viernes, 18 de julio de 2025

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 18 DE JULIO DE 2025

 







































jueves, 17 de julio de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 17 DE JULIO DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 17 de julio de 2025. Observar algunas actitudes de sumisión europeas ante Trump, como las expuestas hace unos días por el secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, evocan el trato que recibía el célebre emperador romano Calígula (37/41 d.C), afirma en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora portuguesa Lidia Jorge. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2017, la historiadora Ana Merino, decía que las mujeres nos hacíamos fuertes en las oposiciones y los concursos públicos, pero que en las jerarquías de los espacios privados la meritocracia no contaba. El poema del día, en la tercera, se titula Canto a Teresa, es del poeta José de Espronceda, y comienza con estos versos: ¿Por qué volvéis a la memoria mía,/Tristes recuerdos del placer perdido,/A aumentar la ansiedad y la agonía/De este desierto corazón herido? Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











DE CALÍGULA. SU CABALLO Y EL PELOTEO DE MARK RUTTE

 






Observar algunas actitudes de sumisión europeas ante Trump, como las expuestas hace unos días por el secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, evocan el trato que recibía el célebre emperador romano Calígula (37/41 d.C), afirma en El País [Embajada a Calígula, 13/07/2025] la escritora portuguesa Lidia Jorge. 

1. En 1959, comienza diciendo Jorge, se celebró en Aix-en-Provence un encuentro, conocido como el Rencontre de Lourmarin, en la que participaron célebres escritores e intelectuales de distintos países europeos, cuando la antigua CEE aún era conocida como la Europa de los Seis. Agustina Bessa-Luís fue la única figura portuguesa que participó en la reunión, y esta experiencia daría lugar a un libro de viajes titulado Embaixada a Calígula. De este habría mucho que hablar, pero lo que nos interesa por ahora es que Agustina, con su mirada perspicaz, encontró en esta fórmula una síntesis admirable de los actos de vasallaje que uno se ve obligado a realizar cuando el interlocutor es cruel e irrazonable, si es que no está loco, como en el caso de Calígula, y esto cabe aplicarlo siempre a todo.

2. No puede sorprendernos, por lo tanto, que las negociaciones diplomáticas que se despliegan hoy a diario en el mundo nos revelen las señales de sumisión que los débiles han de mostrar ante los fuertes, lo que da como resultado una dolorosa imagen de las relaciones internacionales, evidente a los ojos del mundo entero. Los mensajes adulatorios, sinceros o falsos, que Mark Rutte envió al presidente de los Estados Unidos de América en vísperas de la Cumbre de la OTAN en La Haya del 24 de junio, y la procesión que siguió y que se nos vendió como una prodigiosa victoria conjunta, solo demuestran que, en efecto, las embajadas que se suceden en sumo grado han sido concebidas bajo los vientos de la pura coacción, visto que nos hallamos ante la figura de lo imponderable. No puedo ocultar que, en este momento, Europa me duele como un agudo dolor ciático que me atenaza medio cuerpo y me llega al corazón. Y por eso pienso en Calígula, o en la leyenda que rodea su figura.

3. Hay pocas certezas históricas acerca de él. Lo que se sabe seguro es que su apodo proviene de un gesto de cariño, un homenaje a las pequeñas sandalias militares que le pusieron de pequeño. También se sabe que gobernó solo cinco años, entre el 37 y el 41 d. C., y que puso en marcha medidas positivas para el pueblo, pero que fue refinando su crueldad, arbitrariedad y extravagancia emocional hasta el punto de que sopesó otorgarle a su caballo el rango de cónsul. Como muchos otros de su especie, Calígula padecía el síndrome de la inmortalidad, ese estado de perversión resultante de una sensación de poder absoluto mezclada con la autoestima de un dios. No necesitamos manuales a tal propósito; hoy asistimos a constantes performances de tal clase de criaturas. Con todo, hay que decir que cualquier correspondencia entre la leyenda de Calígula y el comportamiento de los emperadores modernos sería un despropósito. Ciñámonos a los hechos.

J.D. Vance no le cortó la cabeza a Zelenski, solo se burló de su atuendo y lo puso de patitas en la calle, lo cual es infinitamente más benévolo que echar veneno en el pescado de tu huésped. Tampoco envió un ejército para pasar a cuchillo a los europeos, simplemente nos llamó asnos y despreciables. Y el presidente de los Estados Unidos no lanzó una bomba atómica sobre toda Gaza; al contrario, prometió convertirla en una Riviera, con todos los palestinos enterrados bajo tierra o en las tierras de un país vecino. Es fundamental distinguir: Calígula sufría porque deseaba lo imposible, y en este caso, el emperador más prominente solo parece desear disfrazarse de papa e ir a Oslo a recibir el Premio Nobel de la Paz, lo cual es bastante posible. No debemos confundirlos. Sin embargo, dejando de lado las diferencias, a los europeos les conviene ir determinando entre ellos los niveles apropiados de tratamiento servil, dadas además las amenazas que se ciernen sobre nuestro territorio por parte de los otros dos emperadores inmortales ubicados en Oriente. Para asunto tan letal, no dispongo de soluciones, pero sí de experiencia en términos de deferencia.

4. Por razones que no vienen al caso, hace unos años tuve que consultar con un lingüista para comprender cómo se manejaban los grados de tratamiento en la Birmania del siglo XVII. Descubrí con horror que, en el habla coloquial birmana, hace apenas trescientos años, la cortesía llegaba al extremo de usar fórmulas como estas en el tratamiento común: “Yo, humilde cerdito, que vivo en mi cochambrosa choza, no soy digno de entrar en el palacio del gran elefante con su imponente trompa...” A lo que el interlocutor, al que se le había tratado de elefante, debía responder: “Yo, el más humilde de los cerditos, te pido que entres en mi humilde cabaña donde no entra ni un rayo de sol...” Es obvio que, en aquel entonces, tales imágenes no pasaban de metáforas muertas, de nulo significado, pero aun así, hoy en día, pueden dar ideas para Twitter. Otro ejemplo, tomado de las antiguas colonias portuguesas, es menos creativo, pero aun así estimulante. Un ciudadano letrado de Angola, deseando agradecer a un juez el resultado de un proceso que lo favorecía, escribió una carta de elogiosa prosa que remataba así: “Y para concluir, alto magistrado, aquí me hallo a los pies de Vuestra Excelencia, con un caluroso aplauso”.

Llegados a este punto, solo puedo pedir a los dirigentes europeos que se pongan de acuerdo con el pueblo para pactar señales de advertencia de que su sumisión a los nuevos amos de la guerra es fingida, para que sepamos que no nos están ofendiendo. Al contrario, simplemente están siendo pragmáticos. Antes de hablar en público, que convengan con nosotros en chasquear los dedos, en levantar las cejas, en cualquier suerte de signo diacrítico, algo que nos haga deducir que están participando en un acto de cinismo. Si digo esto con humildad, es porque sostengo que solo aquellos con ideas para la reconstrucción tienen derecho a criticar la derrota.

5. Lo cierto es que ideas no me faltan, pero lamentablemente son todas retóricas, no milagrosas. La Unión Europea que mi generación vio construir está amenazada, al igual que el mundo entero. Quizá sea apropiado, por lo tanto, volver al 13 de julio de 1959, al Rencontre de Lourmarin. Agustina desconfiaba de la excesiva militancia de los organizadores del encuentro, asoció la Embaixada a Calígula con una «majestuosa mediocridad» y se marchó rápidamente hacia Italia. Pero hubo quienes fueron más pacientes y escribieron un reflexivo artículo sobre el debate que tuvo lugar en aquellos días históricos. Ese fue el caso del español Julián Marías, quien en un momento dado escribió: «Europa, más que un nombre, es un verbo transitivo: europeizar».

Es hermoso, y tenía razón. Y Europa cumplió, europeizándose, expandiéndose de 6 a 27 estados. Transcurridos 66 años, sin embargo, la tendencia se ha invertido. Entre el desmoronamiento de Ucrania y la traición de nuestros aliados, somos tan frágiles que ni siquiera podemos condenar el genocidio perpetrado por Netanyahu, y en su lugar acusamos de terroristas a los jóvenes que llevan el pañuelo a cuadros al cuello. Por lo tanto, en estos tristes tiempos, lo único que podemos pedir es que, por lo menos, los dirigentes europeos no necesiten recurrir a palabras como “Yo, humilde cerdito...” Pero si no les queda más remedio en beneficio de todos nosotros, que por lo menos nos hagan alguna señal. Así nos iremos a la cama con la idea de que podemos perder mucho, pero no todo. Que nos quede la honra y la vergüenza para que podamos salvarnos. Lídia Jorge es escritora. Su último libro publicado en España es Misericordia (La Umbría y la Solana). Traducción de Carlos Gumpert.





















[ARCHIVO DEL BLOG] LA CONDICIÓN FEMENINA. PUBLICADO EL 02/08/2017












Las mujeres nos hacemos fuertes en las oposiciones y los concursos públicos, pero en las jerarquías de los espacios privados la meritocracia no cuenta. Cuando entramos en la madurez, pareciera como si muchas sociedades quisieran olvidarnos, comenta en El País la profesora Ana Merino, catedrática en Historia y escritora y directora del MFA de escritura creativa en español de la Universidad de Iowa, en Estados Unidos.
Cuando era niña, comienza diciendo la profesora Merino, me fascinaban las mujeres con abanico. Todavía me fascinan, sobre todo ahora, que yo también ando sumergida en esa edad en la que el abanico se puede transformar en un complemento indispensable. Me sonrío mientras lo agito alrededor del cuello y me doy aire en el pecho acalorado. Algo tan folclórico como el abanico estaba lleno de claves en los juegos de mi niñez. Cerrado me recordaba a las varitas mágicas de las hadas. Era un objeto misterioso que al abrirse te sorprendía con dibujos y adornos florales. Mis favoritos, ya entonces, eran los que recogían escenas de los tapices de Goya. Las mismas escenas que adornaban las cajas metálicas de los caramelos blandos de café que tanto me gustaban aunque se quedaran pegados en las muelas. Miraba a las mujeres de cierta edad abanicarse y jugar con las varillas y la tela, abrir y cerrar lo que yo creía que eran sus varitas mágicas. Hadas de carne y hueso que me imaginaba dando consejos sabios. Pensaba en el hada Azul que consolaba a Pinocho y lo perdonaba. Pensaba en todas esas hadas que vienen a salvarnos del mal, en las heroínas de nuestra infancia, en esas hermosas mujeres que existían para compensar todos los despropósitos de un mundo injusto.
Todas se veían elegantes con ese objeto que se abría como la cola de un pavo real. Me encantaba observarlas en los vagones del metro, en las salas de espera de la consulta del médico, en las peluquerías o en la cola del mercado; de pronto lo sacaban por sorpresa mostrando sus dibujos, y lo agitaban resoplando con una sonrisa inmensa y las mejillas sonrojadas. Todavía hoy las busco, y me acuerdo de mi niñez analizando sus gestos y la elegancia de sus sencillas coreografías. El calor súbito que desprendían estaba lleno de mensajes que yo entonces no sabía descifrar. Nadie te prepara para entender esa nueva etapa de tu madurez. Entras en ese periodo de la vida que la biología llama climaterio en el que poco a poco cesa la función reproductora. A casi todas nos toca empezar a acostumbrarnos a ese calor súbito, a las sudoraciones nocturnas y a esas odiosas infecciones urinarias que tuvimos durante la juventud y que creíamos desterradas para siempre. De pronto nuestro cuerpo nos regala dolores de cabeza tremendos, y absurdas noches insomnes donde los pensamientos se vuelven abismos. Tratamos de revelarnos ante esos síntomas porque queremos sentirnos igual de ilusionadas con la vida que décadas atrás. Pero estamos comenzando otra etapa y nos confunde la extraña tristeza de nuestro pecho suspirando por su cuenta. Tenemos que acostumbrarnos a una realidad donde nuestro cuerpo va cambiando sus ritmos y deja de regirse por los ciclos de la matriz para volverse independiente de esas pautas biológicas para las que fue diseñado.
Con el paso del tiempo aparecen nuevas texturas en nuestro cuerpo cansado y quejoso que tienen que aprender a convivir con nuestra mente todavía ilusionada y luminosa. Tenemos nuestros pensamientos sumergidos en la energía vital de la juventud que se alarga porque cada día nos sentimos más seguras y estamos llenas de ideas y proyectos. Nuestro pensamiento es vitalista. Nos sentimos siempre jóvenes. Somos como aquellos replicantes que se negaban a desconectarse. Aquellos androides de vida operativa limitada que quieren revelarse y se lamentan de su suerte. Nos invade la misma angustia que sienten los replicantes, el mismo deseo de esos androides que todavía quieren seguir existiendo. Y es que, cuando las mujeres entran en la madurez, pareciera como si muchas sociedades quisieran olvidarse de ellas. Si miramos las estadísticas, solo unas pocas alcanzan puestos relevantes en empresas y grandes compañías. Las proporciones en la industria privada siguen siendo demasiado desequilibradas. Nos hacemos fuertes en las oposiciones y los concursos públicos, pero en las jerarquías de los espacios privados la meritocracia no cuenta. No cuenta la inteligencia y el esfuerzo sobresaliente que pondría a muchas mujeres con una larga experiencia en los más altos cargos de gestión empresarial.
En esta nueva época de nuestra existencia que somos sabias como el hada Azul, que tenemos la pericia de la vida descifrada y aprendida, la sociedad no sabe bien qué hacer con nosotras. Y es extraño, porque somos grandes lectoras. Leemos sobre todo en la edad del abanico y la madurez, y tal vez sea porque estamos más vivas que nunca y tenemos ganas de sumergirnos en otras vidas. Y la literatura es ese lugar atemporal que se inventa otros mundos, y nos da sosiego y esperanza. Podemos vivir muchas vidas ahora que nuestro cuerpo cambia sus ritmos y ya no segrega las mismas hormonas. Ahora que nos enfrentamos al discurrir del tiempo sin sentir el peso de una sociedad que en nuestra juventud nos obligaba a medirnos con la iconografía de las modelos, las cantantes, las famosas mediáticas o las actrices. Tantas horas que hemos perdido dialogando en silencio con los espejos. Nuestra imagen se ha aburrido de esas absurdas ansiedades donde parecía que nuestra cara y nuestro cuerpo hablaba por nosotras con gestos mudos y desesperanzadores. 
Con la madurez adquirimos la seguridad de las hadas, nos sentimos capaces de enfrentar el futuro con serenidad y entereza. Si algo no nos gusta, nos abanicamos diez veces para que al menos nada nos robe el aire y las ganas de existir. Tal vez con todos estos años de sabiduría que nos acompañan, hemos aprendido a dialogar con los instantes y tengamos mucho de esas diosas del destino, de esas hilanderas tan temidas, de esas parcas que tan bien conocían los hilos de la vida. Hemos llegado muy lejos en este presente, y en esta etapa todavía desprendemos energía y ganas de crecer. No nos resistimos a pasar a un segundo plano porque las miradas de la sociedad busquen superficialidad y entretenimiento vacío. Nosotras, libres ya de complejos, estamos mejor que nunca y disfrutamos del presente que nos toca vivir. Somos las hadas, las magas, las reinas, las diosas, las sabias, las poderosas, las luchadoras, las tenaces trabajadoras.
Enfundadas en un cuerpo que ya no necesita seguir las pautas de una sociedad obsesionada con las apariencias, concluye diciendo, inventamos las mitologías de una nueva existencia. Somos las mujeres del abanico que al abrirlo ofrecen al mundo años de experiencia y conocimiento, de sabiduría genuina e inteligencia, de trabajo, de empatía y amor. Nuestra biología no lo sabe, porque aunque el destino nos haya elegido para convertirnos en superheroínas y engrandecer las sociedades y que todos prosperemos, nadie parece saberlo. A estas alturas de nuestra carrera no pedimos discriminación positiva, simplemente queremos que se lean nuestro currículum. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CANTO A TERESA, DE JOSÉ DE ESPRONCEDA

 







CANTO A TERESA




¿Por qué volvéis a la memoria mía,

Tristes recuerdos del placer perdido,

A aumentar la ansiedad y la agonía

De este desierto corazón herido?

¡Ay! que de aquellas horas de alegría

Le quedó al corazon sólo un gemido,

Y el llanto que al dolor los ojos niegan

Lágrimas son de hiel que el alma anegan.


¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas

De juventud, de amor y de ventura,

Regaladas de músicas sonoras,

Adornadas de luz y de hermosura?

Imágenes ce oro bullidoras.

Sus alas de carmín y nieve pura,

Al sol de mi esperanza desplegando,

Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.


Gorjeaban los dulces ruiseñores,

El sol iluminaba mi alegría,

El aura susurraba entre las flores,

El bosque mansamente respondía,

Las fuentes murmuraban sus amores. . .

¡Ilusiones que llora el alma mía!

¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído

El bullicio del mundo y su ruido!


Mi vida entonces, cual guerrera nave

Que el puerto deja por la vez primera,

Y al soplo de los céfiros süave

Orgullosa despliega su bandera,

Y-al mar dejando que a sus pies alabe

Su triunfo en roncos cantos, va velera,

Una ola tras otra bramadora

Hollando y dividiendo vencedora.


¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente

De amor volaba; el sol de la mañana

Llevaba yo sobre mi tersa frente,

Y el alma pura de su dicha ufana:

Dentro de ella el amor, cual rica fuente

Que entre frescuras y arboledas mana.

Brotaba entonces abundante río

De ilusiones y dulce desvarío.


Yo amaba todo: un noble sentimiento

Exaltaba mi ánimo, y sentía

En mi pecho un secreto movimiento,

De grandes hechos generoso guía:

La libertad con su inmortal aliento,

Santa diosa, mi espíritu encendía,

Contino imaginando en mi fe pura

Sueños de gloria al mundo y de ventura.


El puñal de Catón, la adusta frente

Del noble Bruto, la constancia fiera

Y el arrojo de Scévola valiente,

La doctrina de Sócrates severa,

La voz atronadora y elocuente

Del orador de Atenas, la bandera

Contra el tirano Macedonio alzando,

Y al espantado pueblo arrebatando:


El valor y la fe del caballero,

Del trovador el arpa y los cantares,

Del gótico castillo el altanero

Antiguo torreón, do sus pesares

Cantó tal vez con eco lastimero,

¡Ay! arrancada de sus patrios lares,

Joven cautiva, al rayo de la luna,

Lamentando su ausencia y su fortuna:


El dulce anhelo del amor que aguarda,

Tal vez inquieto y con mortal recelo;

La forma bella que cruzó gallarda,

Allá en la noche, entre medroso velo;

La ansiada cita que en llegar se tarda

Al impaciente y amoroso anhelo,

La mujer y la voz de su dulzura,

Que inspira al alma celestial ternura:


A un tiempo mismo en rápida tormenta

Mi alma alborotada de contino,

Cual las olas que azota con violenta

Cólera impetüoso torbellino:

Soñaba al héroe ya, la plebe atenta

En mi voz escuchaba su destino;

Ya al caballero, al trovador soñaba,

Y de gloria y de amores suspiraba.


Hay una voz secreta, un dulce canto,

Que el alma sólo recogida entiende,

Un sentimiento misterioso y santo,

Que del barro al espíritu desprende;

Agreste, vago y solitario encanto

Que en inefable amor el alma enciende,

Volando tras la imagen peregrina

El corazón de su ilusión divina.


Yo, desterrado en extranjera playa,

Con los ojos extático seguía

La nave audaz que en argentada raya

Volaba al puerto de la patria mía:

Yo, cuando en Occidente el soy desmaya,

Solo y perdido en la arboleda umbría,

Oír pensaba el armonioso acento

De una mujer, al suspirar del viento.


¡Una mujer! En el templado rayo

De la mágica luna se colora,

Del sol poniente al lánguido desmayo

Lejos entre las nubes se evapora;

Sobre las cumbres que florece Mayo

Brilla fugaz al despuntar la aurora,

Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,

Juega en las aguas del sereno río.


¡Una mujer! Deslizase en el cielo

Allá en la noche desprendida estrella.

Si aroma el aire recogió en el suelo,

Es el aroma que le presta ella.

Blanca es la nube que en callado vuelo

Cruza la esfera, y que su planta huella.

Y en la tarde la mar olas le ofrece

De plata y de zafir, donde se mece.


Mujer que amor en su ilusión figura,

Mujer que nada dice a los sentidos,

Ensueño de suavísima ternura,

Eco que regaló nuestros oídos;

De amor la llama generosa y pura,

Los goces dulces del amor cumplidos,

Que engalana la rica fantasía,

Goces que avaro el corazón ansía.


¡Ay! aquella mujer, tan sólo aquella,

Tanto delirio a realizar alcanza,

Y esa mujer tan cándida y tan bella

Es mentida ilusión de la esperanza:

Es el alma que vívida destella

Su luz al mundo cuando en él se lanza,

Y el mundo con su magia y galanura

Es espejo no más de su hermosura:


Es el amor que al mismo amor adora,

El que creó las Sílfides y Ondinas,

La sacra ninfa que bordando mora

Debajo de las aguas cristalinas:

Es el amor que recordando llora

Las arboledas del Edén divinas:

Amor de allí arrancado, allí nacido,

Que busca en vano aquí su bien perdido.


¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!

¡Sentimiento purísimo! ¡memoria

Acaso triste de un perdido cielo,

Quizá esperanza de futura gloria!

¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!

¡Oh mujer que en imagen ilusoria

Tan pura, tan feliz, tan placentera,

Brindó el amor a mi ilusión primera! . . .


¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,

¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?

¿Por qué, por qué como en mejores días,

No consoláis vosotras mis pesares?

¡Oh! los que no sabéis las agonías

De un corazón que penas a millares

¡Ah! desgarraron y que ya no llora,

¡Piedad tened de mi tormento ahora!


¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos

Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura

De mí, que entre suspiros angustiosos

Ahogar me siento en infernal tortura.

¡Retuércese entre nudos dolorosos

Mi corazón, gimiendo de amargura!

También tu corazón, hecho pavesa;

¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!


¿Quién pensara jamás, Teresa mía,

Que fuera eterno manantial de llanto,

Tanto inocente amor, tanta alegría,

Tantas delicias y delirio tanto?

¿Quién pensara jamás llegase un día

En que perdido el celestial encanto

Y caída la venda de los ojos,

Cuanto diera placer causara enojos?


Aun parece, Teresa, que te veo

Aerea como dorada mariposa,

Ensueño delicioso del deseo,

Sobre tallo gentil temprana rosa,

Del amor venturoso devaneo,

Angélica, purísima y dichosa,

Y oigo tu voz dulcísima, y respiro

Tu aliento perfumado en tu suspiro.


Y aun miro aquellos ojos que robaron

A los cielos su azul, y las rosadas

Tintas sobre la nieve, que envidiaron

Las de Mayo serenas alboradas:

Y aquellas horas dulces que pasaron

Tan breves, ¡ay! como después lloradas,

Horas de confianza y de delicias,

De abandono y de amor y de caricias.


Que así las horas rápidas pasaban,

Y pasaba a la par nuestra ventura;

Y nunca nuestras ansias las contaban,

Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura.

Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,

Llanto tal vez vertiendo de ternura;

Que nuestro amor y juventud veían,

Y temblaban las horas que vendrían.


Y llegaron en fin. . . ¡Oh! ¿quién impío

¡Ay! agostó la flor de tu pureza?

Tú fuiste un tiempo cristalino río,

Manantial de purísima limpieza;

Después torrente de color sombrío,

Rompiendo entre peñascos y maleza,

Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,

Entre fétido fango detenidas.


¿Cómo caíste despeñado al suelo,

Astro de la mañana luminoso?

Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo

A este valle de lágrimas odioso?

Aun cercaba tu frente el blanco velo

Del serafín, y en ondas fulguroso

Rayos al mundo tu esplendor vertía,

Y otro cielo el amor te prometía.


Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído,

O mujer nada más y lodo inmundo,

Hermoso ser para llorar nacido,

O vivir como autómata en el mundo.

Sí, que el demonio en el Edén perdido,

Abrasara con fuego del profundo

La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego

La herencia ha sido de sus hijos luego.


Brota en el cielo del amor la fuente,

Que a fecundar el universo mana,

Y en la tierra su límpida corriente

Sus márgenes con flores engalana;

Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente

Que el agua clara por beber se afana,

Lágrimas verterá de duelo eterno,

Que su raudal lo envenenó el infierno.


Huid, si no queréis que llegue un día

En que enredado en retorcidos lazos

El corazón, con bárbara porfía

Luchéis por arrancároslo a pedazos:

En que al cielo en histérica agonía

Frenéticos alcéis entrambos brazos,

Para en vuestra impotencia maldecirle,

Y escupiros, tal vez, al escupirle.


Los años ¡ay! de la ilusión pasaron,

Las dulces esperanzas que trajeron

Con sus blancos ensueños se llevaron,

Y el porvenir de oscuridad vistieron:

Las rosas del amor se marchitaron,

Las flores en abrojos convirtieron,

Y de afán tanto y tan soñada gloria

Sólo quedó una tumba, una memoria.


¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento

Un pesar tan intenso!. . . Embarga impío

Mi quebrantada voz mi sentimiento,

Y suspira tu nombre el labio mío:

Para allí su carrera el pensamiento,

Hiela mi corazón punzante frío,

Ante mis ojos la funesta losa,

Donde vil polvo tu beldad reposa.


Y tú feliz, que hallastes en la muerte

Sombra a que descansar en tu camino,

Cuando llegabas, mísera, a perderte

Y era llorar tu único destino:

Cuando en tu frente la implacable suerte

Grababa de los réprobos el sino;

Feliz, la muerte te arrancó del suelo,

Y otra vez ángel, te volviste al cielo.


Roída de recuerdos de amargura,

Árido el corazón, sin ilusiones,

La delicada flor de tu hermosura

Ajaron del dolor los aquilones:

Sola, y envilecida, y sin ventura,

Tu corazón secaron las pasiones:

Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran,

Y hasta el nombre de madre te negaran.


Los ojos escaldados de tu llanto,

Tu rostro cadavérico y hundido;

Único desahogo en tu quebranto,

El histérico ¡ay! de tu gemido:

¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto

Envolver tu desdicha en el olvido,

Disipar tu dolor y recogerte

En su seno de paz? ¡Sólo la muerte!


¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!

Espíritu indomable, alma violenta,

En ti, mezquina sociedad, lanzada

A romper tus barreras turbulenta.

Nave contra las rocas quebrantada,

Allá vaga, a merced de la tormenta,

En las olas tal vez náufraga tabla,

Que sólo ya de sus grandezas habla.


Un recuerdo de amor que nunca muere

Y está en mi corazón; un lastimero

Tierno quejido que en el alma hiere,

Eco süave de su amor primero:

¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere,

Quedará un rayo en mí, blanco lucero,

Que iluminaste con tu luz querida

La dorada mañana de mi vida.


Que yo, como una flor que en la mañana

Abre su cáliz al naciente día,

¡Ay! al amor abrí tu alma temprana,

Y exalté tu inocente fantasía,

Yo inocente también ¡oh! cuán ufana

Al porvenir mi mente sonreía,

Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo

Pensé contigo remontarme al cielo!


Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,

En tus brazos en lánguido abandono,

De glorias y deleites rodeado,

Levantar para ti soñé yo un trono:

Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,

Vencer del mundo el implacable encono,

Y en un tiempo, sin horas ni medida,

Ver como un sueño resbalar la vida.


¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos

Áridos ni una lágrima brotaban;

Cuando ya su color tus labios rojos

En cárdenos matices se cambiaban;

Cuando de tu dolor tristes despojos

La vida y su ilusión te abandonaban,

Y consumía lenta calentura

Tu corazón al par de tu amargura;


Si en tu penosa y última agonía

Volviste a lo pasado el pensamiento;

Si comparaste a tu existencia un día

Tu triste soledad y tu aislamiento;

Si arrojó a tu dolor tu fantasía

Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento

A otra mujer tal vez acariciando,

«Madre» tal vez a otra mujer llamando;


Si el cuadro de tus breves glorias viste

Pasar como fantástica quimera,

Y si la voz de tu conciencia oíste

Dentro de ti gritándote severa;

Si, en fin, entonces tú llorar quisiste

Y no brotó una lágrima siquiera

Tu seco corazón, y a Dios llamaste,

Y no te escuchó Dios, y blasfemaste,

¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo!

¡Espantosa expiación de tu pecado!

Sobre un lecho de espinas, maldiciendo,

Morir, el corazón desesperado!

Tus mismas manos de dolor mordiendo,

Presente a tu conciencia tu pasado,

Buscando en vano, con los ojos fijos,

Y extendiendo tus brazos a tus hijos.


¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! … ¡Ay! yo entre tanto

Dentro del pecho mi dolor oculto,

Enjugo de mis párpados el llanto

Y doy al mundo el exigido culto:

Yo escondo con vergüenza mi quebranto,

Mi propia pena con mi risa insulto,

Y me divierto en arrancar del pecho

Mi mismo corazón pedazos hecho.


Gocemos, sí; la cristalina esfera

Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!

¿Quién a parar alcanza la carrera

Del mundo hermoso que al placer convida?

Brilla ardiente el sol, la primavera

Los campos pinta en la estación florida:

Truéquese en risa mi dolor profundo. . .

Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?




JOSÉ DE ESPRONCEDA (1808-1842)

poeta español