El político no es un líder de la izquierda por muy poderosos que sean los medios que le dan altavoz, comenta en El País de hoy (13/02/2026) la escritora Najat El Hachmi. Llevamos años asistiendo al extraño fenómeno del surgimiento de fulgurantes estrellas de la izquierda que se extinguen al cabo de poco, consumidas por el resplandor de su propio narcisismo. Si la política tradicional se hacía desde la base de la unión entre ciudadanos con una ideología común, unos principios, un programa y unos objetivos, y de ese proceso nacían líderes que representaban al conjunto de los militantes, en la última década parece que lo primero es salir en los medios, tener notoriedad pública y luego ya si acaso hablamos de la organización colectiva.
Como lo difícil es tener relevancia mediática, en vez de esperar y trabajar para que el político escogido por el partido la vaya adquiriendo con su cargo y su acción, se invierte el proceso y se decide aprovechar el tirón que ya tenga el tertuliano, el tuitero, el opinador o lo que sea y proponerlo para encabezar una lista y así obtener los votos necesarios. Es el mismo proceso que se lleva a cabo cuando a un famoso se le pide que escriba un libro: su tirón facilita mucho la promoción porque no hay que rescatar al “autor” del anonimato. El problema es que en casos como el de Gabriel Rufián no estamos hablando de un futbolista que venda un manojo de páginas insulsas, sino de algo tan serio como es la representación de los ciudadanos, la gestión de lo público, y una estrella del firmamento que aparece continuamente en La Sexta ungido por Ferreras no es un líder de la izquierda por muy poderosos que sean los medios que le dan altavoz. Si el de ERC tiene tanto miedo como dice de la extrema derecha debería tomarse en serio la política y dejar de “hacer como si” tuviera la más remota idea de cómo se le puede plantar cara.
La E de las siglas que representan a Rufián contiene por principio una prevalencia de lo colectivo, lo común y la R de republicana conlleva una idea de fraternidad que no parece muy presente en el proyecto del de Santako. De la C de Cataluña no parece acordarse el sagaz parlamentario, ni de la promesa que hizo en su día de dejar el escaño si no conseguía la independencia en 18 meses. Lo más sorprendente en política es que los que fracasan en sus objetivos, en vez de irse a su casa y buscarse un trabajo de verdad, suelen ser ascendidos. Rufián no consiguió la independencia ni la Alcaldía de Santa Coloma ni ha frenado el avance de la extrema derecha a pesar de que lleva años, bolsillo en mano, flagelando a Abascal desde la tribuna. Ahora se ha decidido emprender una tarea más modesta: unir a la izquierda española.


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