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domingo, 19 de enero de 2025
sábado, 18 de enero de 2025
De las entradas del blog de hoy sábado, 18 de enero de 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 18 de enero de 2025. Es natural que el fracaso, concebido como cobijo y renuncia, tiente a muchos y seduzca a tantos más antes incluso de salir a escena, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, titulada De la tentación del fracaso, y cuando tu vida, tu arte, tu imagen pública o tu mero sustento dependen de la mirada distraída y ponzoñosa de los demás, el instinto pide cuerpo a tierra. La segunda de ellas es un archivo del blog de enero de 2019 titulado Vamos a joder al algoritmo, en la que se comentaba el hecho de que muchas personas, después de mencionar en una conversación, un tema, un libro, una comida o un paisaje, reciben correos y anuncios que tienen que ver con la conversación que han tenido, aunque hayan sido tan solo mencionados de pasada. El poema de cada día, en la tercera, comienza hoy con estos versos: "Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad./Desde la isla se oye un rumor lejano". Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.
De la tentación del fracaso
Es natural que el fracaso, concebido como cobijo y renuncia, tiente a muchos y seduzca a tantos más antes incluso de salir a escena. Cuando tu vida, tu arte, tu imagen pública o tu mero sustento dependen de la mirada distraída y ponzoñosa de los demás, el instinto pide cuerpo a tierra, escribe en la revista Ethic [Contra la tentación del fracaso, 10/01/2025] el escritor Sergio del Molino.
La tentación del fracaso se titulan los diarios más o menos íntimos de Julio Ramón Ribeyro, y no hace falta leerlos para entender una idea que Melville formuló en boca del escribiente Bartleby más de un siglo antes: preferiría no hacerlo. La tentación del fracaso es un canto dulce que invoca algo mejor que la inactividad. Habla del repliegue, de taparse hasta la boca con las mantas de la insignificancia. Es el placer de no ser visto y, por tanto, vivir libre del juicio ajeno. Se pierde con ello la posibilidad del triunfo, pero esa pérdida no es nada comparada con la ganancia de no verse derrotado. Porque para perder –como dice otro título, este de David Trueba– también hay que saber, y casi nadie está dispuesto a aprenderlo.
El activo envidia al pasivo. Me juego la vida a diario en cada columna, decía Francisco Umbral, y aunque era una hipérbole dandi y bastante ridícula, contenía algo de verdad. En cambio, sin ánimo de exagerar, Rubén Amón hablaba hace poco del suplicio de la soprano Lisette Oropesa (María Estuardo en la ópera de Donizetti que el Teatro Real programó en diciembre) y del embarazo de asistir a él –entendido como la entrega profunda a su arte, con todo el cuerpo y el alma– desde la comodidad de una butaca. Se alude en todos estos casos al hipócrita lector de Baudelaire –mi semejante, mi hermano–, que se entretiene displicente y sin comprometerse con la verdad latiente que los actores o los artistas le entregan. Al final, sin darle muchas vueltas, el hipócrita lector cerrará el libro, como el hipócrita espectador saldrá del teatro o apagará la tele y se abrirá una cerveza, desentendido de lo que acaba de ver, quizás aburrido o un poco despreciativo.
Es natural que el fracaso, concebido como cobijo y renuncia, tiente a muchos y seduzca a tantos más antes incluso de salir a escena. Cuando tu vida, tu arte, tu imagen pública o tu mero sustento dependen de la mirada distraída y ponzoñosa de los demás, el instinto pide cuerpo a tierra. Se necesita una buena combinación de impulso suicida y de narcisismo para mantener el tipo, y ni los más pagados de sí mismos se libran de la ansiedad. Rómpete una pierna, se desean los actores en inglés, y muchos se la rompen adrede para no dar el paso. Mejor tullido que expuesto a la mirada del público.
Manuel Vilas tiene un cuento en el que el público de una presentación de un libro se convierte en rinocerontes que atacan al escritor. Es la reescritura –no sé si consciente o no– de Las ménades, un perturbador relato de Julio Cortázar en el que el público de un concierto, liderado por una mujer de rojo (la ménade), enloquece y devora a los músicos de la orquesta. En mi cabeza, la mujer es la Silvia Pinal de El ángel exterminador de Buñuel, que parece una versión libre del texto de Cortázar, aunque tal vez este combine mejor con la Misery de Stephen King (pero Silvia Pinal da la medida de ménade clásica mejor que Kathy Bates, sin desmerecer el talento de esta).
Cito tantas referencias para subrayar que el miedo a ser devorado por el público es connatural a cualquier persona que se haya enfrentado a uno. Es un miedo metafísico que no tiene que ver con Lady Di escapando de sus paparazzi. Es un terror más íntimo y especular que se resume en la pregunta: ¿para qué? ¿Merece la pena ser empotrado por rinocerontes furiosos? ¿Da uno lo mejor de sí mismo para recibir a cambio un aplauso asténico –en el mejor de los casos– o una burla o un insulto –en el peor y más probable–? ¿Todo esto para qué, si no está pagado, si en el fondo no le importa a nadie, si no hay premio que lo compense?
Como vivimos tiempos de grandes dimisiones y llamadas a retirarse en la naturaleza, la tentación del fracaso resuena más fuerte que nunca. Sobre todo, porque las recompensas son también más magras que nunca. Qué se le ha perdido a nadie en ninguna escena insegura y expuesta a los esputos de los tuiteros más tabernarios y fascistoides pudiendo llevar una vida discreta y confortable. Simeón el Estilita y Francisco de Asís tienen muy buena prensa en los tiempos de Elon Musk: conozco a muchos que querrían imitarlos. No les culpo, pero también les recuerdo, cuando me cuentan sus planes de transitar las escondidas sendas de los pocos sabios, que Simeón se exhibía en lo alto de una columna para que los instagramers de su época se hicieran fotos con él, y Francisco fundó una organización político-religiosa riquísima y de un poder omnímodo. Cuidado con los ascetas, que buscan la atención por otros medios, como el famoso que elude a los fotógrafos que le acosan mientras pacta una exclusiva con el ¡Hola!
No cedas a la tentación del fracaso, me dijo una escritora amiga a deshoras en el bar de un hotel de algún país extranjero. Llevábamos unas cuantas copas y nos dio por confesar los hastíos y las cosas que queríamos mandar a paseo. Una conversación de lo más normal en los bares de los hoteles, que son antesalas de suicidios. No cedas a la tentación del fracaso, me dijo. Antes me había contado un montón de inseguridades y miedos que no me tomé muy en serio, hasta que me dijo: [los escritores] somos así, fragilísimos, y siento decirte que no te haces más fuerte con la edad (ella me pasa unos años).
Tal vez por eso los expuestos necesitan (necesitamos) sombras. Para no abrazarse a la tentación conviene tener un lugar al que huir. Leo que los ricos abandonarán poco a poco las redes sociales, que se convertirán en una especie de favela para desgraciados que no tienen otro medio de expresarse. Leo biografías de artistas sobre los que trabajo y los descubro pudorosos y elusivos: cuanto más parecen exponerse, más enigmas les ocultan. Mi propia amiga, que vive socialmente con las ventanas abiertas, a lo parisino, sin persianas ni cortinas, tiene un sitio al que escaparse donde no deja que nadie la observe. Sin una cabaña libre de todo escrutinio y de todo juicio no se puede soportar el suplicio del escenario.
Si han llegado hasta aquí tal vez se pregunten para qué ha escrito Del Molino esto y qué fracasos le tientan. No lo sé, a lo mejor me han sentado mal las vacaciones navideñas y me ha costado más volver, como sin duda les pasará a muchos de ustedes. Pero creo que lo he escrito, sobre todo, para descartarle a usted como hipócrita lector, como ménade o como rinoceronte. Estoy convencido de que, si ha aguantado la lectura hasta este párrafo, no debo temer que me devore o que me embista. Y eso, por poca cosa que parezca, reconforta y abriga.
[ARCHIVO DEL BLOG] Vamos a joder al algoritmo. Publicado el 12/01/2019
Del poema de cada día. Hoy, Isla, de Kirmen Uribe
ISLA
La felicidad.
Ese trabajador por horas.
Anne Sexton
Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.
Desde la isla se oye un rumor lejano.
Vamos al agua desnudos.
Anémonas, salmonetes, erizos.
Mira, el mar mueve la arena
como el viento mueve el trigo.
Bajo el agua te veo.
Me gusta el lento movimiento de brazos y piernas.
Me gusta tu pubis convertido en alga.
Salimos del agua. Hace calor. Hay sombra entre pinos.
Tus brazos están salados, tu pecho salado, tu vientre.
La misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.
Los segundos se confunden con los siglos
y los siglos con los segundos.
Nuestros cuerpos son peras recién peladas.
Anémonas, salmonetes, erizos.
Es domingo en la playa.
Kirmen Uribe (1970)
poeta español
viernes, 17 de enero de 2025
De las entradas del blog de hoy viernes, 17 de enero de 2025
De Trump, Musk y las amenazas de cuñado
¿Es Elon Musk el mayor villano de la historia (por primera vez, el hombre más rico del planeta controla la tecnología más avanzada, el Gobierno más poderoso y la plaza pública más influyente del mundo) o el mayor cuñado (que se ha comprado una barra de bar por 44.000 millones para gritar “pásame el cubata” y soltar barbaridades)?, escribe en El País [Ciudadano Musk, 14/01/2025] el politólogo Víctor Lapuente.
Podemos temer lo peor. De hecho, es más lucrativo ser agoreros. Conseguiremos más clics —esos que criticamos tanto cuando son de los otros— si pronosticamos el fin de la democracia con la vuelta de Trump. Nadie hizo caso a Obama cuando quiso tranquilizar al staff de la Casa Blanca tras la primera victoria del republicano en 2016 diciendo que no era el apocalipsis. Todos corrimos a creer los pronósticos más aterradores.
Quizás EE UU intente anexionarse Canadá porque Trump, en una rueda de prensa, dijo que usaría la “fuerza económica” para absorber a la nación vecina. O invada el canal de Panamá y Groenlandia —frente a una Dinamarca cuyo único ejército conocido son los soldados de Lego—. O llame golfo de América al golfo de México —cuando quien debe renombrarse como Golfo de América es el propio Trump—.
Son amenazas de cuñado. No hay persona en la Tierra con más trecho del dicho al hecho que Trump. Ya, pero ¿y Musk? ¿No está alentando con sus vergonzosas acusaciones al primer ministro británico de ser cómplice de violaciones de niñas y su vergonzante apoyo a la ultraderecha alemana un movimiento reaccionario internacional, como acertadamente señaló Macron?
Sin duda. Y Europa tiene que movilizarse para evitar injerencias externas en su política, vengan del Kremlin o de un podcast de bros. Pero, para evitar la contaminación de ideas tóxicas de ultraderecha, no podemos caer en la misma trampa mental que ellos. Es decir, asumir que hay una gigantesca conspiración tecnológica contra la democracia liberal. El populismo reaccionario ha medrado precisamente denunciando el supuesto sesgo progresista de todas las redes sociales, como (el antiguo) Twitter, Instagram o Facebook. Las Big Tech eran acusadas de “totalitarismo” izquierdista y hace unos meses, Trump amenazó, por escrito, a Zuckerberg con enviarle a prisión de por vida.
Europa debe ser más inteligente. Tenemos la mejor regulación del mundo contra la desinformación. Y, si una red (X) tergiversa, nos pasamos a otra (Bluesky). Para defender la democracia, nada mejor que votar con el dedo. No veo a Musk en el futuro como líder de una Spectra global, sino como Ciudadano Kane, un multimillonario derrotado por su propio ego.
[ARCHIVO DEL BLOG] La complejidad de las democracias. Publicado el 24/11/2016
Tuve un compañero de trabajo, por lo demás una buenísima persona, que decía sin asomo alguno de ironía que lo mejor era un régimen en el que solo uno decidiera lo que es bueno y malo, pertinente o inconveniente, que pensara por nosotros. En fin, uno donde solo cuente la voluntad del líder carismático. Un líder -como decían los apologistas del Caudillo-, cuya luz no se apagaba nunca en su dormitorio, siempre en vela, cuidando de nosotros... Yo, evidentemente, me quedo con la democracia, por imperfecta que sea y por cara que nos resulte.
Las democracias son regímenes complejos, dice el profesor Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco, profesor invitado en la Universidad de Georgetown y autor de un libro, La política en tiempos de indignación, que ya he comentado en el blog, con anterioridad.
Nuestros sistemas políticos son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, afirma también Innerarity en un reciente artículo en El País, afirmando que hay que promover una cultura en la que los planteamientos matizados no sean castigados sistemáticamente con la desatención o el desprecio.






















































