viernes, 6 de junio de 2025

[ARCHIVO DEL BLOG] SOBRE GUSTOS. PUBLICADO EL 26/06/2020












En muchos litigios penales relacionados con chistes, monólogos y letras de canciones sobre la libertad de expresión se considera que hay que defender la libertad y juzgar la expresión, comenta en el A vuelapluma de hoy [Cuéntanos más de ti. El País, 16/6/20] el escritor Manuel Jabois. Entre 2013 y 2016, -comienza diciendo Jabois- una chica llamada Cassandra Vera escribió en Twitter unos chistes sobre Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de la dictadura franquista asesinado por ETA, y fue denunciada por la Guardia Civil. Su defensa fue asumida por un abogado de oficio que informó a su clienta, tras declararse admirador de Carrero Blanco, que basaría su estrategia en que los tuits los escribió en un estado de enajenación mental, algo a lo que ayudaría, se entiende, su condición de transexual. Aquello demostraba que, aunque al principio te puedan ocurrir injusticias como a cualquiera sin estar relacionadas con la minoría a la que perteneces, siempre hay un momento del proceso en que la bolita cae en el número al que nadie quita ojo.
Un nuevo abogado llevó la defensa de Vera. En 2018, después de ser condenada por la Audiencia Nacional a un año de cárcel y siete de inhabilitación, el Tribunal Supremo la absolvió poniendo el listón intratable: si el Tribunal Supremo de España tenía que reunirse por culpa de los chistes de una menor de edad en Twitter, qué nos depararía el futuro. No sólo eso, sino que había algo extraordinario en la absolución, ya que entre los argumentos clamorosos caía esta bolita en el número que todo el mundo esperaba: los chistes eran de “mal gusto”.
El gusto, sobre todo el gusto español (no se sabe ya cuántas veces ha tenido que desmentir Victoria Beckham haber dicho que este país huele a ajo), es uno de los asuntos más importantes de este tiempo que se acaba, dinamitado por el virus. Se asoció, incluso desde las altas magistraturas del Estado, a la libertad de expresión, que es uno de los derechos más necesarios y profundamente desagradables de la democracia. Por eso tantas veces, en tantos litigios penosos relacionados con chistes, monólogos y letras de canciones, de la libertad de expresión se considera que hay que defender la libertad y juzgar la expresión. Una especie de visado de buen ciudadano que se ejercita entre locuciones como “cierto es”, “no obstante” o “dicho lo cual”.
Todo esto lleva degenerando años, particularmente en el ámbito de la política (siempre que hay que alabar al adversario, antes hay que hacerse la PCR ideológica mencionando lo lejos que estás de él; los antipodistas: “Estando como estoy en las antípodas del señor Almeida, cierto es que…”). Y, desde ahí, este fenómeno adquiere una fuerza tan extraordinaria que, a veces, esa información que nadie te pide, pero te sientes obligado a facilitar para darte mérito, parece obra de un sociópata, como cuando un culé destaca su barcelonismo (“aunque soy del Barça”) para añadir que siente mucho la muerte de Lorenzo Sanz, como si lo lógico, debido a su condición, hubiera sido matarlo él mismo.
O, en estos últimos días, los comentarios que se han podido leer en redes sociales sobre la muerte de Pau Donés, similares a los que se suelen hacer cuando fallece un artista: expresar tu dolor añadiendo el personalísimo juicio sobre su obra, como si eso fuese imprescindible para que el muerto vaya en paz. Obligados a contarnos si les gusta o no su música, preferentemente si no, para dar el pésame en libertad, quizá esperando un aplauso; por ejemplo: “tiene mucho mérito que, aunque no te gusten sus canciones, estés a favor de que viva”. Lo cual no deja de ser gracioso porque, a fuerza de publicitar nuestros gustos en cualquier contexto, si uno los calla ya se le etiqueta a trazo grueso, con el júbilo habitual de quienes no tienen que confrontar dos ideas, parecido al júbilo de quien las ofrece. Lo importante, como siempre, es no pensar". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, AL VOLCÁN DE AGUA, DE JOSÉ BATRES MONTÚFAR

 







AL VOLCÁN DE AGUA



Sobre la gran muralla americana,

altivo torreón, vecino al cielo,

su cúspide levanta soberana,

a do jamás osó llevar su vuelo

la reina de las aves atrevida,

que en la cuna de Júpiter anida.


Nimbado de esplendor y de grandeza,

bañado en luz y en misteriosa sombra,

irguiendo miro tu alta cabeza,

volcán sublime, que los cielos nombra;

y allá en tu cumbre de eternal ventura,

colocar anhelo mi mansión futura.


Gigante es Almolonga entre los montes,

fuerte, soberbio, grande entre los grandes.

¡Cuál domina millares de horizontes!

¡Cómo huella la cumbre de los Andes!

¡Cómo mira a su falda avasalladas,

de cien montes las cimas encumbradas!


Cien montes son tus hijos, son tus siervos;

y el cono que te sirve de corona

es tan gallardo, que los más protervos

tienen por rey al ínclito Pomona;

y el valle que se extiende a tus raíces

es el más feraz de los países.


Tú viste coronada tu alta frente

de blancas nubes y de azul sereno;

tú viste el águila altiva y potente

volar sin miedo sobre el mar y el cieno;

tú viste al hombre en su primer estado,

y a Dios plugo que fueras su estrado.


¡Oh tú, que de la edad en los anales

marcas la página más portentosa,

y el cataclismo de los inmortales

con voz tremenda y majestad gloriosa!

Desde el trono de escombros y de fuego

tu imperio salvas del universalego.


Cuando la trompa del furor divino

despertó el huracán en su caverna,

y el ronco trueno y el fragor contino

rasgaron de los cielos la cisterna;

cuando rota la esfera cristalina

cayó la lluvia convertida en ruina.


Tú, solo tú, de la tormenta en medio,

sobre el abismo levantaste el cuello,

y el diluvio que fue nuestro remedio

fue para ti de gloria y de destello;

pues rota la ancha base de tu asiento,

lanzaste al aire tu eternal cimiento.


Y cuando el sol, tras lóbrega cortina,

rasgó las sombras y alumbró la tierra,

y vio el estrago y la fatal ruina

que en sus entrañas el diluvio encierra;

te vio sereno, y reflejó tu cumbre

con nuevo resplandor y nueva lumbre.


Hoy mismo que el furor de las edades

ha sepultado en confusión profunda

imperios, pueblos, tronos y ciudades,

y en honda noche al universo inunda;

tú estás de pie, con la cabeza erguida,

mostrando al hombre tu eternal herida.


Mas ¡ay! que el tiempo, que en su raudo vuelo

todo lo trueca y todo lo aniquila,

también en ti su destructor anhelo

con mano impía y vengadora afila;

y el día vendrá, que la futura gente

no hallará de tu mole el Occidente.


Entonces yo, si el genio que me inspira

no me abandona en la eternal morada,

pulsaré nuevamente el son del arpa mía,

y en alas de la musa arrebatada,

iré a buscar tu sombra en el vacío,

¡volcán de Agua, portento, numen mío!



JOSÉ BATRES MONTÚFAR (1809-1844)

poeta guatemalteco

























DE LAS VIÑETAS DE HUOR DE HOY VIERNES, 6 DE JUNIO DE 2025

 








































jueves, 5 de junio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 5 DE JUNIO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 5 de junio de 2025. Aunque se asocia sobre todo con ‘trolls’ y cuentas falsas, el anonimato en internet tiene raíces tan antiguas como el seudónimo literario, dice en la primera de las entradas del blog de hoy la periodista Arantza García Garcés; para unos, es un salvavidas que permite expresarse sin miedo; para otros, una máscara para la desinformación y el odio. En la segunda, un archivo del blog del 15 de junio de 2017, el profesor Santos Juliá comenzaba diciendo que a la muerte de Franco nadie daba un céntimo por lo que en España pudiera ocurrir cuando los partidos recuperaran la libertad. Y el 15 de junio de 1977, hoy hace cuarenta años, en las primeras elecciones democráticas postfranquistas, triunfaron las dos opciones sobre las que Europa construyó la democracia: el centro y el socialismo. La tercera, con el poema de hoy, reproduce el titulado La base de la sociedad, del poeta costarricense Luis Chaves, y comienza con estos versos: Daría lo mismo/que no hubiera nada en el refrigerador,/las cuatro o cinco cosas que lo ocupan/son incompatibles. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt




















DEL ANONIMATO DIGITAL

 







Aunque se asocia sobre todo con ‘trolls’ y cuentas falsas, el anonimato en internet tiene raíces tan antiguas como el seudónimo literario, dice en la revista Ethic [El dilema del anonimato digital. Hablar sin dar la cara, 29/05/2025] Arantza García Garcés, licenciada en Ciencias de la Información por la UCM, y en las redes sociales, su uso genera opiniones encontradas: para unos, es un salvavidas que permite expresarse sin miedo; para otros, una máscara para la desinformación y el odio. El debate está servido.

La imagen de un usuario con el rostro cubierto y un móvil en la mano resume bien el dilema legal que plantean hoy las redes sociales: ¿cómo equilibrar el derecho a expresarse libremente y a mantener la privacidad con la necesidad de establecer responsabilidades en el entorno digital?

En España no existe un «derecho al anonimato» como tal. La Constitución garantiza tanto la libertad de expresión como el derecho a la intimidad y al honor, pero no entra a valorar si uno debe o no identificarse al participar en el mundo digital. Lo cierto es que el uso de seudónimos está permitido y ha sido respaldado por la jurisprudencia, siempre que no sirva para cometer delitos.

Desde el punto de vista legal, explica el abogado experto en derecho digital Borja Adsuara, «el anonimato (entendido como impunidad) no es un derecho protegido, ni hay ninguna declaración de derechos que lo incluya. El Estado de Derecho no puede aceptar espacios de impunidad donde no llegue la Ley, la policía o los jueces». En cambio, matiza, «el pseudonimato –es decir, el uso de un seudónimo– sí permite ejercer la libertad de expresión sin temor a represalias, aunque con límites: si se comete un delito, un juez puede ordenar levantar el velo y perseguir penalmente a la persona que está detrás». Este principio, añade, está recogido en la Carta Española de Derechos Digitales.

En 2021, la Carta de Derechos Digitales incorporó por primera vez el llamado derecho al pseudonimato. Este derecho reconoce que cualquier persona pueda usar un nombre ficticio para acceder a entornos digitales como redes sociales. El objetivo es ofrecer un margen de protección a quienes, por motivos personales, sociales o profesionales, no pueden expresarse libremente con su identidad real. Es una forma de facilitar la participación en la vida pública digital sin poner en riesgo la seguridad o integridad del usuario.

Eso sí, esta posibilidad no es ilimitada. La Carta aclara que el uso de seudónimos dependerá tanto de las capacidades técnicas como de la legislación vigente, y no será aplicable en contextos donde sea necesario identificar al usuario, por ejemplo, en servicios de pago o entornos sensibles que requieran verificar la identidad por seguridad.

Además, el texto incluye un matiz importante: en caso de delito, la identidad de la persona tras el seudónimo debe poder ser recuperada mediante resolución judicial. Usar otro nombre está permitido, pero no otorga impunidad.

Borja Adsuara insiste en que, en la práctica, «mucha gente se cree que está interactuando en redes sociales con perfiles o cuentas anónimas, pero no lo son. La mayoría son pseudónimas y los administradores de esas redes tienen datos suficientes para identificarlos –como IPs, correos electrónicos o metadatos– si un juez los solicita como parte de una investigación judicial». Para delitos como calumnias o amenazas, recuerda, estos mecanismos ya están en marcha. En el caso de la desinformación, sin embargo, el marco legal es más complejo y depende en gran parte de las nuevas normativas europeas.

En esta línea, Moisés Barrio, letrado del Consejo de Estado, experto internacional en Derecho digital y director del posgrado en Legal Tech y transformación digital de la Universidad Complutense de Madrid, subraya el papel clave que juegan las plataformas digitales en este engranaje legal. «Actúan como intermediarios técnicos y por ello poseen información sensible como IPs, historiales de actividad o datos personales. Su capacidad para almacenar esta información las convierte en actores fundamentales para colaborar con jueces y autoridades en la investigación de delitos en la red», señala. Según explica, esta colaboración está contemplada en la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que establece de forma clara la obligación de colaborar con la justicia en estos casos.

A nivel europeo, la libertad de expresión y la privacidad están recogidas en la Carta de Derechos Fundamentales de la UE, y el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) fomenta la seudonimización como método de protección. Aun así, también hay límites. En 2018, el Tribunal de Justicia de la UE dictaminó que la policía podía exigir la identidad digital de un sospechoso, incluso si el delito era leve.

El debate legal sigue abierto, sobre todo con nuevas normativas como el reglamento eIDAS 2, que promueve la identificación electrónica en toda la UE. Aunque no prohíbe el anonimato, tampoco lo contempla. Y lo mismo ocurre con la nueva Ley de Servicios Digitales, que impone a las plataformas más control sobre los contenidos ilegales y exige más transparencia. En resumen: el marco legal europeo avanza hacia una mayor trazabilidad, sin que eso signifique, de momento, el fin del anonimato.

Además, Moisés Barrio advierte que el uso de seudónimos en redes sociales puede chocar con la normativa de protección de datos personales. Aunque se oculte la identidad directa del usuario, los datos pueden ser rastreados y vinculados a su identidad real mediante información adicional. «La línea entre privacidad y ocultación de identidad es difusa», explica. «La seudonimización no impide la reidentificación, y por tanto debe estar sujeta a medidas técnicas que eviten un uso indebido. El pseudónimo protege la privacidad y la libertad de expresión, pero también puede usarse con fines delictivos. Por eso, cuando se cruzan ciertos límites, corresponde al juez autorizar la identificación».

En el plano ético, el anonimato digital despierta opiniones igual de divididas. Organizaciones como Human Rights Watch o ARTICLE 19 lo defienden como una herramienta fundamental para proteger a periodistas, activistas o usuarios vulnerables. En países con regímenes autoritarios, puede ser la única vía para denunciar abusos sin poner en riesgo la vida.

La investigadora Danah Boyd lo resume así: quienes usan seudónimos suelen ser los más marginados. Para muchas mujeres, personas LGTBI o colectivos racializados, el anonimato permite compartir experiencias, pedir ayuda o crear comunidad en entornos donde hacerlo con su nombre real sería peligroso.

ONG tecnológicas como SocialTIC o Take Back The Tech han documentado casos donde el uso de perfiles anónimos permitió denunciar violencia de género, corrupción o discriminación. En muchos contextos, el anonimato es más una herramienta de supervivencia que un privilegio.

Pero también están quienes lo ven como un problema. Sus críticos argumentan que facilita el discurso de odio, las amenazas y la difusión de bulos. Cuando nadie da la cara, dicen, es más fácil insultar, acosar o manipular. Y lo cierto es que los delitos de odio, calumnias o amenazas ya están penados, incluso si se cometen desde perfiles anónimos.

El reto ético está en el equilibrio: ¿cómo proteger las voces legítimas que se ocultan por necesidad, sin dar carta blanca a quienes abusan del anonimato? La mayoría de expertos coincide en que debe mantenerse como un derecho, pero con límites claros y mecanismos para identificar a quienes lo utilicen para hacer daño.

Desde el punto de vista social, el anonimato ha cambiado la forma en que nos relacionamos en internet. Ha permitido nuevas formas de participación, creatividad y expresión. Muchos usuarios –no solo famosos– recurren a seudónimos por razones tan válidas como la protección de su vida privada o el miedo a represalias. No es solo cuestión de trolls.

Un caso ilustrativo: un trabajador fue despedido por criticar a su empresa en Facebook con su nombre real. Con un perfil anónimo, probablemente habría evitado el castigo. Este tipo de ejemplos muestran que, a veces, esconder el nombre es una forma de protección frente al poder.

Pero el anonimato también ha generado espacios tóxicos. En foros o redes sin control, proliferan los insultos, los bulos y el acoso. Campañas de desinformación se organizan desde cuentas falsas que desaparecen cuando son detectadas. Y eso deteriora la confianza entre usuarios.

Para frenar este efecto, las nuevas normativas europeas exigen medidas más firmes: verificación de cuentas, trazabilidad de contenidos y sistemas antifraude. Las plataformas también han comenzado a reforzar sus herramientas internas de moderación. Aun así, muchos expertos advierten que la solución no pasa solo por endurecer las reglas, sino por mejorar la educación digital.

En definitiva, el anonimato en internet es una herramienta poderosa. Puede proteger, pero también esconder. Usado con responsabilidad, puede ser un aliado de la libertad de expresión. Mal usado, mina la convivencia. La clave no está tanto en eliminarlo como en aprender a convivir con él, con leyes, normas éticas y sentido común. Arantza García Garcés es una profesional con amplia experiencia en producción y gestión de proyectos, actualmente desempeña el rol de Producción y Nuevos Proyectos en iKN España desde marzo de 2019. Desde noviembre de 2021, Arantza también contribuye como colaboradora de Revista Ethic.


















[ARCHIVO DEL BLOG] Y ESPAÑA DEJÓ DE SER DIFERENTE. PUBLICADO EL 15/06/2017










Santos Juliá Díaz (Ferrol, 1940), articulista habitual del diario El País, es un historiador y sociólogo, doctor en Ciencias Políticas y Sociología, catedrático del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED, y autor de numerosos trabajos sobre historia política y social de España durante el siglo XX. Fue profesor mío durante mi paso por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED, y aceptó dirigir mi proyecto de tesis doctoral sobre "El papel del Senado en las democracias contemporáneas", que finalmente no realicé. 
Hace unos días publicaba en ese diario, su diario, un artículo sobre lo que se ha dado en llamar "la diferencia española". A la muerte de Franco, comienza diciendo, nadie daba un céntimo por lo que en España pudiera ocurrir cuando los partidos recuperaran la libertad. Y el 15 de junio de 1977, hoy hace cuarenta años, en las primeras elecciones democráticas postfranquistas, triunfaron las dos opciones sobre las que Europa construyó la democracia: el centro y el socialismo.
Era nuestra diferencia, señala, lo que nos convertía en caso excepcional en la historia de Europa: una demostrada y reiterada incapacidad para la democracia, una atávica necesidad de ser gobernados por un hombre fuerte. After he goes, what?, se había preguntado un distinguido hispanista, Richard Herr, temiendo que cuando He, o sea, Franco, desapareciera, los españoles, por naturaleza rebeldes y políticamente volubles, volverían a sus antiguos hábitos, solo temporalmente abandonados por la estricta y larga prohibición de meterse en política. 
No era el único que temía lo peor, comenta: a la muerte de Franco, nadie daba un céntimo por lo que en España pudiera ocurrir cuando los partidos políticos recuperaran la libertad destruida durante 40 años de dictadura. Y no se trataba del tópico del español ingobernable inculcado por la propaganda franquista. Alguien tan a resguardo de esa retórica como Giovanni Sartori sentenció en 1974, en las dos líneas dedicadas al caso español en su obra sobre partidos políticos, que los españoles volverían a la pauta de los años treinta dando vida de nuevo a un sistema pluripartidista y muy polarizado, directamente destinado, como en los años treinta, al caos.
Hombre fuerte que se impone sobre un sistema de partidos caótico como única garantía de paz y orden, continúa diciendo: esa era la diferencia española. Una voz, sin embargo, comenzó a desentonar en el coro de historiadores y científicos sociales y políticos que lucubraban sobre el futuro: la de Juan Linz cuando pronosticó en 1967 que cualquier sistema de partidos que se estableciera en el futuro en España tendría que girar inevitablemente en torno a dos tendencias dominantes: el socialismo y la democracia cristiana. Esa había sido la fórmula puesta en práctica al término de la II gran Guerra Mundial y sobre ella se construyó la nueva Europa de la que todos los españoles nacidos poco antes, durante y poco después de la Guerra Civil queríamos, más que formar parte, ser.
Ser como los italianos, dice más adelante, fue la gran expectativa del Partido Comunista bajo la dirección de Santiago Carrillo, que soñaba con repetir en España el compromesso storico de Berlinguer en Italia. No lo fue menos la de Adolfo Suárez cuando pretendía, como le dijo a Duran Farell, crear en España un partido que desempeñara el papel jugado por la democracia cristiana en Italia y Alemania, y fomentó en la izquierda una permanente y equilibrada división entre socialistas y comunistas. Que aquí ocurriera como en Alemania era lo que anhelaban los socialistas, dispuestos a ir a las urnas aun en el caso de que el PCE tuviera que esperar a una segunda convocatoria para presentarse bajo su propio nombre. Solo quedaba Manuel Fraga y sus siete magníficos azuzando al franquismo sociológico para que despertara de su sueño y mantuviera la diferencia española; al cabo, él había sido principal responsable del célebre reclamo turístico, Spain is different.
Al final, afirma, fueron las dos opciones sobre las que en Europa se había construido la democracia y el Estado social las que resultaron vencedoras el 15 de junio de 1977 con el nombre de centro y de socialismo. De las 80 candidaturas que obtuvieron algún voto, solo 13 consiguieron escaños; de ellas, cuatro solo uno, mientras las dos primeras alcanzaron 293: una concentración de votos en UCD y PSOE algo superior a lo que habían pronosticado las encuestas que, en general, acertaron al predecir la enorme distancia que iba a separarlos de los dos segundos (PCE y AP) en votos y, más aún, en escaños. Y no tanto por el sistema D'Hont, aunque también, como por los dos escaños atribuidos de salida a todas las circunscripciones, cualquiera que fuese su población.
Con estos resultados, señala, se disolvió, aparte de la sopa de siglas, el proyecto de reforma política aprobado seis meses antes en referéndum, que en su artículo tercero establecía que la iniciativa de reforma constitucional correspondía al Gobierno y al Congreso de los Diputados. Para empezar, nunca más se volvió a hablar de “reforma constitucional”, una manera perversa de referirse a las Leyes Fundamentales de la dictadura; además, el Gobierno abandonó sin ofrecer resistencia su última trinchera: encargar a una comisión de expertos un anteproyecto de Constitución a su gusto y medida. Los diputados se declararon constituyentes y decidieron poner en marcha la principal y nunca abandonada reivindicación de la oposición desde el acuerdo alcanzado entre socialistas y monárquicos en 1948, reiterada en todos los planes de transición alumbrados en las décadas siguientes: la apertura de un proceso constituyente.
El Gobierno, dice, con un presidente ratificado sin contar con mayoría absoluta y sin haberse sometido a ninguna sesión de investidura y, por tanto, sin saber con cuántos votos contaba en la Cámara, se sumó de buena gana a una corriente a la que él mismo había dado curso sin prever exactamente hasta dónde lo llevaría. Situado, por talante y por apoyos, en el polo opuesto al del hombre fuerte al modo español, su doble acierto consistió en no intentar siquiera poner puertas al campo abierto por las elecciones y en sustituir la práctica del decreto-ley por una política de pactos a derecha e izquierda, con nacionalistas catalanes y vascos incluidos, sobre las cuestiones pendientes: la Constitución, desde luego, pero también la política económica y social y las reivindicaciones de autonomía sostenidas en títulos históricos. En conjunto, lo que muy pronto recibió el nombre, luego tan denostado, de política de consenso.
Y esa sí que fue la gran diferencia que liquidó todas las diferencias, comenta. Políticos españoles y políticas de pacto parecían excluirse mutuamente en nuestro discurso político y en nuestra historia desde los orígenes del Estado liberal. La tradición más arraigada exigía un hombre fuerte al mando tras los reiterados fracasos, por múltiple fragmentación, del sistema de partidos, lo que en definitiva quería decir: un país escindido por más de una línea de fractura en cuestiones relativas a los fundamentos de su convivencia política. Que ni la tradición ni la historia determinarían el futuro y que era posible construir un Estado tramando acuerdos: eso fue lo que indicaba el mandato de los electores cuando, rompiendo lo que tantos observadores extranjeros consideraban como berroqueña excepcionalidad española, depositaron sus votos mayoritariamente en dos partidos a los que empujaron a entenderse.
Poco tiempo después, concluye Santos Juliá, otro destacado hispanista, hablando sobre la democracia española, exclamaba, desencantado: puaf, qué aburrimiento, ya sois como los europeos.
Sobre esta misma efeméride escribe también hoy en El País el profesor de Derecho Constitucional, Francesc Carreras: Quisimos, pudimos, ¡lo hicimos!, dice. Hace hoy 40 años, se celebraron las primeras elecciones de la democracia. La conclusión al terminar el día fue que mucho más que los resultados, los españoles tenían muy asimilada la democracia. 
A principios de noviembre de 1976, comenta, semanas antes del referéndum sobre la Ley para la Reforma Política, el semanario catalán, y en catalán, Arreu, me encargó escribir una serie de artículos para explicar el contenido de la Ley para la Reforma Política que debía votarse en referéndum el 15 de diciembre de aquel año. Este semanario —excelente, aunque de corta vida— estaba en línea con el progresismo de la época, quizás más en el ámbito comunista que socialista, pero independiente de ambos.
En aquellos tiempos, añade, nadie perteneciente a este mundo creía en Adolfo Suárez y en su Gobierno. Se pensaba que la democracia debía llegar a través de la ruptura, nada debía esperarse de los intentos reformistas desde el interior del régimen. Suárez, por tanto, al que se le recordaba vistiendo camisa azul, sería un nuevo fracaso. Por tanto, en el encargo, iba implícito, sin decirlo, “espero que te la cargues”. También yo, que aún no había leído el proyecto, pensaba lo mismo.
Así pues, me puse a la tarea, sigue diciendo. Una ley tan corta, ¿daría para tres o cuatro piezas, tal como me pedían? Tenía mis dudas. Efectivamente, el texto estaba compuesto por cinco artículos, tres disposiciones transitorias y una final. Además, sin preámbulo. Pero empecé a leerla con detenimiento y lentitud, subrayando el texto, tomando notas, fijándome en sus remisiones a otras normas. La ley era breve pero de una enorme complejidad: había que enmarcarla en las leyes fundamentales franquistas, a las que yo siempre había prestado muy poca atención, y en su disposición final, sin derogar expresamente las anteriores, quedaba añadida también como Ley Fundamental. Estaba cada vez más asombrado. ¿Qué significaba todo aquello?
Lo entendido en una primera lectura, sigue diciendo, sucede también en otros textos, pero especialmente en leyes y sentencias, hay que dejarlo reposar. Hay que repasar las notas tomadas, reordenarlas, precisar el significado de ciertas palabras, encontrarles muchas veces una nueva interpretación de acuerdo con el contexto y así hacerte una completa composición de lugar. Una labor apasionante, como leer un buen poema críptico. Conforme iba trabajando, el asombro seguía. Y empecé a pensar que las posibilidades de avanzar hacia la democracia serían mucho mayores con esta nueva ley, aunque entonces pensar esto no fuera políticamente correcto. No recuerdo lo que escribí.
En efecto, añade más adelante, aquellos escasos preceptos estaban redactados con tan milimetrada sutileza que derogaban tácitamente todo el engendro institucional antidemocrático de las leyes fundamentales franquistas, en aplicación del principio de temporalidad según el cual una ley posterior deroga a la anterior siempre que sea de igual rango jerárquico. Por esa razón, la Ley para la Reforma declaraba tener el rango de Ley Fundamental.
A su vez, estableció claramente los principios básicos de un Estado democrático de Derecho: soberanía del pueblo, elecciones libres, democracia representativa y garantía de los derechos fundamentales.
Por un lado, dice, declaraba que el pueblo era soberano y que su voluntad se expresaba mediante leyes elaboradas y aprobadas por las Cortes (Congreso y Senado) elegidas por sufragio libre y universal. Por otro, reconocía que los derechos fundamentales de la persona eran inalienables y vinculaban a todos los poderes del Estado. No establecía, ciertamente, un catálogo de derechos fundamentales. Ahora bien, como España había ya suscrito los más importantes tratados internacionales en esta materia, no aplicables por carecer de su publicación en el BOE, sólo faltaba este sencillo requisito para quedar integrados en el ordenamiento jurídico español y así tener eficacia interna. En los meses siguientes tuvo lugar su publicación.
Finalmente, afirma, debe repararse en que la ley se denominaba “para” la reforma política, no “de” la reforma política. Es decir, era un instrumento para instaurar una democracia más plena y definitiva. Por ello, daba poderes a las Cortes para elaborar y aprobar una nueva Constitución, sin límite alguno, que debía ser ratificada por el pueblo en referéndum. Dado que hasta que llegara este momento aún subsistían instituciones del régimen anterior que podían entorpecer el previsible proceso constituyente, se otorgaban poderes al Rey, que afortunadamente no tuvo que utilizar, para convocar un referéndum sobre “opciones políticas de interés nacional”. Así se situaba al monarca como garantía última para que el proceso llegara a buen fin.
Landelino Lavilla, señala, uno de los grandes protagonistas de aquella etapa, que estaba junto a Suárez en la cocina de aquella operación, ya que era su ministro de Justicia, lo relata con detalle en sus brillantes memorias publicadas este invierno. “La transición —dice Lavilla— ha permitido pasar de un régimen autocrático a uno democrático sin quiebra formal de la legalidad”. Es exacto: sin quiebra “formal”. Pero también se deprende de sus palabras lo más sustancial: con la quiebra de todo lo demás ya que se pasa de una dictadura a una democracia.
En los meses siguientes a la aprobación de la Ley, dice a continuación, hasta que tuvieron lugar las elecciones previstas, se fueron aprobando las distintas normas que debían asegurar la regularidad democrática de los comicios: derecho de asociación política, ley electoral y libertad de expresión. Además, entraron en vigor los tratados internacionales sobre derechos humanos. El Gobierno de Suárez y la oposición democrática fueron, no exactamente pactando, pero sí consultándose, todas estas leyes. Se había establecido un grado de confianza entre unos y otros, a partir de la aprobación de la Ley para la Reforma Política, que no era previsible cuando yo me puse a comentarla en el Arreu.
Finalmente, afirma, el día 15 de junio de 1977, hoy hace 40 años, se celebraron las primeras elecciones de la democracia. Aquel día fue muy singular. Los ciudadanos estaban expectantes, los políticos más, los gobernantes inquietos, la prensa alborotada. Las elecciones podían ser limpias o sucias, no era descartable algún conato de violencia.
Al llegar la noche, afirma, ya se vio lo más importante, mucho más que los resultados: los españoles tenían muy asimilada la democracia, eran respetuoso con las reglas jurídicas, ejercían la virtud de la tolerancia con quien discrepara de sus opiniones, querían convivir en paz de una vez para siempre. La guerra civil se había superado hacía años, todas las lecciones de la historia se habían aprobado. Esta fue la gran victoria, para nada militar, de aquel día.
“Quisimos, pudimos, ¡lo hicimos!”, concluye diciendo. La conocida frase pronunciada por John Wayne en Río Rojo, la gran película de Howard Hawks, la podían repetir aquel día, con una leve sonrisa y gran satisfacción, millones de españoles.
Tercera y última ojeada por hoy a la conmemoración que celebramos este día. El franquismo se saldó con una traición a esas juventudes revolucionarias que construyeron el programa de un futuro sin contar con una población que votó masivamente a Adolfo Suárez y no soñaba con revolución alguna, señala el profesor, escritor y ensayista Jordi Gracia en un artículo con el que rememora las primeras elecciones democráticas celebradas tras la muerte del general Franco, tal día como hoy de hace cuarenta años.La palabra democracia, comienza diciendo, estuvo muy viva desde antes de la muerte de Franco, pero el sentido que cada cual le dio fue equívoco y hasta contradictorio, sin nada que ver con la base estable e incuestionada de la noción de democracia en la actualidad. Es precisamente la renovada exigencia democrática que auspició el 15-M y Podemos, lo que asfixia hoy a gobernantes con las vergüenzas expuestas a todos los plasmas imaginables, y no son las irrelevantes vergüenzas genitales.
El régimen (el verdadero Régimen), continúa, abusó obscenamente de esa imaginativa plasticidad cuando habló de democracia orgánica. La oposición, articulada y sin articular, hizo lo mismo. Para unos, muchos, democracia equivalía a democracia radical, que a su vez equivalía a revolución democrática. Para otros, escasos, dispersos y muy mal vistos, democracia empezó a significar desde 1976-1978 la sumisión voluntaria a las reglas del juego de la representación parlamentaria porque asumía la negociación política como tablero exclusivo y expresión legítima de la opinión de la calle, movilizada y no movilizada. La convencida ilusión revolucionaria que fraguó entre las juventudes universitarias más politizadas desde finales de los años sesenta no dio el menor crédito a la democracia como sistema de pactos, contrapesos y transacciones: eso era claudicación socialdemócrata y pequeño-burguesa, como poco.
El ideal era otro, comenta más adelante, porque la revolución no se pacta ni se negocia, se impone. La revolución vino a ser, así, un ideal del despotismo ilustrado sin respeto ni por las formalidades democráticas ni por la herencia presencial, biográfica, activa, de los equipos procedentes del franquismo. El sueño solo tenía cara A porque no había lugar para la cara B. La revolución democrática había de vencer a las fuerzas del franquismo reformista y a la vez a las formaciones políticas burguesas y pequeño-burguesas, tan alegremente dispuestas a plegarse a los enjuagues de una democracia parlamentaria a la europea.
No hay la menor duda, dice: la Transición constituyó una traición sangrante, despiadada, a aquellas juventudes revolucionarias que con la literatura, la ideología, los cómics, el ideario libertario, el comunismo maoísta o soviético, la cultura hippy y la contracultura entera habían construido el programa de un futuro sin contar con una población no exactamente adicta ni a Rimbaud, ni a Lautréamont, ni a Fidel Castro, ni a Janis Joplin, ni a Allen Ginsberg. La población real, cuantificable, votó masivamente a Adolfo Suárez, compró desatadamente los abyectos libros neofranquistas de Vizcaíno Casas e ignoró los ensueños de la grifa y la marihuana o los viajes de la psicodelia débil del principio y el jaco letal de los ochenta.
El fracaso fue estrepitoso, afirma, porque la población de una democracia en construcción no soñó con revolución alguna ni se adhirió a sus condiciones despóticas. Esa precaria democracia acabó con el aparato legislativo del franquismo y fundó otro nuevo desde 1978: hizo una ruptura democrática. El desnortamiento de la revolucionaria contracultura fue entonces descomunal porque la revolución empezaba a ser ya sólo una fantasía derrotada, pero no un objetivo viable con las cifras electorales y no electorales en las manos. Fue entonces cuando los lectores de la revolucionaria Anagrama abandonaron a Anagrama diez años después de su fundación: “De golpe y porrazo” —cuenta Jordi Herralde—, “buena parte de aquellos lectores inquietos que se interesaban por todo, dejaron de leer no sólo textos políticos sino también libros de pensamiento, de teoría, lo cual provocó la desaparición de la totalidad de las revistas políticas y el colapso de la mayoría de editoriales progresistas”. Los ideales de la minoría más politizada y progresista, más europeísta, culta y urbana, más asimilable a las vanguardias políticas radicales de la Europa de entonces, desembocaron en una funesta neurosis de autodestrucción por fallo general multiorgánico. Nada había sido como lo soñó Ajoblanco o Star.
Precisamente por eso, señala, Podemos no tiene nada que ver con aquella raíz hoy enterrada de la revolución: aquella lo era de verdad porque quiso cambiarlo todo. Hoy Podemos carece del gen revolucionario porque su biotipo democrático negocia, discute, amaga, recela, engaña, traiciona y marrullea como las demás fuerzas políticas. Los planes de la revolución se vinieron abajo en un santiamén pero sus víctimas fueron infinidad de jóvenes. No hay ninguna buena noticia en esas muertes con y sin apellido, sino un largo duelo ante la angustiosa lista de muertos en los años duros del caballo químico y del caballo ideológico: Eduardo Haro Ibars, Aníbal Núñez, Eduardo Hervás, Antonio Maenza, Marta Sánchez Martín, Carlos Castilla Plaza.
Pero es seguro, dice, que para la mayoría de la población fue una buena noticia el fracaso de la revolución: el demos no fue revolucionario, o fue democrático de acuerdo con las democracias realmente existentes en la Europa de su tiempo. La primera clase del curso de nueva democracia trataba del desengaño de las utopías revolucionarias y la segunda tocaba otro tema, también delicado: la democracia es imperfecta, torpona y algo cegata, además de no ser nunca ni pura ni inmaculada.
Pero la fantasía de la pureza siguió viva, añade, y la frustración también. Muchos de aquellos jóvenes no renunciaron a que la vida y la literatura fuesen lo mismo: es un ensueño fascinante y adictivo pero no le veo ejemplaridad alguna ni es siquiera un plan de vida compensador. Sí es en cambio un potente objeto de estudio antropológico y cultural, como el que ha emprendido Germán Labrador en un libro que contiene el más completo elogio y la más sentida elegía de la contracultura: Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la transición española (1968-1986). La demonización de sus protagonistas como bichos marginales y enfermos está ampliamente reparada en este libro, el mejor posible sobre aquel mundo y sus supervivientes.
Lo que no remedia, concluye diciendo, es el trágico error que anidaba en los planes líricos e ideológicos para una Transición que sin duda los traicionó, pero no se equivocó. Si el éxito de la Transición se mide sobre el romanticismo de la revolución democrática fue un gran fracaso, y es justo y hasta conmovedor evocar a las víctimas de sus propias utopías. Pero no ilumina cuáles fueron y dónde estuvieron las renuncias de la izquierda democrática y socialdemócrata desde 1978. Ese me parece el campo de maniobras más productivo para una crítica de la Transición, sin confundirla con una traición a las utopías trágicas o restitutivas del pasado de la Segunda República. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt