miércoles, 13 de mayo de 2026

DEL ARCHIVO DEL BLOG. ¿QUÉ HAY QUE ESCRIBIR?, POR ELVIRA LINDO. PUBLICADO EL 13 DE MAYO DE 2009

 





No me gusta repetirme. No me refiero solo a repetir ideas de mis anteriores artículos, sino a repetir el asunto que han tratado los columnistas que publican días antes que yo. Considero un periódico como una especie de ecosistema en el que uno ha de saber el lugar que ocupa en relación con el que ocupan otros. Los actores lo explican bien: los hay que solo saben brillar defendiendo su propio texto; otros, en cambio, creen que el resultado final es más brillante si trabajan en equipo. Hace cosa de un mes leí un artículo publicado por el defensor del lector de The New York Times que abordaba esto que a mí me preocupa. Al parecer, los lectores escribían preguntando si el periódico de alguna manera dirigía la opinión de los columnistas. El editor respondía que aunque los columnistas gozaban de libertad para opinar lo que quisieran había momentos, como en los días posteriores a la matanza de niños en Newtown, en los que se aconsejaba a las firmas del periódico que no escribieran todos sobre el suceso. Al fin y al cabo, el lector estaba recibiendo información continua sobre enfermedad mental y control de armas.

No repetirse. A mí nunca me han aconsejado que no me repita, pero confieso que estoy alerta para no hacerlo. En ocasiones, algún lector me ha dicho, “todavía no sé lo que piensas sobre este asunto”. Suelo responder que si me viene leyendo desde años puede sacar sus propias conclusiones. No veo la necesidad por la que cada columnista deba expresar su rechazo o apoyo a los escraches, pongamos por caso, pero ha habido días que escurrías un periódico en la pila de la cocina como si fuera un trapo y te salía la palabra “escrache”. Hay algo de vanidad en pensar que tu opinión sobre lo inmediato es imprescindible, cuando lo favorable a nuestro ecosistema sería considerar que si tres compañeros tuyos ya han abordado un asunto y han opinado lo mismo que tú piensas, tu escrito no va a aportar nada nuevo. Te quedas sin tema para tu columna. Se siente, búscate otro.

Existe algo de vanidad en pensar que tu opinión sobre lo inmediato es imprescindible

Sin embargo, hay que reconocer que el público fuerza. Y más en estos momentos. Como no abordes uno los temas por los que la gente, y con razón, está enfurecida, sientes que esa semana te han puesto falta. Se andan repartiendo carnets de compromiso. No solo por lo que uno escribe ahora sino por lo que escribía hace diez años. En España siempre se vuelve a lo mismo: hay que demostrar que se es cristiano viejo. Y para practicar ese puritanismo tanto da la derecha como la izquierda: basta con que uno muestre en algún momento su afición a los placeres de la vida para que quede inhabilitado a la hora de hacer cualquier crítica social. Es lo mismo que sea una Maribel Verdú, que al parecer no tiene derecho a dedicar un premio a los desahuciados por vestir un modelo de Valentino, que alguien que muestre ahora una pizca de hedonismo. Lo cual lleva a una continua impostura: porque igual que un lector tiene sus momentos de pena, pero también de gloria, al que escribe le ocurre igual. Nunca he terminado de creerme a esos santones que aparentan una incombustible preocupación por la humanidad, desde que se levantan hasta que se acuestan. En los casos en los que he tenido la oportunidad de observar a estos personajes más de cerca he comprobado que no solo les quitaba el sueño la humanidad, también los royalties, los premios y la calidad del vino que les servían, pero se cuidaban mucho de que estas debilidades jamás llegaran a oídos de sus creyentes. Todo esto responde, aunque no queramos admitirlo, a una tradición religiosa: hay que esconder la alegría y el dinero y hay que airear el sacrificio, el dolor y la modestia.

¿Qué hacía usted hace diez años? ¿Qué escribía yo? ¿Pasaba usted 24 horas del día presagiando la deriva del país? ¿Dejó de pedir una tentadora hipoteca para comprarse un piso cuando consideraba que esa adquisición le aseguraba el futuro? ¿Escribía yo sobre eso que tantas veces comentaba mi padre (auditor) de que los bancos estaban prestando dinero que no tenían y que eso nos iba a llevar a la bancarrota? ¿Dejó usted de ir a la playa reservando el dinero de las vacaciones por si se daba la circunstancia de que la burbuja inmobiliaria pinchara y le echaran de la empresa? ¿Dedicaba yo todas mis columnas a la destrucción del litoral, a la decadencia del sistema educativo, a la entrega paulatina en la Comunidad de Madrid de los hospitales públicos a manos privadas? ¿Cuántas veces dejó usted de tapear pensando en que la vida da vuelcos y lo que hoy nos parece una actividad necesaria de sociabilidad mañana se convertirá en un lujo? ¿Consideraba yo que dedicarle una columna a una rana que saltó a nuestra piscina era una falta de respeto a los desheredados del mundo? No, por Dios, y sería insoportable defender medios de información en los que solo pudieran leerse columnas y libros sobre política, economía o conciencia social. Es incluso ahora y a veces siento que la repetición machacona de los mismos temas hace que nos falte aire. Si hasta Almodóvar, que puede hacer ya lo que le venga en gana, ha dado una explicación social a su comedia. Reconozco que no puedo tener ese carnet de concienciada social número 1. Hace 10 años estaba en otra cosa. Y no me arrepiento. 
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 13 DE MAYO DE 2026

 



























SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA PATRIA ESPAÑOLA. HOXE, MÉRCORES, 13 DE MAIO, EN GALEGO

 








Ola, bos días de novo a todos e a todas, e feliz mércores. Hai uns días, o 8 de maio para ser precisos, o 81 aniversario do fin da Segunda Guerra Mundial en Europa, foi tamén o 81 aniversario da miña concepción. Os meus pais, supoño, quixeron celebralo na súa casa na illa de El Hierro, onde vivían desde 1941, e eu fun o resultado. Un resultado feliz, sen dúbida, e un feliz aniversario, do que esquecín mencionarvos o outro día. Que quede dito: son o froito dunha paz ansiada, e síntome orgulloso dela. Outro día vos contarei de onde vén a miña afección pola política, no sentido máis puro arendtiano do termo, tamén cunha orixe fortuíta, nada da admiración dun neno de dez anos —o meu servidor— por un veciño novo, estudante de Ciencias Políticas na Universidade Complutense de Madrid. Pero iso é para outro día, "sine die", como dicimos os que queremos facernos pasar por avogados sen ser nada remotamente legal. Entón, imos coas entradas do blog de hoxe. A primeira, como sempre, son as viñetas de humor. A segunda é o arquivo do blog, a entrada de hoxe do 13 de maio de 2009, escrita por Elvira Lindo e titulada "Que debería escribir?". A terceira é o poema de hoxe, titulado "Todos os ciclóns deberían levar o nome da avoa", escrito polo poeta canario Pedro Flores. O tema de hoxe titúlase "Outra política" e está escrito polo filósofo Manuel Cruz. O descanso para o café de hoxe despois de cear está escrito polo poeta Luis García Montero e titúlase "Outra muller". E as tres entradas de hoxe a última hora da tarde están asinadas, respectivamente, polo profesor Robert Reich (o primeiro) e o economista gañador do Premio Nobel Paul Krugman (os dous últimos). Os seus títulos son: Como responder ao ascenso do Sur, Dará a nosa era de hiperafluencia paso ao populismo xenuíno e Que ocorre cando os estadounidenses se decaten do miserables que somos? Espero que as atopedes interesantes. Tamaragua, amigos meus. Ata mañá, se a sorte quere. Sede felices, prégovos: merecédelo, merecémolo. Bicos. Quérovos. HArendt





















ENTRADA NÚM. 10511

martes, 12 de mayo de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. ESPECIAL TRES. ¿ESTÁ EUROPA EN DECLIVE ECONÓMICO?, POR PAUL KRUGMAN. 12 DE MAYO DE 2026

 






Estoy en Europa unas semanas, tomando distancia física (si no mental) del mundo de Trump. Así que decidí hacer una breve pausa en mi serie sobre salud para escribir sobre la economía europea, específicamente sobre la percepción de que Europa está en declive. Según la opinión generalizada, Europa se está quedando muy atrás de Estados Unidos. Ha perdido todo el dinamismo que alguna vez tuvo y se está convirtiendo rápidamente en un museo de sus antiguas glorias.

Esta percepción está muy extendida: en Davos, en enero, Howard Lutnik, secretario de Comercio de Trump, pronunció un discurso tan insultante hacia Europa que Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, se retiró . El Wall Street Journal publicó recientemente un artículo titulado " ¿Qué sucede cuando los europeos descubren lo pobres que son? ", en el que afirmaba una equivalencia entre la economía europea y los estados más pobres de Estados Unidos, como Alabama y Misisipi.

Claro, ¿qué se puede esperar de un amigo de Epstein, especulador con criptomonedas estables y secuaz de Trump como Lutnick? Sin embargo, los europeos más perspicaces también están preocupados: en 2024, Mario Draghi, uno de los banqueros centrales más importantes de la historia, publicó un informe sobre la competitividad de la UE que ponía de manifiesto el retraso de la productividad europea y suscitaba serias alarmas.

Pero, ¿hasta qué punto es precisa esta percepción del bajo rendimiento europeo? Si bien existen razones válidas para preocuparse por el futuro de Europa, las críticas denotan desconocimiento de los problemas reales. Incluso los análisis económicos más sofisticados, del tipo de Draghi, resultan, en mi opinión, engañosos. Europa simplemente no es pobre como lo es Misisipi. Es más, según muchos indicadores —posiblemente los más importantes—, Europa, de hecho, está a la par con Estados Unidos.

Europa, junto con China y Estados Unidos, es una superpotencia económica. Y, en la actualidad, podría decirse que es la única superpotencia democrática del mundo. Sin embargo, las percepciones erróneas sobre su desempeño económico le impiden desempeñar el papel global que debería y que se necesita con tanta urgencia.

Si bien esta guía introductoria es principalmente informativa y pretende ofrecer una visión general del desempeño económico a largo plazo de Europa y compararlo con el de Estados Unidos, también es una llamada de atención a los europeos para que dejen de dejarse engañar por el triunfalismo estadounidense y reconozcan sus propias fortalezas, fortalezas que son cruciales en un mundo de creciente autoritarismo. Paul Krugmen es premio Nobel de economía. Substack, 10 de mayo de 2026.
















DE LA TARDE QUE CAE. ESPECIAL DOS. EL OPTIMISMO DESMEDIDO DE MI MADRE, POR ROBERT REICH. 12 DE MAYO DE 2026.

 






Amigos: Cuando era muy joven y me sentía frustrada por una cosa u otra, mi madre me aseguraba que "al final todo se soluciona".

Su optimismo solía sacarme de quicio. "¿Cuándo se acabará todo?", le preguntaba. "¿La semana que viene? ¿El año que viene? ¿Después de morir? ¿Dentro de un siglo? ¿Qué se supone que debemos hacer mientras tanto ? ¿Solo esperar ?". Las palabras de mi madre vuelven a mi mente, en parte porque hoy es el Día de la Madre.

También me vienen a la mente los terribles reveses de las últimas dos semanas: el desmantelamiento por parte de la Corte Suprema de lo que quedaba de la Ley de Derechos Electorales; la precipitada iniciativa de Luisiana, Florida, Carolina del Norte, Tennessee, Alabama y Misisipi para resucitar las leyes de segregación racial de Jim Crow; y la anulación por parte de la Corte Suprema de Virginia del plan de redistribución de distritos de Virginia. Todo esto, sumado a la guerra de Trump en Irán, su continuo estado policial de ICE dentro de Estados Unidos y sus innumerables ataques a la Constitución, me ha recordado el optimismo de mi madre.

Creía haber visto lo peor de este país. Viví bajo el mandato de Joe McCarthy, George Wallace, Bull Connor y Richard Nixon. El Ku Klux Klan asesinó a un hombre querido que me había protegido de los matones cuando era niño. La guerra de Vietnam se cobró la vida de un buen amigo de la universidad. El escándalo Watergate minó gran parte de la fe de mi generación en el gobierno.

Pero lo que estamos viviendo ahora es, en muchos sentidos, peor, porque la Corte Suprema, el Partido Republicano y Trump están destruyendo leyes e instituciones que se habían promulgado e implementado con gran esfuerzo para proteger nuestra democracia, defendernos de la intolerancia y fortalecer el estado de derecho. No habíamos alcanzado estos objetivos, por supuesto, pero al menos habíamos utilizado estas leyes e instituciones para intentar lograrlos. Ese esfuerzo fue la base del optimismo de mi madre, que luego se convirtió en el mío.

Sin embargo, quienes ahora están en el poder ya no luchan por una sociedad justa. Buscan una sociedad cruel y regresiva. Entonces, ¿qué nos queda al resto de nosotros?

Como muchos de ustedes, estoy furioso por la destrucción indiscriminada de tanto en lo que he creído y por lo que he trabajado. Pero me niego rotundamente a abandonar la lucha.

Con los años he llegado a comprender el optimismo de mi madre. Muchos objetivos sociales importantes requieren un gran esfuerzo, pero sin esperar que se alcancen pronto; de hecho, hay que aceptar que habrá momentos en que parezca que retrocedemos, e incluso que puede que no se logren en vida. Sin embargo, perseguirlos es esencial para que nuestra vida tenga sentido. Como nos aseguró Martin Luther King Jr., «el arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia».

Admito que a veces me invade el pesimismo. Pero el pesimismo es diferente del cinismo. El pesimismo es la sensación de que las cosas empeorarán, al menos en un futuro próximo. Es comprensible sentir pesimismo en momentos como este. Incluso mi optimista madre, si aún estuviera con nosotros y presenciara lo que está sucediendo, podría sucumbir a él en los días difíciles.

El cinismo es la creencia de que el empeoramiento es inevitable y que nada de lo que hagamos cambiará nada. El cinismo es un agujero negro del que no hay escapatoria. Es el final del camino.

Poderosas fuerzas reaccionarias quieren que abracemos el cinismo porque así lo ganan todo; pueden arrebatárselo todo sin luchar.

Si de vez en cuando te sientes pesimista, no estás solo. Pero, por favor, no caigas en el cinismo.

¡Feliz Día de la Madre a todas las madres y a las madres de todos ustedes! Y créanme: si seguimos luchando por la justicia social, al final todo saldrá bien. Robert Reich es economista. Substack, 10 de mayo de 2026.



























DE LA TARDE QUE CAE. ESPECIAL UNO. SOBRE EL SUICIDIO CON SUPERPODERES, POR TIMOTHY SNYDER. 12 DE MAYO DE 2026

 






Estados Unidos acaba de gastar miles de millones de dólares en una guerra que enriquece a sus oligarcas, empobrece a la ciudadanía, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos. Para justificar esta insensatez autodestructiva, la Casa Blanca alude a Jesús y al genocidio.

El 20 de abril me invitaron a hablar en Nueva York sobre ética y poder. Mi opinión, que expresé en una conversación en el Consejo de Relaciones Exteriores , en este breve video y en los medios de comunicación , era que nuestra guerra, totalmente inmoral, también era totalmente autodestructiva. La guerra, una catástrofe en sí misma, sugiere el principio rector de la política exterior de Trump: el suicidio de la superpotencia. El término se ha popularizado desde entonces, y algunos lectores me han pedido que lo explique con más detalle .

Antes han surgido y caído imperios, pero que yo sepa, ningún estado ha optado jamás por aniquilar su propio poder y haberlo logrado con tanta rapidez.

Resulta difícil percibirlo con claridad. Aun cuando nos oponemos a las iniciativas individuales de Trump, esperamos que, de alguna manera, se basen en una comprensión del interés nacional. No es así. Para comprender la naturaleza de este autodestrucción antiestratégica, conviene considerar trece fundamentos tradicionales del poder estatal.

1. Condición de Estado. Una superpotencia debe, como mínimo, ser un Estado moderno. Esto significa que debe ser una entidad que incluya, mediante leyes y otras instituciones, a un mayor número de ciudadanos en un esfuerzo común. No hay indicios de que la administración Trump considere a los Estados Unidos de América como un Estado. Trata la existencia de los Estados Unidos como una oportunidad comercial para un selecto grupo de personas, estadounidenses o de otras nacionalidades.

2. Interés nacional. Otro requisito mínimo para una superpotencia sería comprender por qué debe usarse ese poder. La administración Trump no muestra interés alguno en el bienestar del pueblo. Los teóricos de las relaciones internacionales han discrepado sobre cómo los líderes entienden los intereses nacionales; sin embargo, no estamos preparados intelectualmente para una situación en la que al líder simplemente no le importa ni el Estado ni la nación.

3. Sucesión. Para que un Estado se mantenga como superpotencia, debe perdurar en el tiempo. El requisito fundamental de dicha continuidad es un principio de sucesión, un mecanismo mediante el cual la autoridad se transfiere de unas personas a otras mientras las instituciones siguen funcionando. En Estados Unidos, la democracia permite la sucesión. Históricamente, existen mecanismos de sucesión, por ejemplo, por dinastía (o adopción dinástica, como en la Roma del siglo II) o por decisión de un politburó, como en China o la URSS (en Estados Unidos, este sería un politburó capitalista, el tipo de círculo oligárquico que nos trajo a JD Vance). Pasar de la democracia a sistemas tan diferentes acabaría con la república estadounidense. Trump aspira a permanecer en el poder indefinidamente, y así lo afirma. Al poner en entredicho el voto, pone en entredicho a Estados Unidos y, por ende, su poder.

4. Élites. Para que los estados prosperen y acumulen y mantengan el poder, las personas adecuadas deben estar al mando. No existe una fórmula infalible para lograrlo, y existe la inevitable tensión, como señalaron los estoicos romanos y otros, entre las habilidades necesarias para ascender a la cima y las aptas para servir a un interés general. Y quienes alcanzan una posición de autoridad intentarán transmitirla a sus hijos; la Iglesia Católica Romana llegó al extremo de insistir en el celibato sacerdotal para frenar esta tendencia. Históricamente, los estados poderosos buscan maneras de permitir que personas cualificadas ocupen puestos de autoridad, independientemente de su origen. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón estableció el principio del mérito tanto en la vida civil como en la militar. Estados Unidos tenía una administración pública envidiada por el mundo, así como unas fuerzas armadas que eran su institución más meritocrática. La administración Trump optó por desmantelar la administración pública y purgar el mando militar de personas incompetentes. Este proceso fue llevado a cabo por personas que, a su vez, carecen por completo de las cualificaciones necesarias para ocupar cualquier cargo, y mucho menos puestos en el gabinete. Para comprender la situación actual, debemos entender que personas como Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pete Hegseth, sobre quienes se podrían plantear otras objeciones, no tenían por qué aceptar sus nominaciones, ya que carecen de las cualificaciones necesarias. El mero hecho de que se considerara a tales personas, y mucho menos que fueran designadas, es un claro indicio de un suicidio político de las superpotencias.

5. Educación. En un sentido más profundo, una superpotencia debe contar con un mecanismo para revitalizar su sociedad y, por ende, su política y administración, preparando a su población para comprender los desafíos del mundo. Esta administración ha hecho lo contrario. Se prohíbe a los estudiantes universitarios reunirse y expresar sus opiniones; las administraciones universitarias son amenazadas con represalias si permiten que sus profesores impartan clases libremente; las bibliotecas de todo el país, incluidas las de las academias militares, son despojadas de libros útiles; la educación pública en general se reemplaza con estafas mediante las cuales el dinero de los impuestos se transfiere de los más pobres a los más ricos mientras las propias escuelas sufren recortes presupuestarios; se permite e incluso se fomenta un internet sin regulación que transforma la esfera pública en un ámbito de emociones y recriminaciones.

6. Ciencia. El ascenso de las grandes potencias suele implicar una alianza entre la política y la ciencia. Los antiguos mesopotámicos fueron astrónomos cuyos sistemas de descripción de los cielos aún influyen en nuestra forma de pensar; lo mismo ocurrió con los mayas. Los romanos lograron aplicar la ciencia griega para construir, defender y curar. El Renacimiento fue, no por casualidad, también la era de la exploración. Las potencias imperiales modernas crearon instituciones estatales para financiar la ciencia y atraer científicos; Estados Unidos, a partir de la década de 1940, fue el ejemplo más destacado de esta tendencia, y la ciencia (a menudo practicada por inmigrantes) fue la base más importante del poderío estadounidense. La política actual de Estados Unidos consiste en financiar la ciencia basándose en tabúes ideológicos primitivos y en desalentar la inmigración de jóvenes científicos al país. Los científicos de mayor trayectoria también se marchan; un colega con un puesto central en la ciencia estadounidense me comentó recientemente que se va del país, en parte, porque el ambiente general es mejor en otros lugares. Asimismo, la política estadounidense consiste en sembrar dudas sobre observaciones científicas básicas, como la del cambio climático antropogénico.

7. Energía. Los grupos humanos que impulsan nuevas tecnologías energéticas prosperan; los que no, fracasan. Esta podría ser la verdad más profunda de nuestra historia; un magnífico libro de próxima publicación demuestra la importancia de las transiciones energéticas en su nivel más profundo: el de la historia misma de la vida en la Tierra. Los humanos que dominaron el fuego pudieron consumir más energía. Los humanos que domesticaron perros pudieron usar su energía para cazar mamuts. Los humanos que domesticaron plantas pudieron aprovechar la energía solar para sus propios fines. Los humanos que comprendieron el clima y la meteorología pudieron utilizar la energía eólica para la exploración y la conquista, como hicieron los vikingos. Estados Unidos se fundó en el umbral de una transición hacia la energía de hidrocarburos: carbón, petróleo, gas natural. Estas formas de energía se están volviendo obsoletas, no solo en términos ecológicos, sino también económicos. Y, sin embargo, esta administración ha optado por cancelar la transición energética de Estados Unidos y subvencionar tecnologías sin futuro. Esto es, quizás, un suicidio de superpotencia en su forma más básica. Y nada podría beneficiar más al principal rival de Estados Unidos, China, que esta decisión.

8. Tecnología. No se requiere mucho esfuerzo para asociar la tecnología con el ascenso de las grandes potencias. El éxito militar está íntimamente ligado a la innovación; desde el espolón hasta la ametralladora, la relación causal es prácticamente indiscutible. Si bien Estados Unidos gasta enormes cantidades de dinero en armamento, la administración Trump ha optado por centrarse en armas del pasado en lugar de las del futuro. La idea de Trump consiste en acorazados que lleven su nombre, basados ​​en lo que recuerda de una película. Los planes para los acorazados de la "clase Trump" son una mezcla de ficción y vulnerabilidad, lo cual refleja la personalidad del hombre. La idea es invertir cantidades incalculables de dinero en un tipo de arma que se considera obsoleta desde 1943 y que, de construirse, sería altamente vulnerable a las armas que otros países poseen actualmente. Este atavismo estratégico aleja a Estados Unidos de la seguridad nacional en su sentido más básico. La naturaleza de la guerra moderna se revela en la guerra de alta tecnología entre Rusia y Ucrania, especialmente en la exitosa autodefensa de Ucrania. La administración Trump optó por ignorar las lecciones de esa guerra y por menospreciar y retirar la financiación al aliado ucraniano de Estados Unidos, en detrimento de los intereses estadounidenses y de la capacidad bélica estadounidense.

9. Diplomacia. Este arte, celebrado por las grandes potencias, ha sido pisoteado por Estados Unidos. No puede practicarse sin comprender a otros países, como han recalcado los diplomáticos estadounidenses más centrados (por ejemplo, Henry Kissinger, a quien difícilmente se le puede excusar de sentimentalismo). Se ha basado, en el caso estadounidense y en otros, en la construcción deliberada de un cuerpo diplomático donde las personas se capacitan en idiomas y comercian con conocimientos. Bajo la administración Trump, el servicio exterior ha sido pisoteado. El principio de la diplomacia, tal como es, es que otros países harán lo que queremos porque somos grandes y malos. Esto no ha funcionado. La extraña noción de que el presidente puede "hacer tratos" él mismo es señal de un culto religioso; como la mayoría de los cultos, su actividad es la generación de excusas cada vez más creativas para la falta de desempeño. No hay evidencia de que Trump sepa negociar, y abundante evidencia de que no lo hace: por ejemplo, la derrota en las guerras comerciales con China; La vulnerabilidad personal ante las preferencias de los líderes rusos y el desastre del enriquecimiento nuclear iraní, del cual Trump es el principal promotor, han puesto en manos de dos personas, Steve Witkoff y Jared Kushner, con estrechas relaciones personales con el presidente y evidentes intereses económicos en los conflictos en cuestión, la diplomacia de los hunos era mucho más sofisticada. Es difícil exagerar lo primitivo que es el enfoque estadounidense actual y la satisfacción que esto produce en los enemigos de Estados Unidos.

10. Alianzas. Las grandes potencias tienen aliados. Ciertamente, pueden cambiar estas alianzas rápidamente por razones de interés, como lo hizo el Imperio Romano de Oriente (Bizantino). De hecho, toda la historia del Imperio Romano se caracterizó por una diplomacia activa con los pueblos bárbaros vecinos (desde la perspectiva romana); la arqueología da testimonio de los acuerdos alcanzados. La historia de los imperios europeos modernos también se caracterizó por las alianzas, como entendieron los artífices de la superpotencia estadounidense. Bajo la administración Trump, los aliados útiles son ridiculizados y marginados sin otra razón que el capricho personal y el resentimiento. Al no existir un sentido de interés estatal o nacional, no se comprende que las alianzas sean útiles. Trump se siente molesto porque está perdiendo una guerra y retira las tropas estadounidenses de Alemania; esas tropas están allí para que Estados Unidos pueda ganar guerras. Personalmente, no recuerdo ningún otro ejemplo en el que los líderes de una gran potencia se hayan comportado de esta manera, presumiblemente porque este tipo de decisiones son incompatibles con el mantenimiento del poder. Ahora parece que Estados Unidos está tratando como "aliados" a países de Oriente Medio que no tienen nada que ofrecer salvo sus propios intereses en el uso de las fuerzas armadas estadounidenses en su propia región, la participación permanente en la desastrosa política del petróleo y las oportunidades financieras para personas cercanas a Trump.

11. El sistema internacional. La América de la posguerra logró algo mucho más impresionante que construir un sistema de alianzas; esencialmente creó un conjunto de leyes, reglas y normas que permitieron al poder estadounidense mantenerse y expandirse. La Unión Europea y la OTAN, tan criticadas hoy por los seguidores de Trump, fueron resultados directos e indirectos de políticas estadounidenses inteligentemente diseñadas para maximizar los intereses comerciales y de seguridad de Estados Unidos. Pero el logro fue mucho más amplio, e incluso sin precedentes históricos: la construcción de leyes y convenciones que mantuvieron a un país en el centro del mundo. Hoy, los seguidores de Trump se presentan en el Foro Económico Mundial, la Conferencia de Seguridad de Múnich y reuniones similares quejándose de que las reglas están en su contra; la realidad era justo la contraria, porque Estados Unidos creó las reglas. Al destruir deliberadamente su propio sistema internacional, este gobierno estadounidense está mejorando la posición de sus rivales, China y Rusia, quienes han estado pidiendo precisamente esto, pero carecían de la capacidad para llevarlo a cabo.

12. La idea de la victoria. Una superpotencia gana en los enfrentamientos, al menos algunas veces. Esta administración pierde una y otra vez, y otros la perciben como perdedora. Trump anunció que su principal arma de influencia serían los aranceles, pero luego perdió su guerra comercial con China, dejando a Pekín más poderosa y envalentonada. La guerra ruso-ucraniana es un caso curioso. A los intereses de Estados Unidos en materia de prosperidad y estabilidad les convendría que Ucrania ganara; pero bajo el mandato de Trump, Estados Unidos cambió su política de apoyo a Rusia a apoyo a Ucrania. Así, perdió en ese sentido. Pero desde que Estados Unidos realizó ese giro, Ucrania ha tenido un desempeño cada vez mejor en la guerra, y Rusia un desempeño peor. Y así, sorprendentemente, Estados Unidos ha logrado ser el perdedor en la misma guerra en un doble sentido: por no ver sus propios intereses y por no fracasar. La guerra con Irán es una clara derrota estratégica en todo sentido tradicional; en la medida en que existían objetivos estadounidenses, no se lograron. Las políticas de Trump han dejado a Irán con más uranio enriquecido en manos de un régimen más radical que ostenta nuevas fuentes de poder económico en el mundo. En la situación actual, en la que las opciones militares se han agotado de forma humillante, los instrumentos útiles serían aquellos que implicaran la comunicación con el pueblo iraní o la influencia en la sociedad iraní. Dichas instituciones existieron hasta hace muy poco; fueron desmanteladas deliberadamente, con gran pompa, a principios de 2026.

Estados Unidos está gobernado actualmente por personas que celebran la derrota en términos simbólicos, propios de estados en decadencia. Consideremos la descripción que hizo el secretario de Defensa, Hegseth, del rescate de un piloto estadounidense como la resurrección de Jesús. La flagrante blasfemia de esta afirmación podría distraernos de su impotencia estratégica. Este tipo de imágenes cristológicas se utilizan como propaganda para transformar la derrota en el mundo real en una victoria en un mundo imaginario. Estados Unidos perdió la guerra en Irán. Entre otras cosas, no fue capaz de sostener una campaña aérea. El derribo de un caza estadounidense significó el fracaso de una misión individual. Es una buena noticia, por supuesto, que el piloto sobreviviera. Pero la idea de que se trató de un «milagro literal», como afirmó Hegseth, introduce a Estados Unidos, lamentablemente, en la tradición de los perdedores que utilizan a Jesús para proclamarse vencedores. Un ejemplo histórico de esto fue el Romanticismo polaco, con su idea de que el colapso de una república (debido principalmente a la desigualdad económica) convirtió a Polonia en el «Cristo de las Naciones». La autodeificación de Donald Trump debe interpretarse en términos similares: un presidente capaz de ejercer poder en este mundo no tendría por qué alegar que su verdadera autoridad proviene de otro. Sus fantasías sobre la destrucción total de la civilización iraní forman parte de un panorama apocalíptico incompatible con una política decente.

13. Finanzas. Si bien no es el tema histórico más interesante, el desastre presupuestario subyace a muchos de los colapsos más notables del poder estatal, tanto antiguos como modernos. Bajo la administración Trump, nuestra deuda nacional se acerca a los 40 billones de dólares. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la deuda nacional supera el PIB del país. Este es un punto de comparación significativo: es normal incurrir en grandes déficits al enfrentar un desafío de la magnitud de una guerra mundial. Sin embargo, estamos registrando enormes déficits por una razón completamente diferente: porque nos negamos a gravar a las personas y corporaciones adineradas. Este enfoque no es compatible con la guerra y la victoria, ni con el mantenimiento de los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna. Más profundamente aún: refleja una concepción de la política —el gobierno como servicio al cliente para los más ricos— que nos aleja del poder y nos aleja de la ética.

La guerra puede llevarnos a un diagnóstico de suicidio de superpotencia. Las guerras no pueden ganarse por personas que no tienen ni idea de lo que hacen, porque carecen de un marco de referencia (como la nación o el Estado) más allá de sus propios sentimientos. No se pueden librar con éxito cuando las decisiones diarias las toman las personas equivocadas y se utilizan las armas incorrectas. No se pueden poner fin de manera razonable cuando no existe la práctica de la diplomacia, ni la noción del valor de las alianzas, ni la preocupación por la corrupción.

Pero incluso un enfoque estricto en el poder nos llevará de vuelta a la justicia. Sin embargo, así como la guerra es solo un síntoma del suicidio de las superpotencias, este suicidio es solo un síntoma de un problema aún más profundo, uno que debe abordarse.

Incluso si lo único que nos importara fuera el poder estadounidense, tendríamos que preguntarnos cómo revertir las distorsiones de la democracia y las drásticas desigualdades que propiciaron niveles de insensatez estratégica sin precedentes . Tras un año de Trump, nos encontramos ante una situación en la que reforma y reparación ya no son las categorías pertinentes. Y, en cierto sentido, esto resulta útil. El hecho de haber llegado a este punto, el hecho de que tan solo un año de Trump pudiera provocar el suicidio de una superpotencia, demuestra que el statu quo anterior era insostenible.

Los sistemas que convirtieron a Estados Unidos en una superpotencia no pueden reconstruirse tal como eran, ni deberían: implicaban injusticias estructurales que hicieron posible el actual intento de autodestrucción. Desde nuestra perspectiva actual, existen dos caminos a seguir: uno es la autodestrucción de la república estadounidense; el otro es reconsiderar los ideales estadounidenses y reestructurar la política del país para otorgar al pueblo mayor poder sobre un futuro más justo.

PD: Si desea ayudar a los ucranianos a defenderse de la guerra de agresión criminal de Rusia, considere contribuir a la campaña Defensa del Cielo . Para bien o para mal, como nos han demostrado los ucranianos, este es un momento en que las campañas de la sociedad civil pueden contribuir a la seguridad general. Timothy Snyder es historiador. Substack, 9 de mayo de 2026.



























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. “STRUWWELPETER”, POR LEILA GUERRIERO, 12 DE MAYO DE 2026

 







Uno de mis parientes más jóvenes viene a cenar a casa. Se concentra en el camión de juguete que le regalo, se mantiene en un silencio tozudo. Cuando terminamos de cenar le digo que vayamos a mi estudio. Se levanta, pide que le dé la mano para atravesar el pasillo. Ya en el estudio, le muestro libros de mi infancia, de esos que llaman pop up y despliegan figuras en tres dimensiones. Él pasa las páginas mirando construcciones de papel que tienen más de 50 años, ajadas por el toqueteo de mis manos infantiles, un rastro fósil que no puede percibir. Bajo de un placard un perro de plástico blando, Pluto, con el que aparezco en una foto, tomada en la galería de la casa de mi abuela alemana, a los dos años. Un perro que tiene mi edad. Le toca las orejas, habla como un loro: leeme ese cuento, quién es el señor de esa foto (no sé cómo explicarle que la única foto que hay en mi estudio es de mi editor uruguayo, Homero Alsina Thevenet, entonces le digo que era mi maestro). De pronto mira un libro viejo que está en un estante. Lo señala. Se lo acerco. Le digo: “Es el Struwwelpeter, me lo contaba tu bisabuela”. Pasa las páginas, acaricia la melena de ese muchacho que se negaba a cortarse el pelo y las uñas. Dice. “Contame”. No sé alemán, recuerdo la historia porque mi abuela me la tradujo cientos de veces. La dulcifico, no le digo que el muchacho terminó con los dedos mutilados por negarse a un corte de uñas. Él se sienta en mi regazo en un movimiento inesperado y conmovedor. ¿Por qué se acerca así, como si yo le perteneciera? Me pregunto si este pequeño instante quedará grabado en sus recuerdos como quedará en los míos. Ese lazo de sangre y memoria, yo contándole el cuento que me contaba mi abuela. Le digo que hay helado, pregunta si es de chocolate, le digo que sí. Se baja de mi regazo, me extiende la mano y vamos juntos por el pasillo, atravesando las grandes, las hermosas aguas, hacia nuestros futuros inciertos. Leila Guerriero es escritora. El País, 9 de mayo de 2026.