lunes, 20 de abril de 2026

DEL SABOR DEL CAFÉ. COLABORACIONISTAS, POR JAVIER CERCAS

 









Pocos días después de que Javier Bardem dijera no a la guerra en la gala de los Oscar, entre el silencio de sus colegas al respecto, Pedro Almodóvar declaró a El Mundo: “No hablar de política cuando tienes un altavoz como autor es un modo de colaboracionismo”. La acusación es dura. ¿También es justa?

El término “colaboracionista” se acuñó en Francia para designar a quienes, durante la ocupación nazi, cooperaron con el invasor (no a quienes no se opusieron a él, que fueron la mayoría de los franceses, aunque tras la guerra De Gaulle les convenciera de que todos o casi todos habían sido resistentes. “Los franceses no necesitan la verdad”, decía en privado el general). ¿Es un colaboracionista el artista que no habla de política? Antes: ¿tiene el deber de hablar de política un artista? La pregunta es absurda. La idea romántica del artista semidivino, olímpicamente ajeno a las limitaciones, deberes e inquietudes de los simples mortales, siempre fue un malentendido, pero ahora no pasa de ser un timo de pícaros, mercachifles y vendehúmos, que ya solo se traga el esnobismo papanatas de los sots savants, los tontos con lecturas (de lejos, la peor clase de tontos). “¡Quién pudiera vivir en una torre de marfil!”, exclamaba en 1852 Gustave Flaubert, uno de los paradigmas del arte puro; a otro de ellos, Borges, le preguntaron en una ocasión si vivía en una torre de marfil. “Eso es imposible”, contestó. “Una torre de marfil es una pieza de ajedrez”. Shakespeare y Cervantes eran hombres de carne y hueso, comunes y corrientes; lo excepcional no son ellos: son sus obras. Es verdad que, mientras trabaja, el artista (como el científico o el deportista, como cualquiera entregado a una tarea absorbente) vive en una torre simbólica de marfil, ensimismado en su quehacer, de espaldas al mundo; pero, en cuanto termina de trabajar, baja de su torre y se convierte en un ciudadano más, con los mismos derechos y obligaciones que los demás, empezando por la de ocuparse de lo común, es decir de la polis, es decir de la política, que es cosa de todos porque nos atañe a todos (la política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos). Como el científico o el deportista, el artista no tiene la obligación de pronunciarse sobre política porque sea excepcional, sino precisamente porque no lo es, porque es como todos y tiene las mismas obligaciones que todos (o un poco más: no todo el mundo dispone del altavoz del que habla Almodóvar). Esto no significa, sobra decirlo, que el artista acierte siempre en lo que dice: puede pifiarla como cualquiera; tampoco significa que siempre deba tener una opinión, o que deba darla a todas horas y no albergue dudas, o que su opinión sea siempre clara y taxativa —sí o no, blanco o negro—: a veces, la virtud está en el matiz, en el distingo, en el justo medio. Pero no siempre. Dante confinó en el rincón más oscuro de su infierno a los “ignavi”, los tibios, aquellos que, en tiempos de crisis profunda, no toman partido, se ponen de perfil, se hacen los suecos; el problema consiste en definir qué es una crisis profunda, lo que a menudo no es fácil. Un ejemplo pasado: durante la II República, la virtud estaba en el justo medio, que era donde estaba la legalidad democrática; pero, en cuanto estalló la guerra, la virtud ya solo podía estar del lado de quienes defendían esa legalidad (incluso sin creer en ella). Un ejemplo presente: pese a que Ucrania sea una democracia e Irán una tiranía, es imposible no condenar la violación de la legalidad internacional perpetrada por Putin en Ucrania sin convertirse en colaborador de la guerra de Putin, y es imposible no condenar la violación de la legalidad internacional perpetrada por Trump en Irán sin convertirse en colaborador de la guerra de Trump.

Así que, con todos los matices que se quiera, Almodóvar lleva razón, y Bardem hizo muy bien diciendo lo que piensa. Nadie lo ha escrito mejor que Antonio Machado, que nunca ahorró críticas a la República pero estuvo de su lado hasta el final, pagando el máximo precio por ello: “Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que au-dessus de la mêlée”. JAVIER CERCAS es escritor y miembro de la Real Academia Española. Publicado en El País el 11 de abril de 2026.
























SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, LUNS, 20 DE ABRIL DE 2026, EN GALEGO











Ola, bos días a todos e todas, e feliz luns e feliz comezo de semana, o semana 17 deste maldito ano 2026 da era cristiá; 1447 da Héxira, a era musulmá; e 5786 da era xudía. É curioso que todos —cristiáns, musulmáns e xudeus— crean no mesmo deus e, con todo, se dediquen a matarse uns aos outros día si e día tamén. Pero sigamos coas entradas do blog de hoxe. A primeira, sobre o tema de hoxe, escrita pola filósofa Adelala Cortina, titúlase "No século XXI, é inaceptable que non acabemos coa pobreza". Estou de acordo, pero ela dío moito mellor ca min. A segunda é unha entrada do blog arquivada do 1 de abril de 2020; Está escrito polo historiador Antonio Elorza, quen, parodiando o filme de Fellini *Y la nava va*, dinos que a crise que azouta o mundo non tivo nada que ver co apocalipse, senón que foi produto dunha concepción da sociedade e da política centrada unicamente nos resultados a curto prazo, minimizando mesmo os riscos máis ameazantes se afrontalos non era rendible. O poema do día, na terceira sección, é do gran poeta español Antonio Machado e titúlase "Poema da guerra". A cuarta sección, como sempre, presenta debuxos humorísticos e, para rematar, como todos os días, está "O sabor do café", hoxe do escritor Javier Cercas, titulado "Colaboradores", e os tres especiais da noite, de Robert Reich ("Trump está seria, terroríficamente e completamente perdendo a cabeza"); de Paul Krugman ("Trump quere un cambio de réxime na Reserva Federal"); e de Francis Fukuyama ("O mundo simplemente non confía nos Estados Unidos"). Espero que os disfrutedes todos. Tamaragua, amigos meus. Ata mañá, se a sorte quere. Sé feliz, prégocho: mereceso. Bicos. Quérote. HArendt




















ENTRADA NÚM. 10300

DEL TEMA DEL DÍA. EN EL SIGLO XXI ES INADMISIBLE QUE NO HAYAMOS ACABADO CON LA POBREZA, POR ADELA CORTINA

 



 






La filósofa Adela Cortina (Valencia, 1947) desconfía de lo momentáneo, de lo pasajero, de lo coyuntural. Frente a las emociones, hijas de arrebatos, los sentimientos que se prolongan, se modulan, se cultivan. Ante la empatía, ese entender al otro de manera fugaz, la compasión, que no solo recoge el sufrimiento ajeno, sino que actúa para aliviarlo. De ahí el peso en su pensamiento de las virtudes, que comprometen a quien las esgrime. Su ética se fundamenta en la justicia y la persona, y defiende lo «felicitante» como aquello que genera felicidad auténtica al fomentar las relaciones humanas, la solidaridad y el desarrollo personal.

La filosofía ha analizado, por un lado, la necesidad de preservar al individuo, su identidad, y, por otro, lo imprescindible de forjar y convivir en comunidad. ¿Cómo se conjuga esto, el yo con el nosotros? ¿Cuándo debe prevalecer uno, y cuándo el otro?

La mejor propuesta para conjugar el yo con el nosotros es el personalismo, centrado en la realidad de la persona, que es individuo, pero en necesaria relación con otros. No exis­ten individuos aislados, desvinculados entre sí. Esa es una patraña que lleva a potenciar un individualismo a ultranza con pésimas consecuencias como la apuesta por el egoísmo.

Tampoco existen por naturaleza comunidades pacatas y miopes, incapaces de adop­tar una mirada cosmopolita para comprender el mundo. Somos personas: individuos en relación, en diálogo, que pertenecemos a distintos grupos con los que compartimos identidades diversas, pero podemos elevarnos al nivel de la universalidad.

Es verdad que, según la antropología evolutiva y las neurociencias, nuestro cerebro tiene tendencias tribales porque, a lo largo del proceso evolutivo, vivíamos en grupos ce­rrados, que reforzaban la ayuda intragrupal y el rechazo extragrupal; necesitábamos un sentido de pertenencia al grupo para sobrevivir. Y actualmente se está reforzando esta convicción de que necesitamos vivir nuestro sentido de pertenencia a distintos grupos, recurriendo a símbolos compartidos y a celebraciones rituales que nos llevan a sentirnos parte de un grupo. Pero también de esta necesidad nació la tendencia al tribalismo, que puede degenerar en polarización si hay agentes polarizadores que exacerban los ánimos, sea en el sentido político, ideológico o afectivo. Desgraciadamente, es lo que nos está ocurriendo, porque abundan los agentes polarizadores, algunos de los cuales lo son de oficio, y otros, espontáneos. La buena noticia es que una tendencia no es un destino im­placable, no conduce a construir sin remedio sociedades polarizadas, dotadas de una enorme carga de emotividad. Nuestro cerebro es plástico y cuenta con otras tendencias para construir una sociedad colaborativa.

¿Qué enseñanzas filosóficas deberíamos aplicar para restaurar una conviven­cia saludable, ajena a la polarización, al continuo enfrentamiento, y trabajar jun­tos para restablecer los lazos sociales?

Deberíamos recordar con Aristóteles que somos seres sociales porque compartimos el lógos, que es razón y palabra, y nos permite construir juntos la «casa», es decir, la vida de la familia, la amistad y la economía. Pero también en esto consiste la pólis, la comu­nidad política, que congrega distintas familias y diversas etnias, y se distingue de unas y otras porque tiende por naturaleza al bien común, y debería, por lo tanto, esforzarse por alcanzarlo. La vida privada y la pública tienen su raíz en la palabra, que no es pura racio­nalidad lógica, libre de emociones y sentimientos, sino que está atravesada por ellos, por esas razones del corazón de las que hablaban Pascal, Ortega y Zubiri.

También sería muy aconsejable recurrir a las tradiciones filosóficas que han hecho de la defensa de la paz su principal preocupación, como es el caso paradigmático de Mar­silio de Padua, el Defensor Pacis, entre tantos otros. Y en este año 2026 recordar con agra­decimiento y orgullo la llegada de Francisco de Vitoria a la Universidad de Salamanca en 1526. Mencionar Sobre la paz perpetua kantiana en este punto es un deber de obligado y de gustoso cumplimiento, con el imperativo de la razón práctica: no debe haber guerra, porque ese no es el modo en que cada uno debe procurar su derecho. Eso sí: hay que trabajar por una paz justa, que no se construya chantajeando a los débiles para que re­nuncien a lo que les pertenece en justicia.

La cooperación es una de las garantías para que el proyecto común prospere, esa acción conjunta encaminada a un fin compartido. Hoy en día, ¿cuál, a su juicio, sería ese fin por el que debiéramos cooperar?

Hay una gran cantidad de metas que compartimos, al menos verbalmente, y esa es una buena noticia. Pero hay que pasar de las declaraciones a las realizaciones. De todas esas metas querría elegir dos, en la línea de una tradición intercultural, pero trabajadas con mucho ahínco por la filosofía occidental: la construcción de la paz, a la que ya me he referido, y la erradicación de la pobreza, que es el primero de los Objetivos de Desa­rrollo Sostenible. No solo paliarla, sino ponerle fin. En el siglo XXI es inadmisible que no hayamos acabado con la pobreza, cuando hay medios para lograrlo y es un deber de la humanidad hacerlo. En Aporofobia, el rechazo al pobre traté de reconstruir la historia de la actitud hacia la pobreza, que va pasando de considerarse como un mal que debe erradicarse para defender a la sociedad frente a ella, a entender que es una exigencia de justicia incuestionable empoderar a los pobres, de modo que se respete el derecho de todo ser humano a no ser pobre.

Valores como la solidaridad, el apoyo mutuo, la escucha, el respeto, implica­dos en la armonía social, ¿se pueden aprender?

Esa es la pregunta por la que nació la ética: ¿se puede aprender la virtud? Si la res­puesta hubiera de ser negativa, entonces tendríamos que formular otra pregunta: «Edu­cación, ¿para qué?». Justamente, la meta de la educación debería consistir en ayudar a forjarse un carácter incorporando las virtudes que conducen a la felicidad. Los clásicos las consideraban «excelencias» que configuran a la persona y benefician a la comunidad. Creo que sigue siendo así, que la tarea de la educación es ayudar a formar personas ex­celentes, que compiten consigo mismas para promocionar sus mejores cualidades y las ponen al servicio de la comunidad para conseguir una convivencia justa y «felicitante».

Usted ha hablado de la razón cordial como fundamento ético. ¿Qué papel jue­gan las emociones morales —como la compasión o la empatía— en la construcción de una comunidad verdaderamente colaborativa?

La verdad es que el fundamento ético, la razón por la que debemos colaborar, es el valor de las personas y de la naturaleza. Pero ese valor se convierte en motor de la acción cuando el agente lo percibe y se siente impulsado a trabajar por él. Por eso, la compasión juega un papel esencial; por eso hablo de una razón cordial, que es una razón compasiva.

La empatía es una emoción por la que tenemos la capacidad de ponernos en el lugar del otro, experimentar con él su sufrimiento y también su alegría, pero en realidad no nos obliga a nada. Siempre recuerdo aquella frase de que el verdugo experimenta una gran empatía con su víctima y por eso sabe dónde puede dañarle más y mejor. La compasión, sin embargo, es también la capacidad de ponerse en el lugar del que sufre, pero a ella se une el compromiso de ayudarle a superar el sufrimiento.

¿Qué papel desempeña la educación, por un lado, y los medios de comunica­ción, por otro, en el bienestar de la comunidad?

La palabra «bienestar» no me entusiasma. Tal vez porque hay un refrán valencia­no muy común que dice el que estiga bé, que no es menege, «el que esté bien, que no se mueva», y es un refrán que me fastidia poderosamente. Por una parte, porque creo que las personas debemos atrevernos a bregar por la felicidad como proyecto vital y no con­formarnos con estar bien y, por otra, porque si queremos sociedades justas, a menudo tendremos que sacrificar parte del bienestar personal y grupal.

En cuanto al papel de la educación en la conformación de sociedades justas, que son las que ponen las bases para que cada persona pueda llevar adelante los planes de vida que tenga razones para valorar, por decirlo con Amartya Sen, es crucial. Como bien decía Kant, «la persona (der Mensch) lo es por la educación, es lo que la educación le hace ser». Y entre los agentes de esa tarea educativa tienen un papel esencial los medios de comunicación, que, a mi juicio, están «deseducando», salvo excepciones. Están apostando por la moral del camaleón, que dice «yo me adapto a lo que sea con tal de medrar».

Las redes sociales prometían comunidad, pero a menudo generan fragmenta­ción. ¿Qué condiciones deberían darse para que la tecnología favorezca una cola­boración auténtica?

La estructura de las plataformas sociales debería cambiar radicalmente. Se han convertido en «máquinas tóxicas adictivas», por decirlo con Deibert, porque no pre­tenden generar comunidad, sino retener en sus redes al mayor número de usuarios y la mayor cantidad de tiempo posible, con el fin de extraer sus datos y traspasarlos a sus clientes, que no son los usuarios, sino empresas privadas o el Estado totalitario.

El procedimiento consiste en crear adicción a las redes para que no se separen de ellas las gentes de todas las edades, y lo están consiguiendo ampliamente. De hecho, asociaciones como Proyecto Hombre han incluido el problema de adicción a las plata­formas como uno de los grandes problemas sociales. Como dice Zuboff, es un nuevo modo de producción que convierte a los usuarios en su materia prima. El imperativo kantiano del fin en sí mismo se sustituye por el imperativo extractivo, porque se trata de extraer el mayor número de datos del mayor número posible de usuarios, y el imperativo predictivo, ya que a partir de los datos se pergeñan futuros conductuales. Los efectos son letales, como es fácil de comprobar.

Por otra parte, en esas plataformas se expresa una opinión pública sometida a lo que Noelle Neumann llama «la espiral del silencio». El poder de la opinión pública para go­bernar una sociedad es inmenso, y quienes desean guiarla tienen muy en cuenta el «descubrimiento» de Tocqueville: «Los hombres temen al aislamiento más que al error». Por eso se unen, tanto en sus opiniones como en sus opciones vitales, a las narrativas que consiguen expresar lo que se tiene por políticamente correcto. Con lo cual, las ofertas valiosas, pero minoritarias, quedan amordazadas y se diluyen en el silencio.

De todo esto me he ocupado ampliamente en ¿Ética o ideología de la inteligencia ar­tificial?, porque creo que imposibilita la democracia y la ilustración, impide que la ciuda­danía tenga el valor de servirse de su propia razón.

Los afanes imperialistas, el deterioro del planeta, una sociedad de consumo llevada a su extremo, una sociedad poblada de yoísmo… Cualquier época (eso de­cía Borges) se considera peor que sus predecesoras. Sin embargo, nunca ha habi­do tanta conciencia sobre los problemas importantes a los que nos enfrentamos, y acaso tanta disposición para resolverlos. ¿Es usted optimista respecto al futuro?

Ni optimista ni pesimista, sino todo lo contrario. Pesimismo y optimismo son emo­ciones pasajeras, que dependen del momento, el lugar, la situación. Son muy fugaces, no permiten construir nada sólido y los problemas de los que hablamos requieren materia­les muy vigorosos, como es el caso de la esperanza. Esa virtud moral que se cultiva con esfuerzo día a día tratando de pergeñar razones que permitan esperar un futuro justo y, a poder ser, «felicitante» para todas las personas, sin exclusión. Que tienen dignidad y no un simple precio. ADELA CORTINA es filósofa. Publicado en Ethic el 15 de abril de 2026.





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. Y LA NAVE VA, POR ANTONIO ELORZA. PUBLICADO EL 1 DE ABRIL DE 2020

 






DEL ARCHIVO DEL BLOG. Y LA NAVE VA, POR ANTONIO ELORZA. PUBLICADO EL 1 DE ABRIL DE 2020

En el centenario de Federico Fellini, su película Y la nave va ofrece una ilustración metafórica de las actuales circunstancias. Un amplio grupo de notables despreocupados y ególatras navega por el Mediterráneo para participar en el funeral por una diva del canto. Casi al final del trayecto, se les viene encima lo inesperado: el estallido de la Primera Guerra Mundial. El barco es hundido y con él desaparece el mundo brillante y vacío de sus viajeros, convertidos ahora en náufragos que buscan la salvación.

Tal vez sería esta la senda de reflexión más adecuada para abordar esta catástrofe. No es hora de elucubraciones metafísicas, sino de encuadrar lo que está sucediendo en una perspectiva histórica, ya que el coronavirus supone ante todo la inesperada reaparición del ciclo histórico de las grandes epidemias. Pensemos en la mal llamada “gripe española” de 1918, contada en sus inicios desde El Sol de Urgoiti y señalada por Marañón, que mostró entonces el acierto de una respuesta rápida y el peligro de la reaparición en una segunda onda mucho más mortífera. Con graves consecuencias psicológico-sociales, al alimentar la desagregación social y el odio, ya en esa posguerra. Más lejos está la explosión del antijudaísmo que siguió a la Peste Negra. En sentido opuesto, cuanto ocurre representa un terrible clarinazo, frente al modelo de desarrollo económico, ciego ante “lo que nos espera si no tomamos en serio el cambio climático”, según explicó por extenso una colaboradora de este diario.

La crisis nada tiene que ver con el apocalipsis. Es el producto de una concepción de la sociedad y la política, atenta solo al resultado a corto plazo, que minimiza los grandes riesgos por amenazadores que sean si su atención no es rentable. Sería este el principal reproche que merece la respuesta del Gobierno a la emergencia del virus. Las informaciones oficiales en TVE, ahora borradas de Google, ignoraron los antecedentes asiáticos, otorgando el visto bueno al rosario de actos en la semana del 8-M, que seguiría siendo suicida aunque por milagro no hubiese habido contagios. Aterrizaban vuelos de Milán y Bérgamo sin control sanitario alguno. ¿Qué decir de la respuesta al aviso de los sanitarios, aludiendo a su estrés, por contraste con “la visión de conjunto del Gobierno”? Como siempre, la derecha se quedó en denunciar. Lo aprovechó para cargar Irene Montero, que tiene solo una cuerda en su violín.

Al Gobierno le cuesta hablar con claridad —ahí están los test inservibles: bastaba con comprometerse a investigar a fondo el tema—. El secretismo no sirve. Sánchez ha tomado ahora la vía durísima del confinamiento casi total para salvar vidas, y aquí solo cabe apoyarle. ANTONIO ELORZA es historiador. Publicado en El País del 1 de abril de 2020.
























DEL POEMA DE CADA DÍA. POEMA DE LA GUERRA, POR ANTONIO MACHADO

 






POEMA DE LA GUERRA




Otra vez en la noche… Es el martillo

de la fiebre en las sienes bien venidas

del niño. -Madre, ¿el pájaro amarillo!

¡las mariposas negras y moradas!


– Duerme, hijo mío. – Y la manita oprime

la madre, junto al lecho-. ¡Oh flor de fuego!

¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime:

Hay en la pobre alcoba olor de espliego;


fuera, la oronda luna que blanquea

cúpula y torre a la ciudad sombría.

Invisible avión moscardonea.

-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?

El cristal del balcón repiquetea.

-¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!




ANTONIO MACHADO (1875-1939 )

poeta español




***




Antonio Machado Ruiz (1875-1939) fue un poeta español, el más joven representante de la generación del 98. Su obra inicial, de corte modernista (como la de su hermano Manuel), evolucionó hacia un intimismo simbolista con rasgos románticos, que maduró en una poesía de compromiso humano, de una parte, y de contemplación de la existencia, por otra; una síntesis que en la voz de Machado se hace eco de la sabiduría popular más ancestral. Dicho en palabras de Gerardo Diego, «hablaba en verso y vivía en poesía». Fue uno de los alumnos distinguidos de la Institución Libre de Enseñanza, con cuyos idearios estuvo siempre comprometido. Falleció en el exilio durante la guerra civil española. Fuente: Wikipedia.



















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG. LUNES, 20 DE ABRIL DE 2026

 




























domingo, 19 de abril de 2026

SALUTATIONES IN LINGUA COMMUNI DILECTAE NOSTRAE EUROPAE, LATINA, HODIE, DIE SOLIS, XIX APRILIS, MMXXVI

 








Salvete, bonum mane omnes, et felicem diem Dominicum. Bellum? Malum. Gratias quod non rogavistis. Hungaria et Unio Europaea? Melius, multo melius. Gratias quod rogavistis. Et nihil amplius dicam (in praesenti). Vos relinquam cum marathone hebdomadario iocorum pictorum et tribus specialibus diurnis singulis diebus Dominicis, quibus sincere spero vos frui. Et incredibiliter gratus sum quod hic estis quotidie. De Latina lingua, vos certiores facio eam non esse linguam mortuam, sed potius codicem geneticum Europae. Ita, eam ut linguam francam adoptando, Unio Europaea vocem neutralem, communem et profundam recuperare posset quae fines transcendit, hereditatem nostram classicam cum futuro identitatis communis sine hegemonia linguistica coniungens, cum Latina lingua symbolum unitatis nostrae esset. Videbimus vos proxima die Dominico, si Domina Fortuna permittit. Tamaragua, amici mei. Oscula. Amo vos. HArendt






















ENTRADA NÚM. 10295

REVISTA DE PRENSA. CÓMO CELEBRAR EL DÍA DE LOS IMPUESTOS. ESPECIAL TRES DE HOY DOMINGO, 19 DE ABRIL DE 2026

 






Amigos: Hoy, día de la declaración de impuestos, es importante recordar que una proporción récord de la riqueza nacional está en manos de los multimillonarios del país, quienes además pagan una tasa impositiva más baja que el estadounidense promedio.

¿Cómo justifican los ultrarricos su riqueza y sus bajos tipos impositivos? Recurriendo a tres mitos, todos  ellos completamente falsos. La primera es la teoría económica del goteo. Los multimillonarios (y sus defensores) afirman que su riqueza se filtra hacia todos los demás a medida que la invierten y crean empleos. Tonterías. Durante más de 40 años, mientras la riqueza en la cima se ha disparado, casi nada ha llegado a la base. Ajustado a la inflación, el salario medio actual es apenas superior al de hace cuatro décadas. Trump otorgó una enorme reducción de impuestos a los estadounidenses más ricos, prometiendo que generaría un aumento de 4000 dólares en los ingresos de todos los demás. ¿La recibiste? En realidad, los superricos no crean empleos ni aumentan los salarios. Los empleos se crean cuando la gente trabajadora promedio gana lo suficiente para comprar todos los bienes y servicios que produce, lo que impulsa a las empresas a contratar a más personas y pagarles salarios más altos.

El segundo mito es el del “libre mercado”. Los ultrarricos afirman que el mercado impersonal los recompensa por crear y hacer aquello por lo que la gente está dispuesta a pagarles. Según afirman, los salarios de otros estadounidenses se han estancado porque la mayoría de los estadounidenses valen menos en el mercado ahora que las nuevas tecnologías y la globalización han vuelto obsoletos sus trabajos. Tonterías. Incluso si se les recompensa, no hay razón para que el "libre mercado" les otorgue recompensas mucho mayores que las que recibían los ricos hace décadas. El mercado puede propiciar grandes hazañas de invención y espíritu emprendedor con incentivos de cientos de miles o incluso millones de dólares, no de miles de millones.

En cuanto al resto de nosotros, que sucumbimos a la globalización que reemplaza la mano de obra y a las tecnologías que la ahorran, ninguna otra nación avanzada tiene ni de lejos el grado de desigualdad que se encuentra en Estados Unidos, y sin embargo, todas estas naciones han estado expuestas a las mismas fuerzas de la globalización y el cambio tecnológico. En realidad, los ultrarricos han manipulado el llamado "libre mercado" en Estados Unidos para su propio beneficio. Las contribuciones de los multimillonarios a las campañas electorales se dispararon desde los relativamente modestos 31 millones de dólares en las elecciones de 2010 hasta los 1.200 millones de dólares en el ciclo presidencial de 2024, un aumento de casi 40 veces. ¿Qué han obtenido a cambio de su dinero? Recortes de impuestos, libertad para atacar a los sindicatos, monopolizar los mercados y rescates gubernamentales. Sus bolsillos se han llenado aún más gracias a la privatización y la desregulación.

El tercer mito es que son seres humanos superiores. Se presentan a sí mismos como individuos recios y "hechos a sí mismos" que "lo lograron por su cuenta" y que, por lo tanto, merecen sus miles de millones. Absolutamente nada. Seis de los diez estadounidenses más ricos que viven hoy en día son herederos de fortunas que les fueron transmitidas por antepasados ​​adinerados. Otros contaban con las ventajas que conlleva tener padres adinerados.

El comienzo de Jeff Bezos en su garaje fue financiado por una inversión de un cuarto de millón de dólares de sus padres . La madre de Bill Gates usó sus contactos comerciales para ayudar a conseguir un acuerdo de software con IBM que dio origen a Microsoft. Elon Musk provenía de una familia que, según se informa, poseía acciones de una mina de esmeraldas en el sur de África . No caigas en estos tres mitos.

La teoría económica del goteo es una broma cruel. El llamado libre mercado se ha visto distorsionado por las enormes contribuciones a las campañas políticas de los ultrarricos. No idealicen a los ultrarricos como seres humanos superiores que se hicieron a sí mismos y que merecen sus miles de millones. Tuvieron suerte y contactos. En realidad, no hay justificación alguna para la extraordinaria concentración de riqueza que existe hoy en día en la cima. Está distorsionando nuestra política, manipulando nuestros mercados y otorgando un poder sin precedentes a un puñado de personas.

La última vez que Estados Unidos se enfrentó a algo comparable fue a principios del siglo XX. En 1910, el expresidente Theodore Roosevelt advirtió que “una pequeña clase de hombres enormemente ricos y económicamente poderosos, cuyo principal objetivo es mantener e incrementar su poder”, podría destruir la democracia estadounidense. La respuesta de Roosevelt fue gravar la riqueza. El impuesto sobre sucesiones se promulgó en 1916 y el impuesto sobre las ganancias de capital en 1922. Desde entonces, ambos se han ido erosionando. A medida que los ricos han acumulado mayor riqueza, también han acumulado más poder político, y han utilizado ese poder político para reducir sus impuestos. Teddy Roosevelt comprendió algo sobre la economía estadounidense y los ultrarricos que ahora ha resurgido, aún más extremo y peligroso. Nosotros también debemos comprenderlo y actuar. Por el bien de nuestra economía y nuestra democracia, debemos gravar la riqueza de los más ricos. ROBERT REICH es profesor de la Universidad de California en Berkeley. Publicado en Substack el 15 de abril de 2026.