domingo, 28 de junio de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 3. UTOPÍA Y DESASTRES, POR CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN. 28 DE JUNIO DE 2026

 





Las revueltas estudiantiles de la década de los sesenta debieron mucho al aumento de la educación, la popularización de la universidad y el fuerte crecimiento económico de la posguerra. Coincidieron con una crisis cultural visible en el cambio de costumbres, el rechazo de las tradiciones, la simpatía por lo exótico y nuevo y la reclamación de más papel público para jóvenes, mujeres y minorías. La más famosa fue la de mayo del 68 en París, pero hubo otros «mayos» en Checoslovaquia, Polonia o España contra las dictaduras, y en México, donde la revuelta estudiantil fue sangrientamente aplastada por la clase política corrupta, oficialmente revolucionaria. En Estados Unidos el protagonismo fue del rechazo de la guerra de Vietnam y del movimiento de los derechos civiles, mientras que en el resto del mundo desarrollado los sesenta fueron la edad de oro de la cultura pop y la contracultura del Festival de Woodstock.

En Francia, sede del mayo más célebre, el movimiento sorprendió al establishment: el Gobierno creía tener todo bajo control, con la sociedad satisfecha tras el fin de las guerras coloniales y el crecimiento económico, traducido en un gran auge del consumo. Y en efecto, el movimiento de mayo fue, pese a sus pretensiones de revolución obrera, cosa de universitarios con un profundo malestar cultural delatado por el peso del culto a la imaginación y la categoría intelectual. Persistía el viejo amor francés a la revolución como fin en sí misma a lo Sorel, es decir, como revuelta carente de plan político y objetivos prácticos, empeñada en la conquista de lo imposible y el fin de las reglas o el «prohibido prohibir». Unió a Baudelaire y la revuelta contra el aburrimiento con Marx y la revolución social definitiva. La estética tuvo más protagonismo que la política: Artaud y Breton fueron dos de las celebridades más citadas. El elitismo cultural se explica porque los estudiantes de las barricadas eran hijos de las clases alta y media francesas, lo que también explica la moderada represión policial. El hecho motivó el despectivo comentario de Kojève a Aron: que una revolución sin muertos (solo hubo dos, un estudiante y un policía) no merecía ese nombre. Más aún con los centenares de estudiantes mexicanos muertos y heridos en la brutal represión de Tlatelolco.

Al comienzo, el Partido Comunista y los sindicatos intentaron arrimar el incendio a su sardina y asegurarse el control de la protesta. Los sindicatos franceses declararon la huelga general el 13 de mayo en protesta por la represión policial en la universidad, y añadieron sus reivindicaciones laborales; hubo ocupaciones de fábricas, incluida la principal de Renault, símbolo de la Francia industrial y obrera, y retenciones de directivos de empresas. El 20 de mayo los huelguistas ascendían a diez millones, y el presidente De Gaulle intentaba calmarlos prometiendo más participación y beneficios a estudiantes y obreros. Y los desbordados Partido Comunista y CGT —su poderoso sindicato— pactaron con el primer ministro Pompidou y acabaron condenando el movimiento universitario por izquierdista e infantil.

Los gaullistas habían ganado las elecciones de 1967, y con los comunistas formaban la mayoría política indiscutible. Sin embargo, la nueva República se había revelado inesperadamente frágil. El sistema estaba en peligro, y el presidente De Gaulle disolvió la Asamblea Nacional el 30 de mayo, convocando elecciones para el 16 de junio. Fue una jugada muy hábil: los partidarios del astuto y carismático general consiguieron 300 escaños, 56 más que antes de la crisis; en total, 354 escaños de los 487 de la Asamblea, con una participación electoral del 80 %. Para la izquierda fue la debacle. Francia se había hartado de barricadas y exigía reanudar el periodo de prosperidad y renacimiento político iniciado en 1946. Así que las expectativas de la extrema izquierda, con Sartre a la cabeza, se revelaron disparatadas: fuera de la universidad nadie quería la revolución ni repudiaba el capitalismo, en Francia muy intervenido por el gran sector público de la economía.

El opúsculo situacionista Sobre la miseria en el medio estudiantil (1967), obra del estudiante tunecino Mustapha Khayati y convertido en manifiesto de la Internacional Situacionista, la izquierda de la extrema izquierda, resume muy bien el sentido de la protesta estudiantil en su último párrafo:

«La historia moderna no puede ser liberada […] más que por las fuerzas que rechaza: los trabajadores sin poder […]. El proletariado ya era en el siglo XIX el heredero de la filosofía, y se ha convertido además en el heredero del arte moderno y de la primera crítica consciente de la vida cotidiana. No puede suprimirse sin realizar, al mismo tiempo, el arte y la filosofía. Transformar el mundo y cambiar la vida son para él la misma cosa, consignas inseparables que acompañarán su supresión como clase, la disolución de la sociedad presente como reino de la necesidad, y el acceso, finalmente posible, al reino de la libertad. La crítica radical y la reconstrucción liberada de todas las conductas y valores impuestos por la realidad alienada son su máximo programa, y la creatividad liberada en la construcción de todos los momentos y acontecimientos de la vida es la única poesía que podrá admitir, la poesía hecha por todos, el comienzo de la fiesta revolucionaria. Las revoluciones proletarias serán fiestas o no serán, porque la vida que anuncian será creada bajo el signo de la fiesta. El juego es la última racionalidad de esta fiesta, vivir sin tiempos muertos y gozar sin obstáculos son las únicas reglas que podrá admitir». Este texto es un extracto de ‘Utopía y desastre’ (Espasa), de Carlos Martínez Gorriarán, escritor. Ethic, 19 de junio de 2026.
























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 2. LA DEMOLATRÍA HELVÉTICA NO ES LA DEMOCRACIA, POR RUBÉN AMÓN. 28 DE JUNIO DE 2026

 






La leyenda quiso que la libertad suiza naciera de una flecha y una manzana, de un ballestero obligado a apuntar sobre la cabeza de su propio hijo para no doblegarse ante la tiranía. Seis siglos más tarde, en la mansedumbre de un domingo de junio, el país volvió a tensar el arco contra una cifra y estuvo a un suspiro de clavársela al inmigrante. La iniciativa que pretendía amurallar Suiza en diez millones de habitantes cayó por algo más del 54%, una victoria de la decencia tan estrecha que más bien parece un aviso, pues el otro 45% firmó sin que le temblara el pulso el sueño de un país tasado como un aparcamiento.

Conviene desconfiar de los eufemismos que se planchan la camisa antes de salir a la calle. «Desarrollo demográfico sostenible» fue el elegido por la UDC, sintagma aséptico tras el cual latía la más turbia de las contabilidades. El partido disfrazó de ecología –ese ecologismo de maceta que la derecha riega únicamente cuando le sirve para contar extranjero– una aritmética del rechazo según la cual, rebasado el umbral durante dos años seguidos, el Gobierno habría de cerrar el grifo de la inmigración y aun desmontar la libre circulación pactada con la Unión Europea. Reducir a una persona a unidad de aforo es el desprecio en su forma más gélida, aquella que no precisa gritar consignas porque le basta con cuadrar una hoja de cálculo.

Vale la pena imaginar al honrado ciudadano de Berna o de Lugano frente a la papeleta, requerido para dictaminar entre el café y las obligaciones del día si su patria debía denunciar tratados con su primer socio comercial, medir el zarpazo de esa ruptura sobre el empleo, la vivienda y las pensiones, y arbitrar de paso un pulso geopolítico continental. Nada hay de menosprecio en reconocer que semejante encargo lo desborda, porque nos desbordaría a todos, ya que ningún elector, por ilustrado que se le suponga, alcanza a sopesar en la soledad de la cabina las consecuencias de tercer orden de incendiar un acuerdo internacional. Para esa fatiga se inventó el oficio del representante, llamado a informarse, deliberar, negociar y responder con su cargo de aquello que decide. El referéndum sistemático, lejos de un exceso de democracia, no pasa de simulacro

Ninguna coartada resulta tan confortable como el «lo ha decidido el pueblo» para una clase política que ha hallado en el plebiscito perpetuo su deserción más elegante. El pueblo, reducido a suma de cruces, jamás comparece ante una comisión, nunca dimite ni paga el destrozo, condenado a existir como veredicto y a evaporarse al amanecer siguiente. Cuanto más se consulta, menos se gobierna, y el político abdica de su condición de hombre que delibera para rebajarse a fedatario de encuestas, notario del humor colectivo, ocupado en encogerse de hombros ante el resultado que él mismo provocó. El referéndum sistemático, lejos de un exceso de democracia, no pasa de simulacro, el procedimiento perfecto para fabricar decisiones que nadie habrá de cargar sobre sus espaldas.

Resulta una ironía exquisita que la voluntad general viniera al mundo a orillas del lago Lemán, en la pluma de un ginebrino que confundió la libertad con la obediencia a la mayoría. De Rousseau a la Landsgemeinde (asamblea popular al aire libre) media un trecho menor del que aparenta, pues a ambos los sostiene la misma fe en que el número destila verdad y en que cincuenta y uno frente a cuarenta y nueve fabrica justicia. Esa superstición merece un nombre, un neologismo: demolatría, la adoración del recuento convertido en oráculo. Contra ella se alzó la democracia liberal –Madison temía la facción, Constant deslindaba la libertad de los antiguos de la de los modernos, Mill exigía deliberación y no aclamación– para levantar el gobierno representativo, que no es versión perezosa de la asamblea sino conquista superior, un filtro de razón pública interpuesto entre el impulso y la ley, un dique que ampara a la minoría del oleaje de los muchos. Arrancado el filtro, la mayoría vota sobre derechos con la misma ligereza con que decidiría el horario de los tranvías.

Acostumbramos a imputar esa pulsión asamblearia, la mano alzada en la pradera, al delirio de las izquierdas de plaza y micrófono, y Suiza desmiente la coartada con la elegancia de sus relojes. La nación del orden burgués, la de los bancos discretos y las cumbres nevadas, mantuvo a las mujeres sin voto federal hasta 1971, y en el cantón de Appenzell Innerrhoden hasta 1990, fecha en que su propio Tribunal Federal hubo de imponérselo a la fuerza. El varón que alzaba la mano en la Landsgemeinde para negarle el sufragio a su vecina practicaba idéntica «democracia pura» a la que hoy se invoca para descontar inmigrantes, sin que asome en ella progresismo alguno, ya que no llega a consagrar otra cosa que el sentimiento de los más por encima del derecho de cada cual.

Quinientos años de democracia y de paz, ironizaba Orson Welles desde la noria de Viena, para alumbrar tan solo el reloj de cuco. Suiza ha alumbrado, además, una selección de fútbol, y en ese pormenor anida la carcajada última de esta historia, pues mientras el país fruncía el ceño preguntándose si no sobrarían extranjeros en sus valles, ultimaba el equipo que lo representará este verano en el Mundial de Norteamérica, una formación levantada ladrillo a ladrillo sobre aquello mismo que el cuarenta y cinco por ciento ansiaba contener.

Recórrase la convocatoria del seleccionador Murat Yakin, suizo y turco él mismo, donde catorce de los veintiséis internacionales han lucido doble pasaporte y el vestuario congrega hasta doce naciones. Granit Xhaka, el capitán, de estirpe albanokosovar. Breel Embolo, nacido en Camerún. Manuel Akanji, de padre nigeriano. Denis Zakaria, Noah Okafor, Dan Ndoye y el jovencísimo Johan Manzambi, savia africana; Ricardo Rodríguez y Rubén Vargas, hijos de cuantos un día cruzaron la frontera desde España y desde Chile. Sobre todos ellos planea, emblema de una generación entera, la memoria de Xherdan Shaqiri, aquel niño de Gnjilane que llegó a encarnar la estrella de la cruz blanca.

Existe un único plebiscito en el que Helvecia consiente de mil amores sumar a sus extranjeros, y se dirime en el marcador. El día que uno de esos apellidos ásperos empuje el balón a la red, el país entero se alzará a ovacionar al inmigrante que, lápiz en mano, había soñado con restarlo. La consulta más sincera de cuantas figuran en su calendario, y la única ante la cual no le tiembla el pulso, lleva por nombre gol. Rubén Amón es escritor. Ethic, 19 de junio de 2026.

























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 1. EL DILEMA DE EUROPA, POR ÍÑIGO ALFONSO IMIZCOZ. 28 DE JUNIO DE 2026

 





Ante un tablero internacional cada vez más voluble, el núcleo de la discusión hoy en Europa radica en una pregunta clave: si queremos que el binomio crecimiento-descarbonización sea viable, ¿estamos abocados a construir una Europa a dos velocidades? ¿O es posible modernizar el modelo productivo para reforzar el liderazgo al mismo tiempo que se fortalece el Estado social?

El 21 de enero de 2026, cuando Donald Trump tomaba la palabra en Davos ante la élite de Occidente —un mes antes del ataque a Irán—, el mundo parecía abocado a una nueva crisis originada por el control de Groenlandia. Aquella tarde, el estadounidense cargó contra los socios comunitarios con virulencia. Criticó a los países europeos por reducir las emisiones contaminantes mientras él desmantela las centrales de energías renovables. «El orden mundial basado en reglas ya no existe», sentenció el canciller alemán, Friederich Merz, durante la inauguración de la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero. En marzo, llegó una nueva guerra.

En este contexto de creciente hostilidad, ¿qué oportunidad tiene el modelo europeo? La ecuación sobre la que trabajan gobiernos e instituciones ahora mismo pretende que la economía europea gane en competitividad abaratando, primero, los precios de la energía. En ese esquema, el apoyo a la transición verde es crucial para proporcionar energía asequible para empresas y familias, y ganar en autonomía estratégica reduciendo la dependencia de otros productores. Esto contribuirá, insisten en Bruselas, a más independencia, mejor bienestar y salud de los ciudadanos y, además, con más financiación de escala, mayor liderazgo en tecnologías verdes. La innovación que tan importante es para ganar presencia en los mercados globales.

Este es el plan para un horizonte internacional incierto, diseñado antes de que los ataques a Irán añadieran más incertidumbre todavía. La profesora de la IE University y consejera del Banco de España Judith Arnal afirma que «sin sostenibilidad no hay competitividad a medio plazo». Pero añade que «todo depende del diseño; si la transición se apoya en inversión, energía barata, infraestructuras y escala, refuerza la competitividad; si se traduce sobre todo en costes y cargas administrativas, la debilita. El falso debate es plantearlo como crecer o descarbonizar: la cuestión es cómo hacerlo sin desindustrializar».

El 12 de febrero de 2026, el expresidente del Banco Central Europeo Mario Draghi urgió a los líderes europeos a tomar decisiones cuanto antes porque «el contexto internacional se está deteriorando» y porque el informe que presentó en 2024 para impulsar la competitividad de la economía europea no se está aplicando con la suficiente convicción. Esa hoja de ruta propone apoyar el crecimiento sobre cuatro grandes retos: la transformación tecnológica, completar la descarbonización, garantizar la seguridad económica y proyectar el modelo social europeo.

El enfoque es consensuado, pero faltan acciones. Hay que desplegarlo en todo su potencial porque «Europa ya está sobrediagnosticada», como subraya el jurista y profesor de la cátedra Jean Monnet en Esade José María de Areilza. Y como señala el economista y exsecretario de Estado Ignacio Álvarez Peralta, «a diferencia del contexto de pandemia, donde la Unión Europea actuó con decisión y rapidez, hoy vemos una Unión confundida y paralizada, incapaz de adoptar las medidas necesarias para desarrollar una nueva posición geopolítica que priorice sus intereses. Europa debe reaccionar».

Este es el núcleo de la discusión: si queremos que el binomio crecimiento-descarbonización sea viable, ¿estamos abocados a construir una Europa a dos velocidades? Para el impulso de la competitividad, la transición verde y la integración económica, ¿puede ser exitoso reproducir el modelo de coaliciones de voluntarios que se está aplicando en Ucrania?

El matemático y analista económico Juan Ignacio Crespo sostiene que «la UE es cada vez menos competitiva y tampoco tiene una elevada productividad» y recalca que «en este momento no se ve que ninguno de los grandes países europeos tenga el coraje suficiente para acometer las reformas necesarias. Lo que realmente se aprecia es que Europa transita a una sola velocidad». Asimismo, añade que una verdadera ambición para impulsar la economía europea exigiría «romper la unanimidad que lleva a la inoperancia» y tomar «decisiones impopulares que no gustan a ningún gobierno y tampoco a la Comisión Europea».

Para lanzar el modelo europeo, el Banco Europeo de Inversiones –brazo financiero de la UE y una de las instituciones tractoras del lema De los planes a la acción— considera prioritario apoyar la integración de los mercados pendientes, desde el energético al de capitales, reforzar las alianzas globales y el multilateralismo, avanzar en una mayor simplificación normativa y, además, escalar la financiación para reducir la brecha de la inversión en innovación con Estados Unidos.

Para Álvarez, esta última dimensión es la más relevante. «Dotarse de una capacidad fiscal central, financiada mediante la emisión de eurobonos, porque la unión monetaria sigue estando estructuralmente incompleta: compartimos política monetaria, pero no contamos con un instrumento fiscal común». Por su parte, Crespo argumenta que populares, socialdemócratas y liberales deberían forzar un cambio de Comisión Europea para garantizar una agenda de reformas más ambiciosa.

Mientras tanto, Arnal invita a cambiar el foco: «Se sigue hablando de Europa como si fuera un actor único del que todo depende, cuando muchas de las reformas clave son nacionales y no van a venir dadas desde Bruselas. A menudo se pone el foco en la regulación europea, cuando los principales cuellos de botella están en la falta de inversión, la fragmentación y las diferencias estructurales entre Estados miembros. Esa tendencia a externalizar responsabilidades acaba diluyendo la ambición reformista y retrasando los ajustes que son necesarios a nivel doméstico».

Los 27 siguen analizando propuestas para fomentar la autonomía y la competitividad en un momento en el que la situación global se está deteriorando cada vez más a medida que aumenta la tensión en el Golfo Pérsico. La Comisión defiende la preferencia de compra de productos europeos en sectores estratégicos. El Banco Europeo de Inversiones pide más impulso a la fabricación de paneles solares y sus componentes en la UE, dado que China controla actualmente el 90% del mercado mundial.

Se trata de iniciativas recientes y concretas a la espera de una partitura común y sostenible para los próximos años. Porque, como advierte Álvarez, quizá el error está en aceptar el marco que pone sobre la mesa Trump: «Europa no debe elegir entre bienestar y competitividad; hay que modernizar el modelo productivo, reforzar el liderazgo tecnológico y, al mismo tiempo, fortalecer el Estado social asegurando el desarrollo de una transición ecológica justa». No hay duda de que, hoy por hoy, la Unión se encuentra ante su decisión más relevante en décadas. Íñigo Alfonso Imízcoz, es analista político. Ethic, 19 de junio de 2026.






















DEL MARATÓN DE VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY DOMINGO, 28 DE JUNIO DE 2026