sábado, 28 de diciembre de 2024

Del poema de cada dia. Hoy, Adiós a Hölderlin, de Gonzalo Rojas

 






ADIOS A HÖLDERLIN



Ya no se dice oh rosa, ni

apenas rosa sino con vergüenza; ¿con vergüenza

a qué? ¿a exagerar

unos pétalos, la

hermosura de unos pétalos?


Serpiente se dice en todas las lenguas, eso

es lo que se dice, serpiente

para traducir mariposa porque también la

frágil está proscrita

del paraíso. Computador

se dice con soltura en las fiestas, computador

por pensamiento.


Lira, ¿qué será

lira?, ¿hubo

alguna vez algo parecido

a una lira? ¿una muchacha

de cinco cuerdas por ejemplo rubia, alta, ebria, levísima,

posesa de la hermosura cuya

transparencia bailaba?


Qué canto ni canto, ahora se exige otra

belleza: menos alucinación

y más droga, mucho más droga. ¿Qué es eso de

acentuar la E de Érato, o de Perséfone? Aquí se trata

de otro cuarzo más coherente sin

farsa fáustica, ni

Coro de las Madres, se acabó

el coro, el ditirambo, el célebre

éxtasis, lo Otro, con

Maldoror y todo, lo sedoso y

voluptuoso del pulpo, no hay más

epifanía que el orgasmo.


Tampoco es posible nombrar más a las estrellas, vaciadas

como han sido de su fulgor, muertas,

errantes, ya sin enigma,

descifradas hasta las vísceras por los

instrumentos que vuelan de galaxia en galaxia.

Ni es tan fácil leer en el humo lo

Desconocido; no hay Desconocido. Abrieron la

tapa del prodigio del

seso, no hay nada sino un poco

de pestilencia en el coágulo del

Génesis alojado ahí. Voló el esperma

del asombro.



Gonzalo Rojas (1916-2011)

poeta chileno


















De las viñetas de hoy sábado, 28 de diciembre de 2024

 



























viernes, 27 de diciembre de 2024

De las entradas del blog de hoy viernes, 27 de diciembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 27 de diciembre de 2024. Con la mejor intención de hacer frente a la actual proliferación de bulos, desinformación y las mentiras en política, dice en la primera de las entradas de hoy en el blog el filósofo Daniel Innerarity, algunos echan mano del aliado más disponible pero menos necesario e incluso inconveniente: la verdad. En la segunda de las entradas de hoy, un archivo de febrero de 2015, el autor del blog decía que los españoles, al contrario de anglosajones y franceses, no éramos excesivamente aficionados a la lectura de memorias, y menos aún si están escritas por políticos contemporáneos, entre otras razones, porque la mayoría no saben escribir, aunque lo más probable es que tampoco las hubieran escrito ellos. La tercera es hoy un poema del poeta español Rafael Soler que comienza con estos versos: Llega el instante/de dar tinta y papel/a su memoria... Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt














Verdad y democracia

 






Con la mejor intención de hacer frente a la actual proliferación de bulos, desinformación y las mentiras en política, algunos, como mi colega el filósofo Diego S. Garrocho el pasado 16 de diciembre en EL PAÍS, echan mano del aliado más disponible pero menos necesario e incluso inconveniente: la verdad. No hace falta que insista en mi desprecio hacia la mentira antes de sostener que introducir a la categoría de la verdad en nuestras disputas políticas no es muy razonable y no mejora nuestras democracias, todo lo contrario. Y no solo porque caracterizar a nuestro tiempo como una era de la posverdad suena como si acabáramos de salir de otra en la que hubiera triunfado siempre la verdad. Más que la indiferencia frente a la verdad, lo que más daña a nuestras democracias es pretender tenerla siempre de nuestra parte, escribe en El País [La democracia y la verdad, 19/12/2024) el filósofo Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y titular de la cátedra Inteligencia Artificial y Democracia en el Instituto Europeo de Florencia.

Puestos a buscar culpables reputados de la degradación de nuestras trifulcas políticas, recurrir al pensamiento débil y la posmodernidad es como pretender que lo cutre tiene que tener siempre un autor intelectual. No es la primera vez que oigo que la posmodernidad sería la explicación de que la mentira esté tan extendida en la política actual. De entrada, la reivindicación que Gianni Vattimo hizo del valor de la interpretación no tiene nada que ver con el relativismo banal y, además, detrás de un mentiroso no hay un relativista sino alguien sin el menor interés en tener una relación con la verdad, buena o mala. No creo que los actuales maquinadores de bulos hayan leído a Vattimo y, si lo pudieran comprender, se avergonzarían de lo que hacen. Es una estrategia política que no necesita el prestigio de ninguna teoría. Quien haya conocido a Vattimo ha podido ver, por el contrario, hasta qué punto su respeto por las opiniones de los demás se basaba en el cuestionamiento reflexivo acerca de las propias. Es una paradoja que la defensa de la verdad se haga partiendo de una caricatura de sus supuestos adversarios.

Las cautelas hacia el empleo ligero de la categoría de la verdad cuando nos movemos en el terreno de la política es una propiedad del pensamiento liberal en sus distintas versiones, que reconduce nuestras pretensiones de representar la objetividad a un intercambio o combate de opiniones. La democracia no tiene por objetivo alcanzar la verdad, sino conversar y decidir sobre la base de que nadie —mayoría triunfante, élite privilegiada o pueblo incontaminado— tiene un acceso privilegiado a la objetividad. En este sentido se puede entender por qué John Rawls decía que cierta concepción de la verdad (the whole truth) era incompatible con la ciudadanía democrática y por qué Hannah Arendt hablaba de una tensión o no coincidencia entre la verdad y la política. Al afirmar que “la verdad tiene un carácter despótico” no pretendía defender ninguna clase de relativismo, sino proteger el carácter contingente y libre de la política, cuyas decisiones deben ser informadas y respetuosas con la realidad, pero que no se deducen de esa realidad. Una democracia es un sistema de organización de la sociedad que no está especialmente interesado en que resplandezca la verdad, sino en beneficiarse de la libertad de opinar. La democracia es un conflicto de interpretaciones y no una lucha para que se imponga una “descripción correcta” de la realidad.

Existen cosas objetivas, por supuesto, pero la mayor parte de lo que entendemos por política tiene muy poco que ver con ellas. No se puede hacer política sin una correcta identificación de los hechos sobre los que debe basarse o actuar, pero aún menos si se piensa que esa constatación de los hechos es una actividad que no implica ninguna interpretación de la realidad. Todos sabemos que los datos —tan importantes, por supuesto— no prescriben una única conclusión y que el célebre “gobernar mediante los números” justifica decisiones diversas, alguna de ellas muy ideológicas. Quien se crea en disposición de monopolizar la objetividad producirá grandes distorsiones en la vida política. Una de las principales razones para utilizar con sumo cuidado la expresión “verdad” en política tiene que ver con la experiencia histórica de en cuántas ocasiones creerse en posesión de ella ha servido para olvidarse de otras dimensiones de la convivencia más necesarias. Que las tiranías ideológicas o tecnocráticas hayan abusado de la verdad no dice, en principio, nada en contra de la verdad, por supuesto, pero parece recomendable que el debate político se sitúe siempre que sea posible en otros términos. Las valiosas aportaciones de quienes se dedican al fact checking no deberían llevarnos a olvidar que la conversación colectiva se refiere solo en una pequeña parte a objetividades y en una mayor medida al modo cómo los humanos interpretamos la realidad en una sociedad pluralista.

Por supuesto que hay mentiras flagrantes y mentirosos compulsivos, que merecen ser combatidos con todos los instrumentos periodísticos y jurídicos a nuestro alcance. Pero nuestra relación con la verdad —especialmente en la vida política— es menos simple de lo que quisieran quienes la conciben como un conjunto de hechos incontrovertibles. No vivimos en un mundo de evidencias, sino en medio del desconocimiento, el saber provisional, las decisiones arriesgadas y las apuestas. Además, como la vida misma, también la política posee una dimensión emocional y nuestras emociones —aunque las haya más o menos razonables, mejor o peor informadas— tienen una relación muy indirecta con la objetividad.

Una cierta debilidad de la democracia ante los manipuladores es el precio que hemos de pagar para proteger esa libertad que consiste en que nadie pueda agredirnos con una objetividad incontestable, que cualquier debate se pueda reabrir y que nuestras instituciones no se anquilosen. Por supuesto que hay límites para la libertad de expresión, que no todo son opiniones inocentes y que hay mentiras que matan. Una sociedad democrática se caracteriza por permitir la libertad de expresión y limitar al máximo la intervención represiva en el espacio de la opinión. Un largo aprendizaje histórico nos ha llevado a la conclusión de que las mentiras no son tan peligrosas para la democracia como cierta persecución de las mentiras. Hemos de protegernos de los instrumentos a través de los cuales pretendemos protegernos frente a la mentira. En una sociedad avanzada el amor a la verdad es menor que el temor a los administradores de la verdad.

Los defensores de la verdad en política dan a entender, por un lado, que la verdad es lo normal y no más bien la excepción; parecen desconocer que nuestro mundo es, en realidad, un conjunto de opiniones generalmente con poco fundamento, donde discurren con libertad muchas extravagancias, se aventuran hipótesis con poco fundamento, se simula y aparenta. La apelación a la verdad tiene también el efecto contrario de dar a entender que nos encontramos siempre ante situaciones límite, frente a una tropa de contestadores de la verdad, lo que daría a sus defensores unos poderes extraordinarios. Esta dramatización puede ser muy perturbadora para la convivencia democrática porque puede hacer que resulte sospechosa la diversidad de interpretaciones de la realidad e incluso justificar el empleo de cualquier medio frente a enemigos tan mentirosos (incluido el recurso a la falsedad para defender la verdad).

Siendo el de los mentirosos un grave problema para las democracias, también lo es esa degradación de la conversación democrática debida a que hay demasiada gente demasiado convencida, incapaces de reconocer alguna incertidumbre, que manejan las evidencias con excesiva ligereza, donde los golpes de efecto han sustituido a los argumentos, una confrontación política llena de hipérboles y sin ninguna moderación (justificada por estar defendiendo la verdad). La democracia es un régimen de opinión que desconfía de los detentadores de la verdad, pero no renuncia a que haya mejores y peores argumentos. Dejemos a la verdad en paz y no nos pongamos aprovechadamente de su parte; ella no lo necesita y a nosotros no nos conviene. Esto no es una rendición ante la dificultad de alcanzar la verdad y el cinismo de los manipuladores, sino que implica un mayor nivel de exigencia hacia quienes nos representan: no digan solo cosas verdaderas, sino también oportunas, respetuosas, ilusionantes, bien argumentadas, que apelen a nuestra razón y a las emociones tranquilas que otro liberal, David Hume, consideraba tan necesarias para la convivencia social.











[ARCHIVO DEL BLOG] Verdad e historia. Las memorias de González, Aznar y Zapatero. Publicado el 20/02/2015












A María Rosa Casanovas, historiadora y amiga: In memoriam


Los españoles, al contrario de anglosajones y franceses, no somos excesivamente aficionados a la lectura de memorias, y menos aun si están escritas por políticos contemporáneos. Entre otras razones, porque la mayoría no saben escribir, aunque lo más probable es que tampoco las hayan escrito ellos. Hay excepciones, claro está, por ejemplo las de los dos presidentes de la II República española, Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Azaña.
El pasado año ha habido una verdadera epidemia "memorialista" por parte de nuestros más ilustres y cercanos, en el tiempo, dirigentes políticos. Por centrarnos solo en los expresidentes del gobierno, lo han hecho casi simultáneamente Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Antes, con bastante ironía y mala leche, lo había hecho también Leopoldo Calvo-Sotelo. Y desgraciadamente resulta ya imposible de saber lo que hubiera podido contarnos Adolfo Suárez de propia mano.
El blog Vitrinas, que se publica en Revista de Libros, trae en este número de febrero las reseñas críticas de las "memorias" de González, Aznar y Zapatero. Ninguno de ellos sale bien parado por sus comentaristas respectivos. Normal... Pero no seré yo quien se atreva a criticarlas sin leerlas, algo, por otra parte, que veo difícil de hacer dado que mi grado de masoquismo no ha superado todavía el umbral de la insensibilidad. Pero sí me animo a invitarles a que lean los comentarios que han suscitado a quienes, como los prestigiosos articulistas de Revista de Libros, si las han leído.
Yo, por mi parte, estoy leyendo en estos momentos un libro fascinante, libro del que ya hablaba en una de las últimas entradas del blog: "Pensar el siglo XX" (Taurus, Madrid, 2012), escrito por el historiador británico Tony Judt con la colaboración del también historiador Timothy Snyder. "Pensar el siglo XX" es, como indica Snyder en el prólogo, un libro de historia, una biografía y un tratado de ética. Una historia de las ideas políticas modernas: el poder y la justicia, tal y como las entendieron los intelectuales europeos y norteamericanos, de todas las ideologías, desde el liberalismo al fascismo, desde finales del siglo XIX a principios del XXI. Una reflexión sobre la necesidad de la perspectiva histórica y de las consideraciones morales en la transformación de nuestra sociedad. Y también un libro que no solo habla sobre el pasado sino sobre la clase de futuro al que deberíamos aspirar.
La mejor crítica de este y otros libros de Tony Judt pueden leerla en el artículo titulado "El profesor Judt hace trasbordo", escrito por Geoffrey Wheatcroft, y publicado en julio de 2013 en Revista de Libros. 
Timothy Snyder, en el prólogo del libro citado, se pronuncia sobre los diferentes tipos de "verdad" existentes. Algo que parece bastante pertinente cuando tratamos del género "memorialista" ya que, cada uno de los que escribe sobre sí mismo (y las "memorias" de los citados en el epígrafe lo dejan claramente de manifiesto a jucio de sus comentaristas), tiende a autojustificarse sin el más mínimo reconocimiento de error de juicio propio y cargando los mismos, si los hubiera habido, en las circunstancias o en los otros. Dice Snyder en él que la verdad del historiador no es la misma que la verdad del ensayista. El historiador puede y debe saber más de un momento del pasado de lo que el ensayista posiblemente puede saber sobre lo que está pasando hoy. El ensayista -sigue diciendo- está obligado a tener en cuenta los prejuicios de su tiempo, y de este modo exagerar en aras del énfasis. Para el historiador, la búsqueda de la verdad -añade más adelante- implica muchos tipos de búsqueda, y en eso consiste el "pluralismo" al que se debe: aceptar la realidad moral de diferentes tipos de verdad, pero rechazando la idea de que todas ellas puedan situarse en una misma escala y ser medidas por un mismo valor. Es decir, todo lo contrario de unas "memorias" autoexculpatorias y justificativas de lo injustificable.
En uno de los capítulos finales de su libro, y hablando de la diferencia existente entre memoria e historia, dice Tony Judt: "Permitir que la memoria sustituya a la historia es peligroso. Mientras que la historia adopta la forma de un registro continuamente reescrito y reevaluado a la luz de evidencias antiguas y nuevas, la memoria se asocia a unos propósito públicos, no intelectuales [...] Estas manifestaciones mnemónicas del pasado son inevitablemente parciales, insuficientes, selectivas; los encargados de elaborarlas ser ven antes o después obligados a contar verdades a medias o incluso mentiras descaradas, a veces con la mejor de las intenciones, otras veces no. En todo caso, no pueden sustituir a la historia". Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












Del poema de cada día. Hoy, Empieza el tiempo de descuento, de Rafael Soler

 








EMPIEZA EL TIEMPO DE DESCUENTO



Llega el instante

de dar tinta y papel

a su memoria


por coito un monedero

por tertulia un soliloquio

por abrazo en soledad los hombros


así templado y desprovisto

baje el mentón

perdone a los iguales

escuche del afín las cuitas


cuestión de léxico encontrar

la meta del verbo y del afecto

volver por las afueras

al dentro perentorio


átese

prosiga su cochura funeraria

dé sustento a lo perdido


estamos con usted

saldrá indemne.



Rafael Soler (1947)

poeta español










De las viñetas de humor de hoy viernes, 27 de diciembre de 2024

 


























jueves, 26 de diciembre de 2024

De las entradas del blog de hoy jueves, 26 de diciembre de 2024

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 26 de diciembre de 2024. Nunca ha sido fácil explicar para qué sirven los pensadores (ni siquiera en qué se distingue de un filósofo, de un intelectual, de un teórico o de un ideólogo), pero se hace mucho más complicado cuando los expertos hiperespecializados los han sustituido como fuentes de autoridad, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Sergio del Molino. En la segunda de las entradas de hoy, un archivo de blog de agosto de 2015, su autor se preguntaba si la jerarquía de la iglesia católica española era de este mundo, pues en su defensa de la ortodoxia más estricta, tan anclada en su pasado de privilegios, más que de este mundo, parecían extraterrestres. La tercera de hoy en un poema del poeta Ángel González (1925-2008) que comienza con estos versos: Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,/y una voz cariñosa le susurró al oído... Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt









De los pensadores, los expertos en papas fritas y la independencia de criterio

 






Nunca ha sido fácil explicar para qué sirven los pensadores (ni siquiera sabemos bien qué es un pensador ni en qué se distingue, si es que se distingue, de un filósofo, de un intelectual, de un teórico o de un ideólogo), pero se hace mucho más complicado cuando los expertos hiperespecializados los han sustituido como fuentes de autoridad, comenta en El País [En una sociedad de expertos en patatas fritas, nadie quiere a los pensadores,, 17/12/2024] el escritor Sergio del Molino.

Hace no mucho me topé con este titular que replicaron cientos de medios: “Los expertos aclaran que las patatas fritas de sabor jamón no van a desaparecer”. Había toneladas de contexto implícitas en la frase: se daba por supuesto que el lector creía que las patatas fritas de sabor jamón iban a desaparecer y estaba muy inquieto por ello. El titular no solo calmaba ese comprensible pánico social, sino que presentaba al público a un grupo de expertos en patatas fritas de sabor jamón. La especialización de los saberes había roto una nueva frontera del conocimiento. Leí la noticia completa para enterarme de cómo se llamaban los doctores en esta disciplina (¿patatofritólogos saborjamonólogos?) y qué universidades la impartían (¿la Universidad Matutano o el Pringles College?), pero no lo ponía.

Ortega y Gasset y Adorno alertaron hace un siglo sobre el daño que la expertología haría al pensamiento, generando una sociedad de sabios en aspectos cada vez más pequeños, e ignorantes absolutos en todo lo demás. Unos años antes, Marx enunciaba en su célebre tesis undécima sobre Feuerbach la dicotomía de los filósofos: comprender el mundo o transformarlo. El siglo XX trajo primero la renuncia a la transformación, que se dejó en manos de los expertos, y más tarde, la renuncia a la comprensión mediante el descrédito de los grandes sistemas filosóficos y de las verdades categóricas. Desde Foucault, ningún pensador tiene la ambición de comprender el mundo: los mejores se conforman con dar alguna pista.

Cuando el Gobierno español nombra a 22 asesores científicos y ninguno es humanista y tampoco encaja ni de lejos en la categoría de pensador, está confirmando que pensar el mundo no sirve para nada. Parece que el Gobierno necesita consejos prácticos y precisos sobre asuntos concretos, no discursos generales ni miradas panorámicas. Los filósofos ya no susurran en los oídos del emperador: los Séneca de hoy tienen que buscarse el sustento ante otros públicos. Por desgracia, esos otros públicos prefieren la prosa de los charlatanes de autoayuda. Para mayor desgracia, los que eligen la vida académica a menudo se quedan encerrados en sus claustros, sin que sus palabras lleguen más lejos. No está mejor el panorama entre los intelectuales, categoría a veces análoga a la de pensador, pero más laxa (un intelectual sería algo así como un cruce entre un cura y un filósofo, esto es, serían las mulas del pensamiento, y como sus homólogos equinos, servirían tanto para los trabajos de fuerza como para sufrir los palos de la plebe). Los agitadores soliviantados, los escritores que guiaban al pueblo hacia el palacio de Invierno y los novelistas que gritaban “j’accuse” desde los periódicos también han rebajado su entusiasmo y sus expectativas.

Lo cómodo sería caer en el catastrofismo y parafrasear a Nietzsche: el pensamiento ha muerto. Y, como Nietzsche, nos engañaríamos. No murió Dios, sino la Iglesia. Tampoco ha muerto la funesta manía de pensar, sino la hegemonía de un tipo de pensador. Entre los inmensos pajares de influencers, predicadores, vendedores de crecepelo, youtubers, radicales trumpistas, coroneles putinianos, filósofos voxeros, rebeldes con cualquier causa y charlatanes, aún nos podemos pinchar con agujas de pensamiento serio, genuino, honrado y empeñado en ordenar un poco el caos y elevar la conversación.

No es extraño que muchos sabios humanistas se replieguen ante el ruido de las redes sociales y la política. Hablar hoy en el ágora es sufrir el ridículo, la agresión, el tomatazo y la injuria de las masas enfurecidas. No hay doctorado honoris causa que compense tantas humillaciones. Lo advierte Rubén Amón en su reciente ensayo sobre el arte de la conversación, titulado Tenemos que hablar: no brilla quien más sabe ni quien mejor piensa, sino quien maneja los códigos de la bronca. Descartes no tendría nada que hacer en la tertulia de Iker Jiménez. Galileo sería incapaz de convencer a un tuitero terraplanista de que la Tierra es redonda. Cicerón no aguantaría media sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. Por eso hay que aplaudir a los que se atreven a ser pensadores a pecho descubierto y en territorios casi siempre hostiles.

Hace poco conocí en Chile a Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales y uno de los intelectuales de referencia del país. Peña analiza la compleja realidad chilena sin ánimo de complacer a nadie o de sumarse a corrientes establecidas para significarse como portavoz de unos u otros. Por tanto, enfurece a todos. La independencia de criterio es un requisito elemental del pensamiento, aunque pocos tienen las espaldas tan anchas como el profesor Peña. Pero ni siquiera esa independencia, tan dura de mantener, garantiza la relevancia de un pensador. Hace falta algo más.

Comentando la obra de Simone de Beauvoir y en un arrebato cuasimarxista, Didier Eribon —que no estará entre los pensadores más influyentes del mundo, pero es uno de los filósofos contemporáneos que más hondo me han llegado— sostiene que la tematización, por sí sola, es estéril. Traduzco: el pensamiento no basta. Un pensador (pensadora, en ese caso, pues se refiere a una obra poco conocida de Beauvoir, La vejez) puede identificar un asunto, analizarlo, exprimirlo, iluminarlo y procesarlo, pero si no hay un grupo social implicado en el tema y capaz de organizarse políticamente en torno a él, el pensamiento será —literalmente— una prédica en el desierto. Por eso el pensamiento es indisociable de la política, pero no en el sentido partidista u orgánico, sino social: si los pensadores no se ocupan de los problemas realmente existentes sufridos por colectivos realmente existentes, su obra no será muy distinta a la de los teólogos medievales que especulaban con la parusía o el peso del alma.

Mientras esto sucede florecen los festivales de pensamiento (la Bienal de Pensament de Barcelona, el Festival de las Ideas de Madrid…), despuntan en las listas de best sellers estrellas como Byung-Chul Han y resuenan en las ferias del libro filósofos tan persuasivos y buenrolleros como un ejecutivo de Silicon Valley. La cultura del espectáculo no ha sido ajena nunca al pensamiento, y el público siempre ha escuchado con atención al orador hipnótico que resume el mundo en tres frases. Pero esto son espejismos: que algunos pensadores se asimilen a una forma de entretenimiento más o menos sofisticada y cool no quiere decir que sus ideas se impongan al ruido de las redes sociales o de las consignas populistas. Hoy sigue vigente la frase de Manuel Azaña de que la mejor manera de guardar un secreto es escribirlo en un libro. Que alguien crea que un auditorio lleno para escuchar a dos filósofos indica que la filosofía es popular e influyente es tan falaz como aportar el libro reservas de Mugaritz como prueba de que ya no hay hambre en el mundo. Como en otros tantos ámbitos culturales, nos sirve la moraleja que dejó escrita el pensador involuntario Billy Wilder en Uno, dos tres: “La situación es desesperada, pero no grave”.










[ARCHIVO DEL BLOG] ¿La jerarquía católica española es de este mundo? Publicado el 18/08/2015












Desde que Agustín de Hipona (354-430 d.C.) escribiera "La Ciudad de Dios", los cristianos saben que en la lucha secular que se dirime en el mundo entre la Ciudad Celestial (la Iglesia) y la Ciudad Pagana (el Estado o la Sociedad), solo habrá un ganador final, y ese ganador es la Iglesia. Lógicamente eso da una enorme fuerza y esperanza a los creyentes en que todas las penalidades de esta vida tendrán una feliz recompensa eterna. Es la misma esperanza y fuerza que el marxismo, una religión secular, dio a los parias del mundo a la espera de esa sociedad sin clases y sin Estado cuya consecución se emplaza para un momento sine die que no sabemos si llegará.
Aunque los tiempos en la iglesia católica se miden por siglos y no por años y la llegada al trono pontificio de Jorge María Bergoglio, el 265 sucesor de Pedro al frente de la iglesia bajo el nombre de Francisco haya levantado una enorme expectación por su acercamiento y sensibilidad a los problemas reales y no solo espirituales del mundo, las soluciones se vislumbran lejanas y las esperanzas de cambio remotas. Y en defensa de la la ortodoxia más estricta se destaca, como no, una buena parte de la jerarquía católica española, tan anclada en su pasado de privilegios, que más que de este mundo, parecen extraterrestres. Las zancadillas, discretas como no (peligra el puesto y eso sí que sería malo para ellos, aunque siempre tengan asegurado su rinconcito en el cielo) al papa Francisco, son continuas. Eso sí, esas críticas se hacen siempre a-o-por persona interpuesta pues ninguno se atrevería a enfrentarse directamente al jefe, más o menos como ocurre en la sociedad civil, es decir, en la Ciudad Pagana que tan bien describió Agustín de Hipona.
En una crónica que hoy escribe en El País el periodista Juan G. Bedoya, se da cuenta de la andanada que dos obispos españoles, en concreto los de San Sebastián, José Ignacio Munilla, y de Getafe, José Rico Pavés, le sueltan estos días al sacerdote Pablo D'Ors, nombrado por el papa Francisco consejero del Pontificio Consejo de la Cultura, al que acusan lisa y llanamente de hereje.
D'Ors, madrileño, de 52 años, es nieto del ensayista Eugenio D’Ors y estudió teología y filosofía en Nueva York, Praga, Viena y Roma. Sacerdote desde 1991, ejerció en una misión claretiana de Honduras y ahora está incardinado en el arzobispado de Madrid. Quienes jalean en medios religiosos muy conservadores las tesis de Rico Pavés y Munilla están reclamando que intervenga en contra del sacerdote su arzobispo, Carlos Osoro, y, sobre todo, la Conferencia Episcopal, de la que Osoro es vicepresidente. Las voces que reclaman un castigo, dice el autor de la crónica, están condenadas al fracaso si la Conferencia Episcopal se atiene a lo indicado por Francisco para estos casos, aconsejando prudencia y comprensión. Y todo eso, porque hablando de los sacramentos, Pablo d’Ors sostiene que para que puedan significar algo, los sacramentos han de entenderse, al menos en alguna medida. De lo contrario, añade, no sacramentalizan nada, que es lo que sucede hoy en nuestros templos. Nadie entiende nada, concluye. A lo que más me recuerdan nuestras misas es al teatro del absurdo de Beckett.
Suena fuerte, desde luego, pero no está nada mal que la Santa Madre Iglesia Católica comience a asumir que la "iglesia" no es una finca privada de la jerarquía sino que está al servicio de los fieles, al igual que el Estado no es propiedad de los gobiernos sino de los ciudadanos. Y sobre el triunfo final en la lucha entre la Ciudad Celestial y la Ciudad Pagana, pues la verdad es que queda tan lejos que no merece la pena preocuparse por ello. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt




















Del poema de cada día. Hoy, La verdad de la mentira, de Ángel González

 







LA VERDAD DE LA MENTIRA



Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,

y una voz cariñosa le susurró al oído:

—¿Por qué lloras, si todo

en ese libro es de mentira?

Y él respondió:

—Lo sé;

pero lo que yo siento es de verdad.



Ángel González (1925-2008)

poeta español