viernes, 27 de septiembre de 2024

De las viñetas de humor de hoy viernes, 27 de septiembre de 2024

 

























jueves, 26 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy jueves, 26 de septiembre de 2024

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 26 de septiembre de 2024. Echando un vistazo a la Tierra actual, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, cuesta creer que este planeta haya sido un aburrimiento lacerante durante la mayor parte de su historia. En la segunda, un archivo del blog de diciembre de 2017, se hablaba de como la burguesía occidental estaba siendo objetivo de una gran operación mercantil que se fundamentaba en un nuevo narcicismo, un egocentrismo modelo ‘new age’, y un egoísmo rabiosamente autorreferencial. El poema del día, en la tercera de las entradas, es de la poetisa cubana Dulce María Loynaz y se titula Quiéreme entera. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que sean de su interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt











De la vida en la Tierra

 







Echando un vistazo a la Tierra actual, cuesta creer que este planeta haya sido un aburrimiento lacerante durante la mayor parte de su historia, comenta en El País [De una bola de nieve llamada Tierra, 21/09/2024] el científico genetista Javier Sampedro. La Tierra tiene 4.500 millones de años, y durante casi 4.000 millones de ellos aquí no había ni helechos ni gusanos, ni árboles ni insectos, ni gambas ni caracoles, ni pájaros ni ratas, ni nada que pudiera verse a simple vista. Todo eso solo empezó hace 600 millones de años. Y la razón no es que la biología hubiera incurrido en dejación de funciones, porque las primeras bacterias evolucionaron sorprendentemente pronto. ¿A qué demonios vino entonces tan desesperante lentitud para que los microbios dieran lugar a organismos realmente interesantes como nosotros? ¿Eh?

Es la geología, amigo. Uno de los ejemplos más espectaculares es la “Tierra bola de nieve” (Snowball Earth, en inglés), que aún se considera una hipótesis, aunque se va consolidando con paso firme. Se trata de dos periodos (las glaciaciones sturtiana y marinoana) en que las capas de hielo que hoy se restringen a los casquetes polares llegaban hasta el mismísimo ecuador, cubriendo por entero el planeta y convirtiéndolo en una inmensa esfera de hielo. Esas dos glaciaciones formidables duraron cerca de 100 millones de años, y juntas definen el llamado periodo Criogénico. Lo más interesante es la fecha en que acabaron: hace 635 millones de años, poco antes de que los primeros animales, las esponjas, hicieran su aparición tras las exasperantes eras del aburrimiento. A partir de ese momento, la evolución animal —el proceso que nos creó— fue un paseo triunfal. Seiscientos millones de años pueden parecer una eternidad para nuestra miope escala humana, pero apenas supone el 10% de la historia del planeta.

El final del Criogénico coincide con algunos de los acontecimientos más importantes de la historia del planeta: una intensa actividad tectónica y volcánica, el enterramiento de grandes cantidades de carbono orgánico, un incremento sustancial del oxígeno atmosférico y la rotura del supercontinente Rodinia, que hasta entonces agrupaba toda la tierra firme en una sola masa continental situada en el sur del planeta. Atribuir todos estos fragores telúricos a una casualidad resultaría una verdadera excentricidad, aunque la verdad es que nadie comprende muy bien cuál es la conexión causal entre ellos, ni entre todos ellos y el origen de la vida animal en los recién formados litorales continentales.

Es probable que el incremento de la concentración de oxígeno sea especialmente relevante, pues pudo aportar la energía necesaria para construir unos cuerpos grandes y hechos de muchas células. La forma en que esos cuerpos —nuestros cuerpos— se organizaron en arquitecturas complejas, ordenadas y reproducibles es seguramente el mayor problema abierto en la genética y la biología evolutiva, si no en la biología en su conjunto. La lógica genética profunda del desarrollo animal es extraordinariamente invariante, pues los humanos la compartimos con los gusanos, y, por lo tanto, debió nacer en aquellos tiempos, y con una notable rapidez. En cualquier caso, si la biología tardó miles de millones de años en crear a los animales y las plantas fue solo porque la geología no se lo permitió antes.

Insisto en que la “Tierra bola de nieve” sigue considerándose una hipótesis, pero los geólogos Trent Thomas y David Catling, de la Universidad de Washington en Seattle, le acaban de dar un buen espaldarazo con unos innovadores métodos de datación precisa de aquellos acontecimientos, y en particular de la forma en que acabó la glaciación marinoana, el último episodio de Snowball Earth, que dio lugar a la gran explosión de la vida multicelular. Darwin estuvo toda su vida desconcertado por la relativamente brusca aparición de la vida animal en la Tierra, aunque conjeturó correctamente que toda ella procedía de “una o unas pocas formas muy simples y primordiales”. Todo encaja cada vez mejor en el gran cuadro de las cosas. Javier Sampedro es genetista.



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De la industria del espíritu. [Archivo del blog, 31/12/2017]












La burguesía occidental está siendo objetivo de una gran operación mercantil que se fundamenta en un nuevo narcicismo, un egocentrismo modelo ‘new age’, un egoísmo rabiosamente autorreferencial. Es la industria del espíritu, comenta en El País el escritor Jordi Soler. El filósofo Daniel Dennett, comienza diciendo, propone una fórmula para alcanzar la felicidad: “Busca algo más importante que tú y dedica tu vida a eso”. Esta fórmula va a contracorriente de lo que propone la industria del espíritu en el siglo XXl, que nos viene a decir que no hay más felicidad que esa que sale de dentro de uno mismo, lo cual puede ser verdad en el caso de un monje tibetano, pero no para quien es el objetivo de la industria del espíritu, el atribulado ciudadano común de Occidente que suele encontrar la felicidad afuera, en otra persona, en su entorno familiar o social, en su oficio, en un pasatiempo, etcétera.
De acuerdo con la fórmula de Dennett la clave está afuera, en el otro extremo, en la atención que dedicamos a cosas más importantes que nosotros, objetivo, por cierto, nada difícil de conseguir pues, en rigor, todo es más interesante que nosotros mismos.
La industria del espíritu, una de las operaciones mercantiles más exitosas de nuestro tiempo, ha crecido exponencialmente en los últimos años, no hay más que ver la cantidad de instructores y pupilos de mindfulness, o de yoga, que hay a nuestro alrededor. Mindfulness y yoga en su versión pop para Occidente, no precisamente las antiguas disciplinas que practican los maestros orientales, sino un producto práctico y de rápido aprendizaje que conserva su estética, su merchandising y sus toxinas culturales.
Hasta hace muy pocos años el yoga y el mindfulness eran actividades marginales, que practicaban unos cuantos, y hoy se han convertido, en muy poco tiempo, en una industria multimillonaria. No vamos a despreciar los beneficios físicos y mentales que da el yoga, ni puede negarse que en la introspección del mindfulness podría distinguirse eventualmente alguna luz, pero también es verdad que el éxito súbito y meteórico de estas dos industrias da qué pensar.
Lo de hoy es cultivar la espiritualidad, mirar hacia adentro de uno mismo, con un aire oriental, como vehículo para conquistar la felicidad. Como si de verdad la felicidad fuera una parcela conquistable, y no ese estado de ánimo aleatorio, espontáneo y efímero de, digamos, alegría integral, que llega de vez en cuando y a ramalazos. Lo más que puede experimentarse son momentos de felicidad, esa es precisamente la gracia; si la felicidad fuera un estado permanente viviríamos en un mundo de idiotas con sonrisa boba.
Frente al argumento de que la humanidad, finalmente, ha tomado consciencia de su vida interior, ¿por qué tardamos tanto en alcanzar este peldaño evolutivo?, propondría que, más bien, la burguesía occidental está siendo el objetivo de una gran operación mercantil que tiene más que ver con la economía que con el espíritu, la salud y la felicidad de la especie humana.
En su ensayo America the anxious (St. Martin’s Press, 2016), la periodista inglesa Ruth Whippman revela algunos datos que ha recabado el Departamento de Salud de Estados Unidos: más de veinte millones de personas, más o menos la mitad de los habitantes que tiene España, practican la meditación en aquel país, y el gasto anual en cursos de mindfulness, y los productos derivados de la enseñanza y de la práctica posterior, es de 4.000 millones de dólares. La cifra del yoga es todavía más importante: los nuevos yoguis invierten 10.000 millones de dólares al año en clases de yoga y accesorios como la alfombrilla, los leggings, el botellín yogui de acero inoxidable para el agua. De las industrias que crecen más, y más rápidamente, en Estados Unidos, el yoga ocupa el cuarto lugar.
Esto sucede en un país que en su acta de independencia consagra por escrito la búsqueda de la felicidad (the pursuit of happines) como uno de los derechos inalienables de las personas. Esta búsqueda, como todo lo que sucede en aquel país, se ha extendido por los países de Occidente y ha llegado aquí aplicada a la industria del espíritu, con un éxito, y una militancia entre sus practicantes, de los que no gozan la mayoría de los cultos.
La industria del espíritu es un producto de las sociedades industrializadas donde las personas tienen ya muy resueltas las necesidades básicas, desde el techo y la comida hasta el Netflix y el Spotfy. Una vez instalado en el angustioso vacío que producen las necesidades resueltas, el ciudadano maniobra para apuntarse a un grupo que le procure otra necesidad.
Este creciente colectivo de personas que hurgan en sí mismas buscando la felicidad, ya ha conseguido instaurar un nuevo narcisismo, un egocentrismo new age, un egoísmo rabiosamente autorreferencial que, de paso, ha venido a trastocar el famoso equilibrio latino de mens sana in corpore sano, decantándolo descaradamente hacia el cuerpo. El gurú del siglo XXI invita a sus pupilos a consentirse a sí mismos, a tratarse estupendamente mientras encuentran la puerta hacia la felicidad, los anima a descubrir los misterios del mundo en sus propios ombligos.
Este novedoso egocentrismo new age encaja divinamente en esa compulsión contemporánea de cultivar el físico, se tenga la edad que se tenga, de anteponer el corpore a la mens. A lo largo de la historia de la humanidad el objetivo había sido volverse más inteligente a medida que se envejecía; los viejos eran los sabios, ese era su valor, pero ahora asistimos a su claudicación: los viejos ya no quieren ser sabios, prefieren estar fornidos y musculosos, y dejan la sabiduría en manos del primer iluminado que se pone a impartir cursillos.
Walter Benjamin rescata el consejo de un viejo sabio cabalista que viene al caso; para conseguir un cambio importante en la vida no hacen falta grandes movimientos, ni cursillos de ningún tipo, añadiría yo: “Basta desplazar un poco esta taza, o este arbusto o esta piedra; y así con todas las cosas”, recomendaba el viejo cabalista. Si la industria del espíritu tiene de verdad los efectos que promociona su clientela, ¿por qué no vivimos rodeados de gente feliz y satisfecha?
Parece que el requisito para salvarse en el siglo XXI es inscribirse en un cursillo, pagarle a alguien que nos diga qué hacer con nosotros mismos y los pasos que hay que seguir para vivir cada instante con plena conciencia. Sería saludable no perder de vista que el objetivo principal de esas sesiones pagadas no es tanto salvarlo a usted, como mantener a flote la economía del espíritu que, sin sus millones de abonados, regresaría al nivel que tenía en el siglo XX, aquella época dorada del hedonismo suicida, en la que el mindfulness era patrimonio de los monjes, el yoga lo practicaban cuatro gatos y el espíritu se cultivaba leyendo libros en una gratificante soledad. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












Del poema de cada día. Hoy: Quiéreme entera, de Dulce María Loynaz

 







QUIÉREME ENTERA


Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz o sombra…

Si me quieres, quiéreme negra

y blanca, Y gris, verde, y rubia,

y morena…

Quiéreme día,

quiéreme noche…

¡Y madrugada en la ventana abierta!…

Si me quieres, no me recortes:

¡Quiéreme toda… O no me quieras.



Dulce María Loynaz (1902-1997)

Poetisa cubana















De las viñetas de humor de hoy jueves, 26 de septiembre de 2024

 

















miércoles, 25 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy miércoles, 25 de septiembre de 2024

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 25 de septiembre de 2024. El cuento y la verdad parecen polos opuestos, condiciones dispuestas una frente a la otra, incluso una contra la otra, condenadas a competir por nuestro aprecio o devoción, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. Ignoro si los huesos de Max Weber se estarán removiendo en su tumba, comentaba en la segunda de ellas, un archivo del blog de septiembre de 2013, el autor de Desde el trópico de Cáncer; espero que no, decía, pero estoy seguro de que renegaría de esa caterva de indeseables que han dejado el sistema financiero occidental hechos unos zorros. La tercera es hoy un hermoso poema: Marat - Sade, 1998, del poeta David Eloy Rodríguez. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que sean de su interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt





De cuentos e historias

 






El cuento y la verdad parecen polos opuestos, condiciones dispuestas una frente a la otra, incluso una contra la otra, condenadas a competir por nuestro aprecio o devoción, comenta en El País [Vivir del cuento, 22/09/2024] la escritora Amanda Mauri. “Tenemos arte para no morir de la verdad”, apuntó Friedrich Nietzsche, y aunque sus palabras se han repetido alegremente en forma de cita, epígrafe y tuit, el sentido que encierran dista de ser transparente. A Joan Didion también se la invoca con frecuencia, y la lectura que se hace de su “nos contamos historias para poder vivir” es similar: el cuento aparece como escondite o huida de los paisajes insulsos y hasta opresivos de la realidad.

Vida y ficción ocupan lugares separados en nuestra imaginación compartimentada. Se turnan a la hora de elevarnos o arraigarnos, de ofrecernos respiros escapistas o de enfrentarnos con los límites de nuestra inmediatez. Ambas esferas se relacionan de una forma transaccional y casi ortopédica, sin quererse mucho, pero aceptando la presencia del otro para asegurar su propia continuidad.

En las primeras páginas de Política y ficción (Península), Jorge Lago y Pablo Bustinduy señalan el poso narrativo que subyace a todo ordenamiento u organización política de la vida. “Algunos de los conceptos fundamentales de la teoría política en realidad se originaron en el seno de la poética, es decir: son conceptos poéticos politizados”. Subrayan que el nacimiento del Estado, según Thomas Hobbes, se remonta nada menos que a una metáfora artística. La representación política se entiende en el sentido más teatral del término: del mismo modo que un actor representa un texto que fue escrito para él por otro —el dramaturgo ausente—, también el Estado (actor) actúa en representación de un pueblo (dramaturgo) que lo ha creado.

La gracia de las metáforas es que rara vez se limitan a ilustrar. Hacen algo más complejo: se aproximan a la verdad de una forma privilegiada, atendiendo a las contradicciones y solapamientos entre el hecho y la figuración. En este caso, la poética no es solo una imagen de la que Hobbes se sirve para explicar el funcionamiento de la política. Es, más bien, una pista, un indicio que conduce al verdadero sentido de sus palabras: política y poética nacen juntas en un parto de gemelos.

La diferencia entre una y otra —política y poética— es, sobre todo, una cuestión de orientación temporal. La poética es capaz de trascender el tiempo. Habla no solo de lo que es y ha sido, sino de lo que podría ser o podría haber acontecido. Conjuga no solo la promesa de un futuro en el horizonte, sino también un despliegue de caminos paralelos, cauces y cruces simultáneos, que se multiplican a lado y lado de la vía o arteria principal.

Cuando Lago y Bustinduy sugieren que, con la consagración del capitalismo en los noventa y el auge populista de la última década, tal vez nos encontremos ante el tan vaticinado fin de la historia —pero no solo política: también poética—, lo que quieren decir es que nos enfrentamos a un bloqueo creativo. Hemos perdido la capacidad de imaginar un futuro, una utopía, un mañana proyectado que dé sentido a nuestras luchas presentes. Nos hemos quedado sin un continuará… para nuestro cuento. No hay pulso literario, ni tensión narrativa, ni licencia poética.

A menudo, culpamos a la ficción por el empobrecimiento de la verdad, la acusamos de convertirla en un relato sin verificaciones, de vaciarla de hechos y llenarla de supuestos, cuando lo que ocurre en realidad es todo lo contrario: la verdad se debilita por renunciar a la ficción. El podría ser muere a manos de lo que hay.

El deterioro narrativo, o desnarrativización, de nuestras vidas tiene sin duda una causa múltiple. Causas que son, al mismo tiempo, síntomas. El individualismo neoliberal. La precarización del empleo y la vivienda. El retraso de una emancipación (material y mental) de los jóvenes. La disolución de fronteras que conllevan las redes sociales (de fronteras y, por tanto, de relaciones, pues para que haya un intercambio real entre un yo y un otro debe existir una frontera que les haga de puente, de medio o vehículo para conversar). La devaluación del rigor con el que se trata o trataba de contar el mundo, y el triunfo en su lugar del imperativo comercial: clickbait, fake news, bestsellers…

Todas conducen al mismo punto muerto: una apática soledad. Nos falta compañía, un horizonte compartido, un lugar de reposo desde el que imaginarlo, una imagen propia en la que reconocernos como sujetos fuertes. También nos falta un Otro con el que fraguar diálogos de esperanza. Para organizarnos políticamente no debemos preguntarnos únicamente quiénes somos, en torno a qué idea o comunidad nos constituimos, sino también qué lugar ocupa la otredad en nuestro mundo.Este es el terreno de la ficción. Escribir es reconocernos en lo desconocido, invocar voces ajenas y propias, trabajar con lo que existe y lo que no. Es aquí, en lo otro, en aquello que no somos (pero podríamos ser), donde cuento y verdad se vuelven indisociables y se funden en un propósito común. Dar sentido al mundo más allá de lo que vemos, más allá de lo conocido. Crear realidad, crear presente a través del potencial de lo que podría ser, y no a partir de la certeza de lo que ya es. Urge una oda al cuento. No como escape ni subterfugio, sino como ejercicio de transformación. Amanda Mauri es escritora e investigadora.














Cinco años hablando de crisis, y la casa sin barrer... [Archivo del blog, 12/09/2013]











Hace cinco años justos el Congreso de los Estados Unidos le dijo no al Plan Bush para refinanciar, con dinero público, a las entidades de crédito en estado terminal... El capitalismo ya no es lo que era; y los capitalistas, menos aún... Cuando en 1903 el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) publicó su monumental obra "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" (Alianza, Madrid, 2006), los capitalistas eran de otra ralea: eran gentes duras, éticamente formadas, poco dadas al sentimentalismo, pero que asumían las responsabilidades de sus hechos sin pestañear. Si sus empresas se hundían, ellos se hundían con ellas; como los capitanes antiguos con sus barcos... Hoy, no. Hoy, cuando su mala gestión hunde sus empresas, se marchan tranquilos con indemnizaciones millonarias pactadas y aseguradas de antemano, dejan el embolado a los accionistas después de poner en la calle a la mayor parte de sus empleados, y esperan, tranquilos, que el Estado, ese Estado del que ellos reniegan y se mofan, les saque las castañas del fuego con el dinero de todos...
Ignoro si los huesos de Max Weber se estarán removiendo en su tumba. Espero que no. Pero estoy seguro de que renegaría de esa caterva de indeseables que han dejado el sistema financiero occidental hechos unos zorros... Como decía la escritora Almudena Grandes en un artículo de por aquellas fechas: "Desnudos", nuestros jóvenes neo-liberales se quedaron en pelota picada y con sus vergüenzas colgando al viento, como el emperador del cuento, y deberían haber pagado la vajilla destrozada con sus dineros. ¿Qué quieren que les diga?, ¿qué me alegré?... Pues va a ser que no, pero casi desearía decirles que sí... Al final, unos días después, una amplia mayoría del Senado y de la Cámara de Representantes aprobó la inyección de 700.000 millones de dólares (de dinero público) para reflotar el sistema financiero norteamericano.
Hace ya bastantes años asistí a una reunión de representantes sindicales con un alto ejecutivo de la banca española. Recuerdo que explicó con una curiosa metáfora como funcionaba el sistema bursátil mundial. La Bolsa, decía, y todo el sistema económico y financiero en general, funciona en base a algo tan "sutil" como la confianza. Imaginen, nos contaba, que les ofrecen una caja, cerrada, que contiene lo que, según los expertos, son los mejores vinos del mundo. Y todo ello, por "x" euros, o dólares, o la moneda que ustedes quieran. Es seguro, que en base a la "confianza" que despiertan esos vinos, siempre habrá alguien interesado en pagarle a usted "x" más "n" euros o dólares por la caja. Y que conforme la caja aumente de valor por las sucesivas ventas, seguirá habiendo algún otro comprador dispuesto a ofrecer "x" más "n" más "y" euros o dólares por ella... Así, hasta que la compre alguien que decida abrirla y bebérsela sin ponerla a la venta, y descubra que los vinos que estaban dentro de la caja eran unos vulgares tintorros... El negocio de los vinos (de calidad) se hundirá irremisiblemente... Y todo, por que, un borrachín con dinero prefirió beberse la caja de vinos antes que seguir negociando y ganando dinero con su compra-venta sucesiva...
También por aquellos días el profesor Gabriel Tortella, catedrático emérito de Historia Económica de la Universidad de Alcalá, en un artículo titulado "Crisis, ciclos e historia", que todo este asunto de la crisis económica y financiera que aquejaba al mundo occidental le sonaba a historia "deja vu", que estas tremendas fluctuaciones económicas se repiten cíclicamente, y que con un poco más de "memoria histórica" por parte de los responsables financieros, económicos y políticos, situaciones críticas como las que estamos viviendo se podían prever, paliar, e incluso, evitar...
En similar sentido, el también ex profesor de la Universidad Libre de Berlín, Ignacio Sotelo, en "Una crisis anunciada", señalaba que todos sabíamos que antes o después llegaría esta crisis, anunciada por economistas ilustres, causada por una desregularización generalizada, que las crisis de los noventa en Asia y América Latina ya pusieron de relieve, y que como no se percibía una alternativa al sistema de producción existente, su desplome se consideraría una catástrofe que habría que impedir a cualquier precio, aunque todos los indicios apuntaban, concluye, a que esta crisis podría conducir al fin de la supremacía económica norteamericana. Y los de siempre, como siempre, a verlas venir y capear el temporal como podamos... Cinco años hablando de crisis, los responsables de rositas, y la casa sin barrer... Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt













Del poema de cada día. Hoy, Marat - Sade, 1998, de David Eloy Rodríguez

 









MARAT – SADE, 1998


El problema ahora

es que hay muchos vigilantes

y pocos locos.

El problema ahora

es que la jaula está

en el interior del pájaro.


El poema es la erección del ahorcado.

Demasiado tarde y para nadie. Pero ahí.


Esperan su oportunidad

como luces apagadas.

Su vida se tramita

como un expediente.

Tienen los ojos veloces,

las manos más tristes,

el tiempo contado.

Siguen el cable

hasta el enchufe,

que es el morir.


Cuando nacimos

ya habían traducido el mundo

en un lenguaje equivocado.

Las cifras estaban destinadas.

Las fórmulas tenían veneno.

Tuvimos que aprender

a respirar debajo del agua

y seguimos esperando

que la piel del tiempo

no nos vuelva locos.

No queremos ser tratantes.

No queremos ser esclavos.

Continuamos una senda de sangre.

No olvidamos de qué está hecho el camino,

no olvidamos.


David Eloy Rodríguez (1976)

Poeta español