A un amigo que se le quejaba de haber perdido sus escritos, Antístenes le contestó: “Es que deberías haberlas escrito en tu alma, y no en un papel”. Diógenes Laercio, VI, 5.1
“La redacción o facultad para poder reproducir ideas en un texto no es de todos”, escribía uno de los mecenas de FdB en el foro privado en Telegram. A Frank le preocupa que las carencias en el dominio del lenguaje escrito sean una frontera para expresar sus ideas. En este sentido, él distingue entre pensamiento y dominio técnico de la escritura. Más allá de cursos y talleres, este sólo se puede alcanzar a través de la lectura —en primer lugar— y de la propia escritura, después de incontables tentativas, recorriendo senderos al margen de las vías luminosas, que conducen a callejones sin salida: es el propio camino el que permitirá que ideas y modos de expresión (las diferentes formas de expresión escrita, entre otras) se nutran entre sí. En la escritura, como en el pensamiento, se trata de caminos de bosque (Holzwege); metáfora a la que recurría Heidegger refiriéndose a los caminos que hacían los leñadores, sabiendo que son caminos que conducen a perderse en el bosque, sin llegar a ningún lugar planificado.
En la razón aristotélica, fundadora de nuestra tradición, el lenguaje verbal es el modo privilegiado de acercarse a la verdad; el logos en su dimensión lógico-lingüística. Por otra parte, la distinción entre forma y contenido no suele ser apropiada en filosofía, cuando son los propios contenidos los que imponen una forma de acercamiento. De la misma manera, en filosofía —contra los criterios de investigación científica que se han trasplantado a las humanidades— la metodología viene impuesta por el objeto que estudiamos. Y esto tiene que ver con otra de las inquietudes de Frank, al intentar publicar en “una revista universitaria”.
En primer lugar, desde hace décadas, las universidades —como otros agentes sociales y el propio espacio público— están siendo desmanteladas y vendidas al mejor postor. En el caso de las europeas, la reforma para el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) en este contexto, es sólo otro clavo en el ataúd. Esto no es mera ideología, sino que se traduce en aspectos concretos, como es el empobrecimiento del intercambio de conocimiento o el hecho de que el personal docente dedique su tiempo y energía a sobrevivir en un laberinto burocrático, cuando no debe alimentar el gran Moloch de las inanes “publicaciones científicas” para que su vida profesional se mantenga (artificialmente) con vida. Más allá de pulir su técnica de escritura a través de la práctica y la revisión, el lenguaje que deba utilizar Frank será el que tranquilice al mundo académico. Un lenguaje aséptico, preciso y objetivo, que huya de la vaguedad y sea uniforme en una “comunidad epistemológica” de usuarios.
Sin embargo, sabemos que hay más filosofía en sólo una página de una novela como En busca del tiempo perdido, que en los últimos mil artículos publicados en Dialnet. En este sentido, la palabra es un acontecimiento sagrado que trasciende cualquier formalización lingüística. El lenguaje, como estructura de mediación, ha perdido su fondo original, de tal manera que la palabra ha sido entregada “al sacrificio de la comunicación” del que hablaba Zambrano.
Antes de que tal uso de la palabra apareciera, de que ella misma, la palabra, fuese colonizada, habría sólo palabras sin lenguaje propiamente. Al ser humano le ha sido permitido, fatalmente, colonizarse a sí mismo; su ser y su haber. Y de haber sido esto el verdadero argumento de su vivir sobre la tierra, la palabra no le habría sido dada, confiada. El lenguaje no la necesita, como hoy bien se sabe de tantas maneras. Y así existirá la pluralidad de lenguajes dentro del mismo idioma, del lenguaje descendiente de la palabra primera con la que el hombre trataba en don de gracia y de verdad, la palabra verdadera sin opacidad y sin sombra, dada y recibida en el mismo instante, consumida sin desgaste; centella que se reencendía cada vez. Palabra, palabras no destinadas, como las palomas de después, al sacrificio de la comunicación, atravesando vacíos y dinteles, fronteras, palabras sin peso de comunicación alguna ni de notificación. Palabras de comunión.2
Hemos convertido el lenguaje en una maquinaria vacía que funciona a la perfección en un engranaje que necesita la hipertrofia mediática. Por eso, no hay nada en el uso instrumental del lenguaje que llegue a rozar las experiencias vitales fundamentales, que revele la realidad en su propio ser. Tampoco, por cierto, hay argumentos en la filosofía académica que puedan ayudar a aliviar la angustia y el dolor concreto, frente al cual sobrevivimos por hábito, necesidad o urgencia. Ni rastro de la diakrisis, que enseñaba a distinguir aquello que escapa al control en nuestra vida, ni de la praemeditatio malorum, que nos interpelaba con una desgracia futura que fuera capaz de transformar nuestra vida.
¿De qué sirve el vuelo del pensamiento cuando nos inclinamos sobre el lecho de una madre inconsciente y asediada por la enfermedad? Protegido por sus párpados, yo le dije a mi madre cosas que nunca fui capaz de decir mirándole a los ojos. Tal vez ya lo sepa cuando esto salga publicado, pero mientras escribo estas líneas, no sé cómo despertará tras una semana dormida, si volverá siendo ella o transfigurada por una enfermedad desconocida. Por otra parte, el hospital, como nos enseñó Thomas Mann, suspende el tiempo ordinario e inaugura una duración distinta, caracterizada por la espera dilatada de un evento significativo, sin más horizonte que las próximas horas. También el hospital funciona como una maquinaria técnica de lenguaje especializado, que rodea la angustia y la reviste de un sinsentido mayor: obliteración parcial, contenido intraventicular, presión intracraneal, estabilidad de focos aislados… sólo trascendido por las palabras y los cuidados de las personas que ahora saben cuidarla, profesionales de la sanidad pública, que nosotros no hemos sabido cuidar y defender.
Este texto es un ejemplo de la impotencia académica, de que las palabras de verdad sólo pueden aparecer en los vacíos del texto. Y pese a todo, la única manera humana que tenemos de habitar esos momentos, es reencontrar una palabra liberada de la maquinación vacía en su perfección. Quizás, si superamos este trance, “un enjambre de palabras que irán a reposarse juntas en la colmena del silencio”.
Sirva de recordatorio a todos los hijos que no hemos sabido mirar a los ojos a nuestras madres. Y de homenaje a todas aquellas que han dudado de sí mismas; especialmente de la mía, la mejor que podía haber soñado, que hoy observo en silencio, con la única interrupción de los monitores clínicos. DIEGO CIVILOTTI es filósofo. Publicado en Filosofía de Bolsillo el 9 de abril de 2026.

No hay comentarios:
Publicar un comentario