sábado, 14 de febrero de 2026

AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN. GAUR, LARUNBATA, OTSAILAREN 14A, EUSKARAZ

 







Kaixo, egun on berriro guztioi, eta asteburu on. Gaur ez dut ezer berezirik esateko, agian San Valentin eguna zoriontsua opa dizuet izan ezik, eta maiteminduta bazaudete, poza bikoitza. Gaurko mezuetara goaz. "Moralitate apur bat duen edonork gai izan beharko luke orainaldiko aberrazioak identifikatu eta geratzen zaigun edozein borondaterekin aurka egiteko", komentatzen du Azahara Palomeque idazleak lehenengo mezuan. Bigarrenean, 2017ko maiatzean argitaratua, Antoni Zabalza irakasleak esan zuen: "Separatistek Estatuari erronka egin diezaiokete, eta erronka egiten dionak irabazi edo galdu dezake, baina ezin negoziatu". Eguneko poema, hirugarren mezuan, D. H. Lawrence poeta britainiarrarena da eta "Zergatik negar egiten du?" izenburua du. Eta laugarren eta azken mezua, beti bezala, eguneko marrazki bizidun umoretsua da. Mesedez, izan zaitezte zoriontsuak, batez ere gaur. Tamaragua, lagunok. Bihar arte, Zorte Andereak nahi badu. Musuak. Maite zaituztet guztiok. HArendt












ENTRADA NÚM. 9879

DE LA CONVENIENCIA DE LA DESESCALADA

 











Cualquiera con un mínimo sentido de la moral debería poder identificar las aberraciones del presente y oponerse a ellas con la voluntad que nos queda, comenta en El País (07/02/2026) la escritora Azahara Palomeque. Por definición, una no puede tener acceso a la historia que no sucedió, comienza diciendo. El pasado está enterrado bajo sedimentos de huesos y palabras, muchos de ellos olvidados; y, aunque a veces se revise o permitamos porosidades con el presente, lo que jamás podremos documentar es lo no ocurrido, pues no dejó improntas investigables. Sin embargo, sí somos capaces de desempolvar las posibilidades de aquel pretérito y, con ello, aprender tal vez de lo que se hizo bien. Uno de los acontecimientos que no hemos experimentado es una masiva guerra nuclear, considerada factible en quienes estaban vivos en los años sesenta del siglo XX. Por qué no pasó lo cuenta Roman Krznaric en Historias para el mañana (Capitán Swing, 2026). Según el politólogo australiano, frente a la tensión global que generó la crisis de los misiles en Cuba, el presidente John F. Kennedy decidió empaparse de las lecciones contenidas en Los cañones de agosto, un ensayo de Barbara Tuchman que narra cada uno de los errores políticos que condujeron a la Primera Guerra Mundial. Esta lectura le influyó tanto que, finalmente, promovió una desescalada, librando al mundo de la que habría sido la peor catástrofe bélica de todos los tiempos. Su gestión más exitosa, poco antes de ser asesinado, fue sin duda salvar a la humanidad o, al menos, contribuir a ello de una manera decisiva.

Imagino aquellos instantes cruciales en los que aquel señor de Massachusetts se fundía con las páginas de Tuchman; el proceso por el cual la mente conecta los hechos e impulsa una acción u otra; y lo hago al hilo de las amenazas de Trump para anexionarse Groenlandia y azuzar un miedo atroz cargado, otra vez, de lo posible: el desmembramiento de la OTAN, la debilidad de Europa para hacer frente tanto a Washington como a Moscú, y que la chispa provoque la deflagración en una sociedad con bastantes menos herramientas para mitigar las catástrofes que entonces. El momento delicado no solo obedece a patrones estrictamente geopolíticos, sino a un desvalimiento que ha dejado arrinconada la razón. En primer lugar, dudo mucho que el ocupante actual de la Casa Blanca lea libros; seguramente tampoco abunden entre sus asesores y, desde luego, la Contrailustración rampante en la que participamos mayoritariamente habrá calado en otros gabinetes presidenciales. La militarización ascendente y la gestión de conflictos se está produciendo de forma simultánea a la podredumbre del pensamiento que implantan los universos digitales: no es casualidad que brain rot (podredumbre cerebral) fuese la expresión del año 2024 para los creadores del diccionario Oxford. Con la devastación intelectual actual, probablemente Kennedy no hubiese estado tan avispado.

Europa, dependiente del gigante atlántico armamentística y energéticamente hablando, es asimismo sumisa de unos canales desinformativos por los cuales el contenido fluye rápidamente, muchas veces tergiversado, y hasta parece tolerar un hecho tan grave como los desnudos de mujeres fabricados en X con inteligencia artificial. (¡ah!, a la hora de detener esa infamia también sirve el feminismo, si se encontrase lo suficientemente fuerte como para elevarlo a política comunitaria; ¡y la de fake news que nos ahorraríamos!). Si continuamos con las miradas retrospectivas, hallaremos otro problema de gran calado que no existía hasta hace poco: una desmovilización atronadora de las izquierdas globales, incapaces de organizarse y persuadir con sus discursos tras casi medio siglo de neoliberalismo. Las estructuras de base, los sindicatos, los partidos —hoy mermados— juegan en un tablero amañado y con muchas menos fichas mientras el autoritarismo va conquistando posiciones aupado por esa muerte cerebral y sus plataformas afines. Qué duro darse cuenta del desastre; qué fácil es acusar la hipocresía de la izquierda cuando un negacionista climático ansía controlar las rutas del Ártico porque sabe que se está derritiendo. Pero esas incongruencias no cuentan.

Y, aun así, teniendo tanto en contra dentro del rumbo de la pérdida (de la democracia, de la verdad, de la inteligencia) yo sigo creyendo en las resistencias casi con un fervor religioso; en las coaliciones y afinidades no violentas que todavía se pueden trazar antes de que acabemos sepultados por el más cruento de los analfabetismos. Cualquiera que guarde un mínimo respeto a los derechos humanos y cierto sentido de la moral debería poder identificar las aberraciones del presente y oponerse a ellas con la agencia que nos queda. Es más, cualquiera que haya cosechado una pizca de conciencia histórica reconocerá los aciertos del pasado, y podrá valorar también que los fallos no estuvieron atravesados por la inevitabilidad; es decir, que las cosas podrían haber salido de otra manera. Puestos a imaginar, ¿qué habría sido de nuestro país si ese gran aliado, Estados Unidos, hubiese depuesto a Franco como se hizo con el resto del fascismo europeo? Las briznas de la memoria, insertadas en la contemporaneidad, nos devuelven enseñanzas productivas, retazos de conocimiento capaces de permear la sociedad civil; así que no deberíamos caer en el derrotismo antes de que llegue la derrota total. Una desescalada a tiempo, activada con los resortes de la ciudadanía, siempre será mejor que una morgue llena de banderas.




















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, EL PODER DEL ESTADO. PUBLICADO EL 02/05/2017

 








Los independentistas pueden desafiar al Estado y quien desafía puede ganar o perder, pero no negociar. Si el marco legal es violentado, la única opción es neutralizar la agresión, sin condiciones ni contrapartidas, como han hecho otras democracias. Lo decía hace unos días Antoni Zabalza, catedrático de Economía de la Universidad de Valencia y exsecretario de Estado de Hacienda. No puedo estar más de acuerdo con él. 

Hace un mes, Puigdemont y Junqueras decían en esta página (EL PAÍS, 20 de marzo de 2017) que “Pactar la forma de resolver las diferencias políticas siempre une”. Estoy de acuerdo. Hacer política es conversar sobre la diferencia y el conflicto, avanzar sin imponer, educar y ser educado. Hacer política es convivir. Pero no son diferencias políticas las que separan la Generalitat del Gobierno central, sino concepciones incompatibles de lo que es un Estado de derecho. Cuando exigen un referéndum de autodeterminación, Puigdemont y Junqueras dejan de hacer política y se sitúan en un plano distinto: el de la negación de la autoridad del Estado y desacato de sus leyes. Un plano desde el que se puede ganar una guerra, pero no negociar un acuerdo.

Las leyes están investidas de la autoridad que les confiere la adhesión a las mismas de quienes están obligados por ellas. No nos dicen lo que hemos de hacer, pero lo que decidamos hacer debe ser coherente con las obligaciones que prescriben. Estas simples ideas facilitan la relación entre personas, mantienen la paz y han jugado un papel fundamental en el desarrollo de las sociedades y en su prosperidad. Las leyes son fruto de la invención humana y, por tanto, perfectibles. Pueden ser cambiadas, y de hecho lo son, de acuerdo con lo previsto en el mismo ordenamiento legal. Como el mismo Tribunal Constitucional reconoce, en su auto de 14 de febrero de 2017 de incidente de ejecución de sentencia sobre la hoja de ruta del Parlamento de Cataluña, la Constitución puede ser reformada y el Parlamento de Cataluña puede debatir el proceso constituyente de una Cataluña independiente “sin ignorar de forma deliberada los procedimientos expresamente previstos a tal fin en la Constitución”. Pero no es este el tipo de cambio del que Puigdemont y Junqueras quieren hablar. Lo que quieren es negar el marco legal vigente y salir de la jurisdicción que les obliga: “El Gobierno de la Generalitat va a poner las urnas. Que decidan. Es su derecho. Y lo van a ejercer”.

Este es el lenguaje del poder. El del gobernante que se cree con capacidad para hacer que otros hagan lo que él quiere. Del que sabe lo que es bueno para sus ciudadanos y cuáles son sus derechos. Y, en una muestra de autoridad, del que no tiene ninguna duda de que estos derechos van a ser ejercidos. Del líder que habla alto y con ostentosidad para guiar al pueblo y amedrentar al enemigo.

Pero el lenguaje puede mostrar más de lo que uno desea. Y aquí insinúa también impotencia porque Puigdemont y Junqueras no pueden concretar la magnitud y naturaleza de sus fuerzas. Harán “lo indecible” para que los catalanes voten a favor de la secesión de Cataluña, pero no dicen qué van a hacer. Puede ser indecible por prudencia para no alarmar con la gravedad de las tensiones que nos esperan; por cautela estratégica para no revelar planes de acción en un conflicto institucional abierto; pero también por necesidad,º porque nada hay detrás de la propaganda secesionista y nada se puede decir.

Los independentistas avanzan hacia el conflicto con palabras desafiantes y acciones ilegales, y no parecen ser conscientes del coste que causan. No del personal, que seguramente tienen asumido, sino del social, que por afectar a todos y estar ya produciéndose es mucho más importante. Han dividido a la sociedad catalana; la han sumido en un clima de incertidumbre que está comenzando a pesar por la angustia personal que provoca; y han interferido en la marcha de la economía española. Y aún más grave es el duro ataque que está sufriendo la Constitución y el marco legal en su conjunto. Ahí pueden haber estimado en exceso sus posibilidades y minusvalorado la capacidad del Estado.

El marco legal es indefenso y el Estado debe protegerlo. No sorprende por tanto que la propaganda secesionista haya presentado al Estado como un ente antidemocrático, injusto, represor y sobre todo anti catalán. Un Estado casi fallido, surgido de una transición mal cerrada, y ajeno al sentir de los ciudadanos. Sin embargo, esta es una caracterización de la realidad burda y contraria a la evidencia: la actual etapa constitucional es el período más largo de paz y prosperidad que los españoles hemos vivido, el más abierto al mundo, y el que por primera vez en la historia nos ha dado un marco legal y político homologable con los existentes en las democracias más asentadas.

Los independentistas pueden desafiar al Estado y quien desafía puede ganar o perder, pero no negociar. Desafiar y a la vez reclamar diálogo es una contradicción que muestra la debilidad del movimiento secesionista o la gran confusión en que se mueve. El Estado debe de saber que si el marco legal es violentado su única alternativa para no perderlo o debilitarlo es neutralizar esta agresión. Y hacerlo sin condiciones ni contrapartidas como han hecho otras democracias que han superado envites similares, para que nadie albergue duda alguna de que con la Constitución no se especula.

El Estado cuenta con un aparato de poder del que carecen los secesionistas. Pero este no es el factor decisivo. Lo que realmente importa es que el Estado tiene la autoridad que le confiere la adhesión de sus ciudadanos. Una adhesión voluntaria y genuina, basada en la experiencia de una sociedad civil abierta, respetuosa de la diversidad y capaz de gestionar el conflicto dentro de un marco legal moderno y aceptado por todos.

El poder del movimiento secesionista es de otra naturaleza: ha orquestado para su causa una buena campaña propagandística y ha organizado manifestaciones masivamente concurridas. Más allá de esto, lo único que ha ofrecido son calendarios de actuación siempre incumplidos. Ha generado grandes expectativas, que explican el aumento de los partidarios de la independencia desde el 13,3% de 2005 al 47,3% de 2013 (datos del CEO, el organismo de la Generalitat encargado de elaborar encuestas). Pero la reiteración del mensaje y la ausencia de resultados tangibles también ha provocado la frustración y el cansancio que motivan el parón y gradual descenso de este porcentaje después del máximo de 2013 hasta situarse en el 39,7% de 2016. El movimiento secesionista arrastra desde 2013 un déficit de credibilidad insoportable. No cumple lo que promete, porque promete lo que no puede cumplir.

El independentismo, termina diciendo el profesor Zabalza, tiene menos poder del que presume y carece de autoridad. Cuando amenaza con castigar a los catalanes que no están dispuestos a seguir sus designios, imagina una fuerza de la que no dispone. Cuando utilizando a la Generalitat enfrenta entre sí a los catalanes, muestra una falta de responsabilidad política que cercena la adhesión social que necesita. No tiene legitimidad para cambiar de forma tan drástica la vida de tantas personas. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ¿POR QUÉ LLORA ELLA?, DE D. H. LAWRENCE

 







¿POR QUÉ LLORA ELLA?



 Cállate entonces.

¿Por qué lloras?

Somos tú y yo

los mismos de antes.

Si oyes un crujido

es solo un conejo

que vuelve a su hueco

deprisa.

Si algo se mueve en las ramas

sobre nuestras cabezas, será una ardilla

inquieta, perturbada

por la tensión de nuestro amor.

¿Por qué tienes que llorar entonces?

¿Tienes miedo de Dios

en la oscuridad?

No le temo a Dios.

Que salga.


Si está encubierto,

que salga.

Ahora en el fresco del día

somos nosotros los que caminamos entre los árboles

y le gritamos: «Dios, ¿dónde estás?»,

y es él quien se oculta.

¿Por qué lloras?

Mi corazón es amargo.

Que Dios se presente ahora

para justificarse.

¿Por qué lloras?

Es Wehmut, ist dir weh?

Llora entonces

por la abominación de nuestra vieja rectitud.

Hicimos mal

muchas veces;

pero esta vez comenzamos a hacer bien.

Llora entonces, llora

por la abominación de nuestra antigua virtud.

Dios se mantendrá escondido,

no saldrá.



D. H. LAWRENCE (1885-1930)

poeta británico

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 14 DE FEBRERO DE 2026

 
































viernes, 13 de febrero de 2026

ESPECIAL DE HOY VIERNES, 13 DE FEBRERO: RUFIÁN “BY POPULAR DEMAND”

 








El político no es un líder de la izquierda por muy poderosos que sean los medios que le dan altavoz, comenta en El País de hoy (13/02/2026) la escritora Najat El Hachmi. Llevamos años asistiendo al extraño fenómeno del surgimiento de fulgurantes estrellas de la izquierda que se extinguen al cabo de poco, consumidas por el resplandor de su propio narcisismo. Si la política tradicional se hacía desde la base de la unión entre ciudadanos con una ideología común, unos principios, un programa y unos objetivos, y de ese proceso nacían líderes que representaban al conjunto de los militantes, en la última década parece que lo primero es salir en los medios, tener notoriedad pública y luego ya si acaso hablamos de la organización colectiva.

Como lo difícil es tener relevancia mediática, en vez de esperar y trabajar para que el político escogido por el partido la vaya adquiriendo con su cargo y su acción, se invierte el proceso y se decide aprovechar el tirón que ya tenga el tertuliano, el tuitero, el opinador o lo que sea y proponerlo para encabezar una lista y así obtener los votos necesarios. Es el mismo proceso que se lleva a cabo cuando a un famoso se le pide que escriba un libro: su tirón facilita mucho la promoción porque no hay que rescatar al “autor” del anonimato. El problema es que en casos como el de Gabriel Rufián no estamos hablando de un futbolista que venda un manojo de páginas insulsas, sino de algo tan serio como es la representación de los ciudadanos, la gestión de lo público, y una estrella del firmamento que aparece continuamente en La Sexta ungido por Ferreras no es un líder de la izquierda por muy poderosos que sean los medios que le dan altavoz. Si el de ERC tiene tanto miedo como dice de la extrema derecha debería tomarse en serio la política y dejar de “hacer como si” tuviera la más remota idea de cómo se le puede plantar cara.

La E de las siglas que representan a Rufián contiene por principio una prevalencia de lo colectivo, lo común y la R de republicana conlleva una idea de fraternidad que no parece muy presente en el proyecto del de Santako. De la C de Cataluña no parece acordarse el sagaz parlamentario, ni de la promesa que hizo en su día de dejar el escaño si no conseguía la independencia en 18 meses. Lo más sorprendente en política es que los que fracasan en sus objetivos, en vez de irse a su casa y buscarse un trabajo de verdad, suelen ser ascendidos. Rufián no consiguió la independencia ni la Alcaldía de Santa Coloma ni ha frenado el avance de la extrema derecha a pesar de que lleva años, bolsillo en mano, flagelando a Abascal desde la tribuna. Ahora se ha decidido emprender una tarea más modesta: unir a la izquierda española.














SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, VENRES, 13 DE FEBREIRO, EN GALEGO

 







Ola, bos días de novo a todos e feliz venres. Entramos na terceira fin de semana de febreiro, hoxe, venres 13, un día maldito na cultura anglosaxoa, que non nos afecta... Imos coas entradas do blog de hoxe. A primeira trata sobre a lectura como terapia e pracer: No acto de escribir pode haber amargura, angustia e desánimo; na lectura, que eu saiba, só hai felicidade; así o di o escritor e membro da Real Academia Española, Antonio Muñoz Molina. A segunda é unha entrada do blog arquivada de hai exactamente 9 anos, escrita polo historiador Joaquim Coll, e trataba de como España ten un déficit de símbolos pero que nunca é tarde para fortalecer os lazos sentimentais. O poema de hoxe, metade prosa, metade poema, titúlase "O camiño sutil", e é da poeta colombo-española Aurora H. Camero. E a cuarta e última, coma sempre, son as tiras cómicas do blog. Tamaragua, meus amigos. Sede felices, por favor. A Deusa Sorte sorriranos. Bicos. Quérovos, HArendt












ENTRADA NÚM. 9874

DE LA LECTURA COMO TERAPIA Y PLACER

 







En el acto de escribir puede haber amargura, angustia y desánimo; en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad, comenta en El País (07/02/2026) el escritor y académico de la RAE, Antonio Muñoz Molina. Está bien agradecer a conciencia aquello en lo que uno ha sido afortunado, comienza diciendo. Yo he conocido, como todo el mundo, mis dosis de sinsabores y de infortunios, pero sé que he tenido suerte en las dos o tres cosas fundamentales de la vida. Una de ellas es que nunca me ha faltado el refugio, el consuelo, el vicio, el sustento de la literatura, y de la lectura, para ser más exactos. En el oficio de escribir hay demasiada incertidumbre, y si uno tiene un poco de conciencia crítica es probable que al cabo de un tiempo sienta el remordimiento de los errores cometidos, y que al revisar por encima un libro ya publicado se fije en los descuidos, en las imprecisiones, en los excesos verbales en los que no debía haber incurrido. En Alemania y en Estados Unidos es habitual que en sus presentaciones un autor lea en voz alta algunas páginas del libro recién publicado. Cuando he tenido que hacerlo, he mirado las caras del público temiendo detectar en ellas una aburrida somnolencia, y no se me ha ocurrido otro remedio que suprimir palabras, hasta frases enteras, que de pronto me parecían innecesarias, corregir retrospectivamente lo que podría haber sido mucho mejor.

Puede que la vanidad sea un reflejo de autodefensa en un trabajo tan incierto, pero no estoy seguro, igual que no estoy seguro de que la chulería de ciertos matones sea la máscara de una fragilidad interior. Decía Gore Vidal que nadie debería engañarse con respecto a la apariencia helada que presentaba él al mundo: debajo del hielo había agua muy fría. Así que es posible que debajo de las vanidades hipertróficas que ahora propician las redes sociales lo que se esconda sean capas más profundas de vanidad y tontería, y que detrás de la máscara de esos brutos faltones que andan por ahí lo que haya sea una pura soberbia que, al no ser satisfecha, segregue un refuerzo de resentimiento.

A mí el oficio de escribir me ha causado muchas veces angustia y desánimo, hartazgo de las inercias sinuosas que suelen confundirse con rasgos de estilo, pero, a pesar de todo, lo disfruto tanto que no me imagino haciendo otra cosa en la vida, sobre todo ahora que me voy desprendiendo de tareas accesorias y de la exposición pública que tan fácilmente puede convertir a un escritor en la caricatura de sí mismo, además de quitarle un tiempo que mejor dedicaría a escribir y a leer, y a mirar el mundo con atención y sosiego. Alguien publica algo y vende libros y se pone de moda, y a partir de ese momento se somete a una conspiración colectiva de invitaciones y halagos cuyo propósito es impedirle que vuelva a escribir, o que solo lo haga a toda prisa en un aeropuerto entre dos vuelos o en la habitación de un hotel adonde llegará rendido por el esfuerzo de actuar ante los demás como escritor.

En la lectura no existen esos inconvenientes. Es quizás el único vicio sin castigo, como escribió aquel lector extraordinario, Valery Larbaud, que llevó su maestría en la lectura hasta la hazaña de traducir Ulises al francés. Un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo. La inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal, y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada. El vicio de la lectura es más barato y accesible que cualquier otro, y carece de efectos secundarios, a no ser que uno, de leer tanto, acabe como don Quijote de la Mancha, pasando “las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”, pero mucho peor será siempre dejarse la vida y la vista en el brillo helado de una pantalla.

Escribir tiene sus neurosis y sus desengaños, sus peligros diversos que cubren el arco entre la vanidad y la amargura, entre el delirio de la soberbia y la tristeza de quien claudica, no siempre por falta de talento. El talento sin suerte puede mucho menos de lo que sería justo, y en la literatura y en las artes casi todo lo que más brilla es falso. Lo verdadero, cuando brilla, no es porque lo ilumine el foco voluble de la moda, sino porque irradia su propia luz, en un raro fenómeno parecido a la bioluminiscencia.

En el acto de escribir puede haber amargura: en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad. Yo lo descubrí nada más aprender las primeras letras, y hasta hoy. Leía muy despacio y separando las sílabas un libro escolar que se llamaba el Parvulito, y cuando iba por la calle de la mano de mi madre descifraba con satisfacción precoz los letreros de las tiendas y los nombres de las calles. Llegué muy pronto a los tebeos, que en mi tierra llamábamos Pulgarcitos, y con ellos conocí tempranamente el deleite unas veces ensimismado y otras compartido de leer durante mucho rato, de encontrarme en una fraternidad de lectores como yo y de seres imaginarios. Un niño no sabe que las películas tienen director, y que las historias que tanto le gustan han sido escritas y también dibujadas por alguien. Solo muchos años después hemos descubierto nuestra deuda de gratitud con los historietistas que trabajaban como galeotes para la editorial Bruguera, Ibáñez, Segura, el inmenso Escobar, que introducía un alma anarquista y satírica en sus viñetas de Carpanta y de Zipi y Zape. Y tampoco sabíamos que los autores de las novelillas del oeste, de espías y extraterrestres que comprábamos en los kioscos, aunque firmaban con sonoros nombres americanos,— Edward Goodman, Clark Carrados, Silver Kane, Lou Carrigan— eran veteranos de guerra del bando republicano, expulsados de sus profesiones, salidos de las cárceles, sobreviviendo como podían, anónimos a la fuerza.

Dice Simone Weil que de algunas de nuestras mejores acciones no llegamos a enterarnos, espléndido reverso para los que hacen ostentación de las suyas. Si yo tuviera que hacer una lista de agradecimientos como las que se ponen a veces al final de los libros, no habría páginas suficientes para completarla. Salvo en alguna época universitaria en la que me forcé sin éxito a traspasar espesas arideces teóricas, solo he leído y leo por curiosidad y por placer. Aprender otros idiomas me ha servido para ensanchar el horizonte de las lecturas y para aumentar el placer cuando me ha sido posible leer en su lengua original a algunos autores que ya amaba traducidos a la mía. Hay personas que me dicen que con el paso de los años han ido perdiendo la afición por las novelas, y prefieren ahora la no ficción. Durante un tiempo pensé que empezaba a pasarme eso, pero ha sido lo contrario. Herman Melville, Henry James, Conrad, Pérez Galdós, Flaubert, George Eliot, Charlotte Brontë, Flaubert, Virginia Woolf, Joyce, Proust, Flannery O’Connor, Katherine Mansfield, me gustan más que nunca, a medida que llego o que regreso a ellos. Pero también disfruto más que nunca de la poesía, y de libros de historia, de arqueología, de divulgación científica, de memorias, sin más orden ni más hilo conductor que la satisfacción de la curiosidad y el deleite de lo muy bien escrito. Creo que era Schumann quien decía que, habiendo tanta música buena, no queda tiempo para escuchar música mala. Al cabo de más de 60 años dedicado a ella, no conozco mejor ventana al mundo ni refugio contra el mundo que la lectura. Es una parte de la escondida senda que soñaba Fray Luis de León. Yo tuve la suerte de encontrarla muy pronto.


























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, FEDERALISMO EMOCIONAL. PUBLICADO EL 12/02/2017

 










España tiene un déficit de símbolos pero nunca es tarde para reforzar vínculos sentimentales, escribe en El País (12/02/2017) el historiador Joaquim Coll. La escasa penetración popular del federalismo en España, tras décadas de enconados debates territoriales, dice mucho de su débil fuerza propagandística frente a la enorme carga emocional de los nacionalismos, comienza diciendo. El discurso federal aparece demasiado frío, racionalista, un sesudo asunto solo al alcance de catedráticos de derecho constitucional, y por ello incapaz de ganar la partida a las pasiones identitarias que sacuden la política española. Sin embargo, algunos creemos que podría ser diferente si se articulase con eficacia una narrativa federal que incluyera también los valores, emociones y sentimientos del proyecto común español.

Las razones de ese fracaso son achacables a muchos motivos. De entrada, el federalismo en España es la historia de una malentendido. La cultura política de la derecha lo ha asociado al cantonalismo, la disgregación, a veces incluso a la antesala de la separación. En la izquierda, o por lo menos en una parte de ella, particularmente en Cataluña, se ha tendido a confundir el federalismo con algo parecido a la confederación, invocando incluso en su nombre el falaz derecho a decidir. La reciente interlocutoria del Tribunal Constitucional alemán sobre la imposibilidad de que los Länder celebren referéndums de secesión demuestra el carácter unitario del sistema federal. A diferencia de la confederación, el federalismo es una unión integrada, cohesionada y solidaria. Por un lado, garantiza un autogobierno sustantivo a los entes territoriales, pero también requiere cooperación, es decir, exige implicar y hacer participe a esas unidades federadas de la voluntad general de la federación.

La ciencia política internacional cataloga nuestro modelo autonómico como federal, aunque no se diga así. En cambio, en el debate político español las cosas no parecen tan claras y el vocablo federal suscita inacabables discusiones. Cuanto menos se puede afirmar que el diseño territorial nacido en 1978 reúne la mayoría de los elementos de un Estado federal, como demuestran los sólidos niveles de autogobierno de las autonomías, por encima de la mayoría de las federaciones contemporáneas. Sin embargo, nuestro Estado de las autonomías tiene problemas de coherencia y estabilidad evidentes, como puso de manifiesto el Consejo de Estado en un famoso informe en 2006. No es momento de enumerarlos ni de ahondar en el abanico de soluciones. Está todo dicho en la literatura académica. Ahora solo falta que haya capacidad y voluntad política para encontrar el mejor momento que nos conduzca a votar todos juntos una reforma constitucional hecha desde el consenso.

La ciencia política internacional cataloga nuestro modelo autonómico como federal, aunque no se diga así

Ahora bien, cualquier mejora que se produzca en un sentido federal necesitará dotarse de una narrativa que vaya más allá de un discurso que mezcle lo político con lo jurídico. Si se quiere dar plena coherencia a un fuerte deseo de autogobierno territorial que no ponga en riesgo el principio de unidad, reforzando los espacios de cooperación, la solución se llama federalismo. Para ello es imprescindible que la derecha pierda el miedo a llamar a la cosas por su nombre y asuma que la España federal, bien articulada, es la identidad más útil en la lucha contra los secesionismos. El federalismo no puede ser una propuesta exclusiva de la izquierda.

La mayoría de las grandes democracias se organizan federalmente (Estados Unidos, Canadá, Australia, Suiza o Alemania). El federalismo conjuga bien con principios y valores como unidad, diversidad, solidaridad, responsabilidad, cooperación o lealtad, que permiten a cada grupo ideológico enfatizar lo que le parezca más relevante sin prescindir del resto. Pero el federalismo seguirá fracasando como discurso político en España si pretende construir una comunidad hiperracional. Manuel Arias Maldonado ha explicado brillantemente en Democracia sentimental (2016) el valor de las emociones en la lucha política. El papel de los símbolos es imprescindible, más aún para hacer frente a unos nacionalismos obsesionados en exaltar su identidad.

España tiene un evidente déficit de símbolos y fiestas cívicas, pero nunca es tarde para redefinir y fortalecer elementos que actúen de pegamento sentimental. La mejor prueba de este potencial es que nuestro país es una realidad internacionalmente reconocida por su historia, cultura, gastronomía, geografía o deportes. Falta reelaborar todos estos materiales y proyectarlos con inteligencia en el interior. También la propia diversidad lingüística puede ser una seña de identidad compartida. El orgullo por el carácter plurilingüe de España, sin menoscabo de la lengua común, puede suministrar parte de la emoción que requiere nuestro federalismo.