domingo, 12 de abril de 2026

LOS POLÍTICOS SÍ SON PERSONAS. ESPECIAL DOS DE HOY DOMINGO, 12 DE ABRIL DE 2026.

 








Durante mucho tiempo hemos mirado a los políticos como si no fueran como nosotros. No es algo que hayamos hecho de forma consciente, ni mucho menos malintencionada, en parte, algunos nos han dado motivos para ello. Entre titulares, debates, redes sociales y discusiones de barra de bar, hemos terminado deshumanizándolos y los hemos relacionado solo con: un cargo, unas siglas, una frase desafortunada o un vídeo viral. Y en ese proceso, casi sin darnos cuenta, hemos dejado de ver lo más evidente: que detrás de todo eso hay una persona.

Para nosotros, trabajar con políticos siempre fue un sueño que hoy tenemos la suerte de estar cumpliendo. Y este artículo nace precisamente de ahí: de ese proceso que hemos vivido, en el que hemos empezado a tratarlos de cerca, a escucharlos y a hablar también con quienes les rodean. Es en ese camino donde uno descubre que la realidad es mucho más compleja de lo que pensábamos. Y sí, aunque muchos se empeñen en defender al título del podcast de Jota Carmona y Jessica Trujillo, “Los políticos no son personas”, la realidad acaba imponiéndose. Porque sí, los políticos sí son personas.

La pregunta que muchos podéis haceros es la siguiente: ¿por qué tenemos esa percepción? Durante años hemos repetido —y escuchado— una idea muy concreta: que los políticos viven en una realidad paralela. Que toman decisiones desde un despacho, alejados del día a día, sin entender lo que pasa fuera. Es una percepción extendida, cómoda incluso, porque simplifica mucho las cosas. Pero cuando uno empieza a rascar un poco, esa imagen empieza a tambalearse.

Nosotros mismos lo hemos comprobado. Detrás de cada intervención pública hay horas de trabajo que no se ven. Detrás de cada decisión hay dudas, conversaciones, presiones y, en muchas ocasiones, incertidumbre. Y detrás de cada rostro que aparece en una foto hay alguien que lleva días durmiendo poco, pensando mucho y tratando de acertar sabiendo que, haga lo que haga, siempre habrá quien considere que se ha equivocado.

Porque esa es otra de las claves que hemos ido entendiendo en este camino: a un político no se le permite fallar como a los demás. Todos nos equivocamos. En el trabajo, en casa, con los amigos, pero nuestros errores rara vez salen de nuestro entorno más cercano. En política, sin embargo, el error se amplifica, se repite, se analiza y, por supuesto, es usado por los adversarios para intentar hacer mella. Y eso pesa.

De hecho, uno de los momentos que nos cambió la perspectiva fue conocer al político como persona y no como político. Ese momento es complejo. Imaginense, estás en medio de la lucha diaria y paras a comer, te sientas en la misma mesa, compartes la cesta del pan y surgen otro tipo de conversaciones personales. Les aseguramos que esa sensación es magnífica. Sin embargo, la parte más verdadera la descubres cuando conoces a su entorno. Ser político no es simplemente tener una responsabilidad pública; es una forma de vida que termina ocupándolo todo. Los horarios dejan de ser tuyos, los fines de semana desaparecen y la desconexión, esa palabra que tanto valoramos hoy en día, se convierte casi en un lujo.

Hemos escuchado historias de comidas familiares a las que no se llega, de cumpleaños que se celebran sin uno de los protagonistas, de hijos que preguntan dónde está mamá o papá. Y en ese momento algo hace “clic”, porque ya no estás analizando a un cargo público, sino a alguien que, como cualquiera de nosotros, intenta equilibrar su vida personal y profesional… con la diferencia de que, en su caso, ese equilibrio es mucho más difícil de alcanzar.

Y en medio de todo eso, están las redes sociales. Ese espacio en el que todos opinamos, todos juzgamos y, a veces, todos olvidamos que al otro lado hay alguien que siente. Nosotros también hemos participado de ese ruido. Todos lo hemos hecho en algún momento. Pero cuando lo miras con cierta distancia, te das cuenta de hasta qué punto hemos normalizado algo preocupante: el paso de criticar ideas a atacar personas.

Ya no es solo discrepar —que es sano y necesario—, es señalar, etiquetar, ridiculizar. Y eso, repetido cada día, termina teniendo un impacto negativo. Porque por mucha responsabilidad que tengas, por mucho que formes parte de la vida pública, no dejas de ser humano. No dejas de tener un límite.

Y sin embargo, en paralelo a esa presión constante, hay algo que nos ha resultado especialmente revelador: la normalidad. Puede parecer una palabra simple, pero es probablemente la que mejor define lo que hemos ido descubriendo. Porque sí, los políticos también tienen aficiones, gustos, rutinas. También hablan de fútbol —aunque en Sevilla, por prudencia casi institucional, mejor no preguntar demasiado por los colores—, también siguen series, también tienen sus manías y sus momentos de desconexión. Y también se ríen.

Ese proceso de humanización se completa cuando uno se interesa por su historia. Por lo que había antes de la política. Porque pocas veces pensamos en ello, pero nadie nace siendo político. Antes hay un recorrido. Hay estudios, trabajos, decisiones, inquietudes. Hay momentos que marcan, experiencias que empujan, situaciones que despiertan una vocación. Algunos lo soñaban siendo jóvenes y a otros, simplemente, le apareció la oportunidad de defender unas ideas.

Si algo hemos aprendido en este camino es que el desgaste emocional forma parte del día a día. Hay frustración cuando los proyectos no salen adelante, cuando las ideas se quedan en el camino, cuando las decisiones no tienen el efecto esperado. Hay críticas que llegan desde fuera… y también desde dentro.Y hay días en los que, como nos pasa a cualquiera, uno siente que no llega a todo.En ese punto es donde, probablemente, más se parecen a nosotros.

Porque más allá de la responsabilidad pública, hay emociones universales: la duda, el cansancio, la frustración, la necesidad de reconocimiento. Y entender eso no implica justificarlo todo, ni renunciar a la crítica. Implica, simplemente, mirar con un poco más de profundidad.

Al final del día, cuando se apagan las cámaras, cuando termina el acto y se cierra la puerta del despacho, lo que queda no es el cargo, queda la persona.

Esa que llega a casa cansada, que repasa mentalmente lo que ha hecho, que se pregunta si podría haberlo hecho mejor, que se equivoca y acierta como cualquier otro. Esa que, en definitiva, vive.

Quizá de eso iba todo esto. De recordar algo tan simple como necesario. Que antes que políticos, son personas. Y que entenderlo no nos hace menos exigentes, sino más justos. Porque solo cuando somos capaces de ver a quien tenemos delante como alguien parecido a nosotros, empezamos realmente a comprenderlo. FRANCISCO R. VARGAS y JUAN MANUEL BARRIOS. Publicado el 9 de abril de 2026 en El barrio político (Substack).






















ESCRIBIR EN EL ALMA. UN PARÉNTESIS INAPELABLE. ESPECIAL UNO DE HOY DOMINGO, 12 DE ABRIL DE 2026.

 








A un amigo que se le quejaba de haber perdido sus escritos, Antístenes le contestó: “Es que deberías haberlas escrito en tu alma, y no en un papel”. Diógenes Laercio, VI, 5.1

“La redacción o facultad para poder reproducir ideas en un texto no es de todos”, escribía uno de los mecenas de FdB en el foro privado en Telegram. A Frank le preocupa que las carencias en el dominio del lenguaje escrito sean una frontera para expresar sus ideas. En este sentido, él distingue entre pensamiento y dominio técnico de la escritura. Más allá de cursos y talleres, este sólo se puede alcanzar a través de la lectura —en primer lugar— y de la propia escritura, después de incontables tentativas, recorriendo senderos al margen de las vías luminosas, que conducen a callejones sin salida: es el propio camino el que permitirá que ideas y modos de expresión (las diferentes formas de expresión escrita, entre otras) se nutran entre sí. En la escritura, como en el pensamiento, se trata de caminos de bosque (Holzwege); metáfora a la que recurría Heidegger refiriéndose a los caminos que hacían los leñadores, sabiendo que son caminos que conducen a perderse en el bosque, sin llegar a ningún lugar planificado.

En la razón aristotélica, fundadora de nuestra tradición, el lenguaje verbal es el modo privilegiado de acercarse a la verdad; el logos en su dimensión lógico-lingüística. Por otra parte, la distinción entre forma y contenido no suele ser apropiada en filosofía, cuando son los propios contenidos los que imponen una forma de acercamiento. De la misma manera, en filosofía —contra los criterios de investigación científica que se han trasplantado a las humanidades— la metodología viene impuesta por el objeto que estudiamos. Y esto tiene que ver con otra de las inquietudes de Frank, al intentar publicar en “una revista universitaria”.

En primer lugar, desde hace décadas, las universidades —como otros agentes sociales y el propio espacio público— están siendo desmanteladas y vendidas al mejor postor. En el caso de las europeas, la reforma para el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) en este contexto, es sólo otro clavo en el ataúd. Esto no es mera ideología, sino que se traduce en aspectos concretos, como es el empobrecimiento del intercambio de conocimiento o el hecho de que el personal docente dedique su tiempo y energía a sobrevivir en un laberinto burocrático, cuando no debe alimentar el gran Moloch de las inanes “publicaciones científicas” para que su vida profesional se mantenga (artificialmente) con vida. Más allá de pulir su técnica de escritura a través de la práctica y la revisión, el lenguaje que deba utilizar Frank será el que tranquilice al mundo académico. Un lenguaje aséptico, preciso y objetivo, que huya de la vaguedad y sea uniforme en una “comunidad epistemológica” de usuarios.

Sin embargo, sabemos que hay más filosofía en sólo una página de una novela como En busca del tiempo perdido, que en los últimos mil artículos publicados en Dialnet. En este sentido, la palabra es un acontecimiento sagrado que trasciende cualquier formalización lingüística. El lenguaje, como estructura de mediación, ha perdido su fondo original, de tal manera que la palabra ha sido entregada “al sacrificio de la comunicación” del que hablaba Zambrano.

Antes de que tal uso de la palabra apareciera, de que ella misma, la palabra, fuese colonizada, habría sólo palabras sin lenguaje propiamente. Al ser humano le ha sido permitido, fatalmente, colonizarse a sí mismo; su ser y su haber. Y de haber sido esto el verdadero argumento de su vivir sobre la tierra, la palabra no le habría sido dada, confiada. El lenguaje no la necesita, como hoy bien se sabe de tantas maneras. Y así existirá la pluralidad de lenguajes dentro del mismo idioma, del lenguaje descendiente de la palabra primera con la que el hombre trataba en don de gracia y de verdad, la palabra verdadera sin opacidad y sin sombra, dada y recibida en el mismo instante, consumida sin desgaste; centella que se reencendía cada vez. Palabra, palabras no destinadas, como las palomas de después, al sacrificio de la comunicación, atravesando vacíos y dinteles, fronteras, palabras sin peso de comunicación alguna ni de notificación. Palabras de comunión.2

Hemos convertido el lenguaje en una maquinaria vacía que funciona a la perfección en un engranaje que necesita la hipertrofia mediática. Por eso, no hay nada en el uso instrumental del lenguaje que llegue a rozar las experiencias vitales fundamentales, que revele la realidad en su propio ser. Tampoco, por cierto, hay argumentos en la filosofía académica que puedan ayudar a aliviar la angustia y el dolor concreto, frente al cual sobrevivimos por hábito, necesidad o urgencia. Ni rastro de la diakrisis, que enseñaba a distinguir aquello que escapa al control en nuestra vida, ni de la praemeditatio malorum, que nos interpelaba con una desgracia futura que fuera capaz de transformar nuestra vida.

¿De qué sirve el vuelo del pensamiento cuando nos inclinamos sobre el lecho de una madre inconsciente y asediada por la enfermedad? Protegido por sus párpados, yo le dije a mi madre cosas que nunca fui capaz de decir mirándole a los ojos. Tal vez ya lo sepa cuando esto salga publicado, pero mientras escribo estas líneas, no sé cómo despertará tras una semana dormida, si volverá siendo ella o transfigurada por una enfermedad desconocida. Por otra parte, el hospital, como nos enseñó Thomas Mann, suspende el tiempo ordinario e inaugura una duración distinta, caracterizada por la espera dilatada de un evento significativo, sin más horizonte que las próximas horas. También el hospital funciona como una maquinaria técnica de lenguaje especializado, que rodea la angustia y la reviste de un sinsentido mayor: obliteración parcial, contenido intraventicular, presión intracraneal, estabilidad de focos aislados… sólo trascendido por las palabras y los cuidados de las personas que ahora saben cuidarla, profesionales de la sanidad pública, que nosotros no hemos sabido cuidar y defender.

Este texto es un ejemplo de la impotencia académica, de que las palabras de verdad sólo pueden aparecer en los vacíos del texto. Y pese a todo, la única manera humana que tenemos de habitar esos momentos, es reencontrar una palabra liberada de la maquinación vacía en su perfección. Quizás, si superamos este trance, “un enjambre de palabras que irán a reposarse juntas en la colmena del silencio”.

Sirva de recordatorio a todos los hijos que no hemos sabido mirar a los ojos a nuestras madres. Y de homenaje a todas aquellas que han dudado de sí mismas; especialmente de la mía, la mejor que podía haber soñado, que hoy observo en silencio, con la única interrupción de los monitores clínicos. DIEGO CIVILOTTI es filósofo. Publicado en Filosofía de Bolsillo el 9 de abril de 2026.





















MARATÓN DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE LA SEGUNDA SEMANA DE ABRIL DE 2026