El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
viernes, 18 de julio de 2025
jueves, 17 de julio de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 17 DE JULIO DE 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 17 de julio de 2025. Observar algunas actitudes de sumisión europeas ante Trump, como las expuestas hace unos días por el secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, evocan el trato que recibía el célebre emperador romano Calígula (37/41 d.C), afirma en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora portuguesa Lidia Jorge. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2017, la historiadora Ana Merino, decía que las mujeres nos hacíamos fuertes en las oposiciones y los concursos públicos, pero que en las jerarquías de los espacios privados la meritocracia no contaba. El poema del día, en la tercera, se titula Canto a Teresa, es del poeta José de Espronceda, y comienza con estos versos: ¿Por qué volvéis a la memoria mía,/Tristes recuerdos del placer perdido,/A aumentar la ansiedad y la agonía/De este desierto corazón herido? Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
DE CALÍGULA. SU CABALLO Y EL PELOTEO DE MARK RUTTE
Observar algunas actitudes de sumisión europeas ante Trump, como las expuestas hace unos días por el secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, evocan el trato que recibía el célebre emperador romano Calígula (37/41 d.C), afirma en El País [Embajada a Calígula, 13/07/2025] la escritora portuguesa Lidia Jorge.
1. En 1959, comienza diciendo Jorge, se celebró en Aix-en-Provence un encuentro, conocido como el Rencontre de Lourmarin, en la que participaron célebres escritores e intelectuales de distintos países europeos, cuando la antigua CEE aún era conocida como la Europa de los Seis. Agustina Bessa-Luís fue la única figura portuguesa que participó en la reunión, y esta experiencia daría lugar a un libro de viajes titulado Embaixada a Calígula. De este habría mucho que hablar, pero lo que nos interesa por ahora es que Agustina, con su mirada perspicaz, encontró en esta fórmula una síntesis admirable de los actos de vasallaje que uno se ve obligado a realizar cuando el interlocutor es cruel e irrazonable, si es que no está loco, como en el caso de Calígula, y esto cabe aplicarlo siempre a todo.
2. No puede sorprendernos, por lo tanto, que las negociaciones diplomáticas que se despliegan hoy a diario en el mundo nos revelen las señales de sumisión que los débiles han de mostrar ante los fuertes, lo que da como resultado una dolorosa imagen de las relaciones internacionales, evidente a los ojos del mundo entero. Los mensajes adulatorios, sinceros o falsos, que Mark Rutte envió al presidente de los Estados Unidos de América en vísperas de la Cumbre de la OTAN en La Haya del 24 de junio, y la procesión que siguió y que se nos vendió como una prodigiosa victoria conjunta, solo demuestran que, en efecto, las embajadas que se suceden en sumo grado han sido concebidas bajo los vientos de la pura coacción, visto que nos hallamos ante la figura de lo imponderable. No puedo ocultar que, en este momento, Europa me duele como un agudo dolor ciático que me atenaza medio cuerpo y me llega al corazón. Y por eso pienso en Calígula, o en la leyenda que rodea su figura.
3. Hay pocas certezas históricas acerca de él. Lo que se sabe seguro es que su apodo proviene de un gesto de cariño, un homenaje a las pequeñas sandalias militares que le pusieron de pequeño. También se sabe que gobernó solo cinco años, entre el 37 y el 41 d. C., y que puso en marcha medidas positivas para el pueblo, pero que fue refinando su crueldad, arbitrariedad y extravagancia emocional hasta el punto de que sopesó otorgarle a su caballo el rango de cónsul. Como muchos otros de su especie, Calígula padecía el síndrome de la inmortalidad, ese estado de perversión resultante de una sensación de poder absoluto mezclada con la autoestima de un dios. No necesitamos manuales a tal propósito; hoy asistimos a constantes performances de tal clase de criaturas. Con todo, hay que decir que cualquier correspondencia entre la leyenda de Calígula y el comportamiento de los emperadores modernos sería un despropósito. Ciñámonos a los hechos.
J.D. Vance no le cortó la cabeza a Zelenski, solo se burló de su atuendo y lo puso de patitas en la calle, lo cual es infinitamente más benévolo que echar veneno en el pescado de tu huésped. Tampoco envió un ejército para pasar a cuchillo a los europeos, simplemente nos llamó asnos y despreciables. Y el presidente de los Estados Unidos no lanzó una bomba atómica sobre toda Gaza; al contrario, prometió convertirla en una Riviera, con todos los palestinos enterrados bajo tierra o en las tierras de un país vecino. Es fundamental distinguir: Calígula sufría porque deseaba lo imposible, y en este caso, el emperador más prominente solo parece desear disfrazarse de papa e ir a Oslo a recibir el Premio Nobel de la Paz, lo cual es bastante posible. No debemos confundirlos. Sin embargo, dejando de lado las diferencias, a los europeos les conviene ir determinando entre ellos los niveles apropiados de tratamiento servil, dadas además las amenazas que se ciernen sobre nuestro territorio por parte de los otros dos emperadores inmortales ubicados en Oriente. Para asunto tan letal, no dispongo de soluciones, pero sí de experiencia en términos de deferencia.
4. Por razones que no vienen al caso, hace unos años tuve que consultar con un lingüista para comprender cómo se manejaban los grados de tratamiento en la Birmania del siglo XVII. Descubrí con horror que, en el habla coloquial birmana, hace apenas trescientos años, la cortesía llegaba al extremo de usar fórmulas como estas en el tratamiento común: “Yo, humilde cerdito, que vivo en mi cochambrosa choza, no soy digno de entrar en el palacio del gran elefante con su imponente trompa...” A lo que el interlocutor, al que se le había tratado de elefante, debía responder: “Yo, el más humilde de los cerditos, te pido que entres en mi humilde cabaña donde no entra ni un rayo de sol...” Es obvio que, en aquel entonces, tales imágenes no pasaban de metáforas muertas, de nulo significado, pero aun así, hoy en día, pueden dar ideas para Twitter. Otro ejemplo, tomado de las antiguas colonias portuguesas, es menos creativo, pero aun así estimulante. Un ciudadano letrado de Angola, deseando agradecer a un juez el resultado de un proceso que lo favorecía, escribió una carta de elogiosa prosa que remataba así: “Y para concluir, alto magistrado, aquí me hallo a los pies de Vuestra Excelencia, con un caluroso aplauso”.
Llegados a este punto, solo puedo pedir a los dirigentes europeos que se pongan de acuerdo con el pueblo para pactar señales de advertencia de que su sumisión a los nuevos amos de la guerra es fingida, para que sepamos que no nos están ofendiendo. Al contrario, simplemente están siendo pragmáticos. Antes de hablar en público, que convengan con nosotros en chasquear los dedos, en levantar las cejas, en cualquier suerte de signo diacrítico, algo que nos haga deducir que están participando en un acto de cinismo. Si digo esto con humildad, es porque sostengo que solo aquellos con ideas para la reconstrucción tienen derecho a criticar la derrota.
5. Lo cierto es que ideas no me faltan, pero lamentablemente son todas retóricas, no milagrosas. La Unión Europea que mi generación vio construir está amenazada, al igual que el mundo entero. Quizá sea apropiado, por lo tanto, volver al 13 de julio de 1959, al Rencontre de Lourmarin. Agustina desconfiaba de la excesiva militancia de los organizadores del encuentro, asoció la Embaixada a Calígula con una «majestuosa mediocridad» y se marchó rápidamente hacia Italia. Pero hubo quienes fueron más pacientes y escribieron un reflexivo artículo sobre el debate que tuvo lugar en aquellos días históricos. Ese fue el caso del español Julián Marías, quien en un momento dado escribió: «Europa, más que un nombre, es un verbo transitivo: europeizar».
Es hermoso, y tenía razón. Y Europa cumplió, europeizándose, expandiéndose de 6 a 27 estados. Transcurridos 66 años, sin embargo, la tendencia se ha invertido. Entre el desmoronamiento de Ucrania y la traición de nuestros aliados, somos tan frágiles que ni siquiera podemos condenar el genocidio perpetrado por Netanyahu, y en su lugar acusamos de terroristas a los jóvenes que llevan el pañuelo a cuadros al cuello. Por lo tanto, en estos tristes tiempos, lo único que podemos pedir es que, por lo menos, los dirigentes europeos no necesiten recurrir a palabras como “Yo, humilde cerdito...” Pero si no les queda más remedio en beneficio de todos nosotros, que por lo menos nos hagan alguna señal. Así nos iremos a la cama con la idea de que podemos perder mucho, pero no todo. Que nos quede la honra y la vergüenza para que podamos salvarnos. Lídia Jorge es escritora. Su último libro publicado en España es Misericordia (La Umbría y la Solana). Traducción de Carlos Gumpert.
[ARCHIVO DEL BLOG] LA CONDICIÓN FEMENINA. PUBLICADO EL 02/08/2017
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CANTO A TERESA, DE JOSÉ DE ESPRONCEDA
CANTO A TERESA
¿Por qué volvéis a la memoria mía,
Tristes recuerdos del placer perdido,
A aumentar la ansiedad y la agonía
De este desierto corazón herido?
¡Ay! que de aquellas horas de alegría
Le quedó al corazon sólo un gemido,
Y el llanto que al dolor los ojos niegan
Lágrimas son de hiel que el alma anegan.
¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas
De juventud, de amor y de ventura,
Regaladas de músicas sonoras,
Adornadas de luz y de hermosura?
Imágenes ce oro bullidoras.
Sus alas de carmín y nieve pura,
Al sol de mi esperanza desplegando,
Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.
Gorjeaban los dulces ruiseñores,
El sol iluminaba mi alegría,
El aura susurraba entre las flores,
El bosque mansamente respondía,
Las fuentes murmuraban sus amores. . .
¡Ilusiones que llora el alma mía!
¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído
El bullicio del mundo y su ruido!
Mi vida entonces, cual guerrera nave
Que el puerto deja por la vez primera,
Y al soplo de los céfiros süave
Orgullosa despliega su bandera,
Y-al mar dejando que a sus pies alabe
Su triunfo en roncos cantos, va velera,
Una ola tras otra bramadora
Hollando y dividiendo vencedora.
¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente
De amor volaba; el sol de la mañana
Llevaba yo sobre mi tersa frente,
Y el alma pura de su dicha ufana:
Dentro de ella el amor, cual rica fuente
Que entre frescuras y arboledas mana.
Brotaba entonces abundante río
De ilusiones y dulce desvarío.
Yo amaba todo: un noble sentimiento
Exaltaba mi ánimo, y sentía
En mi pecho un secreto movimiento,
De grandes hechos generoso guía:
La libertad con su inmortal aliento,
Santa diosa, mi espíritu encendía,
Contino imaginando en mi fe pura
Sueños de gloria al mundo y de ventura.
El puñal de Catón, la adusta frente
Del noble Bruto, la constancia fiera
Y el arrojo de Scévola valiente,
La doctrina de Sócrates severa,
La voz atronadora y elocuente
Del orador de Atenas, la bandera
Contra el tirano Macedonio alzando,
Y al espantado pueblo arrebatando:
El valor y la fe del caballero,
Del trovador el arpa y los cantares,
Del gótico castillo el altanero
Antiguo torreón, do sus pesares
Cantó tal vez con eco lastimero,
¡Ay! arrancada de sus patrios lares,
Joven cautiva, al rayo de la luna,
Lamentando su ausencia y su fortuna:
El dulce anhelo del amor que aguarda,
Tal vez inquieto y con mortal recelo;
La forma bella que cruzó gallarda,
Allá en la noche, entre medroso velo;
La ansiada cita que en llegar se tarda
Al impaciente y amoroso anhelo,
La mujer y la voz de su dulzura,
Que inspira al alma celestial ternura:
A un tiempo mismo en rápida tormenta
Mi alma alborotada de contino,
Cual las olas que azota con violenta
Cólera impetüoso torbellino:
Soñaba al héroe ya, la plebe atenta
En mi voz escuchaba su destino;
Ya al caballero, al trovador soñaba,
Y de gloria y de amores suspiraba.
Hay una voz secreta, un dulce canto,
Que el alma sólo recogida entiende,
Un sentimiento misterioso y santo,
Que del barro al espíritu desprende;
Agreste, vago y solitario encanto
Que en inefable amor el alma enciende,
Volando tras la imagen peregrina
El corazón de su ilusión divina.
Yo, desterrado en extranjera playa,
Con los ojos extático seguía
La nave audaz que en argentada raya
Volaba al puerto de la patria mía:
Yo, cuando en Occidente el soy desmaya,
Solo y perdido en la arboleda umbría,
Oír pensaba el armonioso acento
De una mujer, al suspirar del viento.
¡Una mujer! En el templado rayo
De la mágica luna se colora,
Del sol poniente al lánguido desmayo
Lejos entre las nubes se evapora;
Sobre las cumbres que florece Mayo
Brilla fugaz al despuntar la aurora,
Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
Juega en las aguas del sereno río.
¡Una mujer! Deslizase en el cielo
Allá en la noche desprendida estrella.
Si aroma el aire recogió en el suelo,
Es el aroma que le presta ella.
Blanca es la nube que en callado vuelo
Cruza la esfera, y que su planta huella.
Y en la tarde la mar olas le ofrece
De plata y de zafir, donde se mece.
Mujer que amor en su ilusión figura,
Mujer que nada dice a los sentidos,
Ensueño de suavísima ternura,
Eco que regaló nuestros oídos;
De amor la llama generosa y pura,
Los goces dulces del amor cumplidos,
Que engalana la rica fantasía,
Goces que avaro el corazón ansía.
¡Ay! aquella mujer, tan sólo aquella,
Tanto delirio a realizar alcanza,
Y esa mujer tan cándida y tan bella
Es mentida ilusión de la esperanza:
Es el alma que vívida destella
Su luz al mundo cuando en él se lanza,
Y el mundo con su magia y galanura
Es espejo no más de su hermosura:
Es el amor que al mismo amor adora,
El que creó las Sílfides y Ondinas,
La sacra ninfa que bordando mora
Debajo de las aguas cristalinas:
Es el amor que recordando llora
Las arboledas del Edén divinas:
Amor de allí arrancado, allí nacido,
Que busca en vano aquí su bien perdido.
¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!
¡Sentimiento purísimo! ¡memoria
Acaso triste de un perdido cielo,
Quizá esperanza de futura gloria!
¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
¡Oh mujer que en imagen ilusoria
Tan pura, tan feliz, tan placentera,
Brindó el amor a mi ilusión primera! . . .
¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,
¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días,
No consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh! los que no sabéis las agonías
De un corazón que penas a millares
¡Ah! desgarraron y que ya no llora,
¡Piedad tened de mi tormento ahora!
¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos
Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura
De mí, que entre suspiros angustiosos
Ahogar me siento en infernal tortura.
¡Retuércese entre nudos dolorosos
Mi corazón, gimiendo de amargura!
También tu corazón, hecho pavesa;
¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!
¿Quién pensara jamás, Teresa mía,
Que fuera eterno manantial de llanto,
Tanto inocente amor, tanta alegría,
Tantas delicias y delirio tanto?
¿Quién pensara jamás llegase un día
En que perdido el celestial encanto
Y caída la venda de los ojos,
Cuanto diera placer causara enojos?
Aun parece, Teresa, que te veo
Aerea como dorada mariposa,
Ensueño delicioso del deseo,
Sobre tallo gentil temprana rosa,
Del amor venturoso devaneo,
Angélica, purísima y dichosa,
Y oigo tu voz dulcísima, y respiro
Tu aliento perfumado en tu suspiro.
Y aun miro aquellos ojos que robaron
A los cielos su azul, y las rosadas
Tintas sobre la nieve, que envidiaron
Las de Mayo serenas alboradas:
Y aquellas horas dulces que pasaron
Tan breves, ¡ay! como después lloradas,
Horas de confianza y de delicias,
De abandono y de amor y de caricias.
Que así las horas rápidas pasaban,
Y pasaba a la par nuestra ventura;
Y nunca nuestras ansias las contaban,
Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura.
Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,
Llanto tal vez vertiendo de ternura;
Que nuestro amor y juventud veían,
Y temblaban las horas que vendrían.
Y llegaron en fin. . . ¡Oh! ¿quién impío
¡Ay! agostó la flor de tu pureza?
Tú fuiste un tiempo cristalino río,
Manantial de purísima limpieza;
Después torrente de color sombrío,
Rompiendo entre peñascos y maleza,
Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,
Entre fétido fango detenidas.
¿Cómo caíste despeñado al suelo,
Astro de la mañana luminoso?
Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo
A este valle de lágrimas odioso?
Aun cercaba tu frente el blanco velo
Del serafín, y en ondas fulguroso
Rayos al mundo tu esplendor vertía,
Y otro cielo el amor te prometía.
Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído,
O mujer nada más y lodo inmundo,
Hermoso ser para llorar nacido,
O vivir como autómata en el mundo.
Sí, que el demonio en el Edén perdido,
Abrasara con fuego del profundo
La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego
La herencia ha sido de sus hijos luego.
Brota en el cielo del amor la fuente,
Que a fecundar el universo mana,
Y en la tierra su límpida corriente
Sus márgenes con flores engalana;
Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente
Que el agua clara por beber se afana,
Lágrimas verterá de duelo eterno,
Que su raudal lo envenenó el infierno.
Huid, si no queréis que llegue un día
En que enredado en retorcidos lazos
El corazón, con bárbara porfía
Luchéis por arrancároslo a pedazos:
En que al cielo en histérica agonía
Frenéticos alcéis entrambos brazos,
Para en vuestra impotencia maldecirle,
Y escupiros, tal vez, al escupirle.
Los años ¡ay! de la ilusión pasaron,
Las dulces esperanzas que trajeron
Con sus blancos ensueños se llevaron,
Y el porvenir de oscuridad vistieron:
Las rosas del amor se marchitaron,
Las flores en abrojos convirtieron,
Y de afán tanto y tan soñada gloria
Sólo quedó una tumba, una memoria.
¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento
Un pesar tan intenso!. . . Embarga impío
Mi quebrantada voz mi sentimiento,
Y suspira tu nombre el labio mío:
Para allí su carrera el pensamiento,
Hiela mi corazón punzante frío,
Ante mis ojos la funesta losa,
Donde vil polvo tu beldad reposa.
Y tú feliz, que hallastes en la muerte
Sombra a que descansar en tu camino,
Cuando llegabas, mísera, a perderte
Y era llorar tu único destino:
Cuando en tu frente la implacable suerte
Grababa de los réprobos el sino;
Feliz, la muerte te arrancó del suelo,
Y otra vez ángel, te volviste al cielo.
Roída de recuerdos de amargura,
Árido el corazón, sin ilusiones,
La delicada flor de tu hermosura
Ajaron del dolor los aquilones:
Sola, y envilecida, y sin ventura,
Tu corazón secaron las pasiones:
Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran,
Y hasta el nombre de madre te negaran.
Los ojos escaldados de tu llanto,
Tu rostro cadavérico y hundido;
Único desahogo en tu quebranto,
El histérico ¡ay! de tu gemido:
¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto
Envolver tu desdicha en el olvido,
Disipar tu dolor y recogerte
En su seno de paz? ¡Sólo la muerte!
¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!
Espíritu indomable, alma violenta,
En ti, mezquina sociedad, lanzada
A romper tus barreras turbulenta.
Nave contra las rocas quebrantada,
Allá vaga, a merced de la tormenta,
En las olas tal vez náufraga tabla,
Que sólo ya de sus grandezas habla.
Un recuerdo de amor que nunca muere
Y está en mi corazón; un lastimero
Tierno quejido que en el alma hiere,
Eco süave de su amor primero:
¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere,
Quedará un rayo en mí, blanco lucero,
Que iluminaste con tu luz querida
La dorada mañana de mi vida.
Que yo, como una flor que en la mañana
Abre su cáliz al naciente día,
¡Ay! al amor abrí tu alma temprana,
Y exalté tu inocente fantasía,
Yo inocente también ¡oh! cuán ufana
Al porvenir mi mente sonreía,
Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo
Pensé contigo remontarme al cielo!
Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,
En tus brazos en lánguido abandono,
De glorias y deleites rodeado,
Levantar para ti soñé yo un trono:
Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,
Vencer del mundo el implacable encono,
Y en un tiempo, sin horas ni medida,
Ver como un sueño resbalar la vida.
¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos
Áridos ni una lágrima brotaban;
Cuando ya su color tus labios rojos
En cárdenos matices se cambiaban;
Cuando de tu dolor tristes despojos
La vida y su ilusión te abandonaban,
Y consumía lenta calentura
Tu corazón al par de tu amargura;
Si en tu penosa y última agonía
Volviste a lo pasado el pensamiento;
Si comparaste a tu existencia un día
Tu triste soledad y tu aislamiento;
Si arrojó a tu dolor tu fantasía
Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento
A otra mujer tal vez acariciando,
«Madre» tal vez a otra mujer llamando;
Si el cuadro de tus breves glorias viste
Pasar como fantástica quimera,
Y si la voz de tu conciencia oíste
Dentro de ti gritándote severa;
Si, en fin, entonces tú llorar quisiste
Y no brotó una lágrima siquiera
Tu seco corazón, y a Dios llamaste,
Y no te escuchó Dios, y blasfemaste,
¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo!
¡Espantosa expiación de tu pecado!
Sobre un lecho de espinas, maldiciendo,
Morir, el corazón desesperado!
Tus mismas manos de dolor mordiendo,
Presente a tu conciencia tu pasado,
Buscando en vano, con los ojos fijos,
Y extendiendo tus brazos a tus hijos.
¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! … ¡Ay! yo entre tanto
Dentro del pecho mi dolor oculto,
Enjugo de mis párpados el llanto
Y doy al mundo el exigido culto:
Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
Mi propia pena con mi risa insulto,
Y me divierto en arrancar del pecho
Mi mismo corazón pedazos hecho.
Gocemos, sí; la cristalina esfera
Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!
¿Quién a parar alcanza la carrera
Del mundo hermoso que al placer convida?
Brilla ardiente el sol, la primavera
Los campos pinta en la estación florida:
Truéquese en risa mi dolor profundo. . .
Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?
JOSÉ DE ESPRONCEDA (1808-1842)
poeta español



























