El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
jueves, 26 de diciembre de 2024
miércoles, 25 de diciembre de 2024
De las entradas del blog de hoy miércoles, 25 de diciembre. ¡Y feliz Navidad a todos los creyentes y todas las personas de buena voluntad!
Dos percepciones de la Navidad
¿Sigue teniendo la Navidad un sentido religioso? La euforia consumista en estas fechas oculta a menudo su dimensión cristiana. Las fiestas se pueden disfrutar como la conmemoración del nacimiento de Jesús o como una celebración colectiva sin significado espiritual; o las dos. A las puertas de la temporada de fiestas navideñas, que en España empieza con el sorteo de la Lotería el 22 de diciembre y termina el día de Reyes, surge la pregunta en torno al sentido de esta celebración, cuya dimensión religiosa parece cada vez más minoritaria para buena parte de la sociedad, en favor del consumo y el disfrute lúdico. ¿Hemos olvidado el sentido espiritual de la Navidad? ¿Es incompatible con la fiesta del consumo? El teólogo Juan José Tamayo defiende que la celebración del nacimiento del hijo de Dios es la memoria “subversiva” de los perdedores de la historia y que merece la pena pensar así la Navidad. Para la escritora Laura Fernández da igual el sentido que le dé cada uno a la fiesta, lo especial de esta época es que la sociedad se pone de acuerdo para fingir, creer en la magia y superar su falta de ilusión del resto del año.
Los “evangelios de la infancia” son un género literario peculiar dentro de los evangelios de Mateo y Lucas, que presentan el nacimiento de Jesús a través de una serie de símbolos, imágenes y figuras, que no son narraciones históricas propiamente dichas, si bien ofrecen algunos datos fiables, escribe en El País [Lo subversivo es celebrar la vida de un niño pobre, 18/12/2024] el teólogo Juan José Tamayo.
En ellos se describe la situación de Palestina sometida al Imperio Romano y gobernada por dictadores a su servicio. Aparecen fenómenos especialmente significativos que rodean el nacimiento de Jesús: una familia “sin abolengo ni pedigrí de clase” (según el biblista Jesús Peláez), que tiene que refugiarse en un establo donde da a luz su madre María, la persecución y el infanticidio de Herodes, la emigración en condiciones de total desprotección, la encarnación de Dios no en una persona perteneciente a la realeza, sino en un niño nacido en una familia empobrecida, el anuncio del mensaje de paz comunicado a los pastores en medio de la violencia impuesta por la pax romana en los territorios ocupados, el revolucionario cántico del Magnificat de María, que invierte los valores: Dios derriba de sus tronos a los poderosos y ensalza los humildes.
La situación tiene similitudes con la actualidad: imperialismos, colonialismos, guerras, violencia contra los niños, las niñas y las mujeres hasta el feminicidio y el infanticidio, brechas de la desigualdad cada vez más profundas, desahucios, personas inmigrantes, refugiadas y desplazadas a quienes se les niegan la ciudadanía y los derechos fundamentales, familias con todos los miembros en paro, genocidio del pueblo de Gaza por el ejército israelí comandado por Netanyahu, nuevo Herodes, con más de 45.000 gazatíes asesinados.
La celebración de la Navidad es hoy ajena a las circunstancias que rodearon el nacimiento de Jesús y mira cínicamente para otro lado. Nada que ver con la situación de pobreza y marginación que rodea al alumbramiento de María. Se fomenta el dispendio, la desmesura, los excesos, el consumismo. No hay conciencia de que las mayorías populares viven una situación de empobrecimiento causado por la injusticia estructural mientras se dispara el gasto. Lejos de dar respuesta solidaria a los verdaderos y más graves problemas que vive la humanidad, los encubre. Lejos de fomentar una conciencia crítica y transformadora en los cristianos y cristianas ante las situaciones de injusticia, tiende a generar una conciencia alienante. Lejos de fomentar la solidaridad y la compasión, adormece las conciencias y es insensible a los sufrimientos de las víctimas.
Diría más, la Navidad se ha convertido en opio del pueblo y comercialización de lo sagrado. En un emblemático artículo de 1921, Walter Benjamin hablaba del cristianismo convertido en capitalismo y de este como religión de culto sin dogmas. Hoy podemos decir que la Navidad ha derivado en mercantilismo y neoliberalismo.
¿Es recuperable el sentido de la primera Navidad cristiana? Creo que sí. Tres son, a mi juicio, los aspectos a recuperar, más allá de su vertiente consumista y asistencial, en la perspectiva de un cristianismo liberador como alternativa. El primero es la humanización de Dios en la persona de Jesús de Nazaret, el “Dios humanísimo” del que habla el teólogo Edward Schillebeeckx, cuyos principales atributos no son la omnipotencia y la trascendencia que no hace pie en la historia, sino la compasión con las víctimas. El segundo es la ubicación de Jesús no en la esfera divina, sino en los márgenes de la sociedad y en el reverso de la historia. Él no posee sangre real, ni tiene madera de héroe, ni pertenece a la casta sacerdotal. Es, como afirma John P. Meier, uno de los principales especialistas en las investigaciones sobre el Jesús histórico, “un judío marginal”: así nació, así vivió y así murió. La celebración de su nacimiento es, por tanto, la memoria “subversiva” de las víctimas y de los perdedores de la historia, no la conmemoración de los éxitos de una megaestrella o de las conquistas de un triunfador. En tercer lugar, en la Navidad hay un despliegue de la fantasía, de la imaginación y del sentido lúdico-festivo, que constituye el contrapunto de un cristianismo que se regodea en la culpa y el dolor al que busca sentido redentor. Conforme a esta lógica, creo que ¡otra Navidad es posible y necesaria!
Dejénme confesarles algo. Me obsesiona, y me fascina, la Navidad, comenta en El País [ Feliz irrealidad: qué más da si no significa nada.18/12/2024] la escritora Laura Fernández. Es la única época del año en la que el mundo —al menos, una parte de él, y una cada vez mayor: la aldea global se abre camino, y la mente única del capitalismo feroz borra todo aquello que no resulte fácilmente mercantilizable, oh, díganme, ¿acaso hay algo que pueda competir con el omnipresente gorro de Papá Noel? ¿O era Santa Claus?— finge creer. ¿En qué? En eso que de forma brutalista, o reduccionista, o, por qué no, simplemente ridícula, llamamos la magia. Pero, ¿qué es la magia? Un relato que cubre a otro —al único otro posible: el de lo real—, y lo suspende, por un momento. Oh, sí, la realidad es una convención, y lo sabemos. Es una convención segura y reconocible, aunque cada vez más intervenida, cada vez más pura interferencia, cada vez más fábrica de mundos burbuja paralelos.
Dejénme confesarles algo más. Ni siquiera hice la comunión, así que jamás supe de dónde venía todo esto. Simplemente, ocurría. Se abría una brecha y un tipo muy concreto de ficción pretendía pasar por realidad. Que mi obsesión, como escritora, sea precisamente esa brecha, es decir, todo aquello que el ser humano, como animal narrativo, como especie escritora, inventa para no tanto dar sentido al sin sentido —¿Por qué tenemos que acabarnos? ¿Qué somos exactamente? ¿Qué hacemos en un planeta en mitad del espacio, dando vueltas a toda velocidad?—, como promoverlo, apuntalarlo, permitirle recordar que, si hemos sido posibles, si lo estamos siendo, todo podría serlo, probablemente tenga que ver con que siempre fui consciente del truco, nunca, en realidad, pude creer, por más que los mismísismos Reyes Magos visitaran una noche mi casa.
Debía de tener cinco años, y era muy consciente —la torpeza de los adultos es enternecedora, descuidadamente cruel— de que los troncos no cagaban regalos —discúlpenme si no están al tanto, pero en Cataluña la ficción navideña retuerce el gesto hasta lo imposible— pese a que quería creer que lo hacían —no pude: los profesores, en el colegio, levantaban la manta que cubría el robusto leño con pipa y barretina con tanto ímpetu, que todo lo que había debajo, quedaba al descubierto—, y de que los Reyes Magos eran gente fatalmente disfrazada. Mis padres, preocupados, contrataron a unos chicos que se dedicaban a ir por el barrio entregando regalos la Noche de Reyes, vestidos de Gaspar, Melchor y Baltasar. No mejoró. Pero fingí que lo hacía. Me pareció divertido. ¿De veras estaba jugando el mundo a ser de mentira? ¿Todo el mundo, a la vez? ¿Por qué?
Intenten pensar por qué estos días les parece que el tiempo pasa de otra forma, que las luces brillan más, o que abandonan a una tristeza más honda, o se pierden en el deseo —también, y sobre todo, material— más desaforado. Hay un barniz. Lo que existe está siendo distorsionado, ritualmente. “It’s that time of year / When the world falls in love”, canta Frank Sinatra en el clásico The Christmas Waltz —”Es esa época del año, en la que el mundo se enamora”—, y ¿no dirían que está en lo cierto? Todo es excesivo —y cada vez más— en Navidad, y lo es porque, de alguna forma, puede serlo. Estamos perdiendo la cabeza porque no podemos no hacerlo. En un mundo tan cada vez más decididamente falto de ilusión —tan precaria, o secamente real—, que esa brecha exista, y siga abriéndose, año tras año, es un milagro.
Sí, la Navidad es cada vez más una versión enloquecida de sí misma. Pero lo es, porque el mundo también. No porque esté mal. Piénsenlo. No se trata de cuánto compramos, o comemos, sino de detenerse, por un momento, a contemplar algo que no existe, pero hemos creado entre todos. No importa cómo de despojado está hoy de significado, de hecho, cuánto más lo esté, mejor, su único sentido debe ser el de la irrealidad, porque de lo que se trata es de creer en cualquier cosa que nos aleje de la realidad durante un tiempo, y fingir que todo está siendo distinto, y tomar, por qué no, conciencia de nuestro poder para alterar el orden, cualquier orden. Dejemos que lo que hemos inventado nos proteja unos días, y no nos preguntemos por qué lo hace. Siempre vamos a necesitar creer que nada tiene por qué acabarse nunca.
[ARCHIVO DEL BLOG] Cosas que uno siente por Navidad. Publicado el 25/12/2015
Si hay algo que me pone de los nervios es la ignorancia pedante trufada de fanatismo. Reconozco que hay mucho gilipollas suelto (lo digo sin ánimo injurioso alguno, sino en el coloquial sentido que da al adjetivo la Real Academia Española) que piensa que los no creyentes en dioses trinos y unos somos seres arreligiosos, carentes de espiritualidad y personas de moral relajada, por no decir amorales absolutos... La verdad es que me da igual lo que piensen los susodichos, pero se equivocan.
Por citar un ejemplo de espiritualidad profunda entre los no creyentes, mencionaría a Simone Weil, la joven filósofa francesa, muerta en 1943 a los 34 años de edad. Quizá la pensadora europea que mejor ha sabido entender la esencia del cristianismo en el siglo XX; un cristianismo que no necesita la existencia de un Dios para convertirse en el centro de la existencia humana, y cuyas raíces se hunden en los mitos más antiguos de la humanidad y del pensamiento filosófico y teológico de la antigua Grecia. O si prefieren otro, quizá más accesible, el del también francés Albert Camus y su humanismo cristiano sin Dios.
A mi el mito cristiano de la Navidad me parece bellísimo, y lo sigo celebrando cada año con mi familia, con mis hijas y mis nietos, y perdónenme la irreverencia si alguien se siente ofendido, con mis gatos, que también son animalitos de Dios. Y todo ello, con independencia de que el mito no se sostenga en realidad alguna, y que tenga precedentes claros en otros mitos mucho más antiguos como los de Isis, en el antiguo Egipto, o el del dios Mitra (también nacido en una cueva, de madre virgen, un 25 de diciembre, y adorado por magos y pastores que le traen regalos un 6 de enero). Líquido, blanco y en botella... Vale: pues sí, leche.
Los mitos son una forma de pensar el mundo. Lo dijo el antropólogo francés, (¡vaya por Dios, hoy va todo de franceses!) Claude Lévi-Strauss en un erudito y bellísimo libro del que ya he hablado en ocasiones anteriores en el blog: Mitológicas. Lo crudo y lo cocido, mitos que construyen una explicación total del mundo en toda su riqueza, y en los que toda realidad -física, biológica y espiritual- está determinada por ellos y en ellos.
El escritor castellano-leonés Gustavo Martín Garzo publicaba hace unos años en El País por estas mismas fechas un entrañable artículo titulado El buey y los ángeles, rememorando las navidades de su infancia. Como a él, a mí también me resulta imposible desprenderme de esas figuras maltrechas por los años, los hijos, los nietos y los gatos, que configuran nuestro Belén en el mejor rincón de nuestro hogar; celebración anual de la Navidad, tan Navidad como la de los creyentes, y con la misma fe y esperanza en un mundo, aquí, ahora y en el futuro, mucho mejor que el que nosotros heredamos de nuestros padres. Y todo sin dejar de reconocer que no es más que un mito, pero un mito central, junto a la herencia cultural greco-latina, para poder comprender lo que es y significa Occidente y su forma de pensar.
Y no sé si fiel a una tradición que desconozco o simple fruto del azar, me encuentro de nuevo hace unos días, en el mismo periódico, otro hermoso artículo de Gustavo Martín Garzo titulado El papagayo verde, que habla de compasión, silencios, bondad con los desconocidos, y el peso del mundo y la realidad, quizá influido una vez más por los sentimientos a que nos hace proclives la Navidad. Lo hace tomando como excusa el proceso de redacción de la novela Un corazón simple, de Gustave Flaubert. Una novela corta, nos cuenta Martín Garzo, para escribir la cual Flaubert necesitó cinco meses intensivos de trabajo. "¿No le parece que nuestros amigos se preocupan poco de la Belleza. Y sin embargo es en el mundo lo único importante?", le cuenta Flaubert por carta a su amigo Turguéniev sobre sus dificultades para terminarla. Y es que, como bien dice Martín Garzo en su artículo citado "el arte no habla de lo que tenemos sino de lo que nos falta, ofreciéndonos una segunda vida".
Un corazón simple, nos cuenta Martín Garzo, habla de ese mundo de la pequeña burguesía rural que Flaubert conocía como la palma de su mano y que ya había retratado magistralmente en Madame Bovary. Su protagonista, sigue contándonos, es Félicité, una abnegada mujer que vive a la sombra de su señora, cuidando a sus hijos y ocupándose de las tareas de la casa. Flaubert se detiene con puntilloso realismo en los pormenores de esa vida insignificante y nos habla de sus pesares y pequeñas alegrías, y de los seres que van pasando por su vida: un novio poco delicado, los hijos de su ama, un sobrino, un anciano al que cuida en su enfermedad. Unos mueren, otros se van de su lado o sencillamente la olvidan, y Félicité se queda sola. Casi es una anciana cuando una familia de indianos se muda a la casa vecina. Ella vive pendiente de sus conversaciones animadas, de su afición a la música, de sus vestidos alegres. Tienen un loro, que se llama Loulou. Lo han traído de sus lejanas tierras y a Félicité le fascinan sus colores tan vivos, su voracidad, sus gritos desdeñosos, su mirada desafiante. Pero los indianos no se adaptan bien ni a los inviernos ni al rigor de las costumbres de la comarca, y deciden regresar a sus tierras. Y como el loro es un estorbo para ese viaje se lo regalan a Félicité. Su vida cambia desde entonces, ya que el loro se transforma en su única compañía. A tal punto se obsesiona con él que, cuando muere, Félicité manda disecarle y le construye en su propio cuarto un pequeño altar que se convierte en el centro más secreto de sus fantasías.
Y para colmar el vaso de las cosas que uno siente por Navidad, hoy mismo, una buena amiga a la que no veo hace muchos años pero con la que guardo una entrañable complicidad epistolar, me pregunta con íntimo desasosiego como es posible celebrar en paz con uno mismo estas fiestas entrañables cuando miles de seres humanos, refugiados de las crisis humanitarias que asolan Oriente Medio y África del Norte, caminan sin rumbo ni futuro por estas cristianas tierras de Europa, que les rechaza y les teme a la vez. "Es necesario algo más que buenos pensamientos por esta gente...", me dice al final de su carta. Y no sé qué contestarle, porque no tengo respuesta alguna. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. Y ¡Feliz Año Nuevo! HArendt
Del poema de cada día. Hoy, Nochebuena, de Amado Nervo
NOCHEBUENA
Pastores y pastoras,
abierto está el edén.
¿No oís voces sonoras?
Jesús nació en Belén.
La luz del cielo baja,
el Cristo nació ya,
y en un nido de paja
cual pajarillo está.
El niño está friolento.
¡Oh noble buey,
arropa con tu aliento
al Niño Rey!
Los cantos y los vuelos
invaden la extensión,
y están de fiesta cielos
y tierra… y corazón.
Resuenan voces puras
que cantan en tropel:
Hosanna en las alturas
al Justo de Israel!
¡Pastores, en bandada
venid, venid,
a ver la anunciada
Flor de David!…
Amado Nervo (1870-1919)
poeta mexicano
martes, 24 de diciembre de 2024
¡Feliz Navidad! ¡Feliz Año Nuevo!
De las entradas del blog de hoy martes, 24 de diciembre de 2024
De la abstención como opción electoral
“Desafección” tendría que haber sido la palabra de Fundéu para el año 2013, aunque lo fuera “escrache”. La desafección eran ciudadanos en la abstención, fundamentalmente de la generación de la democracia, que el bipartidismo dejó de representar por diferentes epifanías, entre ellas, los decretos de mayo del 2010 de nuestro Jimmy Carter particular, José Luis Rodríguez Zapatero, o la subida de impuestos de julio del 2012 del samurái que meditaba en Sanxenxo, Mariano Rajoy. Desafectos al bipartidismo engrosando la abstención, en un país sin un proyecto de convivencia definido y sólido entonces. La abstención, como ahora, comenzaba a ser la principal opción en lo electoral, a la espera de que alguien representara a la nueva mayoría asegurándoles “un lugar en el mundo”. Lo escribe en La Vanguardia [Abstención, plataforma de malestar, 16/12/2024] el consultor político Iván Redondo.
Aquello no debería haber pillado por sorpresa a nadie, ya estaba en los datos. Pero la industria política de la actualidad se confundió por el silencio electoral. Tanto es así que no se vio que el apoyo popular que recibían, por ejemplo, el PP y el PSOE en términos absolutos en aquel año era realmente ridículo, con tasas de fidelidad del 40%, lo que proyectaba, por ejemplo, que IU, por posiciones relativas, obtuviera en el CIS del 2013 más diputados, 33, que Sumar, 31, el pasado 23-J con 700.000 votos menos. La abstención lo distorsionó todo y despistó a muchos.
En este nuevo silencio electoral estamos en las mismas. Hoy por hoy, si nos fijamos en la Comunitat Valenciana, en shock político, electoral, económico y social tras la dana, observamos que la tasa de participación que estima la diversa matemática política publicada baja considerablemente, cerca de 10 puntos, con respecto a las autonómicas del 28-M. Nos indica también que son muchos los ciudadanos que no se sienten representados con respecto a hace solo un año, así como un reparto de culpas claro por la desastrosa gestión de las riadas a PP y PSOE, por este orden. Pero hay más: suben con claridad Compromís y Vox, dejando claro que el bipartidismo seguirá siendo una cosa del pasado. Hoy el viejo bipartidismo allí solo organizaría a la mitad de los votantes más mayores, mientras que, dentro de cada bloque, Vox y Compromís, estarían a menos de tres puntos de socialistas y populares. Una abstención alta como plataforma de malestar.
Ese crecimiento de los partidos alternativos de cada bloque nos sitúa asimismo en un escenario similar al de las autonómicas del 2015, pero muy diferente con 222 muertos. Si hablamos de malestar, la derecha autoritaria lo capitaliza mejor que nadie, porque lava más blanco. De la misma manera que a Compromís están regresando los electores que ya estuvieron hace casi 10 años con Mónica Oltra y que hoy se sienten decepcionados por la respuesta del Gobierno central. Los plurinacionales están regresando a casa, por tanto, mientras que los conservadores autoritarios quieren votar a los genuinos autoritarios.
En València han cambiado muchas cosas. No se trata de un calentón ciudadano. Más allá de la disputa en los medios y las redes sociales, la abstención y el malestar creciente con la política como principal problema otra vez, nos explica que hay un gran iceberg, algo todavía no medido debajo de la línea del agua, muy poderoso que se desplaza tras la dana hacia toda España. Como dijimos en el Foro Vanguardia en abril del 2023, la Comunitat Valenciana te garantiza pie y medio en la Moncloa. Eso es mucho, si bien no son los dos. Ahí están los cuatro votos que le faltaron a Alberto Núñez Feijóo . Pero a la Comunitat hay que tomársela tan en serio como a Euskadi, Catalunya o Andalucía. Debieran saltar por ello todas las alarmas.
Esto no va ya de Mitterrand o Chirac jugando tácticamente con el Frente Nacional para debilitar a su oponente liberal. La demanda autoritaria ya está formando mayorías en España como en el resto del sistema mundo. En el 2016 fue la nueva derecha radical, el Brexit y la primera victoria de Trump . Entonces lo explicábamos por la injerencia rusa o la desinformación. Hoy lo vemos más claro si aceptamos como palabra del año 2024 “derecha autoritaria”, conscientes de que la del año 2025 podría ser “reemplazo”. Tiene todas las papeletas. Cuando el PSOE deje de referirse técnicamente a Vox como ultraderecha (mensaje interno a la izquierda) y le llame derecha autoritaria (mensaje externo) que ha venido a sustituir al PP, se entenderá todo mejor. A veces la abstención dice cosas.
El PSOE es el mínimo común denominador desde el 2017 de la mayoría periférica, transversal y plurinacional y solo vencerá unas municipales y autonómicas si el PP se descalabra en favor de Vox, y aún así la derecha tendría serias posibilidades. Su única opción de ganar y gobernar es que las mayorías de izquierda y plurinacionales vuelvan a ser operativas, con una gran participación activa suya en lo ideológico, como en el 2019. Pero para ello Pedro Sánchez, como ya es Salvador Illa, debe ser líder plurinacional. No serlo fue el gran error del 28-M.
Los globos sonda de anticipar elecciones autonómicas en Baleares o Castilla y León son incomprensibles, porque desnudan al PP estratégicamente, ya que no hay números para ninguna mayoría absoluta sin Vox. Ni tendrá lugar la gran transferencia PSOE-PP, ni Vox se vendrá abajo. Romper, por tanto, el silencio electoral tendría un alto precio. Sería algo así como lo de Monterroso: cuando despertó, el dinosaurio continuaba allí, pero lo que no sabremos es quién será el dinosaurio. Tanto Mañueco 2022 como Mas 2012 saben mucho de esto.
[ARCHIVO DEL BLOG] Saberes. Publicado el 01/06/2020
Del poema de cada día. Hoy, A un olmo seco, de Antonio Machado (1875-1939)
A UN OLMO SECO
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
Antonio Machado (1875-1939)
poeta español









































