EL LIBRO MILAGROSO
Esta historia la sabe todo el mundo,
se ha contado mil veces:
alguien encuentra un libro milagroso
que obliga a quien lo abre
a vivir
línea a línea
lo que dicen sus páginas,
como si lo que lee fuese una maldición
escrita
en la palma
de su mano.
Su tinta es un veneno en la mirada,
sus hojas,
el tarot de una hechicera,
las alas de una tribu de demonios,
los pétalos
de las flores del mal.
Cualquier cosa que ocurra en él, va a sucederte
—peligros,
aventuras,
conspiraciones,
guerras—
y sólo
quien supere
cada una
de sus trampas
—imaginad espectros,
momias
o un dragón—,
podrá volver a la realidad.
Se me ocurre otra idea: una autobiografía
de la que se pudiera
suprimir
lo que duele
y hacer que nunca haya sucedido.
¿Sabrías responder,
si alguien te preguntara,
qué planes tienes para tu pasado?
Sé que mejorarían mis recuerdos
si borrase
mis huellas
del camino
a la boca del lobo
—ya lo dice Adrienne Rich: no hay nada más sencillo
que despertar al lado de un extraño—
y cambiar, por ejemplo, el haber compartido
todo lo que tenía
con quien después usó su mitad contra mí.
Cuando acabé esa guerra,
parecía
uno de esos soldados que vuelven a sus casas
rotos,
como esculturas
griegas
a un museo;
pero haber caído me hizo ponerme en pie:
no hay
revolución
que no comience
a las puertas de una panadería sin pan.
Ojalá se pudiese
hacer con la memoria lo que con un poema:
corregirla,
quitar las palabras que sobran,
igual que quien devuelve un pez al agua,
como quien rompe en dos una fotografía…
Un verso que se tacha
es lo mismo que un mal recuerdo que se olvida.
BENJAMÍN PRADO (1961)
poeta español


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