domingo, 7 de junio de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 5. MANUAL PARA ENTENDER UNA GEOPOLÍTICA ENLOQUECIDA, POR CARMEN GÓMEZ-COTTA. 7 DE JUNIO DE 2026

 



 



El orden liberal internacional al que estábamos acostumbrados ha cambiado. Es una aseveración que analistas y politólogos llevan haciendo desde hace ya algunos años, pero ¿cuándo empezó esa transformación? ¿Qué la caracteriza y hacia dónde nos conduce? Repasamos las principales claves que nos ayudan a comprender estos tiempos convulsos.

Junio de 1944. Las tropas aliadas desembarcaron en Normandía para comenzar la liberación de Europa de los nazis. La Operación Overlord, una ofensiva militar sin precedentes, allanó el camino hasta el Día de la Victoria, en mayo de 1945, cuando la Alemania de Hitler cayó. Pocas veces el mundo ha estado tan cerca de ser tan distinto.

Con el objetivo de evitar guerras de semejante calibre, además de promover la cooperación política y garantizar la estabilidad económica, las potencias vencedoras diseñaron un orden internacional basado en dos pilares fundamentales: uno financiero —con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio— y otro político —con las Naciones Unidas—.

Nacía así una nueva arquitectura que ha funcionado durante 70 años. O mejor dicho: Occidente creyó que funcionaba. Porque hay otra parte del mundo que no encaja en un sistema de normas que no se ajusta a su realidad. «En ese orden de 1945 han aparecido países emergentes que no han encontrado acomodo, porque les parecía un orden injusto que no los representaba», explica José Ignacio Torreblanca, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations. Emergieron así India, China, Rusia; potencias que comenzaron a participar económicamente gracias a la globalización, que ahora reclaman su hueco y que, poco a poco, «empiezan a erosionar la legitimidad de un sistema y unas instituciones multilaterales que no se reforman y no les dan acceso».

Dentro de ese paulatino desplazamiento de las fichas tradicionales en el tablero internacional, tres hechos han afianzado la percepción de que el orden al que estamos acostumbrados está cambiando: la China de Xi Jinping, la Rusia de Vladímir Putin y los Estados Unidos de Donald Trump.

«El tema de nuestro tiempo es la emergencia de China, que ejerce un poder y una influencia transformadora en el orden internacional», sostiene José María Beneyto, abogado y experto en relaciones internacionales que lleva tiempo observando de cerca el crecimiento del país asiático. Durante los primeros años de Xi Jinping, China no mostraba de manera explícita su voluntad de influencia, «entre otras cosas, porque estaban parapetados bajo ser un país en vías de desarrollo que necesitaba a los demás», añade Beneyto. Además, «creían en los principios de cooperación internacional, en el libre comercio, atrajeron inversión, se hicieron con el know-how occidental». Pero llegó un momento en el que Estados Unidos se dio cuenta de que esa ascensión trae consigo «una amenaza a la seguridad, no solo económica, sino también al dominio de los mares». Así, de forma aparentemente sutil, Xi Jinping ha realizado un cambio importante: trasladar ese poder económico al poder político.

Un ejemplo de la influencia política de China en el tablero es su creciente presencia en otras zonas del mundo, como África o América Latina. «América Latina es un punto crucial, porque es Occidente y tiene unas conexiones muy particulares con Europa», señala Beneyto. En las últimas décadas, la región «ha pasado de ser el patio trasero de Estados Unidos a ser el gran recurso de inversión y extracción de materias primas para China», algo que inquieta a los occidentales.

«Desde comienzos de este siglo, la presencia de China en América Latina ha sido exponencial», apunta Pamela Aróstica, directora de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM). Una presencia que «ha generado oportunidades de desarrollo y diversificación de socios», pero también ha establecido relaciones asimétricas «que plantean riesgos como la dependencia económica y política, impactos en industrias locales y efectos ambientales y sociales, así como vulnerabilidad vinculada al control de datos y a infraestructura crítica».

A pesar de esto, la presencia china en la región pone de manifiesto que «América Latina ocupa una posición clave en la pugna entre Estados Unidos, como superpotencia, y China, que aspira a consolidarse como tal», opina Aróstica. Así, la acción de Estados Unidos en Venezuela a comienzos de este año marcó un punto de inflexión a nivel regional: «China tiene, por una parte, una política exterior de no intervención y, por otra, prioriza la protección de sus intereses económicos». Precisamente, «este enfoque pragmático le permite conservar su presencia regional y su papel como socio alternativo».

El papel de socio alternativo lo aplica China a distintos actores a lo largo y ancho del globo, en función de sus intereses en la zona. Con Rusia también ha estrechado lazos. «La alianza sino-rusa existe», afirma Beneyto, quien añade que «no hay que olvidar que, una semana antes del lanzamiento de la ‘operación militar especial sobre Ucrania’ —utilizando la terminología de Putin—, este y Xi Jinping se reunieron en Sochi e hicieron la declaración conjunta de una amistad sin límites y de un nuevo orden internacional». La reunión selló una relación que incluye «una cooperación en materia económica, energética, militar y, sobre todo, de oposición al gran enemigo: Estados Unidos».

La invasión de Ucrania es el otro gran elemento que ha supuesto un aldabonazo sobre el tablero internacional. Esto, porque Rusia es miembro permanente con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La cuestión empezó en 2004, con la anexión de Crimea, y adquirió dimensiones globales en 2022, cuando comenzó la guerra y Putin logró que China —otro miembro permanente del Consejo— le apoyase. La seguridad de Europa se vio entonces seriamente comprometida.

Asegurar las fronteras europeas es uno de los motivos por los que la Unión Europea sigue necesitando el paraguas de defensa estadounidense. Bajo la Administración de Joe Biden, esta ayuda estuvo garantizada; ahora, con Trump en la Casa Blanca, corre peligro. «Europa todavía no ha logrado dotar a Ucrania de la capacidad de defenderse por sí sola», reconoce Torreblanca. De ahí la necesidad de «promover una industria europea, como señala el Informe Draghi», con la que desarrollar una «seguridad económica y defensa militar» que permita cierta independencia de Estados Unidos. La clave, según afirma este experto, es la «interdependencia estratégica: diversificar y hacerlo con aliados sólidos y fiables».

Pero sobre todo hay que hacerlo rápido. «Somos una potencia en retroceso y, comparado con China y Estados Unidos, nos quedamos atrás en temas de PIB, de habitantes, de gasto de defensa», subraya Carlota García Encina, investigadora del Real Instituto Elcano especializada en Estados Unidos y relaciones trasatlánticas. Para esto no hace falta renunciar a la esencia europea, como insinuó Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, al instar a los socios a aumentar el gasto militar. «Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial», dijo, para luego retractarse. De acuerdo con García Encina, «Europa tiene que encontrar un equilibrio entre valores y pragmatismo», definir un «espacio para mantener una serie de principios y, al mismo tiempo, adaptarse a un orden que es diferente».

Y jugar bien sus cartas. Porque Estados Unidos también depende de la Unión Europea. Valga como ejemplo, en palabras de García Encina, «la guerra de Irán: Estados Unidos no puede proyectar sus fuerzas sin las bases europeas. Eso siempre ha sido así; sin ellas, no tiene proyección global». Por eso, «a medio-largo plazo, hay un retraimiento de Estados Unidos». Trump «es consciente de que no puede estar en todos los sitios, de que hay límites y por eso cada uno se tiene que hacer cargo de su propia defensa», algo que ya había dicho Barack Obama en su último mandato. Pero, «al mismo tiempo, necesita a los aliados para la industria de defensa —que está al límite— y para llevar la estabilidad a ciertos espacios».

Por mucho empeño que ponga la Administración de Trump, entre Estados Unidos y Europa «hay una interdependencia a nivel económico o industrial», de acuerdo con la analista del Elcano. Algo que, en el fondo, el propio Trump sabe, porque, a pesar de sus amenazas y «de querer siempre relacionarse con cada uno de los países europeos y no con la institución europea, en verano tuvo que negociar con la Comisión para cerrar los aranceles».

Aislacionismo en política exterior, nacionalismo económico y desregulación, bajo un barniz agresivo, son las características principales del movimiento MAGA [Make America Great Again], que se han convertido en el tercer gran elemento desestabilizador del tablero internacional. Nadie esperaba que la potencia que construyó y defendió ese orden global en 1945 sea, de repente, la misma que ahora lo está desafiando. Así las cosas, «la característica del actual orden internacional es la incertidumbre», concluye García Encina. Cualquier cosa puede pasar. Carmen Gómez-Cotta es analista política. Ethic, 31 de mayo de 2026.























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 4. EL OLVIDADO ARTE DE ESTAR A SOLAS, POR MARCOS ALONSO. 7 DE JUNIO DE 2026

 







Hoy, el cuadro Noctámbulos (Nighthawks) de Edward Hopper sería otro. Ese famoso bar nocturno de esquinas duras y luces frías ya no mostraría el silencio compartido de unos pocos solitarios, sino un grupo de figuras absortas en el resplandor de sus pantallas. Ninguna miraría a la otra; estarían juntas, pero cada una perdida en el pequeño rectángulo luminoso de su propio aislamiento. Aparentemente conectadas con miles o millones de personas en la distancia, pero ajenas a los pocos humanos que las rodean. Así comienza Soledad sin solitud, el último ensayo de Andrés Ortega Klein (Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2025), una reflexión de hondura sobre uno de los grandes temas de nuestro tiempo.

Ortega Klein, periodista y ensayista de larga trayectoria, conocido tanto por sus reflexiones sobre geopolítica y tecnología (La fuerza de los pocos, 2007; La imparable marcha de los robots, 2016) como por su labor como director del Departamento de Estudios del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, centra esta vez su mirada en el problema de la soledad. Y si bien uno podría creer, ingenuamente, que nos encontramos ante una cuestión menor o muy específica, nada podría ser menos cierto. A propósito de la soledad y sus implicaciones, el ensayo despliega una profunda reflexión sobre la actualidad, sobre el impacto de la tecnología, las tendencias políticas más recientes y algunos de los más antiguos problemas existenciales de la condición humana.

El libro aborda una paradoja que define nuestra época: el aumento de la soledad y, al mismo tiempo, la desaparición de la solitud. La distinción es crucial y se establece con claridad desde el inicio. En su sentido más básico, tanto la soledad como la solitud remiten a la experiencia de estar a solas; pero sus valores son opuestos. La soledad suele ser negativa, algo impuesto, un aislamiento forzoso que se vive como carencia: no solo estamos solos, sino que nos sentimos solos. La solitud, en cambio, es positiva o al menos neutra: es el recogimiento buscado, el retiro fecundo que nos reconecta con nosotros mismos, que nos permite pensar y crear. El autor lleva a cabo un análisis perspicaz y matizado sobre esta compleja cuestión, exponiendo que «agravar la soledad nos ha robado parte de nuestra solitud». Esta frase condensa el hilo conductor de todo el ensayo, mostrando la conexión que existe entre ambas dimensiones. Pues en unos tiempos en los que la soledad se percibe como una ola que no deja de crecer, el espacio para la solitud parece cada vez más frágil y menguante.

La tecnología tiene aquí, como en otros ensayos de este autor, un peso decisivo. La hiperconectividad —esa red de vínculos digitales que parece abolir la distancia— no solo no ha curado la soledad, sino que la ha multiplicado; y al hacerlo, ha destruido las condiciones mismas de la solitud. El autor analiza con detalle este doble fenómeno. Por un lado, la soledad no deseada crece hasta convertirse en un problema sanitario y político de primera magnitud. Si bien Ortega Klein rechaza con acierto la tentación —muy extendida— de concebir la soledad como enfermedad, aclara que sí puede y suele ser enfermiza. Tanto es así que, como se detalla en el libro, hay estimaciones de que el coste anual de la soledad no deseada es de 14.000 millones de euros. Desde un ángulo menos cuantitativo, la obra describe el impacto de la soledad en términos de salud mental, suicidios y enfermedades derivadas. Mas, por otro lado, la falta de solitud, mucho menos presente en nuestras discusiones contemporáneas, empobrece nuestra vida interior, debilita la creatividad y nos priva del espacio indispensable para pensar. Nuestra cultura contemporánea parece haber olvidado las técnicas y el arte de estar a solas. Se nos ha vuelto insoportable el silencio; el aburrimiento nos aterra; buscamos distracción y entretenimiento como si de ello dependiera nuestra supervivencia psíquica.

Ortega Klein propone rescatar la palabra antigua «solitud», hoy prácticamente desaparecida del uso común. Y con ello no solo reivindica una experiencia, sino también un vocabulario: nombrar bien las cosas es ya empezar a comprenderlas. El ensayo resulta muy convincente en este sentido, mostrando que la recuperación de este concepto no es un capricho arcaizante, sino una manera de iluminar una dimensión esencial de lo humano. El recorrido que el ensayo realiza por la historia de la soledad y la solitud es impresionante por su amplitud. El autor convoca a filósofos, literatos, científicos y pensadores de todas las épocas —de Newton y Heisenberg a Montaigne y Ortega y Gasset— en un diálogo que atraviesa siglos. Los ejemplos son elocuentes: Newton, ideando su ley de la gravitación universal nocte dieque incubando («pensando en ello día y noche»); Heisenberg, aislado en su isla del Báltico, concibiendo las bases de la mecánica cuántica; el propio Ortega y Gasset, tan sensible a la introspección y al ensimismamiento, quien precisamente llamó a su hija «Soledad». La historia de la cultura, nos recuerda el ensayo, es también la historia de las grandes solitudes creativas.

Pero la obra, en todo caso, no idealiza el aislamiento ni se deja arrastrar por una nostalgia reaccionaria. No encontramos una propuesta de vida retirada ni un romanticismo de eremita, sino una reconciliación con la solitud como necesidad vital. Su defensa de la solitud es ponderada y matizada: no es una alternativa al contacto humano, sino su condición de posibilidad. Como se expone a lo largo del texto, solo quien sabe estar a solas puede convivir realmente con los demás. El autor acierta asimismo al abordar la cuestión de manera histórica, mostrando cómo el problema social de la soledad es algo relativamente reciente, vinculado al proceso de modernización: la industrialización, las migraciones del campo a la ciudad, la disolución de las comunidades tradicionales, el capitalismo y su culto a la productividad. La soledad contemporánea tiene, por todo ello, causas estructurales: la precariedad, la movilidad, la fragmentación de los vínculos y la hiperexposición digital, entre otras.

De ahí que el ensayo dedique muchas páginas al fenómeno de la hiperconectividad y a la «necesidad crónica de distracción» que caracteriza nuestra era. Ortega Klein habla incluso de «tecnosoledad», en clara conexión con la noción de «tecnopersona» acuñada por el filósofo Javier Echeverría, describiendo ese nuevo tipo de aislamiento paradójico en el que los individuos, rodeados de pantallas y otros elementos virtuales, se sienten cada vez más desconectados y aislados. Las pantallas, escribe, «no solo favorecen la soledad, sino que nos roban posibilidades de solitud». El libro no elude las realidades incómodas: una gran parte de las relaciones amorosas actuales nace en aplicaciones de citas; los vínculos se negocian en un mercado de algoritmos y perfiles; la amistad muchas veces se mide en notificaciones. Pero no hay amargura en su tono, sino una lúcida descripción de nuestro entorno tecnológico, sus efectos y las previsibles consecuencias a corto y medio plazo.

Resultan particularmente sugestivas las páginas dedicadas a Japón, presentado como un espejo de nuestro posible futuro. Ortega Klein examina fenómenos como los servicios de compañía de «personas que no hacen nada», el «alquiler de familias» impostadas, o la presencia cotidiana de robots diseñados para ofrecer atención y afecto. En todos estos casos se revela el intento desesperado de paliar la soledad mediante la simulación de compañía. ¿Podrán los chatbots, los LLM (Large Language Models; grandes modelos de lenguaje) o programas como Replika, reemplazar la presencia humana? ¿Podrán aliviar el aislamiento o solo disimularlo? El autor no ofrece una respuesta cerrada, pero deja clara su preocupación por las consecuencias éticas y psicológicas de esta nueva forma de intimidad artificial. En este sentido, el ensayo tampoco olvida la dimensión política del problema de la soledad. La erosión de la comunidad y el aislamiento social, observa el autor, favorecen la polarización y el retorno de formas tribales de identidad política. La soledad y la ausencia de lazos comunitarios alimentan la crispación y la necesidad de pertenencia, que con frecuencia se canaliza en extremismos. Así, podríamos decir que la soledad no solo enferma los cuerpos y las mentes, sino que también resulta enfermiza para nuestra vida política.

Asimismo, el autor aborda con rigor la soledad de la vejez, especialmente en la llamada «cuarta edad». Analiza el problema de los cuidados —con sus claros sesgos de género— y la tendencia demográfica que anuncia un futuro inquietante: hacia 2050, cerca de un 20% de la población tendrá más de 65 años. ¿Qué tipo de sociedad será esa en la que millones de personas vivan solas durante sus últimos años? Las implicaciones son enormes. La experiencia de los confinamientos durante la pandemia de COVID-19, que también se toca en el libro, nos da pistas sobre lo problemático de esta situación. La experiencia colectiva de soledad impuesta que trajeron consigo los confinamientos permitió comprender, con dolorosa evidencia, la diferencia entre estar solos por decisión y estarlo por obligación. Incluso los que, como quien escribe, buscan y abrazan la solitud siempre que pueden, comprobaron de primera mano lo problemático de la soledad permanente y forzada.

El recorrido culmina con una reivindicación luminosa: la del arte de la conversación. Frente a la tecnosoledad y la hipercomunicación vacía, el autor propone rescatar el diálogo genuino, esa forma olvidada de estar con otros sin dejar de ser uno mismo. En una época dominada por los monólogos digitales y las respuestas automáticas, esta defensa de la conversación adquiere el valor de una propuesta ética y hasta civilizatoria.

Soledad sin solitud es, en definitiva, un ensayo de gran altura intelectual y humana. Con una escritura sobria, cuidada y serena, Andrés Ortega Klein no solo realiza un análisis notable del problema de la soledad —y la desatendida dimensión de la solitud—, sino que ofrece herramientas para abordarlo. De manera si cabe más fundamental, este ensayo se erige en un importante recordatorio de que el ser humano no puede vivir solo, pero tampoco puede renunciar a la solitud. Ambas forman parte de nuestra condición, y quizás un gran error de nuestro tiempo haya sido el olvidar la importancia de la solitud. Las tecnologías del mañana harían bien en tener esto en cuenta; e incluso si no somos capaces de proponer diseños tecnológicos que favorezcan y promuevan la solitud, deberíamos al menos esforzarnos en que su ataque a esta dimensión humana sea menos brutal y destructivo. Puede que, indirectamente, esta sea la mejor manera de luchar contra la propia soledad: aprender a ser solos para dejar de estar y sentirnos solos. Marcos Alonso es investigador en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y ha sido docente e investigador en la Universidad Yachay Tech de Ecuador y en la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile. Autor de más de 70 artículos en revistas nacionales e internacionales, su último libro es Ortega y la técnica (2021, Editorial. Revista de Libros, 19 de mayo de 2026. Reseña del libro Soledad sin solitud, de Andrés Ortega Klein. Oviedo, Ediciones Nobel, 2025






















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 3. LA VERDAD SOBRE LA FIESTA DE CUMPLEAÑOS DE TRUMP, POR ROBERT REICH. 7 DE JUNIO DE 2026

 





Amigos: A raíz de mi publicación de ayer sobre los planes de Trump para un mitin en el National Mall para celebrar el inicio de las festividades del 250 aniversario de Estados Unidos —diseñado, en sus palabras, para "patriotas" y que promete ser "salvaje"— varios de ustedes querían saber más sobre cómo se está planificando y financiando.

Los actos de este año conmemorativos del 250 aniversario, que recuerdan la negativa de los fundadores de Estados Unidos a someterse a un tirano, debían ser organizados por un grupo no partidista y sin ánimo de lucro creado por el Congreso en 2016 a través de un grupo parlamentario bipartidista de más de 350 miembros. Ese grupo no partidista y sin ánimo de lucro se llama “ America250 ”.

La iniciativa “America250” aún existe, al menos en teoría. Sus copresidentes nacionales honorarios son George W. Bush, Barack Obama, Laura Bush y Michelle Obama. Entre sus miembros ex officio se encuentran funcionarios gubernamentales, tanto actuales como anteriores, de ambos partidos. Puede encontrar más información en el sitio web oficial de la Comisión del Semiquincentenario de los Estados Unidos , aquí .

Pero “America250” no está planeando los eventos del 250 aniversario de este año en el National Mall ni en ningún otro lugar de Washington. Trump y sus aliados de MAGA eludieron al Congreso y crearon su propio comité organizador, llamado, de forma confusa, “ Freedom 250”.

La iniciativa “Freedom 250” de Trump se describe a sí misma de forma muy similar a como lo hace “America250”: como una “organización no partidista que lidera la celebración del 250 aniversario de nuestra nación”. 

Pero a diferencia de "America250", el "Freedom 250" de Trump está financiando eventos que promueven a Trump y su agenda política (razón por la cual la mayoría de los artistas que originalmente aceptaron participar se retiraron la semana pasada cuando se enteraron del engaño).

El " kit de herramientas Freedom 250 " enumera como su "tema central" la exaltación de " la visión Freedom 250 del presidente Trump ", impulsando los supuestos logros de Trump y no sus numerosos fracasos (como dos juicios políticos, condena penal por 34 cargos de delitos graves, intento de golpe de Estado contra Estados Unidos, incitación a un ataque contra el Capitolio de Estados Unidos, guerra desastrosa en Irán, etc.), de forma análoga a la orden ejecutiva de Trump que exige que el Smithsonian elimine los detalles sobre sus juicios políticos de las exposiciones del museo.

Como era de esperar, la iniciativa "Freedom 250" de Trump también está diseñada para generar ingresos para él. Su empresa personal está registrando la marca "Trump 250", junto con un logotipo casi idéntico al de America250.

La Organización Trump ha presentado varias solicitudes de registro de marca en relación con la celebración del 250 aniversario de Estados Unidos, todas ellas con el nombre Trump como elemento central de las esperadas festividades. En una de las solicitudes , se registró la imagen "Trump 250" para su uso en diversos productos, como pegatinas para coches, bolsas de tela, vasos, prendas de vestir y pelotas de golf. El viernes también se presentó una solicitud de registro de marca denominativa para el nombre "Trump 250".

La tienda online de Trump ya vende sudaderas , una manta de 200 dólares y pelotas de golf con ese logotipo.

Al igual que el proyecto del salón de baile de la Casa Blanca, el programa "Freedom 250" de Trump también es un esquema de sobornos. Se anima a personas y empresas con intereses financieros que probablemente se vean afectados por Trump a realizar donaciones deducibles de impuestos para obtener acceso a él y solicitarle favores.

Las corporaciones pagan entre 500.000 y 10 millones de dólares para convertirse en patrocinadores de Freedom 250. Las corporaciones que donan 1 millón de dólares o más serán invitadas a una recepción privada de agradecimiento de Freedom 250 organizada por Trump. Por 2,5 millones de dólares o más, los patrocinadores incluso tendrán la oportunidad de hablar en la celebración del 4 de julio en Washington. ( Entre los principales donantes hasta el momento se encuentran Lockheed Martin, ExxonMobil, Oracle, Palantir, Mastercard y United Airlines).

¿Quién más está pagando las festividades del “250 aniversario de la libertad” de Trump? Tú y yo, al menos en parte.

Oculta entre las 870 páginas de la extensa "Ley Grande y Hermosa " del año pasado, se encontraba una asignación de 150 millones de dólares para "eventos, celebraciones y actividades relacionadas con la conmemoración del 250 aniversario de la fundación de los Estados Unidos".

La mayor parte de esos fondos se destinan a la iniciativa "Freedom 250" de Trump, en lugar de a la organización no partidista "America250". ¿Por qué? Cuando el Congreso aprobó los 150 millones de dólares, solo America250 planeaba celebraciones para el 250 aniversario. Pero ahora que Freedom 250 de Trump está en marcha, el Departamento del Interior de Trump le ha asignado 100 millones de dólares (25 millones se han destinado a la organización no partidista America250).

Ah, y a diferencia de otros grupos creados por el Congreso, el Freedom 250 de Trump no tiene que revelar nada sobre sus gastos hasta 2027 .

Así pues, la respuesta a sus preguntas sobre cómo se está planificando y financiando el 250 aniversario de Estados Unidos —y por qué se está convirtiendo en un vehículo de propaganda que celebra a Trump— es que Trump ha apartado al grupo no partidista que el Congreso creó en 2016 para planificarlo y lo ha sustituido por su propio grupo de leales a Trump, al que el Departamento del Interior de Trump está desviando la mayor parte de los fondos de los contribuyentes.

Esto es exactamente lo que Trump le hizo al Kennedy Center, a la Institución Smithsonian, a la Comisión Nacional de Planificación de la Capital y a todos los demás organismos semipúblicos que el Congreso estableció para el bien común.

Así es como el autoritarismo sustituye a la democracia: de forma lenta y gradual, hasta que todo el sistema se derrumba repentinamente.

Pero este ejemplo en particular resulta especialmente irónico porque se suponía que "America250" celebraría nuestra lucha por la democracia contra la tiranía arbitraria. El "Freedom 250" de Trump está haciendo exactamente lo contrario. Robert Reich es economista y profesor de la Universidad de California en Berkeley. Substack, 1 de junio de 2026.


























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 2. ESTA ES LA FÓRMULA PARA DERROTAR A UN AUTÓCRATA, POR MASHA GESSEN. 7 DE JUNIO DE 2026

 







Desde primera hora de la mañana del segundo sábado de mayo, primero cientos y luego miles de personas se congregaron en la plaza frente al majestuoso edificio del Parlamento húngaro para celebrar el inicio de una nueva era política. Era la plaza donde decenas de miles se reunieron en 1956 y 1989 para exigir el fin de la ocupación soviética y, en 2006, para protestar contra un gobierno desacreditado. Era la plaza a la que el régimen del primer ministro Viktor Orbán impuso un importante rediseño hace más de una década —desvió el tráfico, instaló un gran estanque reflectante y parterres elevados, y trazó caminos estrechos—, aparentemente para garantizar que no volviera a producirse una concentración masiva de este tipo. Ahora era la plaza donde Péter Magyar, antiguo leal a Orbán, juraría su cargo, con la promesa del renacimiento de la democracia y la libertad tras 16 años de control autocrático.

La multitud, que se juntaba en los espacios disponibles llenando gradualmente los cafés y calles cercanas, acogió a personas de todas las edades: jóvenes que no recordaban una época previa a Orbán y que habían votado en un número sin precedentes; intelectuales de edad avanzada que creían que jamás volverían a celebrar su país; familias multigeneracionales que habían llegado en autobús después de ver a Magyar en sus ciudades y pueblos natales. Durante su campaña, Magyar viajó a unas 700 localidades, convirtiendo muchas de ellas en “islas del Tisza”, puestos avanzados de apoyo a su partido. Al final, Magyar celebraba cinco o más mítines al día.

Parecía una misión imposible. Orbán y sus compinches dominaban los medios de comunicación, perseguían y difamaban a los políticos de la oposición y cambiaban las leyes electorales en beneficio de su partido, el Fidesz. Orbán parecía haber logrado lo que el sociólogo y teórico político húngaro Balint Magyar (sin parentesco) denomina “ruptura autocrática”, el punto a partir del cual es imposible desbancar a un autócrata mediante elecciones. Políticos iliberales de otros países peregrinaron a Hungría para aprender de Orbán; CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora, por su sigla en inglés), la reunión de los conservadores nacionales estadounidenses, empezó a celebrar allí una convención anual; y el vicepresidente JD Vance visitó Budapest antes de las elecciones, en una muestra de apoyo a Orbán. Y, sin embargo, los húngaros no solo le dieron al partido Tisza la victoria, sino la mayoría constitucional, poder suficiente para revertir los cambios introducidos por Orbán en las leyes e instituciones húngaras. El triunfo fue asombroso —único en nuestra era de retrocesos democráticos— y deja lecciones claras para Estados Unidos.

Una lección evidente del éxito de Péter Magyar reside en la escala, el alcance y la tenacidad de su red organizativa. “Tenían 2000 islas del Tisza con entre 30.000 y 50.000 voluntarios”, me dijo Balint Magyar, con evidente asombro. “Solo en sus centros de llamadas, tenían entre 3000 y 4000 personas en la última semana de campaña”. Hablamos dos días antes de la ceremonia de investidura, en su despacho del espectacular, aunque prácticamente vacío, edificio de la Universidad Centroeuropea. En 2018, el gobierno de Orbán obligó a la mayor parte de las operaciones de la universidad a exiliarse en medio de una campaña de desprestigio antisemita centrada en el filántropo estadounidense de origen húngaro George Soros, fundador y principal financiador de la UCE. Algunas de las muchas otras campañas de desprestigio de Orbán se centraron en los migrantes, “las élites de Bruselas” y las personas LGBTQ. Durante la última campaña electoral, vallas publicitarias y mensajes en las redes sociales generados por inteligencia artificial advertían a los húngaros que corrían peligro de ser invadidos por Ucrania y que solo Orbán podía protegerlos. Debería haber parecido absurdo —era absurdo—, pero durante años la estrafalaria propaganda xenófoba y antisemita le había funcionado bien a Orbán. No funcionó contra Péter Magyar, probablemente porque muchos húngaros tuvieron la oportunidad de verlo en persona, muchos de ellos en repetidas oportunidades. Esta es otra lección de su éxito: la anticuada política en persona puede ser un poderoso antídoto contra el alarmismo de los medios de comunicación.

En su discurso de investidura ante el Parlamento, retransmitido en pantallas gigantes instaladas alrededor de la plaza, Péter Magyar dijo que los votantes le habían otorgado un mandato “no solo para cambiar el gobierno, sino para cambiar el sistema. Para empezar de nuevo”.

Magyar enumeró las formas en que Orbán había dañado a Hungría: una economía estancada en la que un tercio de la población vive en la pobreza, servicios de salud inadecuados, escuelas de baja calidad, instituciones de bienestar infantil plagadas de abusos, una atmósfera de odio y miedo. El régimen de Orbán había “robado del bien común de la nación húngara, de los bolsillos del pueblo húngaro y de las mesas de los niños y ancianos húngaros”, dijo Magyar, “unos 20 billones de florines húngaros”, es decir, unos 65.000 millones de dólares, en la última década y media.

Políticos de la oposición habían descrito el régimen de Orbán como “corrupto”, un término relativamente suave que sugería una cierta aberración respecto a la función prevista del gobierno. Péter Magyar no hizo esa concesión. Tomando prestado un término acuñado por Balint Magyar, lo ha calificado de Estado mafioso: una empresa fundamentalmente criminal. Tercera lección: no te andes con rodeos.

En lugar de rehuir la confrontación directa, se fortaleció contra ella. Al ser elegido diputado al Parlamento Europeo, en 2024, se aseguró la inmunidad judicial en Hungría. Cuando circularon rumores sobre un video íntimo que se utilizaría para chantajearlo, pasó a la ofensiva y acusó a Orbán de utilizar “kompromat al estilo ruso” (no se divulgó ningún video). Sabiendo que probablemente bloquearían su registro de un nuevo partido político, asumió el control de uno que había quedado inactivo. Y lo que es aún más importante, en lugar de intentar crear coaliciones entre otros partidos, se centró en reclutar al mayor número posible de personas reales, de todo el espectro político y, en última instancia, construyó una gigantesca organización capaz de derribar el monopolio político de Orbán.

Podría decirse —y algunos lo han hecho— que Magyar ganó, al menos en parte, porque era un antiguo miembro del partido Fidesz de Orbán. Pero mis interlocutores en Hungría subrayaron que la credibilidad de Magyar residía en que no era miembro de la antigua oposición, cuyas políticas habían provocado el descontento que hizo posible el ascenso de Orbán y cuya timidez había contribuido a perpetuar su poder. Eso también es una lección: la persona mejor posicionada para acabar con el poder de Donald Trump no sería un republicano anti-Trump, sino alguien ajeno al grupo de poder demócrata, alguien que pueda afirmar con credibilidad que Trump no llegó al poder durante su mandato: un Graham Platner en lugar de un Thomas Massie.

A pesar de todo su incansable trabajo durante los dos últimos años, Magyar no creó su maquinaria política desde cero. Al igual que Zohran Mamdani, Magyar destacó en la conversión de potenciales simpatizantes en voluntarios de campaña. Un servicio de distribución de noticias ya existente proporcionó la estructura inicial de la red organizativa. Una amplia gama de movimientos de protesta de base también se unió. El día de la toma de posesión de Magyar, una conmemoración paralela, más pequeña, organizada por la ciudad de Budapest, celebró a esas organizaciones. Uno a uno, tomaron el micrófono para pronunciar un breve discurso sobre su causa y su participación en la victoria electoral: profesores que se habían organizado contra un currículo unificado dictado por el Estado; un joven que denunció abusos en el sistema de atención a la infancia; un estudiante de secundaria perseguido por recitar un poema contra Orbán; organizadores de la celebración del Orgullo LGBTQ de Budapest. Los oradores permanecieron en el escenario, formando poco a poco una multitud del tipo —de los muchos tipos— de húngaros comunes y corrientes que habían puesto fin a la era Orbán.

Esa es la quinta lección: las organizaciones de base que tienen poca o ninguna conexión con la política electoral —en Estados Unidos, podrían ser las redes formadas por los mítines No Kings, los grupos de resistencia al ICE, etc.— pueden importar tanto o más que las que ya están centradas en ganar votos.

Otra lección reside en las cuestiones que motivaron a los votantes de Magyar. La economía húngara es un desastre, pero los sondeos postelectorales de Median, una organización que había predicho los resultados de las elecciones con una precisión asombrosa, muestran que los votantes consideraron que la corrupción era, con diferencia, el tema más importante. Al preguntarles por qué pensaban que Orbán había perdido, el 49 por ciento citó la corrupción, y solo el 18 por ciento pensó que era “el empeoramiento de la situación económica, el aumento del costo de la vida”. Las otras razones citadas fueron “mentiras” (15 por ciento); “alarmismo, retórica de guerra” (11 por ciento); y “la gente se hartó” (10 por ciento). En otras palabras, los húngaros parecían considerar que el daño que el orbanismo le había hecho a la nación era más importante que cualquier daño que hubiesen experimentado como individuos. Estaban unidos por un sentimiento de indignación moral: “opciones de valor”, como me lo describió una persona cercana al gobierno entrante.

Las encuestas han demostrado sistemáticamente que incluso los votantes del Fidesz desean en general que Hungría siga en la Unión Europea (UE). Algunos seguramente solo quieren la facilidad de viajar y residir, pero otros probablemente tienen en mente los ideales más elevados de la UE, como el Estado de derecho, los derechos humanos y el objetivo esencial de la UE, que es la paz.

Hungría es uno de los países más pobres del bloque, y en los primeros años de su régimen, Orbán pudo utilizar la pertenencia a la UE para asegurarse financiación y, por tanto, poder, aunque arremetiera contra la burocracia de Bruselas. Pero en 2022, la Unión Europea empezó a retener la financiación, alegando corrupción. Y en 2024, después de que Hungría ignorara una sentencia del Tribunal de Justicia Europeo que le obligaba a tramitar las solicitudes de asilo, el tribunal le ordenó a Hungría que pagara 200 millones de euros e impuso una multa diaria de 1 millón de euros. (Cuando Orbán se negó a pagar, Bruselas dedujo el dinero de los fondos de la UE destinados a Hungría). Estas acciones no solo perjudicaron a la economía húngara, sino que también permitieron a Magyar establecer una conexión causal entre las políticas de Orbán y el bienestar de los votantes comunes. Una de sus principales promesas electorales fue desbloquear la financiación de la UE.

Hungría ingresó en la Unión Europea en 2004. La bandera de la UE —12 estrellas doradas sobre fondo azul— adorna la fachada del edificio del Parlamento húngaro junto al estandarte rojo, blanco y verde de la nación. Pero la política de Orbán, como la de la mayoría de los autócratas, era la política del agravio. Bajo su régimen, la bandera de la UE fue retirada y sustituida por la bandera de los Szekelys, una minoría húngara que se vio obligada a vivir en Rumania cuando los vencedores de la Primera Guerra Mundial redibujaron las fronteras de la región. El gesto simbólico de Orbán contribuyó a avivar el resentimiento contra la UE y lo que, según él, era una nueva generación de ataques a la soberanía húngara.

Péter Magyar programó su toma de posesión para el Día de Europa: el 76 aniversario de la declaración que creó la hoja de ruta para un continente unido. Antes de su toma de posesión, se volvió a izar la bandera europea. Pero se mantuvo la bandera de Szekely, señal de que Magyar pretende representar a todos los ciudadanos húngaros, incluidos quienes apoyaron a Orbán. En algunos reportajes estadounidenses, Magyar ha sido calificado de centrista o de centro-derecha. En realidad, su política —y esta es otra lección de su victoria— es pluralista.

El ascenso de Péter Magyar comenzó en febrero de 2024, cuando concedió una entrevista al medio de comunicación independiente Partizan. Arremetió contra Orbán por corrupción y por no representar a los húngaros, pero, de forma más explosiva, por un asunto totalmente distinto: encubrir los abusos sexuales a niños bajo tutela del Estado. Un caso que implicaba a más de 40 acusados había llegado a los tribunales, pero, al parecer, Orbán dio instrucciones a su departamento de justicia para que indultara a varios de ellos. Dos mujeres que habían dado su aprobación en aquel momento —la presidenta Katalin Novak y la ministra de Justicia Judit Varga, entonces esposa de Magyar— acabaron dimitiendo. Magyar acusó al régimen de Orbán de esconderse “tras las faldas de las mujeres”. Sorprendentemente, en la cercana Polonia, el único otro país europeo que ha derrocado a un gobierno autocrático, un escándalo de abuso sexual infantil y su posterior encubrimiento también parecen haber desempeñado un papel importante. Quizá se deba a que estas historias pueden arrojar una luz especialmente cruda sobre las redes y los abusos de poder. Esta es una lección que podría resultar útil en los Estados Unidos. Tal vez ya lo haya sido.

Ahora, al hablar en el Parlamento, el nuevo primer ministro húngaro ofreció una disculpa extensa y detallada a las víctimas de abusos y a quienes buscaron justicia. Y anunció que, para hacer frente a los crímenes del régimen de Orbán, iba a presentar una legislación para crear la Oficina Nacional de Recuperación y Protección de Activos, que prometió que “sería uno de los pilares del cambio de régimen de 2026”. Todas las personas a las que entrevisté en Hungría insistieron en que el cambio de régimen no estaría completo hasta que se hubiera producido un recuento completo de los abusos del régimen de Orbán y se hubiera castigado a los culpables de los delitos, aunque nadie, incluidas las personas cuyo trabajo será garantizar que se haga justicia, parecía tener una idea clara de cómo podría organizarse este proceso. Es evidente, sin embargo, que su objetivo no solo será satisfacer el deseo de retribución, sino también separar a quienes se enriquecieron gracias a sus conexiones con el régimen de Orbán de los millones de votantes comunes que lo permitieron, un paso esencial para sanar una sociedad que se ha regido por la política del odio, la ira y la sospecha. También hay una lección en eso.

Como muchos otros autócratas y aspirantes a autócratas —Vladimir Putin, Benjamín Netanyahu, Donald Trump—, Orbán estaba aparentemente desesperado por mantenerse en el poder porque, si perdía su cargo, podía enfrentarse a cargos penales. Por este motivo, incluso cuando Péter Magyar subió en las encuestas, e incluso el día de las elecciones, cuando los primeros resultados apuntaban a una victoria aplastante de Tisza, muchos húngaros supusieron que Orbán encontraría la forma de aferrarse al poder. ¿Se negaría a reconocer los resultados de las elecciones? ¿Declararía la ley marcial? Pero incluso después de que autorizara el pago de una suma global de seis meses de salario a los miembros de los servicios uniformados, se dijo que el personal militar estaba abrumadoramente a favor de un cambio de régimen. Orbán debía saber que no podía contar con ellos.

Abandonó el Parlamento tras las elecciones, y el día de la investidura no estaba en el edificio. Tampoco estaban varios de los miembros más destacados del Fidesz, el partido que aún dirige y que obtuvo aproximadamente una cuarta parte de los escaños de la legislatura. Sin embargo, sí se presentó el presidente Tamas Sulyok, leal a Orbán. Antes de que Magyar jurara su cargo, Sulyok pronunció un anodino discurso sobre la importancia del Estado de derecho y el orden constitucional.

Magyar se negó a seguirle el juego. “Es irónico oírlo hablar ahora del Estado de derecho, tras dos años de silencio”, dijo. “Presidente, guardó silencio cuando el fracasado primer ministro llamó a la mitad del país” —los que se le oponían— “‘insectos a exterminar’. No expresó ninguna preocupación cuando los servicios secretos fueron enviados tras el mayor partido de la oposición. No alzó la voz cuando se utilizaron miles de millones de fondos públicos para difundir el odio a la guerra entre los húngaros, incluso entre nuestros hijos. Después de tanta cobardía y de hacer la vista gorda, ¿cómo puede representar la unidad de esta nación? No puede. Es hora de que se marche con la cabeza en alto mientras tenga la oportunidad”.

Los húngaros se consideran un pueblo educado y reservado. Llegan a tiempo. Observan el decoro. Se abstienen de la confrontación. Sin embargo, la noche de las elecciones se sorprendieron a sí mismos bailando por las calles al grito de “¡Se acabó!”. Y ahora su nuevo primer ministro volvía a escandalizarlos. Dentro del Parlamento reinaba el silencio, pero los miles de personas que seguían el discurso en las pantallas exteriores prorrumpieron en gritos y aplausos. Y cuando la cámara enfocó a Sulyok, con la cara congelada en una media sonrisa incómoda, la multitud soltó una ronda de abucheos que probablemente se oyó al otro lado del Danubio.

Esa misma mañana, Magyar y Agnes Forsthoffer, la nueva presidenta del Parlamento, habían depositado coronas de flores en la estatua de Attila Jozsef, un poeta de principios del siglo XX cuyo poema “Junto al Danubio” es un himno a la diversidad húngara. Termina con esta estrofa, entendida como un llamado a solucionar las diferencias:

La lucha que libraron nuestros antepasados

va disolviéndola en paz la memoria,

y arreglar al fin nuestras cosas comunes,

esto es nuestro trabajo – y no es poco.

La mayor parte de la poesía de Jozsef se considera tan compleja que es intraducible. Así, cuando los nuevos dirigentes políticos depositaron flores en su estatua con el acompañamiento de un concierto para clarinete de Mozart, proyectaban una nueva-vieja actitud hacia la alta cultura.

Esta es otra lección de la victoria de Magyar: su política es aspiracional e inspiradora, un tono que es un antídoto contra el cinismo y la vulgaridad de la autocracia. Es lo contrario de, por ejemplo, el enfoque adoptado por el gobernador de California, Gavin Newsom, quien trolea a Trump intentando superarlo en el envilecimiento del lenguaje político y de la vida política. Al hablar en el edificio del Parlamento, que Magyar calificó como “el edificio más bello del mundo” —y puede que lo sea—, proclamaba una nueva era de belleza y amor. Forsthoffer había utilizado la palabra “amor” cuatro veces en su breve discurso.

Cuando Magyar terminó su discurso ante el Parlamento, anunció que había invitado a actuar a un conjunto de niños romaníes. La persona con la que estaba —Zsofia Ban, una de las autoras más célebres de Hungría, y una persona tan poco acostumbrada a participar en exuberantes muestras de optimismo que me dijo que se sentía como si se hubiera disfrazado— lloró. Nunca había ocurrido nada parecido en el Parlamento. Los romaníes constituyen aproximadamente el 8 por ciento de la población húngara, lo que los convierte en uno de los mayores grupos minoritarios de Hungría y, posiblemente, el más pobre y el más discriminado. Magyar había hablado mucho de la difícil situación de los niños romaníes, de la que parecía haber aprendido en campaña.

Una decena y media de preadolescentes con camisa blanca y pajarita negra tocaron tamburas y entonaron una canción que es considerada como el himno del pueblo romaní húngaro, seguida de una canción popular húngara. Varios diputados recién elegidos lloraron abiertamente. Pero los diputados electos del partido de extrema derecha Nuestra Patria abandonaron la cámara en señal de protesta. La subjefa de esta facción, Dora Duro, alguna vez realizó una rueda de prensa para romper físicamente uno de los libros infantiles de Ban, que tachó de “propaganda homosexual”. Había sido muy bueno para las ventas del libro, pero sé lo que es ser denunciado por gente de tu propio país. Le pregunté a Ban cómo se sentía al saber que Duro seguía siendo miembro del Parlamento. “Perdieron”, respondió.

Cuando Magyar salió del edificio para dirigirse a la multitud reunida, ofreció su propia lección sobre su imposible victoria. “Contra una máquina de poder”, dijo, “no necesitamos otra máquina de poder, sino personas de verdad que —yendo de buzón en buzón, de casa en casa, en el frío, la escarcha y la lluvia— son capaces de cualquier cosa por su patria, sus vecinos, sus parientes y su comunidad”.

La siguiente tarea era “redescubrir cómo volver a vernos como una comunidad”, dijo. “Por tanto, les pido que se dirijan hacia aquellos compatriotas que hoy están decepcionados, que tienen miedo o que viven este periodo como una pérdida. No intenten derrotarlos, no los menosprecien. Escúchenlos y hablen con ellos. Díganles que este país también les pertenece a ellos; que son necesarios, como todo el mundo es necesario; y que juntos reconstruiremos Hungría, porque no hay izquierda, no hay derecha, solo hay húngaros”.

Uno de los secretos del éxito de Péter Magyar, me había dicho Balint Magyar, residía en recuperar los símbolos de la nación: la bandera, el himno nacional, la idea misma de la identidad húngara. Ahora Péter Magyar presenciaba una elaborada representación nacional: el izado de la bandera, soldados marchando al paso de la oca, caballería con uniformes ornamentados.

Y entonces terminó la pompa, pero Magyar seguía separado de la multitud por grandes extensiones de espacio vacío, la distancia que el gobierno de Orbán había diseñado tan cuidadosamente. Magyar empezó a hacer gestos a la multitud: acérquense, acérquense, pero la gente ya estaba apretada contra el borde del estanque reflectante. Al cabo de unos instantes, la excitación y el deseo de participar plenamente en este momento histórico se volvieron demasiado fuertes como para resistirse. Algunos hombres se subieron los pantalones y corrieron por la piscina reflectante, que resultó tener solo unos centímetros de profundidad. Casi inmediatamente, les siguieron cientos más. Corrieron chapoteando por el agua y hacia el otro lado, llenando el espacio del que tanto tiempo habían estado excluidos. “¡Ahora esta es su casa!”, exclamó Magyar.

Todas las personas a las que entrevisté en este viaje a Budapest creen en esta nueva era. Los académicos creen que volverán a ser libres para enseñar. Los jóvenes creen que serán la primera generación en años para la que quedarse en Hungría sea una opción deseable. Los activistas de la sociedad civil creen que podrán dejar de luchar por su propia supervivencia y centrarse en ayudar a las personas a las que quieren ayudar. Márta Pardavi, copresidenta de la única organización de Hungría que proporciona representación legal gratuita a las personas que solicitan asilo, se mostró incluso esperanzada —a pesar de la ausencia de tales promesas— de que el nuevo gobierno vuelva a aceptar solicitudes de asilo.

Los expertos con los que hablé fuera de Hungría se muestran más escépticos, preocupados por las notas de “sangre y tierra” que habían oído en los discursos de Magyar, seguros de que su atención a la difícil situación de los romaníes no era más que un calculado acercamiento a Bruselas, hecho con la esperanza de desbloquear fondos de la UE. Por otra parte, ¿no es para eso para lo que sirve el gobierno europeo: para fomentar y hacer cumplir los valores humanistas? Es demasiado pronto para decir algo sobre las políticas de Magyar, pero las elecciones de su gabinete parecen coherentes con el espíritu integrador de su campaña, política y socialmente.

Magyar terminó de hablar y cedió el escenario a Ibolya Olah, estrella del pop de etnia romaní y abiertamente lesbiana. Interpretó “Magyarorszag” (“Hungría”), una balada que hacía muchos años que no interpretaba porque, según dijo, su sentimiento patriótico había perdido sentido.

Ban, una amiga suya y yo nos sentamos en un café y pedimos Aperol spritz. “Por el primer día de la democracia”, dijo Ban, y chocamos nuestras copas. El dueño de la cafetería, quien reconoció a Ban, nos trajo magdalenas rellenas de nata. Ban bailó en su silla al ritmo de “We Are the Champions” de Queen. Le pregunté qué le parecía depositar sus esperanzas en un político que procedía de la derecha, que aparentemente nunca había dicho una palabra en defensa de los inmigrantes y que apenas se había pronunciado a favor de los derechos de las personas LGBTQ. ¿Podría ser un lobo con piel de revolucionario? “Quizá lo sea”, dijo, sonriendo ampliamente. “Quizá lo sea”.

Y entonces bailamos por la plaza al son de la canción de Icona Pop con el estribillo “I don’t care, I love it” (no me importa, me encanta). Gente de todas las edades bailaba en fila de conga, quitándose las manos de los hombros para chocarnos los cinco. La fiesta en la plaza continuó hasta el día siguiente. M. Gessen es columnista de opinión en The Times. Ganó el Premio Pulitzer de opinión en 2026 y ha escrito 11 libros, entre ellos El futuro es historia: Rusia y el regreso del totalitarismo, que obtuvo el Premio Nacional del Libro en 2017. The New York Times, 31 de mayo de 2026.