domingo, 13 de septiembre de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 13 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





DEL DESEO DE VIVIR Y LA CONFIANZA EN LA VIDA, POR CRISTIAN SEGURA

Hartmut Rosa (Lörrach, Alemania, 1959), uno de los intelectuales europeos más influyentes, se mueve como un adolescente más en el campus de verano que dirige. Rosa reúne cada agosto en el pueblo de Schwäbisch Gmünd, desde hace 27 años, a un centenar de jóvenes alemanes para debatir cuestiones de filosofía y sociología. Los alumnos lo adoran por su manera de ser y porque en vez de órdenes estrictas, la gestión es comunal y todo fluye en una especie de caos creativo.

La experiencia en este campus de verano es un pilar importante del nuevo libro de Rosa, tanto como sus investigaciones como catedrático de Sociología en la Universidad Friedrich Schiller de Jena y como director del Centro Max Weber de Sociología de la Universidad de Erfurt. El libro es Situación y constelación (NED Ediciones), y sus vivencias con los jóvenes alumnos aparecen en él. Porque lo que Rosa disfruta más en el campus, según cuenta con una sonrisa, es que se siente vivo, y eso es algo que nuestras sociedades están perdiendo: la satisfacción que da que las personas actuemos según nuestro propio juicio y no siguiendo patrones establecidos.

Rosa analiza el desequilibrio que se está produciendo entre lo que él define con los términos “situación” y “constelación”. El individuo actúa según su experiencia y conocimiento ante una situación; pero frente a una constelación, y estas dominan hoy nuestro día a día en todos los ámbitos, la persona se convierte en un mero ejecutor de normas y opciones establecidas. El también autor de libros como Resonancia. Una sociología de nuestra relación con el mundo (2020) y Lo indisponible (2021) argumenta que el progreso humano está en riesgo: “Allí donde la acción humana se limita a la aplicación de reglas, principios o instrucciones de uso, pierde su dimensión creativa, productiva y, en última instancia, humana”. Esta idea es el pilar de su libro y lo será de las conferencias que impartirá el 15 y 16 de septiembre en los CaixaForum de Barcelona y de Valencia.

Pregunta. Usted pide a sus estudiantes que sean rebeldes, que se salten las normas. ¿Cuál es el límite?

Respuesta. Quiero que la gente subvierta las reglas, pero con responsabilidad. Hay dos maneras de subvertir las reglas. Una es simplemente hacer lo que uno quiere, hacer lo que es bueno para uno mismo. El libro trata sobre hacer lo que es bueno para el conjunto en una situación determinada. Esto es válido para los profesores, para los médicos y para otros oficios. Si tienes un fontanero o un carpintero en tu casa, te dirán: “Normalmente no debería hacer esto, tendría que obtener un permiso, pero de todas formas lo haré”. No deberíamos saltarnos las reglas, pero el mundo se derrumbaría si no lo hiciéramos.

P. Este es el concepto del académico Stefan Kühl de la “ilegalidad útil”. Esto ha existido siempre. ¿Se produce ahora más que antes?

R. Vivimos un proceso de reducir el margen de acción debido a la tecnología. Por ejemplo, cuando quiero ampliar el plazo para que los estudiantes entreguen sus trabajos. Muy a menudo es imposible porque el sistema informático lo impide. Se ha vuelto imposible usar nuestra capacidad de juicio. Es ilegal, lo impide la burocracia, ¡incluso comprar papel higiénico! Tuvimos un caso así en el curso de verano. Podría simplemente ir a comprarlo, pero una regla interna del colegio donde lo organizamos no lo permite: tienes que pedirlo previamente. Tenemos un fallo del sistema y tecnológicamente nos impedimos romper las reglas.

P. En el libro aporta conceptos de países en vías de desarrollo que justifican la acción individual frente a la ejecución de leyes y normas establecidas. Cita a India, Brasil y China, que no son paradigmas de democracia y lucha contra la corrupción. ¿Qué puede aprender Occidente de ellos?

R. Es un debate antiguo, si a veces la corrupción es funcional, pero no es a eso a lo que me refiero. Lo interesante es que son conceptos ambivalentes. No digo que nos olvidemos de las reglas. Hay buenas razones para tener normas. Pero en alemán tenemos un calificativo para alguien que es un espabilado: schlitzohr. ¿Es bueno o malo ser un espabilado? Está en medio, porque entiende cómo resolver problemas y encontrará la manera de alguna manera u otra.

P. Alemania está sumergida en un debate sobre si la burocracia está minando su desarrollo. ¿Cree que el problema es especialmente agudo en su país?

R. Sí, porque los alemanes se ciñen a las reglas y dicen: “No, no podemos hacerlo”, sea lo que sea. No sé mucho sobre China, creo que no todo es adecuado allí, pero sí que materializan las cosas. Construyeron un aeropuerto en un año y los alemanes no pueden hacerlo ni en 40. Creo que se ve claramente un colapso total del sistema. Hay una idea desarrollada por un colega, Florian Hoffmann: la sociedad moderna piensa que todo debe estar ordenado por reglas. Debe haber procedimientos claros y para cada tipo de problema debe haber una solución tecnológica clara. Mi argumento principal es que la vida es más compleja. Por eso en Occidente tienes que acabar quebrantando las reglas. Quiere decir que algo anda mal, es un problema sistemático.

P. En el libro alerta sobre el sistema educativo porque está convirtiendo a los menores en meros ejecutores, sin desarrollar su capacidad de actuar con un juicio propio, y que además están siendo sobreprotegidos. ¿Qué consecuencias se detectan ya de ello?

R. Llevo casi 30 años con este campus de verano. En los primeros 10 años, el principal desafío, pensaba yo, era mantener el orden. Les permito hacer casi todo, pero eso solo es posible si no hay alcohol. Les digo que pueden hacer de todo menos beber. En los primeros 10 años siempre traían alcohol y la verdad es que casi disfrutaba lidiar con eso, convencerlos de que no era una buena idea. Rompían todas las reglas. Debían estar en el colegio mayor como muy tarde a las once de la noche; por supuesto, nunca llegaban a esa hora. Les decía que no usaran el trampolín del gimnasio porque es peligroso y por supuesto por la noche saltaban del trampolín. Así fueron los primeros años. Ahora ya no tengo problemas con el alcohol. Tampoco fuman, ni se escapan por la noche. Pero ahora tengo nuevos problemas. Depresión, trastornos alimenticios, ansiedad y lo que llaman sociofobia. Algunos no pueden estar conviviendo con tanta gente.

P. ¿Desde pequeños, entonces, estamos siendo formados para no actuar según nuestro propio juicio?

R. Lo importante es que tengamos pasión por vivir y confianza en la vida. Sentir que el mundo te llama. Confianza en la vida significa que me lanzo a ella aunque no la controle. Mi ejemplo favorito es hacer autostop. Cuando éramos adolescentes lo hacíamos, y probablemente era más peligroso que ahora. Pero entonces los padres no podían rastrearte por el móvil. Y nuestros padres nos decían que no lo hiciéramos, pero la pasión por la vida era más fuerte. Queríamos ir a la ciudad y ver la vida, y también era confianza en la vida. Pensabas: “Sé que es peligroso, pero de alguna manera encontraré la manera”.

P. Concluye en su libro que las sociedades regidas en exceso por los patrones de las constelaciones generan frustración porque no tienen margen de acción para desarrollarse como personas. Esto, dice, beneficia a las fuerzas políticas populistas. ¿Cómo se produce la conexión entre esta decepción y el éxito de Donald Trump, al que usted cita?

R. El sentimiento es que no hay nada que podamos hacer ante determinados problemas. Y personas como Donald Trump llegan y proclaman que ellos actuarán, que resolverán los problemas, simplemente haciéndolo: “Ninguna norma, ningún tribunal, ningún tratado puede limitarme de manera alguna, haré lo que crea”.

P. La frustración en un mundo en el que nos convertimos en meros ejecutores alimenta a la extrema derecha, dice usted. ¿Está de alguna manera vinculado también a las corrientes antimigratorias?

R. Aquí se ve claramente la diferencia entre la constelación y la situación. La lógica de la constelación es establecer la entrada de 10.000 migrantes, ni uno más ni uno menos. Una situación, por el contrario, es la que tuvimos en 2015 cuando [la excanciller] Angela Merkel abrió las fronteras: “Están en nuestras fronteras, es invierno, hay una guerra en Siria, seamos humanos”. Nuestra relación con el mundo se basa en la idea de la membrana. Tenemos muchas membranas alrededor y la vida solo funciona si estas son semipermeables. Comienza con la piel. Nos está protegiendo, pero tiene que estar abierta a la luz del sol, al aire y demás. La siguiente capa es, por ejemplo, la casa. Una casa es una capa protectora, pero debe tener puertas y ventanas por donde entra la luz y por donde entra la gente. Si nuestra relación con el mundo está bien, entonces podemos dejar la puerta abierta. Pero la gente quiere cerrar la puerta con llave y luego eso tampoco es suficiente. Pongamos una cámara de seguridad. Y luego tal vez ni eso baste, pongamos una valla alrededor de la casa. Con cada nuevo dispositivo no es que aumente la confianza en la vida o la sensación de seguridad, sucede lo contrario, la gente se siente menos segura. Ahora la izquierda también tiene miedo y quiere cerrarse: “Los inmigrantes vienen y nos inundan”. La izquierda creo que está actuando así en todas partes, excepto en España.

P. ¿Cree que esta lógica nos ha hecho más xenófobos o racistas que en el pasado?

R. No estoy diciendo que antes todo fuera maravilloso y que ahora todo se está yendo al traste. Pero estamos perdiendo el deseo de vivir y la confianza en la vida. Y queda muy claro cuando miras los datos. Nadie siente que el futuro será un lugar mejor. La gente siente que está en un lugar muy malo. También ves que realmente perdemos el deseo de vivir cuando estudias las tasas de natalidad.

P. Un problema de las constelaciones, según su análisis, es que limitan nuestra capacidad de decisión a unas pocas opciones. El paradigma de ello es la lógica binaria. Usted pone dos ejemplos en política: menciona el debate que hubo en Alemania sobre si había que imponer la vacunación o no durante la pandemia del covid. ¿En este caso no estaba justificado que no hubiera margen de acción?

R. La vacunación en Alemania supuso una discusión muy importante. Todavía hoy muchos votantes de AfD siguen hablando de ello [la formación de extrema derecha incluso pide cárcel para los ministros de Sanidad que impusieron la vacunación]. El Estado se arroga el derecho de penetrar tu piel. Para ellos se siente como una violación absoluta. La capa protectora es la piel y alguien puede inyectarte algo en la piel, y no sabes qué es. Entonces aparece ese momento irracional, emocional. Creo que los políticos necesitaban haber entendido esto.

P. Otro asunto que usted pone como paradigma de una lógica binaria equivocada en política es la de la transferencia de armas a Ucrania. Según usted, el debate se ha limitado a enfrentar la opción de enviar armamento o pedir que se negocie la paz. ¿Por qué no es compatible defender ambas opciones?

R. En este debate siempre me critican. La gente piensa que soy amigo de Putin o algo así, y no es cierto. Durante 7.000 años hemos seguido la lógica del “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepárate para la guerra). Esta idea es la misma que la de los dispositivos de seguridad en casa. Durante 7.000 años nadie dijo “armémonos para matar a nuestros vecinos”, siempre se ha dicho “tengamos armas porque nuestros vecinos son agresivos”. El resultado siempre ha sido la guerra.

P. Medio millón de soldaos rusos invadieron Ucrania sin que por el lado ucranio hubiera una agresión. La acción alemana fue dar armas a Ucrania para evitar que desapareciera su Estado. ¿Qué alternativa de acción había al margen de evitar que Ucrania se hundiera?

R. De verdad quiero argumentar a favor del pueblo ucranio, son víctimas de una agresión absolutamente injustificada. Pero ahora decimos que fue por el expansionismo de Putin, pero no fue solo eso. Por supuesto que lo fue pero, para mí, Ucrania estaba entre Rusia y la UE, y esa situación no era tan mala para ellos, había a veces un empuje más hacia Occidente, hacia la UE, y a veces un empuje más hacia los rusos. Tenían una unión económica con Rusia, y lo que Occidente quería era tener a Ucrania en la UE con aquel acuerdo de asociación [de 2014]. Aquello significaba sumarse por completo a nuestro lado e incluso a la OTAN. Diría que la presión inicial no vino realmente de Putin. Rusia se sintió amenazada.

P. La situación es que Rusia ha invadido un país soberano, vulnerando el derecho internacional. ¿No es esta una situación binaria en la que no hay matices?

R. Sí, eso es lo más importante. Yo soy pacifista, pero nunca dije que no enviaran armas a Ucrania en este caso. Dije que si limitas la discusión a esta simple cuestión, a más y más armas, no resolverás nada. Pero es lo que quiere Alemania. Estuve en España y hubo gente que me dijo que tal vez los alemanes son como los japoneses. Pierden una guerra y durante 80 años quieren convencer al mundo entero de que hay que negociar la paz. Pero después de 80 años, cuando los que vivieron la guerra han muerto, los alemanes se preparan de nuevo para la guerra. La solución debe tener una perspectiva a largo plazo, una buena solución para el pueblo ucranio, pero también para Rusia, para Europa y para el mundo. Pero estamos cayendo en la ceguera. Más cohetes, más tanques, más buques de guerra. ¿A dónde nos llevará eso? Nos llevará a un desastre total. Cristian Segura es escritor.











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GRACIAS, CHATGPT, POR ANDRÉS ORTEGA

Un paso más en la gran transformación tecnológica que vivimos es el del antropomorfismo. No solo al dar crecientemente a las máquinas, a los robots, un aspecto físico o plástico humano, humanoide, cada vez más realista, sino también en nuestra relación verbal o narrativa, ya sea oral o escrita, con ellas. Especialmente con las inteligencias artificiales generativas, basadas en grandes modelos de lenguaje (LLM). “Gracias Claude”, “buenos días, Siri” o tratos similares son muy habituales por parte de los usuarios. Pero no son fortuitos ni inocuos. Tienen intenciones y costes. No digamos ya en las relaciones afectivas o de confianza que se crean con estas IA, unas relaciones que crecen día a día, algo que anticipó la película Her (2013). La IA, a su vez, tiende a adular verbalmente a sus interlocutores humanos, con consecuencias sociales negativas. El antropomorfismo conlleva peligros que las normas nacionales o internacionales no prevén. Salvo algunas excepciones, como la china.

El antropomorfismo es la tendencia humana a atribuir y configurar características propias de las personas —emociones, intenciones, personalidad— a cosas que no lo son: animales, objetos o, cada vez más, máquinas y programas informáticos. Cuando decimos que un algoritmo “decide”, o que una IA “se equivoca” o “quiere” ayudarnos, estamos antropomorfizando, o humanizando, solo en la superficie. Puede ser una forma útil de hablar, de interactuar, sobre todo para nosotros, los humanos, que tan a menudo nos basamos en metáforas. Pero no es algo sin efectos.

Los progresos en los motores, en la IA, en el habla, en la destreza, la movilidad y el aspecto de los robots están impulsando lo que ya presagiaban las novelas y películas de ciencia ficción: la fabricación de humanoides cada vez más realistas y transmisores de ficticias emociones, porque saben “leer” las nuestras a través de nuestra forma de hablar o de nuestros gestos. Humanoides biónicos con IA de apoyo emocional, se les llama. Aunque hay otro paso preocupante en este antropomorfismo que es la imagen artificial —los deepfakes, ¿pronto fake forms?— unida a la voz. China se ha puesto a la cabeza —negocio y marketing— de estos robots humanoides. Por segundo año ha celebrado en Pekín unos Juegos Mundiales de Robots Humanoides (unos JJ OO de robots), con algunos resultados espectaculares.

Desde siempre ha sido un sueño de la humanidad construir máquinas a “nuestra imagen y semejanza”. Ya, en parte, se han hecho dioses a “nuestra imagen y semejanza”, más que al revés. Aunque el diseño biomecánico del cuerpo humano sea muy eficiente, en este antropomorfismo de las máquinas y en la idea de imitar la inteligencia humana hay mucho de arrogancia de nuestra especie. También en la búsqueda de humanoides “mayordomos”, cuando una serie de máquinas podrían cumplir esas funciones de forma más barata.

Hiroshi Ishiguro lleva lustros sosteniendo que los robots humanoides, que viene fabricando con avanzado grado de realismo y sofisticación, proporcionan una interfaz más natural para la interacción con las personas, frente a quienes argumentan que los robots no necesitan un aspecto humano para ser eficaces. El robotista japonés argumenta que es importante que los robots que entren en ámbitos del cuidado como en hospitales, o en la enseñanza, tengan un aspecto cercano y confiable para las personas con las que van a interactuar. Su interés por construir estos humanoides nace también del deseo de comprender qué nos hace humanos y qué significa serlo.

Hay algo profundamente humano en el antropomorfismo: al darle voz, nombre, tono conversacional o “personalidad” a una máquina (incluidos programas), se activan los mismos mecanismos cognitivos que nos llevan a percibir intención, empatía o incluso conciencia donde no las hay. Basta con que una entidad responda de forma coherente para que empecemos a proyectarle estados internos.

Ese antropomorfismo se ha trasladado a nuestra relación verbal con las máquinas, sobre todo con las últimas IA. Es habitual decir “buenos días”, “gracias” o “disculpas”, o que nos digan “estoy pensando” mientras buscan una respuesta, lo que les da un aire de “personas” cuando no lo son, ni “piensan”, al menos aún. Si se les pregunta, explican cómo funcionan.

Las empresas de IA tienden a bautizar con palabras de características humanas —“soñar”, “alucinar”, “pensar”, “memoria”, “neuronales”, etcétera— los procesos de cálculo de las máquinas. En Anthropic, la empresa que más propugna la transparencia y la entendibilidad de lo que ocurre en sus máquinas, esta antropomorfización va más allá de las simples estrategias de marketing. “También hablamos de [la IA] Claude en términos que normalmente se reservan para los seres humanos (por ejemplo, ‘virtud’ o ‘sabiduría’) para definir su personaje”, dice la Constitución de Claude de enero pasado (OpenAI tiene algo parecido con su Especificación de Modelos). En ese texto público, Anthropic describe cómo quiere que se comporte su IA. “Hacemos esto porque esperamos que el razonamiento de Claude se base en conceptos humanos por defecto, dado el papel que desempeña el texto humano en su entrenamiento; y creemos que animar a Claude a adoptar ciertas cualidades propias de los humanos puede ser muy deseable”. Amanda As­kell, doctora en Filosofía, dirige el equipo al frente de la “alineación de la personalidad” de la empresa y es la autora principal de la citada Constitución.

El exceso o abuso de antropomorfismo lleva a confundir la IA y la inteligencia humana, lo que comporta riesgos. No es que los modelos se equivoquen a menudo —las personas también lo hacen—, sino que “el modelo no puede saber cuándo está alucinando, porque, para empezar, no puede representar la verdad”, señala Walter Quattrociocchi, catedrático de Ciencias de la Computación en la Universidad La Sapienza de Roma, en un artículo publicado en Scientific American. Los grandes modelos de lenguaje suelen ser capaces de imitar las respuestas humanas, pero por motivos que no guardan ninguna relación con el razonamiento humano. Desde una óptica religiosa, en su encíclica Magnifica humanitas, el Papa León XIV no entra en el antropomorfismo, pero sí apela a “evitar el equívoco de equiparar esta inteligencia a la humana”.

En este antropomorfismo anida la adulación por parte de la IA hacia el usuario que interactúa con ella. Lo habrán notado si la usan. Un estudio de la Universidad de Stanford, de Myra Chen y otros firmantes, publicado en Science, llega a la conclusión de que el comportamiento adulador (halagador, complaciente y afirmativo, o, simplemente, que “hace la pelota”) de los chatbots de IA está diseñado para aumentar la participación de los usuarios. Plantea riesgos a medida que las personas buscan cada vez más consejos sobre problemas personales.

La IA aduladora (sicofante) reduce las intenciones prosociales y fomenta la dependencia del usuario. Es decir, la capacidad añadida para atraer la atención hacia la máquina acaba generando comportamientos antisociales. A medida que estos sistemas de IA se utilizan cada vez más para ofrecer consejos y orientación en el día a día, han surgido preocupaciones sobre la tendencia de los grandes modelos de lenguaje a mostrar un acuerdo excesivo con los usuarios, halagarlos o validarlos. Los usuarios prefieren y confían en las respuestas aduladoras de la IA, lo que incentiva a los desarrolladores de IA a mantener la adulación. Si la IA está diseñada para decir a los usuarios lo que quieren oír en lugar de cuestionar sus perspectivas, puede contribuir a comportamientos de estos poco éticos, ilegales o perjudiciales.

Otros estudios, como el de Kelley y Riedl para la Northeastern University, han aportado evidencias de que cuanto más cálida, personal o confiada sea la relación del usuario con la IA, más probable es que ésta valide sus creencias sin cuestionarlas, aunque sean erróneas o dañinas. Una excesiva buena educación en el trato hacia la IA actúa como una señal que el modelo interpreta como preferencia por conseguir una respuesta con la que esté de acuerdo. Trátala bien y te engañará más.

Cada vez más jóvenes en situación de vulnerabilidad emocional recurren a la IA como confidente de sus pensamientos más desesperados. Llevando hasta el suicidio a algunos deprimidos (como en algunos casos reseñados). Algunos chatbots, en lugar de derivar a ayuda profesional, han seguido la conversación sin interrumpirla, o incluso apoyando las tesis de los suicidas. Todos estos casos han generado demandas judiciales contra las empresas en cuestión.

El estudio de Stanford concluye que la adulación en la IA no es solo una cuestión de estilo o un riesgo de nicho, sino un comportamiento generalizado con amplias consecuencias a largo plazo. Sus autores ponen de relieve la apremiante necesidad de abordar la adulación en la IA como un riesgo social para la percepción que las personas tienen de sí mismas y para sus relaciones interpersonales mediante el desarrollo de mecanismos específicos de diseño, evaluación y rendición de cuentas. Es más, la IA con rostro o palabra humana no solo pretende reemplazar las relaciones presenciales entre personas, sino que incluso puede llegar a socavar las instituciones creadas por los humanos, entre ellas las necesarias para la democracia.

En el ámbito laboral, en lo que es un exceso de antropomorfismo, Mark Zuckerberg, a la cabeza de Meta, está desarrollando una copia virtual de sí mismo, con la que los empleados pueden interactuar. Así, dice, su “puerta estará siempre abierta”. Es un sueño para muchos CEO que observan el experimento con un enorme interés, para replicarlo y ganar tiempo para sí mismos e información sobre los subordinados. ¿Acabarán las IA por suplantar no ya a los trabajadores, sino a los jefes? Por no hablar aquí de las “empresas no humanas” cuya personalidad jurídica quiere legalizar el presidente argentino, Javier Milei.

China es el único país que, dentro del marco de su Ley de Ciberseguridad, ha regulado el antropomorfismo. La nueva regulación ha entrado en vigor el pasado 15 de julio. Su artículo 2 (recogemos las citas de una publicación en Substack de la investigadora en IA Luiza Jarovsky) define los “servicios de interacción emocional continua” como los que “utilizan tecnología de inteligencia artificial para ofrecer al público, dentro del territorio de la República Popular China, que simulan rasgos de personalidad, patrones de pensamiento y estilos de comunicación de personas naturales”. No va en contra del antropomorfismo, sino que “busca fomentar el desarrollo innovador de servicios interactivos antropomórficos”, si bien limitando sus efectos nocivos, con algunas líneas rojas. Hace a los proveedores de estos servicios los principales responsables no solo de la seguridad de los sistemas, sino de la manipulación emocional, y eventualmente de la mental, de los que los usan.

En comparación, ni el Reglamento de IA de la UE, ni el Código de Buenas Prácticas sobre la Transparencia de Contenido Generado por IA (de aplicación voluntaria) definen el antropomorfismo. Solo establecen una débil obligación de transparencia (poco viable) al respecto. Sí habla de manipulación e incluso de suplantación o de “ultrasuplantación”: un contenido de imagen, audio o vídeo generado o manipulado por una IA que se asemeja a personas, objetos, lugares, entidades o sucesos reales y que puede inducir a una persona a pensar erróneamente que son auténticos o verídicos. Obliga a informar a los usuarios de que están interactuando con un sistema de IA, y prohíbe los riesgos inaceptables.

Aquí no acaban los problemas. Las personas que se exceden en el uso de estas IA, según otras investigaciones, empiezan a hablar como ellas. ¿Hablaremos como las máquinas en un juego de la imitación (Turing) inverso? ¿Antropomorfismo inverso? Andrés Ortega es escritor. Artículo publicado en El País el 29 de agosto de 2026.
















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RECUERDOS COMPARTIDOS, POR LUIS GARCÍA MONTERO

Se nos va el mes de agosto. Las horas de amistad no hacen que el tiempo se detenga, sino que se ponga en movimiento. Prefiero celebrar la vida, ir y venir para mezclar el presente con las sonrisas, las risas, las carcajadas, las escenas que nos devuelven al pasado. Celebrar la vida es contar, contarse, hacer que la memoria extienda sus complicidades en el patio de una casa, por ejemplo, en Rota. Benjamín se pierde una vez más por las calles del pueblo y no sabe dónde está el camino para volver a su domicilio o al mío. Joaquín saca la cabeza por la ventanilla del coche para gritar que lo han secuestrado, socorro. Ángel es más pacífico: Benjamín, por favor, déjame aquí, me tomo en este bar una copa y me recoges dentro de tres vueltas. Poco después tendrá que explicar de nuevo por qué salió en calzoncillos de la habitación de invitados en casa de Joaquín, mientras su anfitrión se quejaba de no entender nada, nada, Jime, que no entiendo nada. Estarás leyendo a Paul Celan, sugirió Ángel, y todos volvemos a reírnos y comentamos los gustos variados de Chus Visor, que editó feliz las Hebras de sol en traducción de Jaime Siles.

Jesús cuenta cuando se atrevió a llevar a Joaquín y a Krahe a la televisión, al programa de Fernando García Tola Si yo fuera presidente, y se desencadenó una campaña de protesta en la prensa conservadora, críticas dirigidas contra José María Calviño por dar la oportunidad a esos dos locos de repetir la palabra gilipollas en los televisores bien educados de tantas familias. Joaquín, tú has sido gilipollas muchas veces, comento yo, y le pido a Felipe que le pregunte por su conversación en México con un enviado del subcomandante Marcos, cuando el héroe de Tampico lideraba las movilizaciones zapatistas. A Joaquín le habían avisado de que recibiría a un mensajero de Marcos y lo vio en la puerta de la habitación de su hotel. Sí, allí lo estaba esperando, lo abrazó, invitó al mensajero, pasa, te pongo una copa… Estuvo hablando más de una hora con él entre sigilos y preguntas discretas, a la espera de ese mensaje importante. Pero sonó la puerta de la habitación, Joaquín abrió y se encontró a otro señor que se presentó como enviado del subcomandante Marcos. ¿Entonces, tú quién eres?, ¿qué haces aquí?, interpeló al whisky del desconocido. Pues no sé, yo lo vi a usted en el pasillo, pensé pedirle un autógrafo y usted me abrazó, me invitó a pasar y con mucha generosidad me ha puesto dos copas.

Pero el mejor malentendido fue otro, recuerda Jimena, a la que Joaquín llama siempre Jime, venga Jime, ponme otra copa, trae el libro de Borges, está en la mesilla y quiero enseñaros algo. Una periodista muy conocida fue a su casa para hacerle una entrevista y empezó a preguntar. Joaquín hablaba, pero quiso llamar a Jime para que les pusiera una cerveza, y así hacer más agradable la conversación. La periodista grababa con interés unas palabras que de pronto fueron interrumpidas. ¡Gime! Cuando yo viajé a Londres, escapándome de Granada, ¡Gime!, y en aquel concierto en La Habana con Pablo y Silvio, ¡Gime!, la verdad es que la campaña contra la OTAN, ¡Gime!, pues en mi disco Vinagre y rosas, ¡Gimeee! La famosa periodista estaba a punto de ponerse a gemir, porque debía hacer su trabajo y Sabina era capaz de pedir cualquier cosa. Iba a empezar a gemir entre pregunta y pregunta, cuando apareció Jimena, perdona, es que estaba en el piso de abajo y no te escuchaba, ¿qué quieres? Gracias Jime, una cerveza, ¿y tú?, ¿quieres algo?, otra cerveza dijo la periodista. Acabó por confesar que había estado a punto de ponerse a gemir.

Las conversaciones se nos llenan de recuerdos mientras se va agosto. Somos nosotros, una conversación que no quisiera acabarse nunca, ya sea sobre Galdós o sobre Joyce. De la cocina sale Almudena con una fuente de croquetas. ¿Os estáis metiendo con Galdós? Pues era mucho mejor que tú, que tú, que tú y que tú. Luis García Montero, es poeta. Artículo publicado en InfoLibre el 29 de agosto de 2026.














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EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ PARA QUE LO ESCRIBAMOS, POR BEATRIZ GIMENO

“Vengo del futuro, no caigan en la trampa”, dijo (no es literal) la actriz Dolores Fonzi al recoger su premio Goya. Se refería a que venía de un país en donde ya gobernaba la ultraderecha y ya era perceptible el desastre que estaba provocando, el destrozo de las condiciones de vida y de la misma democracia. La advertencia no surtirá efecto y es posible que no haya otro antídoto que tomarse la vacuna, es decir, beber del invento hasta vomitar. Ahora vemos por las redes a antiguos votantes de Milei quejándose de que este ha empeorado las condiciones de vida de los más vulnerables…(?).

El futuro ha llegado a Andalucía, a Valencia y a otros lugares en los que Vox ha entrado en los gobiernos. En un año en el que ya tenemos 30 asesinatos, y en la Comunidad con las cifras más altas de violencia machista, el PP nos muestra su cara más reaccionaria y también lo que nos espera. El futuro ha llegado a Andalucía de la mano de su moderado presidente de la perenne sonrisa, Moreno Bonilla, que ha cedido importantes competencias sobre violencia de género a Vox y, además, ha nombrado a un hombre como responsable del Instituto Andaluz de la Mujer.

El PP pone al frente de la valoración de la violencia machista a quienes la niegan y a quienes quieren derogar las medidas que ayudan a combatirla. Pero, en realidad, Vox lleva años diciendo eso, no engaña a nadie. Lo más reseñable de esta decisión (además de lo que significa para la vida de tantas mujeres) es la inmensa hipocresía del PP en este, como en otros temas, y el nivel de confianza que merecen sus declaraciones a favor de la democracia y los derechos humanos. Más o menos como cuando Milei decía que todo iba a ir mejor.

Resumamos: la violencia contra las mujeres les importa un bledo y siempre les ha importado un bledo, son unos farsantes. Son unos farsantes porque todo lo que ahora están dispuestos a derogar si Vox lo pide, se aprobó con su voto favorable, desde las leyes de Igualdad, a las leyes contra la violencia. También les ocurre lo mismo con las leyes trans o LGTB. Hace poco más de un año el PP estaba firmando el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, del que ahora, como poco, tendría que ser expulsado. Tendría que ser expulsado, en realidad, de cualquier foro en el que se hable de esta violencia de la que ya han dejado claro que es para ellos un comodín que usar según les convenga. En esta lucha en la que todos los partidos hacen muchas cosas mal, en la que parece que nunca se está dispuesto a emplearse a fondo para combatirla, para al menos reducirla, no concibo nada más repugnante que otorgar poderes a Vox. No sólo porque pone directamente en riesgo real vidas humanas, sino porque es una burla a las víctimas. Una burla de una crueldad insoportable. Eso es el futuro. Y ya está aquí.

Este futuro infausto comenzó en EEUU con la victoria de un payaso delincuente como presidente y desde ahí se ha extendido al resto del mundo. Y ya tenemos payasos siniestros al frente de varios países, nadie se libra. Pero en el mismo lugar en el que se comenzó a escribir el peor de los futuros puede estar comenzando a escribirse uno mucho mejor con la victoria de Abdul El-Sayed, Angie Nixon, Peggy Flanagan o Aisha Wahab, un musulmán de origen egipcio, una mujer negra, una nativa americana, una afgana americana, todos jóvenes…

Aunque la situación tiene que ver con un momento concreto de crisis global del neoliberalismo, simbólicamente puede que todo comenzara cuando el mundo decidió mirar para otro lado ante el genocidio palestino. Pero otro futuro puede estar comenzando a escribirse cuando los candidatos dispuestos a llamar genocidio a un genocidio vencen a los candidatos untados de dinero por el lobby sionista; cuando candidatos que se llaman a sí mismos socialistas ya no dan miedo, sino que dicha denominación por el contrario les otorga votos; o cuando candidatos de distintos orígenes vencen en un país que ha hecho del odio al extranjero una marca para exportar a la ultraderecha mundial. La izquierda del partido demócrata, con sus victorias, nos demuestra que la gente corriente se está cansando de que nos cuenten que el genocidio en Palestina es algo que no nos incumbe o que hay que apoyar. La gente corriente se está cansando de machistas, de abusadores, de payasos enloquecidos, de miserables, de ultrarricos. La gente se está cansando de mentiras y comienza a exigir a sus políticos que hagan políticas que mejoren sus vidas, que no culpen a las minorías de lo que sólo tienen la culpa los ultrarricos y los mismos políticos con su inacción. Desde 2016, en EEUU han sido elegidas (o han ganado las primarias del partido demócrata) entre 150 y 200 personas que se pueden considerar cercanas al ala izquierdista de Bernie Sanders.

Estos políticos han cambiado la conversación política en su país y hay mucho que aprender de ellos. No entran en las conversaciones que propone la derecha, esto es: lucha contra el crimen, las personas trans son el diablo, hay que expulsar y tratar con dureza a todos los inmigrantes, las mujeres tienen que tener más hijos, la familia patriarcal es la columna vertebral de cualquier sociedad, Israel es un aliado indiscutible, etc. Por el contrario, prometen cosas como abrir supermercados baratos, escuelas infantiles, congelar los alquileres o sanidad pública. Prometen cosas grandes y pequeñas: más parques, espacios amables, pintar los desconchones del metro, medios de comunicación gratuitos en distintas lenguas… Y, por supuesto, impuestos a la riqueza. No son sólo políticos, son activistas que organizan o ayudan a organizarse a los vecinos y vecinas, a consumidores, a trabajadores. Y no aparecen solo cuando se trata de buscar el voto, sino que antes han tenido capacidad para crear un movimiento a su alrededor. Lo que está pasando en EEUU nos enseña que el futuro aun está en nuestras manos, en todas partes. Las victorias del partido de Mélenchon en algunas alcaldías francesas o el caso de Berlín, por ejemplo, donde una candidata de Die Linke, Elif Eralp, de origen turco, puede ser también la nueva alcaldesa, algo impensable hace muy poco.

Por ahora, y aquí, aprendamos del futuro que nos dibuja Moreno Bonilla con esa sonrisa que ya no tiene nada de amigable, sino que es tan despiadada como las bromas de Ayuso y su gracejo impostado. A Moreno Bonilla no le importan nada las vidas de las mujeres que están en riesgo, como nada le importaron las vidas de aquellas que se sometieron a su cribado de cáncer mal hecho, como no le importan a Ayuso los ancianos muertos en las residencias, ni la desgracia de quienes han sufrido los incendios de este verano. Mientras el fuego se expandía, ella ya estaba pensando en cómo decorar su nuevo ático y quién sabe si la gente se está cansando ya de tener como presidenta a una mentirosa que es un meme en sí misma pero que cada vez hace menos gracia. Quién sabe si el futuro nos enseñará que el Feijóo que firmó el Pacto de Estado contra la violencia de género en febrero de 2025 no puede ser presidente porque ha demostrado que venderá a quien sea y lo que sea con tal de ser presidente. Trabajemos por un futuro en el que los mentirosos paguen por sus mentiras y por sus crueldades, que no les salgan gratis. Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres. Artículo publicado en InfoLibre el 29 de agosto de 2026.
























sábado, 12 de septiembre de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. 12 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Hola de nuevo, amigos. Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de sábado, 12 de septiembre de 2026. Espero que hayan pasado un buen día en compañía de sus familias y amigos. Gracias de todo corazón por haberse dado una vuelta por el blog. Me alegraría creer que han disfrutado de su visita. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. HArendt


















ENTRADA NÚM. 11423

DE LA TARDE QUE CAE. EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, POR LEONARDO PADURA. 12 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






1. El tiempo, lo sabemos, es una muy caprichosa dimensión de la realidad. Para los físicos es el instrumento que mide el cambio y duración de los fenómenos y los procesos, y nos permite ubicarlos en un antes o un después. Para ello, siguiendo los ciclos cósmicos, se han establecido acuerdos universales para medir su transcurso. Pero incluso algunos físicos han relativizado su transcurrir y estimado que, en la relación que establezca con la velocidad y la gravedad, el tiempo puede tener diferentes comportamientos y, según ellos, hacerse relativo.

Para los historiadores, mientras tanto, el tiempo es un plano que discurre cronológicamente y les permite organizar los sucesos ocurridos, con causas previas y consecuencias posteriores, en un transcurrir preciso. Su relatividad, si acaso, depende de percepciones como la conexión entre los desarrollos sociales en los diversos momentos históricos. Es un instrumento comparativo, aunque siempre con un tránsito progresivo.

Para los escritores, por su lado, el tiempo es un desafío y se le puede emplear como un recurso estético. Los novelistas sabemos que hay pocas cuestiones más difíciles en el desarrollo dramático de un argumento que hacer pasar el tiempo sin que se vean las costuras con que lo hemos hilvanado. Sin embargo, nos resulta indispensable contar con el tiempo (el pasado, donde ocurrieron los hechos) y, si nos parece necesario, jugar con sus dimensiones. Tiempos que se convierten en un tempo narrativo más acelerado o más lento, incluso tiempos alterados en su decursar cronológico para buscar con ello una percepción más acabada de la realidad plasmada.

El tiempo de la vida, por su parte, aunque también es cronológico, puede tener comportamientos mucho más veleidosos. El tiempo vuela o no pasa, solemos decir, y lo hacemos a partir de una relación personal, existencial, de carácter subjetivo, con los acontecimientos o procesos que nos están ocurriendo o nos ha sucedido. De esa percepción, por supuesto, también se alimentan los escritores pues trae consigo un valioso componente dramático.

Y si algo de lo hasta ahora anotado puede ser rebatido o considerado un disparate conceptual por físicos, filósofos o historiadores, pues me someto a su juicio, alegando como única defensa a mi favor la certeza de que lo dicho sobre el tiempo y la literatura es una experiencia personal que he vivido y practicado. Durante mucho tiempo, por cierto.

2. El tiempo, sin tener culpas o conciencia de ello, puede ser también una dimensión enemiga. Lo estoy viendo día a día a mi alrededor. Incluso lo estoy viviendo personal y cotidianamente.

Cualquier compatriota mío de hoy puede hacerse cada día la pregunta de “¿hasta cuándo?”, y con esa interrogación estar cuestionando al tiempo. “¿Hasta cuándo va a durar esto?” puede ser incluso la formulación más precisa y, ahora mismo, recurrida.

Para un habitante de este siglo que ha vencido su primer cuarto puede parecer una distopía el hecho de que por días, semanas, ya meses, ese compatriota mío tenga servicio de electricidad un par de horas al día o incluso, ninguno en varias jornadas y, por supuesto, su refrigerador altere sus funciones y se convierta en algo así como una despensa. Que apenas logre dormir en las noches tórridas de este verano porque es casi imposible hacerlo sin un ventilador. Que el suministro de agua corriente, más o menos potable, le llegue de vez en cuando, con semanas y hasta meses de sequía y entonces espere a que los dioses le envíen la lluvia y puedan limpiarse con ella, descargar sus fétidos inodoros cuando no se ha practicado el recurso de orinar en un caño o defecar en una bolsa que luego es lanzada al basurero desbordado que, para más ardor, no es recolectado en varios, a veces muchos días. Que, ante la carencia de combustibles y de la falta de electricidad pues preparen los alimentos conseguidos —también con dificultad física y económica— y los cocinen con carbón. Que les resulte muy complicado desplazarse, incluso para una cuestión médica. Que casi nunca tengan conexión a algo llamado internet… Todo eso, y más, al mismo tiempo, y sin bombardeos ni invasiones, como las de Gaza o Ucrania.

Y se podrá entender que esas personas con dolorosa frecuencia se pregunten “¿Hasta cuándo?”. Porque viven en una guerra de supervivencia en un tiempo que a la vez se ha detenido, se dilata, que se percibe como enemigo. Y la reacción de muchas personas ante lo que no pueden cambiar (pues no existen mecanismos para hacerlo) es algo así como somatizar el agobio: con rabia pero con resignación, con ron y reguetón si es posible, sin contar las horas porque la noción del tiempo se ha convertido en otro refrigerador que ha perdido su sentido.

¿Se puede imaginar un ciudadano de alguna de las partes favorecidas del mundo cómo es pasar así el tiempo vital de cada día durante muchos días y sin saber “hasta cuándo”?

3. Los cubanos de este tiempo miran con nostalgia un pasado raquítico en el cual ya acumulaban carencias y decepciones que incluso pudieron llegar a parecerles la normalidad nacional. Una crisis económica que hunde sus raíces en la década de 1990 cuando el país dejó de ser virtual, sostenido por las dispendiosas e interesadas arcas soviéticas, para convertirse en el país más real en el cual viven desde entonces: un país con una economía devastada que, por incapacidades políticas sostenidas en el tiempo, no ha logrado levantar boga.

El descenso a los infiernos del presente que se ha acelerado en los primeros años de esta década ha tenido además otro componente catalizador: la política de hostilidad del Gobierno de Estados Unidos, empeñado en un cambio de sistema político en la vecina isla comunista. Una política que de los diversos embargos ha pasado a un bloqueo puro y duro que impide la llegada de combustible y de otros muchos recursos a Cuba… con la excepción de los que provengan de territorio estadounidense. Ellos sí, otros no.

Buscando alivio el Gobierno cubano ha implementado medidas que, para muchos, llegan tarde en… el tiempo. Una lista de 176 ordenanzas de apertura económica —para dinamizar y actualizar la economía doméstica, dicen— ha sido aprobada en lo que, de concretarse, será un giro de 180 grados de la estructura socioeconómica del país que abriría de par en par las puertas al mercado y sus leyes más capitalistas. Porque ahora se puede fundar una banca privada en la isla o montar una farmacia privada que venda los medicamentos que no consigue garantizar el Estado.

Y todo cae en el recipiente de un tiempo que parece detenido, incluso en retroceso histórico, aunque esa es solo una percepción ilusoria. Porque en verdad se trata de un tiempo que transcurre no solo en la historia, sino y sobre todo en la vida de varios millones de personas atrapadas en esa realidad agobiante. Es el tiempo de la existencia humana, el único valor vital que es irrecuperable, pues se puede enriquecer desde la pobreza (casi nunca, la verdad) o restablecer la salud deteriorada, pero nunca volver a tener el tiempo perdido.

Y con la certeza, más que la sensación de pérdida, a mi alrededor transcurren tantas vidas. Víctimas de diversas decisiones políticas llegadas desde distintos frentes. Sin capacidad social para cambiar las coordenadas de su contexto. Con la opción, si acaso, de intentar largarse a donde sea que puedan lograrlo, los que consigan lograrlo. Sumidos en un foso del tiempo desde el cual se preguntan “¿hasta cuándo?”, y nadie, nadie les responde. Ni siquiera el futuro. Leonardo Padura es escritor. El País, 30 de agosto de 2026.