El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 24 de diciembre de 2024
lunes, 23 de diciembre de 2024
De las entradas del blog de hoy lunes, 23 de diciembre de 2024
De la Navidad en familia
Para mí, la Navidad era mi abuela. Todos los años viajábamos desde Madrid hasta su aldea y nos apiñábamos ruidosamente en torno a su cocina económica de hierro fundido, hurgando crustáceos, desmembrando cajas torácicas y amontonando patatas asadas con ramos de grelos, coliflor y repollo cubiertos de una ajada fragante de pimentón dulce, dice en El País [Manual de sincronía navideñas, 16/12/2024] la escritora Marta Peirano. Había que estar en la cocina porque la casa era tan fría que, cuando ibas al baño, el aliento se transformaba en niebla por condensación. Cuando me tocaba bajar por agua a la fuente, se me congelaban los mocos dentro de la nariz. Cualquiera de las otras casas de la familia habrían sido más cómodas. A nadie se le ocurrió nunca celebrarla en ningún otro lugar.
Los platos eran siempre los mismos. La magia de la Navidad está en la repetición. Mi abuela vigilaba el caldo y cortaba a grandes rebanadas el bollo del pan, que era grande y redondo, de miga esponjosa y alveolada. Yo metía la nariz en sus grandes agujeros para aspirar el fuerte olor ácido de su masa madre y peleaba con mi madre por las esquinas con más superficie de corteza crujiente. Mi tío asaba chorizos en la cocina vieja y mi padre, uruguayo irredento, preparaba chimichurri y clericó, mezclando frutas frescas con espumante barato. Mi madre cortaba turrones y repartía falsas almendras hechas de oblea y rellenas de mazapán, comiéndose una de cada tres. Mi tía traía la rosca trenzada del panadero, descendiente probable de la challah de Rosh Hashaná, hecha con huevo y condimentada con fruta escarchada. Su olor a huevo dulce y agua de azahar es mi magdalena de Proust. Soy incapaz de tenerla delante sin comer hasta ponerme enferma.
Cada año se contaban las mismas anécdotas. La misma historia tonta de cuando me escapaba al monte con mi bisabuelo y él se quedaba dormido, dejándome sola entre los árboles, persiguiendo hormigas con un zapato en la mano. O cuando mi tío volvió de hacer la mili en Suiza con unas grandes patillas, pantalones de campana y un paquete de cigarrillos con los que yo, a los cinco años, decidí aprender a fumar. Ese año caí víctima de una obsesión con Pedrito Fernández que me hacía cantar a gritos La de la mochila azul con la voz rota de pena. Hoy me he dado cuenta de que fue la primera y última vez que se cantaron canciones en mi casa. Hace cinco años murió mi abuela, y en mi familia se acabó la Navidad.
Ayer comí en casa de un amigo al que conozco poco pero al que ya quiero mucho. Me contó que su familia es un clan inseparable de cuarenta y cuatro personas cuyo centro es su abuela, pero que el verdadero pegamento es su costumbre de cocinar juntos y de cantar canciones después de comer. Que tiene todo el sentido porque, cuando cantamos, bailamos o rezamos con otros, inhalamos el mismo aire que ellos han respirado, intercambiando microbiota y coordinando nuestra respiración. Nuestro sistema nervioso se expande y se enmadeja con el del resto, sincronizando nuestro ritmo cardíaco. La sincronía es la clave de todos los rituales colectivos. Por eso no es lo mismo hablar por teléfono que dejarse mensajes de audio, y nunca podremos replicar los encuentros familiares, ni por realidad virtual ni por Zoom.
Mi abuela no cantaba en casa pero lo hacía en la iglesia desde pequeña, con una voz de soprano que yo reconocía entre todas las demás. Creo que ella fue la Navidad para mucha más gente. Después de cocinar, comer y cantar con sus amigos, hijas, hermanos y primos en su casa, creo que mi nuevo amigo también.
[ARCHIVO DEL BLOG] Dos españoles de bien. Publicado el 24/02/2019
El poema de cada día. Hoy, Quebrada luz, de Manuel Rico (1958)
QUEBRADA LUZ
Un hombre avanza contra el cielo. Observa
la luz que tiñe el horizonte. Tiene
su moribunda claridad el tono
cárdeno o gris de todos los inviernos.
En esa luz de muerte un niño tiembla.
Y un joven conocido se dibuja
más acá de las nubes, mancha el aire.
Tiene miedo a las sombras.
Huele a musgo y a niebla y a hojarasca.
Él bien sabe que en la ciega trastienda
de la luz, en la noche que amenaza,
encontrará un refugio para el sueño.
Y soñará la luz que ha claudicado.
Y en la turbia conciencia de las sombras
verá crecer cuanto veló el olvido
regresando a la casa de otros días.
Volverán los sabores que hace tiempo
buscaron el amparo de la nada
y pasillos antiguos, mal tapiados,
recibirán de nuevo al visitante.
Será luz la palabra, solo ella
salvará la memoria. Y ese incendio
dará luz a las cosas que no existen:
un mundo sorprendido por la llama.
Manuel Rico (1958)
poeta español
domingo, 22 de diciembre de 2024
De la Navidad de una creyente. Especial 1 de hoy domingo, 22 de diciembre de 2024
Mi hijo mayor tuvo esta semana su primera duda teológica. Dando un paseo nos encontramos con varias ventanas decoradas con estandartes del niño Jesús que le llamaron la atención, así que le recordé que estaban ahí porque en Navidad celebramos que Dios ha nacido. Sin soltarme la mano y desde abajo ―ojalá se pudieran guardar esas miradas―, frunció el ceño y me respondió que no, que Dios no había nacido. Que quien había nacido era Jesús, comenta en El País [Nuestro Dios anduvo en pañales, 21/12/2024] la escritora Ana Iris Simón.
Tenía dos opciones: intentar explicarle la Santísima Trinidad a un niño de tres años o pasar por alto lo que acababa de ocurrir y decirle “¡mira, un perro con abrigo!”, táctica que utilizo cuando no me conviene el cariz que está tomando alguna situación. Opté por la primera y, como bien pude, le expliqué que Jesús era el hijo de Dios y Dios encarnado, pero él seguía poniendo pegas. Su argumento final fue que Cristo no podía ser Dios porque era un bebé, y comprendí que el germen de su arrianismo igual no era la incomprensión de la Santísima Trinidad sino que Dios pudiera andar por ahí en pañales. Para mi hijo, que le cuenta a todo el que se preste a escucharle que él ya va al colegio y que su seño se llama Nerea, los bebés son el escalón más bajo de la sociedad, así que, ¿cómo iba a ser Dios uno de ellos?
Esa misma tarde leí una columna de Sergio C. Fanjul en la que exponía dos cuestiones: cómo el capitalismo ha fagocitado el sentido de la Navidad y las consecuencias de la secularización en las generaciones más jóvenes. “Nunca imaginé que iba a requerir tanto esfuerzo que mi hija conociese la antes ubicua figura de Cristo. Más bien pensaba que tendría que protegerla del adoctrinamiento”, confesaba, en la línea de otro artículo en el que Sergio del Molino contaba: “Nunca pensé que me fuera a preocupar algo así, pero sin una cierta familiaridad con el catolicismo (...) casi toda la cultura occidental se vuelve incomprensible”. Cabe preguntarles qué solución proponen. Si es la del laicismo ―relegar la educación religiosa al ámbito privado―, la brecha cultural entre clases se acrecentará, pues, en una sociedad secularizada como la nuestra, sólo los hijos de las clases ilustradas acabarán sabiendo decodificar su propia cultura.
Pero, volviendo a la columna navideña de Fanjul, en ella no daba el paso de relacionar la propuesta económica del liberalismo ―el hedonismo consumista― con la antropológica ―la muerte de Dios, el laicismo, el desencantamiento del mundo―. No sólo los mercaderes han expulsado a Cristo de su cumpleaños; también lo han hecho quienes se empeñan en borrar su nombre y su huella, los de los belenes laicos y el felices fiestas en nombre de la inclusión, que no parecen plantearse que para integrar a alguien a una cultura antes hay que tenerla.
Fanjul no tiene fe, pero eso no le impide entristecerse al observar que casi nadie se acuerda de Cristo en Navidad. Y yo, que no es que empezara a creer en Dios sino a dejar de negar su existencia hace unos años, tengo que decirle que no se preocupe. Que no somos pocos los que, como canta Pablo Martínez, estos días celebramos ese escándalo para los poderosos que es que Dios anduviera en pañales. Que no naciera en un palacio lleno de oro sino en un pesebre. Que se presentara ante nosotros sin cetro, con la fragilidad y la ternura de un recién nacido, señalándonos así el camino. No somos pocos y he de confesarles, aunque los datos me contradigan, que creo que cada día seremos más. Porque es del frío de donde surge la necesidad de una lumbre. Feliz Navidad.
De las entradas del blog de hoy domingo, 22 de diciembre de 2024
Del modelo sanitario de la derecha
Un detalle me llamó la atención al leer las circunstancias en que fue detenido el asesino del consejero delegado de UnitedHealthcare, en un McDonald’s de las afueras de Altoona, en el Estado de Pensilvania, comenta en El País [Una tragedia americana, 14/12/2024] el escritor y académico de la RAE Antonio Muñoz Molina. Digo las afueras, pero tratándose de Estados Unidos es un término inútil: en la mayor parte de las ciudades no hay un centro amplio y coherente en torno al cual se hayan extendido. There is no there there, decía Gertrude Stein refiriéndose a Los Ángeles. Allí no hay un allí. Todo es una periferia expansiva, espacios repetidos y como prefabricados a lo largo de nudos de carreteras y autopistas, con la presencia permanente de los restaurantes de comida rápida, los drive-through que le permiten a uno comprarse su hamburguesa o su cubo de pollo refrito o su taco o pizza sin bajarse del coche, iluminados y en funcionamiento las 24 horas del día, brillando como fanales en la distancia hasta en lo más desierto de la noche. En uno de esos McDonald’s alguien reconoció al sospechoso. Es una imagen exactamente americana: uno de esos clientes solitarios de los McDonald’s o los Starbucks, aunque también se les ve en las bibliotecas públicas, enclaustrado y aislado del mundo bajo una capucha, a mil kilómetros de quien tienen al lado, con un portátil delante, muy inclinado sobre él, muchas veces comiendo con distracción y avidez, escarbando la comida en un cuenco desechable con un tenedor de plástico, o con los dedos, una comida que llena el aire de un olor muy fuerte a grasa frita enfriada.
Hay crímenes que son el retrato de un país. Alguien en el McDonald’s alertó a uno de los empleados, que avisó de inmediato a la policía. Lo que llamó mi atención fue un detalle como de pasada: ese empleado de McDonald’s era “de avanzada edad”. Y me vino el recuerdo de un viaje en coche hace más de 30 años, por el Estado de Pensilvania, a través de montes boscosos en la grisura del invierno, cruzando paisajes de ruinas industriales ganadas por el óxido y la maleza, parques de viejas caravanas dispersas entre los árboles o agrupadas en claros de bosque, rodeadas de basura y desechos. Llevábamos horas viajando y buscábamos algún sitio donde parar a comer algo, pero era domingo y en los pueblos más o menos habitados por los que pasábamos había iglesias abiertas de par en par, pero ningún restaurante o diner que no las tuviera cerradas. Ya hambrientos y con más horas de carretera por delante, nos resignamos a comer en un McDonald’s. Parecía más grande porque no había nadie más que nosotros. Todos los empleados, con sus gorritas y mandiles adornados con el logo risueño de la compañía, eran ancianos. Llevaba con manos artríticas y ligeramente temblorosas los vasos enormes de Coca-Cola. Algunos arrastraban los pies mientras barrían el suelo o recogían bandejas con desperdicios. El profesor que me acompañaba me explicó que con el hundimiento de la industria del acero en toda la región habían desaparecido los empleos seguros, y que muchas pensiones eran tan escasas que los jubilados se veían forzados a ocupar los trabajos peores, en cadenas de comida basura o supermercados. Ahora muchos de esos viejos trabajan en almacenes gigantes de Amazon, y tienen que llevar pañales, porque el algoritmo que vigila su rendimiento cuenta las veces que van al baño y el tiempo que pasan allí.
Teóricamente, esos viejos, como todos los mayores de 65 años, tienen derecho a la cobertura sanitaria del programa Medicare, que fue una de las grandes conquistas de los gobiernos demócratas de los años sesenta. Pero en vez de un sistema público de asistencia directa universal, como los que rigen en Europa, lo que hay en Estados Unidos en un monopolio de las compañías de seguros, que son las que canalizan como intermediarias los servicios médicos. Lo que se llama libre empresa suele ser el acaparamiento del dinero público en beneficio de quienes tienen todo el poder necesario para adaptar las leyes a sus intereses y comprar a los encargados de administrarlas. El Gobierno de Estados Unidos paga a las aseguradoras una tarifa plana por cada posible beneficiario de Medicare. Cuantos más pagos y servicios las empresas escatimen a los enfermos, mayor será el margen de beneficio. Es el mismo principio de despiadada rentabilidad que usan las empresas concesionarias de las prisiones privadas, que han multiplicado su valor en Bolsa desde el triunfo de Trump, previendo la oportunidad de negocio de los millones de inmigrantes irregulares que serán detenidos para su deportación. Cuantos más presos haya, y más condenas largas, y más se pueda ahorrar en su alimentación y su salud, mejor será la cuenta de resultados.
La pobreza, la enfermedad y la exasperación son minas de oro más rentables que las minas de litio y de coltán y que los yacimientos de petróleo. Me he entretenido en buscar la página web de UnitedHealthcare y está llena de imágenes de familias jóvenes adecuadamente polirraciales y felices, y de parejas de esos jubilados saludables que también abundan en los anuncios de los bancos y de las agencias de viajes. ”Somos una compañía de servicios de salud y bienestar que tiene como misión ayudar a la gente a vivir vidas más saludables”. En 2023, UnitedHealthcare tuvo unos ingresos de 281.000 millones de dólares, extraídos principalmente del sufrimiento y la angustia de 50 millones de personas. Brian Thompson, el jefe ejecutivo asesinado, había logrado, en solo los últimos cuatro años, subir los beneficios netos de la compañía de 12.000 a 16.000 millones de dólares. Algo tendrá que ver esa prosperidad con el dato de que UnitedHealthcare posee el récord de reclamaciones de pagos de pacientes rechazadas. A las legiones de abogados especialistas en denegar o retrasar indefinidamente compensaciones legítimas o servicios sanitarios de vida o muerte se unen ahora los algoritmos que cumplen con mucha más eficacia y ahorro esa tarea. Las historias de enfermedades, operaciones y seguros en Estados Unidos son historias de terror. Un hombre se rompe una pierna, lo operan, pasa cuatro días en el hospital, luego 11 en una residencia, porque aún no puede moverse. Al quinto día, el seguro ya se le ha agotado y lo echan del hospital, y muere cuatro días después en un albergue de indigentes. Otra compañía de nombre ensoñador, Anthem Blue Cross Blue Shield, se ha hecho célebre por un algoritmo que determina el tiempo máximo de anestesia en una operación que queda cubierto por el seguro. En Nueva York, en los barrios más pobres, se ven con frecuencia personas con un pie amputado: padecen diabetes B, la causada por una alimentación insalubre, y si les hubieran curado a tiempo las llagas que por culpa de esa enfermedad se forman en la planta del pie, habrían podido conservarlo. Pero una cura preventiva deja mucho menos margen de beneficio a la aseguradora que una amputación.
Esa es la sanidad en manos privadas. No hay anuncios más poéticos en la televisión de Estados Unidos que los de las corporaciones de servicios de salud: niños y niñas de piel oscura o de ojos rasgados flotando a cámara lenta, abuelos y abuelas entrañables de pelo blanco luminoso, agitados por la brisa del mar, descalzos por la orilla, con los pantalones remangados. Ese tipo de anuncios abunda cada vez más en España, al calor del perverso deterioro de la sanidad pública que alientan grandes defensores de la libertad como Isabel Díaz Ayuso y los grupos de presión que actúan a su sombra. No sé si nos damos cuenta plenamente de lo que está en juego. No quiero que en mi país haya gente que sufra y muera para que se enriquezcan más lo que ya lo tienen todo. No quiero ver a abuelos o abuelas españoles sirviendo en un McDonald’s.
ARCHIVO DEL BLOG] Jurisdicción Universal: ¿Requiescat in pace? Publicado el 26/06/2009
Por parte del PP, un partido meapilas y reaccionario, me parece normal la decisión; por parte del PSOE, al que comienzan a sobrarle muchas letras de sus siglas, no le encuentro ninguna justificación. Allá ellos. Supongo que es una forma como otra cualquiera, aunque chapucera, de quitarse de encima los problemas diplomáticos que unos cuantos jueces españoles tocapelotas le estaban creando a nuestro ministerio de Exteriores. Es una auténtica lástima. "Un día de luto", titula su comunicado Amnistía Internacional. Yo también pienso que lo es: ¿Requiescat in pace por la jurisdicción universal de la Justicia?, en España parece ser que sí. Sean felices. Tamaragua, amigos. HArendt

















































