domingo, 21 de junio de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 7. EL ARTE DE PENSAR CON BRECHT, POR FILOSOFÍA COTIDIANA, 21 DE JUNIO DE 2026

 







Historias del Sr. Keuner (Geschichten von Herrn Keuner) es una de las obras más interesantes escritas por Bertolt Brecht (1898-1956).

Las historias del Sr. K. se caracterizan por su brevedad y su capacidad incesante de estimular nuevas ideas y formas de pensar.

En esta obra, Brecht ofrece una definición particular sobre el amor:

“El amor es algo que se da y no algo que se retiene. El amor es el arte de producir algo con las posibilidades del otro”1.

Así, lo que damos por sentado queda sometido a revisión. La primera vez que leí este libro tenía poco más de 20 años. Ahora, con casi 40, sigo aprendiendo y sorprendiéndome con su filosofía de vida y visión del mundo (Weltanschauung).

Esas historias nos invitan a reflexionar sobre la realidad cotidiana, nuestra existencia y relaciones personales.

Aquí una de mis favoritas:

Conversaciones:

— Es imposible sostener una conversación entre nosotros dos — le dijo al señor Keuner a cierta persona.

— ¿Y por qué? — le preguntó ésta con sorpresa.

— En su presencia no se me ocurre nada razonable — contestó el señor K.

— Pero si no me importa en absoluto — dijo consoladoramente su interlocutor. —

Lo creo — respondió el señor Keuner molesto — pero a mí sí me importa2.

El señor Keuner estaba trabajando muy concentrado, entonces alguien le pregunta:

“¿En qué está trabajando usted?” y el señor Keuner responde: “Tengo mucho trabajo, estoy preparando mi próximo error”3.

El señor Keuner reflexiona sobre los más diversos temas, entre ellos La pregunta de si Dios existe (Die Frage, ob es einen Gott gibt).

“Una persona preguntó al señor K. si Dios existía.

Este dijo: — Te aconsejo que primero reflexiones si tu proceder se modificaría según fuera la respuesta a esta pregunta. Pues si no tuviera que cambiar para nada, más valdría olvidarnos de la pregunta.

Y si cambiara, en este caso al menos podría ofrecerte alguna ayuda diciéndote que ya habrías decidido de antemano: necesitarías un Dios”4.

El señor Keuner nos invita a reflexionar profundamente sobre la injusticia disfrazada de justicia. Él nos explica que:

“La injusticia a menudo adquiere carácter de justicia simplemente por ser frecuente”5.

Como buen pensador, el señor K. reflexiona con cuidado sobre los elogios recibidos:

“En cierta ocasión el señor Keuner oyó cómo sus antiguos alumnos le elogiaban y dijo: — Cuando los discípulos han dejado en el olvido remoto los errores de su maestro, él se acuerda todavía de ellos”6.

También analiza los cuestionamientos y evalúa si es pertinente responderlos.

“Un falso discípulo se acercó al señor K., el pensador, a contarle lo siguiente: — En América existe un becerro de cinco cabezas. ¿Qué me dices a esto?

— No digo nada — respondió el señor K.

El falso discípulo sintió un inmenso placer y añadió — Si fueras más sabio sabrías deducir cosas de este hecho.

El necio espera mucho. El pensador habla poco”.

¡El señor Keuner tiene ideas muy originales sobre el amor!

“— ¿Qué hace usted, le preguntaron al señor K., cuando ama a una persona?

— Le hago un dibujo — respondió el señor Keuner — y procuro que se le parezca.

— ¿Quién, el dibujo?

— No — dijo el señor Keuner —, la persona”7.

No es el boceto el que debe parecerse a la persona, sino todo lo contrario, según el Señor K.

El señor Keuner también reflexiona sobre el “amor a la patria” (Vaterlandsliebe) que fácilmente se convierte en “odio contra las patrias” (der Haß gegen Vaterländer).

“El señor K. no consideraba necesario establecer su residencia en un país determinado. —Malvivir puedo hacerlo en todas partes8 — solía decir. Un día paseaba por una ciudad que había sido ocupada por el enemigo del país en que él residía. Bruscamente se cruzó con un oficial de dicho enemigo que le obligó a descender de la acera.

El señor K. descendió indignándose contra aquél individuo, y no sólo contra él, sino sobre todo contra el país al que pertenecía, hasta el extremo de desear verlo arrasado por un terremoto.

— ¿Cómo me habré convertido en un nacionalista en este instante? — se preguntó el señor K. — Será por haberme cruzado con una nacionalista.

Y es por eso que debe extirparse la necedad, pues convierte en necio a quienquiera que se cruce en su camino”9.

¿Quién fue Bertolt Brecht?

Bertolt Brecht fue uno de los dramaturgos y poetas alemanes más influyentes del siglo XX. Nació en Augsburgo el 10 de febrero de 1898.

Brecht era todavía muy joven cuando fue llamado al servicio militar durante la Primera Guerra Mundial. Como estaba estudiando medicina, fue asignado para trabajar como enfermero en un hospital militar en el frente. Su contacto con las víctimas de la guerra lo convirtió en un feroz opositor de la guerra. Esta experiencia lo marcó profundamente y se convirtió en uno de los temas fundamentales de su obra. Incluso en el frente, escribió poesía para los soldados.

En 1924, Brecht fue invitado a unirse al Deutsches Theater (Teatro Alemán) en Berlín. Junto con el compositor Kurt Weill (1900-1950), escribió numerosas obras, de las cuales “La ópera de los tres centavos” (Dreigroschenoper) es la más conocida.

A partir de 1930, las obras de Brecht comenzaron a sufrir la agresiva oposición de los nacionalsocialistas. A principios de 1933, una representación de La medida (Die Maßnahme) fue disuelta por la fuerza por la policía.

En ese mismo año, Brecht abandonó Berlín con su familia y huyó al extranjero. Viajó por toda Europa (Praga, Viena, Zúrich y París). Posteriormente vivió en Dinamarca durante cinco años, y finalmente se estableció en Estados Unidos.

En 1949, Brecht regresó a Alemania y, junto con su esposa Helene Weigel (1900-1971), fundó el Berliner Ensemble en Berlín Oriental. El grupo teatral fue concebido tanto como escuela como teatro experimental.

Bertolt Brecht murió el 14 de agosto de 1956 en Chausseestraße 125 de Berlín. Este lugar es ahora la Casa de Brecht (Brecht-Haus): el museo Brecht-Weigel, un monumento conmemorativo y un centro de trabajo. Si se visita Berlín, realmente vale la pena conocer ese sitio tan especial: allí se puede ver cómo vivía y trabajaba Brecht. Se han conservado tres habitaciones en su estado original (¡lo cual es increíble!) y están abiertas a los visitantes. Si tienen la oportunidad, ¡hagan un recorrido guiado! Mi recorrido fue en alemán, pero bajo petición, es posible organizar uno en inglés también. Aquí hay algo de información práctica sobre ello:

También recomendaría que vayan al Dorotheenstädtischer Friedhof, el cementerio donde están enterrados tanto Brecht como su esposa. Está junto al museo y ¡realmente vale la pena visitarlo! Filosofía cotidiana. Substack, 16 de junio de 2026.
















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 6. ESTADOS UNIDOS FIRMA SU DERROTA Y LA CELEBRA CON CHAMPÁN, POR EDUARDO BAYÓN. 21 DE JUNIO DE 2026

 





Hay derrotas que se firman con champán. La que Donald Trump celebró el domingo en Truth Social, el día de su octogésimo cumpleaños, es una de ellas. «¡Que fluya el petróleo!», escribió, autorizando la reapertura del estrecho de Ormuz como quien corta la cinta de una obra propia. Pero conviene leer la letra que el entusiasmo tapa. Lo que Trump presenta como victoria es, en realidad, el acta de defunción de su propia política exterior: la confesión de que tres meses y medio de guerra, miles de muertos y una economía mundial zarandeada han servido para regresar, exactamente, al punto donde estábamos antes de empezar.

Repasemos qué había en vísperas del 28 de febrero, el día en que Estados Unidos e Israel lanzaron la ofensiva. Había un estrecho de Ormuz abierto, por el que circulaba la quinta parte del petróleo y el gas del planeta. Y había una promesa iraní de no dotarse de armamento nuclear. Repasemos ahora qué queda sobre la mesa tras el acuerdo preliminar anunciado el domingo: un estrecho que volverá a abrirse y una promesa iraní de no buscar la bomba. Lo mismo. Idéntico. Solo que con miles de cadáveres de por medio, una Guardia Revolucionaria que sale de la guerra más fuerte de lo que entró y una factura que Teherán ya empieza a pasar.

Esto no es una paz. Es un canje en el que una de las partes ha pagado un precio descomunal por recuperar lo que tenía.

Lo más revelador no está en lo que el acuerdo contiene, sino en el miedo que delata. Hay algo que el presidente estadounidense no tolera bajo ningún concepto: que se le reproche que el resultado se parece —o es peor— al acuerdo nuclear que Barack Obama firmó con Irán en 2015. Aquel pacto, el JCPOA —Joint Comprehensive Plan of Action o Plan de Acción Integral Conjunto—, limitaba el programa nuclear iraní a cambio de aliviar sanciones, y el Organismo Internacional de la Energía Atómica certificaba que Teherán lo cumplía. Trump lo dinamitó en 2018 calificándolo de «terrible». La consecuencia directa de aquella salida fue que Irán aceleró su enriquecimiento de uranio hasta colocarse, según las estimaciones de la propia Washington, a un paso del umbral militar.

Es decir: Trump rompió un acuerdo que funcionaba, provocó con ello la escalada nuclear que decía querer evitar y ahora libra una guerra para terminar negociando una versión recauchutada de aquello que destruyó. El círculo se cierra sobre sí mismo con una perfección casi didáctica. Quien quiera entender el coste real del trumpismo en política exterior tiene aquí el caso de estudio: la demolición de la diplomacia multilateral no produjo nada mejor, produjo lo mismo a un precio sangriento.

¿Por qué firmar ahora, y con tanta prisa por anunciarlo? Las fechas hablan solas. El acuerdo se proclama el día del cumpleaños del presidente y a menos de cinco meses de las elecciones de medio mandato de noviembre. El cierre de Ormuz disparó los combustibles y empujó la inflación a su nivel más alto en años; la popularidad de Trump está en mínimos y a los republicanos del Congreso les urgía cortar la hemorragia antes de las urnas. La guerra empezó como demostración de fuerza y termina como gestión de daños domésticos. Cuando una política exterior se subordina al calendario electoral hasta este punto, deja de ser estrategia para convertirse en publicidad.

La publicidad necesita un relato. De ahí la euforia mayúscula en Truth Social, las mayúsculas literales, los signos de exclamación, el «arranquen motores». Pero el relato tiene un problema: al otro lado también se fabrica una victoria. La televisión estatal iraní proclamó que Estados Unidos «se vio obligado a firmar», y la agencia Fars, vinculada a la Guardia Revolucionaria, presumió de haber arrancado concesiones de última hora. Dos países, dos triunfos incompatibles sobre el mismo papel. Cuando ambos bandos venden la misma firma como su victoria, lo razonable es sospechar que nadie ha ganado y que el documento dice mucho menos de lo que cada uno proclama.

Hay un detalle que merece más atención de la que está recibiendo: el estado en que esta guerra deja las alianzas de Washington. Israel, el socio que lanzó la ofensiva junto a Estados Unidos, ha quedado al margen de la negociación y respondió bombardeando los suburbios del sur de Beirut el mismo día del anuncio, amenazando con descarrilarlo todo. La reacción de Trump fue arremeter en público contra Netanyahu en términos gruesos. El aliado al que armó se le ha desbocado, y lo único que le queda es insultarlo desde la grada.

Mientras tanto, la mediación que ha hecho posible el acuerdo no ha pasado por Washington ni por Bruselas, sino por Islamabad, con Qatar, Turquía y Egipto de reparto. Y el G-7, reunido en Evian, ha corrido a ofrecerse para levantar sanciones, en el papel de comparsa que ratifica lo ya pactado por otros. El eje diplomático se ha desplazado, y Estados Unidos ya no aparece como quien dirige a sus socios, sino como quien apaga los incendios que él mismo prendió.

Conviene la prudencia: esto es un acuerdo preliminar. La firma se prevé para el viernes en Suiza, y se abre un plazo de negociación en el que el asunto nuclear, el más espinoso, sigue sin resolverse. Israel ya demostró el domingo que puede dinamitarlo. Nada está cerrado. Pero hay un detalle del memorando que merece destacarse: incluye la retirada de tropas estadounidenses. Quien gana una guerra no suele pactar su propia salida.

La lección de fondo es que la coerción militar llevada al máximo —ultimátums apocalípticos, amenazas de «destrucción total», la advertencia de que «una civilización entera podía desaparecer»— ha rendido el mínimo: volver al casillero de salida con la región igual de inestable y miles de muertos que no volverán. Trump firmará como triunfo la prueba de que su guerra no servía para nada. El trabajo de quien analiza es no aplaudir el champán y leer el acta. Eduardo Bayón es politólogo. Substack, 16 de junio de 2026.





















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 5. EL ARTE DE NO HACER TRATOS, POR FRANCIS FUKUYAMA. 21 DE JUNIO DE 2026

 






En su 80 cumpleaños, Donald Trump anunció un acuerdo para un alto el fuego de 60 días. Aún no se han publicado oficialmente los detalles, pero, según informes, este acuerdo incluye el cese de los ataques en Líbano, la reapertura del estrecho de Ormuz —que, según Trump, será «permanentemente libre de peaje»— y el levantamiento del bloqueo naval estadounidense a los puertos iraníes. Trump lo presentó como un logro clave, elogiando a Xi Jinping de China y a Vladimir Putin de Rusia por su contribución a su consecución.

Este supuesto “acuerdo” no fue tal cosa. Si los informes son correctos, representó una capitulación total de Estados Unidos ante Irán. Básicamente, retrocedió a febrero, cuando el estrecho estaba abierto y Estados Unidos e Israel aún no habían comenzado a bombardear la República Islámica. Simplemente resolvió un problema que Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, habían creado al iniciar la guerra.

Todavía quedan pendientes de futuras negociaciones todos los objetivos que la administración Trump ha planteado en los últimos tres meses para intentar justificar la guerra:

No hubo cambio de régimen ni “rendición incondicional”; el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica mantiene un control aún más firme del país que antes.

Irán no se comprometió a entregar sus reservas de uranio enriquecido;

No existía ningún compromiso para detener el enriquecimiento de uranio, ni de inmediato ni en una fecha específica en el futuro;

No hubo compromisos para poner fin al apoyo iraní a grupos aliados como los hutíes o Hezbolá en la región;

Irán no llegó a ningún acuerdo para cesar la violenta represión contra los manifestantes.

El supuesto «Memorando de Entendimiento» (MOU) pospone todos los temas polémicos para las negociaciones que tendrán lugar durante el alto el fuego de 60 días. Trump dio por sentado que ya se habían aceptado todos estos puntos, pero si así fuera, ¿por qué no se incluyeron en el MOU? Es muy improbable que Irán ceda en los próximos dos meses, ya que son precisamente estos temas los que definen la esencia misma del régimen.

Trump declaró que si Irán no aceptaba estas condiciones, reanudaría la guerra y posiblemente convertiría a Estados Unidos en "el guardián de Oriente Medio" a cambio del 20% de los ingresos de la región. Es difícil saber si tal iniciativa resulta más absurda desde la perspectiva de los países de Oriente Medio, incluidos aliados de Estados Unidos como Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos, que ahora pagarían explícitamente por la protección estadounidense, o desde la opinión pública en Estados Unidos, donde todos desean poner fin a la región cuanto antes.

El memorando de entendimiento que Trump celebró es un acuerdo peor que el de Obama de 2015, que Trump criticó duramente en el pasado. El acuerdo de Obama prohibía a Irán enriquecer uranio por encima del 3,67 % durante 15 años (muy por debajo del 90 % de enriquecimiento necesario para fabricar armas nucleares) y establecía medidas específicas para la extracción de uranio enriquecido de Irán. Todas estas disposiciones debían ser supervisadas por inspectores externos, e Irán cumplió con sus términos hasta que Trump se retiró del acuerdo. La principal crítica al acuerdo, que los sectores más intransigentes de Estados Unidos destacaron, era que no mencionaba el apoyo iraní a grupos regionales afines y que contemplaba el levantamiento de las sanciones al inicio del acuerdo.

Mientras tanto, el memorando de entendimiento de Trump no impone límites a las capacidades nucleares de Irán ni incluye compromisos respecto a sus aliados regionales. Tampoco contempla sanciones si Irán no cede en un plazo de 60 días, aunque los iraníes han declarado que no continuarán con las negociaciones finales a menos que se produzcan dichas medidas primero. Por lo tanto, el supuesto acuerdo de Trump logra considerablemente menos que el acuerdo alcanzado por Obama.

Es evidente que Trump se ve presionado por el aumento de los precios del petróleo y la inflación para reabrir el estrecho de Ormuz a casi cualquier precio. Al no estar dispuesto a enviar tropas terrestres a Irán, en las últimas seis semanas ha tenido pocas opciones para obtener más concesiones iraníes. Por ello, ha optado por ceder y aceptar el retorno al statu quo anterior al inicio de la guerra el 28 de febrero.

El mundo, sin duda, estará mejor si se reabre el estrecho. Quizás se pueda convencer a los seguidores más acérrimos de Trump de que ha negociado un acuerdo perfecto y ha logrado una gran victoria. Pero todos los demás comprenderán que el país más poderoso del mundo está gobernado por un presidente irresponsable e ignorante que impondrá costos inmensos tanto a otros países como a su propio pueblo si cree que le beneficiará. Francis Fukuyama es investigador principal de la cátedra Olivier Nomellini en la Universidad de Stanford. Su libro más reciente es El liberalismo y sus descontentos . También es autor de la columna « Frankly Fukuyama », publicada en Persuasion , que anteriormente aparecía en American Purpose. Substack, 15 de junio de 2026.

















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 4. LES PRESENTAMOS A LOS NUEVOS JEFES, PEORES QUE LOS ANTERIORES, POR PAUL KRUGMAN. 21 DE JUNIO DE 2026

 






Muchos han comparado nuestra época actual con la Edad Dorada. Pero esa analogía es profundamente injusta para aquella. Al igual que los magnates de antaño, los oligarcas de hoy son inmensamente ricos, incluso más, en relación con la economía en su conjunto, que sus predecesores. Y la riqueza extrema corrompe nuestra democracia. Pero la corrupción es ahora más profunda y destructiva que entonces: los factores atenuantes que antes frenaban el daño causado por la excesiva concentración de riqueza prácticamente han desaparecido.

Sobre la concentración de la riqueza: La fuente estándar de información sobre la riqueza extrema es la lista Forbes 400. Forbes comenzó a elaborar esta lista en su formato actual en 1982, pero publicó su primera lista de las mayores fortunas de Estados Unidos en 1918. El gráfico anterior compara la riqueza de los 5 estadounidenses más ricos de 1918 con la de los 15 más ricos de 2025 (15, no 5, porque la población total de Estados Unidos se triplicó con creces durante ese período). Expreso su riqueza tanto como porcentaje de la riqueza total como en proporción al PIB.

En cualquier caso, la concentración de riqueza en la cima es mucho mayor ahora que durante la Edad Dorada. Y estas cifras son del año pasado, antes de la salida a bolsa de SpaceX. Los magnates de antaño eran unos don nadie comparados con los oligarcas de hoy.

Este nivel de riqueza conlleva una inmensa influencia política. Un análisis del New York Times reveló que 300 multimillonarios aportaron el 19% de las contribuciones políticas en las elecciones de 2024. Y desde entonces, el poder del dinero se ha fortalecido aún más.

En parte, esto refleja cómo la gran riqueza se ha utilizado para corromper a los medios de comunicación. Elon Musk compró Twitter, no como una inversión financiera, sino para convertirlo en el pantano de la derecha radical en el que se ha convertido. Larry Ellison, el segundo hombre más rico de Estados Unidos, compró CBS básicamente para destruirla como fuente de noticias independiente y transformarla en una versión 2.0 de Fox News, un objetivo que está logrando, y ahora está en camino de hacer lo mismo con CNN.

Además, la presidencia está ahora prácticamente a la venta. «Donald Trump», escribe Forbes , «ha presidido la presidencia más lucrativa de la historia», sumando 4200 millones de dólares a su fortuna personal desde que recuperó la Casa Blanca.

Durante la Edad Dorada hubo muchos escándalos de corrupción, pero ninguno de esta magnitud.

¿Qué hacen los ultrarricos de hoy con su poder político? Gran parte de lo que impulsan responde a sus propios intereses. En 2024, Mark Zuckerberg utilizó su influencia financiera para bloquear una legislación bipartidista que buscaba proteger a los niños del daño psicológico causado por las redes sociales y, por supuesto, imponer restricciones a Meta. La familia Koch lleva décadas haciendo todo lo posible para impedir la acción contra el cambio climático y mantener a Estados Unidos quemando combustibles fósiles. Además, algunos multimillonarios utilizan su poder para impulsar el extremismo político.

Es cierto que Elon Musk es un caso atípico; hay que bajar bastante en la lista para encontrar a alguien comparablemente extremista (Peter Thiel ocupa el puesto número 40). Y no es el primer hombre increíblemente rico en ser profundamente intolerante y un ávido consumidor de teorías de la conspiración: Henry Ford era un antisemita rabioso que publicó y distribuyó Los Protocolos de los Sabios de Sion , una falsificación probablemente ideada por la policía secreta rusa.

Aun así, resulta sorprendente que el hombre más rico del mundo haya adoptado con tanta pasión la teoría del "Gran Reemplazo", que plantea una siniestra conspiración para sustituir a los blancos por inmigrantes no blancos.

Y resulta igualmente sorprendente que nuestro sistema político acepte como un hecho que una persona así ostente tal poder, incluso dejando de lado los dudosos orígenes de su riqueza. ¿Dónde está la indignación?

Obviamente, algunos estadounidenses están indignados, pero la reacción contra un sistema sumamente corrupto y manipulado es mucho más débil de lo que cabría esperar. ¿Por qué?

Volveré sobre esta cuestión en publicaciones posteriores, pero está claro que la América moderna sufre una combinación de cinismo —“todo el mundo lo hace”— y fatalismo —“así es como funciona el mundo”— mucho peor que cualquier cosa que hayamos experimentado en la era de los magnates sin escrúpulos.

Este malestar moral se refleja en la indiferencia con la que demasiados políticos, especialmente republicanos, reciben cada nuevo escándalo presidencial. También se observa en el comportamiento de los ultrarricos.

No cabe duda de que los hombres que figuraban en la lista Forbes de 1918 eran, sin excepción, hombres de negocios despiadados. El término «barones ladrones», popularizado en la década de 1930 por el historiador Matthew Josephson, era muy acertado. Las grandes fortunas de finales del siglo XIX y principios del XX fueron amasadas por hombres que, en la práctica, desempeñaban el mismo papel que los señores feudales que extorsionaban a los viajeros que pasaban por sus castillos. En particular, John D. Rockefeller, el hombre más rico del mundo, controlaba de hecho un punto estratégico económico clave, una especie de estrecho de Ormuz financiero, gracias a su monopolio del refinado de petróleo.

Sin embargo, muchos de los magnates sin escrúpulos también poseían un sentido de la nobleza obliga, creyendo que debían emplear parte de sus riquezas en beneficio del bien público.

Muchos de los magnates sin escrúpulos donaron enormes sumas a la filantropía . Entre ellas, grandes donaciones a instituciones culturales, que siguen enriqueciendo nuestra sociedad hasta el día de hoy. Si le mencionas a Andrew Carnegie o a Henry Clay Frick a un neoyorquino actual, lo primero que probablemente le vendrá a la mente sea el Carnegie Hall y la Colección Frick de bellas artes.

Sin duda, esto fue en gran parte una estrategia de relaciones públicas, pero el hecho de que los magnates creyeran que este esfuerzo era necesario era, en sí mismo, un síntoma de una sociedad menos cínica que la actual. Y los ricos de la Edad Dorada dejaron un legado perdurable de buenas acciones que contrasta con la historia de sus despiadadas prácticas comerciales.

Por el contrario, los oligarcas actuales gastan muy poco en obras benéficas, según Forbes . Tanto Musk como Ellison han donado menos del 1% de sus fortunas.

Y Musk, en particular, es todo lo contrario a un filántropo. No solo no gasta su propio dinero en ayudar a los demás, sino que usó su poder al frente de DOGE para recortar la ayuda a los países pobres, condenando a cientos de miles de niños a una muerte evitable. Y lo hizo con gran regocijo. De nuevo, ¿dónde está la indignación?

¿Estamos viviendo, pues, una segunda Edad Dorada? Ojalá. Superamos los niveles de desigualdad de ingresos y riqueza de la Edad Dorada hace décadas. Ahora vivimos en una era de oligarquía donde el poder de la gran riqueza y el abuso de ese poder por parte de una pequeña élite eclipsan todo lo que vimos a finales del siglo XIX y principios del XX . Y los superricos, en sí mismos, carecen mucho más de cualidades redentoras que sus predecesores. Les presento a los nuevos jefes, peores que los anteriores. Paul Krugman es premio Nobel de Economía. Substack, 15 de junio de 2026.




























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 3. PANORAMA ESTADOUNIDENSE 2026, POR DAMON LINKER. 21 DE JUNIO DE 2026

 






Cada año, aproximadamente, una de las grandes empresas de encuestas propone una nueva tipología política con la intención de ir más allá de la simplista dicotomía partidista rojo/azul que domina gran parte del análisis político en Estados Unidos. La razón por la que esta dicotomía predomina es obvia: Estados Unidos tiene un sistema bipartidista y estamos bastante divididos (y profundamente divididos). Esta realidad nos lleva a pensar en términos de "o esto o aquello": o eres republicano o demócrata, partidario de Trump o detractor de Trump, conservador o liberal, reaccionario o progresista, estadounidense rojo o estadounidense azul, etc.

A nivel macro, esta forma de pensar dicotómica es acertada. Las elecciones de 2024 fueron Trump contra Harris. Una u otra. El 49,8% votó por la primera, el 48,3% por la segunda. Eso representa el 98,1% de los más de ciento cincuenta millones de personas que votaron. Los estudios han demostrado que si todos los votantes elegibles hubieran participado ese año , el resultado habría sido muy similar, con Trump probablemente ampliando su margen ligeramente. Así pues, ahí lo tenemos: dos países, rojo y azul, divididos por un margen estrecho, una u otra opción.

Pero ¿qué pasaría si tuviéramos un sistema de representación multipartidista/proporcional? ¿Cómo se agruparían entonces los votantes? Eso es lo que los encuestadores intentan determinar al proponer tipologías políticas más detalladas. Esto no significa que una América con un sistema multipartidista/proporcional produciría estas alineaciones partidistas exactas. En absoluto. Muchos factores contribuirían de diferentes maneras a la formación de distintos tipos de grupos. Sin embargo, si la tipología es válida, las divisiones seguirían presentes dentro de los demás grupos, al menos potencialmente. Y eso significa que la tipología promete revelarnos algo útil e informativo sobre nosotros mismos. Nos muestra un espejo del electorado y nos ofrece una forma plausible de reflexionar sobre lo que nos une y lo que nos separa.

Todo esto sirve como preparación para el análisis de la tipología política que el Centro de Investigación Pew publicó la semana pasada. Dicha tipología divide al electorado en un total de nueve grupos.

Anclaje derecho 1: Sin disculpas (9 por ciento) (muy comprometido y partidista)

Ancla de derecha 2: Conservadores que priorizan la fe (12 por ciento) (muy comprometidos y partidistas)

Ancla de izquierda 1: Progresistas de izquierda (7 por ciento) (muy comprometidos y partidistas)

Grupo de presión 2: Liberales leales (11 por ciento) (muy comprometidos y partidistas)

Derecha no convencional (12 por ciento) (menos comprometida, menos partidista)

Derecha pragmática y educada (11 por ciento) (menos comprometida, menos partidista)

Orden y Oportunidad a la izquierda (18 por ciento) (menos comprometidos, menos partidistas)

Izquierda marginada (12 por ciento) (menos comprometida, menos partidista)

El electorado medio desconectado (9 por ciento) (menos comprometido, menos partidista)

Los primeros cuatro de esos nueve grupos (el 38% del electorado) incluyen votantes con una alta participación política: el 21% se inclina hacia la derecha y el 17% hacia la izquierda. Se trata de votantes que siguen de cerca las noticias, tienen una ideología coherente y están firmemente comprometidos con uno u otro partido.

Luego están otros cuatro grupos cuyos miembros representan el 53 por ciento del electorado. Estos grupos están menos comprometidos políticamente y combinan el partidismo con diversos intereses ajenos a los partidos, lo que los hace imperfectamente vinculados a los dos partidos principales.

Por último, existe un grupo final, que representa el 9% del electorado, cuyos miembros son los verdaderos votantes indecisos. Se muestran muy desvinculados de la política, insatisfechos con ambos partidos y, con el tiempo, adoptan posturas políticas inconsistentes y cambian constantemente. Estos votantes no muestran ninguna afiliación partidista coherente. Damon Linker es politólogo. Substack, 15 de junio de 2026.
























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 2. PARA REINCORPORARSE A LA UE, EL REINO UNIDO PRIMERO DEBE ENTENDERLO, POR TIMOTHY GARTON ASH. 21 DE JUNIO DE 2026

 





A medida que Gran Bretaña se acerca al décimo aniversario de su votación del 23 de junio de 2016 para abandonar la UE, los británicos comienzan a debatir sobre su reincorporación a lo que llaman Europa. Pero, como en la mayoría de los debates británicos anteriores sobre "Europa", se trata de Europa sin la participación de la UE. La discusión se centra en lo que sería mejor para Gran Bretaña económicamente y en la política británica para lograrlo. Se presta poca o ninguna atención a lo que piensa o le importa al resto de Europa. El otro día, un ministro del Tesoro llamado Lord Livermore se convirtió en el primer miembro del gobierno en respaldar públicamente la reincorporación a la UE. "Por supuesto", dijo ante la Cámara de los Lores, "el Reino Unido volverá a entrar en la Unión Europea porque redunda absolutamente en nuestro interés económico nacional". Como si bastara con llamar a la puerta de la UE y, ¡abracadabra!, fuéramos recibidos inmediatamente.

Si les preguntaras a todos los diputados británicos en ejercicio cuándo se reunirá el Consejo Europeo en Bruselas, dudo que más de unos pocos pudieran darte la respuesta correcta. De hecho, me pregunto cuántos sabrían decirte inmediatamente qué es el Consejo Europeo. Resulta instructivo examinar la agenda de esa reunión de alto nivel de los líderes nacionales de los 27 Estados miembros de la UE, junto con los principales líderes institucionales de la Unión. Entre las 18:00 de este jueves y el mediodía del viernes, tienen previsto debatir sobre Ucrania, Oriente Medio, el próximo presupuesto plurianual de la UE, los retos económicos mundiales, la defensa y la seguridad europeas, la migración y las drogas ilícitas. Así que, por decirlo suavemente, tienen mucho más que ofrecer.

Si uno sigue los medios de comunicación europeos , o escucha a alemanes hablando de Europa con polacos, o a italianos con portugueses, nuestra isla, con su cetro, apenas aparece en las conversaciones. A ambos lados del Canal de la Mancha, se vuelve a interpretar el término «Europa» sin incluir a Gran Bretaña. La única excepción importante es la defensa y la seguridad, donde se sigue considerando que los británicos desempeñan un papel fundamental. El ministro de Asuntos Exteriores polaco, Radek Sikorski, formado en Oxford y otrora anglófilo, describe ahora fríamente al Reino Unido como un «proveedor de seguridad».

En cuanto a los países que desean unirse, la UE cuenta con una gran cantidad de ellos. Ya hay nueve candidatos reconocidos para la adhesión, entre ellos Montenegro, un pequeño favorito, y la enorme Ucrania. (Actualmente, Ucrania es más importante para Europa que el Reino Unido). En agosto, Islandia celebrará un referéndum sobre la reanudación de las negociaciones de adhesión. El debate se ha reabierto en la próspera Noruega. Y, siendo honestos, hay algunos en la UE —una minoría, sin duda, pero una minoría significativa— que no verían con buenos ojos el regreso del Reino Unido.

Todos los países piensan principalmente en sí mismos, pero si existiera un Mundial de solipsismo, los británicos se llevarían el trofeo sin esfuerzo. Un nuevo documental de la BBC que rememora la votación de 2016 nos recuerda dolorosamente la pobreza del debate europeo británico. Aquí, en medio de una procesión de los intrigantes que nos infligieron el mayor daño a la propia nación en nuestra historia reciente, nos encontramos de nuevo con Boris Johnson, con sus ideas tan desordenadas como su cabello. Resume la cuestión central así: «O quieres que el país sea independiente o crees que deberíamos crear una Europa federal». En realidad, toda la corriente principal de la política europea continental actual se centra precisamente en encontrar un punto intermedio entre esos dos extremos. En la interpretación más benévola, Johnson no ha aprendido ni olvidado nada desde su época como corresponsal en Bruselas a principios de los 90.

Si observamos cómo es probable que evolucione el mundo en los próximos veinte años —un mundo de grandes potencias e imperios en competencia, con una Rusia militarmente agresiva, una China económicamente agresiva y unos Estados Unidos que jamás recuperarán su excepcional nivel de compromiso transatlántico posterior a 1945—, resulta obvio que la mejor opción para una potencia intermedia como Gran Bretaña es formar parte de un grupo más amplio de países que comparten, en gran medida, los mismos intereses y valores. «¡Gran Bretaña debería ser más grande!», declaró en una ocasión, de forma bastante ridícula, el recién nombrado primer ministro Tony Blair. Todos los demás países europeos, empezando por Francia y Alemania, pueden afirmar que así es como se alcanza una mayor influencia. Por lo tanto, el objetivo estratégico de la política británica debería ser que el Reino Unido se convierta en miembro de pleno derecho de lo que, para entonces, será una Unión Europea diferente. Y, con toda modestia, un análisis objetivo sugiere que, a largo plazo, a la UE en su conjunto le convendría tener, entre sus más de 30 miembros, a una Gran Bretaña cuya voluntad firme fuera formar parte de ella.

Sin embargo, se necesitará una larga campaña de persuasión democrática para lograrlo. Esta persuasión será necesaria a ambos lados del Canal de la Mancha. En las encuestas de opinión británicas, ya existe una mayoría constante a favor de reincorporarse a la UE y una mayoría abrumadora entre los votantes jóvenes: el 68 % de los de entre 18 y 34 años, según IPSOS. Así pues, el tiempo estará a favor del regreso de Breturn. Pero la política seguirá siendo compleja. La persona con más probabilidades de suceder a Keir Starmer como primer ministro laborista este otoño es Andy Burnham, alcalde de Manchester, si gana las elecciones parciales que se celebran este jueves, día en que se reúne el Consejo Europeo. Él (o quien suceda a Starmer) puede que aún se sienta limitado a negociar dentro de las líneas rojas actuales del partido, que especifican que no habrá retorno a la unión aduanera, al mercado único ni a la libre circulación. Pero el nuevo gobierno debería declarar de inmediato y con audacia una ambición estratégica mucho mayor.

El Partido Laborista debería entonces presentarse a las próximas elecciones, previstas a más tardar en 2029, sin líneas rojas, afirmando simplemente que su objetivo es lograr la relación que sea mejor para Gran Bretaña. Idealmente, todo el emergente bloque liberal de izquierda (fragmentado al estilo europeo), formado por los Liberaldemócratas, el Partido Laborista, los Verdes y los nacionalistas escoceses y galeses, adoptaría esa postura. Mucho va a cambiar en Europa en los próximos tres años, y puede que sean necesarias algunas medidas transitorias (como la adhesión al mercado único) en la próxima legislatura; pero la persuasión democrática debe comenzar ahora. En este peligroso mundo postestadounidense, el mejor lugar para Gran Bretaña es, sin duda, «en el corazón de Europa», y la única manera de estar en el corazón de Europa es ser miembro de pleno derecho de la UE. El camino es incierto, pero el objetivo debe estar claro.

Sin embargo, cada paso dependerá de la UE , que tiene la sartén por el mango. Por lo tanto, los británicos también deben comprender la postura de los demás europeos, cómo funciona realmente su compleja Unión y, para ser francos, qué beneficios obtienen de ella. Y los representantes electos británicos deben aprender a hablar el idioma europeo, ese singular lenguaje multilingüe en el que la defensa del interés nacional se combina sutilmente con la visión históricamente fundamentada de un futuro europeo compartido. ¿Es capaz la actual clase política británica de esto? Espero que sí, más de lo que dudo. Timothy Garton Ash es historiador. Substack, 17 de junio de 2026.