sábado, 3 de enero de 2026

DEL ARCHIVO DEL BLOG: ¿TIENE FUTURO LA DEMOCRACIA? PUBLICADO EL 14/03/2017

 







Hace unos días el profesor Gabriel Tortella (1936), prestigioso economista e historiador, catedrático emérito de Historia de la Economía en la Universidad de Alcalá de Henares, publicaba un artículo en el diario El Mundo preguntándose si a la vista del  Brexit, la elección de Trump, el auge de los populismos, los nacionalismos y los partidos antisistema, junto con las regresiones antidemocráticas en Rusia, Venezuela, Bolivia, Filipinas y varios otros países, la democracia tenía futuro tal y como la conocemos hoy, en el que defendía que pese a todas las regresiones antisistema que se están viviendo en el mundo, la democracia sigue siendo la alternativa política menos mala, aunque es necesario reformarla para salvarla.

Numerosos pensadores ponen en tela de juicio el futuro de la democracia en el mundo, dice al inicio de su artículo. La Historia tiene algunas enseñanzas al respecto, pero no muchas, porque la historia de la democracia moderna es corta. Si bien su gestación se prolongó algo más dos siglos (puede decirse que comenzó con la Revolución inglesa del siglo XVII), la democracia plena tiene apenas un siglo de existencia. Se estableció precisamente en torno a la Primera Guerra Mundial (1914-18), si bien algunos pioneros, como Nueva Zelanda y Australia, la implantaron un poco antes. 

Aunque los tratadistas discutan sobre la definición precisa, añade, entendemos por democracia el sistema político en que el pueblo, sin más distinciones que la edad, elige a sus gobernantes; lo cual implica, por lo tanto, el sufragio universal de ambos sexos, ejercido con periodicidad.La historia de la democracia, con todo, es curiosa. Inventada y bautizada por los griegos clásicos (más exactamente, los atenienses), duró relativamente poco tras el siglo IV de la era precristiana. La República romana estableció un sistema parlamentario semidemocrático, que pronto derivó en dictadura e imperio. Desde entonces hasta el siglo XX la democracia desapareció de la historia, aunque hubiera algunos conatos aquí y allá. ¿Por qué esta larga interrupción de unos 23 siglos? Simplemente, porque ni los filósofos ni los gobernantes confiaban en la capacidad de los pueblos de tomar decisiones sensatas en materias de alta política. 

Al fin y al cabo, sigue diciendo, por impresionante que fuera el caso precursor de la Atenas clásica, el resultado de la primera democracia no fue ejemplar: ofreció errores flagrantes, de los que el más recordado es la condena a muerte de Sócrates, aunque hubo muchos más. La resurrección de la democracia en el siglo XX en nuestra era es producto de una evolución secular: la introducción del parlamentarismo y la Revolución Industrial en Inglaterra pusieron en marcha dos procesos paralelos: el desarrollo económico permitió, a través de la educación, la acumulación de capital humano en la población, lo que la fue capacitando para participar cada vez más en la política; esta creciente participación fue ensanchando las bases del parlamentarismo, de modo que los censos electorales se fueron ampliando hasta alcanzarse el sufragio universal. 

De manera concurrente, añade más adelante, el crecimiento económico alumbró el establecimiento de una clase media, cuyo voto a favor de partidos moderados contribuyó a dar estabilidad a las nacientes democracias. Este proceso, que se había desarrollado gradualmente a lo largo del siglo XIX, se precipitó con la Guerra Mundial y el triunfo del comunismo en Rusia. 

El éxito de la democracia en el periodo de entreguerras, señala, se vio empañado por el ascenso de los totalitarismos, que condujo a la Segunda Guerra Mundial. Pero ésta concluyó con triunfo de las democracias (y del comunismo). Por otra parte, el crecimiento económico ha borrado las antiguas distinciones de clase. En los países desarrollados, la gran mayoría puede considerarse clase media. La democracia pasó así a ser el canon político, y la mayoría de los países se fueron proclamando democráticos, aunque muchos de hecho no lo fueran. 

Parecía que nos aproximábamos al "fin de la historia" (expresión de Francis Fukuyama), en que la inmensa mayoría de la población estaría gobernada democráticamente, disfrutando de la paz y el bienestar que el imperio del Derecho y el Estado de Bienestar conllevan. Por desgracia, comenta, las cosas no han sido exactamente así. En primer lugar, muchos Estados actuales sólo tienen de democráticos el nombre. Tratan de mantener las apariencias, pero ni el sufragio se ejerce en ellos libremente, ni hay separación de poderes, ni los gobiernos ceden su puesto de buena gana, antes bien recurren a toda clase de artimañas (a menudo violentas) para perpetuarse. Además, hay amplios segmentos de la población mundial que rechazan la democracia, los más importantes de los cuales son los movimientos islamistas radicales (Al Qaeda, Estado Islámico), que la consideran un sistema ajeno y antagónico a su cultura. Uno de los grandes conflictos mundiales es hoy el enfrentamiento entre occidente y estos movimientos antioccidentales, la mayoría de los cuales opone la teocracia a la democracia.

Pero incluso dentro del campo realmente democrático, continúa diciendo, las cosas no son tan idílicas como se creía hace una generación. Dentro de países de impecable ejecutoria han aparecido movimientos que ponen en duda las bases de convivencia que se daban por inamovibles hasta hace muy poco. A ellos me refería en el primer párrafo de este artículo. Y es que la propia esencia de la democracia la convierte en un sistema muy frágil, que puede generar tendencias autodestructivas. Una de ellas es la tentación del suicidio; se han dado casos de suicidio democrático que están en la memoria de todos: esto ocurre cuando se vota por un gobernante que está decidido a instaurar un Gobierno autocrático. 

Así ocurrió, dice, con Hitler en la Alemania de Weimar en 1932, o en Argentina con Perón, o en Venezuela con Hugo Chávez. Y tantos otros casos ha habido. Las democracias son estables en la medida en que sus mayorías se sienten satisfechas y seguras y no están dispuestas a votar por un candidato o partido que amenace la estabilidad del sistema. Pero las sociedades son olvidadizas y, cuando sienten que su bienestar está en peligro, tienden a ser muy susceptibles a los cantos de las sirenas populistas y a revolverse contra el régimen político al que tanto deben. 

Existe en la conducta colectiva, señala, una tendencia a dar por hecho un cierto nivel de bienestar e incluso una mejora continua de ese bienestar, de modo que una pausa en ese crecimiento provoca un movimiento de rebelión que acostumbra a dar lugar a situaciones de inestabilidad que pueden llegar a poner en cuestión las bases mismas de la democracia. Por otra parte, y debido a esa desmemoria colectiva, los hijos de aquéllos que bendijeron y veneraron la llegada de la democracia ya no sienten ese fervor; frecuentemente sienten, al contrario, despego y hastío hacia la institución, y están dispuestos a echarlo todo a rodar cuando se consideran víctimas de las fuerzas impersonales del mercado. Se producen así fenómenos como el Brexit, el trumpismo, los nacionalismos, los populismos y demás aberraciones democráticas.Por otra parte, raro es el caso en que la democracia produce gobernantes excepcionales. 

Hoy se oyen con frecuencia voces lamentando que no tengamos líderes como Churchill o De Gaulle, concluye su artículo. Desde luego, Cameron y Hollande son poca cosa en comparación con aquellos gigantes. Pero es que figuras tan excepcionales eran productos de circunstancias excepcionales, que exigían decisiones valientes y desesperadas. Hoy triunfan los políticos grises que no lideran sino que van a la rastra, buscando el regate corto que prescriben las encuestas de opinión. O cuya panacea es el regreso a un pasado en gran parte mítico e irreal, como es el caso de Trump, de los nacionalistas catalanes o vascos, de los populistas franceses o alemanes, o de los aislacionistas ingleses. La supervivencia de la democracia exigiría otro tipo de líderes, gobernantes que no persiguieran la reelección de un modo rastrero. Quizá fuera mejor adoptar mandatos más largos sin posibilidad de reelección, al menos de reelección inmediata. O, igual que en Estados Unidos, permitir una sola reelección. Como toda obra humana, el sistema democrático adolece de graves defectos. Los que, pese a todo, creemos que es la alternativa menos mala, debemos debatir cómo reformarla para salvarla. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: ¡ZOOM!, DE SIMON ARMITAGE

 







¡ZOOM!




.    Comienza como una casa, la última de unos adosados

en este caso.

.    Pero no se queda ahí. Pronto es una

avenida

.    que dobla arrogante pasando el Instituto de Mecánicos,

gira a la izquierda

.    en la calle principal sin mirar siquiera

y rápidamente es

.    un pueblo con los principales cuatro bancos comerciales,

un periódico diario

.    y un equipo de fútbol luchando por el ascenso


.    Y continúa, ajena a las leyes de planificación,

a los Green Belts,

.    y antes de que nos demos cuenta está fuera de nuestras manos:

ciudad, nación

.    hemisferio, universo, expandiéndose en todas direcciones

hasta que de pronto,

.    piadosamente, es liberada por el centro de

un agujero negro

.    y disparada hasta una galaxia vecina, emergiendo

más pequeña y más suave

.    que una bola de billar pero más pesada que Saturno.


.    La gente me para en la calle, me acosa

en la fila de la caja

.    y me pregunta “¿Qué es esto, que es tan pequeño

y tan suave

.    pero cuya masa es superior a la del planeta anillado?

Son solo palabras

.    les aseguro. Pero no se lo tragan.




SIMON ARMITAGE (1963)

poeta británico






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 3 DE ENERO DE 2026










 
































AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN. GAUR, LARUNBATA, ABENDUAK 3

 







Kaixo, egun on berriro guztioi, eta urteko lehen asteburu zoriontsua. Lehenengo blog sarrera, ohi bezala, umorezko marrazki bizidun bat da; bigarrena, beti bezala, poema bat da: gaur, Simon Armitage poeta britainiarraren "Zoom!"; hirugarrena 2017ko martxoko artxibatutako sarrera bat da, non Gabriel Tortella historialari ospetsuak gure garaian demokraziak etorkizunik ote zuen galdetu zuen; eta laugarren eta azken sarrera, eguneko plater nagusia, Emma Vallespinós idazleak El País egunkarian idatzitako artikulu bat izan zen, non guztiok animatu gintuen koaderno bat argudioz betetzera bizitzaren balioaz konbentzitzeko. Espero eta opa dut interesgarriak izatea. A, eta bihar berriro ikusiko zaituztet, Zorteak uzten badizu. Mesedez, izan zaitezte zoriontsuak. Bihotz-bihotzez opa dizuet. Tamaragua. Zure laguna, Harendt. Musuak.












viernes, 2 de enero de 2026

ODIO 2.O. ESPECIAL DE HOY VIERNES, 2 DE ENERO DE 2026

 








Amigos, si una palabra pudiera resumir la ideología del segundo régimen de Trump, sería “odio”, comienza diciendo en Substack (30/12/2025) el economista y profesor de la Universidad de California en Berkeley, Robert Reich. Pensemos, por ejemplo, en Paul Ingrassia, que empezó como enlace de la Casa Blanca de Trump con el Departamento de Justicia y luego con el Departamento de Seguridad Nacional, antes de que Trump lo nominara en mayo para dirigir la Oficina del Asesor Especial de la Casa Blanca.

Politico publica hoy un artículo sobre Ingrassia, digno de mención porque ilustra claramente las prioridades de Trump en materia de personal.

Antes de su nominación, Ingrassia supuestamente le dijo a un grupo de compañeros republicanos: "Tengo una veta nazi en mí de vez en cuando, lo admito".

Ha escrito sobre el ex candidato presidencial republicano Vivek Ramaswamy: “Nunca confíes en un chino o un indio… NUNCA”.

Dijo que los negros se comportan como “víctimas” porque “ese es su estado natural… No se les puede cambiar”, y agregó: “Prueba: toda África es un desastre y siempre lo será”.

Ha instado a que la festividad de Martin Luther King Jr. sea "arrojada al séptimo círculo del infierno". Utilizando un insulto italiano para referirse a los negros, escribió : "Nada de festividades del moulignon... Desde Kwanza [sic] hasta el Día de Martin Luther King Jr., pasando por el Mes de la Historia Negra y el Juneteenth", y añadió: "Hay que destriparlo todo".

Ha escrito : “Necesitamos hombres blancos competentes en puestos de liderazgo… Los padres fundadores se equivocaron al afirmar que todos los hombres son creados iguales… Debemos rechazar esa parte de nuestra herencia”.

Ha respaldado la ley marcial . Se ha referido a la candidata presidencial republicana de 2024, Nikki Haley, como una "perra insoportable ". Calificó el ataque de Hamás del 7 de octubre contra Israel como una " operación psicológica".

Tiene vínculos con el antisemita declarado Nick Fuentes. Poco después de que hiciera el comentario "nazi", Ingrassia asistió a un mitin en apoyo de Fuentes.

La intolerancia manifiesta de Ingrassia fue demasiado incluso para los republicanos del Senado, quienes se opusieron a su nominación para dirigir la Oficina del Asesor Especial, lo que resultó en que Trump retirara la nominación en noviembre.

Pero Ingrassia no fue expulsado de la administración Trump. De hecho, tras retirar su nominación, Trump lo invitó a reunirse con él en la Casa Blanca y le ofreció otro puesto en la administración: asesor general adjunto de la Administración de Servicios Generales. Actualmente es asesor general interino y supervisa a más de 100 abogados.

A Trump no le molesta la intolerancia de Ingrassia, ya que es un fiel seguidor de Trump que durante años lo ha elogiado en X y Substack . (Después de que Trump republicara más de 100 de los comentarios aduladores de Ingrassia sobre Substacks, Ingrassia se autodenominó "el escritor favorito de Trump").

En el mundo de Trump, la lealtad aduladora siempre triunfa sobre la intolerancia y el odio.

En contraste con la amabilidad de Trump hacia Ingrassia, el régimen de Trump ha estado tratando de librar a Estados Unidos de personas que buscan detener la propagación del discurso de odio en línea.

El jueves, un juez federal de Nueva York impidió temporalmente que Trump detuviera a Imran Ahmed, fundador y director ejecutivo de una organización sin fines de lucro que trabaja para detener la propagación del odio y la desinformación en línea, a quien el régimen de Trump acusó de promover la censura de "puntos de vista estadounidenses".

Ahmed, quien se encuentra legalmente en Estados Unidos, con una tarjeta verde y una esposa e hijo estadounidenses, es una de las cinco personas excluidas por el régimen de Trump porque han estado analizando el discurso de odio en plataformas de redes sociales como X de Elon Musk.

Musk intentó sin éxito demandar al grupo de investigación de Ahmed en 2023 cuando documentó un aumento del discurso de odio en X después de que Musk comprara la plataforma, entonces llamada Twitter. Cuando el Departamento de Estado de Trump le prohibió la entrada a Estados Unidos a Ahmed, Musk publicó : «Esto es genial».

Así que ahí lo tienen, amigos. La intolerancia y el odio están bien dentro del régimen de Trump, siempre y cuando los intolerantes sean leales a Trump.

Mientras tanto, el régimen está intentando librar a Estados Unidos de gente que lucha contra la intolerancia y el odio. El odio es la ideología definitoria del régimen de Trump.






















DEL MENSAJE DEL REY, TRANSICIÓN Y RETROTOPÍA

 







Ya no estamos para gestas, pero sí ante un cúmulo de problemas que afectan tanto a la legitimidad de la democracia como a nuestra capacidad para solucionarlos. escribe en El País (28/12/2025) el politólogo Fernando Vallespín. Todos los países necesitan de algún mito fundacional, algún acontecimiento histórico más o menos edulcorado a partir del cual dotar de legitimidad a un determinado orden nacional o un sistema político. En nuestro caso, el más integrador y eficaz fue, sin duda, la Transición. Pasó a sustituir a aquel erigido sobre la victoria en una guerra fratricida, que a su vez trató de asociarse a una visión de España montada sobre sus supuestas gestas históricas, su homogeneidad y unidad inquebrantable y la identidad católica. Precisamente por eso, por su carácter integrador de un país plural y diverso, la Transición y el orden emanado de la Constitución del 78 fueron vistos siempre como el punto cero a partir del cual ordenar nuestra convivencia.

Su lado fuerte fue que renunció a los esencialismos nacionales para convertirse en un medio de cohesión y legitimidad cívica, representó ese momento “en el que supimos entendernos”, tan excepcional en nuestra historia. Contrariamente a lo que hoy se cree, no estuvo, sin embargo, libre de problemas ni fue ajena a los complejos datos del contexto. Fue un acontecimiento político y, por tanto, cuestionable en sus resultados, con cesiones mutuas entre las partes, todas ellas bien conscientes de que no se trataba de construir su democracia ideal, sino aquella que fuera posible dadas las circunstancias. Pero tampoco puede ignorarse que el consenso resultante habría sido inimaginable sin las movilizaciones contra el régimen anterior. Sacralizar este periodo es tan ridículo como criticarlo en nombre de una supuesta estrategia lampedusiana del franquismo, cambiarlo todo para que todo siga igual.

Traigo esto a colación por las palabras del Rey en su discurso de Nochebuena, con su reivindicación del espíritu de la Transición: la predisposición al diálogo y la búsqueda del entendimiento. Es la estrategia que Maquiavelo sugería para momentos de “crisis de la república”, recordar y resintonizarse al momento fundacional del orden político; como diríamos hoy, resetearlo a partir del programa de convivencia que lo hizo grande. Dada la temperatura de la confrontación política, puede parecer una quimera. Entre otras cosas, porque se ha diluido ya uno de los elementos fundamentales de aquel contexto. Entonces pocos dudaban de cuál era la hoja de ruta a seguir: instaurar una democracia liberal e integrarnos en los países de nuestro entorno. Había un diseño de futuro. Eso es justo de lo que hoy carecemos, aquí y en otros lugares, desgarrados casi todos por la polarización, el desencuentro y las dudas —el miedo, incluso— sobre el porvenir.

Sin embargo, las alusiones del monarca a la Transición carecieron de esa visión retrotópica (Zygmunt Bauman) tan habitual en los populismos, eso de buscar el refugio en un pasado idealizado ante un futuro incierto. Las referencias a aquel momento histórico fueron de puro sentido común, lealtad al sistema y ciertas dosis de pragmatismo. Ya no estamos para gestas épicas, pero sí ante un cúmulo de problemas que afectan tanto a la legitimidad de la democracia, erosionada por el creciente divorcio entre clase política y ciudadanía, como a nuestra capacidad para buscarles una solución adecuada. El espíritu cívico ha dado paso a la desconfianza, el cinismo y a una encarnizada lucha partidista incapaz de ponerse de acuerdo sobre los mínimos necesarios para una gobernabilidad eficaz y la adopción de reformas duraderas. Y, añadiría, sin que se haya encontrado un modelo de convivencia capaz de generar un consenso alternativo al que viene de aquellos años. No es un momento para las añoranzas o para revivir los antagonismos, sino para reencontrar una fórmula de volver a entendernos. Tan simple de definir como difícil de ejecutar.


















DEL ARCHVO DEL BLOG: LOS INTELECTUALES DESCARRIADOS. PUBLICADO EL 26/09/2016

 








Del libro La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política (Los Libros de la Catarata Madrid, 2016), de Ignacio Sánchez-Cuenca, se ha hablado y escrito profusamente en lo que va de año en prensa y sobre todo en las redes sociales en las que he participado modestamente, en mi caso, bastante críticamente con el libro y no tanto con su autor. Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, hace una crítica de ambos, de libro y de autor, en un enjundioso artículo del último número de Revista de Libros que no me resisto a subir hasta el blog.

Desde que los intelectuales hicieron su aparición en el mundo moderno, comienza diciendo, han abundado las críticas a su protagonismo en la vida pública desempeñando funciones y asumiendo una representación que, según sus detractores, nadie les había otorgado. La mayor parte de esas críticas procede de autores conservadores que han denunciado la propensión de los intelectuales a militar en la izquierda, cuando no en la extrema izquierda, y a ejercer su función crítica a partir de un doble rasero que a menudo comportaba una doble moral, bien patente en su disposición a justificar las atrocidades de los suyos. Ejemplo de esta literatura de denuncia sería el libro de Raymond Aron El opio de los intelectuales (1955), sobre su adicción al marxismo durante la Guerra Fría, y, más recientemente, Intellectuals (1988), del escritor británico Paul Johnson. Pero tampoco han faltado quienes, desde la izquierda, hayan criticado algunos rasgos característicos del gremio, como su falta de sentido de la realidad y su oportunismo. Julien Benda les dedicó su célebre La trahison des clercs (1927), dirigido en particular contra Charles Maurras y Maurice Barrès, y, en nuestro país, Indalecio Prieto llegó a lamentar el trato de favor que les dispensó la Segunda República, repartiendo prebendas entre ellos y metiéndolos con calzador en las candidaturas electorales de la izquierda. «¡Cómo se lo pagaron!», exclamará al recordar que algunos estuvieron en el origen de Falange y otros acabaron apoyando la sublevación militar.

Todo empezó a finales del siglo XIX, continúa diciendo, cuando surgió en Francia y España, con una sorprendente sincronización, el nuevo sustantivo intelectual, que Miguel de Unamuno utilizó, acaso por primera vez en español, en una carta a Cánovas del Castillo fechada en noviembre de 1896 a propósito de los llamados procesos de Montjuïc, que concluyeron con varias penas de muerte a presuntos terroristas. En Francia, el sustantivo adquirió carta de naturaleza tras la intervención de Émile Zola con su célebre J’accuse, publicado en enero de 1898, en la polémica por el affaire Dreyfus, que plantea similitudes de fondo y forma con los procesos de Montjuïc en España. El llamativo paralelismo en la aparición del término a uno y otro lado de los Pirineos sugiere la existencia de un sustrato histórico común, propicio al protagonismo de los intelectuales, generalmente a través de la prensa, como contrapeso a los poderes públicos. El fenómeno podría hacerse extensivo al resto de la Europa mediterránea y a la Rusia zarista, donde, a mediados del siglo XIX, surgió la voz intelligentsia para definir, en palabras de Isaiah Berlin, una suerte de «sacerdocio secular» imbuido de una idea de redención colectiva que con el tiempo definiría el papel del intelectual en el siglo XX, no en vano calificado como «el siglo de los intelectuales».

«No sé nada de eso. Yo no soy un intelectual, soy un escritor», contestó Graham Greene al requerirle un periodista su opinión sobre Alexis de Tocqueville. La respuesta del novelista británico, añade, es un caso de modestia poco frecuente entre los de su profesión y un recordatorio de la diferencia que, pese a todo, subsiste entre el escritor y el intelectual, sobre todo en el mundo anglosajón. El libro que acaba de publicar Ignacio Sánchez-Cuenca mantiene, como se aprecia en el subtítulo, la distinción entre estas dos figuras y carga las tintas principalmente contra los escritores, carentes en la mayoría de los casos de preparación para opinar sobre los grandes temas de la actualidad, pero provistos de poderosas tribunas mediáticas que les permiten comunicar sus ocurrencias a una ciudadanía indefensa. No son verdaderos intelectuales, nos dice el autor, sino meros literatos que actúan y opinan con la arrogancia propia del «macho discursivo» que llevan dentro.

La mayoría de ellos han asumido en los últimos años posiciones muy activas en el debate político español, en un sentido contrario a las inquietudes y simpatías de Sánchez-Cuenca, conocido en su día por su pertenencia al círculo intelectual del socialismo zapaterista, continúa más adelante. El índice onomástico permite graduar la importancia que otorga a estos «figurones con egos inflados» contra los que va dirigido el libro. Ordenados de más a menos, según el número de páginas en que aparecen, el ranking de los diez primeros sería el siguiente: Fernando Savater (31 páginas), Antonio Muñoz Molina (30), Félix de Azúa (22), Mario Vargas Llosa (14), Javier Cercas (12), Jon Juaristi (12), César Molinas (11), Luis Garicano (9), Javier Marías (9) y Arcadi Espada (5). A partir de esta lista, puede establecerse un retrato-robot del tipo de escritor que sufre las iras de Sánchez-Cuenca. Predominan los novelistas, pero hay también profesores de universidad y economistas, acusados no de diletantismo, como los demás, sino de practicar un rancio arbitrismo en su diagnóstico de los males de la patria y en sus propuestas de regeneración. Salvo estas pocas excepciones, se trata sobre todo de renombrados escritores que utilizarían sus columnas de opinión en la prensa como puertas giratorias entre la realidad y la ficción. Esa condición de literato entrometido y sabelotodo es una razón de peso para figurar en la lista negra de Sánchez-Cuenca, pero no la única ni la más importante. Hay otros dos factores que, en diverso grado, determinan su adscripción al lado oscuro: su evolución a lo largo de los años de la extrema izquierda a una izquierda establecida, e incluso a la derecha neocon, y su actitud crítica hacia los nacionalismos vasco y catalán. Al menos en la mitad de los casos citados, podría añadirse su vinculación al periódico El País.

«El fenómeno de la derechización, señala que afirma Sánchez-Cuenca, es especialmente agudo entre intelectuales que hoy tienen más de sesenta años». Y lo ilustra con una larga nómina de escritores, profesores y periodistas cuyos nombres aparecen acompañados de las organizaciones en que militaron en su juventud, desde el PCE hasta ETA, pasando por el GRAPO. Hay amplios y jugosos extractos también de lo que decían entonces sobre ETA y su entorno intelectuales que con el tiempo asumieron posiciones intransigentes no sólo ante el nacionalismo radical, sino en contra de los nacionalistas de toda condición y de quienes, sin serlo, han buscado una solución pactada al problema terrorista. Esta parte del libro, esa yuxtaposición entre el pasado y el presente de autores inconstantes en sus ideas, pero contumaces en el error, recuerda un panfleto de los años sesenta publicado con el título de Los nuevos liberales. Florilegio de un ideario político, sin autor ni pie de imprenta, pero auspiciado, según todo los indicios, por el Ministerio de Información y Turismo, e inspirado probablemente por el ministro del ramo, Manuel Fraga Iribarne. La técnica era la misma que ahora utiliza Sánchez-Cuenca: se cogía a seis intelectuales que habían cambiado de bando, pasando del falangismo al antifranquismo –Laín, Tovar, Maravall, Ridruejo, Aranguren y Montero Díaz–, y se comparaban sus puntos de vista antes y después de mudar de chaqueta, con el consiguiente escándalo del lector, que no podía dar crédito a tanta desvergüenza. Como el planfleto franquista, La desfachatez intelectual tiene mucho de «florilegio» de pasajes escogidos de sus protagonistas en su tránsito por las distintas formas de equivocarse que han jalonado su vida. Su propensión al error, nos dice Sánchez-Cuenca, responde a veces a motivaciones tan primarias como la pereza mental o el gusto de apropiarse de lo ajeno, como demuestra una nota a pie de página dedicada al turbio fenómeno del plagio. La nota no tiene desperdicio como ejemplo del doble rasero del autor, porque sorprende que en una relación de «escritores pillados copiando a otros» no figure el nombre de Manuel Vázquez Montalbán, ese gran referente moral de la izquierda, condenado por un juez en 1990 por haber firmado como suya una traducción de Julio César, de Shakespeare, que plagiaba el 40% de otra ya publicada por un especialista. Se dirá que, al tratarse de un autor ya fallecido, su caso estaba de más en una obra dedicada a la actualidad. Esta piadosa razón no impide, sin embargo, que se incluya al también fallecido Camilo José Cela, junto a dos exaltos cargos del PP, entre los escritores conocidos por su «manga ancha con el plagio».

Más importante aún que el eje derecha/izquierda para explicar esta peculiar forma de impartir justicia, añade el profesor Fuentes, es la tendencia de estos autores a sufrir lo que Sánchez-Cuenca llama «la obsesión nacional» o, simplemente, la «obsesión con el terrorismo», que podríamos definir como esa manía de algunos de no dejarse matar. Critica sobre todo su afición a denigrar al nacionalismo vasco y catalán, planteando una analogía con el fascismo que él considera completamente fuera de lugar. No es una cuestión baladí, porque hay argumentos que justifican al menos un debate sobre los elementos simbólicos y las prácticas políticas que comparten los nacionalismos entre sí y estos a su vez con el fascismo, que vendría a ser un nacionalismo sin bozal. Una persona tan poco sospechosa de neocon como el histórico dirigente anarquista José Peirats, al regresar a España tras largos años de exilio, no dudó en calificar de «lenino-fascistas» a los miembros de ETA. No era sólo el recurso al asesinato como parte de una política de exterminio, sino la utilización de una violencia cotidiana que buscaba un efecto intimidatorio entre la población, obligada a elegir entre su tranquilidad y sus principios, cuando estos eran contrarios al credo nacionalista. De la misma forma y con parecida efectividad actuaron las SA hitlerianas en la fase final de la República de Weimar, practicando la kale borroka contra sus adversarios y facilitando el triunfo electoral del nacionalsocialismo en un clima de fuerte presión sobre la ciudadanía, que optó finalmente por claudicar ante los violentos. Ya lo dijo Xabier Arzallus, en frase que, según el interesado –lo recuerda Sánchez-Cuenca, siempre al quite–, se ha interpretado de forma aviesa: «Unos agitan el árbol y otros recogen las nueces».

El caso catalán, añade Fuentes, es, sin duda, distinto, pero no se puede afirmar, como hace el autor, que la trayectoria del nacionalismo en Cataluña, de la Transición a nuestros días, haya estado presidida por la «ausencia de violencia». No hay más que recordar que la oposición a la política lingüística de la Generalitat por parte de un nutrido grupo de escritores, periodistas y profesores, firmantes en 1981 del llamado Manifiesto de los 2000, llevó a la organización terrorista Terra Lliure a secuestrar a uno de sus promotores, Federico Jiménez Losantos, y a dispararle un tiro en la rodilla. El mensaje estaba claro: quien se opusiera al nuevo modelo lingüístico ya sabía a lo que se exponía. Quién sabe si este hecho no influyó en la escasa contestación social que ha suscitado la inmersión lingüística, prueba irrefutable, según los biempensantes, de su aceptación general en el marco del llamado «oasis catalán». Hay ejemplos muy recientes de la existencia de una violencia de baja intensidad, pero sumamente eficaz para conseguir la invisibilidad de quienes cuestionan la inmersión identitaria impuesta por el nacionalismo. Recientemente, dos ciudadanas fueron apaleadas en el centro de Barcelona por defender a la selección española de fútbol. Las autoridades municipales y autonómicas llevan años justificando sus trabas a la celebración pública de los triunfos de la selección por su escaso arraigo en Cataluña. Y, a este paso, acabará siendo cierto, porque el efecto combinado de la coacción desde abajo y el obstruccionismo administrativo desde arriba puede conseguir, como en otros terrenos, que el sentimiento español se convierta en una especie de herejía tolerada, como mucho, en el ámbito privado. La afirmación de Sánchez-Cuenca de que en un futuro «Estado catalán no tendría por qué haber exclusivamente identidades catalanas» resulta de una ingenuidad asombrosa, a la vista del control casi absoluto que el nacionalismo ejerce ya sobre el espacio público y simbólico, antes incluso de haber conseguido un Estado propio.

El exceso de celo del autor en su defensa de los nacionalismos, sigue diciendo, le juega alguna mala pasada. Como ejemplo del juego sucio de «los antinacionalistas más primarios», aduce su insistencia en presentar el ideario nacionalista como un regreso a la tribu. No parece, sin embargo, que anden tan errados, si se recuerda que Anna Gabriel, la dirigente de la CUP y pieza clave en el procés independentista, se ha declarado partidaria de que a los hijos los eduque «la tribu». Sánchez-Cuenca considera temerario prejuzgar la calidad democrática de una futura Cataluña independiente. ¿Quién puede asegurar que se produciría un recorte de libertades, y no lo contrario? Aquí le convendría ser más consecuente con el legado histórico de la izquierda española, que pasó ya por un trance parecido en los años treinta. «No hago la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino», declaró el doctor Negrín en 1938, siendo presidente del Gobierno. Cualquiera que haya leído a Manuel Azaña, como sin duda es el caso del autor de este libro, debería tener presente su autorizado testimonio sobre la deslealtad de Esquerra Republicana con la República española, por ejemplo, cuando Azaña reprocha a los dirigentes de ERC «ese sentimiento deprimente de pueblo incomprendido y vejado que ostentan algunos de ustedes», cuando señala las «enormes y escandalosas […] pruebas de insolidaridad y despego, de hostilidad, de “chantajismo” que la política catalana de estos meses ha dado frente al Gobierno de la República», o cuando denuncia la existencia de «delegaciones de la Generalidad en el extranjero». Las «extralimitaciones y abusos de la Generalidad» eran de tal índole, según el presidente de la República, que no cabían «ni en el federalismo más amplio». Hay una base histórica, por tanto, para «prejuzgar», en contra de lo que aconseja el autor, los derroteros que puede seguir el procés en un futuro no muy lejano y para comprender el alarmismo de aquellos «machos discursivos», como los llama Sánchez-Cuenca, que abordan el tema con una «mezcla de frivolidad política y mala leche».

Las marrullerías y el victimismo del nacionalismo, señala más adelante, denunciados ya en su día por Azaña, obligan a ser prudentes ante una posible consulta a la ciudadanía, una opción que en sí misma podría considerarse una salida razonable al atolladero en que se encuentra el contencioso catalán. Huelga decir que el autor es firme partidario de «un referéndum que establezca con claridad cuál es el nivel de apoyo popular a la causa de la independencia». El problema consiste precisamente en fijar y hacer cumplir unas reglas del juego claras. Por lo pronto, no parece fácil traducir en una pregunta concreta y en un porcentaje de votos predeterminado, ya sea sobre el censo electoral o sobre el total de votos emitidos, el gran sofisma del «derecho a decidir». Habría que preguntarse si el principio de autodeterminación que se invoca frente a España se aplicaría también en el interior del «ámbito de decisión», respetando el derecho a decidir de aquellas unidades territoriales –municipios, comarcas, provincias– que mostraran una voluntad contraria a la del conjunto del territorio. Cabría el riesgo, asimismo, de que los partidarios del referéndum rechazaran un resultado que les fuera adverso y siguieran reclamando nuevas consultas hasta salirse con la suya. Aquí Sánchez-Cuenca podría alegar de nuevo que no deben formularse juicios de intención para desacreditar reivindicaciones plenamente legítimas. Pero la historia reciente ofrece una vez más elementos de juicio que hay que tomar en consideración. Valga como aviso a navegantes la respuesta que, en una entrevista en La Vanguardia dio una ministra del Gobierno autónomo de Quebec, partidaria de la independencia frente a Canadá, a la pregunta de si un hipotético triunfo de la secesión en un tercer referéndum, tras su derrota en los dos anteriores, podía ser revisable en un referéndum posterior: «No. ¿Para qué, si ya lo habríamos ganado?» Preguntada por la posibilidad de que el pueblo «cambiase de opinión», contestó lisa y llanamente: «No hay precedentes». Conviene informarse bien sobre esta cuestión de los «precedentes», no sea que alguno se lleve un chasco cuando descubra que el derecho a decidir no comporta el derecho a desdecirse y que la autodeterminación caduca, al parecer, cuando sus partidarios consiguen su objetivo.

Hace poco, señala el profesor Fuentes, una periodista de la televisión pública catalana prendía fuego a un ejemplar de la actual Constitución española en un programa de gran audiencia. Quemar la Constitución no es una práctica tan novedosa como podría parecer. La Inquisición hacía lo mismo con la de Cádiz tras su derogación en 1814. Que, al cabo de doscientos años, pueda considerarse retrógrada la defensa del sistema constitucional y progresista a quien lo vulnera y lo denigra es un fenómeno digno de estudio. Sería un error, por ello, considerar el libro de Sánchez-Cuenca una versión castiza de La trahison des clercs o un simple ajuste de cuentas, tipo Los nuevos liberales, contra aquellos escritores que, según él, se han pasado al enemigo. La desfachatez intelectual es sobre todo un síntoma del extraño síndrome que aqueja a ciertos sectores de la izquierda: la creencia de que los nacionalismos periféricos representan una fuerza progresista y que merecen por ello ser tratados con un respeto reverencial. En cambio, la crítica a los nacionalismos históricos, en parte herederos del viejo carlismo, y la defensa de la Constitución serían el rasgo indeleble de eso que el autor llama «el macho discursivo» y su reaccionaria visión de la política española. Cuesta creer, sin embargo, que semejante desatino pudiera ser compartido por las figuras históricas del republicanismo y del socialismo, especialmente tras el profundo desengaño que sufrieron en los años treinta. Parece urgente que los actuales líderes e intelectuales orgánicos de la izquierda vuelvan a leer a Azaña, Negrín, Prieto, Largo Caballero, Fernando de los Ríos, Araquistáin y demás «machos discursivos» que pasaron ya en su día por una experiencia similar a la nuestra. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt