martes, 12 de diciembre de 2017

[A vuelapluma] La "Constituqué" tendrá que esperar





Ante el empecinamiento del PSOE por que se remodele la Constitución, buscando impenitentes el encaje de esos nacionalismos que desencajan España, el presidente Rajoy evoca la actitud flemática, en consonancia con su propio carácter, del párroco aquel de la localidad onubense de Beas al que sus feligreses rogaban que accediera a sacar en rogativa a la Virgen de Clarines para que se acabara la pertinaz sequía que asolaba al pueblo, comenta en el diario El Mundo su director, el periodista Francisco Rosell.

 Al cabo de algunas semanas, comienza diciendo, y harto de las requisitorias que recibía a cada paso que daba, este cura con fama de trabucaire tiró la teja y dio su brazo a torcer. Eso sí, a fin de que luego nadie se llevara a engaño y derivara en porfías de fe, el buen pastor apostilló como el que remacha un clavo torcido: «Si queréis sacar a la Virgen, sacadla; allá vosotros, pero que sepáis que el tiempo no está pá llover. Así que luego no me vengáis con leches». 

Aquella retranca cazurra de don José, ducho en la teología del seminario y en la meteorología de las cabañuelas de agosto, ha tornado esta semana en socarronería de Rajoy al enfriar la propuesta socialista de renovar la Carta Magna: «Hay quienes -aseveró el miércoles, durante el Día de la Constitución- defienden una reforma. Para ello es necesario saber qué se quiere cambiar. Si eso se cumple, la modificación será posible». El presidente del Gobierno hace, cada vez que puede, de la circunstancia causa. Lo evidenció al aplicar un artículo 155 de mínimos para sofocar la rebelión independentista en Cataluña, amparando su apocamiento en que no daba para larguezas el cicatero apoyo de PSOE y Ciudadanos. Era perceptible que usaba la boca chica porque, en el fondo, suspiraba por no meterse en más fregados de los debidos. De hecho, lo disimuló tan poco que quien ha obtenido más rédito del 155, a tenor de los sondeos, ha sido paradójicamente Cs, pese a las reservas iniciales de Albert Rivera al entender que dicho artículo estaba «estigmatizado» para luego verlo exento de cualquier contraindicación.

Más allá de pendencias sobre el 155, resulta palmario que un partido de Gobierno que escasamente atesora escaños -137 sobre 350- para sostener su verticalidad y que mendiga votos para sacar adelante los Presupuestos dejándose en el envite hasta las hijuelas, como refrenda el cuponazo vasco para dicha del PNV, no puede adentrarse mar abierto a envidar a lo grande una mudanza constitucional en aguas tan procelosas y expuestas. Rajoy no ignora que, aun mejor pertrechado de votos, un órdago así es temerario bajo el volcán catalán y cuando no existen puntos comunes básicos entre los grupos mayoritarios. Redúcese toda coincidencia a un difuso deseo de transformarla. Dicho sea esto por el que no digan. No es plato de gusto ser tachado de inmovilista y recalcitrante, dado el prestigio del que goza el sugestivo término «cambio», atrayente envoltorio de cualquier cosa, incluida la nada. Sin carta náutica ni timonel claros, con cada tripulante marcando rumbos contradictorios, la reforma constitucional capotaría en la misma bocana del puerto. Al modo quizá de aquella infausta réplica de la nao Victoria, la primera embarcación que completó la vuelta al mundo al mando de Elcano, y que se fue a pique a los 20 minutos de su botadura en el puerto onubense de Isla Cristina ante el estupor de los capitostes de la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América. Al no tener muy claro por dónde debía tirar el pesquero que arrastraba la carabela, la encalladura forzó a arrojarse por la borda a la mascota de la Expo de Sevilla y, junto al pájaro Curro, a los marineros, quedando varada a unos palmos de su amarre de salida. 

No parece que sea cosa repetir el ridículo aquel, por mucho que a Rajoy le endilguen la condición de ser una especie de Juan del Buen Alma. No le hace falta haber leído a Richelieu para apreciar que un buen político es aquel que sabe cuándo abandonar los principios para conservar el poder. Pero es que, además, en cuanto se formulan negro sobre blanco algunas propuestas de trueque constitucional, se verifica que, más que resolver los problemas que mueven a esa intervención quirúrgica, se agrandan. Puede que de modo tan disparatado como el de aquel apurado marino que, en medio del naufragio, discurre achicar el agua multiplicando los agujeros, lo que aceleró el hundimiento de su bote. A ojos vista, pasma que, en lugar de coser a dos cabos y amarrar fuertemente los descosidos originados por aquellos que buscan deshacer la Constitución, se perfile una especie de Constituqué. Esto es, una especie de artefacto explosivo que haga saltar por los aires la nación española, deconstruida en «nación de naciones», donde se determinaría una relación bilateral. Nacioncitas con ínfulas de Estado podrían exaltar aquello de «nos, que somos y valemos tanto como vos, pero juntos más que vos, os hacemos Principal entre los iguales, con tal que guardéis nuestros fueros y libertades; y si no, no», atendiendo a la fórmula que los señores feudales imponían al Rey de Aragón. A este fin, hay catedráticos que auspician que los futuros Estatutos de Autonomía, para dar gusto al independentismo, no deberían ser refrendados por el Congreso de los Diputados, depositario de la soberanía nacional, lo que es un modo de autodeterminarse. Amén ello de incorporar medidas ya fallidas en Alemania en lo que hace a la reconfiguración del Senado como cámara de representación territorial. Y eso que, por aquellos pagos, ningún länder, pese a su embrollado sistema de toma de decisiones, ha perdido la perspectiva de formar parte de un todo en el que se sienten plenamente reconocidos. 

En síntesis, remedios de sofistas que, en realidad, son medios para el sepulcro. Tal proceder rememora a los impúdicos médicos del aprensivo protagonista de El enfermo imaginario de Molière. Más preocupados por darle satisfacción a aquel burgués hipocondríaco que, en enderezar su torcida salud, medran en derredor de quien ven como «una buena vaca lechera» a la que ordeñar. Ello da pie a que el gran comediógrafo verbalice sus prejuicios contra los médicos por boca de otro personaje: «Casi todos los hombres mueren de los remedios, no de sus enfermedades». Aun así, en solitario, como el rayo que no cesa, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, aguanta con la vela encendida, a la espera del desenlace de los comicios catalanes. La configuración de un eventual tercer tripartito socialista, esta vez de Iceta, fontanero de los de Maragall y Montilla, con ERC, más el apéndice de los comunes de Ada Colau, reconfiguraría no sólo el mapa catalán, sino que desencadenaría un seísmo de incalculables secuelas para toda España. Como legado de los dos primeros tripartitos catalanes, quede el epitafio escrito por su autor, el entonces presidente Rodríguez Zapatero, en una entrevista en EL MUNDO publicada en 2006: «Dentro de 10 años España será más fuerte, Cataluña estará más integrada y usted y yo lo viviremos». Es verdad que el PSC ha puesto del revés su lema de las elecciones generales de 2008 contra el PP -«Si tú no vas, ellos vuelven»- por este otro contra los independentistas: «Si tú no vienes, ellos se quedan».

No hay duda de que, a base de plantear remedios no pensados, los arbitristas pueden hacer fenecer una de las naciones más antiguas del orbe. No en vano, como refiere el hermano del doliente de Molière, «toda la excelencia de su arte reside en un pomposo galimatías y en una engañosa locuacidad que da palabras por razones y promesas por hechos». Vestido de amarillo, y desde entonces signo de mal fario, Molière fallecería sobre el escenario del estreno de El enfermo imaginario, tan imaginario y amarillo como el prófugo Puigdemont, el burlador de Bruselas. Tratar de ganar tiempo puede ser también una forma de perderlo, si se yerra el camino. Cuando ello acaece, los daños se convierten en irreparables y los males, irreversibles. Aun así, y aunque no esté de llover, como previniera el párroco de Beas, hay quienes se empecinan en sacar la Carta Magna en procesión para ver si obra el milagro que no puede operar.



Dibujo de Ulises para El Mundo



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



HArendt






Entrada núm. 4094
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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)