viernes, 1 de agosto de 2025

EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA PRINCESA ESTÁ TRISTE, DE RUBEN DARÍO

 






LA PRINCESA ESTÁ TRISTE


La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa  de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».




RUBÉN DARÍO (1867-1916)
poeta nicaragüense





















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 1 DE AGOSTO DE 2025

 















































jueves, 31 de julio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 31 DE JULIO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 31 de julio de 2025. Los tipos que se corrompen son igualmente impresentables, aunque los tipos de corrupción pueden ser diferentes, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Daniel Innerarity, y si hacer distinciones puede estar mal visto, es imprescindible para entender las distintas causas, consecuencias y soluciones. La segunda es un archivo del blog de enero de 2018 en el que el politólogo Andrés Blas Guerrero comentaba que la pluralidad de proyectos periféricos se impuso frente a unas señas de identidad comunes en el proceso que llevó a la Transición. El poema del día, en la tercera, se titula Corazón coraza, es del poeta uruguayo Mario Benedetti, y comienza con estos versos: Porque te tengo y no/porque te pienso/porque la noche está de ojos abiertos/porque la noche pasa y digo amor... Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LOS DIVERSOS TIPOS DE CORRUPCIÓN

 






Hacer distinciones está mal visto, pero es imprescindible para entender las distintas causas, consecuencias y soluciones, escribe en El País [La corrupción y sus tipos, 25/07/2025] el filósofo Daniel Innerarity. Los tipos que se corrompen son igualmente impresentables, aunque los tipos de corrupción pueden ser diferentes, comienza diciendo Innerarity. Ya sé que hacer distinciones suele ser duramente castigado con la descalificación que merecen quienes intentan justificar una de ellas, pero mi oficio me obliga a entender antes de juzgar y a que, si hay que condenar, la condena no se lleve por delante los matices que son necesarios. No para librar a alguien, sino para juzgar a cada uno con la dureza que se merezca, sin caer en esa condena generalizada (a todos, a la clase política, al bipartidismo o al sistema), un tipo de condena que beneficia, por cierto, a los culpables.

Columnistas airados y dirigentes investidos de superioridad moral pero escasos de cultura democrática calificaron el caso Cerdán como “corrupción sistémica” o como una amenaza estructural a la legitimidad del sistema democrático, quemaron las palabras antes de que pudiéramos usarlas para lo que realmente significan.

Ese tipo de corrupción —muy grave, sin duda— no constituye por sí mismo una captura del Estado ni una quiebra institucional del interés general. La exageración retórica les deja, ahora, sin espacio semántico y político para calificar con precisión algo mucho más grave: un caso como el de Cristóbal Montoro, donde no se trata simplemente de personas que se corrompen ante la ley, sino de personas que, desde el poder, corrompen la ley.

El primer caso necesita de una solución penal: la justicia puede restituir el equilibrio. El segundo necesita también de una intervención política: para restituir el equilibrio no basta con el poder de los jueces, hace falta también el poder del Parlamento para cambiar las leyes que han sido corrompidas. La paradoja es que han querido construir un problema político a partir de un asunto penal (el caso Cerdán), pero ahora se enfrentan a un caso (el de Montoro), que, además de la penal, sí tiene una dimensión política profunda. Porque cuando se legisla al dictado de intereses privados, no hablamos ya de moral privada, sino de colonización institucional.

Tratándose de corrupción, hay quien no distingue por incapacidad y quien no lo hace por interés. Como estamos acostumbrados al nada creíble “y tú, más”, la gente se pone en guardia cuando alguien trata de establecer alguna distinción, como si estuviera tratando así de restarle importancia o distribuirla en cada uno de los casos según su conveniencia. La cuestión es si queremos exagerar la corrupción ajena para salvar a los nuestros, si queremos condenar indistintamente a todos para disfrutar de una atalaya moral personal o si queremos entender lo que pasa y juzgarlo con la severidad que se merece.

Distinguir no es relativizar, sino analizar las diferentes situaciones para impedir las relativizaciones. Que un asesinato no sea lo mismo que un genocidio no le quita gravedad a ninguno de los dos hechos, pero quien los confundiera estaría cometiendo un error —por exceso o por defecto— que debilita su argumentación y puede tener graves consecuencias políticas. La democracia exige no solo condenar la corrupción, sino pensarla con rigor y nombrarla con precisión. Porque si no distinguimos acabamos creyendo que todo está podrido, que no hay salida, que da igual quién gobierne. Y eso es tanto como rendirse al cinismo, que es la antesala del autoritarismo.

Que haya distintos tipos de corrupción no redime a los infames tipos que la practican; tener en cuenta estas distinciones nos libera de la confusión que desean quienes se benefician de la confusión. Condenemos, pues, toda corrupción, sin corromper de paso ninguna de nuestras capacidades analíticas. La pereza intelectual es también una forma de corrupción. Distinguir es más difícil que confundir, pero esto último suele ser moralmente reprobable y muy dañino políticamente. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política (Ikerbasque / Instituto Europeo de Florencia). Acaba de publicar Una teoría crítica de la inteligencia artificial (Galaxia Gutenberg), Premio Eugenio Trías de Ensayo.





















[ARCHIVO DEL BLOG] NACIÓN FRENTE A DEMOCRACIA. PUBLICADO EL 17/01/2018










La pluralidad de proyectos periféricos se impuso frente a unas señas de identidad comunes en el proceso que llevó a la Transición española a la democracia , dice en El País el profesor Andrés de Blas Guerrero, catedrático de Teoría del Estado en la UNEDEntre las muchas sugerencias que se desprenden de la lectura del espléndido reciente ensayo de Santos Juliá sobre la Transición española, comienza diciendo Blas Guerrero, hay una, insinuada mejor que explicitada, que pienso merece un comentario. Se trata del dilema que entonces se planteó entre democracia y nación. En pocas palabras, el dilema consistió en priorizar la construcción de la democracia sobre la recuperación de una idea de nación española. No faltaban razones para esta decisión. Resulta evidente que los proyectos de nacionalismo español a lo largo de los siglos XIX y XX habían sido plurales y enfrentados. El proyecto de la tradición liberal-democrática dominante en líneas generales hasta la Guerra Civil se hubo de enfrentar al proyecto nacional-católico y de inspiración fascista triunfante con el franquismo. Como consecuencia de ello, cabía deducir una similar idea de pluralidad con referencia a la nación española. Aunque, en este punto, la acción de un Estado secular, la comunidad cultural mayoritaria y la proyección de un largo pasado restaban fuerza a la existencia de distintas visiones de la nación común, es cierto que la pluralidad enfrentada de proyectos nacionales debilitaba la coherencia de la nación de los españoles. En consecuencia, la reconstrucción de una idea nacional para nuestro país constituía una empresa azarosa, sujeta a enfrentamientos que no se presentaban en la idea de recuperar la democracia.
Los distintos actores del proceso de Transición se apuntarían a esta visión de la cuestión por distintas, pero coincidentes razones en el resultado final. Los reformistas provenientes del franquismo eran conscientes del papel que una particular idea de nación española había desempeñado, especialmente en su primer trecho de vida, en la dictadura. En su deseo de incorporarse a la restablecida democracia tenían una buena disculpa para orillar la recuperación de la nación. La izquierda española tenía su parcial inspiración en un marxismo de combate, en el olvido de la tradición liberal-democrática anterior a la Guerra Civil y en su lucha por hacerse un lugar al sol en Cataluña, y el País Vasco, unas eficaces explicaciones para alejarse de una idea de nación española. Ni que decir tiene que los nacionalismos periféricos, radicalizados por la acción de la dictadura y deseosos de sustituir la nación común por sus propias realidades nacionales, coincidían con aquellas actitudes.
Lo que se planteó entonces como una estrategia política prudente pondría de manifiesto con el paso del tiempo sus debilidades. No se prestó atención al dato de que todo Estado, incluso el más democrático, necesita para garantizar su buen funcionamiento el cimiento de una comunidad de ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes. En última instancia, de una nación política fundamentada en una cosmovisión liberal-democrática. Incluso, dentro de un proyecto de construcción europea, el Estado y la nación siguen siendo artefactos funcionales para la vida de los europeos. Cuando se habla de la historicidad de las naciones se está haciendo referencia a un hecho cierto. Tan cierto como la historicidad de los Estados. Pero mientras estos últimos sigan desempeñando un papel importante en la vida de los pueblos resultará de todo punto precipitado predicar su superación. Lo mismo cabe afirmar de unas naciones políticas abiertas al reconocimiento de los valores del pluralismo, las lealtades compartidas y la tolerancia.
Se olvidó entonces también que el papel hurtado a la nación española habría de ser ocupado por otras realidades nacionales que aspiraban a sustituirla. Es verdad que el proceso constituyente de 1978 vino a rectificar parcialmente esta situación. Los debates constitucionales, la fórmula del artículo 2, la compatibilidad ampliamente aceptada de la idea de nación común y la de nacionalidades y regiones habría de suponer una parcial modificación de la actitud ante la cuestión hasta entonces dominante. Se produjo en este momento un consenso respecto a la cuestión nacional española que daba satisfacción a la mayor parte de las posiciones en conflicto. Sería necesario estudiar las causas e identificar a los responsables de que ese consenso aparezca hoy debilitado, hasta el punto de que sean en la actualidad muchas las voces, merecedoras de atención, a favor de una revisión del pacto de 1978. Lo que sí parece claro es que los pasos dados a lo largo del proceso de Transición anterior a la Constitución de 1978 dejarían una profunda huella en la política española. Una huella cuyo peso seguimos sintiendo en la actualidad. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CORAZÓN CORAZA, DE MARIO BENEDETTI

 







CORAZÓN CORAZA



Porque te tengo y no

porque te pienso

porque la noche está de ojos abiertos

porque la noche pasa y digo amor

porque has venido a recoger tu imagen

y eres mejor que todas tus imágenes

porque eres linda desde el pie hasta el alma

porque eres buena desde el alma a mí

porque te escondes dulce en el orgullo

pequeña y dulce

corazón coraza


porque eres mía

porque no eres mía

porque te miro y muero

y peor que muero

si no te miro amor

si no te miro


porque tú siempre existes dondequiera

pero existes mejor donde te quiero

porque tu boca es sangre

y tienes frío

tengo que amarte amor

tengo que amarte

aunque esta herida duela como dos

aunque te busque y no te encuentre

y aunque

la noche pase y yo te tenga

y no.




MARIO BENEDETTI (1920-2009)

poeta uruguayo



























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 31 DE JULIO DE 2025