martes, 17 de febrero de 2026

EUROPA SIN RED: LO QUE MUNICH 2026 DICE SOBRE EL FUTURO DE LA SEGURIDAD OCCIDENTAL. ESPECIAL UNO DE HOY MARTES, 17 DE FEBRERO DE 2026

 







La Conferencia de Seguridad de 2026 no ha roto la alianza transatlántica, escribe el politólogo Eduardo Bayón  en Substack (15/02/2026),  pero ha confirmado que la confianza automática entre Europa y Estados Unidos ha dejado de existir. Eso obliga a repensar todo. .

Durante décadas, la Conferencia de Seguridad de Múnich ha funcionado como una liturgia del orden occidental. Cada febrero, líderes europeos y estadounidenses se reúnen en el hotel Bayerischer Hof para reafirmar su alianza, subrayar valores compartidos y recordar que, pese a las crisis, el vínculo transatlántico sigue siendo el pilar de la seguridad global.

Este año, la liturgia cambió. No hubo ruptura. Nadie anunció el fin de la OTAN ni el divorcio entre las dos orillas del Atlántico. Pero algo más silencioso (y quizá más profundo) se hizo evidente: Europa ha dejado de dar por hecho que Estados Unidos estará ahí cuando lo necesite.

Múnich 2026 pasará a la historia como el momento en que Europa empezó a prepararse mentalmente para un escenario que durante décadas había evitado imaginar: un mundo en el que Washington ya no es el garante incuestionable de su seguridad.

El momento más esperado fue la intervención del secretario de Estado, Marco Rubio. Su misión era clara: rebajar la ansiedad europea sin alterar el rumbo político de la Administración Trump.

El tono fue conciliador. Rubio habló de amistad, historia compartida y revitalización del vínculo atlántico. Pero el contenido del discurso contaba otra historia. El secretario de Estado pidió a Europa que se sume al proyecto estadounidense para “reconstruir el orden mundial”: un proyecto basado en soberanía nacional, reindustrialización y fuerza militar.

Fue una invitación a cooperar, sí, pero dentro de un marco ideológico nuevo. Un marco en el que el orden liberal internacional se considera un fracaso, las instituciones multilaterales se cuestionan abiertamente y la relación entre aliados se concibe cada vez más en términos transaccionales. Hubo además un silencio que no pasó inadvertido: la guerra de Ucrania apenas ocupó espacio en su discurso.

Europa captó el mensaje. El tono había cambiado respecto a los ataques del año anterior, pero la dirección seguía siendo la misma.

A partir de ahí, toda la conversación en Múnich giró en torno a una pregunta que rara vez se pronunciaba abiertamente, pero que estaba presente en cada reunión bilateral y en cada conversación de pasillo: ¿Puede Europa seguir confiando plenamente en la protección de Estados Unidos?

Las dudas no nacen de un único gesto, sino de una acumulación de señales: la posibilidad de una reducción de tropas estadounidenses en Europa, la presión constante para aumentar el gasto militar, las tensiones comerciales, el apoyo de Washington a fuerzas euroescépticas y las amenazas sobre Groenlandia.

Todo ello ha generado una percepción compartida entre buena parte de los líderes europeos: hay que prepararse para escenarios en los que Estados Unidos no actúe como antes. Una frase resume bien el clima: Europa se está organizando no por inspiración, sino por desesperación.

En medio de este giro hacia la autonomía estratégica y el rearme, la posición española destacó por su singularidad. Pedro Sánchez reconoció que Europa debe reforzar su capacidad de defensa frente a Rusia. Pero lanzó un mensaje claro y deliberadamente diferenciador: el rearme nuclear no es el camino.

En una conferencia dominada por el lenguaje de la disuasión y la urgencia militar, España introdujo un matiz que merece atención. Mientras el norte y el este del continente hablan de amenaza existencial y de reforzar el poder duro, Madrid insiste en una visión más amplia de la seguridad europea: una que incluye la estabilidad económica, la energía, la migración, el multilateralismo y la defensa convencional.

Esta posición no es casual. España ha intentado ocupar el espacio de voz europeísta moderada, ejerciendo de contrapeso frente al giro hacia la militarización total. Mientras algunos países hablan de supervivencia, el Gobierno español habla de modelo de seguridad.

En términos de posicionamiento, España aparece como puente entre la autonomía estratégica europea y la defensa del multilateralismo. Una posición legítima, pero que corre el riesgo de quedar desdibujada si el debate continental sigue acelerándose hacia el rearme.

El cambio más profundo de la conferencia llegó, sin embargo, por otro lado. En Múnich ocurrió algo que hace pocos años habría parecido impensable: Europa empezó a hablar abiertamente de disuasión nuclear propia.

Los países bálticos (Estonia y Letonia) se mostraron dispuestos a explorar esa posibilidad. Alemania abordó el tema públicamente, sin los tabúes de otras épocas. Francia anunció que Macron presentará próximamente un discurso clave sobre la doctrina nuclear francesa y su dimensión europea.

El debate dejó de ser teórico. Se discutieron opciones concretas: reforzar el papel nuclear de Francia y Reino Unido, financiar el arsenal francés con contribuciones europeas o crear una disuasión complementaria a la estadounidense. Europa no quiere nuclearizarse. Pero empieza a temer depender exclusivamente del paraguas nuclear de Washington. Y esa diferencia (entre querer y necesitar) lo cambia todo.

En este nuevo clima estratégico, Alemania ha empezado a hablar de sí misma de una manera distinta. El canciller Friedrich Merz llegó a Múnich con un mensaje claro: Europa debe asumir más liderazgo y prepararse para un mundo con menor protagonismo estadounidense. Alemania sigue siendo profundamente atlantista, pero ya no se presenta como el aliado que acata sin preguntar.

El cambio es sutil, pero históricamente significativo. Durante décadas, Berlín ha sido el ancla más sólida del vínculo transatlántico. Que Alemania empiece a hablar de autonomía estratégica sin complejos indica hasta qué punto el suelo se ha movido bajo los pies del orden europeo.

Este giro no implica la ruptura de la alianza. Reino Unido pidió mayor cooperación militar europea y compras conjuntas de defensa. La OTAN ha asumido internamente que su futuro será cada vez más europeo en recursos, decisiones e iniciativa. Occidente no se rompe. Se reconfigura. La cuestión es si esa reconfiguración será ordenada o improvisada.

Múnich también dejó claro que la seguridad se ha ampliado conceptualmente. Se habló de financiación, inversión tecnológica, autonomía industrial y capacidad de innovación. Europa quiere canalizar su ahorro hacia la innovación, reforzar su industria de defensa y reducir dependencias estratégicas en semiconductores, energía y materias primas críticas. La seguridad económica ha pasado a formar parte del núcleo del debate geopolítico.

Europa empieza a hablar de poder en sentido amplio: militar, tecnológico, industrial y financiero. La pregunta es si será capaz de traducir esa ambición en decisiones concretas y coordinadas.

La Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026 no ha anunciado una ruptura histórica. Pero ha confirmado algo igual de relevante: la alianza transatlántica ya no funciona con piloto automático. Ahora se basa en la necesidad mutua. Y la necesidad, a diferencia de la confianza, exige negociación constante.

Si la guerra de Ucrania fue el shock que despertó a Europa, Múnich 2026 puede ser recordado como el momento en que el continente dejó de esperar a que alguien viniera a protegerlo y empezó (con torpeza, con urgencia, con contradicciones) a prepararse para protegerse a sí mismo.

























SALUTACIONES EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY, MARTES, 17 DE FEBRERO, EN CASTELLANO

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 17 de febrero de 2026. He cambiado la foto que sirve de portada a la primera entradilla de todos los días, esa que sirve de introducción al resto de los artículos de la jornada. Se trata de la Dama de Elche. Un icónico busto íbero de piedra caliza policromada, datado entre los siglos V y III a.C., descubierto en 1897 en La Alcudia, Alicante, que representa a una noble o divinidad con un tocado complejo, joyas y cavidad trasera para cenizas. Actualmente exhibida en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid), es considerada una obra maestra del arte ibérico. Espero que les resulte interesante, pero vamos con las entradas de hoy martes, Martes de Carnaval en Las Palmas de Gran Canaria. Una de sus Fiestas más esperadas y celebradas. La primera, Apologetas del poder, viene escrita por la filóloga Irene Vallejo, que dice en ella que buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos hoy, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. La segunda es un archivo del blog de abril de 2017, en la que HArendt hablaba de que los verbos corromper y dimitir, en España, eran verbos intransitivos. El poema del día, en la tercera, se titula La civilización no era esto, y está escrito por la poetisa española Aitana Monzón. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Nada más por hoy, nos vemos mañana la diosa Fortuna está por la labor. Tamaraguas, amigos míos. Sean felices. Besos. Les quiero, HArendt










ENTRADA NÚM. 8908

DE LOS APOLOGETAS DEL PODER

 







Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha, comenta en El Paós (08//02/2026) la filóloga y escritora Irene Vallejo. Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo, comienza diciendo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exaltados recibe aplausos, mientras la razón sosegada solo cosecha burlas. Estamos en El Pireo, hace unos 2.500 años. Quien inicia el debate es un tal Sócrates. Lo narran las primeras páginas de La República de Platón.

Uno de los comensales lanza la pregunta esencial: qué es lo justo y la justicia. Rodeados de rugidos y furia, aquellos insólitos personajes —de profesión, filósofos— creían imprescindible interrogarse sobre esos conceptos en los que nos jugamos la vida, dedicar sus esfuerzos al excéntrico empeño de la conversación, buscando la palabra precisa, la idea certera. En los primeros compases del debate, parecen acercarse a un acuerdo: la justicia sería garantizar a cada cual lo que le corresponde o merece. Hasta que el sofista Trasímaco pierde la calma y estalla: “¿A qué viene, Sócrates, toda esta inacabable charlatanería? ¿Qué sentido tienen todas estas estúpidas condescendencias? Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte".

Todos callan, sobrecogidos. Desde siempre, el cinismo irrumpe en el debate ético con aura de experiencia, sagacidad y realismo. Sócrates, sin apabullarse, lo enfrenta con socarronería zalamera. ¿A quién se refiere Trasímaco cuando dice: “más fuerte”? ¿A los campeones de lucha libre? ¿Deberían ser los luchadores olímpicos nuestros gobernantes? A lo largo de la historia, la propaganda de las dictaduras ha exaltado los cuerpos hercúleos, pero los dictadores mismos no suelen responder a su propio ideal físico supremacista. Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. Para Trasímaco ser fuerte no es cuestión de músculo, pelea y esplendor halterofílico, sino inspirar obediencia, sumisión y miedo; es decir, tener poder. Un poder que, como demuestra la experiencia, recae en aptos e ineptos, en personas cuerdas y también en gente desequilibrada. Esa fuerza. Y al calor de la conversación, estalla la pregunta incómoda: ¿es la justicia una ilusión, una invención al servicio de los poderosos?

En democracia, como en las tiranías, aclara Trasímaco, cada gobierno establece las leyes que le interesan y castiga a quienes no las cumplen. Justicia es, concluye, el deseo de quien manda: el poder define el bien y el mal. Milenios más tarde, este argumento del sofista inspiró a Nietzsche, que denunciaría la moral cristiana como glorificación del débil y mutilación de la excelencia. A su muerte, su hermana Elisabeth editó muchos de esos textos y los aproximó al imaginario del nazismo. Y hoy, por el zigzagueante camino de la filosofía y de los siglos, aquella conversación en el Pireo influye también en los teóricos de la Ilustración Oscura, los nuevos autoritarios, que defienden tesis antidemocráticas y aspiran a regir los países como si se tratara de grandes empresas donde se ensalza la obediencia al jefe máximo.

El diálogo platónico aborda sin rodeos esta cuestión aún palpitante. Sócrates afirma que gobernar no estriba en buscar lo que conviene al dirigente, sino a los gobernados. La política debería parecerse a la medicina: ambos oficios consisten en cuidar y beneficiar a otros. Intentando probar la candidez e ingenuidad de esa idea, Trasímaco desnuda su teoría sin rodeos: la política no tiene ni la más remota aspiración al servicio público, solo consagra al depredador máximo.

A lo largo de milenios, una ristra interminable de tiranos y políticos corruptos parece dar la razón al cinismo de Trasímaco. El sofista defiende que abusar resulta siempre más provechoso que ser justo. En todas partes salen ganando –dice– quienes rapiñan, quienes no tributan, quienes se aprovechan de lo público, quienes benefician a familiares y amigos a costa de lo común. Sostiene que nos quejamos de las injusticias cuando las sufrimos, pero a todos nos parece estupendo cometerlas. Cuando pronuncia esas palabras, el fuego de sus ojos parece preludiar la democracia en llamas. Este filósofo, defensor a ultranza de los poderosos, existió en carne, hueso y fiereza; no se trata de una ficción inventada por Platón. Nacido en el Bósforo, fue maestro itinerante de retórica. El patriarca de quienes, hechizados por el aura del líder firme y aplastante, aclaman la política de la fuerza y no la del servicio.

Sócrates, en tono socarrón, replica con una paradoja: incluso los ladrones y bandidos, sea cual sea el saqueo que realicen en común, conseguirán mejores resultados si colaboran. Los atropellos y dentelladas contra tus aliados despiertan rencor y luchas. Lo mismo en una familia que en cualquier sociedad: nada lograrás si siembras discordias y enemistades.

Siglos después, San Agustín escribiría: “¿Qué ladrón hay que soporte a otro ladrón?“. También los injustos exigen justicia y lealtad hacia ellos: no es extraño que, de hecho, exhiban una piel muy fina. La apología del poder como apetito sin límites exalta el egoísmo —propio— mientras reclama obediencia, renuncia y hasta servilismo —ajenos—. Incluso la persona más despiadada lo es asimétricamente: se muestra inmisericorde hacia el prójimo, pero exige ser tratada con respeto y delicadeza. Así opera la extraña equidad de los apóstoles de la desigualdad.

Sócrates argumenta que un estado arbitrario termina por ser más débil: la solidez de una ciudad no se mide por lo que unos pocos pueden saquear, sino por la unidad de todos. La violencia no trae concordia, la corrupción levanta sospechas mutuas, el abuso no robustece. Los economistas del presente han detectado una clara correlación entre leyes justas, confianza y prosperidad. Y, frente a las bravuconadas de Trasímaco, la historia prueba que los líderes fieros dividieron a las ciudades y condujeron a grandes tragedias colectivas.

El biólogo Edward Wilson, en su ensayo La conquista social de la Tierra, ofrece la clave para entender el dilema del éxito de los ególatras. "En la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas". La gran ventaja de nuestra especie deriva de esa insólita capacidad para colaborar y repartir los beneficios de la cooperación. La pregunta de Sócrates continúa vigente: ¿para qué nos sirven a todos los demás esos individuos egoístas, interesados y codiciosos que convierten su voluntad en ley? A ellos mismos les beneficia su avidez, de acuerdo, pero ¿por qué deberíamos aplaudirlos o votarlos, cuando solo nos consideran adversarios o instrumentos a su servicio y además nos debilitan como grupo? Tendremos mejores líderes si dejamos de admirar la ferocidad de sus éxitos individuales —casi siempre frágiles— y valoramos su capacidad de forjar comunidades robustas —es decir, justas—. Nuestros mejores logros nunca han sido fruto de la fuerza bruta. Confundir la prepotencia con la potencia es el signo del momento histórico e histriónico que vivimos.
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, CORROMPER/DIMITIR; EN ESPAÑA, VERBOS INTRANSITIVOS. PUBLICADO EL 26/04/2017

 







En gramática se denomina verbos intransitivos a aquellos que no exigen complemento, y verbos impersonales a aquellos que solo admiten su conjugación en la tercera personal del singular: él, ella... Seguro que van captando por donde van los tiros... Sí, por los verbos dimitir y corromper, que como ustedes saben no son impersonales ni intransitivos, pero que en España, a efectos teóricos y prácticos de su clase política,  sí lo son, tajantemente, sin la menor duda ni vacilación. 

Aquí no dimite ni Dios... Está pegado a la silla con poxipol... Son frases oídas una y otra vez que expresan con ironía la perspicacia de los españoles de a pie sobre la condición moral, mayoritaria, de su clase política. Pero aunque los individuos tengan responsabilidades morales exigibles, y de de vez en cuando, las asuman de grado o por fuerza, los partidos políticos no responden a ese criterio. Se escudan en el clásico "y tú, más" para eludir sus responsabilidades colectivas, y resulta claro que para combatir la corrupción es necesario que las organizaciones políticas tengan que rendir cuentas a controles externos ajenos a sus propias estructuras políticas. 

Peter Mair (1951-2011) famoso politólogo irlandés fallecido prematuramente, escribió al inicio de su libro Gobernando el vacío. La banalización de la democracia occidental (Alianza, Madrid, 2015), que la era de las democracias de partido había pasado, pero que las democracias modernas eran impensable sin la existencia de los partidos, motivo por lo cual, al fallar estos -que es el caso, y no solo en España y Europa, sino en todas las democracias liberales- las democracias fallaban por su base y se resentían todas las estructuras de las mismas. Y hace unos días el profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Pública de Navarra, Jorge Urdánoz, publicaba un artículo sobre este mismo asunto titulado El silencio de los partidos, que comenzaba aludiendo a la querencia irrefrenable de nuestro ministro de Justicia, Rafael Catalá, por la conocida cantinela según la cual “la responsabilidad política por la corrupción se salda en las urnas”. Una tonadilla, continuaba diciendo, que atrapa a las mil maravillas nuestra tortuosa relación con la corrupción y que resulta, por lo demás, particularmente pegadiza: tampoco sus críticos parecen poder quitársela de la cabeza. Muchas muestras de indignación e innumerables aspavientos, sí… pero razones, entre pocas y ninguna.

El problema, añadía más adelante, radica en que seguimos atrapados en una dicotomía —la que distingue entre responsabilidad penal y responsabilidad política, sin admitir otro matiz— que, lejos de iluminarnos, lo que logra es ofuscarnos. En un universo conceptual en el que solo alumbran esos dos soles, la responsabilidad política únicamente puede enfocarse desde un prisma moral, deontológico. Los políticos dimitirían por principios, como movidos por el rechazo ético que en su interior provocarían ciertos proyectos de ley o ciertos comportamientos. El impulso volitivo sería por tanto interno, autónomo, personal. Se dimitiría por coherencia, por integridad, por vergüenza o por cualquier otra categoría eminentemente moral. Es un espejismo.

Esa concepción, dice en él, se forja en el siglo XIX, cuando los protagonistas de la política eran individuos, esto es, parlamentarios de carne y hueso. Pero hace ya mucho que la política no la protagonizan las personas —susceptibles de principios, de moral y de integridad—, sino los partidos. Y a los partidos el sol de la moral no parece iluminarles ni mucho ni poco. Ellos responden a otro tipo de luz.

Para percibir esa luz hemos de mirar fuera, señala. En inglés “responsabilidad” se dice de dos maneras: “Responsability” y “accountability”. El primer vocablo equivale a nuestra “responsabilidad moral”, y se aplica por tanto a los individuos. El segundo no tiene en castellano un equivalente exacto… ese es nuestro problema, y por eso solo nos es dado entender la responsabilidad política como responsabilidad personal. Nos falta un término para la accountability.

¿Y quién es esa señora?, se pregunta. Pues es ese tipo de responsabilidad que, siendo política, no es sin embargo personal. “Accountability” suele traducirse como “rendición de cuentas”, un rodeo terminológico a mi juicio poco eficaz porque rechaza la subjetivación: no podemos decir que los partidos son “rindables de cuentas” o algo así. O podemos, claro, pero el resultado es espantoso.

Yo propongo “controlabilidad”, dice. Al contrario que la responsabilidad moral —interna, autónoma, personal— la controlabilidad sería externa, heterónoma e institucional. Los individuos tienen responsabilidad moral, esto es, responden ante sus principios (por definición, internos). Los partidos no pueden responder ante algo así, por lo que responden ante controles (externos). No son responsables, son controlables. O, más bien, resultarán responsables solo en la medida en que se sometan a ciertos controles. Y tanto la responsabilidad moral de los políticos como la controlabilidad de los partidos son responsabilidad política.

Así que, continúa diciendo, en cierto sentido, la tonadilla del ministro no anda del todo desafinada. Todo lo que no es responsabilidad penal es responsabilidad política y esta “se salda en las urnas”. De acuerdo, pero… ¿en qué urnas? Porque a lo mejor no se trata de cambiar de canción, sino de añadir versos al estribillo.

El problema aquí, afirma, es que en España solo existe un tipo de control externo y político para los partidos: las elecciones. Constituyen la única ocasión en que los partidos se someten a una evaluación política independiente de ellos mismos. Se trata de una insuficiencia democrática en la que radica el origen de muchos de nuestros males.

¿Queremos luchar contra la corrupción?, nos pregunta. Hay muchos frentes, pero el primero es el político, porque sin él los demás no se activarán. Necesitamos que la política responda más y mejor a la voluntad de la gente, esto es, que la política sea más responsable. Así que necesitamos más “urnas”, en efecto: primarias, censos de militantes con derecho a voto, congresos partidistas bianuales y controlados por el poder judicial, etcétera. Nuestra Ley de Partidos es un chiste. No incluye ni un solo control democrático entre elección y elección. No hay urnas entre las urnas.

¿Por qué en otros países, dice más adelante, los políticos dimiten más a menudo? No es porque sus políticos atesoren una integridad moral superior, o algo así. Es porque su sistema político incorpora más controles, muchos más. Su musiquilla política incluye esos estribillos por ley. Y la melodía resultante es otra. Política, sí, pero otra.

El caso del alemán Von Guttemberg —que dimitió de la vicepresidencia del país al descubrirse que había copiado su tesis doctoral—, comenta, se cita con fruición y envidia entre nosotros. Lo que no se cita es que su mayor inquisidora fue la ministra de Educación de su propio Gobierno. ¿Se imaginan, en España, a un ministro criticando a otro abiertamente? Aquí y ahora es política ficción, pero esa es la música a la que nos acostumbraríamos si la corrupción no fuera, como es entre nosotros, tan solo un arma para atizar al partido rival sino, además, una lacra a denunciar también en el compañero de partido contra el que compito por un puesto en la organización.

En España, afirma, están cambiando muchas cosas. Una de las que debería cambiar en primer lugar es el abrumador silencio que reina en el interior de los partidos. Un silencio que, si se piensa bien, es antipolítica pura. Si en Alemania es normal que un ministro critique a otro por copiar en la universidad… ¿qué no hubieran oído en aquel país los electores de centroderecha decir a sus representantes si hubiera aparecido algo así como un Bárcenas teutón?

Mirémonos al espejo. concluye diciendo. Aquí, casi sin excepción, en cada caso de corrupción los representados no oyen a sus representantes, sino solo a los de la oposición. El “y tú más” debería empezar a tornarse en “qué vergüenza que envilezcas nuestros principios con tu actitud”. Introducir controles es el primer paso para que esa música comience a cambiar. Y así, quizás, podremos empezar a olvidar de una vez la vieja tonadilla que tanto encandila al ministro, a su partido y a ese ensordecedor silencio ante la corrupción de los suyos que los caracteriza. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA CIVILIZACIÓN NO ERA ESTO, DE AITANA MONZÓN

 







LA CIVILIZACIÓN NO ERA ESTO

Acto tercero – Escena I



El poeta recuerda los sueños de los viajes

que tuvo con Justine. Escribe en el reverso

de un billete de tranvía:

«A J., ante la ciudad que conociste». 


Morir en Venecia

entre ritmos y odas y teatros

debería ser oficio compartido


Borrachos y tristes, los que una vez amaron

tu forma de fumar, mujer,

tu forma de posar los labios

por la pendiente alejandrina, ahora te siguen

–tacones sobre piedras que se agrietan–

y buscan el calor de los volúmenes

que oculta la ciudad


Morir en Venecia

entre ritmos y odas y teatros

debería ser oficio compartido


[Morir;

pero no se dice de qué muerte]


Por eso,

mujer que cierras los ojos, espesos

como espacios derruidos –cruzada de cinturas

te diré cuando me agotes

que gestamos estas nadas en

heridas


Esto: que es la nada pero acaba en tus iris

Esto: que es la nada

pero acuña la eternidad

del agua por tus piernas

como si fueras hechizo fecundo


Por eso,

borrachos y tristes, nosotros

iremos al canal [  ] iremos hacia ti

iremos en la ruta de caminos

hacia tus versos como bardos


y mirándonos furtivos por una vez

recordaremos libres los pechos que se abrazan


olvidaremos

que la ciudad se derrumba

sin la memoria del otro



AITANA MONZÓN (2000)

poetisa española














DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MARTES, 17 DE FEBRERO DE 2026

 






























lunes, 16 de febrero de 2026

HEGEMONISMO DEPREDADOR, MONARQUÍA ABSOLUTA E ILUSTRACIÓN OSCURA. ESPECIAL UNO DE HOY LUNES, 16 DE FEBRERO DE 2026

 










Superado el orden liberal internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial, la regresión trumpista se remonta siglos más atrás, escribe en El País (08/02/2026) el periodista Lluís Bassets. La cosa ya tiene nombre, comienza diciendo. O mejor, tratándose de un ente tentacular, varios nombres distintos para un mismo peligro, cierto y creciente. Tres al menos: hegemonismo depredador, monarquismo absoluto e ilustración oscura. Todos inquietantes, como Trump y el trumpismo, el caudillo y su movimiento. Son libres y probablemente imprecisas las asociaciones con otros fenómenos surgidos en otras circunstancias históricas aunque de características similares, como el fascismo, el hitlerismo y los totalitarismos en general. De ahí que importen las definiciones ajustadas a nuestra época para entender su carácter y estimular la imaginación cívica y política de quienes quieran enfrentarse con ella.

Un año ha bastado para caracterizarlo como un hegemonismo depredador, es decir, un imperialismo sin más límites para controlar territorios u obtener rentas neocoloniales que los que encuentre su inmenso poder coercitivo, ya sea por las armas o los aranceles. Es relevante la opinión de Stephen Walt, catedrático de Harvard y uno de los más influyentes especialistas en relaciones internacionales, representante de la corriente realista, que es quien ha descrito el trumpismo como tal tipo de imperialismo, sin lealtad ni deferencia alguna hacia sus aliados, a los que exige concesiones y beneficios asimétricos, en una relación de vasallaje que no se permite con sus adversarios.

Las interdependencias en el orden internacional, y especialmente con los aliados europeos, han resultado una mina de oro para Trump, que ha podido extorsionar a placer a cuantos se habían acostumbrado a la benevolencia del imperio y no supieron organizarse a tiempo para enfrentarse al acoso imperial. Su esquema de dominación encaja con el concepto de neomonarquismo (neoroyalism), acuñado por los politólogos Stacie E. Goddard y Abraham Newman. Superado el orden liberal internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial, la regresión trumpista se remonta siglos más atrás, a un modelo anterior a los Tratados de Westfalia (1648), de donde surgieron las soberanías territoriales, la igualdad jurídica entre los Estados, el principio de no injerencia política ni religiosa, la diplomacia moderna y el equilibrio de poder para evitar que uno de los soberanos se imponga sobre los otros.

Como estructura política, es una monarquía absoluta dedicada a la acumulación por el saqueo y la exacción, a imitación de los imperios antiguos, en los que el emperador era dueño de vidas y haciendas. La acumulación de poder personal, la desaparición de los contrapesos y controles, el control de la justicia y el legislativo, la politización de la policía y el ejército, el sometimiento de las universidades, la abogacía y las empresas, y la persecución de la disidencia bastan para definir al gobierno de tendencias despóticas que se ha instalado en la Casa Blanca. Solo queda en la reserva democrática el resultado de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre próximo, si Trump obtiene un resultado adverso y el Congreso de mayoría demócrata frena su asalto autocrático.

El trumpismo mezcla concepciones arcaicas, definidas muy propiamente como neorreaccionarias, con una modernidad tecnológica radical, de donde surgen las bases ideológicas de su legitimación. Concibe la fuerza como el único fundamento del derecho. Los valores universales, la igualdad, la democracia y los derechos humanos carecen de significado. Son inevitables e incluso deseables el conflicto, la jerarquía y la acumulación de riqueza. Hay que gestionar el imperio como una empresa multinacional, con un monarca al frente. Las antiguas administraciones profesionales deben ser sustituidas por clanes familiares, amigos y socios, cohesionados por los intereses compartidos. Finalmente, ningún freno moral o político debe oponerse a los cambios y a la aceleración que produce la tecnología.

También estas ideas tienen un nombre. Es la Ilustración Oscura, promovida por Nick Land y Curtis Yarvin, las mentes fundadoras del neorreaccionarismo, una corriente surgida en el mundo digital, inspiradora del trumpismo y eficaz ideología para los multimillonarios tecnológicos en su pugna contra cualquier control legal, el desbordamiento del poder de los gobiernos, la elusión de toda fiscalidad e incluso las distopías tecnológicas que permiten imaginar una fusión hombre-máquina y conducirles a una forma de una humanidad superior capaz de habitar Marte, en una hiperracista secesión respecto a la humanidad común.

A la vista está que la Ilustración Oscura es lo contrario de la Ilustración surgida en Europa en el siglo XVIII. Pretende que la humanidad entera, sometida a los imperios neorreaccionarios, regrese a la minoría de edad de quien no se atreve a pensar por sí mismo, para someterse sumisamente al poder feudal de las grandes tecnológicas. No es Ilustración y es ciertamente oscura, incluso negra, como las camisas del fascio y las runas y cruces gamadas del nazismo. Tan negra como los ídolos demolidos por la Ilustración. Una vez convertidos los ciudadanos en consumidores tecnológicos, desprotegidos por las leyes, el Estado de derecho, las instituciones multilaterales y, en nuestro caso, la Unión Europea, se trata de transformarlos en siervos tecnológicos precisamente en nombre de la libertad.

Nota: Los libros citados por el autor son: 1.Neorrealismo: el nuevo orden mundial de Donald J. Trump, de Stacie E. Goddard y Abraham Newman, ‘Le Grand Continent’, 2 de febrero. 2. The Predatory Hegemon. How Trump wields American power, de ’Stephen M. Walt, ‘Foreign Affairs’, 3 de febrero. Y 3. ‘Les lumières sombres. Comprendre la pensée neoreactionnaire, de Arnaud Miranda (Gallimard, 2026).