El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
lunes, 3 de febrero de 2025
domingo, 2 de febrero de 2025
De las entradas del blog de hoy domingo, 2 de febrero de 2025
Del síndrome de Ulises
Cada una de las 304 millones de personas migrantes internacionales –incluidos 37,6 millones de refugiados, 6,9 millones de solicitantes de asilo y 167,7 millones de trabajadores migrantes– carga con la herida de la pérdida. Y también llevan consigo la esperanza de construir un futuro prometedor lejos de su tierra, escribe en la revista Ethic [El síndrome de Ulises, 26/02/2025] la investigadora social Ana Mangas.
La migración, un fenómeno tan antiguo como la humanidad, suele ir acompañada de un proceso de duelo. Lejos de ser patológico, este es una respuesta emocional natural ante la pérdida y, con el tiempo, tiende a disminuir en intensidad, facilitando la adaptación a una nueva realidad. El venezolano Glener Morales, profesor de artes escénicas de 49 años, afirma que la migración forzada a España y en solitario «ha sido devastadora»: «Ya son nueve años sin mis afectos, costumbres, amistades, sin mi familia».
Existen contextos migratorios en los que «el estrés y el proceso de duelo son muy intensos», advierte el profesor Joseba Achotegui. En 2002, tras décadas de trabajo en el ámbito de la migración y la salud mental, acuñó el término síndrome de Ulises para describir un cuadro de estrés reactivo asociado a un ]duelo migratorio extremo.
Este síndrome, que no se considera un desorden mental y es diferenciable de patologías como la depresión, se desencadena por factores como «la soledad forzada, el miedo, la indefensión y la falta de oportunidades», explica. Además, se acompaña de una serie de síntomas que van desde tristeza, llanto y ansiedad hasta insomnio, dolores musculares, trastornos digestivos y problemas de memoria, entre otros.
Cuando se le pregunta sobre esta sintomatología, N. M., doctora en Ciencias, de 43 años, originaria de Ucrania, comparte su experiencia. Desde hace dos años vive en Potsdam, Alemania, junto a su hija, con estatus de refugiadas de guerra. Aunque logró asentarse pronto laboral y económicamente, seis meses después de su llegada su estado mental empeoró. «Desarrollé un tic nervioso y decidí acudir a un psicólogo», afirma. Durante el primer año experimentó una fuerte ansiedad, nerviosismo, pensamientos repetitivos e insomnio.
Este patrón es común, explica María Ángeles Plaza, técnica superior de Inclusión para el Servicio Psicológico de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Este tipo de síntomas pueden manifestarse cuando la persona se siente ya segura. «Durante el tránsito migratorio, el sistema nervioso está en alerta y enfocado en la supervivencia. Una vez a salvo, comienza una nueva etapa en la que empiezas a sentir otras necesidades», describe.
El «insomnio es un síntoma bastante característico», señala Jesús Guerra, psicólogo del Programa de Protección Internacional de Movimiento por la Paz (MPDL). Este fue el caso de S. S., un hombre kurdo de 29 años procedente de Turquía. Los primeros meses en España fueron duros: no hablaba el idioma, desconocía la cultura, tuvo que enfrentarse solo a la burocracia. «Tenía ataques de nervios y no podía dormir», recuerda.
Los trámites burocráticos pueden convertirse en «procesos revictimizantes para las personas migrantes», advierte Guerra. Además, no es raro que «se enfrenten a actitudes discriminatorias por parte de la Administración».
Los solicitantes de refugio y asilo suelen verse obligados a tener que narrar una y otra vez, con detalles precisos, las experiencias vividas. Unos procedimientos que podrían aumentar su riesgo de estrés postraumático y dificultaría su recuperación plena, según denuncian varios expertos.
Charnelle, una mujer de 29 años originaria de Benín, sufrió graves episodios de violencia en su país y en Guinea Ecuatorial. Tras llegar a España, espera con sentimientos de «frustración y desprotección» la resolución de su proceso de asilo. Con la asistencia psicológica por parte de CEAR, trabaja para superar las experiencias traumáticas.
Sobre las dificultades de los procesos migratorios, Achotegui señala que, aunque «emigrar nunca ha sido fácil», hoy, «está perseguido». Desde su experiencia, observa que la gran diferencia entre «las migraciones de los años 80 y las actuales radica en tres aspectos: las rupturas familiares, la exclusión social estructural y la criminalización de la migración».
En un contexto en el que la migración es instrumentalizada con fines políticos y ha pasado a ocupar un lugar central en los debates electorales de medio mundo, la urgencia de «rehumanizarla», como defiende Achotegui, parece lejana.
De hecho, la retórica antiinmigración, que cobra cada vez más fuerza, podría estar ya impactando la salud mental de los migrantes en Estados Unidos. Un estudio revela que, en los últimos años, los niveles de estrés y malestar psicológico en esta población han aumentado exponencialmente debido a la creciente hostilidad de estas narrativas en este país.
En Europa, ante el auge de la ultraderecha, N. M. reconoce que en Alemania «hay manifestaciones xenófobas, aunque por ahora son casos aislados». Morales reflexiona sobre cómo los discursos de odio llevan a plantearse preguntas difíciles: «¿Es posible construir una vida en un país donde te perciben como un invasor?».
El duelo migratorio puede variar según diversos factores. No es lo mismo llegar al lugar de destino en avión que atravesar una ruta migratoria peligrosa. Además, la experiencia también se ve influenciada por el género y la edad, ya que ser mujer o menor añade desafíos.
Hoy, se estima que el 48% del número total de inmigrantes internacionales son mujeres. El 57% emigran acompañadas de sus hijos/as o familiares directos y el resto en solitario, según un reciente estudio, que apunta a que suelen partir «de condiciones de vulnerabilidad social y económica». A veces, como en el caso de Charnelle, algunas madres no pueden traer consigo a sus vástagos. Esta separación agrava su duelo.
A esto se suma que el 44% de las mujeres reportaron haber sufrido violencia de género en su país de origen, el 23% en la etapa de tránsito y un 31% ya residiendo en España. El tránsito migratorio suele ser una fase peligrosa para mujeres y niñas a causa de «embarazos, explotación laboral o sexual, dificultad para acceder a servicios de salud sexual y reproductiva, así como a productos menstruales, anticonceptivos y preservativos para prevenir embarazos no deseados o en caso de violencia sexual, el acceso legal al aborto voluntario, la profilaxis de ETS y VIH y la atención prenatal, parto y posparto».
En el caso de los menores, que representan el 13% de los migrantes internacionales, el duelo muestra características particulares. «Aunque son partícipes y protagonistas del proceso migratorio, este suele llevarse a cabo sin considerar su opinión o sin proporcionarles suficiente información sobre las razones», explica Plaza. Como consecuencia, el malestar suele manifestarse a través de «síntomas conductuales, como rabia, enfado, autolesiones, agresividad, trastornos de la alimentación, etcétera».
El duelo migratorio a veces requiere de apoyo psicosocial. Desde la perspectiva de Achotegui, el principal riesgo de no identificar el síndrome de Ulises no radica tanto en el desarrollo de un trastorno psicótico o depresivo, sino en la vulnerabilidad ante adicciones como «vías de escape ante el sufrimiento».
En cuanto al abordaje, existen una dimensión psicológica y otra social, explica Guerra. Desde su labor en MPDL, emplea tres conceptos: normalización, validación y resignificación. Esto implica comprender que lo que se experimenta es una respuesta natural ante una situación extraordinaria, reconocer y validar el sufrimiento, y, finalmente, reconstruir la identidad y la vida. Además, es fundamental «atender los síntomas, buscando herramientas para gestionarlos».
En el plano social, organizaciones como CEAR y MPDL desempeñan un papel crucial en el acompañamiento de personas refugiadas, solicitantes de asilo, etc. Su intervención abarca el acceso a necesidades básicas, el apoyo jurídico-social, el alojamiento en centros de acogida, la enseñanza del idioma, la formación profesional y los espacios de ocio.
Aún falta investigación sobre migración y salud mental, sobre los factores que influyen en el duelo migratorio y también su posible relación con psicopatologías como la depresión o el trastorno de estrés postraumático, según una reciente investigación psiquiátrica.
Las fuentes expertas señalan la necesidad de un sistema de salud mental digno para todos, población autóctona y migrantes. En esta línea, Guerra aboga por enfoques transculturales. «La salud mental se concibe de forma distinta en algunas sociedades no occidentales», explica, lo que hace «imprescindible comprender estas diferencias culturales» para ofrecer una atención adecuada. Otra cuestión es evitar la medicalización del duelo migratorio. En un sistema de salud mental desbordado, se recetan fármacos como solución ante la imposibilidad de ofrecer atención psicológica de calidad.
Por otro lado, los medios de comunicación desempeñan un papel clave en la sensibilización y la lucha contra prejuicios y estereotipos. Y la educación también es fundamental para mejorar la comprensión de las dinámicas migratorias.
En palabras de Morales, lo importante es tratar a «los migrantes como seres humanos, no como estadísticas», brindándoles «apoyo en los procesos burocráticos, el acceso a la salud y su integración en la sociedad».
De lo revolucionario de la verdad
La visión de Trump es la de un tirano que busca un poder sin responsabilidades y exige respeto sin reciprocidad, dice en El País [La verdad es un acto revolucionario, 27/01/2025] la escritora Marta Peirano, y decir la verdad al poder es un acto excepcionalmente raro, pero es aún más raro cuando el poder es abiertamente mezquino y rencoroso, y vive su momento de máxima concentración. Por eso todo el mundo contuvo el aliento cuando Mariann Edgar Budde dijo “ten misericordia de la gente de nuestro país que ahora tiene miedo” durante un oficio religioso tras la toma de posesión de Donald Trump.
La obispa episcopalista habló en la Catedral de Washington de los “niños gays, lesbianas y transgénero en familias demócratas, republicanas e independientes que temen por sus vidas” y de tener misericordia con los extranjeros “porque todos fuimos extranjeros en esta tierra”, delante de los poderosos que doblaron la rodilla y frente al presidente que dice haber sido “salvado por Dios para hacer América grande otra vez”.
Contuvimos la respiración porque sabíamos que el sermón no serviría para transformar al presidente o a su séquito, ni para salvar a aquellos que ha jurado perseguir y expulsar; pero también sabíamos que tendría consecuencias. Decir la verdad al poder es un acto exótico, valiente y revolucionario, porque no solo ilumina la verdad que pronuncia sino que revela el verdadero carácter del poderoso que la recibe. Trump consideró que el sermón le había faltado al respeto y que Budde, la primera mujer en servir como líder espiritual de la Diócesis Episcopal de Washington, debía pedirle perdón.
El respeto es importante para Trump. “A partir de hoy, nuestro país prosperará y será respetado nuevamente en todo el mundo”, dijo en su discurso inaugural. “Seremos la envidia de todas las naciones, y no permitiremos que se aprovechen de nosotros nunca más. (…) Recuperaremos nuestra soberanía. Restauraremos nuestra seguridad. (…) Estados Unidos recuperará su lugar legítimo como la nación más grande, más poderosa y más respetada del mundo, inspirando el asombro y la admiración de todo el mundo”.
Es la visión de un tirano que busca un poder sin responsabilidades y exige respeto sin reciprocidad. Pero es la visión que ha imantado a aquellos que se sienten ninguneados por personas, naciones, partidos, géneros, instituciones, culturas y razas que no han respetado la superioridad y el excepcionalismo blanco, masculino y estadounidense, y quieren ser admirados y envidiados por su poder, fortaleza y éxito a través de la dominación política, económica y territorial de Donald Trump.
Los votantes de Trump se sienten humillados, y viven su poder como antídoto contra la vergüenza, como viene explicando y catalogando en este periódico Máriam Martínez-Bascuñán. Trump se siente respetado cuando agarra a las mujeres por el coño y nadie le dice nada. Cuando cambia los nombres a las personas, amenaza con invadir territorios, recuperar canales y los hombres más poderosos del mundo lo celebran y se arrodillan ante él. Pero se siente humillado cuando la obispa de la catedral de Washington habla de compasión. “Su tono fue desagradable, y no fue convincente ni inteligente”, dijo. “El servicio fue muy aburrido y poco inspirador. ¡Ella y su iglesia deben disculparse!” La verdad es revolucionaria porque revela la verdadera naturaleza del poderoso. Está en su reacción, y no en las palabras de Mariann Edgar Budde.
Cuentan que, cuando Alejandro Magno encontró a Diógenes y le preguntó qué podía hacer por él, el filósofo le dijo que apartarse porque le tapaba la luz del sol. Alejandro entonces dijo: “Si no fuera Alejandro, desearía ser Diógenes”. Y lo dejó tomar el sol.
[ARCHIVO DEL BLOG] Nombrar y definir no son lo mismo. Publicado el 27/01/2018
Buena parte de quienes defienden los anglicismos tecnológicos alegan que cualquier alternativa en español “no significa lo mismo”. Y con ese argumento se sienten satisfechos para seguir adorando al becerro de oro y extender el injusto complejo de inferioridad de los hispanohablantes, escribe en El País de hoy el filólogo Álx Grijelmo.
Creen, por ejemplo, que “audio” no puede desplazar en ningún contexto a podcast, y que “programa” no debe sustituir a software, o que “en directo” pierde mucho frente a “en streaming”. Parten para ello de una premisa según la cual las palabras definen en vez de nombrar. Sin embargo, las palabras nombran; y a fuerza de nombrar algo, les damos una definición. Pero no en todos los casos son una definición.
Si las palabras definieran, un cine de verano tendría que cerrar el primer día del otoño y abrir al día siguiente de terminar la primavera, sin posibilidad de saltarse el plazo porque en ese momento dejaría de ser un cine de verano; un “ascensor” no podría descender; no nos comeríamos un “bollo suizo” fabricado en la panadería de la esquina, y “colgar el teléfono” sólo serviría para los primitivos aparatos de pared, por no añadir que la mesilla de noche debería desaparecer cada mañana.
Muchos términos se crearon o llegaron con una evocación inicial que el uso transformó, y que los hablantes adaptaron a sus necesidades. Pues bien, parece que ese proceso debería prohibirse para las palabras de la tecnología, que de este modo quedarían protegidas desde su nacimiento ante cualquier influencia del sentido común.
Algo así sucede con streaming, que designa en inglés una transferencia digital de datos, audio o vídeo en directo o en diferido, y que en este segundo caso se puede descodificar y reproducir sin necesidad de que se haya completado el proceso de descarga. Streaming no significaba originariamente en inglés “descarga progresiva” o “transmisión por secuencias”, sino que partió del sustantivo stream: “riachuelo”, “arroyo”, “corriente”, “chorro”…; de donde se formó el verbo to stream: “manar”, “derramar”, “dejar correr”. Por eso el dicho to go with the stream significa “ir con la corriente”, que es lo que hacen los defensores de la invasión anglófila. O sea, que van con el streaming. A partir de esos significados de stream relacionados con el agua, se creó en el mundo informático anglosajón la moderna acepción metafórica de streaming como chorro de datos o de información digital.
Los técnicos suelen defender la precisión de sus vocablos, y eso está bien para que se entiendan entre sí; pero no pueden pretender que su léxico inunde los textos destinados a personas que sentirán extraños esos términos, a veces desincentivadores. Así, cuando algo se transmite en directo por Internet se anuncia que se dará “en streaming”. Pero si se ofrece por televisión (incluso si es digital) leeremos la tradicional fórmula en español: “en directo”.
No pasaría nada, sin embargo, si un medio digital comunicase: “Ofreceremos en directo la ceremonia de mañana”. Y si se viera obligado a distinguir entre “en streaming” y “en directo” (aunque la razón técnica le resulte indiferente al usuario), ahí estaría la opción “en flujo”. Pero quien dijese en correcto español “lo transmitiremos en flujo” no podría presumir tanto como si lo hiciera en inglés, y además los sacerdotes de la tecnología y de los complejos le acusarían de amanerado, cursi, antiguo... Vamos, que le caería la del pulpo. Por ir contra la corriente. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
El poema de cada día. Hoy, Evidencia, de Victoriano Crémer
EVIDENCIA
¿El Amor es tan sólo
el labio que le nombra;
una voz en la sangre
extrañamente amiga?
Su musical latido
como en la rosa crece
cósmicamente y se abre
tal un fruto celeste.
¿La Belleza transforma
su sencilla evidencia,
o los ojos persiguen
los perfiles remotos?
No es el día más claro
ni más lúcido el aire
porque la luz se envuelva
o a un dulce sol se rinda.
Claridad que nos viene
del oriente del alma,
cómo invades las cosas
y les das luz y forma…
Insospechadamente
el mundo se resume
y, definido, muestra
su claro ser, su esencia.
Adelanto la frente
a la lluvia y su gozo
me conmueve en un beso
profundo y sosegado.
La redondez del aire,
apenas si nacido
ya proclama su triunfo,
su invasión imprevista.
Y la sorpresa intacta
de la luz. Y la rosa
en el ingenuo alarde
de su perfecta cima…
Mundo fuerte y sencillo
con su pura belleza
cambiante, como el mar
remoto y milagroso.
Volver a los caminos
soñados, como vuelve
el desterrado un día:
con la Patria en el alma.
Virginales, los seres
avanzarán sus manos,
tocarán nuestros labios
y el verbo se hará flor.
Y diremos los nombres
sencillos de las cosas
con la voz de los árboles
y el ritmo de los ríos.
Cantaremos: Amor,
y Noche y Rosa y Viento,
dejando que los astros
y el corazón recreen.
Y gritaremos: Monte
y Mar, Cielo, Esperanza,
como las caracolas,
tristemente lejanos.
Y soñaremos: Vida,
Libertad, Muerte, Deseo,
sin pétalos retóricos
ni palomas cansadas.
Y rezaremos: Dios.
Así, sencillamente.
Como a un buen padre llama
el hijo abandonado.
Victoriano Crémer (1906-2009)
poeta español












































