevenka y en aquella sociedad. Que esta vez las voces cuestionen al agresor es motivo de celebración, como lo será que Rubiales tenga que asumir las consecuencias de sus actos. También la respuesta mayoritaria frente a las reacciones machistas y revictimizadoras de cierta prensa deportiva, tertulianos o el submundo tuitero de alergia enraizada al feminismo, siempre a la contra. Eso no convierte a España en el país de inquisidores sugerido por algunas pseudodisculpas, una dictadura donde impera la censura. ¡Como si estos discursos no saliesen en medios de máxima audiencia! Sucede que hoy la mayoría de la sociedad ya no los comparte y muestra contundente su rechazo. En buena medida, gracias a mujeres como Nevenka. 
































[ARCHIVO DEL BLOG] Bin Laden, abatido en Pakistán. [Publicada el 02/05/2011]









Osama Bin Laden, el terrorista más buscado del mundo desde hace diez años, ha sido abatido por un comando de las fuerzas especiales del ejército de los Estados Unidos en la madrugada del día 1 de mayo en la casa donde se ocultaba, en las afueras de Islamabad, la capital de Pakistán.
La información puede leerse con exhaustividad en la edición electrónica del diario El País de hoy, y es cabecera indiscutible en todos los diarios, televisiones y medios de comunicación del mundo entero.
He tenido mis dudas en cuanto a los términos en los que titular esta entrada del blog: ¿muerto, asesinado, ajusticiado, ejecutado, abatido? En las cabeceras citadas se puede encontrar de todo. No me alegra su muerte. Hubiera preferido que lo capturaran con vida, que hubiera sido sometido a juicio y condenado por un tribunal legítimo. Pero mi hipocresía no llega al extremo de negar que el mundo respira hoy más tranquilo; que los terrorista saben hoy, más que ayer, que van a pagar sus crímenes se tarde lo que se tarde y cueste lo que cueste; que el terror nunca va a vencer a la libertad. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt 












lunes, 28 de agosto de 2023

Del incierto futuro





 



Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Juan Gabriel Vásquez, va del incierto futuro. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Meditaciones a partir de una mudanza
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
23 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Por estos días terminé de empacar, en 152 cajas de cartón, los libros de mi biblioteca, y lo primero que se me vino a la mente cuando se cerró la última caja fue una frase que le escribió Flaubert a Louise Colet, su amante ocasional y su cómplice literaria: “¡Qué sabios seríamos si conociéramos solamente cinco o seis libros!”. Yo no llegué a contar los míos, porque en una mudanza no hay tiempo para esos cuidados de neurótico, y mucho menos cuando lo que se empaca no es una biblioteca, sino 11 años de vida en los cuales cada objeto tiene su historia y parece desesperado por contarla. Y a veces hay que detenerse y ponerle atención: nuestras cosas saben de nosotros verdades que nosotros ignoramos, y es mucho lo que podemos aprender de lo que somos, o de la persona en que para bien o para mal nos hemos convertido, cuando recordamos de dónde salieron y cuánto tiempo han pasado con nosotros, y sobre todo cuando decidimos si las llevamos a un destino nuevo o las condenamos sin misericordia al basurero del olvido.
Pero me desvío. Decía que no sé cuántos libros puse en esas cajas que cruzarán el Atlántico, pero sí que dejé atrás una cuarta parte, por lo menos, de la colección que se me ha ido acumulando desde que me fui de esa misma ciudad por primera vez, hace 27 años; y al hacerlo tuve que rendirme a una revelación que nunca, en ninguna de las cuatro mudanzas totales que he hecho en mi vida itinerante, cerrando una vida para siempre y abriendo una nueva en un lugar distinto, me había asaltado con tanta fuerza: hay libros que ya nunca voy a leer. Parece una circunstancia banal, pero todo lector de verdad llega tarde o temprano a un momento de su madurez cuando comienza a hacer cuentas, y se da cuenta de que puede saber, con poco margen de error, cuántos libros caben en el tiempo que le queda de vida. Yo llevo poco más de 30 años leyendo literatura de la forma en que lo hago hoy en día, no como pasatiempo sino como vicio incurable; y, salvo accidente o enfermedad azarosa, nada me impide creer que me quedan otros 30 años de lectura. La diferencia entre los años que vienen y los que han pasado es el vértigo de saber que ya no hay tiempo para todo.
No es distinto, acaso, lo que nos pasa con la gente. El tiempo es limitado, y yo he comprendido que solo puedo gastar el mío con dos tipos de personas: las que me enriquecen y las que me necesitan. Pero estas son palabras amplias en las que caben muchas cosas, desde las amistades probadas a lo largo de varios años hasta las más recientes (que no precisan de mucho tiempo para instalarse en nuestras vidas con la descarada solidez de lo imprescindible), pasando por los minutos breves que compartimos con un desconocido interesante; y muchos suelen serlo si uno sabe mirar con atención y escuchar con interés genuino, y si no apaga la imaginación, que es la única herramienta que tenemos para entrar en la vida escondida de los otros. En esas vidas secretas, en las vidas ocultas o recónditas de la gente con la cual nos cruzamos todos los días, siempre está ocurriendo algo interesante. Cualquier encuentro, si uno tiene los sentidos despiertos y la curiosidad no está en modo avión, puede abrir una ventana hacia las habitaciones ajenas donde podemos ver, cada uno de nosotros, cómo viven los demás su vida entera.
Su vida entera: así lo dijo Ford Madox Ford, el autor de esa maravilla que es El buen soldado, un libro de 1915 que en nuestra lengua se conoce o se lee menos de lo que nos gustaría a sus proselitistas irredentos. (Cada vez que Rodrigo Fresán recluta a un nuevo lector, por ejemplo, me lo cuenta con el mismo orgullo con que suele dar la noticia de haber terminado un nuevo libro). Se trata de una novela breve y bellísima cuyos logros se pueden medir con su primera frase: “Esta es la historia más triste que he oído jamás”. Así es: pues el hecho de que el resto de las páginas estén a la altura de esas palabras atrevidas, de que sean capaces de no desmerecer ni quedar en ridículo, es la mejor carta de recomendación que se me ocurre. La novela habla entre muchas otras cosas de la dificultad insondable de conocer a los demás, o de la inutilidad de nuestros juicios, que siempre son precarios, o de lo sorprendentes e impredecibles que son los otros seres humanos, y no siempre para bien (o casi nunca). “No sé nada –nada en absoluto– del corazón humano”, dice Dowell, el narrador de la novela. Lo que nos cuenta es una indagación, hecha al azar de las revelaciones y los descubrimientos, en los secretos de los otros, lo que callan u ocultan, todo lo que se mueve detrás de sus máscaras y sus imposturas; y mientras cuenta la historia de los otros, los lectores nos vamos percatando de que tampoco él, ese narrador, es como sospechábamos: también él tiene otra cara.
Me gustan las ficciones que son también una metáfora de la lectura de ficción: que ponen en escena, de formas indirectas o laterales, nuestra curiosidad insaciable por las vidas de los otros. Por supuesto que uno nunca sabe con total certeza por qué acaba dedicándose a escribir novelas, aunque los novelistas nos llenemos la boca frecuentemente con palabras largas y grandilocuencias bien estudiadas, pero una de las razones más claras para leerlas debe ser esa insatisfacción insoportable: tenemos solamente una vida y estamos encerrados en ella, fatalmente condenados a mirar el mundo desde el mismo lugar —desde los mismos ojos, desde la misma conciencia— hasta el día de nuestra muerte. La lectura de ficción, aparte de un vicio de justificación difícil (pero que no debería necesitar justificación ninguna, como no la necesita ningún vicio que se respete), es una de las pocas maneras medianamente eficaces que hemos inventado los seres humanos para lidiar con los crueles límites de nuestras existencias monótonas y confinadas: para tener más vidas, sí, para ser otros, para saber hasta donde pueda saberse cómo es vivir siendo otra persona.
Si no me equivoco, es la misma razón por la que la gente toma hongos o se droga de otras formas, o lleva vidas paralelas (la exploración, como decía el poeta Robert Frost, de los caminos que no hemos tomado), o cierra una vida en un lugar para inventarse una nueva en otro, a veces haciéndolo por su cuenta y riesgo, a veces llevándose consigo a toda su familia. La insatisfacción nos agobia de mil maneras distintas, y de distintas maneras respondemos. Creo que era Harold Bloom el que decía que la ficción no sería necesaria si los seres humanos viviéramos 150 años: pues en vidas más largas podríamos tal vez conocer a personas suficientes para saciar nuestra sed de experiencia, o por lo menos conoceríamos mejor a los que conocemos someramente en nuestras vidas limitadas. Pero no tenemos esos años de más: nuestras vidas son cortas; peor aún, son una sola. Para vivir cuanto queremos vivir, para entendernos y entender a los otros tan bien como quisiéramos, tenemos pocas facultades. “¡Qué sabios seríamos si conociéramos solamente cinco o seis libros!”, escribe Flaubert. ¿Cuáles son? Yo sé cuáles son los míos. Pero sé también que no serán los de otra persona.






























[ARCHIVO DEL BLOG ] Populismos. [Publicada el 26/08/2014]










El Diccionario de Política (Siglo XXI, Madrid, 1994) dirigido por Norberto Bobbio le dedica nada menos que once páginas de apretado texto a dos columnas a la voz "populismo", a la que define como aquella fórmula política por la cual el pueblo, considerado como conjunto social homogéneo y como depositario exclusivo de valores positivos específicos y permanentes, es fuente principal de inspiración y objeto constante de referencias. Para el populismo, dice más adelante, el pueblo es asumido como mito más allá de una definición terminológica, a nivel lírico y emotivo. El llamado a la fuerza regenerante del mito, y el mito del pueblo es el más fascinante y el más oscuro y al mismo tiempo el más funcional en la lucha por el poder político, concluye la entrada, está latente aun en la sociedad más articulada y compleja, más allá del orden pluralista, listo para materializarse en los momentos de crisis. 
Así pues, los populismos de derecha y los populismos de izquierda, apelan ambos al pueblo como algo homogéneo y sin fisuras ideológicas. El primero, apelando a una superioridad moral de valores del conjunto de ese pueblo personificado en una nación real o imaginaria. El segundo, apelando a esa misma superioridad moral, real o supuesta, en esta caso de una clase, la trabajadora, que por el mero hecho de serlo asume todo el protagonismo político.
En las entradas que dediqué hace unos días al pensamiento del filósofo italiano Norberto Bobbio, reproducía su argumentación de que las posiciones políticas de extrema derecha empujan a la derecha política clásica hacia el centro político. Y que por la misma razón, las posiciones políticas de extrema izquierda, empujan hacia el centro político a la izquierda clásica, resultando pues, para Bobbio, que es en el centro político (de izquierdas o de derechas), donde se hace posible el ejercicio de la política democrática.
En España, ahora mismo, el problema de la derecha, representada por el partido popular, es que no tiene a nadie más a su derecha que le empuje hacia el centro; a su derecha solo se abre el abismo de grupúsculos políticos sin la menor relevancia social o política. El problema de la izquierda española, representada por el partido socialista e izquierda unida, es que a su izquierda sí existe una izquierda populista y una izquierda nacionalista que, exacerbando el mito de la clase o el mito de la nación (supuesta, inventada o real) empuja a la izquierda posible hacia el lado contrario al de su ubicación natural, el centro-izquierda político, en la creencia de que es ahí donde se encuentra su electorado potencial. Creo que se equivoca. Y esa es la ecuación que la izquierda española tiene que resolver si quiere volver a ser opción de gobierno: decidir si están por el populismo, es decir, por el mito de la clase o el mito de la nación como algo homogéneo, o por el pueblo real como conjunto de ciudadanos, que conforman una sociedad plural con legítimas opciones diversas e ideologías diferentes que buscan vivir y crecer unidos en paz y armonía, incluso con lo que no piensan, también legítimamente, como ellos. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt