domingo, 10 de septiembre de 2023

De las taras ideológicas

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del filósofo Eduardo Prieto, va de las taras ideológicas. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












Alta filosofía natural
EDUARDO PRIETO - Revista de Libros
24 JUL 2019 - harendt.blogspot.com

Si seguimos soportando algunas taras ideológicas, es porque funcionan como prejuicios queridos que merman nuestra agudeza, pero tal vez nos ayudan a vivir. Entre estas taras, una de las más llevaderas es el «naturalismo», es decir, la creencia en que «eso-verde-que-está-ahí-fuera» resulta ser radicalmente distinto de nosotros y mejor que nosotros: un mundo armónico y sometido a sus propias leyes, pero que hace las veces de pantalla donde proyectamos nuestros deseos insatisfechos y nuestros delirios.
Las maneras en que el naturalismo ha ido infiltrándose en la cultura de Occidente son muy variadas, y hunden sus raíces muy profundamente en el pasado, hasta el punto de adoptar la forma de relatos míticos. El Jardín del Edén del que se escapó el homo faber tecnológico y depredador es el mayor de ellos. Pero no resultan menos influyentes los tópicos del locus amoenus y la Arcadia, de los que procede, en último término, la asfixiante tradición encabezada por los beaux sauvages de Rousseau y que ha engendrado toda una horda de seres que nos son familiares: los pastores efebos y las ninfas ingenuas de Jacopo Sannazaro, los Robinsones capitalistas de Daniel Defoe, los contempladores románticos de Caspar David Friedrich, los paseantes solitarios de Henry David Thoreau, los mohicanos temibles de James Fenimore Cooper, los paupérrimos comedores de patatas de Vincent van Gogh, las temibles máscaras africanas de Pablo Picasso, los heroicos cowboys de John Huston, los primigenios grizzlies de Yellowstone y, por supuesto, los cervatillos, conejos y ratones parlantes de Walt Disney, el Rousseau de la cultura de masas.
Inoculados desde hace siglos en nuestro ADN cultural –inoculados con habilidad, sin hacer fuerza–, los personajes, temas, espacios y tramas del naturalismo no han perdido un ápice de su influencia en el mundo contemporáneo. Al contrario: la omnipresente «ecología», primero, y la «sostenibilidad» devenida en fetiche, después, han asumido tal protagonismo en los debates filosóficos, políticos y económicos que, más que una ideología, conforman ya una suerte de teología. La teología de una época que, tras derribar a Dios, ha colocado sobre el pedestal vacío otro ídolo: la naturaleza. En el culto a lo natural –que, desde que fuera instaurado por Rousseau, no ha dejado de ir tomando nuevas formas–, el numen verde Gaia se aparece siempre a los ojos de los mortales como una totalidad contradictoria: todopoderosa y, al mismo tiempo, frágil; distinta de lo humano, pero no por ello menos antropomorfa; propiciatoria sin dejar de ser terrible cuando no se la venera con el suficiente celo. La naturaleza ha pasado a ser el inevitable lugar común de cuya existencia les resulta difícil dudar a las personas de buena fe, desde los ecohipsters hasta los banqueros.
Que dudemos de la diosa Naturaleza –sin que nos convirtamos por ello en personas de mala fe– es el propósito último de El jardín de los delirios. Las ilusiones del naturalismo, de Ramón del Castillo, profesor de Filosofía Contemporánea y Estudios Culturales en la UNED, amén de agnóstico en materia de naturalismo. Su contribución al socavamiento de los ídolos de Gaia no se sostiene en una pesquisa cronológica en torno a lo natural, ni en un abordaje estético a la secular influencia de categorías naturales como lo pintoresco y lo sublime. Tampoco se trata de un estudio sistemático y abstracto de la idea de naturaleza. La manera con que Del Castillo aborda el tema tiene mucho de trabajo de campo, y se nutre de geografía, sociología y psicología, así como de arquitectura y urbanismo. En rigor, el interés del autor está menos en los conceptos que en las realidades construidas, y menos en la Naturaleza con mayúscula –esa entidad sublime y salvaje que John Muir consideraba una «buena madre»– que con la naturaleza en segunda derivada de los espacios verdes fabricados y cotidianos, como los jardines y los parques.
¿Por qué deberían interesarnos filosóficamente esas construcciones banales que colonizan nuestras urbes? Según el autor, porque los jardines y los parques son espacios donde «lo natural» funciona como una escenografía de la evasión. La evasión en cuanto huida del mundo a otro mundo presuntamente menos artificial. La evasión en cuanto la ilusión, destinada a frustrarse, de quien aspira a recibir de la naturaleza lo que ésta probablemente no puede darle. Y, finalmente, la evasión en cuanto simple fantasía, el afán de construir una realidad que es a veces descabellada y delirante. A la hora de dar cuenta de los sentidos de la evasión, Del Castillo propone una relato a medias filosófico y a medias psicogeográfico, que está inspirado por las tesis del geógrafo chino Yi-Fu Tuan sobre el escapismo contemporáneo, pero que se ensancha para dar cabida a un sinfín de personajes que entran en diálogo con el autor, unas veces a través de sus libros y otras de manera personal. En este sentido, una de las características más atractivas de El jardín de los delirios es su género indeterminado: entre la colección de artículos científicos, el ensayo y la crónica de andanzas vitales, el libro va introduciendo en escena y sacándolos de ella a los personajes y a sus ideas, para someterlos al escalpelo –muchas veces mojado con ácido– del autor, que de esta manera puede dar rienda suelta a sus afanes antidogmáticos sin incurrir en otra suerte de dogmatismo.
El jardín de los delirios tiene dos partes. La segunda, titulada «Biblioteca delirante», consiste en una hipertrófica bibliografía comentada en la que Del Castillo –que reconoce estar cansado de los relatos «que colocan las ideas en su tiempo, pero no en el espacio»– da cuenta prolijamente de su periplo por multitud de parques y jardines de todo el mundo, y, de una manera no menos prolija, da cuenta asimismo de su trabajo erudito con una abundantísima colección de libros y artículos, clasificados por temas. Es probable que esta parte –que, junto con las notas, suma trescientas veinte páginas– sea imprescindible en una publicación académica, pero su presencia intimidante no deja de sorprender en un libro que, por su tono, funciona como un ensayo, y que acaso aspira a llegar a un público más amplio que el de los especialistas. Comoquiera que sea, lo sustancial de El jardín de los delirios está en su primera parte, «Delirios al aire libre», una colección de dieciséis capítulos breves que pueden leerse de corrido, pese a la mucha densidad de ideas que contienen, para conformar una narración que comienza presentando los muchos y extenuantes debates del ecologismo contemporáneo y termina describiendo proyectos tan descabellados como los jardines extraterrestres.
La manera en que Ramón del Castillo expone los debates del ecologismo contemporáneo se hace sobre su conocimiento exhaustivo de las publicaciones de referencia que se han dedicado al tema en los últimos cuarenta años. Pero se hace también sobre la interlocución directa del autor con algunos de los protagonistas de dichos debates. Por las páginas del libro desfilan, así, desde los ecologistas ingenuos que, cual románticos trasnochados, siguen creyendo que la naturaleza es un todo organizado y puro que posee una especie de alma, hasta los herederos más radicales del jipismo –los defensores de la llamada «ecología profunda»–, para quienes la civilización humana merece desaparecer por depredadora y parasitaria. Entre ambos extremos aparecen figuras más interesantes: los filósofos que han cuestionado el dogma del naturalismo, insistiendo en que el paisaje es una producción cultural; los geógrafos que han explicado la decadencia de las civilizaciones desde un punto de vista del medioambiente; los neurocientíficos que han medido el efecto de la vegetación en la psique; los especialistas que han desarrollado la hortoterapia y cuyas tesis hoy parecen tener cabida en la preparación de los futuros viajes espaciales; los reformadores sociales que han intentado sustituir la ecología natural por la ecología social; o los anarquistas ecotecnológicos que han ensayado con cierto éxito la utopía de la desurbanización y la autosuficiencia. En esta extensa nómina de personajes, Del Castillo concede también cierto protagonismo a dos figuras un tanto equívocas, pero reveladoras: Guy Debord y Slavoj Žižek. A Debord, porque juzga la ecología como una gigantesca operación de despolitización que hace de la naturaleza un problema técnico al mismo tiempo que un mercado susceptible de explotarse con nuevos medios (el «capitalismo verde»). Y a Žižek, porque su idea de estetizar los residuos que produce el ser humano –su idea antiecológica de volver bella la destrucción de la naturaleza y la ciudad– resulta representativa de la hipócrita pero, al cabo, inútil actitud moderna de renuncia a cualquier utopía.
En el apasionante tráfago de réplicas y contrarréplicas que componen el libro, el autor no se posiciona de una manera tajante con ninguna de las ideas y corrientes que glosa con celo, aunque tampoco disimule sus preferencias. Oponiéndose tanto al radicalismo de los naturalistas como al cinismo de los culturalistas, el autor opta por el escepticismo –«creer en la naturaleza es peor que creer en Dios»– y, en todo caso, defiende una suerte de sentido común sostenido en la parte más aprovechable de la «ecología», la ecología social, una disciplina cuyo valor estriba en «conectar unos problemas con otros mejor que ningún otro discurso». Con ello, Del Castillo quiere enfatizar que las políticas ambientales no tienen por qué traducirse, forzosamente, ni en las ideologías de la sostenibilidad ni en las pseudorreligiones del naturalismo al uso, y tampoco en simples tecnocracias, pues, cuando dichas políticas están bien planteadas –desde un enfoque social– logran lo importante: implicar a la población. De modo que se puede ser ecologista sin mitificar la naturaleza, siempre y cuando se piense más en términos sociales y políticos que filosóficos. La conclusión es que las engañosas ideologías del naturalismo se sostienen en un exceso de verborrea narcisista y de teología soterrada que, a la postre, incapacita tanto para la praxis sobre la realidad como para el goce de ella.
Necesaria para la desmitificación de la naturaleza, esta purga inicial de doctrinas deja paso a los capítulos que dan título al libro, que son, además, los que más parece haber disfrutado el autor: los dedicados a los jardines y parques contemporáneos, amén de otras construcciones sostenidas en la evasión y el delirio a través de «lo verde». El examen de estas formas de naturaleza artificial contiene de todo, como, por ejemplo, la contraposición entre los paisajes convencionales que se difunden a través del cine y la televisión, y los paisajes más inclasificables del desarrollismo moderno, en particular los de las ruinas que dejó la burbuja inmobiliaria en España. Y contiene también –entre otras aproximaciones bien interesantes– el análisis de las distintas definiciones de los jardines y parques, presentadas al modo de alternativas: espacios de la intimidad y la humildad o escenografías por antonomasia del civismo; reductos de naturaleza en las urbes o productos completamente humanos; lugares para el ensueño, la libertad y el sexo o parcelas gentrificadas y sometidas a una creciente vigilancia. A la hora de decantarse por una u otra alternativa, el autor lo tiene claro: el interés de los jardines y los parques radica en su condición híbrida de artificio construido con materiales naturales, así como en el hecho de ser espacios para el movimiento y el paseo, es decir, para la excepción dentro de lo cotidiano. Se trata de una tesis que no se presenta de una sola tacada, sino a través de un atractivo recorrido por ideas defendidas por grupos disímiles: los situacionistas y sus derivas, los surrealistas y sus delirios, y también los enajenados que han soñado y construido jardines.
En su relato, Ramón del Castillo muestra esa desconfianza ante las ideas que suelen tener los mejores filósofos. Defensor de una suerte de «materialismo lírico», prefiere las realidades tangibles que se levantan sobre lugares concretos, y, por ello, no resulta extraño que El jardín de los delirios termine hablando de arquitectura, una disciplina que se presenta en el libro como el medio más simple «de articular el espacio y el tiempo, de modular la realidad, de engendrar sueños». Partiendo de esta definición, el autor analiza, primero, los jardines fríos de la deconstrucción posmoderna, desde las topografías de Peter Eisenman, ahogadas en estética y filosofía, hasta los parques hiperartificializados, como el de la Villette, de Bernard Tschumi, que Del Castillo juzga con benevolencia por su geometría ajena al paisajismo ecológico y moralista, tan previsible. Después, el autor cede la voz al admirado autor de Delirious New York, Rem Koolhaas: no sólo porque haya sido capaz de ver con desapasionamiento el poder del caos capitalista a la hora de dar forma a los paisajes genéricos de la globalización, sino también por percatarse de que el futuro de la arquitectura está menos en la decoración de exteriores o la simple construcción que en el diseño total de ambientes completamente artificiales y sostenidos en el uso indiscriminado del aire acondicionado.
En este punto, Del Castillo enlaza las tesis de Koolhaas con una de las corrientes de la arquitectura contemporánea que aparece también como protagonista en el libro, la tecnocrática, cuyas muchas versiones siguen muy vivas: los sueños mecánico-pop de Archigram, el más comedido y también mucho más rentable high-tech medioambiental de Renzo Piano y Norman Foster, y, por supuesto, el nunca demasiado mitificado Richard Buckminster Fuller, el padre de la metáfora de la Tierra como una «nave espacial» que compete dirigir a los ingenieros, cual filósofos-reyes. No es casualidad que, en su deriva por la tecnocracia medioambientalista, el libro concluya, literalmente, con naves espaciales: las que un día partirán desde nuestro planeta para que, una vez concluida la epopeya cósmica de colonización –una vez ampliado el delirio del jardín terrestre–, la Luna quede convertida en una estación de servicio galáctico, y Marte en un resort para ricos vegetarianos.
Utopía de ciencia ficción, la colonia Marte, con sus huertos extendidos bajo inmensas cúpulas, es una imagen delirante y poderosa que, sin embargo, palidece ante otras reales pero no menos delirantes, que se derivan de la transformación que ha experimentado la Tierra por mor del incesante y parasitario trabajo humano. Hoy, en el planeta hay más árboles plantados que silvestres, y más biomasa de humanos y ganado que de todos los demás grandes animales juntos. La actividad agrícola, ganadera e industrial ha reubicado todas las especies en la superficie terrestre, desviado los cursos de los ríos y tallado la morfología de las costas. La necesidad de combustible exigida por la miríada de máquinas que forman el parque móvil e industrial ha hecho aflorar yacimientos orgánicos que habían quedado sepultados en la corteza de la Tierra hacía millones de años, para alterar de manera radical la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera y, con ello, alterar también el clima. Los fertilizantes artificiales, imprescindibles para alimentar a los más de siete mil millones de individuos que suma nuestra especie, han modificado el ciclo del nitrógeno, y la carne necesaria para nuestro sustento supone, por cada vaca criada a lo largo de tres años, la emisión, por flatulencias, de una cantidad de gases de efecto invernadero semejante a la producida por un viaje de noventa mil kilómetros con un vehículo a motor. La población humana, en fin, ha abandonado el que venía siendo su hábitat natural desde hacía miles de años –el campo moldeado por el esfuerzo de cientos de generaciones– para agruparse en megalópolis cuya demanda de recursos materiales y energéticos crece al mismo ritmo en que se vacía dicho campo. Así las cosas, ¿quién se atrevería a afirmar que nuestro planeta no se ha convertido ya en un verdadero escenario de ciencia ficción, en un inmenso, desaforado y delirante jardín?




























 




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