miércoles, 11 de diciembre de 2019

[A VUELAPLUMA] La luz que tú no ves





"Las paradas de autobús a primera hora de la mañana -comenta la escritota Núria Escur en el A vuelapluma de hoy- no tienen desperdicio. En esos laboratorios de emociones a la altura de los psicólogos de cabecera –camareros, taxistas y peluqueros– viene resumida toda la naturaleza humana. A la mía llegaba un chaval con gafas, reloj inglés y cocacolas en la bolsa, síndrome de Down. Lloviera o granizara, mientras esperaba hablaba por móvil con la novia: “Cariño, ¡hace un día precioso! No te quedes en la cama, ¿eh?, prométeme que te levantas ya”.

¿Cómo podía ver un día tan hermoso donde el resto de los mortales –cenizos, claro– sólo veíamos una guerra de ­paraguas y contaminación en los tubos de escape de las motos? Llegaba el bus. El chico, educado, daba los buenos días al conductor mientras el resto del rebaño subíamos somnolientos a regatear nuestros asientos con cara de cordero degollado. Era el único que sonreía.

He pensado en él como he pensado en María, la hija autista del dibujante Gallardo, o en Llullu, el hijo con pará­lisis cerebral de Màrius Serra, o en la tarde en que vi a Olga y a su padre, ­Josep Maria Espinàs, mirando el horizonte juntos, en un balcón de un hotel de verano. Y en tantos otros, menos mediáticos, que no cito pero se reconocerán. Y en el esfuerzo de sus padres, que me admira.

Hoy pensamos en ellos, y me incluyo, porque nos machacarán con el día internacional de las Personas con Discapacidad. Colgaremos un calendario de Talita en la cocina y tomaremos un yogur de La Fageda. Y mañana, a otra cosa. Nosotros sí que somos discapa­citados, tanto que ni siquiera nos ponemos de acuerdo en el nombre de las cosas: discapacidad, incapacidad, disfunción, invalidez... da igual. Visionar Campeones está bien, es necesario, pero no suficiente. Nosotros sí que somos discapacitados porque nos disfrazamos cada día para salir a la calle, maquillados por fuera y por dentro, con la máscara de la convención y un chaleco protector y, aun así, tanto esfuerzo para la hipocresía, jamás llegaremos a la autenticidad que ellos desprenden.

A mi parada hace tiempo que acuden un padre y una hija. Él está envejeciendo, ella ya pasa de los cuarenta, lleva siempre su gorro de lana y balancea su cabeza sin parar. Veo tanto cansancio y tanto amor en este hombre que me dolería ignorarlo después de hoy. Contaba Espinàs que cuando quería que no se le olvidara algo importante sólo se fiaba de Olga, su hija Down, porque ella se pasaba la jornada concentrada en ese único encargo. Y no fallaba. Cuando Andy subía al autobús y era capaz de ver luz en un día de mierda, yo me prometía no quejarme de nada durante el resto de jornada".

A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 






La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



HArendt




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