jueves, 21 de agosto de 2025

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 21 DE AGOSTO

 






































miércoles, 20 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DE BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 20 DE AGOSTO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 20 de agosto de 2025. Un político debe mirar con un ojo el terreno que pisa, pero con el otro debe atisbar el horizonte, y yo no veo, en Cataluña, España y Europa, un horizonte vivible que no sea federal, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Javier Cercas. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2017, Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, comentaba que venía huyendo del Brexit para caer en Trump, y que no tenía claro cuál era peor. El poema del día, en la tercera, se titula Otra vez la poesía, es del poeta español José Luis López Bretones, y comienza con estos versos: ¿De dónde viene el viento/que nos arrastra a las palabras? Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.











DE LA DERIVA FEDERAL DESEABLE

 







Un político debe mirar con un ojo el terreno que pisa, pero con el otro debe atisbar el horizonte. Yo no veo, en Cataluña, España y Europa, un horizonte vivible que no sea federal, escribe en El País [Salvador Illa y la revolución pendiente, 08/08/2025] Javier Cercas. Transcurrido un año exacto desde su llegada a la presidencia de la Generalitat, comienza diciendo Cercas, salta a la vista que Salvador Illa ha liderado una revolución en Cataluña. Básicamente, esta consiste en tres cosas: primero, en respetar la ley; segundo, en hablar con todo el mundo; y, tercero, en intentar, con mejor o peor fortuna, mejorar la vida de la gente. Pero, Dios santo, dirán ustedes, ¿qué clase de revolución es esa? Pues una revolución en toda regla, al menos en Cataluña, donde durante casi una década los políticos en el poder despreciaron por sistema las leyes, obraron como si más de la mitad de los catalanes no existiéramos y se dedicaron a financiar con dinero público una juerga colectiva que por fortuna solo acabó mal, porque hubiera podido acabar catastróficamente. Dicho esto, no extrañará que algunos, en la izquierda, piensen que Illa está gobernando razonablemente bien porque hace lo contrario que Pedro Sánchez, quien al empezar esta legislatura levantó un muro frente a sus adversarios (mientras que Illa derribó el que sus adversarios habían construido frente a él); tampoco extrañará que haya socialistas que piensen que, cuando llegue el postsanchismo y muchos sanchistas acérrimos de hoy juren y perjuren que siempre fueron acérrimos antisanchistas, Illa podría ser un candidato verosímil a devolver la socialdemocracia populista del PSOE actual a la socialdemocracia a secas del PSOE histórico. No seré yo quien diga lo contrario; tampoco quien niegue los beneficios que, tras casi 50 años de democracia, podría depararnos a todos los españoles la presencia de un catalán en La Moncloa.

Sobra decir que Illa cuenta también con numerosos detractores, desde quienes le recriminan su apoyo —inducido u obligado por los separatistas— a la llamada “financiación singular”, hasta quienes lo tachan de político aburrido. El primer reproche lo entiendo: es imposible que, por muy ambiguo e interpretable que sea el acuerdo firmado con ERC, lo de la financiación singular de uno de los territorios más prósperos nos suene bien a quienes, aunque vivamos en ese territorio y la nueva financiación pueda beneficiarnos, abogamos sin ambages por la igualdad de oportunidades y la solidaridad con los menos favorecidos (es decir, a quienes somos de izquierdas). El segundo reproche es extraño, al menos para mí, que soy un entusiasta de la diversión, pero solo en la literatura, el cine, la música y la vida personal; en política, por el contrario, soy partidario de un aburrimiento feroz, de un tedio escandinavo (o como mínimo suizo): de hecho, yo considero, modestamente, que la tarea del político consiste en proporcionar a los ciudadanos el suficiente aburrimiento público para permitirles vivir, cada uno a su manera, una permanente juerga privada.

Más previsible es la crítica que le hacen a Illa los nacionalistas, o el temor que le expresan: temen que “des-catalanice” o “españolice” Cataluña. Lógico. Durante el último medio siglo, el nacionalismo ha persuadido a muchos catalanes de que la única forma de defender su lengua, su cultura y su identidad estriba en construir un estado propio; es una traducción local de la doctrina implícita en cualquier nacionalismo, y, si no queremos que vuelva a repetirse lo ocurrido en 2017 —de no hacer nada al respecto, cuando vuelvan a darse las circunstancias propicias se repetirá, probablemente corregido y aumentado—, estamos obligados a desmontar esa falacia: hay que convencer a esas personas de que catalanes, españoles y europeos podemos vivir unidos en lo diverso, de que Cataluña, España y Europa garantizarán su derecho a usar su lengua, desarrollar su cultura y tener la identidad que les apetezca, hay que demostrarles que lo que nos une es muchísimo más y más importante que lo que nos separa, que juntos somos fuertes y separados somos débiles, y que es compatible —en Cataluña, España y Europa— la unidad política con la diversidad lingüística, cultural e identitaria. No se trata de españolizar ni de catalanizar a nadie; se trata de que, igual que disponemos de un estado religiosamente laico, en el que podemos practicar la religión que queramos (o ninguna), dispongamos de un estado nacionalmente laico, en el que podamos tener la identidad nacional que queramos (o ninguna); se trata de transformar la purista y excluyente mentalidad nacionalista, de la que todos llevamos dos siglos imbuidos, por una mestiza e incluyente mentalidad federal.

¿Imposible? Platón y Aristóteles ni siquiera podían imaginar una sociedad sin esclavos, y hace cuatro días las mujeres no disfrutaban de los mismos derechos que los hombres. Un político debe mirar con un ojo el terreno que pisa —atender a lo inmediato—, pero con el otro debe atisbar el horizonte. Yo no veo, en Cataluña, España y Europa, un horizonte vivible que no sea federal. Avanzar en serio hacia él, para poder habitarlo cuanto antes, es la revolución que todos —y no solo Illa— tenemos pendiente. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española.





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA MALTRECHA ANGLOSAJONIA OCCIDENTAL. PUBLICADO EL 15/08/2017

 






Vengo huyendo del Brexit para caer en Trump, y no sé cuál es peor. La locura colectiva y la autodestrucción están en el Brexit, que va a perjudicar a Reino Unido. Y en EE UU ocupa el poder un matón narcisista, misógino, indisciplinado y errático, comenta en El País Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford.

"Debe de ser usted inglés, me dice el farmacéutico de Menlo Park, California, cuando menciono al presidente Donald Trump, ¿qué tal si hablamos de cómo van las cosas en su país? A su señora May, la de Downing Street, le están dando bien los burócratas de Bruselas...", comienza escribiendo el profesor Garton Ash.

No tengo más remedio que asentir. Vengo huyendo del Brexit para caer en Trump, y no sé cuál es peor. La principal diferencia es que una es la locura de las cosas y otra de las personas. Theresa May es seca y rígida y no da la talla, pero, en comparación con Trump, parece la Madre Teresa. La locura colectiva y la autodestrucción están en el Brexit, es decir, una cosa. Cada semana hay nuevas pruebas sobre cómo va a perjudicarnos en casi todos los ámbitos y, sobre todo, entre los votantes de la clase obrera y abandonada que prefirieron la salida y que serán los más afectados por la caída, ya visible, de los ingresos reales.

Trump es uno de los pocos personajes mundiales que apoyó el Brexit, pero ahora prefiere dar la mano al presidente francés, Emmanuel Macron, que a la primera ministra británica, y ya no habla sobre las glorias futuras de Reino Unido.

Eso no significa que se haya vuelto más discreto o responsable. En la campaña vimos a un matón narcisista, misógino, indisciplinado y errático. En sus primeros seis meses como presidente, Trump ha hecho honor a todos esos epítetos. Como dijo hace poco su nuevo director de comunicaciones, Anthony Scaramucci [solo estuvo en el cargo 10 días], no vamos a esperar que un hombre de 71 años cambie.

Sigue tuiteando sin parar. Hace poco dijo que la famosa presentadora de la cadena MSNBC Mika Brzezinski estaba “loca” y tenía un bajo cociente intelectual, y contó que se había negado a recibirla en su residencia de Mar-a-Lago porque “sangraba sin cesar del lifting que se había hecho”. El comentarista neoconservador Bill Kristol se sintió obligado a responder. “Querido @realDonaldTrump, es usted un cerdo. Sinceramente, Bill Kristol”. Lo que más me gusta es el “sinceramente”. La reciente entrevista de Trump con el “debilitado” The New York Times revela su mente egocéntrica, superficial, incontinente y enferma. Al preguntarle si va a viajar a Reino Unido, no responde más que: “Ah, sí me lo han pedido”, y luego vuelve a contar su visita a París. Pues vaya con la relación especial tras el Brexit. Después de mencionar que visitó la tumba de Napoleón, dice una frase impagable: “Bueno, Napoleón acabó un poco mal”.

Hace unas semanas se dedicó a criticar a su propio fiscal general, Jeff Sessions, como si este, uno de los primeros políticos que le apoyó, de repente fuera Clinton. Todas las mañanas me despierto pensando: “¿Cómo es posible que este charlatán de pacotilla sea presidente de Estados Unidos?”. Su problema fundamental es de carácter, más que de ideología o de política, si es que tiene alguna idea o política coherente. Ahora hemos llegado al surrealista debate de si el presidente tiene derecho a indultarse a sí mismo.

La locura de una persona a un lado del Atlántico y la locura de una cosa al otro tienen varias semejanzas. El vitriolo verbal no tiene casi precedentes. Washington y Londres, acostumbradas a Gobiernos estables y eficientes, viven hoy una extraordinaria confusión. En el Departamento de Estado no se hacen nombramientos. Scaramucci acusó al jefe de gabinete de Trump de filtrar informaciones. Los ministros del Gobierno británico se contradicen unos a otros en público. En el Támesis y en el Potomac hay más soplos, meteduras de pata y cambios de opinión que en un vodevil.

No es extraño que la canciller alemana diga que el continente europeo ya no puede seguir fiándose de sus aliados del otro lado del Canal y el Atlántico. Rusia y China llegaron encantadas a la cumbre del G-20 en Hamburgo, después de que el China Daily proclamara en su portada que “en medio del proteccionismo estadounidense y el Brexit, China y Alemania se disponen a llevar la iniciativa de la globalización y el libre comercio”.

¿Estamos ante el fin de Occidente? ¿O, al menos, del Occidente anglosajón? He oído decir en varias ocasiones que la coincidencia de Trump y el Brexit anuncia ese declive histórico. El siglo XIX fue el de Gran Bretaña y el siglo XX (al menos, a partir de 1945) fue el de Estados Unidos. El neoliberalismo que dominó ideológicamente el mundo entre la caída de la URSS en 1991 y la crisis financiera de 2008 era un producto típicamente anglosajón, y es lo que provocó el malestar que los populistas han sabido aprovechar. Los que utilizan este argumento lo dicen no sin cierta alegría mal disimulada.

Pero cuidado con lo que desean. Quizá imaginan un siglo XXI posanglosajón, gloriosamente iluminado por Emmanuel Macron y Justin Trudeau. Pero hay más probabilidades de que quien se quede con los despojos sea un Xi Jinping, un Vladímir Putin o un Recep Tayyip Erdogan.

Pero, en realidad, todo esto es parte de la llamada enfermedad del tertuliano. Todavía puede haber otro futuro. El verano pasado pregunté a un distinguido politólogo estadounidense qué le parecería que Trump llegara a la presidencia, y me contestó que sería una prueba muy interesante para el sistema político del país. La semana pasada nos vimos y estuvimos de acuerdo en que, de momento, da la impresión de que el sistema de controles y equilibrios funciona. Los tribunales han bloqueado dos veces la restricción de visados de Trump. Es impensable un desafío a la independencia judicial estadounidense como el que se está planteando en Polonia. La gran tradición de la Primera Enmienda permite a la prensa libre hacer exactamente lo que previeron los fundadores del país. En política exterior hay menos controles, pero un Congreso republicano acaba de aprobar más sanciones a Rusia, Corea del Norte e Irán, y ha hecho que al presidente le sea más difícil levantarlas.

Mientras Trump no emprenda una guerra contra Corea del Norte o cualquier otra locura equivalente, Estados Unidos podrá salir de estos cuatro años de espantosa presidencia con su democracia y su reputación maltrechas pero sin daños irreparables. La democracia británica también está funcionando, con un Parlamento que quizá gane el tiempo necesario para que nos recuperemos de la locura y hagamos un Brexit blando o incluso abandonemos la idea de irnos. Los anglosajones están en horas bajas, en gran parte por sus propias locuras, pero no hay que darlos por muertos todavía. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, OTRA VEZ LA POESÍA, DE JOSÉ LUIS LÓPEZ BRETONES

 







OTRA VEZ LA POESÍA 




¿De dónde viene el viento

que nos arrastra a las palabras?


Cuando pensábamos que todo

estaba ya por fin acomodado en su sentido,

¿qué turbulencia, en medio del mar de nuestra vida,

pretende ahora sumergirnos

en el extenuado hondón de las palabras?


Parece como si nunca hubiésemos reconocido

el viciado metal de esa moneda

que entregamos en rescate a nuestra muerte,

como si no supiéramos que a cada cosa escrita

le aguarda un olvido mayor que nuestros años.


Y sin embargo el estremecimiento permanece,

el combate se reanuda,

el viejo esfuerzo por dominar la vibración del aire

y moldear con el sonido un ídolo

que nos procure en vano algún sosiego.


Allá donde la vida nos reclama

un mínimo espacio para el remordimiento

vuelve a plantar de nuevo

sus desastrosas tiendas la poesía.




JOSÉ LUIS LÓPEZ BRETONES (1966)

poeta español
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MIÉRCOLES, 20 DE AGOSTO DE 2025

 






































martes, 19 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 19 DE AGOSTO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 19 de agosto de 2025. Los discursos sobre la desigualdad, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Sergio del Molino, apenas edulcoran la certeza brutal de que cada día más ciudadanos tienen muy limitados sus derechos. En la segunda, un archivo del blog de agosto de agosto de 2017, el divulgador científico Javier Sampedro, decía que el gran problema de un sistema democrático, no era atender a las mayorías —para eso basta un contable— sino proteger a las minorías. El poema del día, en la tercera, se titula Tus crímenes, es del poeta español Justo Braga, y comienza con estos versos: Tienes ojos de venganza cuando miras/y un azul/en tu mirada inamovible. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DEL RETORNO SOLAPADO DEL ANCIEN RÉGIME

 






Los discursos sobre la desigualdad, escribe en El País Sergio del Molino [Vuelve el Antiguo Régimen, 08/08/2025] apenas edulcoran la certeza brutal de que cada día más ciudadanos tienen muy limitados sus derechos. Aciertan los historiadores cuando nos censuran por comparar el mundo de hoy con el ascenso de los fascismos históricos de la década de 1930, comienza diciendo Del Molino. No porque la comparación sea un síntoma de presentismo, el peor de los vicios para un historiador, sino porque estos años que vivimos evocan más el Antiguo Régimen, con sus pelucas empolvadas, sus dorados versallescos, sus chateaux del Loira y sus despotismos a veces ilustrados, aunque siempre despóticos.

Los fascismos europeos, descontando algún delirio de Mussolini y el capricho de la Kehlsteinhaus de Hitler, fueron austeros incluso en su megalomanía monumental. Tendían al igualitarismo por el uniforme, y su gusto por el gigantismo era de inspiración militar, refractario al lujo y al placer. Las avenidas de la arquitectura nazi y fascista estaban hechas para el desfile, no para el paseo. Por lo demás, ya se sabe que Hitler era vegetariano y que Franco cenaba tortillitas francesas (aunque las orgías de Stalin compensaban estas modestias domésticas). Los tiranos de hoy no son frugales. Se parecen mucho más a la corte de Luis XVI, desparramados y horteras.

Lo vimos en la boda de Jeff Bezos, que se alquiló Venecia entera, y por un poco más, casi se la compra. Los ultrarricos que aúpan a los villanos de hoy —o que los miran con simpatía o, como poco, con indiferencia calculada— forman una aristocracia capaz de someter la libertad de muchos Estados y de conformar el mundo a su capricho. Elon Musk, paradigma de la nueva casta, parece escapado de una novela del marqués de Sade o de una distopía tecnototalitaria de Jodorovsky. Sus modos no se distinguen de los de un señor feudal con derechos absolutos sobre los siervos. Desprecian la noción del bien común y las virtudes republicanas más elementales. Borrachos de poder, solo tienen fe en sí mismos y en su voluntad. Si las elecciones no les permitieran controlar gobiernos, y sus fortunas no avalasen sus delirios, un juez los inhabilitaría y los internaría en una institución adecuada. Pero, como los nobles en Versalles, han aprendido que su capricho es ley. Además, la parte del pueblo que en otras épocas montaba guillotinas en la plaza de la Concordia les jalea y amenaza con cortar la cabeza de los demócratas, señalados como elitistas progres.

La involución va mucho más allá del porcentaje de voto que puedan arañar los partidos ultras en Europa, tanto si les da para gobernar o solo para incordiar. También rebasa los crímenes y razias que pueda cometer Trump en lo que ya difícilmente puede percibirse como una democracia. Incluso supera el genocidio sobre los palestinos en Gaza o la invasión de Ucrania. El cambio es profundo, de estructura, aunque tal vez no sea aún irreversible. Pero ya ha sucedido. Hemos dejado de vivir en un mundo de valores republicanos de igualdad, libertad y fraternidad. Quizá podamos recuperarlos, pero los demócratas, de momento, vamos perdiendo en esta guerra.

Cualquiera puede verlo en su vida cotidiana, y millones lo sufren de manera trágica. Que los centros de las capitales europeas sean guetos de millonarios (sic), a los que solo les faltan un foso con cocodrilos y unas murallas, es la manifestación más general y clara del nuevo sistema de castas que rige. El principio de igualdad —que siempre fue un ideal irrealizable, pero se expresaba como horizonte hacia el que debía marchar una sociedad democrática— está catastróficamente roto. Los discursos sobre la desigualdad de los científicos sociales apenas edulcoran la certeza brutal de que cada día aumentan los ciudadanos que no pueden ejercer de tales porque sus derechos están muy limitados. Su derecho a la sanidad, a la educación, a recibir información veraz, a la vivienda, al trabajo digno e incluso a la representación política están seriamente degradados o imposibilitados. Las medidas sociales de gobiernos progresistas actúan a veces como paliativos, casi siempre insuficientes. Eso los convierte en ciudadanos de segunda clase, en una casta sin poder.

Más grave es la situación de los inmigrantes, verdaderos metecos de esta nueva Atenas que estamos construyendo. Desposeídos de la ciudadanía, trabajan en un régimen casi esclavista para una sociedad en la que no pueden participar de ninguna manera. Son masas invisibles que mantienen todo en funcionamiento, como los antiguos esclavos, sin que nadie repare en ellos más que como argumentos para el odio racial. Los poquísimos casos de éxito que contradicen esta norma se usan para obviar esta realidad y fingir que las democracias europeas aún son ese sueño integrador y ecuménico que un paseo distraído por cualquier ciudad desmiente. Basta ver quién friega las oficinas y quién se sienta en los escritorios para entender el sistema de castas.

No es ciudadano quien no gobierna su destino o una parte importante de él. Campesinos asfixiados a quienes les imponen el precio de sus productos, jóvenes multiempleados que no pueden vivir solos o mujeres maltratadas que no pueden denunciar ni divorciarse porque caerían en la miseria más rotunda son ejemplos que cuestionan la retórica de la democracia. Podrán votar, pero la democracia plena, entendida como conversación entre iguales, es para ellos algo que sucede muy lejos. Tampoco participan de la democracia quienes no leen jamás un periódico y viven sometidos al capricho del algoritmo de TikTok o de Instagram. Excluirse de la discusión política es también una manera de desposeerse de la ciudadanía y convertirse en plebeyo. Aturdido y feliz, pero políticamente desarmado.

Entre los ricos que han ocupado los barrios nobles —que por algo se llaman así—, cunde una idea patrimonial del espacio público que muchas administraciones avalan. Es ejemplar el caso de Madrid, turistificada y privatizada. El urbanismo de este nuevo antiguo régimen beneficia a quien puede pagar la cuenta de un buen restaurante y castiga al jubilado que quiere sentarse en un banco a la sombra o al niño que quiere ir a unos columpios. La concepción democrática del espacio público que regía los Estados de bienestar beneficiaba a ambos, permitiendo una igualdad social que trascendía la desigualdad económica. Pero ahora el rico ya no quiere que los jubilados y los niños le estropeen la plaza, e impone peajes y aduanas para expulsarlos.

Parece una nadería, pero el antiguo régimen empezó a levantarse en las urbanizaciones del extrarradio, en lo que Jorge Dioni llamó la España de las piscinas, y siguió con los ayuntamientos que suprimían las fuentes públicas y daban licencias de terrazas en vez de ampliar los jardines. De aquellas minucias viene la boda de Jeff Bezos, que recupera la Venecia de los duces, tan serenísima como elitista.

El fascismo antiguo nació de un impulso igualitario y se hizo popular precisamente en los barrios obreros donde había calado el ideal socialdemócrata: querían sociedades homogéneas, la felicidad de fundirse en una masa nacional (pese a la paradoja de estar guiados por jefes carismáticos). Las nuevas tiranías se alimentan también del rencor de los nadie, pero nacen del lujo y de una idea patrimonial del mundo, y solo podrá oponerse a ellas una fuerza que se tome en serio la igualdad y la democracia como espacio público para todos. Esa es la razón por la que Trump opera como un rey del siglo XVIII: nadie cree ya en esa igualdad. Nos urge recuperar esa fe y movilizar a quienes la compartimos. Sin ella, pronto seremos siervos de estos nuevos señores. Sergio del Molino es escritor.




















DEL ARCHIVO DEL BLOG. ENTOMOLOGÍA. PUBLICADO EL 19/08/2017

 






El gran problema de un sistema democrático no es atender a las mayorías —para eso basta un contable— sino proteger a las minorías, dice en un reciente artículo de prensa Javier Sampedro (1960), científico español, doctor en genética y biología molecular, e investigador del Centro de Biología Molecular "Severo Ochoa" de Madrid y del Laboratorio de biología molecular del Medical Research Council de Cambridge, que desde 1995 publica artículos de divulgación científica en El País, algunos de ellos recopilados en libros. 
No piensa la masa, piensa el individuo, nos dirán los mejores pensadores y nos negarán las peores masas, señala al comienzo del mismo. Aprendo en la invitación a la lectura Libroterapia, del editor Jordi Nadal, que Ralph Waldo Emerson (1803-1882) fue el poeta del individualismo gringo, y en ese sentido un creador de nuestro mundo. “Emerson captura el ethos del espíritu americano, que es el individualismo”, ha dicho Harold Bloom, maestro de críticos literarios. “Insiste en ti mismo y jamás imites”, dijo Emerson. “El hombre verdaderamente grande es aquel que entre la multitud mantiene con gallardía la independencia de la soledad”, dijo Emerson. “¡Levántate de nuevo, viejo corazón!”, dijo Emerson. Buenos consejos, queridos amigos, aunque sin duda más fáciles de dar que de ejecutar.
Un filósofo muy próximo a la ciencia, Jesús Mosterín, sostiene una ética inspirada en la mecánica estadística. Esta disciplina de la física muestra que la temperatura de un vaso de agua, por ejemplo 30º en estos días de canícula atroz, no es más que el promedio de la agitación de las moléculas de agua que contiene. En el vaso hay moléculas tan estáticas que, si todas fueran como ellas, aquello estaría congelado en un bloque; y otras tan agitadas que, en cuanto pueden, se escapan al aire y se rebautizan como vapor de agua. Pero su promedio da 30º, un concepto estadístico. De modo similar, conceptos como “voluntad popular” no son más que abstracciones de los anhelos, confesables o no, de cada individuo. El gran problema de un sistema democrático no es atender a las mayorías —para eso basta un contable— sino proteger a las minorías. Ahí es donde se ve al político de casta (con perdón), al hombre o la mujer de Estado. Lo demás son contables de visera y brazalete.
La ciencia utiliza a menudo organismos modelo, sistemas en los que investigar lo que no se puede investigar en una persona, salvo que uno sea el doctor Mengele. Los organismos modelo para estudiar la creación de una estructura social no son las ovejas, como pensará algún nihilista, sino las hormigas. Junto a las abejas, son los insectos con un comportamiento colectivo más complejo, y algunos de los sistemas de inteligencia artificial más innovadores se basan de hecho en su comportamiento.
Las nuevas técnicas de edición genómica han permitido ahora a los científicos meter las narices en el mismísimo núcleo del comportamiento social de las hormigas. Y bastan cosas extremadamente simples, como la alteración de un solo gen, para destruirlo por completo. ¿Es posible que nuestro comportamiento social sea también flor de un día? Qué tontería, ¿no?, concluye diciendo el profesor Sampedro. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt